Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO XXIX

¡EN PAZ!

ATombuctú...!

Es decir, a aquella ciudad en la que parecen centralizarse todos los misterios del África enigmática; a aquella ciudad cuyas puertas han sido infranqueables durante muchos siglos, y que pocos meses más tarde debían, no obstante, abrirse ante las columnas francesas.

Pero el moro no podía prever el porvenir y llevaba sus prisioneros al centro legendario de todas las transacciones del desierto, al gran mercado de esclavos.

En realidad, era muy poco probable que los condujese él mismo a su destino. Los merodeadores que infestan las costas del Atlántico rara vez se alejan a tanta distancia del mar. Era muy verosímil que la partida de moros, como sucede ordinariamente, vendería a medio camino sus prisioneros a alguna caravana de tuaregs, bajo cuya custodia se terminaría el viaje.

Este pormenor, por lo demás, tenía una muy insignificante importancia para los desdichados náufragos. En todo caso, tenían que franquear más de 1.500 kilómetros, y semejante recorrido exigiría, cuando menos, dos meses y medio. De los que partían, ¿cuántos llegarían a término?

La primera jornada no pareció, naturalmente, demasiado penosa. Estaban descansados, y el agua era abundante y sana. Pero no sucedería lo mismo cuando la sucesión de leguas hiciera sangrar los fatigados pies; cuando para calmar la sed, aumentada por aquel sol de fuego, no se tuviera más que un agua corrompida y distribuida con tacañería.

Hamilton y Blockhead, cuando menos, no conocerían aquellas torturas y escaparían a ellas por la muerte.

Mal curados aún de su fiebre, apenas entrados en convalecencia, faltóles la fuerza desde el principio. Ya por la mañana habían experimentado gran fatiga en hacer la jornada, y se habían dejado caer como masas inertes en el momento de la siesta. Pero por la tarde ya fue otra cosa; sus miembros fatigados se negaron a todo servicio, y al cabo de pocos kilómetros fuéles imposible dar un paso más.

A partir de ese momento, un martirio incesante comenzó para ellos y para sus compañeros. Cayendo casi a cada paso, se levantaban para volver a caer. A la noche, en el momento del alto definitivo, asemejábanse más a cadáveres que a criaturas vivientes, y nadie dudó de que el día siguiente dejara de ser el último para ellos.

Afortunadamente, los demás náufragos soportaban mejor la prueba.

A la cabeza, según se ha dicho, marchaba el capitán Pip, un poco desorientado en medio de aquellas dunas semejantes a ondas que un buque no hubiera podido romper con su roda.

¿Continuaba esperando el capitán? Era probable, porque un carácter de tal temple en ninguna circunstancia podía ser accesible a la desesperación. Su semblante, tan firme y frío como de costumbre, no suministraba ninguna indicación acerca del particular. Su aspecto habría bastado para alentar y dar valor al corazón más cobarde La herida del latigazo se había secado al sol.

Muchos habríanse dejado arrebatar por la cólera, pero no era ésta la característica del capitán; El primero entre sus marinos, caminaba con un paso firme como su ánimo, y con sólo verle, sentíanse los demás contagiados de su energía y de su esperanza tenaz.

Desde su último diálogo con el cheik, no había pronunciado veinte palabras, y aún esas raras confidencias habían sido dirigidas exclusivamente al fiel Artimón, que, con la lengua fuera, marchaba al lado de su amo.

– ¡ Master! –había dicho simplemente al principio el capitán con una voz llena de ternura, que el perro había sabido discernir perfectamente.

Luego, media hora más tarde, el capitán se había mostrado algo más explícito.

Después de haber bizqueado previamente de una manera espantosa y escupido con menosprecio en la dirección del cheik:

– ¡ Master! –había formulado con el tono más afirmativo posible–: ¡nos hallamos en una peripecia, por la barba de mi madre!

Y Artimón sacudió sus largas orejas, como forzado a una sensible aprobación.

