Capítulo 28
A la mañana siguiente, por agotadora que hubiera sido aquella noche sin dormir, nadie pensó en tomarse una hora de descanso. Ya no cabía duda de que Walston recurriría a la fuerza, puesto que el engaño había fracasado. Rock, que había escapado al disparo del master, debía de haberle alcanzado y comunicado que, descubiertos sus manejos, ya no podría penetrar en French-den sin forzar las puertas.
Al amanecer, Evans, Briant, Doniphan y Gordon salieron del hall manteniéndose en guardia. Con la salida del sol, las brumas matinales se iban condensando poco a poco y dejaban al descubierto el lago, que rizaba una ligera brisa del este.
Todo estaba tranquilo en los alrededores de French-den, tanto por el lado del río Zealand como por el de Traps-woods. Dentro del recinto, los animales domésticos iban y venían como de costumbre. Phann, que corría por Sport-terrace, no daba ninguna señal de inquietud.
Ante todo, Evans se preocupó por saber si el suelo presentaba huellas de pasos. En efecto, se encontraron numerosas huellas, sobre todo cerca de French-den. Se cruzaban en diversas direcciones e indicaban claramente que, durante la noche, Walston y sus compañeros se habían acercado hasta el río aguardando a que alguien les abriera la puerta de Store-room.
En cuanto a manchas de sangre, no se vio ninguna en la arena, prueba de que Rock ni siquiera había resultado herido por el disparo del master.
Pero surgía una pregunta: ¿Walston había llegado, como los falsos náufragos, por el sur del lago Family, o más bien había alcanzado French-den bajando por el norte? En tal caso, ¿no sería por el lado de Traps-woods por donde Rock habría huido para reunirse con él?
Como importaba esclarecer este punto, se decidió interrogar a Forbes para saber qué camino había seguido Walston. ¿Accedería Forbes a hablar, y si hablaba, diría la verdad? Por gratitud hacia Kate, que le había salvado la vida, ¿despertaría algún buen sentimiento en el fondo de su corazón? ¿Olvidaría que fue para traicionarles por lo que había pedido hospitalidad a los huéspedes de French-den?
Queriendo interrogarle él mismo, Evans volvió al hall, abrió la puerta del cuartucho donde estaba encerrado Forbes, le soltó las ligaduras y le condujo al hall.
– Forbes —dijo Evans—, el ardid que Rock y tú tramabais no ha salido bien. Necesito saber cuáles son los planes de Walston, que tú debes de conocer. ¿Quieres responder?
Forbes había bajado la cabeza y, sin atreverse a levantar los ojos hacia Evans, hacia Kate, hacia los muchachos ante quienes el master le había hecho comparecer, guardaba silencio.
Kate intervino.
– Forbes —dijo ella—, en una ocasión mostró usted algo de piedad al impedir que sus compañeros me matasen durante la matanza del Severn. Bien, ¿no querrá usted hacer nada para salvar a estos niños de una matanza aún más espantosa?
Forbes no respondió.
– Forbes —continuó Kate—, le han perdonado la vida cuando merecía usted la muerte. ¡No puede haberse extinguido en usted toda humanidad! ¡Después de haber causado tanto mal, puede usted volver al bien! ¡Piense en el horrible crimen en que estaba participando!
Un suspiro, a medias ahogado, escapó penosamente del pecho de Forbes.
– ¡Eh! ¿Qué puedo yo hacer?… —respondió con voz apagada.
– Puedes contarnos —replicó Evans— lo que debía ocurrir esta noche, lo que ha de ocurrir más adelante. ¿Esperabas a Walston y a los demás, que debían entrar aquí en cuanto se abriera una de las puertas?…
– ¡Sí! —respondió Forbes.
– ¿Y estos niños, que te habían acogido bien, habrían sido asesinados?…
Forbes bajó la cabeza aún más y, esta vez, no tuvo fuerzas para responder.
– ¿Y por dónde han llegado hasta aquí Walston y los demás? —preguntó el master.
– Por el norte del lago —respondió Forbes.
– Mientras que Rock y tú veníais por el sur…
– ¡Sí!
– ¿Han recorrido la otra parte de la isla, al oeste?
