CAPÍTULO IV
PRIMER CONTACTO
AL amanecer del día siguiente no se divisaba ya la costa. El tiempo era magnífico y el Seamew se balanceaba alegremente, cortando las olas que empujaba contra él una fresca brisa que soplaba del Noroeste.
Cuando el timonel señaló el cuarto de las seis, el capitán Pip abandonó el puente, donde había permanecido durante toda la noche, y entregó el mando a su segundo.
– Proa al Oeste, Mr. Flyship –dijo.
– Bien, capitán –respondió el segundo mientras ordenaba al propio tiempo a la marinería que procediera a la limpieza de! puente.
El capitán no penetró directamente en su cámara, sino que antes inició un recorrido por todo el buque, paseando por todas partes su mirada tranquila y segura.
Llegó hasta la proa, e inclinándose, miró al navío cortar las olas; volvió hacia popa, examinándolo todo detenidamente; desde allí se dirigió hacia las máquinas, y con gran cuidado estuvo escuchando el ruido de las bielas y los pistones.
En aquel momento el primer mecánico, Mr.
Bishop, subía al puente con objeto de aspirar las frescas brisas matinales. Estrecháronse la mano ambos oficiales. Después permanecieron frente a frente silenciosos, en tanto que el capitán lanzaba una mirada interrogadora hacia las profundidades, desde donde subía el sordo ruido de las máquinas. Bishop comprendió esta muda interrogación.
– Sí, mi capitán, en efecto –dijo con un profundo suspiro.
No se explicó más. Pero sin duda el capitán se hallaba suficientemente informado, porque no insistió, contentándose con mover a uno y otro lado la cabeza con visible descontento.
Ambos oficiales, después de este breve intercambio de impresiones, continuaron unidos la inspección iniciada por el capitán.
Aún duraba ésta, cuando Thompson subió a su vez a cubierta. Mientras que avanzaba por un lado, Roberto lo hacía por el otro.
– ¡Ah, ah! –gritaba alborozado Thompson–;
he aquí a Mr. Morgand. ¿Ha pasado buena noche profesor? ¿Se encuentra satisfecho de su excelente camarote...? Hermoso tiempo, ¿no es cierto, profesor?
Roberto había vuelto la cabeza instintivamente, esperando ver detrás de él a algún pasajero. Evidentemente, aquel título de profesor no se dirigía a su modesta persona.
Pero no tuvo tiempo de explicarse sobre el particular. Thompson se interrumpió bruscamente, se precipitó a las escaleras y desapareció de cubierta.
Roberto no pudo descubrir la razón de aquella fuga. Salvo dos pasajeros que acababan de subir, la cubierta estaba desierta. ¿Era acaso la vista de aquellos pasajeros lo que había hecho huir a Thompson? Su aspecto, sin embargo, nada tenía de terrorífico...; de terrorífico, no; pero, la verdad, el aire de aquellos dos personajes sí tenía algo de singular y original.
Si por lo general un turista francés puede pasar desapercibido en los países que visita, no ocurre lo mismo con un turista inglés. De ordinario los naturales de la Gran Bretaña muestran signos demasiado característicos para que sea posible equivocarse sobre su nacionalidad.
Uno de aquellos dos pasajeros que acaban de llegar y se adelantaban a la sazón hacia Roberto, ofrecía un notable ejemplo de la exactitud de esta observación. Imposible el ser más británico; hasta hubiera sido un gran inglés si lo elevado de la estatura bastase para merecer este calificativo. Delgado, además, a proporción, para restablecer sin duda el equilibrio y no rebasar el peso normal a que tiene derecho un hombre bien constituido.
Este largo cuerpo se apoyaba sobre unas piernas no menos largas, terminadas a su vez en unos largos pies, pisando fuerte sobre el suelo, del cual parecían querer tomar posesión exclusiva a cada paso. ¿Acaso no es preciso que dondequiera que se encuentre, plante un inglés del modo que sea la bandera de su país?
Por su aspecto general, este pasajero se asemejaba mucho a un viejo árbol. Los nudos serían las articulaciones rugosas, que chocaban y sonaban al menor movimiento, como engranajes de una máquina mal engrasada.
En su rostro se descubría, en primer término, una larga y desmedrada nariz de extremidad puntiaguda. A cada lado de esta temible cresta dos menudas brasas ardían en el sitio ordinario de los ojos, y debajo, una pequeña hendedura, que sólo el conocimiento de las leyes naturales permitía reconocer como una boca, daba lugar a creer en alguna maldad. Finalmente una aureola de un hermoso tono rojo, comenzando en lo alto de la cabeza con unos cabellos cuidadosamente alisados y separados por una raya maravillosamente recta que se continuaba por las puntas de un par de nebulosas patillas, servía de marco al cuadro. Raya y patillas denotaban la característica inflexibilidad británica.
Aquella fisonomía hacía pensar que si Dios forma a los hombres con sus manos, había evidentemente modelado aquel ser a puñetazos. Y el resultado de ello, aquella extraña mezcla de sutileza, de malicia, de inflexibilidad, no hubiera sido del todo afortunado, si la luz de un alma igual y tranquila no hubiera sido extendida sobre aquellos trazos monstruosos como un terreno de origen volcánico.
Porque aquel original gentleman era la personificación de la calma misma. Jamás se arrebataba, jamás se excitaba, jamás alzaba la voz, su voz, que no tenía más que una sola nota, y, como el bajo persistente de ciertos trozos de música, todo lo reducía al tono debido en una discusión pronta a desbordarse.
Aquel pasajero iba acompañado. Conducía, llevaba más bien a remolque a una especie de fortaleza ambulante, a un hombre tan alto como él, pero mucho más grueso, un coloso de aspecto fuerte, dulce y afable.
Los dos pasajeros abordaron a Roberto Morgand.
