Clovis Dardentor

XIV

EN EL QUE TLEMCEN NO ES VISITADO CON EL CUIDADO QUE LA ENCANTADORA CIUDAD MERECE.

Sebdou, capital del círculo, población mixta de mil seiscientos habitantes, entre los que apenas se cuentan algunas docenas de franceses, está situada en medio de un país de gran belleza, clima excelente y sano, y campo de incomparable fertilidad. ¡Se dice hasta que fue la Tafraona de los indígenas! Y, sin embargo, Juan Taconnat «se burlaba de ella como un sollo de un mondadientes», como hubiera podido decir Clovis Dardentor, a riesgo de herir la delicadeza de su fiel criado.

En efecto: el pobre Juan estaba mal desde la llegada a El- Gor. Durante el resto del día no fue posible hacerle salir de su cuarto. El mismo Marcel se vio en la precisión de abandonarle a sí mismo. No quería ver ni recibir a nadie. Sentíase incapaz de expresar el reconocimiento que debía a Clovis. Si hubiera saltado al cuello de su salvador, le hubieran dado intenciones de estrangularle.

Resultado de esto: que únicamente Dardentor y Marcel, sin hablar de otros turistas, fieles al programa de su viaje, visitaron a conciencia a Sebdou.

Las señoras, no recobradas aún de su emoción y de sus fatigas, habían tomado la resolución de consagrar aquel día al descanso, resolución muy lamentada por Marcel Lornans, pues no vio a Luisa más que a las horas de almorzar y de comer.

Por lo demás, Sebdou no ofrece grandes curiosidades, bastando una hora para recorrer el pueblo. Sin embargo, Clovis Dardentor encontró en él el contingente habitual de hornos de cal, de tejares y molinos que funcionan en casi todas las ciudades de la provincia de Orán. Él y sus compañeros rodearon la muralla que ciñe la aldea, y que fue durante algunos años un punto avanzado de la colonia francesa. Pero como aquel día era jueves, había gran mercado árabe, y nuestro héroe mostró vivo interés en aquel movimiento comercial.

La caravana partió al día siguiente, 19 de Mayo, muy temprano, a fin de recorrer los cuarenta kilómetros que separan Sebdou de Tlemcen. Pasado el Oued-Merdja, un afluente de Tafna, internóse por una ancha explotación de alfa, atravesando arroyos de agua límpida, y después de franquear algunos bosques hizo alto para almorzar en un parador público situado a mil quinientos metros de altura, y continuando por el pueblo de Termi y las Montañas Negras, más allá del Oued-Sakat, llegó a Tlemcen.

Tras de jornada tan ruda, una buena fonda recibió a todos, que debían permanecer en ella treinta y seis horas.

Durante el camino, Juan Taconnat se mantuvo aparte, respondiendo apenas a las demostraciones casi paternales del señor Dardentor.

A su descorazonamiento mezclábase cierta dosis de vergüenza. ¡El salvado por el que quería salvar! Aquella mañana, después de haberse mostrado enfurruñado desde la víspera, saltó de su lecho y despertó a Marcel, apostrofándole de esta suerte:

-Y bien... ¿qué dices?

Nada podía decir el otro, pues dormía aun.

Su primo iba y venía por el cuarto, gesticulaba, cruzábase de brazos, lanzaba recriminaciones... ¡No!... ¡No podía tomar las cosas alegremente, como había prometido! Estaba decidido a tomarlas por el lado trágico...

Al fin, interrogado de nuevo, se enderezó Marcel, y no encontró nada que responder.

-Lo que te digo, Juan, es que tengas calma. Cuando se declara la desgracia de un modo tan categórico, lo mejor es someterse...

-¡O abdicar!...- respondió Juan-. Conozco esa divisa..., y no es la mía... ¡Es demasiado fuerte! ¡Cuando pienso que de las tres circunstancias que el Código exige se han presentado dos: las olas y las llamas! ¡Y que ese incalificable Dardentor, que hubiera podido ser envuelto por las llamas del tren o desaparecer bajo el agua del Sar, y al que tal vez tú o yo hubiéramos salvado, ha representado el papel de salvador!... ¡El incendio te ha escogido a ti... y el naufragio a mí!

