César Cascabel · Parte 1

CAPÍTULO VI

PROSIGUE EL VIAJE

or primera vez, papá Cascabel, enemi

Pgo natural e irreconciliable de Inglaterra, iba a poner el pie en tierra inglesa. Por primera vez su calzado iba a pisar el suelo británico y a mancharse de polvo anglosajón.

Y, sin embargo, la Columbia Británica no está en Inglaterra. No pertenece al grupo que Inglaterra, Escocia e Irlanda constituían bajo la denominación de Gran Bretaña. Pero no por eso es menos inglesa que la India,

Australia y Nueva Zelanda, y como tal re pugnaba a César Cascabel.

La Columbia Británica forma parte de Nueva Bretaña, una de las más importantes colonias de Ultramar del Reino Unido, puesto que contiene la Nueva Escocia y el Dominio, es decir, el Alto y Bajo Canadá, así como los territorios concedidos a la Compañía de la Bahía de Hudson. En anchuras va de un océano al otro: del Pacifico al Atlántico. Al Sur está limitada por la frontera de Estados Unidos, que se extiende desde el territorio de Washington hasta el litoral del Estado del Maine.

Era, pues, una tierra inglesa, y las necesidades del itinerario no permitían a la familia el evitarla. En suma, no había más que doscientas leguas que andar para atravesar la Columbia Británica antes de llegar a la punta meridional de Alaska, es decir, las posesiones rusas del Oeste de América. Sin embargo, doscientas leguas sobre «aquel suelo detestado», aunque no fuera más que un paseo para la Belle Roulotte, acostumbrada a tan largas peregrinaciones, era doscientas veces demasiado, y papá Cascabel se proponía franquearlas lo más deprisa posible.

Por lo tanto, nada de descanso, excepto a las horas de comer. Nada de trabajos de equilibrio o gimnasia; nada de danzas, nada de luchas. ¡Se pasaría sin ellas el público anglosajón!

La familia Cascabel no experimentaba más que desdén hacia las monedas con la efigie de la Reina. ¡Más valía un dólar en papel que una corona de plata o una libra esterlina de oro!

En estas condiciones, se comprende que la Belle Roulotte se puso en estado de pasar a lo largo de las poblaciones, separándose de los pueblecillos. Si durante la marcha la caza podía bastar para la alimentación de su personal, eso les dispensaría de comprar sus géneros a los productores de este país abominable.

No se crea que esta actitud era una especie de farsa de papá Cascabel. ¡No! Era natural. El filósofo que había tomado tan decididamente su partido en sus últimos infortunios y cuyo buen humor había resucitado después del robo de Sierra Nevada, se volvió triste y melancólico desde el momento en que pasaron la frontera de Nueva Bretaña. Marchaba con la cabeza baja, la cara arrugada, el sombrero hasta las orejas, echando miradas feroces a los inofensivos viajeros que se cruzaban en su camino. No tenía ganas de reír, y bien se vio cuando Sandre se ganó una buena rociada a propósito de una broma intempestiva.

En efecto, aquel día se le ocurrió al pilluelo no marchar sino hacia atrás durante un cuarto de milla, haciendo grandes contorsiones y muecas.

Y cuando su padre le preguntó el motivo de esta manera de proceder, por lo menos muy penosa, respondió:

– ¡Porque es un viaje al revés el que hacemos!

A esta salida, todos se echaron a reír, hasta el mismo Clou, que encontró la contestación muy ingeniosa.

En cambio, papá Cascabel observó con tono gruñón, y tomando un aire solemne:

– Sandre, si te permites otra vez bromas de este género, cuando no tenemos ganas de bromear, te tiraré de las orejas hasta que te lleguen al talón.

– ¡Pero..., papá...!

– ¡Silencio en las filas...! ¡Se prohibe reír en este país de ingleses!

Y la familia no volvió a despegar los labios en presencia de su terrible jefe.