– ¿Es el profesor Roberto Morgand a quien tenemos el gusto de dirigirnos? –preguntó el primero con una voz tan armoniosa como si estuviera masticando guijarros,
– Efectivamente –respondió de un modo maquinal Roberto.
– ¿Cicerone-intérprete a bordo de este yate?
– Así es.
– Muy bien, señor profesor –afirmó el gen- tleman con una frialdad glacial, al propio tiempo que acariciaba las puntas de sus patillas de tan hermoso tono rojo–. Yo soy Mr. Saunders, pasajero.
Roberto saludó levemente.
– Ahora que todo está en regla, permítame usted, profesor, que le presente a Mr. Van Piperboom, de Rotterdam, cuya presencia me ha parecido observar que perturbaba de una singular manera a vuestro administrador Mr.
Thompson.
Al escuchar su nombre Mr. Van Piperboom efectuó una graciosa reverencia.
Roberto miró a su interlocutor no sin cierta extrañeza. Thompson, en efecto, se había puesto a salvo; pero ¿por qué había de perturbarse ante uno de sus pasajeros? ¿Por qué juzgaba Mr. Saunders pertinente el hacer al empleado de Thompson una tan particular reflexión?
Saunders no dio sus razones y continuó gravemente :
– Mr. Van Piperboom no conoce absolutamente otro idioma que el holandés, y en vano busca un intérprete, según he podido comprobar por esta tarjeta que él ha tenido la prudente precaución de procurarse.
Y Saunders exhibió una tarjeta de visita a Roberto, en la que se leía: VAN PIPERBOOM desea un intérprete ROTTERDAM Creyó, sin duda, el holandés que debía apoyar la petición formulada en la tarjeta, porque, con una voz aflautada que contrastaba extraordinariamente con sus dimensiones, dijo;
– Inderdaad, mynheer, ik ken geen woord engelsch...
– Mr. Piperboom está mal informado, señor
– interrumpió Roberto–; no conozco el holandés mejor de lo que pueda usted conocerlo.
El grueso pasajero continuaba, diciendo:
– ... Ach zal ik dekwils uw raad inwinnen op die reis.
Y subrayó su frase con un amable saludo y una afectuosa sonrisa.
– ¡Cómo! ¿No conoce usted el holandés...?
Entonces no se refería a usted este folleto – exclamó Saunders sacando de las profundidades de su bolsillo un papel que alargó a Roberto.
Tomó Roberto el papel que se le exhibía.
En aquella hoja se detallaban las indicaciones del famoso cartel, y en la parte inferior de la primera cara pudo leer: «Un profesor de la Universidad de Francia, que posee todos los idiomas, ha tenido a bien consentir en ponerse al servicio de los señores pasajeros en calidad de cicerone intérprete.» Roberto leyó estupefacto la hoja y alzó los ojos sobre Saunders, los paseó en torno de sí, como si hubiera esperado hallar sobre el puente la explicación de un hecho que escapaba a su comprensión. Entonces vio a Thompson inclinado sobre la claraboya de las máquinas como si escuchara con gran atención el regular funcionamiento de bielas y pistones.
Abandonando a Saunders y a Piperboom, corrió Roberto hacia él, y con viveza le tendió el folleto.
Pero Thompson se hallaba preparado para aquel ataque; lo estaba esperando. Thompson siempre estaba dispuesto y preparado para cualquier contingencia.
Bajó el brazo levantado de Roberto y amistosamente, sin brusquedad, suave y atento, cogióse al disgustado intérprete. Se hubiera jurado que se trataba de dos camaradas que comentaban tranquilamente el estado del tiempo. Pero Roberto no era tan fácil de dominar con frases más o menos amables.
– ¿Podría explicarme, Mr. Thompson, las afirmaciones contenidas en su programa? – gritó brutalmente. –¿Acaso he afirmado yo alguna vez que hablase todos los idiomas?
Thompson sonreía sin perder un momento la calma.
– ¡Ta, ta, ta! –susurró–. Son los negocios, mi querido señor.
– Los negocios nunca podrán justificar una falsedad –replicó secamente Roberto.
Thompson hizo un desdeñoso movimiento de hombros... ¡Qué podría importar una pequeña mentira cuando se trataba de la propaganda!
– ¡Veamos, veamos, mi querido profesor! – respondió en tono conciliador–. ¿De qué se queja usted? Después de todo, es perfectamente exacto, yo me atrevo a afirmarlo, cuanto en esta nota se dice. ¿Acaso no es usted francés? ¿No es usted profesor? ¿No ha hecho sus estudios en la Universidad de Francia?, ¿y no es de ella de donde proceden sus títulos y diplomas?
Thompson saboreaba la fuerza de sus deducciones. Se escuchaba; se persuadía a sí mismo de la verdad de sus argumentaciones.
Roberto no se hallaba con el suficiente humor para emprender una enojosa discusión que sería al mismo tiempo completamente inútil. –Sí, sí; tiene usted razón– respondió irónicamente–. Y asimismo domino todos los idiomas. Es cosa entendida.
– Y bien, ¿qué. .? ¿Todos los idiomas? – replicó Thompson–. Todos los idiomas, sí, señor; todos los idiomas... «útiles», ¿comprende usted...? La palabra «útiles» ha sido olvidada;
positivamente olvidada. He ahí un gran negocio, yo me atrevo a afirmarlo.
Roberto señaló con un gesto a Piperboom que en compañía de Saunders asistía a esta escena. Aquel argumento no tenía réplica.
Pero Thompson no lo creía así, porque se limitó a hacer un despectivo gesto y luego se alejó, dejando plantado a su interlocutor.
Roberto se hubiera lanzado en pos de Thompson si no fuera porque en aquel momento otro pasajero, que acababa de salir de su camarote, se dirigía a él.
Rubio, de aventajada estatura, de una elegancia discreta, aquel pasajero parecía llevar empero un sello de no inglés que Roberto no podía dejar de advertir. Así fue que, con grande y viva satisfacción, pero sin sorpresa alguna, se oyó interpelar en su lengua materna.