– Todavía no.
– ¿Dónde deben de estar ahora?
– No lo sé…
– ¿No puedes decir nada más, Forbes?
– No… Evans… ¡no!…
– ¿Y crees que Walston volverá?…
– ¡Sí!
Evidentemente, Walston y los suyos, asustados por el disparo del master y comprendiendo que el ardid había sido descubierto, habían juzgado prudente mantenerse a distancia en espera de una ocasión más propicia.
Evans, sin esperanza de obtener más información de Forbes, le devolvió al cuartucho, cuya puerta fue cerrada con llave por fuera.
La situación seguía siendo, pues, de las más graves. ¿Dónde se encontraba Walston en ese momento? ¿Estaría acampado bajo los árboles de Traps-woods? Forbes no había podido o no había querido decirlo. Y sin embargo, nada hubiera sido más deseable que estar seguros al respecto. Por ello, al master se le ocurrió efectuar un reconocimiento en esa dirección, aunque no sin riesgo.
Hacia el mediodía, Moko llevó algo de comer al prisionero. Forbes, hundido en sí mismo, apenas lo probó. ¿Qué pasaba en el alma de aquel desdichado? ¿Se había abierto su conciencia al remordimiento? Nadie lo sabía.
Después del almuerzo, Evans comunicó a los muchachos su proyecto de avanzar hasta el lindero de Traps-woods, tal era su empeño en saber si los malhechores seguían en los alrededores de French-den. Aceptada la propuesta sin discusión, se tomaron las disposiciones necesarias para hacer frente a cualquier eventualidad adversa.
Cierto que Walston y sus compañeros no eran más que seis desde la captura de Forbes, mientras que la pequeña colonia se componía de quince muchachos, sin contar a Kate y Evans, diecisiete en total. Pero de ese número había que excluir a los más pequeños, que no podían tomar parte directa en un combate. Por ello se decidió que, mientras el master efectuaba su reconocimiento, Iverson, Jenkins, Dole y Costar permanecerían en el hall, con Kate, Moko y Jacques, bajo la guardia de Baxter. En cuanto a los mayores —Briant, Gordon, Doniphan, Cross, Service, Webb, Wilcox, Garnett—, acompañarían a Evans. Ocho muchachos frente a seis hombres en la plenitud de sus fuerzas: no sería una lucha igualada. Cierto que cada uno de ellos iría armado con un fusil y un revólver, mientras que Walston no disponía más que de los cinco fusiles procedentes del Severn. Así pues, en tales condiciones, un combate a distancia parecía ofrecer perspectivas más favorables, ya que Doniphan, Wilcox y Cross eran buenos tiradores, muy superiores en ello a los marineros americanos. Además, la munición no les faltaría, mientras que Walston, como había dicho el master, debía de estar reducido a unas pocas cartuchos solamente.
Eran las dos de la tarde cuando la pequeña tropa se formó bajo las órdenes de Evans. Baxter, Jacques, Moko, Kate y los pequeños entraron inmediatamente en French-den, cuyas puertas fueron cerradas pero no atrancadas, a fin de que, si llegara el caso, el master y los demás pudieran ponerse rápidamente a cubierto.
Por lo demás, nada había que temer por el lado del sur, ni siquiera del oeste, pues para seguir esa dirección Walston habría tenido que llegar hasta Sloughi-bay para remontar el valle del río Zealand, lo cual habría requerido demasiado tiempo. Además, según la respuesta de Forbes, era por la orilla oeste del lago por donde habían bajado, y no conocían esa parte de la isla. Evans no tenía, pues, que temer ser sorprendido por la retaguardia: el ataque solo podía venir por el norte.
Los muchachos y el master avanzaron con prudencia, bordeando la base de Auckland-hill. Más allá del recinto, los arbustos y los grupos de árboles les permitían alcanzar el bosque sin descubrirse demasiado.
Evans marchaba a la cabeza, tras haber tenido que reprimir el ímpetu de Doniphan, siempre dispuesto a adelantarse. Cuando hubo rebasado el pequeño montículo que cubría los restos del náufrago francés, el master juzgó oportuno cortar en diagonal para acercarse a la orilla del lago Family.