-¿Quieres mi opinión, Juan?

-Venga, Marcel.

-¡Que encuentro esto chistoso!

-¡Ah! ¿Lo encuentras chistoso?

-¡Sí, y creo que si el tercer incidente se produjera, un combate en la última parte del viaje, mucho me engaño si no era el señor Dardentor el que nos salvara a ambos!

Juan Taconnat dio una patada en el suelo, derribó las sillas, golpeó sobre los cristales de las ventanas a riesgo de romperlos, y..., lo que parecía muy singular, ¡el furor era realmente serio en un fantaseador de su especie!

-Vamos, Juan- añadió Marcel.- Debías renunciar a hacerte adoptar por el señor Dardentor..., como yo por mi cuenta he renunciado...

-¡Nunca!

-Tanto más cuanto que ese émulo inmortal de Perrichon te ha salvado, y te va a adorar como a mí me adora...

-No tengo necesidad de su adoración, Marcel, sino de su adopción, y que Mahoma me estrangule si no encuentro el medio de conseguirla.

-¿Y cuál será ese medio, puesto que la suerte se te presenta siempre contraria?

-Le prepararé alguna trampa. Le arrojaré en el primer torrente que nos encontremos. Prenderé, si es preciso, fuego a su cuarto, a su casa. Reclutaré una banda de beduinos o de touaregs, que nos ataquen en el camino. En fin, le tenderé algún lazo...

-Y ¿sabes tú lo que sucederá con tus lazos?

-Sucederá...

-Que caerás tú en ellos y de ellos te sacará Dardentor, el protegido de las buenas hadas, el favorito de la Providencia, el prototipo del hombre de suerte, al que todo le ha salido bien en la vida, y para el que la diosa Fortuna mueve siempre su rueda en buen sentido.

-Yo sabré en la primera ocasión hacer que la manivela se tuerza.

-Además, Juan, ya estamos en Tlemcen.

-¿Y bien?...

-Y bien; dentro de tres o cuatro días estaremos en Orán, y lo más prudente será arrojar al olvido todas las ilusiones del porvenir, o ir a firmar nuestro alistamiento.

Al pronunciar estas palabras, la voz de Marcel estaba visiblemente alterada.

-Vaya, mi pobre amigo- respondió Juan.- ¡Yo creía que la señorita Luisa, Elissane!...

-¡Sí, Juan, sí! Pero ¿por qué soñar, si el sueño no se ha de convertir jamás en realidad? Por lo menos guardaré de esta joven un imperecedero recuerdo.

-¿Estás, pues, resignado?

-Lo estoy.

-¡Casi tanto como yo lo estoy a no ser el hijo adoptivo de Dardentor!- exclamó Juan.- Y si he de decirte lo que pienso, antójaseme que tú tienes más probabilidades de obtener tus deseos.

-¡Estás loco!

-No; pues, después de todo, la desgracia no se ha encarnizado contra ti como conmigo, y creo más fácil que la señorita Elissane se convierta en la señora de Lornans, que Juan Taconnat llegue a ser Juan Dardentor, aunque no se trate más que de un sencillo cambio de nombre.

Mientras los dos jóvenes se entregaban a esta conversación, que se prolongó hasta la hora del almuerzo, Clovis Dardentor, ayudado por Patricio, se ocupaba de su tocado. La visita a Tlemcen y sus alrededores no debía empezar hasta la tarde.

-Y bien, Patricio- preguntó el amo al criado-, ¿qué piensas de esos dos jóvenes?

-¿Los señores Taconnat y Marcel?

-Sí.

-Pues pienso que el uno hubiera perecido en las llamas y en el agua el otro, si el señor no hubiera expuesto su vida para arrancarles de una terrible muerte.

-¡Gran lástima hubiera sido, pues los dos jóvenes son dignos de una larga y feliz existencia! Con su amabilidad, su buen humor, su inteligencia y su gracia, harán camino en el mundo. ¿No es verdad, Patricio?

