Dos años de vacaciones

Capítulo 1

La tempestad. – Una goleta desarbolada. – Cuatro muchachos en la cubierta del Sloughi. – El trinquete hecho jirones. – Visita al interior del yate. – El grumete medio estrangulado. – Un golpe de mar por la popa. – La tierra entre las brumas de la mañana. – El banco de arrecifes.

Durante la noche del 9 de marzo de 1860, las nubes, confundiéndose con el mar, limitaban a unas pocas brazas el alcance de la vista.

Sobre aquella mar embravecida, cuyas olas rompían proyectando lívidos destellos, una ligera embarcación huía casi a palo seco.

Era un yate de cien toneladas —una schooner—, nombre que reciben las goletas en Inglaterra y en América.

Aquella goleta se llamaba el Sloughi, y en vano se habría intentado leer ese nombre en su espejo de popa, que un accidente —golpe de mar o colisión— había arrancado en parte por debajo del coronamiento.

Eran las once de la noche. Bajo aquella latitud, a comienzos del mes de marzo, las noches son todavía cortas. Los primeros albores del día no debían aparecer hasta las cinco de la madrugada. Pero ¿serían menores los peligros que amenazaban al Sloughi cuando el sol iluminase el espacio? ¿Acaso la frágil embarcación no quedaría siempre a merced de las olas? Así era, y sólo el calmarse de la marejada, el aplacamiento de la ráfaga, podían salvarlo del más espantoso de los naufragios: el que se produce en pleno océano, lejos de toda tierra donde los supervivientes hallarían quizás la salvación.

En la popa del Sloughi, tres muchachos —uno de catorce años, los otros dos de trece—, junto con un grumete de unos doce años, de raza negra, estaban apostados en la rueda del timón. Allí reunían sus fuerzas para hacer frente a las guiñadas que arriesgaban echar el yate de través. Dura faena, pues la rueda, que giraba a pesar de ellos, podría haberlos lanzado por encima de las batayolas. Y aun así, poco antes de medianoche, un golpe de mar tan formidable cayó sobre el costado del yate que fue un milagro que no lo descuajara del timón.

Los muchachos, que habían sido derribados por el golpe, pudieron levantarse casi de inmediato.

– ¿Obedece el timón, Briant? —preguntó uno de ellos.

– Sí, Gordon —respondió Briant, que había vuelto a su puesto conservando toda su sangre fría.

Luego, dirigiéndose al tercero:

– Agárrate bien, Doniphan —añadió—, ¡y no perdamos el ánimo!… ¡Hay otros que nosotros que salvar!

Estas pocas frases habían sido pronunciadas en inglés, aunque en Briant el acento denotara un origen francés.

Este, volviéndose hacia el grumete:

– ¿No estás herido, Moko?

– No, señor Briant —respondió el grumete—. Sobre todo, procuremos mantener el yate de cara a las olas, o correremos el riesgo de irnos a pique.

En ese momento, la puerta de la escotilla de escalera que conducía al salón de la goleta se abrió de golpe. Dos cabecitas asomaron al nivel de la cubierta, junto con el buen morro de un perro cuyos ladridos se dejaron oír.

– ¡Briant!… ¡Briant!… —gritó un niño de nueve años—. ¿Qué pasa?

– ¡Nada, Iverson, nada! —replicó Briant—. ¿Quieres bajar con Dole?… ¡Y más deprisa que eso!

– ¡Es que tenemos mucho miedo! —añadió el segundo niño, que era algo más pequeño.

– ¿Y los demás? —preguntó Doniphan.

– ¡Los demás también! —replicó Dole.

– Vamos, ¡entrad todos! —respondió Briant—. Encerraos, escondeos bajo las sábanas, cerrad los ojos, ¡y ya no tendréis miedo! ¡No hay peligro!

– ¡Cuidado!… ¡Otra ola! —gritó Moko.

Un violento choque sacudió la popa del yate. Esta vez el mar no embarcó, por fortuna, pues si el agua hubiera penetrado al interior por la puerta de la escotilla, el yate, muy sobrecargado, no habría podido elevarse con el oleaje.

