César Cascabel · Parte 4
CAPÍTULO V
FIN DE UN VIAJE QUE AÚN NO CON CLUYE
a se sabe, pues, cuál era el abominable
Ycomplot que amenazaba al conde Narkin y a la familia Cascabel.
Según sabemos, César Cascabel tenía proyectado permanecer algún tiempo en esta villa, a fin de que el señor Sergio tuviese facilidad de ir cada noche al castillo de Walska, sin correr el riesgo de ser conocido. Después según las circunstancias, quedaría al lado del príncipe Narkin, o seguiría a sus compañeros hasta Nijni... ¡y quizás hasta Francia!
Lo único malo era que en el caso de que el señor Sergio no se decidiese a dejar Perm, sería necesario separarse de Kayette, que se quedaría con él...
He aquí lo que repetía Juan, lo que le consumía, lo que le desgarraba el corazón.
Aquella mañana, Juan, más desesperado que nunca, se encontró con la joven india; y cuando la vio pálida, ojerosa, con los ojos enrojecidos por el insomnio, le preguntó:
– ¿Qué tienes Kayette?
– Nada, Juan –respondió ella.
– Algo te ocurre... ¡Estás enferma! ¡No has dormido...! ¡Se diría que has llorado, Kayette!
– ¡Es la tormenta de ayer...! ¡No he podido cerrar los ojos en toda la noche!
– Este viaje te ha fatigado mucho, ¿no es cierto?
– No, Juan. Yo soy fuerte. ¿Acaso no estoy acostumbrada a toda clase de miserias? ¡Esto pasará!
– Pero, ¿qué es lo que tienes, Kayette? Dímelo; te lo ruego.
– ¡No tengo nada, Juan!
Viendo al pobre muchacho tan desgraciado, Kayette estuvo a punto de decírselo todo.
Por otra parte, después de haber reflexionado durante largo tiempo, resolvió poner en conocimiento de papá Cascabel lo que acababa de descubrir. Mas para esto era necesario poderse encontrar sola con él, y esto era difícil durante la travesía de los Urales; además, importaba que los dos rusos no desconfiasen.
A las seis de la mañana del 7 de julio, la Belle Roulotte se volvía a poner en camino. Una hora después encontraba las primeras fuentes del Petchora, de que este desfiladero toma el nombre.
Durante esta jornada, Kayette no pudo encontrar ocasión de hablar secretamente con el jefe de la familia. Por otra parte, observó también que no había ya conversaciones secretas entre los dos rusos, ni más ausencias sospechosas a las horas de parada. ¿Y para qué habían de hacerlo ahora? Sus cómplices habrían tomado la delantera, y en la cita de Perm se reuniría toda la banda.
El día siguiente hicieron una buena jornada.
Después de una noche de reposo la Belle Roulotte llegó, hacia el mediodía, a la extremidad del desfiladero de Petchora. La pequeña caravana había franqueado por fin el desfiladero y puesto los pies en Europa.
Trescientas cincuenta verstas, unos trescientos setenta y pico de kilómetros, y Perm contaría «¡una casa, una familia más dentro de sus muros!», como decía papá Cascabel.
– ¡Uf! –añadió–. ¡Hemos hecho ya una buena tirada, amigos míos...! ¿Y qué? ¿No tenía razón? ¡Por todas partes se va a Roma! ¡En lugar de llegar a Rusia por un lado, hemos llegado por otro! ¡Y eso importa poco puesto que Francia no está lejos!
Al salir del desfiladero se hallaba un zavody, compuesto de unas cincuenta casas y unos cientos de habitantes.
Se decidió reposar en él hasta el día siguiente, a fin de renovar ciertas provisiones, entre otras harina, grasa, té y azúcar.
Al mismo tiempo, el señor Sergio y Juan pudieron procurarse plomo y pólvora, y renovar las municiones.
Cuando estuvieron de vuelta el conde dijo:
– ¡A cazar, amigo Juan! ¡No nos volveremos con el morral vacío...!
– Como queráis –respondió Juan, más bien por deber que por gusto.
¡Pobre muchacho el pensamiento de una separación tan próxima le hacía no tener gusto para nada.
– ¿Nos acompañáis, Ortik? –preguntó el señor Sergio.