-Pienso exactamente lo mismo que el señor. Pero ¿me permitirá el señor una observación inspirada por mis reflexiones personales?

-Te lo permito si no se te va el santo al cielo y te extiendes mucho.

-Es que... Tal vez el señor comprenderá la justicia de mi observación.

-Pues, anda, sin preámbulos, y no des vueltas durante una hora alrededor del puchero.

-¡El puchero! ¡El puchero!- dijo Patricio...

-¿Te soltarás la rienda?

-¿Consentirá el señor en formular su juicio sobre el hijo del señor y la señora Desirandelle?

-¿Agatocles?... Es un bravo mozo... Un poco... y un mucho..., .................así..., vamos.

Una de esas naturalezas que no se despiertan hasta después del matrimonio... Tal vez está en bruto... Dame el peine de los bigotes.

– Aquí está, señor.

-¡Pero de la madera de los que se hacen los mejores maridos! Se le ha elegido un partido, excelente, y estoy seguro que ese matrimonio tiene la dicha asegurada. Pero no le veo la punta a tu observación.

-Ya saldrá naturalmente cuando el señor tenga a bien responderme a la segunda pregunta que su condescendencia me autorizará a dirigirle.

-Dirige lo que quieras.

-¿Qué piensa el señor de la señorita Elissane?

-¡Oh! ¡Encantadora!... ¡Deliciosa, buena, espiritual, inteligente, a la vez jovial y seria!... Las palabras me faltan... lo mismo que el cepillo del pelo. ¿Dónde está el cepillo?

-Aquí, señor.

-Si yo me casara, querría tener algo semejante...

-¿Un cepillo?

-¡No!, tonto... Una mujer como Luisa. Te lo repito. Agatocles puede vanagloriarse de haber tenido la suerte de sacar un famoso número.

-¿De modo que el señor cree poder afirmar que ese matrimonio es cosa hecha?

-Como si el alcalde les hubiera unido el uno al otro. Además, no hemos venido a Orán a otra cosa. Sin duda yo esperaba que los dos futuros hubieran intimado más durante el viaje. Pero la cosa se arreglará, Patricio. Acuérdate de lo que te digo. ¡Antes de tres semanas bailaremos en la boda... y yo haré un caballero solo con gran meneo de caderas!

La frase, tan impropia de una ceremonia nupcial, hizo mal efecto a Patricio.

-Vamos- añadió Dardentor.- Aún no sé nada de tu observación, inspirada por tus reflexiones personales...

-Personales... y me asombra que esta observación haya podido escapar a la perspicacia, del señor.

-Pero desembucha... ¿Cuál es tu observación?

-Tan justa es, que el señor mismo la hará... después de una tercera pregunta.

-¿Una tercera?

-Si el señor no quiere...

-Al grano, animal... ¡Cualquiera diría que pretendes ponerme rabioso!

-El señor sabe bien que soy incapaz de ninguna tentativa de ese género contra su persona.

-¿Quieres echar fuera o no la tercera pregunta?

-¿No ha notado el señor la conducta del señor Lornans desde la partida de Orán?

-¿De mi querido Marcel? Efectivamente; me ha parecido demostrar gran gratitud por el insignificante servicio que he tenido la dicha de prestarle, lo mismo que a su primo... aunque éste no lo ha demostrado tanto.

-Se trata del señor Lornans, y no del señor Taconnatrespondió Patricio-. ¿No ha notado el señor que parece que la señorita Elissane le agrada mucho, y que se ocupa de ella más de lo conveniente, tratándose de una joven casi en vísperas de casarse, y que el señor y la señora de Desirandelle están algo disgustados por esto, y no sin motivo?

-¿Tú has visto eso, Patricio?

-Si al señor no le disgusta...

-Sí. Esa buena señora de Desirandelle me ha hablado algo de ello. ¡Bah! Pura imaginación.

-Me atrevo a afirmar al señor que no ha sido la señora de Desirandelle la única persona que lo ha notado.

-¡Ni unos ni otros sabéis lo que decís!- exclamó Clovis Dardentor- Además, ¿en qué terminaría todo, dado caso que fuera cierto? No... He prometido concertar el matrimonio de Agatocles y Luisa... y se hará.