– ¡Entrad de una vez! —gritó Gordon—. Entrad… ¡o las vais a pagar conmigo!

– Vamos, ¡entrad, pequeños! —añadió Briant, con un tono más amistoso.

Las dos cabecitas desaparecieron en el momento en que otro muchacho, que acababa de asomarse al marco de la escotilla, decía:

– ¿No nos necesitas, Briant?

– No, Baxter —respondió Briant—. Cross, Webb, Service, Wilcox y tú, ¡quedaos con los pequeños!… ¡Entre cuatro nos bastará!

Baxter cerró la puerta desde dentro.

– ¡Los demás también tienen miedo! —había dicho Dole.

Pero ¿acaso había solo niños a bordo de aquella goleta arrastrada por el huracán? —¡Sí, únicamente niños! —¿Y cuántos había a bordo? —Quince, contando a Gordon, Briant, Doniphan y el grumete. —¿En qué circunstancias se habían embarcado? —Se sabrá pronto.

¿Y ningún hombre a bordo del yate? ¿Ningún capitán que lo comandara? ¿Ningún marinero que echara una mano en las maniobras? ¿Ningún timonel que gobernara en medio de aquella tempestad? —¡No!… ¡Ni uno!

Así, nadie a bordo habría podido decir cuál era la posición exacta del Sloughi en aquel océano… ¿Y qué océano? ¡El más vasto de todos! El Pacífico, que se extiende a lo largo de dos mil leguas de anchura, desde las tierras de Australia y Nueva Zelanda hasta el litoral de Sudamérica.

¿Qué había ocurrido entonces? ¿La tripulación de la goleta había desaparecido en alguna catástrofe? ¿Unos piratas de la Malasia la habían raptado, dejando a bordo únicamente a jóvenes pasajeros abandonados a sí mismos, cuyo mayor apenas contaba catorce años? Un yate de cien toneladas requiere, como mínimo, un capitán, un contramaestre, cinco o seis hombres, y de ese personal, indispensable para maniobrarla, ¡no quedaba más que el grumete!… En fin, ¿de dónde venía aquella goleta, de qué parajes australasiáticos o de qué archipiélagos de la Oceanía, y desde hacía cuánto tiempo, y con qué destino? A estas preguntas que todo capitán habría formulado de haber encontrado al Sloughi en aquellos mares lejanos, aquellos niños sin duda habrían podido responder; pero no había ningún barco a la vista, ni de aquellos trasatlánticos cuyos itinerarios se cruzan en los mares oceánicos, ni de aquellos buques de comercio, a vapor o a vela, que Europa o América envían a centenares hacia los puertos del Pacífico. Y aunque uno de esos buques, tan poderosos por su máquina o su aparejo, se hubiera encontrado en aquellos parajes, atareado en luchar contra la tempestad, no habría podido socorrer al yate que el mar zarandeaba como un despojo.

Sin embargo, Briant y sus camaradas velaban lo mejor que podían para que la goleta no guiñara a un bordo ni al otro.

– ¡Qué hacer!… —dijo entonces Doniphan.

– ¡Todo lo que sea posible para salvarnos, con la ayuda de Dios! —respondió Briant.

Decía eso aquel muchacho, y a duras penas el hombre más enérgico habría podido conservar alguna esperanza.

En efecto, la tempestad redoblaba en violencia. El viento soplaba como un trueno, según dicen los marineros, y la expresión es de lo más acertada, pues el Sloughi corría el riesgo de ser «fulminado» por los golpes de racha. Por otra parte, desde hacía cuarenta y ocho horas, medio desarbolado, con su palo mayor roto a poco más de un metro por encima de la carlinga, no había sido posible instalar una vela de capa que habría permitido gobernar con mayor seguridad. El palo de trinquete, decapitado de su mastelero, aguantaba todavía, pero era preciso prever el momento en que, soltado de sus obenques, se desplomaría sobre la cubierta. A proa, los jirones del foque pequeño batían con detonaciones comparables a las de un arma de fuego. Como única veladura, no quedaba más que el trinquete, que amenazaba con desgarrarse, pues aquellos muchachos no habían tenido fuerzas para tomar el último rizo y reducir su superficie. Si eso ocurría, la goleta no podría mantenerse al hilo del viento, las olas la acometerían por el través, volcaría, se iría a pique, y sus pasajeros desaparecerían con ella en el abismo.