Phann, a quien Gordon habría intentado en vano retener, rastreaba con las orejas erguidas y el hocico pegado al suelo, y pronto quedó de manifiesto que había encontrado un rastro.
– ¡Atención! —dijo Briant.
– Sí —respondió Gordon—. ¡No es el rastro de un animal! ¡Mira cómo va Phann!
– Deslicémonos entre la hierba —replicó Evans—, y tú, señor Doniphan, que eres buen tirador, si uno de esos bribones se muestra a buen alcance, ¡no le falles! Nunca habrás disparado una bala tan oportunamente.
Pocos instantes después, todos habían alcanzado los primeros grupos de árboles. Allí, en el límite de Traps-woods, había todavía rastros de un alto reciente: ramas a medio consumir y cenizas apenas frías.
– Sin duda aquí pasó Walston la noche pasada —observó Gordon.
– ¿Y quizá estaba aquí hace unas horas? —respondió Evans—. Creo que vale más que nos retiremos hacia el acantilado…
No había terminado de hablar cuando una detonación estalló a la derecha. Una bala, tras rozar la cabeza de Briant, fue a incrustarse en el árbol contra el que se apoyaba.
Casi al mismo tiempo se oyó otro disparo, seguido de un grito, mientras que a unos cincuenta pasos de allí una mole caía bruscamente entre los árboles.
Era Doniphan, que acababa de disparar a ojo guiándose por el humo producido por el primer tiro.
Pero el perro no se detenía, y Doniphan, arrastrado por su ímpetu, se lanzó tras él.
– ¡Adelante! —dijo Evans—. ¡No podemos dejarle entrar en combate solo!…
Un instante después, habiendo alcanzado a Doniphan, todos formaban círculo alrededor de un cuerpo tendido en medio de la hierba que ya no daba señales de vida.
– ¡Ese es Pike! —dijo Evans—. ¡El bribón está bien muerto! Si el diablo se ha puesto hoy a cazar, ¡no volverá con las manos vacías! ¡Uno menos!
– ¡Los demás no pueden estar lejos! —observó Wilcox.
– ¡No, muchacho! Por eso, ¡no nos descubramos!… ¡Agachaos!… ¡Agachaos!…
Tercera detonación, esta vez por la izquierda. Service, que no había bajado la cabeza con suficiente rapidez, tuvo la frente rozada por una bala.
– ¿Estás herido? —exclamó Gordon corriendo hacia él.
– No es nada, Gordon, ¡no es nada! —respondió Service—. ¡Solo un rasguño!
En ese momento, lo más importante era no separarse. Muerto Pike, quedaban todavía Walston y cuatro de los suyos, que debían de estar apostados a poca distancia detrás de los árboles. Así pues, Evans y los demás, agachados entre la hierba, formaban un grupo compacto, listos para la defensiva, viniera el ataque de donde viniera.
De pronto, Garnett exclamó:
– ¿Dónde está Briant?
– ¡Ya no le veo! —respondió Wilcox.
En efecto, Briant había desaparecido, y como los ladridos de Phann resonaban con mayor violencia aún, era de temer que el valiente muchacho se hubiera enzarzado con algunos hombres de la banda.
– ¡Briant!… ¡Briant!… —gritó Doniphan.
Y todos, quizá imprudentemente, se lanzaron tras la pista de Phann. Evans no había podido retenerlos. Iban de árbol en árbol, ganando terreno.
– ¡Cuidado, master, cuidado! —gritó de repente Cross, que acababa de tirarse cuerpo a tierra.
Instintivamente, el master bajó la cabeza en el momento en que una bala pasaba a pocos centímetros por encima de él.
Luego, irguiéndose, vio a uno de los compañeros de Walston que huía a través del bosque.
Era precisamente Rock, que se le había escapado el día anterior.
– ¡Esta es la tuya, Rock! —gritó.
Disparó, y Rock desapareció como si el suelo se hubiera abierto de repente bajo sus pies.
– ¿Le he fallado de nuevo?… —exclamó Evans—. ¡Mil diablos! ¡Eso sería mala suerte!