-Aunque para mí sea un disgusto no estar de acuerdo con el señor, debo persistir en mi idea.

-Persiste lo que quieras...

-¡Hay gentes que están ciegas!- dijo secamente Patricio.

-¡Pero si eso no tiene sentido común! ¡Marcel... un mozo al que he arrancado de las llamas turbulentas, solicitar a Luisa! Es como si pretendieras que ese glotón de Oriental pensara en pedir su mano.

-No he hablado del señor Oriental, que nada tiene que ver en este asunto particular del señor Lornans.

-¿Dónde está mi tubo?

-¿El tubo del señor?

– Sí..., mi sombrero.

-Aquí está el sombrero del señor, y no su...- respondió Patricio indignado.

-Y oye, Patricio. No sabes lo que dices, no entiendes jota, ¡te metes el dedo en la pupila hasta el codo!...

Y tomando su sombrero, dejó a Patricio, que se sacara como pudiera el dedo que a tal profundidad se había metido.

No obstante, tal vez nuestro héroe se sentía fatigado. ¡Aquel imbécil de Agatocles, que no hacía progreso alguno! Los Desirandelle, que se disponían a dirigirle reproches con él, haciéndole responsable de las ideas de Marcel Lornans, admitiendo que éstas fueran las que indicaban ciertos detalles que le vinieron a la memoria... En fin, se prometió observarlo todo.

Aquella mañana, durante el almuerzo, Clovis Dardentor no notó nada sospechoso. Descuidando un poco a Marcel, dirigió todas sus frases a Juan Taconnat, su “último salvado”, que respondía indolentemente.

Luisa mostróse con él muy afectuosa, y tal vez Clovis sospechó al fin que era demasiado encantadora para aquel imbécil, al que se quería hacer su marido..., y que parecían armonizarse como el azúcar y la sal...

-¿Señor Dardentor?- dijo la señora Desirandelle a los postres.

-Querida amiga...

-¿No hay camino de hierro entre Tlemcen y Sidi- belAbbes?

-Sí, pero está en construcción.

-¡Es una lástima!

-¿Por qué?

-Porque mi marido y yo hubiéramos preferido tomarle para regresar a Orán.

-¿Cómo- exclamó Clovis- hasta Sidi-bel-Abbes el camino es magnífico. No hay que temer ni fatiga ni peligro... para nadie...

Y sonrió a Marcel, que no advirtió su sonrisa, y a Juan Taconnat, que apretó los dientes como si sintiera deseos de morder.

-Sí- añadió el señor Desirandelle-, estamos muy fatigados del viaje, y es de lamentar que no se le pueda abreviar. La señora de Elissane y Luisa, lo mismo que nosotros, hubieran...

Antes que la frase estuviera terminada, Marcel Lornans había mirado a la joven, que le miró a él también. Dardentor tuvo que decirse: ¡Calla!... y recordando la frase del poeta: “Dios ha dado a la mujer la boca para hablar y los ojos para responder”, se preguntó qué respuesta habían dado los ojos de Luisa.

-¡Mil diablos!- murmuró.

-En fin, ¿qué quieren ustedes, amigos míos?- añadió.- El camino de hierro no funciona aun, y, no hay medio de dividir la caravana.

-¿No podríamos partir hoy mismo?- respondió el señor Desirandelle.

-¡Hoy!- exclamó Dardentor.- ¿ Marcharnos antes de haber visitado esta magnífica Tlemcen, sus almacenes, su ciudadela, sus sinagogas, sus mezquitas, sus paseos, sus alrededores, todas las maravillas que nuestro guía me ha indicado? ¡Apenas si bastarán dos días!

-Estas señoras están muy fatigadas para emprender esa excursión, Dardentor- respondió fríamente el señor Desirandelle-, y yo las haré compañía.... Un paseo por la ciudad será lo más que haremos. Libres quedan ustedes y esos señores... a los que ha salvado del turbión de las aguas y de las llamas, de visitar a conciencia esa magnífica Tlemcen. Pero sea lo que sea, está decidido que mañana a primera hora partiremos.