– Señor profesor –dijo el recién llegado, con una especie de buen humor comunicativo–, se me ha indicado que usted es el intérprete de a bordo.
– En efecto, señor.
– Como sea que habré de necesitar de su ayuda cuando nos hallemos en las islas españolas, deseo, en calidad de compatriota, ponerme bajo su asesoramiento. Por ello, permítame que me presente a mí mismo. Soy Roger de Sorgues, teniente del cuarto de Cazadores, con permiso por enfermedad. En la actualidad, convaleciente.
– El intérprete Roberto Morgand a sus órdenes, mi teniente.
Despidiéronse los dos franceses cordialmente. Mientras su compatriota se dirigía a proa, Roberto se dirigió hacia Saunders y el grueso holandés. No los encontró; Saunders había desaparecido, y con él el afable Piperboom.
Saunders, en efecto, se había alejado y habiéndose desembarazado de su voluminoso compañero giraba en torno del capitán Pip, cuyos gestos y actitudes dábanle alguna inquietud, cosa que le intrigaba en extremo.
El capitán Pip, al cual, fuerza es reconocerlo, no faltaban los tics más singulares, tenía un hábito particularmente extraño.
Si una emoción cualquiera le agitaba, triste o alegre, y se veía en la necesidad de exteriorizarla, sólo lo hacía previo un intenso monólogo interior. Sólo después de este monólogo buscaba al confidente de sus expansiones, y el capitán Pip hallaba pronto a este confidente; encontrábase siempre a unos veinte centímetros detrás de los talones de su dueño.
Aquel amigo fiel, que era un buen ejemplar de mastín, atendía por Artimón. Siempre que el capitán experimentaba alguna satisfacción o algún contratiempo, llamaba a Artimón y confiaba a su probada discreción las reflexiones que el acontecimiento le sugería.
Aquella mañana hallábase sin duda el capitán deseoso de hacer alguna confidencia. Tan pronto como se separó de Mr. Bishop, se detuvo al pie del palo de mesana, y llamó:
– ¡ Artimón!
Perfectamente acostumbrado a la maniobra, el perro, había corrido presuroso a colocarse ante él. Después, sentándose tranquilamente sobre sus patas traseras, alzó hasta su dueño dos ojos inteligentes, dando muestras de la más viva atención.
Pero el capitán Pip no se expansionó en seguida; aún no se hallaba madura la confidencia;
durante algún tiempo permaneció inmóvil, mudo, las cejas fruncidas, dejando a Artimón en una indecisión penosa.
En todo caso tratábase, indudablemente, de un disgusto, no de un placer; de alguna desagradable preocupación era, sin disputa, de lo que deseaba vaciar su corazón. El alma hermana no podía equivocarse ante el erizado bigote de su amigo y la fulgurante mirada de sus ojos, en los cuales la cólera hacía divergir de un modo notable las pupilas.
El capitán, paseó durante largo tiempo una inquisitiva mirada desde las serviolas al coronamiento, y desde el coronamiento a las serviolas. Después de lo cual, y habiendo arrojado con violencia un salivazo al mar, golpeó el suelo con el pie, y mirando cara a cara a Artimón, dijo con voz de enojo:
– ¡En fin, esto anda muy mal, caballero! Ar- timón bajó la cabeza con un aspecto completamente desolado.
– ¿Y si se nos viene encima una racha de mal tiempo, eh, Master?
El capitán hizo una pequeña pausa y concluyó con gran énfasis:
– ¡Sería esta una peripecia, caballero!
Jamás eran muy largas las confidencias de su dueño. Artimón creyó que con lo dicho sería bastante. Pero la voz del capitán le contuvo de hacer cualquier movimiento.
Reíase él ahora despectivamente, mientras recitaba frases del prospecto.
– «Magnífico yate...» ¡Ah. ah, ah!, «De dos mil quinientas toneladas...» ¡De dos mil quinientas!, ¿eh?
Entonces se oyó una voz cavernosa a dos pasos de él:
– ¡ Bordelesas, capitán!
El capitán no hizo caso de aquella interrupción.
– ¡«Y tres mil caballos»! –continuó diciendo–. ¡Qué perverso aplomo, caballero!
– Poneys, capitán, tres mil pequeños Poneys
– pronunció la misma voz.
El capitán se dignó esta vez prestar atención. Lanzó una irritada mirada al audaz interruptor, se alejó apresuradamente, en tanto que el pasivo confidente, vuelto a su papel de perro, se ponía en su seguimiento.
Saunders, que éste era el impertinente comentarista, viendo como se alejaba el capitán, entregóse a una alegría que, no por dejar de traducirse del modo ordinario, debía ser menos violenta, a juzgar por las sacudidas que imprimía a sus articulaciones.
Después del primer almuerzo, el spardek comenzó a llenarse de pasajeros; algunos paseaban, mientras que otros se reunían en grupos para comentar las incidencias del recién iniciado viaje.
Uno de estos grupos atrajo pronto la atención de Roberto. Componíanle tres personas, dos de las cuales eran señoras, y estaban sentadas lejos de él en la parte anterior del spardek.
En una de ellas, que leía el último número del Times, reconoció a la dulce visión de la víspera, su vecina de camarote.
No parecía ser soltera y tendría unos veintidós a veintitrés años de edad. Había acertado al juzgarla encantadora; la luz del sol se mostraba con ella tan halagüeña como la luz artificial.
Su compañera era una muchacha de diez y nueve años de edad, y a juzgar por el extraordinario parecido debía de ser su hermana.
En cuanto al caballero que completaba el grupo no parecía precisamente simpático. Pequeño, delgado, bigotes lacios, nariz afilada, unos ojos escudriñadores, todo, todo desagradaba a Roberto.
«Al fin y al cabo, ¿qué me incumbe?», díjose para sus adentros.