La parte de la Columbia Británica que confina con el litoral del Pacífico es muy quebrada. Encerrada al Este por las Montañas Rocosas, cuya cadena se prolonga hasta las cercanías del territorio polar, la costa de Bute, profundamente recortada al Oeste, se corta por numerosos fiordos, como una costa de Noruega, pintorescamente dominada por altas cimas. Allí se dibujan picos, de los que se encuentran parecidos en Europa, y en medio de la región alpina ventisqueros que sobrepasan en profundidad y extensión a los más importantes de la Sierra. Tales son el monte Hocker, cuya altura mide cinco mil ochocientos metros (mil más que la última plataforma del Mont Blanc) o el monte Burn, de mayor elevación que el gigante de los Alpes.

Afortunadamente, para la dirección impuesta a la Belle Roulotte, entre estas cadenas del Este al Oeste figuraba un ancho y fértil valle, donde se sucedían planicies descubiertas y bosques soberbios. El thalweg de este valle daba paso a una importante corriente de agua, el Fraser, que después de haber recorrido de Sur a Norte durante un centenar de leguas venía a encauzarse en un estrecho brazo de mar, limitado por la costa de Bute, la isla de Vancouver y el archipiélago de islotes que domina.

Esta isla de Vancouver tiene doscientas cincuenta millas geográficas de longitud, por ochenta y tres de ancho. Comprada por los portugueses, vino a ser objeto de un toma de posesión que la hizo pasar a manos de los españoles en 1789. Reconocida tres veces por Vancouver, cuando se llamaba todavía Noutka, tomó el nombre del navegante inglés y del capitán Quadra, perteneciendo luego definitivamente a Gran Bretaña a fines del siglo XVIII.

Su capital es actualmente Victoria, y tiene por principal villa a Nanaimo. Sus ricos yacimientos de hulla, después de haber sido explotados al principio por los agentes de la Compañía de la Bahía de Hudson, constituyen una de las ramas más activas del comercio de San Francisco con los diversos puertos de la costa occidental.

Algo al norte de la isla de Vancouver el litoral está cubierto por la isla de la Reina Carlota, la más importante del archipiélago de este nombre, que completa las posesiones inglesas en medio de aquellos parajes del Pacífico.

Fácilmente se adivina que papá Cascabel no pensó siquiera en visitar esta capital, como tampoco había soñado en visitar Adelaida o Melbourne, en Australia, Madrás en la India. Ponía todo su cuidado en pasar el valle del Fraser tan rápidamente como lo consintiera su tiro, no teniendo relaciones sino con los habitantes de su raza.

Por otra parte, la compañía, mientras se elevaba a través de este valle, encontraba fácilmente la caza necesaria para el sustento. Abundaban los gamos, las liebres, las perdices, y así «por lo menos –decía papá Cascabel– esta caza que el fusil de mi primogénito mata con tiro seguro y rápido, sirve para alimentar a honradas criaturas». ¡No tenían sangre anglosajona en sus venas, y los franceses podían comerla sin remordimientos!

Después de haber pasado el fuerte Langley, el vehículo estaba ya completamente dentro del valle del Fraser. Buscó en vano un camino carretero sobre el suelo casi abandonado a sí mismo. A lo largo de la orilla derecha del río se extendían anchas praderas, limítrofes a los bosques del Oeste, teniendo por horizontes altas montañas, cuyas cimas se destacaban sobre un cielo casi siempre gris.

Es necesario mencionar que cerca de Nueva Westminster, una de las principales ciudades de la costa de Bute, situada casi en la desembocadura del Fraser, Juan había tenido cuidado de franquear la corriente de agua en la barca que funcionaba entre las dos orillas. Buena precaución, en efecto; porque, después de haber subido el río hasta su origen, la Belle Roulotte no tenía más que rodearlo hacia el Oeste. Era el camino más corto, y también el más practicable, hacia la punta de Alaska que se interna en la frontera columbiana.

Además, papá Cascabel, bien servido por la casualidad, había hecho la adquisición de un guía, que se ofreció a conducirlos hasta las posesiones rusas; y no debía pesarle el haberse confiado a este honrado indígena.