Esto era formal, y Clovis Dardentor, algo fastidiado de la burla del señor Desirandelle, viendo que los rostros de Marcel y Luisa se obscurecían, y comprendiendo además que no había para qué insistir, abandonó a aquellas señoras, después de haber lanzado una última mirada a la entristecida joven.

-¿Viene usted, Marcel? ¿Viene usted, Juan?- preguntó.

-Le seguimos a usted- respondió el primero.

-¡Acabará por tutearnos!- murmuró el otro, no sin desdén.

En las condiciones en que se encontraban, no les quedaba más partido que seguir a Dardentor. En cuanto al hijo de los Desirandelle, había salido, y durante todo el día pudo vérsele en compañía del señor Oriental, frecuentando las tiendas de comestibles y las confiterías.

No había duda que el Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar había reconocido en el joven disposiciones naturales para el empleo de su boca.

Dado el estado moral de los dos parisienses, no podían interesarse gran cosa en aquella curiosa Tlemcen, la Bab-elGharb de los árabes, situada en medio del Isser, en el semicírculo del Tafna.

Y, no obstante, es tan linda que se la conoce con el nombre de la «Granada africana» La antigua Pomaria de los romanos, reemplazada por el Tagrartn al Oeste, se ha convertido en la moderna Tlemcen. Con su Joanne en la mano, el señor Dardentor tuvo buen cuidado de repetir que ya era floreciente en el siglo XV; industrial, comercial, artística, científica, bajo la influencia de las razas berberiscas; que contaba entonces veinticinco mil familias; que era actualmente la quinta ciudad de Argelia con su población de veinticinco mil habitantes, de los que tres mil son franceses y tres mil judíos; que después de haber sido tomada por los turcos en 1553, por los franceses en 1836, y cedida después a Abel- el- Kader, fue definitivamente tomada en 1842; que constituía una capital estratégica de gran importancia en la frontera marroquí... Pero, a pesar de todos los esfuerzos de Dardentor, apenas si fue escuchado, y no obtuvo más que vagas respuestas.

Preguntábase el digno hombre si no hubiera sido mejor dejar a aquellos dos desesperados en su rincón... Pero les quería mucho y procuraba no demostrar mal humor, aunque más de una vez sintió deseos de preguntar a Marcel, poniéndole entre la espada y la pared:

-¿Es eso verdad? ¿Es serio?... Ábrame usted el corazón, y que yo lea dentro de él.

No lo hizo... ¿Para qué? Era un joven sin fortuna, que jamás sería aceptado por la práctica o interesada señora Elissane. Y además..., él..., el amigo de los Desirandelle...

Resultó de esto que Dardentor no sacó lo que esperaba de la ciudad, situada en una posición verdaderamente admirable, sobre una terraza a ochocientos metros de altura, en los flancos a pico del monte Termi, que sobresale de los macizos del Nadar, desde donde la vista se extiende sobre las planicies del Isser y del Tafna, zona de verdura de doce kilómetros, verdadera selva de árboles seculares, y gran número de frutales y plantaciones de olivo por millares.

Inútil es decir que todas las ruedas de la Administración francesa funcionan en Tlemcen con regularidad de máquina. En lo que se refiere a establecimientos industriales, Dardentor pudo escoger entre los molinos de harina, fábricas de aceite y de telas. El mismo hizo la adquisición de un delicioso par de babuchas en una tienda de la plaza Cavaignac.

-Me parecen un poco pequeñas para usted- observó burlonamente Juan Taconnat.

-¡Diablo!

-Y un poco caras...

-¡Hay dinero!

-¿A quién las destina usted?,- preguntó Marcel Lornans.

-A una gentil persona- respondió Dardentor guiñando un ojo.

He ahí lo que no hubiera podido permitirse Marcel, que, no obstante, hubiera deseado gastar todo el dinero del viaje en un regalo para la joven.

Si en Tlemcen se encuentra todo el comercio del Oeste y de las tribus marroquíes, granos, bestias, pieles, tisús, plumas, la ciudad ofrece igualmente a los aficionados a antigüedades preciosos recuerdos.