Y hasta entonces, ninguna isla había sido avistada en alta mar, ningún continente había aparecido al este. Irse a la costa es una eventualidad terrible, y sin embargo aquellos niños no la habrían temido tanto como las furias de aquel interminable océano. Un litoral, fuera cual fuese, con sus bajos fondos, sus arrecifes, los formidables golpes de marejada que lo asaltan, la resaca que azota incesantemente sus rocas, ese litoral, creían ellos, habría sido la salvación para ellos, habría sido tierra firme, en lugar de aquel océano dispuesto a abrirse bajo sus pies.

Por eso buscaban algún fuego hacia el que pudieran poner proa…

¡Ninguna luz se mostraba en medio de aquella noche cerrada!

De repente, hacia la una de la madrugada, un espantoso desgarro dominó los silbidos de la ráfaga.

– ¡El palo de trinquete se ha roto!… —exclamó Doniphan.

– ¡No! —respondió el grumete—. ¡Es la vela que se ha arrancado de las relíngas!

– Hay que deshacerse de ella —dijo Briant—. Gordon, quédate al timón con Doniphan, y tú, Moko, ¡ven a ayudarme!

Si Moko, en su calidad de grumete, debía de tener algunos conocimientos náuticos, Briant tampoco carecía del todo de ellos. Por haber cruzado ya el Atlántico y el Pacífico cuando vino de Europa a Oceanía, se había familiarizado en cierta medida con las maniobras de una embarcación. Ello explica cómo los demás muchachos, que no entendían nada de eso, habían tenido que encomendarle a él y a Moko el cuidado de dirigir la goleta.

En un instante, Briant y el grumete se habían lanzado valerosamente hacia la proa del yate. Para evitar quedar atravesado, era preciso deshacerse a toda costa del trinquete, que formaba bolsa en su parte inferior y hacía escorar la goleta hasta el punto de que corría el riesgo de tumbarse sin remedio. De ocurrir eso, ya no podría enderezarse, a menos que se cortara el palo de trinquete por la base, después de romper sus obenques metálicos; ¿y cómo habrían podido con ello unos niños?

En aquellas circunstancias, Briant y Moko demostraron una habilidad notable. Firmemente decididos a conservar la mayor cantidad de lona posible para mantener al Sloughi con viento en popa mientras durase la borrasca, lograron largar la driza de la verga, que descendió a poco más de un metro sobre la cubierta. Los jirones del trinquete, desprendidos a golpes de cuchillo, fueron sus puños inferiores —sujetos con dos eslingas— amarrados a los cabillotes de las batayolas, no sin que los dos intrépidos muchachos estuvieran en veinte ocasiones a punto de ser arrastrados por las olas.

Con aquella veladura extremadamente reducida, la goleta pudo mantener el rumbo que llevaba desde hacía tanto tiempo. Con sólo el casco ya ofrecía bastante presa al viento para correr con la rapidez de un torpedero. Lo que importaba sobre todo era que pudiera sustraerse a las olas huyendo más aprisa que ellas, a fin de no recibir algún traicionero golpe de mar por encima del coronamiento.

Hecho esto, Briant y Moko regresaron junto a Gordon y Doniphan para ayudarles a gobernar.

En ese momento, la puerta de la escotilla se abrió por segunda vez. Un niño asomó la cabeza al exterior. Era Jacques, el hermano de Briant, tres años menor que él.

– ¿Qué quieres, Jacques? —le preguntó su hermano.

– ¡Ven!… ¡ven!… —respondió Jacques—. ¡Hay agua hasta en el salón!

– ¿Es posible? —exclamó Briant.

Y, precipitándose hacia la escotilla, bajó a toda prisa.