No pudo, sin embargo, apartar en seguida su atención. Una involuntaria asociación de ideas, hízole recordar la vista de aquel antipático personaje, al impaciente fumador de la víspera.
«Algún marido celoso», pensó Roberto, alzando los hombros.
Precisamente en aquel instante sopló una breve racha de viento que arrebató el periódico de la bella lectora, y lo hubiera precipitado al mar si la oportuna intervención de Roberto, cazándolo al vuelo, no lo hubiese impedido. Se apresuró este a devolverlo a su encantadora vecina que le premió con una graciosa sonrisa.
Retirábase Roberto después de prestar este pequeño servicio, cuando Thompson se precipitó a su encuentro.
– ¡Bravo, señor profesor, bravo! –exclamó–.
Mrs. Lindsay, Miss Clark, Mr. Lindsay, permítanme ustedes que les presente a Mr. Roberto Morgand, profesor de la Universidad de Francia, que ha tenido la amabilidad de consentir en desempeñar el papel de intérprete; lo cual les probará una vez más, si esta prueba pudiera ser necesaria, que la agencia no retrocede ante ningún sacrificio para asegurar la satisfacción de sus pasajeros.
Thompson estaba magnífico mientras recitaba su tirada. En cuanto a Roberto, sentíase, por el contrario, sumamente embarazado. Con su silencio se hacía cómplice de la falsedad.
Pero, por otra parte, ¿por qué dar un escándalo? Thompson, después de todo, le prestaba un servicio. Seguramente se concederían más atenciones a un profesor que no a un simple intérprete.Dejando para más adelante resolver esta enojosa cuestión, limitóse a despedirse haciendo un ligero y correcto saludo.
– Ese caballero es muy distinguido –dijo a Thompson Mrs. Lindsay, siguiendo a Roberto con la mirada.
Respondió Thompson mediante una mímica expresiva, de manera a propósito para hacer comprender hasta qué punto era un personaje importante el intérprete del Seamew.
– Además le estoy muy reconocida –repuso Mrs. Lindsay– por haber recuperado mi periódico, puesto que trae una noticia que concierne a uno de nuestros compañeros, y por consiguiente a todos nosotros. Juzgue usted –añadió, leyendo en voz alta: «Hoy, 11 de mayo, tendrá lugar la partida del Seamew, yate fletado por la Agencia Thomp- son and C.º para el viaje turístico por ella organizado. Tenemos noticias de que Mr. E. T., del «Club de los Suicidas», se halla en la lista de pasajeros. Creemos que muy pronto tendremos ocasión de dar cuenta de un original suceso.»
– ¿Eh? –dijo Thompson–. ¿Me permite usted, mi querida Mrs. Lindsay?
Y cogiendo el diario de manos de la dama, releyó el pasaje con más atención.
– ¡Vaya, esto es demasiado! –exclamó al fin–. ¿Qué es lo que viene a hacer aquí este original individuo...? Pero, en primer lugar,
¿quién puede ser?
Thompson consultó rápidamente la lista de pasajeros.
– El único –concluyó diciendo– que responde a las iniciales E. T. es Mr. Edward Tigg, que...; pero... miren ustedes; allí lo tienen recostado sobre los obenques de mesana, completamente solo y la mirada fija en el mar. No puede ser nadie más que él... Sí, ciertamente es él...; yo no me había fijado..., y, sin embargo, tiene un aspecto bastante siniestro.
Thompson al decir esto señalaba a un caballero de unos cuarenta años, moreno, de cabellos rizados, con barba puntiaguda y con excelente aspecto de salud.
– Pero –preguntó entonces Miss Clark– ¿qué es eso del «Club de los Suicidas».
– Usted, Miss Clark, en su calidad de americana, no puede, en efecto, tener noticia de ello. El «Club de los Suicidas» es una institución eminentemente británica, yo me atrevo a afirmarlo –respondió Thompson con evidente amor propio–. Los socios de este club son personas cansadas de la vida. Sus miembros, por diversas circunstancias se hallan todos al borde del suicidio. Sus conversaciones giran siempre sobre este asunto, y todo su tiempo lo emplean en hallar maneras originales de poner fin a su vida. Es indudable que ese Mr, Tigg espera encontrar una muerte singular merced a las incidencias que pueda depararnos nuestro viaje.
– ¡Pobre hombre! –dijeron aun tiempo ambas hermanas mientras observaban al desesperado.
– ¡Ah, pero no; ya procuraré poner remedio a todo esto! –exclamó Thompson, que no se encontraba nada conmovido–. Un suicidio aquí no sería una cosa agradable, yo me atrevo a afirmarlo... Permítame que la deje, Mrs, Lindsay; quiero extender la noticia para que todo el mundo vigile a ese interesante personaje.
– ¡Qué hombre tan amable es ese Mr.
Thompson! –dijo Dolly riendo, una vez aquél se hubo alejado–: No puede pronunciar nuestro nombre sin anteponer algún lisonjero epíteto.
La linda Miss Clark por aquí; la deliciosa Mrs.
Lindsay, por allá Nunca se cansa.
– ¡No seas locuela! –riñó Alice con indulgente severidad.
– ¡Mamá gruñona! –replicó Dolly sonriendo.
Todos los pasajeros habían entretanto salido a cubierta. Deseoso de conocer dentro de !o que fuera posible a sus compañeros de viaje,
Roberto habíase retirado a un rincón, y sin cesar de consultar la lista de pasajeros observaba el espectáculo.
La lista de pasajeros enumeraba en primer término al estado mayor, la tripulación y en general el personal del Seamew. Roberto observo que su nombre figuraba en un lugar muy destacado.
A tal señor, tal honor. Thompson abría la marcha con el pomposo título de administrador general. Seguía el capitán Pip; luego Mr. Bishop, primer maquinista. Inmediatamente después de Mr. Bishop señalábase la presencia del profesor Mr. Roberto Morgand. Decididamente el administrador general tenía en muy buena consideración a su intérprete.
