Dos años de vacaciones

Capítulo 5

¿Isla o continente? Era siempre la grave pregunta que preocupaba a Briant, Gordon y Doniphan, quienes por su carácter e inteligencia eran en verdad los jefes de aquel pequeño mundo. Pensando en el futuro, cuando los más pequeños no se preocupaban más que del presente, los tres hablaban a menudo sobre el asunto. En cualquier caso, fuese aquella tierra insular o continental, era manifiesto que no pertenecía a la zona de los trópicos. Así lo revelaba su vegetación: robles, hayas, abedules, alisos, pinos y abetos de diversas clases, numerosas mirtáceas o saxifragáceas, que no son los árboles ni arbustos propios de las regiones centrales del Pacífico. Parecía incluso que aquel territorio debía de estar algo más al sur en latitud que Nueva Zelanda, más próximo al polo austral, por tanto. Cabía temer, pues, que los inviernos fuesen muy rigurosos. Ya un espeso manto de hojas muertas cubría el suelo en el bosque que se extendía al pie del acantilado. Solo los pinos y abetos habían conservado su ramaje, que se renueva de estación en estación sin despojarse jamás.

– Por eso —observó Gordon al día siguiente de que el Sloughi se hubiese convertido en morada estable—, me parece prudente no instalarse definitivamente en esta parte de la costa.

– Soy del mismo parecer —respondió Doniphan—. Si esperamos a que llegue el mal tiempo, será demasiado tarde para alcanzar algún lugar habitado, si es que tenemos que recorrer cientos de millas.

– ¡Paciencia! —replicó Briant—. ¡Todavía estamos a mediados de marzo!

– Pues bien —repuso Doniphan—, el buen tiempo puede durar hasta finales de abril, y en seis semanas se recorre mucho camino...

– Cuando hay un camino —replicó Briant.

– ¿Y por qué no lo habría?

– ¡Sin duda! —respondió Gordon—. Pero, si lo hay, ¿sabemos adónde nos llevará?

– Solo sé una cosa —respondió Doniphan—, y es que sería absurdo no haber abandonado la goleta antes de la temporada de frío y lluvia; y para eso, hay que no ver dificultades a cada paso.

– Mejor verlas —replicó Briant— que aventurarse como locos por un país que no se conoce.

– Fácil es —respondió Doniphan con acritud— llamar locos a quienes no son de tu opinión.

Quizá la respuesta de Doniphan habría provocado nuevas réplicas de su compañero y hecho degenerar la conversación en disputa, cuando Gordon intervino.

– De nada sirve discutir —dijo—, y para salir del apuro, comencemos por ponernos de acuerdo. Doniphan tiene razón al decir que, si estamos cerca de un país habitado, debemos alcanzarlo sin demora. Pero ¿es eso posible?, responde Briant, ¡y no le falta razón al responder así!

– ¡Diantre, Gordon! —replicó Doniphan—, yendo hacia el norte, bajando hacia el sur, dirigiéndonos hacia el este, llegaríamos tarde o temprano...

– Sí, si estamos en un continente —dijo Briant—; no, si estamos en una isla y esa isla está desierta.

– Por eso —respondió Gordon— conviene averiguar qué hay. En cuanto a abandonar el Sloughi sin habernos cerciorado de si hay o no mar al este...

– ¡Eh, será él quien nos abandone a nosotros! —exclamó Doniphan, siempre inclinado a aferrarse a sus ideas—. ¡No podrá resistir los temporales de la mala estación en esta playa!

– Lo reconozco —replicó Gordon—, y sin embargo, antes de aventurarse tierra adentro, es indispensable saber adónde se va.

Gordon tenía tan evidentemente razón que Doniphan hubo de ceder de buen o mal grado.

– Estoy dispuesto a ir en reconocimiento —dijo Briant.

– Yo también —respondió Doniphan.