El salón estaba débilmente iluminado por un farol que el balanceo agitaba con violencia. A su luz podía verse una decena de niños tendidos en los divanes o en las literas del Sloughi. Los más pequeños —los había de ocho y nueve años—, apretados unos contra otros, eran presa del espanto.

– ¡No hay peligro! —les dijo Briant, que quiso tranquilizarlos ante todo—. ¡Aquí estamos!… ¡No tengáis miedo!

Luego, paseando un farol encendido por el suelo del salón, pudo comprobar que cierta cantidad de agua corría de un costado al otro del yate.

¿De dónde venía esa agua? ¿Había penetrado por alguna grieta del forro? Era lo que había que averiguar.

A proa del salón se encontraban el camarote principal, luego el comedor y el pañol de la tripulación.

Briant recorrió los distintos compartimentos, y observó que el agua no penetraba ni por encima ni por debajo de la línea de flotación. Esa agua, empujada hacia popa por el asiento del yate, no provenía sino de los golpes de mar embarcados por la proa, de los cuales la escotilla del pañol había dejado filtrarse cierta cantidad al interior. Por tanto, ningún peligro por esa causa.

Briant tranquilizó a sus camaradas al volver a cruzar el salón y, algo menos inquieto, regresó a su puesto en el timón. La goleta, de construcción muy sólida, recién carenada con un buen forro de cobre, no hacía agua y debía estar en condiciones de resistir los golpes de mar.

Era la una de la madrugada. En ese momento de la noche, vuelta más oscura todavía por el espesor de las nubes, la borrasca se desencadenaba furiosa. El yate navegaba como si estuviera sumergido del todo en un medio líquido. Agudos gritos de petreles desgarraban el aire. ¿Podía concluirse de su aparición que la tierra estuviera cerca? No, pues se los encuentra a menudo a varios centenares de leguas de las costas. Además, impotentes para luchar contra la corriente aérea, aquellas aves de las tormentas la seguían igual que la goleta, cuya velocidad ninguna fuerza humana habría podido frenar.

Una hora más tarde, un segundo desgarro se dejó oír a bordo. Lo que quedaba del trinquete acababa de ser hecho trizas, y los jirones de lona se dispersaron por el espacio, semejantes a enormes gaviotas.

– ¡Ya no tenemos vela —exclamó Doniphan—, y es imposible izar otra!

– ¡Qué importa! —respondió Briant—. Ten por seguro que no iremos más despacio por eso.

– ¡Buena respuesta! —replicó Doniphan—. Si así es como maniobras…

– ¡Cuidado con las olas por la popa! —dijo Moko—. Hay que amarrarnos bien, o nos llevará…

El grumete no había acabado su frase cuando varias toneladas de agua embarcaron por encima del coronamiento. Briant, Doniphan y Gordon fueron lanzados contra la escotilla, a la que lograron aferrarse. Pero el grumete había desaparecido con aquella masa que barrió el Sloughi de popa a proa, arrastrando parte de los pertrechos de cubierta, los dos botes y el esquife, aunque hubieran sido metidos adentro, además de algunos palos de repuesto, así como la bitácora de la brújula. Sin embargo, al ser reventadas las batayolas por el golpe, el agua pudo escurrirse rápidamente, lo cual salvó al yate del peligro de hundirse bajo aquella enorme sobrecarga.

– ¡Moko!… ¡Moko! —había gritado Briant en cuanto pudo hablar.

– ¿Lo habrá lanzado al mar? —respondió Doniphan.

– ¡No!… ¡No se le ve… no se le oye! —dijo Gordon, que acababa de asomarse por encima de la borda.

– Hay que salvarlo… ¡lanzarle un salvavidas… cuerdas! —respondió Briant.

Y, con una voz que resonó con fuerza durante unos segundos de calma, volvió a gritar:

– ¿Moko?… ¿Moko?…

– ¡Socorro!… ¡Socorro!… —respondió el grumete.

– No está en el mar —dijo Gordon—. Su voz viene de la proa de la goleta…

– ¡Lo salvaré! —exclamó Briant.