– Con mucho gusto –respondió el marinero.
– Procurad traerme una buena caza – recomendó mamá Cascabel–, y me encargo de prepararos una gran cena.
Como no eran más que las dos de la tarde, los cazadores tenían tiempo de explorar el bosque de alrededor.
Por tanto, el señor Sergio, Juan y Ortik, partieron, mientras que Kirschef y Clou se ocupaban de cuidar los renos. Aquellos animales estuvieron bien pronto instalados bajo los árboles, en una lado de la pradera, donde podían pacer y rumiar a su gusto.
Entretanto, Cornelia volvía hacia la Belle Roulotte, donde no escaseaba el trabajo.
– ¡Vamos, Napoleona!
– Heme aquí, madre.
– ¿Y tú Kayette...?
– ¡Al instante, señora Cascabel...! Pero ésta era la ocasión que buscaba Kayette de encontrarse a solas con el jefe de la familia.
– Señor Cascabel... –dijo yendo hacia él – ¿Qué desea mi pequeña codorniz? –Quiero hablaros.
– ¿Hablarme...?
– Secretamente.
– ¿ Secretamente? Y mentalmente se decía: «¿Qué me querrá la pequeña Kayette...? ¿Será a propósito de mi pobre Juan?» Se dirigieron a la izquierda del zavody, dejando a Cornelia ocupada en la Belle Roulotte.
– Bueno, querida niña –preguntó papá Cascabel–, ¿qué me quieres, y por qué este misterio?
– Señor Cascabel, hace ya tres días que deseo hablaros, sin que nadie pueda oírnos.
– ¿Es muy grave lo que vas a decirme?
– Señor Cascabel, sé que el señor Sergio es el conde Narkin.
– ¡Qué dices...! ¡El conde Narkin...! ¿Sabes tú eso? –exclamó papá Cascabel–. ¿Sabes...? ¿Y cómo lo has sabido?
– Por las gentes que os escuchaban mientras hablabais con el señor Sergio, la otra tarde... ¡en la villa de Muji!
– ¿Es posible?
– Como a mi vez les he oído hablar del conde Narkin y de vos, sin que sospechasen.
– ¿Quiénes son estas gentes?
– ¡Ortik y Kirschef!
– ¡Qué...! ¿Ellos saben?
– Sí, señor Cascabel; saben también que el señor Sergio es un condenado político que vuelve a Rusia a ver a su padre el príncipe Narkin.
César Cascabel, estupefacto por lo que Kayette acababa de decirle, quedó inmóvil, caídos los brazos, con la boca abierta.
Después de reflexionar, dijo:
– ¡Deploro que Ortik y Kirschef conozcan este secreto! Pero puesto que la casualidad se lo ha entregado, estoy seguro de que no nos harán traición.
– No es la casualidad la que les ha hecho conocer el secreto –rectificó Kayette–. Y ahora os digo que le venderán.
– ¿Qué?
– Ortik y Kirschef son dos malhechores que pertenecen a la banda de Karnof. Son los que atacaron al conde Narkin en la frontera de Alaska. Después de haberse embarcado en Port Clarence para pasar a Siberia fueron arrojados a las islas Liaknoff, donde nosotros les encontramos. Lo que quieren del conde Narkin, cuya vida está en peligro si es reconocido en el territorio ruso, es una parte de su fortuna, y, si lo rechaza, le denunciarán. ¡Entonces, el señor Sergio estará perdido, y aun vos tal vez!
Mientras Cascabel anonadado por aquella revelación, guardaba silencio, Kayette le explicó cómo los marineros habían despertado sus sospechas. Era demasiado cierto que en otra ocasión había oído la voz de Kirschef... Ahora se acordaba... Fue en la frontera de Alaska, en el momento en que aquellos dos malvados atacaban al conde Narkin, sin saber entonces que éste fuese un ruso refugiado en América. En una de las últimas noches, mientras estaban encargados de velar en el campamento, Kayette los había visto alejarse con un hombre que acababa de reunírseles, los había seguido, había asistido a una entrevista entre ellos y siete de sus antiguos cómplices. ¡Todos los proyectos de Ortik estaban descubiertos! Después de haber conducido la Belle Roulotte a través del desfiladero de Petchora, donde estaba seguro de encontrar numerosos bandidos, había resuelto asesinar al conde y a toda la familia Cascabel. Pero desde que supo que el señor Sergio era el conde Narkin, se había dicho que era mejor obligarle a entregar una enorme suma, bajo pena de ser denunciado a la policía moscovita. Se esperaría a que llegase a Perm. Ni Ortik ni Kirschef aparecerían en este asunto, a fin de conservar su situación para el caso de que fracasara. Sus compañeros serían los que avisarían al señor Sergio por medio de una carta, pidiéndole una entrevista, etc.