– Todos lo estamos —añadió Gordon—; pero, como sería imprudente llevar a los pequeños en una exploración que puede ser larga y fatigosa, creo que bastará con dos o tres de nosotros.

– Es muy de lamentar —observó entonces Briant— que no haya alguna colina elevada desde cuya cima se pudiese observar el territorio. Por desgracia, estamos en una tierra baja, y desde mar adentro no he visto ni una sola montaña, ni siquiera en el horizonte. Parece que no haya otras alturas que ese acantilado que se eleva detrás de la playa. Más allá, sin duda, son bosques, llanuras, marismas, a través de los cuales corre ese río cuya desembocadura hemos explorado.

– Sin embargo, sería útil tener una visión de esta comarca —respondió Gordon— antes de intentar rodear el acantilado, donde Briant y yo buscamos en vano una cueva.

– Pues bien, ¿por qué no ir al norte de la bahía? —dijo Briant—. Me parece que trepando por el cabo que la cierra, se vería a lo lejos...

– Precisamente en eso estaba pensando —respondió Gordon—. ¡Sí! Ese cabo, que puede tener de setenta y cinco a noventa metros, debe dominar el acantilado.

– Me ofrezco a ir... —dijo Briant.

– ¿Para qué? —respondió Doniphan—. ¿Y qué se podría ver desde arriba?

– Pues... ¡lo que hay! —replicó Briant.

En efecto, en la punta extrema de la bahía se erguía un amontonamiento de rocas, una especie de promontorio rocoso, cortado a pico por el lado del mar, y que, por el otro lado, parecía enlazarse con el acantilado. Desde el Sloughi hasta aquel promontorio, la distancia no superaba las siete u ocho millas siguiendo la curva de la playa, y cinco a lo sumo en línea recta, como dicen los americanos. Gordon no se equivocaba mucho al estimar en unos noventa metros la altitud del promontorio sobre el nivel del mar.

¿Sería suficiente esa altitud para que la vista pudiese extenderse ampliamente sobre el país? ¿No quedaría la mirada detenida hacia el este por algún obstáculo? En cualquier caso, siempre se reconocería lo que había más allá del cabo, es decir, si la costa se prolongaba indefinidamente hacia el norte o si el océano se desplegaba al otro lado. Convenía, pues, dirigirse al extremo de la bahía y hacer esa ascensión. Con tal de que el territorio estuviese despejado hacia el este, la vista lo abarcaría sobre una extensión de varias millas.

Se decidió que dicho proyecto se llevaría a efecto. Si Doniphan no lo consideraba de gran utilidad —sin duda porque la idea había partido de Briant y no de él—, no dejaba de ser de naturaleza tal que podría dar excelentes resultados.

Al mismo tiempo, se tomó la firme resolución de no abandonar el Sloughi mientras no se supiese con certeza si había encallado o no en el litoral de un continente, que no podía ser sino el continente americano.

No obstante, la excursión no pudo emprenderse durante los cinco días siguientes. El tiempo se había vuelto neblinoso y caía a veces una llovizna fina. Si el viento no mostraba tendencia a arreciar, los vapores que empañaban el horizonte habrían hecho inútil el reconocimiento proyectado.

Aquellos días no se perdieron. Se emplearon en diversos trabajos. Briant se ocupaba de los niños más pequeños, a quienes vigilaba sin cesar, como si fuese una necesidad de su naturaleza el prodigarse en afecto paternal. Su preocupación constante era que estuviesen tan bien atendidos como las circunstancias lo permitían. Por eso, al ir bajando la temperatura, los obligó a ponerse ropa más abrigada, ajustándoles las prendas que se encontraban en los cofres de los marineros. Fue aquello una labor de sastrería en la que las tijeras trabajaron más que la aguja, y para la cual Moko, que sabía coser en su calidad de grumete para todo, se mostró muy ingenioso. Decir que Costar, Dole, Jenkins e Iverson quedaron elegantemente vestidos con aquellos pantalones y aquellas chaquetas demasiado anchos, aunque recortados a la buena medida de brazos y piernas, no, en verdad. ¡Poco importaba! Podrían mudarse de ropa, y se acostumbraron pronto a su indumentaria.