Y helo ahí reptando por la cubierta, esquivando lo mejor que podía el golpe de los motones que oscilaban al extremo de las maniobras medio largadas, protegiéndose de las caídas que el balanceo hacía casi inevitables en aquella cubierta resbaladiza.

La voz del grumete cruzó una vez más el espacio. Luego, todo enmudeció.

Sin embargo, a fuerza de grandes esfuerzos, Briant había logrado alcanzar la escotilla del pañol.

Llamó…

Ninguna respuesta.

¿Acaso Moko había sido arrastrado por un nuevo golpe de mar desde que lanzó su último grito? En tal caso, el desgraciado muchacho debía de estar lejos ahora, muy lejos a barlovento, pues el oleaje no habría podido transportarlo a la misma velocidad que la goleta. Y entonces, estaba perdido…

¡No! Un grito más débil llegó hasta Briant, que se precipitó hacia el molinete en cuyo montante se encajaba el pie del bauprés. Allí, sus manos encontraron un cuerpo que se debatía…

Era el grumete, encajado en el ángulo que formaban las batayolas al unirse en la proa. Una driza, que sus propios esfuerzos tensaban cada vez más, le apretaba la garganta. Después de haber sido retenido por aquella driza en el momento en que la enorme ola iba a arrastrarle, ¿debía perecer ahora por estrangulación?…

Briant abrió su navaja y, no sin dificultad, logró cortar el cabo que retenía al grumete.

Moko fue entonces conducido hacia popa, y en cuanto recobró fuerzas para hablar:

– Gracias, señor Briant, ¡gracias! —dijo.

Recuperó su puesto en el timón, y los cuatro se amarraron para resistir las enormes olas que se alzaban a barlovento del Sloughi.

Contrariamente a lo que había creído Briant, la velocidad del yate había disminuido algo desde que no quedaba nada del trinquete, lo que constituía un nuevo peligro. En efecto, las olas, al correr más rápido que él, podían asaltarlo por la popa y anegarlo. ¿Pero qué hacer? Habría sido imposible aparejar el menor trozo de lona.

En el hemisferio austral, el mes de marzo corresponde al mes de septiembre del hemisferio boreal, y las noches ya no duran sino un tiempo medio. Ahora bien, como eran aproximadamente las cuatro de la madrugada, el horizonte no debía tardar en blanquear al este, es decir, sobre esa parte del océano hacia la cual la tempestad arrastraba al Sloughi. ¿Quizás, con el día naciente, la ráfaga perdería algo de su violencia? ¿Quizás también aparecería alguna tierra a la vista, y la suerte de aquella tripulación de niños se decidiría en cuestión de minutos? Ya se vería, cuando el alba tiñera los lejanos del cielo.

Hacia las cuatro y media, algunas luces difusas se deslizaron hasta el cénit. Por desgracia, las brumas limitaban todavía el radio de visibilidad a menos de medio kilómetro. Se sentía que las nubes pasaban con una velocidad espantosa. El huracán no había perdido nada de su fuerza, y en alta mar el agua desaparecía bajo la espuma de una marejada rompiente. La goleta, a veces alzada sobre la cresta de una ola y otras precipitada al fondo de un abismo, habría volcado veinte veces de haber sido cogida de través.

Los cuatro muchachos contemplaban aquel caos de olas desmelenadas. Sentían bien que, si la calma tardaba en llegar, su situación sería desesperada. El Sloughi no resistiría veinticuatro horas más los golpes de mar que acabarían por reventar las escotillas.

Fue entonces cuando Moko gritó:

– ¡Tierra!… ¡Tierra!

A través de un desgarrón en las brumas, el grumete creía haber divisado los contornos de una costa hacia el este. ¿Se equivocaba? Nada más difícil de reconocer que esos vagos perfiles que tan fácilmente se confunden con volutas de nubes.

– ¿Una tierra?… —había respondido Briant.

– Sí… —retomó Moko—… una tierra… ¡al este!

Y señalaba un punto del horizonte que ocultaba ahora la masa de vapores.