Evidentemente, esto sería un aumento de gastos; pero más valía perder algunos dóla res cuando se trataba de la seguridad de los viajeros y la rapidez del viaje.

Este guía se llamaba Ro-No. Pertenecía a una de las tribus en las que los tyhi, llamados de otro modo los jefes, tienen relaciones muy frecuentes con los europeos. Estos indios difieren esencialmente de los tchilicotes, raza despreciable, cautelosa, cruel y salvaje de los que conviene no fiarse en el Noroeste de América. En efecto, algunos años antes, en 1864, tales bandidos tomaron parte en el cruel asesinato del personal enviado a la costa de Bute para la construcción de un camino, y también cayó bajo sus golpes el ingeniero Wadigton, cuya muerte fue muy sentida en toda la colonia. Afirmábase, además en aquella época que estos tchilicotes habían arrancado el corazón de una de sus víctimas y lo habían devorado, como lo hubieran hecho los caníbales australianos.

También Juan había leído el relato de esta espantosa carnicería en el viaje de Federico Whymper a través de la América septentrional, y había creído deber prevenir a su padre del peligro que presentaría un encuentro con los tchilicotes; pero, de acuerdo con él, no se dijo nada al resto de la familia, a la que era inútil asustar. Por otra parte, después de aquel funesto acontecimiento, estos pieles rojas se habían quedado prudentemente fuera de alcance, asustados por el castigo de cierto número de ellos, más directamente comprometidos en este asunto. Esto lo confirmó el guía Ro-No, quien aseguró a los viajeros que no tenían nada que temer durante la travesía de la Columbia Británica.

El tiempo continuaba bueno.

Ya el calor se dejaba sentir vivamente entre el mediodía y las dos de la tarde. Los botones de los árboles se abrían a lo largo de las ramas hinchadas de savia; hojas y flores no tardarían en vestir sus colores primaverales.

La comarca presentaba entonces el aspecto especial de los países del Norte.

El valle del Fraser estaba rodeado de bosques, en medio de los cuales dominaban especies septentrionales, los cedros, los abetos, y también los pinos Douglas; algunos de quince metros de circunferencia en su base, erguían sus cimas a más de cien pies del suelo. La caza abundaba en los bosques y en las llanura, y, sin separarse demasiado, Juan daba fácilmente abasto a las necesidades cotidianas de la cocina

Tampoco estaba desierta esta región. Acá y allá pueblecillos, donde los indios parecían vivir en buena inteligencia con los agentes de la administración anglosajona. En la superficie del río aparecían flotillas de canoas de madera de cedro, que bajaban con la ayuda de la corriente y subían con el auxilio de los remos y las velas.

A menudo se cruzaban bandas de indios que marchaban hacia el Sur. Envueltos en sus mantas de lana blanca cambiaron dos o tres palabras con papá Cascabel, que acabó, por fin, por comprenderlos, pues se servían de un idioma singular, el chinuco, en el cual se mezclan el francés, el inglés y el patois indígena.

– ¡Vaya! –comentó el saltimbanqui al darse cuenta de ello–. ¡He aquí que ya sé el chinuco! ¡Una lengua que hablo sin haberla aprendido!

Chinuco es, en efecto, según dijo el guía Ro-No, el nombre dado a este lenguaje del Oeste de América, empleado por diversos pueblos hasta en las tierras de Alaska.

En aquella época, inútil es decir que las nieves del invierno habían desaparecido completamente, gracias a la precocidad de la estación cálida, por más que algunas veces persistiesen hasta los últimos días de abril. El viaje se efectuaba en condiciones favorables. Sin fatigarlos demasiado, papá Cascabel acostaba a sus caballos tanto como lo permitía la prudencia, por sus deseos de estar fuera de los territorios columbianos. La temperatura se elevaba gradualmente, y se notó por los mosquitos, que no tardaron en hacerse insoportables.