Por otra parte, no se les dejaba ociosos. Bajo la dirección de Garnett o de Baxter, iban con frecuencia a recoger mariscos con la marea baja, o a pescar con redes o con sedales en el cauce del río. Diversión para ellos y provecho para todos. Así ocupados en un trabajo que les agradaba, apenas pensaban en aquella situación cuya gravedad no habrían podido comprender. Sin duda, el recuerdo de sus padres les entristecía, como entristecía a sus compañeros. ¡Pero el pensamiento de que quizá nunca los volverían a ver no podía ocurrírseles!

En cuanto a Gordon y a Briant, casi no abandonaban el Sloughi, cuyo mantenimiento habían asumido. A veces Service se quedaba con ellos, y, siempre jovial, se mostraba también muy útil. Quería a Briant y nunca había formado parte de aquellos compañeros que se llevaban mejor con Doniphan. Así que Briant sentía por él gran afecto.

– ¡Vamos, marcha bien!... ¡marcha bien!... —repetía gustoso Service—. ¡De veras, nuestro Sloughi fue depositado muy oportunamente en la playa por una ola complaciente que no lo dañó demasiado!... ¡Qué suerte que no tuvieron ni Robinson Crusoe ni el Robinson suizo en su isla imaginaria!

¿Y Jacques Briant? Pues bien, si Jacques ayudaba a su hermano en los diversos pormenores del barco, apenas respondía a las preguntas que se le dirigían, apresurábase a desviar la mirada cuando alguien le miraba de frente.

Briant no dejaba de inquietarse seriamente por aquella actitud de Jacques. Al ser más de cuatro años mayor que él, siempre había ejercido sobre él una influencia real. Ahora bien, desde la partida de la goleta, como ya se ha observado, parecía que Jacques fuese como un niño atormentado por los remordimientos. ¿Tenía alguna falta grave que reprocharse —una falta que no se atrevía a confesar ni siquiera a su hermano mayor? Lo cierto era que, más de una vez, sus ojos enrojecidos delataban que acababa de llorar.

Briant llegaba a preguntarse si la salud de Jacques no estaba comprometida. Si aquel chico caía enfermo, ¿qué cuidados podría dispensarle? Tenía ahí una grave preocupación que le impulsaba a interrogar a su hermano sobre lo que sentía, a lo que este no respondía más que:

– No... ¡No! No me pasa nada... ¡nada!

Y era imposible sacarle nada más.

Durante el tiempo transcurrido del 11 al 15 de marzo, Doniphan, Wilcox, Webb y Cross se dedicaron a cazar aves que anidaban en las rocas. Iban siempre juntos y visiblemente buscaban mantenerse aparte. Gordon no lo veía sin inquietud. Por eso, cuando se presentaba la ocasión, intervenía con unos y otros, intentando hacerles comprender cuán necesaria era la unión. Pero Doniphan, sobre todo, respondía a sus avances con tanta frialdad que juzgaba prudente no insistir. Sin embargo, no perdía la esperanza de destruir aquellos gérmenes de disidencia que podían resultar tan funestos, y quizás los acontecimientos traerían un acercamiento que sus consejos no lograban obtener.

Durante aquellas jornadas de niebla que impidieron emprender la excursión proyectada por la orilla de la bahía, las cacerías fueron bastante fructíferas. Doniphan, apasionado por los deportes al aire libre, era realmente muy hábil en el manejo del fusil. Sumamente orgulloso de su pericia —en exceso, incluso—, no tenía más que desprecio por los otros medios de caza, tales como trampas, redes o lazos, a los que Wilcox daba preferencia. Dadas las circunstancias en que se encontraban sus compañeros, era probable que aquel muchacho les prestara mayores servicios que él. En cuanto a Webb, tiraba bien, pero sin poder pretender igualarse a Doniphan. En cuanto a Cross, carecía del fuego sagrado y se contentaba con aplaudir las proezas de su primo. Conviene también mencionar al perro Phann, que se distinguía en estas cacerías y no dudaba en lanzarse entre las olas para traer la pieza cobrada más allá de los arrecifes.