Todo aquello se había producido en unos pocos segundos. Al instante, los ladridos del perro estallaron en las inmediaciones. Enseguida se oyó la voz de Doniphan:
– ¡Aguanta, Briant!… ¡Aguanta! —gritaba.
Evans y los demás se dirigieron hacia allí, y, veinte pasos más adelante, vieron a Briant luchando con Cope.
El miserable acababa de derribar al muchacho y se disponía a golpearle con su cuchillo, cuando Doniphan, llegado justo a tiempo para desviar el golpe, se abalanzó sobre Cope antes de haber tenido tiempo de sacar su revólver.
Fue él a quien el cuchillo alcanzó de lleno en el pecho… Cayó sin lanzar un grito.
Cope, al ver que Evans, Garnett y Webb trataban de cortarle la retirada, emprendió la huida hacia el norte. Varios disparos simultáneos se hicieron sobre él. Desapareció, y Phann regresó sin haberlo podido alcanzar.
Apenas repuesto, Briant había vuelto junto a Doniphan, le sostenía la cabeza, intentaba reanimarle…
Evans y los demás les habían alcanzado, tras recargar rápidamente sus armas.
En realidad, la lucha había comenzado en desventaja para Walston, puesto que Pike estaba muerto y Cope y Rock debían de estar fuera de combate.
Por desgracia, Doniphan había recibido una cuchillada en el pecho, y mortal, al parecer. Con los ojos cerrados, el rostro blanco como la cera, ya no hacía ningún movimiento, ni siquiera oía a Briant que le llamaba.
Evans, entretanto, se había inclinado sobre el cuerpo del muchacho. Le había abierto la chaqueta y luego rasgado la camisa, empapada de sangre. Una estrecha herida triangular sangraba a la altura de la cuarta costilla, por el lado izquierdo. ¿Había alcanzado la punta del cuchillo al corazón? No, puesto que Doniphan respiraba todavía. Pero había que temer que el pulmón hubiera sido alcanzado, pues la respiración del herido era extremadamente débil.
– ¡Llevémosle a French-den! —dijo Gordon—. Solo allí podremos atenderle…
– ¡Y salvarle! —exclamó Briant—. ¡Ah, pobre camarada mío!… ¡Te has expuesto por mí!
Evans aprobó la propuesta de llevar a Doniphan de vuelta a French-den, tanto más cuanto que en ese momento parecía haber una tregua en el combate. Muy probablemente, Walston, viendo que las cosas se torcían, había optado por retirarse a las profundidades de Traps-woods.
Sin embargo, lo que no dejaba de inquietar a Evans era no haber visto ni a Walston ni a Brandt ni a Book, que no eran los menos temibles de la banda.
El estado de Doniphan exigía que fuera transportado sin sacudidas. Así pues, Wilcox y Service se apresuraron a construir una camilla de ramas sobre la que tendieron al muchacho, sin que este hubiera recobrado el conocimiento. Luego, cuatro de sus camaradas le levantaron con suavidad, mientras los demás le rodeaban con el fusil amartillado y el revólver en la mano.
El cortejo se dirigió directamente hacia la base de Auckland-hill. Eso era mejor que seguir la orilla del lago. Bordeando el acantilado, solo habría que vigilar por la izquierda y por la retaguardia. Nada, por lo demás, vino a turbar aquella penosa marcha. A veces, Doniphan lanzaba un suspiro tan doloroso que Gordon hacía señal de parar para escuchar su respiración, y un instante después se reanudaba la marcha.
Las tres cuartas partes del camino se recorrieron en esas condiciones. No quedaban más que ochocientos o novecientos pasos por recorrer para llegar a French-den, cuya puerta aún no se podía ver, oculta por un saliente del acantilado.
De pronto, unos gritos resonaron por el lado del río Zealand. Phann saltó en esa dirección.
Evidentemente, French-den estaba siendo atacado por Walston y sus dos compañeros.
En efecto, esto es lo que había ocurrido, tal como se supo más tarde.