A las altas autoridades de a bordo seguía todo el personal de marineros y camareros. De desearlo, hubiera Roberto podido leer los nombres del segundo Mr. Flyship; del teniente, Mr.
Brown; del contramaestre, Mr. Sky, y de sus quince marineros y ayudantes; del segundo maquinista y sus seis fogoneros; de los seis camareros y las cuatro doncellas; de los dos jefes de sala y por último de los dos negros, a quienes un bromista había apodado ya; Mr, Bistec y Mr. Panecillo, debido a la gordura del uno y la delgadez del otro.
Pero Roberto sólo se interesaba por los pasajeros que según la lista sumaban un total de sesenta y tres. Se entretuvo en reconstituir las familias y en dar nombres a aquellos rostros que desfilaban ante él.
Tarea difícil, si Thompson, cambiando los papeles y convirtiéndose en cicerone de su intérprete, no hubiera acudido en su ayuda.
– Ya veo qué es lo que le preocupa –le dijo sentándose a su lado–. ¿Quiere usted que le ayude? Bueno será que conozca algunos interesantes detalles sobre los pasajeros del Seamew,
Inútil hablarle de la familia Lindsay, a quien tuve el gusto de presentarle esta mañana. Conoce usted a Mrs. Alice Lindsay, una americana riquísima; a Miss Dolly Clark, su hermana, y a Mr. Jack Lindsay, su cuñado.
– ¿Su cuñado, dice usted? –interrumpió Roberto–, ¿No está, pues, casada Mrs. Lindsay?
– No, es viuda –respondió Thompson.
Roberto no hubiera podido explicar por qué esta respuesta le produjo íntima satisfacción.
– Mire, pues –agregó Thompson–, aquella anciana dama que ve usted a diez pasos de nosotros, es Lady Heilbuth, persona excéntrica que no viaja jamás sin una docena de gatos y perros; cerca de ella, su doncella, erguida y rígida, sosteniendo entre sus brazos el perrillo actualmente favorito. Algo más lejos una joven pareja a quienes conozco poco; pero no se necesita ser un adivino para conjeturar que se trata de unos recién casados en su viaje de bodas.
Aquel caballero grueso que anda atropellando siempre a todo el mundo, se llama Johnson; es un famoso bebedor, yo me atrevo a afirmarlo Vea ahora hacia este otro lado aquel señor que parece emerger de un amplio sobretodo; es el reverendo Cooley, un estimable clergyman (1).
– ¿Y aquel otro señor tan estirado que se pasea con su mujer y su hija?
– ¡Ah! –dijo Thompson con grandilocuencia–. Ese señor es el muy noble Sir George Hamilton, y ellas la muy noble Lady Evangelina Hamilton y la muy noble Miss Margaret Hamilton. ¡ Y qué imbuidos están los tres de su elevada condición! ¡Cómo se pasean silencio- 1 Sacerdote.
samente, gravemente, solitariamente! ¿Quién, salvo tal vez Lady Heilbuth, sería digno aquí de ser admitido a su muy noble intimidad?
Roberto se admiró de que Thompson, adulador y lisonjero, supiera manejar la sátira con ingenio y agudeza. Este levantóse después de su descripción; no gustaba de hacer una misma cosa durante largo tiempo.
– Nadie importante veo a quien señalarle, mi querido profesor –dijo–. Conoce usted a los demás. Permítame que vuelva a mis asuntos.
– ¿Y ese obeso caballero –preguntó, no obstante, Roberto–, que parece buscar alguna cosa, escoltado por tres señoras y un muchacho?
– Aquél –comenzó diciendo Thompson–;
pero, ¡oh!, dejo a usted el placer de trabar conocimiento con él, porque, si no me equivoco, es a usted a quien anda ahora buscando.
Efectivamente, el personaje en cuestión se dirigía en línea recta hacia Roberto. Abordóle cortésmente, en tanto que Thompson esquivaba el encuentro.
– ¡Al fin, mi querido señor! –gritó, mientras se secaba la sudorosa frente–. Mucho me ha costado encontrarle a usted... «¿Mr. Morgand?», he ido preguntando a todo el mundo;
«No le conozco», me respondían invariablemente..., puede usted creerlo.
Roberto se sorprendió algo ante la singular manera de entrar en materia. No se incomodó, sin embargo, y no sin cierta frialdad preguntó:
– ¿Con quién tengo el placer de hablar, caballero?
No eran, en verdad, muy tentadoras las relaciones que se entablaban con aquel hombre grasiento y ordinario, trasudando por todos sus poros la necedad y el engreimiento; lo mismo, poco más o menos, que su familia, compuesta, sin contar al muchacho, de una dama más que madura y de dos señoritas enjutas y feas que debían de frisar en la treintena.
– ¡ Perfectamente, perfectamente, caballero!
– respondió el obeso personaje.
No obstante, antes de responder a pregunta tan natural, púsose a buscar asiento para él y los suyos. Una vez la familia entera se instaló con toda comodidad, invitó a Roberto a que hiciera lo propio.
Roberto obedeció, deferente, a la afectuosa invitación.
– Se está mejor sentado, ¿no es verdad? – exclamó el gordiflón, riendo con ordinariez–.
¡Ah, ah...! ¿Se preguntará usted quién soy...?
¡Mr. Blockhead, bien conocido en su barrio, caballero! Todo el mundo se lo dirá. ¡La tienda Blockhead, de Trafalgar Street! Franco como el oro, caballero, franco como el oro.
Roberto hizo un gesto evasivo de adhesión.