Hay que reconocerlo: entre las piezas abatidas por los jóvenes cazadores había muchas aves marinas que a Moko no le servían para nada: cormoranes, gaviotas, gaviones, somormujos. Es verdad que las palomas de roca abundaron en cambio, así como los gansos y patos, cuya carne fue muy apreciada. Aquellos gansos eran de la especie de las barnaclas, y, por la dirección que seguían cuando las detonaciones los hacían echar a volar a toda velocidad, podía deducirse que debían habitar el interior del país.

Doniphan mató también algunos de esos ostrereros, que viven habitualmente de moluscos de los que son muy golosos: lapas, almejas, mejillones, etc. En suma, había variedad; pero generalmente aquella caza requería cierta preparación para perder su sabor aceitoso, y, a pesar de su buena voluntad, Moko no siempre salía de esa dificultad a satisfacción de todos. Sin embargo, no había derecho a ser exigente, como repetía a menudo el previsor Gordon, y había que economizar las conservas del yate, si no la provisión de galleta, de la que estaban bien abastecidos.

¡Cuánta impaciencia había, pues, por que se realizase la ascensión del cabo —ascensión que quizá resolvería la importante cuestión de continente o isla! De esa cuestión dependía, en efecto, el futuro y, por consiguiente, la instalación provisional o definitiva en aquella tierra.

El 15 de marzo, el tiempo pareció volverse favorable para la realización de ese proyecto. Durante la noche, el cielo se había despejado de los espesos vapores que la calma de los días anteriores había acumulado en él. Un viento de tierra lo había barrido en pocas horas. Vivos rayos de sol doraron la cresta del acantilado. Cabía esperar que, cuando quedase iluminado oblicuamente por la tarde, el horizonte del este aparecería con suficiente nitidez, y era precisamente ese horizonte el que había que observar. Si una línea de agua continua se extendía por ese lado, significaba que aquella tierra era una isla, y los socorros solo podrían llegar de un navío que apareciese por aquellos parajes.

No se ha olvidado que fue Briant quien tuvo la idea de aquella excursión al norte de la bahía, y había resuelto hacerla solo. Sin duda, habría consentido de buena gana en que Gordon le acompañase. Pero dejar a sus compañeros sin que este estuviese allí para vigilarlos le habría inquietado demasiado.

El día 15, por la tarde, tras comprobar que el barómetro se mantenía en tiempo estable, Briant avisó a Gordon que partiría al día siguiente, al amanecer. Cubrir una distancia de diez u once millas —ida y vuelta incluidas— no era cosa que embarazase a un muchacho vigoroso al que no le importaba la fatiga. La jornada le bastaría sin duda para llevar a buen término su exploración, y Gordon podía tener la seguridad de que estaría de regreso antes de la noche.

Briant partió, pues, en el amanecer, sin que los demás tuviesen conocimiento de su salida. Solo iba armado con un bastón y un revólver, por si encontrase alguna fiera, aunque los cazadores no habían hallado rastro alguno de ella en sus excursiones anteriores.

A esas armas defensivas, Briant había añadido un instrumento que debía facilitarle la tarea cuando estuviese en la punta del promontorio. Era uno de los catalejos del Sloughi, de gran alcance y claridad notable. Al mismo tiempo, en un morral colgado al cinto, llevaba galleta, un trozo de carne salada, una cantimplora con un poco de aguardiente mezclado con agua, en fin, con qué hacer un almuerzo y si era preciso una cena, si algún incidente retrasaba su regreso a la goleta.