Era muy difícil impedirles la entrada en la Belle Roulotte, aun con la precaución de no encender ninguna luz cuando llegaba la noche.

– ¡Malditos bichos! –gritó un día papá Cascabel, después de una lucha inútil contra aquellos irritantes insectos.

– ¡Quisiera saber para qué sirven estos pícaros mosquitos! –exclamó también Sandre.

– Sirven... para devorarnos... –respondió Clou.

– ¡Y, sobre todo, para devorar a los ingleses de la Columbia Británica! –agregó papá Cascabel–. Por consiguiente, niños, está prohibido formalmente el matar ni uno solo. Nunca habrá demasiados para los señores ingleses, y esto es lo que me consuela.

Durante esta parte del viaje la caza fue extremadamente fructuosa. Las piezas se presentaban con frecuencia, y los gamos bajaban de los bosques hasta la llanura, a fin de abrevar en las ricas aguas del Fraser. Siempre acompañado de Wagram, Juan pudo dar una batida a algunos de ellos, sin tener necesidad de alejarse más que lo que hubiera sido prudente, pues habría disgustado a su madre. Algunas veces Sandre iba a cazar con él orgulloso de empezar a manejar las armas bajo la dirección de su hermano mayor, y hubiera sido difícil decir cuál de los dos era el más listo y más rápido en la carrera: si el joven cazador o su perro.

No obstante, Juan no contaba aún en su activo más que algunos gamos, cuando tuvo la suerte de matar un bisonte. Aquel día corrió verdaderos peligros, porque el animal, herido solamente por el primer disparo, se revolvió contra él, y aunque le envió una segunda bala a la cabeza, la fiera no se detuvo hasta el momento en que el cazador iba a ser derribado, apaleado y despanzurrado. Como se puede suponer, no dio detalles de este lance. Pero el hecho se había verificado a algunos centenares de pasos de la orilla del Fraser, y fue necesario desenganchar los caballos para ir a buscar el enorme animal, que parecía un león por su espesa melena. Se sabe de cuanta utilidad es este rumiante para el indio de la pradera, que no vacila en atacarlo, bien con la lanza, bien con la flecha. Su piel es la cama del wigwam, es el abrigo de la familia, y hay vestidos hechos de esta piel que se venden hasta a veinte piastras. Además, los indígenas dejan secar al calor del sol la carne, y la cortan en largas tiras, con lo que disponen de un precioso recurso para los meses de escasez.

Si los europeos no comen más que la lengua del bisonte, que es en realidad un plato de los más delicados, el personal de la compañía se mostró menos exigente. Nada era de despreciar para estos estómagos ávidos. Por otra parte, Cornelia arregló esta carne de tan agradable manera, emparrillada, asada o cocida, que se la declaró excelente, sirviendo para numerosas comidas. En cuanto a la lengua del animal, no pudo obtener cada uno más que un pedazo; pero la opinión general fue que jamás habían comido cosa mejor.

Durante la primera quincena del viaje a través de la Columbia Británica, no se produjo otro incidente digno de ser referido. El tiempo seguía modificándose, y no estaba lejana la época en que las lluvias persistentes llegarían, si no a impedir, por lo menos a retardar su marcha hacia el Norte.

En estas condiciones, había que temer que el Fraser se desbordase por una crecida extraordinaria, y este desbordamiento hubiera sido para la Belle Roulotte el mayor contratiempo, por no decir el mayor peligro. Por fortuna, cuando cayeron las lluvias, si bien el río no tardó en engrosar rápidamente, no se elevó más que al nivel de sus orillas. Las llanuras escaparon así a la inundación, que las habría sumergido hasta el límite de los bosques escalonados en las primeras rampas del valle. El coche caminaba con mucho trabajo, porque sus ruedas se hundían en el suelo humedecido; pero bajo su techo, impermeable y sólido, la familia Cascabel halló el seguro abrigo que le había ofrecido tantas veces contra las ráfagas y Ja tempestad.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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