– Ahora tal vez usted se preguntará cómo es que un servidor, Blockhead, tendero honorario, me hallo embarcado en este buque. Yo le contestaré que hasta el día de ayer no había visto nunca el mar... Esto es singular, esto es raro, ¿eh...? ¡Qué quiere usted, mi querido señor; en el comercio es menester trabajar mucho sin descanso, si no quiere acabar uno en la casa de Caridad...! Me dirá usted: pero, ¿y los domingos...? Para terminar: durante treinta años nosotros no hemos puesto el pie fuera de la población. Hasta que, por fin, habiendo llegado a una posición desahogada, nos hemos retirado de los negocios.
– ¿Y ha querido usted recuperar el tiempo perdido? –preguntó Roberto, afectando tomar interés en la conversación.
– No está del todo en lo cierto. En primer término, nosotros hemos querido descansar...
Después, más tarde, hemos empezado a aburrirnos... Nos faltaba todo; los clientes a quien atender, las facturas que cobrar, los pagos, las liquidaciones...
»Yo le decía con frecuencia a Mrs. Blockhead: «Mrs. Blockhead, nosotros deberíamos emprender un viajecito...» Pero ella no me hacía caso a causa de los gastos; usted me comprende, ¿no.. ? Mas al fin, hace ya unos diez días, pude ver un cartel de la agencia Thompson. Ese día, precisamente, era el trigésimo primero aniversario de mí boda con Georgina... (Mrs. Blockhead se llama Georgina de nombre, caballero)... Entonces tomé los billetes sin decir una palabra... ¡Y qué bien ha resultado todo...! Estas son mis hijas... ¡Saluda, Bess! ¡Saluda, Mary...!
Mrs. Blockhead ha gruñido y refunfuñado un poco; pero cuando supo que sólo había pagado medio billete por Abel... (Abel es mi hijo, caballero...) ¡Saluda, Abel! La cortesía es lo que distingue siempre al gentleman... Sí, señor, medio billete. Abel no tendrá diez años hasta el dos de junio... Es ésta una buena jugada, ¿eh?
– ¿Y se halla usted satisfecho de su decisión? –preguntó Roberto, por decir algo.
– ¿Satisfecho? –exclamó Blockhead–. ¡Encantado, caballero, encantado...! ¡El mar...! ¡El barco...! ¡Los camarotes...! Todo esto es extraordinario, verdaderamente extraordinario... Tal como lo digo lo pienso, caballero, puede usted creerlo... Franco como el oro; Blockhead es sincero y franco como el oro, caballero.
Roberto volvió a dibujar su gesto de adhesión.
– ¡ Ah!, ¡ pero no es todo! –continuó el infatigable parlanchín–. Cuando he sabido que iba a viajar con un profesor francés, el corazón me ha dado un vuelco... ¡Yo no había visto nunca un profesor francés, nunca!
Roberto, transformado en fenómeno por obra y gracia de aquel lenguaraz, bosquejó un gesto equívoco.
– Luego, he pensado matar dos pájaros de un tiro. Creo que a usted no le costaría mucho trabajo dar a mi hijo algunas lecciones de francés, ¿no es así? Por lo demás, él tiene ya algunos conocimientos.
– ¡Ah! ¿Su hijo de usted tiene ya...?
– Sí, señor... Sólo sabe una frase; pero, eso sí, la sabe muy bien... Abel, di tu frase a Monsieur.
–Ce que les épiciers honoraires sont rigolos c'est rien de le diré! (2) –pronunció el muchacho con un acento muy francés y hasta correcto.
Roberto no pudo evitar una sonora carcajada, con gran escándalo de Blockhead y familia.
– Nada hay de risible en ello –dijo aquél algo picado–. No es posible que Abel pronuncie mal. Ha sido un pintor francés, un verdadero pintor, el que le ha enseñado esa frase.
Cortando este divertido incidente se excusó Roberto de no poder aceptar la oferta que se le había hecho, en atención a que sus funciones no le dejaban ni tiempo ni libertad para ello, e iba a desembarazarse de aquella fastidiosa familia, cuando la casualidad vino en su ayuda.
Desde hacía unos instantes Van Piperboom, de Rotterdam, iba y venía por el spardek continuando la infatigable búsqueda del anhelado intérprete.
2 Los tenderos honorarios son muy divertidos. ¡Sin duda alguna!
Iba abordando a todos y cada uno de los pasajeros, y los interpelaba uno tras otro sin obtener más respuesta que un gesto de angustiosa impotencia; a cada tentativa fallida, Piperboom se desesperaba todavía más.
Algunas palabras pronunciadas allí cerca por el infortunado holandés llegaron hasta el oído de Blockhead y le hicieron prestar mayor atención.
– ¿Quién es ese caballero –preguntó a Roberto– y cuál es el idioma en que habla?
– Es –respondió maquinalmente éste– un holandés cuya situación nada tiene de agradable.
Al oír la nacionalidad del personaje en cuestión, Blockhead se había levantado.
– ¡Abel, seguidme! –ordenó brevemente.
Y se alejó con rapidez, escoltado por su numerosa familia a una respetuosa distancia.
Piperboom descubrió entonces a aquella familia que avanzaba hacia él y se dirigió a su encuentro. ¿Hallaría, por fin, el tan deseado intérprete?
– Mynheer, kunt u my dent tolk van het schip wyzen? –preguntó a Blockhead.
– Caballero –respondió solemnemente Blockhead, yo no había visto jamás a ningún holandés. Considérome feliz y me siento orgulloso de que mi hijo pueda contemplar a un hijo de ese pueblo, célebre por sus quesos.
Piperboom expresó una desolada sorpresa.
A su vez le llegaba el turno de no comprender.
Insistió:
– Ik versta u niet mynheer. Ik vraag u of gy denttolk van het schip wilt...
– ... Wyzen –concluyó Blockhead, en un tono conciliador.
Al oír aquella palabra, el semblante de Piperboom se iluminó... ¡al fin!