Briant, caminando a buen paso, siguió primero el contorno de la costa, que marcaba, en el límite interior de los arrecifes, un largo cordón de algas, aún húmedas por las últimas aguas del mar al bajar. Al cabo de una hora, dejaba atrás el punto extremo al que habían llegado Doniphan y sus compañeros cuando fueron a cazar palomas de roca. Aquellas aves no tenían nada que temer de él en ese momento. No quería demorarse, con el fin de llegar cuanto antes al pie del cabo. Estando el tiempo despejado y el cielo completamente libre de nieblas, había que aprovechar la ocasión. Si los vapores se acumulaban hacia el este por la tarde, el resultado de la exploración habría sido nulo.

Durante la primera hora, Briant había podido caminar con bastante rapidez y cubrir la mitad del trayecto. Si no se presentaba ningún obstáculo, confiaba en haber alcanzado el promontorio antes de las ocho de la mañana. Pero, a medida que el acantilado se acercaba al banco de arrecifes, la playa ofrecía un terreno más difícil. La franja de arena era tanto más estrecha cuanto más ganaban los rompientes sobre ella. En lugar del terreno elástico y firme que se extendía entre el bosque y el mar en las cercanías del río, Briant se vio desde entonces obligado a aventurarse entre un semillero de rocas resbaladizas, algas viscosas, charcos que había que rodear, piedras oscilantes que no le ofrecían apoyo suficiente. De ahí una marcha muy fatigosa y —lo que fue más lamentable— un retraso de dos largas horas.

– ¡Y sin embargo, tengo que llegar al cabo antes de la pleamar! —se decía Briant—. Esta parte de la playa quedó cubierta por la última marea y sin duda lo estará de nuevo por la próxima, hasta el pie del acantilado. Si me veo obligado, ya sea a desandar el camino, ya a refugiarme en alguna roca, llegaré demasiado tarde. ¡Hay que pasar, cueste lo que cueste, antes de que el flujo invada la playa!

Y el valeroso muchacho, sin querer sentir el cansancio que comenzaba a entumecerle los miembros, buscó el camino más corto. En más de un lugar tuvo que quitarse botas y calcetines para cruzar grandes charcos con el agua hasta media pierna; luego, cuando se encontraba de nuevo sobre la superficie de los arrecifes, se aventuraba por ellos sin dejar de temer las caídas que solo a fuerza de destreza y agilidad logró evitar.

Según pudo comprobar, era precisamente en esa parte de la bahía donde la caza acuática abundaba más. Podría decirse que las palomas, los ostrereros y los patos pululaban allí. También dos o tres parejas de focas peleteras retozaban en la resaca de los rompientes, sin mostrar ningún temor, sin intentar huir bajo las aguas. De ello podía inferirse que, si aquellos anfibios no desconfiaban del hombre, era porque no creían tener nada que temer de él, y que desde hacía muchos años, al menos, ningún pescador había venido a cazarlos.

Sin embargo, reflexionando bien, Briant concluyó también de la presencia de aquellas focas que aquella costa debía de estar más al sur en latitud de lo que había creído, más meridional por tanto que el archipiélago Neozelandés. Así pues, la goleta había debido desviarse notablemente hacia el sudeste durante su travesía del Pacífico.

Y aquello pareció confirmarse aún mejor cuando Briant, llegado al fin al pie del promontorio, avistó una bandada de pingüinos que frecuentan los parajes antárticos. Se contoneaban por centenas, agitando torpemente sus aletas, que les sirven más para nadar que para volar. Por lo demás, no hay nada que hacer con su carne rancia y aceitosa.

Eran entonces las diez de la mañana. Se ve cuánto tiempo

Briant se sentó, pues, en una roca, al abrigo de la marea creciente, que ya ganaba el banco de arrecifes. Con toda certeza, una hora más tarde no habría podido pasar entre los rompientes y el zócalo del acantilado sin riesgo de verse rodeado por el flujo. Pero eso ya no era cosa que le inquietase, y por la tarde, cuando el reflujo hubiese devuelto todas aquellas aguas al mar, encontraría libre el paso en aquel lugar.