– ¿Estás seguro?… —preguntó Doniphan.

– ¡Sí!… ¡Sí!… ¡Segurísimo!… —respondió el grumete—. Si la niebla vuelve a abrirse, mirad bien… allá… un poco a la derecha del palo de trinquete… ¡Mirad… mirad!…

Las brumas, que acababan de entreabrirse, empezaban a despejarse del mar para ascender hacia zonas más altas. Unos instantes después, el océano reapareció en un espacio de varios kilómetros por delante del yate.

– ¡Sí!… ¡Tierra!… ¡Es tierra de verdad!… —exclamó Briant.

– ¡Y una tierra muy baja! —añadió Gordon, que acababa de observar con mayor atención el litoral avistado.

Esta vez no había lugar a dudas. Una tierra, continente o isla, se perfilaba a ocho o diez kilómetros, en un amplio segmento del horizonte. Con el rumbo que seguía y del que la borrasca no le permitía apartarse, el Sloughi no podía menos que ser lanzado contra ella en menos de una hora. Que se hiciera añicos, sobre todo si los arrecifes lo detenían antes de alcanzar tierra firme, era de temer. Pero aquellos muchachos ni siquiera pensaban en eso. En aquella tierra que se ofrecía inesperadamente a sus miradas, sólo veían, sólo podían ver, la salvación.

En ese momento, el viento volvió a soplar con mayor furia. El Sloughi, arrastrado como una pluma, se precipitó hacia la costa, que se recortaba con la nitidez de un trazo de tinta sobre el fondo blanquecino del cielo. Al fondo se alzaba un acantilado cuya altura no debía superar los cincuenta metros. Por delante se extendía una playa amarillenta, enmarcada hacia la derecha por masas redondeadas que parecían pertenecer a un bosque del interior.

¡Ah! Si el Sloughi podía alcanzar aquella playa arenosa sin encontrar un banco de arrecifes, si la desembocadura de un río le ofrecía refugio, ¡quizás sus jóvenes pasajeros saldrían de allí sanos y salvos!

Mientras Doniphan, Gordon y Moko permanecían al timón, Briant se había desplazado a proa y miraba la tierra que se aproximaba a ojos vistas, tal era la velocidad. Pero en vano buscaba algún lugar donde el yate pudiera varar en condiciones más favorables. No se veía ni una desembocadura de río o arroyo, ni siquiera una franja de arena sobre la cual fuera posible encallar de una sola vez. En efecto, ante la playa se extendía una hilera de arrecifes cuyas cabezas negras emergían de las ondulaciones del oleaje y que batía sin descanso una monstruosa resaca. Allí, al primer choque, el Sloughi quedaría hecho pedazos.

Briant pensó entonces que más valía tener a todos sus camaradas en cubierta en el momento en que se produjera el encallamiento, y, abriendo la puerta de la escotilla:

– ¡Arriba, todo el mundo! —gritó.

Al instante, el perro saltó afuera, seguido de una decena de niños que se arrastraron hacia la popa del yate. Los más pequeños, a la vista de las olas que el bajo fondo hacía más temibles, lanzaron gritos de espanto…

Poco antes de las seis de la mañana, el Sloughi había llegado al borde de los arrecifes.

– ¡Agarraos bien!… ¡Agarraos bien! —gritó Briant.

Y, medio despojado de sus ropas, se mantuvo listo para socorrer a quienes la resaca arrastrase, pues con toda certeza el yate iba a ser rodado sobre los arrecifes.

De pronto, se sintió una primera sacudida. El Sloughi acababa de tocar fondo por la popa; pero, aunque todo su casco había quedado sacudido, el agua no penetró a través del forro.

Levantado por una segunda ola, fue arrastrado unos quince metros hacia adelante, sin haber rozado siquiera las rocas, cuyas puntas afloraban en mil lugares. Luego, escorado a babor, quedó inmóvil en medio del hervidero de la resaca.

Si ya no estaba en alta mar, todavía se encontraba a unos cuatrocientos metros de la playa.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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