Pero Blockhead continuaba:
– Esto probablemente pertenece al holandés. Estoy extraordinariamente satisfecho de haber tenido ocasión de oírlo. He aquí las ocasiones que nos deparan los grandes viajes – añadió, volviéndose hacia su familia, que se hallaba pendiente de sus labios.
Piperboom había vuelto a ponerse sombrío. Evidentemente aquel individuo no le entendía mejor que los demás. Pero de repente un gruñido se escapó de sus labios. Acababa de descubrir a Thompson abajo en la cubierta. A Thompson le conocía, le había visto cuando cometió la necedad de tomar su billete. Allí encontraría lo que andaba buscando, y si no...
Entonces...
Thompson hubiera podido evitarle, como hiciera aquella misma mañana; sin embargo, esperó a pie firme al enemigo. Se imponía una explicación, después de todo. Más valía acabar cuanto antes.
Abordóle Piperboom con extremada cortesía, y balbució su inevitable frase:
– Mynheer, kunt u my dent tolk...?
Thompson le cortó con un expresivo gesto de que no comprendía.
Piperboom volvió obstinadamente a dar principio a su discurso en un tono más elevado.
Thompson, frío y glacial, repitió el mismo gesto. Piperboom empezó nuevamente su frase en un tono tan elevado de voz, que todos los pasajeros se volvieron hacía aquella dirección.
Hasta el propio Mr. Flyship, que se hallaba en su puesto, pareció interesarse en aquel incidente. Sólo Thompson permaneció impasible.
Tranquilo y altivo, repitió, con un aspecto de resignación, el mismo gesto de incomprensión.
. Entonces, ante aquella impasibilidad, Piperboom estalló. Empezó a gritar; se ahogaba, tratando de producir sonidos articulados, subrayados con vehementes gestos de indignación.
Por último, arrojó a los pies de Thompson el famoso programa, arrugado por su furiosa mano; aquel programa que, probablemente, le había traducido un amigo, y en cuya confianza habíase él embarcado.
Thompson, como siempre, se mostró a la altura de las circunstancias.
Con digno gesto recogió el arrugado programa. Lo alisó y lo plegó cuidadosamente, guardándolo en su bolsillo. Sólo cuando hubo terminado de realizar aquellas operaciones, se dignó fijar su atención en Piperboom, en cuyo semblante alterado se leía una terrible cólera.
Pero Thompson no tembló.
– Caballero –díjole en un tono glacial–, aun cuando parlotee usted una jerga incomprensible, creo adivinar su pensamiento. Usted se remite a este folleto. Usted le reprocha alguna cosa. ¿Es esto una razón para ponerse en semejante estado? Permítame que le diga, caballero, que tales maneras no son propias de un gentle- man.
Nada objetó el holandés. Hacía esfuerzos sobrehumanos para intentar comprender. Pero la angustia que se reflejaba en su rostro decía claramente que iba perdiendo la esperanza de lograrlo alguna vez.
Thompson, observando el abatimiento de su adversario, avanzó audazmente dos pasos hacia él, mientras Piperboom retrocedió otros dos.
– ¿Y qué es, caballero, lo que tiene usted que reprochar a ese programa? –repitió, aumentando el diapasón de su voz–. ¿Está usted descontento de su camarote? ¿Se queja usted de la mesa...? ¡Hable usted...! ¡Vamos, hombre, hable usted. .! ¡No. .! ¿No es nada de eso. .? Entonces, ¿de dónde procede su cólera...? ¡Sencillamente, por lo visto, de que no encuentra usted intérprete!
Thompson pronunció estas últimas palabras despreciativamente, sin disimulo alguno.
Con gestos apasionados y palabras violentas iba rechazando a su interlocutor; éste se retiraba visiblemente dominado por aquella arrogante y fiera actitud... Abatido, escuchaba sin saber qué hacer ni qué decir.
Los pasajeros iban formando círculo alrededor de los dos contendientes. Algunas sonrisas se dibujaban y retozaban en sus labios.
– Pero, ¿es esto culpa mía? –exclamó Thompson, tomando al cielo por testigo... – ¿Qué...? ¿Cómo...? Que el programa, dice usted, anuncia un intérprete de todos los idiomas... Sí.
sí; esto es; ahí está escrito con todas sus letras...
¡Y bien...! ¿Tiene alguno que quejarse por este motivo?
Y Thompson miró en torno suyo con aire triunfal.
– ¡No...! ¡Nadie se queja...! ¡Nadie más que usted...! ¡Sí, señor, sí...! ¡Todos los idiomas, todos... menos, naturalmente, el holandés...! ¡El holandés.. ! ¡Bah, eso no es un idioma.. ! Eso es un dialecto, un patois cuanto más, caballero..., yo me atrevo a afirmarlo... ¡Cuando un holandés quiere ser comprendido, sépalo usted de una vez para siempre, señor mío; cuando un holandés quiere ser comprendido..., no le resta más que quedarse en su casa!
Una estrepitosa aunque poco caritativa carcajada corrió por entre los pasajeros, llegó hasta los oficiales, se extendió por la tripulación y descendió hasta el fondo de la cala. Durante diez minutos una alegría irresistible sacudió el buque entero.
Thompson, dejando allí a su contrincante completamente derrotado, subió al spardek y se paseó por entre los pasajeros, alzando la frente con aire de triunfo.
Cuando al mediodía la campana anunció el almuerzo aún resonaban los ecos de las risas.
Thompson recordó entonces a Tigg, a quien había olvidado debido al incidente con Piperboom. Si quería verle renunciar a sus ideas de suicidio, debía conducirse de tal modo que aquél se hallara siempre satisfecho por completo, y el cuidado del momento era colocar a Tigg bien en la mesa.
Pero la historia de Tigg daba ya sus frutos y lo que vio Thompson le tranquilizó. Almas caritativas se interesaban ya por el desesperado. Tigg penetró en el salón acompañado por las dos hermanas Blockhead, y entre ambas se sentó a la mesa. ¡Era de ver el extraordinario celo que desplegaban las dos hermanas para hacer que Tigg tomara gusto a la vida y al...
matrimonio!