Un buen trozo de carne, algunos tragos de la cantimplora: no fue preciso más para saciar su hambre y su sed, mientras que el descanso daba reposo a sus miembros. Al mismo tiempo, se ponía a reflexionar. Solo entonces, lejos de sus compañeros, intentaba contemplar fríamente la situación, bien decidido a llevar hasta el fin la obra de salvación común tomando en ella la mayor parte. Si la actitud de Doniphan y de algunos otros hacia él no dejaba de preocuparle, era porque veía en ella una causa de división muy perjudicial. Estaba resuelto, no obstante, a oponer una resistencia absoluta a todo acto que le pareciese comprometedor para sus compañeros. Luego pensaba en su hermano Jacques, cuyo estado de ánimo le daba mucha inquietud. Le parecía que aquel chico ocultaba alguna falta que habría cometido —probablemente antes de la partida—, y se prometía a sí mismo presionarle tanto al respecto que Jacques se viese obligado a responderle.

Durante una hora, Briant prolongó aquel descanso para recuperar todas sus fuerzas. Recogió entonces su morral, se lo echó a la espalda y comenzó a escalar las primeras rocas.

Situado en el extremo mismo de la bahía, el promontorio, que remataba en una punta aguda, presentaba una formación geológica bastante singular. Habría dicho que era una cristalización de origen ígneo, formada bajo la acción de las fuerzas plutónicas.

Aquel promontorio rocoso, contrariamente a lo que parecía ser visto de lejos, no se unía al acantilado. Por su naturaleza, además, difería de él por completo, pues estaba compuesto de rocas graníticas, en lugar de aquellas estratificaciones calcáreas semejantes a las que enmarcan el canal de la Mancha en el oeste de Europa.

Eso fue lo que pudo observar Briant; advirtió también que un estrecho paso separaba el promontorio del acantilado. Más allá, hacia el norte, la playa se extendía hasta perderse de vista. Pero, en suma, puesto que aquel promontorio rocoso dominaba las alturas vecinas en unos treinta metros, la mirada podría abarcar una amplia extensión de territorio. Eso era lo importante.

La ascensión fue bastante penosa. Había que izarse de una roca a otra —rocas tan altas a veces que Briant solo alcanzaba con gran dificultad su borde superior. Sin embargo, como pertenecía a esa categoría de chicos que podría clasificarse en el orden de los trepadores, como siempre había mostrado una pronunciada afición por la escalada desde pequeño, como con ello había adquirido una audacia, una agilidad y una soltura poco ordinarias, puso al fin el pie en la cima, después de haber evitado más de una caída que podría haber sido mortal.

Lo primero de todo, con el catalejo en el ojo, Briant dirigió la vista hacia el este.

Aquella región era llana hasta el límite mismo de su vista. El acantilado formaba la principal altura, y su meseta descendía levemente hacia el interior. Más allá, algunas ondulaciones abombaban aún el suelo sin modificar sensiblemente el aspecto del país. Verdes bosques lo cubrían en esa dirección, ocultando bajo sus masas, amarillentas por el otoño, el cauce de los ríos que debían de desembocar hacia el litoral. No era más que una superficie plana hasta el horizonte, cuya distancia podía evaluarse en una decena de millas. No parecía, pues, que el mar bordease el territorio por ese lado, y para comprobar si era el de un continente o el de una isla habría que organizar una excursión más larga en dirección al oeste.

En efecto, hacia el norte, Briant no veía el extremo del litoral, que se desenvolvía en línea recta durante siete u ocho millas. Luego, más allá de un nuevo cabo muy alargado, se curvaba hacia dentro formando una inmensa playa arenosa que daba la idea de un vasto desierto.

Hacia el sur, detrás del otro cabo, afilado en el extremo de la bahía, la costa corría de noreste a suroeste, delimitando una vasta marisma que contrastaba con las playas desiertas del norte.