César Cascabel podía contener difícilmente su indignación, mientras escuchaba el relato de Kayette.
– Y ahora, señor Cascabel –preguntó Kayette–, ¿qué vais a hacer?
– ¿Qué voy a hacer? ¡Pues muy sencillo, querida Kayette! Voy a denunciar a Ortik y a Kirschef en el primer puesto de cosacos que encontremos para que los ahorquen.
– Reflexionad, señor Cascabel –advirtió la joven.
– ¡No podéis hacer eso!
– ¿Por qué?
– Porque Ortik y Kirschef no vacilarían en denunciar al conde Narkin con aquellos que le han proporcionado los medios de entrar en Rusia.
– ¡Al diablo lo que a mí me concierne! –dijo Cascabel–. ¡Si yo fuese solo! ¡Pero el señor Sergio es otra cosa! ¡Tienes razón, Kayette; es necesario reflexionar!
Y entonces, muy agitado, perplejo, dio algunos pasos, pegándose con el puño en la cabeza para buscar una idea. Después, volviéndose hacia la joven, le preguntó:
– ¿Me has dicho que la intención de Ortik era esperar nuestra llegada a Perm para hacer obrar a sus compañeros?
– Sí, señor Cascabel, y se les ha recomendado no intentar antes nada. Así, creo que es necesario esperar y continuar el viaje.
– ¡Es duro esto, muy duro! –exclamó papá Cascabel–. ¡Conservar a su lado estos bribones, llevarlos a Perm, no dejar de darles la mano, ponerles buena cara...! ¡Vientre de mis antepasados...! ¡Me dan ganas de ir a cogerlos por el cuello, de aniquilarlos...! ¡Así..., así...!
Y el saltimbanqui, separando y juntando sus manos, como si tuviera a Ortik en una y a Kirschef en otra, parecía tocar los palillos en una orquesta de feria.
– Es preciso que seáis dueño de vos, señor Cascabel –repitió Kayette–, y proceder como si no supieseis nada.
– Tienes razón hija mía.
– Os preguntaré solamente si juzgáis a propósito prevenir al señor Sergio...
– ¡No, a fe mía; no! – respondió papá Cascabel. –Me parece mejor callarse. ¿Qué podría hacer el señor Sergio? ¡Nada! Estoy yo aquí para velar por él... ¡y velaré! Además, ¡le conozco! Por no comprometernos más tiempo, sería capaz de irse por la izquierda, cuando nosotros fuésemos por la derecha. ¡No! ¡Decididamente, no! ¡Me callaré!
– Y a Juan, ¿no le diréis nada?
– ¿A Juan, pequeña Kayette? ¡Todavía menos! ¡Es ardiente! ¡No podría contenerse en presencia de estos abominables bandidos! ¡No tiene la sangre fría de su padre! ¡Se dejaría llevar! ¡No! ¡A Juan menos que al señor Sergio!
– Y a la señora Cascabel, ¿no la pondréis al corriente? –dijo aún Kayette.
– ¿A mi mujer? ¡Oh, eso es otra cosa! Una mujer tan superior, capaz de dar un buen consejo, ¡y hasta un buen cachete...! Jamás he tenido secretos para ella, y puesto que sabe, como yo, que el señor Sergio es el conde Narkin...
– ¿Entonces, a la señora Cascabel...?
– Sí, le hablaré. A esa mujer podría confiársele un secreto de Estado; ¡antes que venderlo, se haría cortar la lengua, y no hay mayor sacrificio para una mujer! Sí, le hablaré.