Aquí y allá, numerosos restos de la arquitectura árabe; las ruinas de sus tres viejas murallas, reemplazadas por el moderno muro de cuatro kilómetros y nueve puertas; barrios moriscos de abovedadas callejas, restos de las sesenta mezquitas que poseía en otra época. Preciso era que los dos jóvenes tuvieran una mirada para la venerable ciudadela, el Mechouar, antiguo palacio del siglo XII, y también para Kissaria, convertida en cuartel de spahis, donde se reunían los mercaderes genoveses, pisanos y provenzales. Además, ¿qué cosa más digna de contemplarse que las mezquitas, con su profusión de blancos minaretes, sus columnas de mosaico, sus pinturas, la mezquita de Djema-Kebir, la de Abdul-Hassim, cuyas tres bóvedas reposan sobre pilares de onix, y en la que los chicuelos árabes aprenden a leer, a escribir y la aritmética, en el mismo sitio en que murió Boabdil, el último de los reyes moros de Granada?

Los tres personajes atravesaron calles y franquearon plazas de regular dibujo; un barrio híbrido donde contrastaban las casas indígenas con las europeas, y otros barrios modernos. Por todas partes había fuentes, siendo la de la plaza de San Miguel la más linda de todas. La explanada de Mechouar, sombreada por cuatro hileras de árboles, ofreció, al fin, a los turistas, hasta el momento de regresar a la fonda, una vista incomparable del campo de los contornos.

Respecto a los alrededores de Tlemcen, sus aldeas agrícolas, las koubbas de Sidi-Daoudi y de Sidi-Abd-es-Salam, la resonante cascada de El-Ourit, por la que el Saf Saf se precipita desde una altura de ochenta metros, y otros tantos atractivos, Clovis Dardentor se limitó a admirarles en el texto oficial de su guía.

¡Sí! Precisos serían varios días para estudiar a Tlemcen y sus alrededores. Pero hubiera sido trabajo inútil proponer prolongar la estancia a gentes que no deseaban sino marcharse lo más pronto posible y por el más corto camino. Por mucha autoridad que Dardentor tuviera sobre sus compañeros de viaje, autoridad además disminuida, no se atrevió a hacer la proposición.

-Y bien, mi querido Marcel y mi querido Juan- ¿qué piensan ustedes de Tlemcen?

-Una hermosa ciudad- se contentó con responder distraídamente el primero.

-Hermosa... sí... - refunfuñó el segundo.

-Vaya... Bien hice en cogerle a usted, Marcel, por el cuello, y a usted, Juan, por el pantalón. ¡Qué de cosas soberbias no hubieran visto si no!

-Usted ha arriesgado su vida, señor Dardentor- dijo Marcel Lornans-, y crea usted que nuestra gratitud...

-¡Ah, señor Dardentor!- preguntó Juan Taconnat: - ¿es que tiene usted por costumbre salvar a los...

-¿Eh? Más de una vez me ha sucedido, y podría colgarme sobre el pecho una buena colección de medallas. Esto ha hecho que, a pesar de mi deseo de ser padre adoptante..., jamás he podido adoptar a nadie.

-Usted mismo es el que está en condiciones para ser adoptado- dijo Juan Taconnat.

-Como usted lo dice, niño- respondió Clovis.- Pero vamos andando.

Regresaron a la fonda. La comida fue triste. Los comensales tenían el aspecto de personas que han cerrado sus equipajes, y a los que el tren espera. A los postres Clovis se decidió a ofrecer las babuchas a Luisa.

-En recuerdo de Tlemcen, querida señorita- dijo.

La señora de Elissane agradeció con una sonrisa el regalo que a su hija hacía Clovis, mientras la señora de Desirandelle se mordía los labios y su esposo se encogía de hombros.

Respecto a Luisa, su rostro se serenó, un rayo de alegría brilló en sus ojos, y dijo:

-Gracias, señor Dardentor. ¿Me permite usted que le dé un abrazo?

-¡Diablo! No las he comprado más que para eso. ¡Un abrazo por cada babucha!

Y la joven abrazó muy gustosa a Clovis Dardentor.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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