Briant había recorrido atentamente con el objetivo del catalejo todos los puntos de aquel amplio perímetro. ¿Estaba en una isla? ¿Estaba en un continente?... no habría podido decirlo. En todo caso, si era una isla, tenía gran extensión: eso era todo lo que podía afirmar.

Se volvió entonces hacia el oeste. El mar resplandecía bajo los rayos oblicuos del sol que declinaba lentamente hacia el horizonte.

De repente, Briant, llevándose vivamente el catalejo al ojo, lo dirigió hacia la línea extrema del horizonte.

– ¡Barcos! —exclamó—. ¡Barcos que pasan!

En efecto, tres puntos negros aparecían en la periferia de las aguas centelleantes, a una distancia que no podía ser inferior a quince millas.

¡Qué agitación se apoderó de Briant! ¿Era víctima de una ilusión? ¿Había allí tres barcos a la vista?

Briant bajó el catalejo, limpió el ocular que se empañaba con su aliento, volvió a mirar...

En verdad, aquellos tres puntos parecían ser barcos de los que solo el casco sería visible. En cuanto al aparejo, nada se veía de él, y, en todo caso, ningún penacho de humo indicaba que fuesen vapores en marcha.

Al instante se le ocurrió a Briant que, si eran barcos, se encontraban a demasiada distancia para que sus señales pudiesen ser vistas. Ahora bien, como era muy admisible que sus compañeros no hubieran avistado aquellos barcos, lo mejor sería regresar rápidamente al Sloughi para encender una gran hoguera en la playa. Y entonces... una vez puesto el sol...

Mientras reflexionaba así, Briant no cesaba de observar los tres puntos negros. ¡Cuál fue su decepción cuando comprobó que no se movían!

Apuntó de nuevo el catalejo y, durante varios minutos, los mantuvo en el campo del objetivo... No tardó en reconocerlo: no eran más que tres pequeños islotes situados al oeste del litoral, cerca de los cuales la goleta debía de haber pasado cuando la tormenta la arrastraba hacia la costa, pero que habían permanecido invisibles entre las nieblas.

La decepción fue grande.

Eran las dos. El mar comenzaba a retirarse, dejando en seco el cordón de arrecifes por el lado del acantilado. Briant, pensando que era hora de regresar al Sloughi, se dispuso a descender al pie del promontorio.

Sin embargo, quiso una vez más recorrer el horizonte del este. Debido a la posición más oblicua del sol, quizá divisaría algún otro punto del territorio que hasta ese momento no le había sido dado ver.

Se hizo, pues, una última observación en esa dirección con minuciosa atención, y Briant no tuvo que arrepentirse de haber tomado ese cuidado.

En efecto, al límite más lejano de su vista, más allá del último telón de verdura, distinguió con toda nitidez una línea azulada que se prolongaba de norte a sur sobre una extensión de varias millas, y cuyos dos extremos se perdían detrás de la masa confusa de los árboles.

– ¿Qué es eso? —se preguntó.

Miró con más atención todavía.

– ¡El mar!... ¡Sí!... ¡Es el mar!

Y el catalejo estuvo a punto de caérsele de las manos.

Puesto que el mar se extendía al este, ¡ya no había duda! No era un continente en el que el Sloughi había varado, sino una isla, una isla aislada en aquella inmensidad del Pacífico, ¡una isla de la que sería imposible salir!...

Y entonces todos los peligros se presentaron como en una visión rápida al pensamiento del joven muchacho. ¡Su corazón se le encogió hasta el punto de que dejó de sentirlo latir!... Pero, endureciéndose contra aquel involuntario desfallecimiento, comprendió que no debía dejarse abatir, por inquietante que fuese el porvenir.

Un cuarto de hora después, Briant había bajado a la playa, y, retomando el camino que había seguido por la mañana, antes de las cinco llegaba al Sloughi, donde sus compañeros esperaban con impaciencia su regreso.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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