– Ahora, volvamos a la Belle Roulotte –dijo Kayette–. Es preciso que no noten nuestra ausencia.
– Tienes razón, pequeña Kayette: ¡siempre tienes razón!
– Sobre todo, señor Cascabel, conteneos delante de Ortik y Kirschef.
– Será difícil, pero no temas nada; ¡se les sonreirá! ¡Ah, bandidos...! ¡Estamos manchados con su contacto impuro!
– Señor Cascabel –observó Kayette–, ¿es así cómo os consideráis dueño de vos?
– No, pequeña Kayette, no temas nada. ¡Esto me ahogaba, me quitaba la vida! Permaneceré tranquilo; lo estoy ya. Volvamos a la Belle Roulotte. ¡Canallas! ¡Bueno!
Volvieron a tomar el camino del zavody. Ya no hablaban. Estaban absortos en sus reflexiones. ¡Un viaje tan maravilloso, a punto de terminarse, y que estaba comprometido por este odioso complot!
En el momento de llegar, papá Cascabel se paró.
– Pequeña Kayette... –empezó.
– Decid, señor Cascabel.
– Decididamente, prefiero no decir nada a Cornelia.
– ¿Y por qué?
– ¡Qué quieres! He observado, en general, que una mujer guarda mejor un secreto cuando no lo conoce. Por consiguiente que quede esto entre nosotros.
Un instante después Kayette entró en la Belle Roulotte y, al pasar, papá Cascabel hizo un gesto amistoso al valiente Kirschef, murmurando entre dientes:
– ¡Qué facha de monstruo!
Dos horas después, cuando reaparecieron los cazadores, Ortik recibió un caluroso cumplido de papá Cascabel, a propósito de un magnífico gamo que traía sobre sus espaldas.
Además, el señor Sergio y Juan habían matado dos liebres y algunos pares de perdices. Cornelia pudo, por consiguiente, ofrecer una excelente comida a sus convidados, de la cual el buen Cascabel tomó largamente su parte En verdad, este hombre era inmenso. No dejaba adivinar sus precauciones.
Al día siguiente, 10 de julio, el tiro tomó la dirección hacia Prem. Después de la salida del paso, era probable que el viaje se llevase a cabo sin dificultades, y que no diera lugar a ningún incidente. La Belle Roulotte descendió a la orilla derecha del Vichera, que rodea la base del Ural. Había en el camino pueblecillos, villas, granjas, habitantes muy hospitalarios, caza en abundancia, y buena acogida por todas partes. El tiempo, aunque muy caluroso, estaba templado por una ligera brisa del Nordeste. Los renos marchaban gallardamente, sacudiendo sus bonitas cabezas. Además, el señor Sergio les había agregado dos caballos de refuerzo, comprados en el último zavody, pudiendo de este modo andar de cincuenta a sesenta kilómetros por día.
Verdaderamente, era un feliz debut el de la pequeña compañía en el suelo de la anti gua Europa, y papá Cascabel hubiese estado satisfecho si no recordase continuamente que llevaba dos bribones en su compañía.
– ¡Y decir que su banda nos sigue como los chacales siguen una caravana! Vamos, César Cascabel, será menester jugarles una buena a estos bandidos!
Verdaderamente era desagradable que esta complicación hubiese destruido un plan tan hábilmente combinado. Los papeles de la troupe Cascabel estaban en regla. El conde ruso figuraba en su personal, y las autoridades rusas le dejaban pasar sin desconfianza. Una vez en Perm, habría podido ir sin dificultades al castillo de Walska. Después de abrazar al príncipe Narkin, después de permanecer algunos días a su lado, podría atravesar toda Rusia, con el disfraz de saltimbanqui, y refugiarse en Francia, donde estaría completamente seguro. Y entonces ya no habría separación. Kayette y él no abandonarían a la familia. Y más tarde, ¡quién sabe si el pobre Juan...! ¡Ah! ¡Verdaderamente la horca era poco para los asesinos que venían a comprometer tal porvenir! Así es que, a pesar suyo, el buen Cascabel se dejaba llevar por su cólera.
Y cuando Cornelia le preguntaba:
– Pero, ¿qué te ocurre, César?
– ¡Nada! –respondía.
– Entonces, ¿por qué te enfureces?