Mientras Rock, Cope y Pike, emboscados bajo los árboles de Traps-woods, mantenían ocupada a la pequeña tropa del master, Walston, Brandt y Book habían escalado Auckland-hill remontando el cauce seco del torrente de Dike-creek. Tras recorrer rápidamente la meseta superior, habían bajado por el desfiladero que desembocaba en la orilla del río, no lejos de la entrada de Store-room. Una vez allí, habían conseguido forzar la puerta, que no estaba atrancada, e invadido French-den.
¿Y llegaría Evans a tiempo para evitar una catástrofe?
El master tomó rápidamente su decisión. Mientras Cross, Webb y Garnett se quedaban junto a Doniphan, a quien no podían dejar solo, Gordon, Briant, Service, Wilcox y él se lanzaron en dirección a French-den por el camino más corto. Pocos minutos después, en cuanto sus miradas pudieron alcanzar hasta Sport-terrace, ¡lo que vieron era para quitarles toda esperanza!
En ese momento, Walston salía por la puerta del hall llevando a un niño que arrastraba hacia el río.
Aquel niño era Jacques. En vano, Kate, que se había abalanzado sobre Walston, intentaba arrebatárselo.
Un instante después aparecía el segundo compañero de Walston, Brandt, que se había apoderado del pequeño Costar y se lo llevaba en la misma dirección.
Baxter también se abalanzó sobre Brandt, pero, rechazado violentamente, rodó por el suelo.
En cuanto a los otros niños —Dole, Jenkins, Iverson—, no se les veía, como tampoco a Moko. ¿Habrían sucumbido ya en el interior de French-den?
Entretanto, Walston y Brandt se alejaban rápidamente hacia el río. ¿Podían cruzarlo de otro modo que a nado? Sí, pues Book estaba allí, junto al bote, que había sacado de Store-room.
Una vez en la orilla izquierda, los tres estarían fuera de alcance. Antes de que pudieran cortarles la retirada, habrían regresado a su campamento de Bear-rock con Jacques y Costar convertidos en rehenes en sus manos.
Así pues, Evans, Briant, Gordon, Cross y Wilcox corrían sin aliento, con la esperanza de alcanzar Sport-terrace antes de que Walston, Book y Brandt se hubieran puesto a salvo al otro lado del río. Disparar sobre ellos a la distancia a que se encontraban habría sido exponerse a alcanzar a Jacques y a Costar al mismo tiempo.
Pero Phann estaba allí. Acababa de saltar sobre Brandt y le tenía agarrado por el cuello. Este, muy impedido para defenderse del perro, tuvo que soltar a Costar, mientras Walston se apresuraba a arrastrar a Jacques hacia el bote…
De repente, un hombre salió precipitadamente del hall.
Era Forbes.
¿Venía a unirse a sus antiguos compañeros de crimen tras haber forzado la puerta del cuartucho? Walston no lo dudó.
– ¡A mí, Forbes!… ¡Ven!… ¡Ven! —le gritó.
Evans se había detenido y estaba a punto de disparar cuando vio a Forbes abalanzarse sobre Walston.
Walston, sorprendido por aquella agresión que no podía esperar, se vio obligado a soltar a Jacques y, volviéndose, asestó a Forbes una cuchillada.
Forbes cayó a los pies de Walston.
Todo había ocurrido tan deprisa que en ese momento Evans, Briant, Gordon, Service y Wilcox estaban todavía a un centenar de pasos de Sport-terrace.
Walston intentó entonces volver a apoderarse de Jacques para llevárselo hasta el bote, donde Book le esperaba junto a Brandt, que había logrado deshacerse del perro.
No le dio tiempo.
Jacques, que iba armado con un revólver, le disparó en pleno pecho. Con dificultad pudo Walston, gravemente herido, arrastrarse hasta sus dos compañeros, quienes le cogieron en brazos, le embarcaron y alejaron vigorosamente el bote.
En ese momento resonó una violenta detonación. Una descarga de metralla azotó las aguas del río.
Era el pequeño cañón, que el grumete acababa de disparar a través de la tronera de Store-room.
Y ahora, a excepción de los dos miserables que habían desaparecido entre los matorrales de Traps-woods, la isla Chairman quedaba liberada de los asesinos del Severn, arrastrados hacia el mar por la corriente del río Zealand.