Thompson presidía la mesa con el capitán Pip sentado frente a él. A sus respectivos lados Lady Heilbuth, Lady Hamilton y dos señoras distinguidas. Los demás pasajeros se habían colocado a su capricho y según sus simpatías.
Roberto, discretamente relegado al extremo de la mesa, se halló casualmente entre Roger de Sorgues y Saunders, no lejos de la familia Lindsay. No le pesó aquella casualidad.
La comida comenzó en silencio, pero, a medida que iba avanzando, se iniciaron pequeñas pláticas que terminaron en una conversación general.
Al llegar a los postres Thompson se creyó en la obligación de colocar un buen discurso.
– Yo apelo a cuantos me escuchan –dijo, en la embriaguez del triunfo–: ¿no es verdaderamente grato el viajar de este modo? ¿Quién de todos nosotros no cambiaría todos los comedores terrestres por este comedor flotante?
Aquel preámbulo mereció la unánime aprobación de los presentes. Thompson prosiguió:–Comparad, señores, nuestra situación con la del viajero aislado. Entregado a sus solos recursos, condenado a un eterno monólogo, se encuentra en las más desagradables situaciones. Por el contrario, nosotros disfrutamos del placer que proporciona una instalación lujosa;
cada uno de nosotros halla en sus compañeros una sociedad selecta y amable. ¿A qué, decidme, a qué debemos la posibilidad de poder llevar a cabo por un precio insignificante una incomparable excursión, si no a esta admirable organización de los viajes económicos, a esa forma de cooperación, que pone al alcance de todos sus incomparables beneficios?
Fatigado de este largo período, Thompson tomó aliento, e iba a continuar con nuevas consideraciones, cuando un brusco incidente cambió el curso de las cosas.
Hacía ya algunos instantes que el joven Abel Blockhead palidecía a ojos vistas. En su rostro se dibujaba claramente el malestar que le dominaba a causa del mareo, cambió el color de su tez repetidas veces y por último, incapaz de poder contener por más tiempo los espasmódicos movimientos de su estómago, vomitó con fuerza.
– Una fuerte dosis de ipecaguana no hubiera producido mejores resultados –fue el cínico comentario de Saunders, en medio del silencio general.
Aquel incidente fue una ducha de agua fría, y para la familia Blockhead la señal de batirse en retirada; las dos hijas se levantaron y se fueron con gran apresuramiento, abandonando a Tigg a su suerte. La madre, llevando en brazos a su infortunado retoño, se precipitó en su seguimiento, y la acompañó inmediatamente Mr. Absyrthus Blockhead, que comprimía su alterado estómago.
Cuando los camareros hubieron reparado el desorden, Thompson intentó continuar su entusiástico discurso, pero ya nadie se encontraba en disposición de escucharle. A cada instante se levantaba uno de los comensales y salía rápidamente a cubierta, buscando en la brisa marina un problemático remedio a su profundo malestar.
Pronto quedaron los comensales reducidos a las dos terceras partes; sólo los más fuertes y sólidos permanecieron en sus puestos.
Entre estos últimos estaban los Hamilton.
Nada hubiera podido turbar su gravedad; comían con aspecto digno, con un desinterés y un olvido absoluto de los demás comensales.
Por el contrario. Lady Heilbuth había sido de las primeras en sucumbir. Su doncella la había seguido, llevando en brazos al falderillo favorito, que también daba muestras de malestar. Entre los supervivientes de la catástrofe figuraba asimismo Elías Johnson. AI igual que los Hamilton, tampoco él se ocupaba para nada del resto del mundo. Pero el desdén no tomaba parte alguna en su indiferencia. Comía, bebía, sobre todo. Los vasos colocados ante él se llenaban, se vaciaban como por milagro, con gran escándalo de su vecino, el clergyman Cooley.
Johnson no se inquietaba apenas por ello y satisfacía sin vergüenza ni rubor su pasión.
Si Johnson bebía. Van Piperboom de Rotterdam comía. A cada vaso bebido por Johnson, engullía Piperboom un enorme trozo. Completamente aplacado y olvidados sus furores, mostraba a la sazón una faz risueña, tranquila y reposada. Era evidente que había tomado ya su partido, y, desechando para lo sucesivo todo cuidado, se limitaba sencillamente a comer y alimentarse de un modo verdaderamente formidable.
Una docena de pasajeros, entre los que se encontraban Roberto, Saunders, los Lindsay y Roger, ocupaban con aquellos la vasta mesa que continuaban presidiendo Thompson y el capitán Pip.
Público poco numeroso, pero no por eso despreciable.
En el preciso momento en que Thompson se preparaba a abrir la boca, una voz agria y dura se alzó en medio del silencio general.
– ¡Camarero! –dijo Saunders empujando desdeñosamente su plato–. ¿No podrían servirme un par de huevos fritos? Nada sorprende que tengamos tantos enfermos. ¡No resistiría a semejantes alimentos ni el estómago de un lobo de mar!
Juicio, en verdad, demasiado severo. La comida, aunque mediocre, había sido, en conjunto, aceptable. Pero, ¿qué le importaba eso al sistemático descontento?
El carácter de Saunders respondía, decididamente, a las promesas y augurios de su aspecto; como las apariencias hacían sospechar, se hallaría en él un firme censor. ¡Agradable naturaleza...! A menos, sin embargo –pero, ¿por qué motivo?–, a menos de que no tuviese alguna razón oculta para querer mal a Thompson, y que deliberadamente buscase las ocasiones de ser agresivo y de sembrar la cizaña y la discordia entre el administrador general y sus administrados.
Una risa ahogada corrió por entre los asistentes. Sólo Thompson dejó de reír. Y si a su vez se puso verde, ¡ no era, a buen seguro, el mareo el responsable de ello!