– ¡Rabio, Cornelia, porque si no rabiase, reventaría!
Y la excelente mujer no sabía qué pensar para explicarse la actitud de su marido.
Pasaron cuatro días; después, a trescientos cincuenta kilómetros al sudoeste de los Urales, la Belle Roulotte llegó al pueblecillo de Solikamsk.
Sin duda los cómplices de Ortik habíanse adelantado; mas, por prudencia, ni él ni Kirschef trataron de ponerse en relación con ellos.
No obstante, Rostof y los otros estaban allí, iban a partir por la noche con objeto de llegar antes que ellos a Perm, situado a unas cincuenta leguas al Oeste. Y entonces nada podría impedir que se cumpliese el abominable proyecto.
Al día siguiente, al amanecer, salieron de Solikamsk, y el 17 de julio franquearon el Koswa en la barca de pasaje. En tres días, si no ocurría ningún contratiempo, la Belle Roulotte llegaría a Perm, donde debía comenzar la serie de representaciones de la familia Cascabel, antes de dirigirse a la feria de Nijni.
En cuanto al señor Sergio, tomaría sus disposiciones para dirigirse por la noche al castillo de Walska.
¡Juzgúese de su impaciencia, como también de la inquietud, bien legítima, con la cual hablaba de aquellas cosas con su amigo Cascabel!
Desde que había sido salvado, durante los trece meses que había durado aquel extraordinario viaje de la frontera de Alaska a la frontera de Europa, estaba sin noticias del príncipe Narkin. A la edad que su padre tenía, ¿no podía temerlo todo... hasta el no volverle a encontrar?
– ¡Vamos, vamos, señor Sergio! –decíale César Cascabel–. El príncipe Narkin se conserva como vos y como yo, y aún mejor... ¡Ya lo sabéis, yo hubiera sido un excelente sonámbulo! ¡Leo en el pasado y en el porvenir...! ¡El príncipe Narkin os espera con buena y excelente salud... y le veréis dentro de algunos días!
Y papá Cascabel no habría vacilado en asegurar que las cosas sucederían de dicha manera, a no haber sabido la conjuración del infame Ortik.
Después se decía:
– No soy ningún malvado, ni acostumbro a ser cruel; pero si me fuera posible cortarle el cuello con mis dientes, lo haría... y aun me parecería que obraba con cierta moderación.
Mientras tanto, Kayette estaba cada vez más alarmada a medida que la Belle Roulotte se acercaba a Perm. ¿Qué partido tomaría César Cascabel? ¿Cómo haría fracasar los proyectos de Ortik sin comprometer la seguridad del señor Sergio? Aquello le parecía, por decirlo así, imposible. También disimulaba mal sus inquietudes, y Juan, que no estaba en el secreto, sufría horriblemente al verla tan atormentada, tan abatida a veces.
En la mañana del 20 de julio el Kama fue franqueado, y hacia las cinco de la tarde, la pequeña compañía vino a hacer alto en la gran plaza de Perm, donde se tomaron algunas disposiciones en vista de una instalación que debía durar algunos días.
Una hora después, Ortik se había puesto en comunicación con sus cómplices, y Rostof escribía una carta que él había de encargarse de enviar por la noche al señor Sergio, en la cual le pedía como lugar de la cita una de las tabernas de la ciudad. Si este medio fallaba, se vería de obrar de otra manera.
Al anochecer, cuando se recibió la carta, el señor Sergio había partido ya para el castillo de Walska. Papá Cascabel, que se encontraba solo en aquel momento, creyó necesario mostrar alguna extrañeza, tomó la carta que prometió dar a su destinatario, y se guardó bien de decir a nadie una palabra.
La ausencia del conde había contrariado a Ortik. Hubiera preferido que la tentativa hubiese sido hecha antes de la entrevista del príncipe y del conde Narkin. Mas no dejó traslucir su contrariedad, y para disimular mejor, cuando se sentó a comer, se limitó a decir:
– ¿No está el señor Sergio?
– No –respondió papá Cascabel–. Está haciendo una diligencia, a propósito de nuestras representaciones, con las autoridades de la villa.
– ¿Y cuándo volverá?
– ¡Esta noche naturalmente!