Después el capitán no había vuelto a abrir la boca. De tiempo en tiempo, el hombre miraba al perro, y el perro miraba al hombre; he ahí todo. Mas ¡por cuántos discursos no valían aquellas miradas!

Cuando hicieron un alto, Artimón se sentó frente a su amo en la arena. Y éste compartió con su perro su mísera pitanza y la poca agua que le fue entregada.

En pos del capitán seguían el estado mayor, la tripulación y los sirvientes del difunto Seamew, en una clasificación que nada tenía de jerárquica. ¿Qué pensaban éstos? En todo caso, subordinaban sus opiniones personales a las del comandante, que tenía la carga de pensar por todos. Mientras el jefe tuviera confianza, ellos no desesperarían. La orden de obrar, si había de darse, les hallaría dispuestos, cualquiera que fuese el momento en que llegara.

Al último tripulante sucedía el primer pasajero, al que seguía la larga fila de sus compañeros.

Las mujeres, en su mayor parte, lloraban o se quejaban en voz baja, sobre todo las esposas y las hijas de Hamilton y de Blockhead, asistiendo como asistían impotentes a la agonía de sus padres y de sus maridos.

Los hombres se mostraban más firmes, por lo general, traduciendo cada uno su energía en la forma particular de su carácter.

Si Piperboom tenía hambre, Johnson tenía sed; si el reverendo Cooley buscaba en la oración un socorro eficaz, Baker, por el contrario, no dejaba de mascullar las más terribles amenazas. En cuanto a Thompson, desolado el ánimo, pensaba única y exclusivamente en la bolsa que le había sido arrebatada.

Roger hallaba aún fuerzas para la ironía.

Colocado cerca de Dolly, se esforzaba por levantar el ánimo de la joven, haciéndola reír con el contagio de una alegría heroicamente simulada.

En primer lugar, abordando su asunto habitual, había bromeado ampliamente sobre lo imprevisto de aquel inverosímil viaje. En el fondo, ¿había algo más cómico que el espectáculo de aquellas gentes, que salieron a darse unas vueltas por Madera y llevaban ahora trazas de convertirse en exploradores del Sahara?

Como pareciera que Dolly no apreciaba el valor de aquella broma, Roger, empeñado en hacer olvidar a la joven las tristezas del camino, había penetrado a velas desplegadas por el vasto campo del chiste y la agudeza.

¿Cómo hubiera podido Dolly conservar su tristeza y desaliento? ¿Era posible que la situación fuera realmente grave, cuando Roger se burlaba tan donosamente de ella? Le bastaba, por otra parte, mirar a su hermana para que se disipasen sus últimas inquietudes.

Alice no bromeaba, porque no era ese su modo de ser; pero en su rostro brillaba y resplandecía la serenidad de su alma. A pesar de la partida de la caravana, a pesar del tiempo que transcurría, a pesar de todo, ella no dudaba de la liberación. Sí, la salvación llegaría; Roger tenía razón al afirmarlo, y todo aquello no era sino prueba de que no duraría mucho.

Sostenida por estos dos voluntarios, Dolly no se descorazonó; y cuando, al llegar la noche, se durmió al abrigo de una tienda, que el cheik, por motivos sólo de él conocidos, había hecho preparar para sus dos prisioneras, abrigaba la certidumbre de despertarse libre.

El alba, no obstante, la despertó prisionera.

Los salvadores esperados no habían llegado durante la noche, y comenzaba un nuevo día, que iba a poner nuevos kilómetros de arena entre los náufragos y el mar.

Sin embargo, con gran extrañeza suya, no se les dio la señal de la partida a la hora de la víspera. El sol se elevó sobre el horizonte y alcanzó el cénit sin que se hubiera hecho preparativo alguno entre la escolta.

¿Cuál podría ser la imprevista prolongación del alto? A este respecto eran lícitas todas las suposiciones; pero tan sólo Alice poseía los elementos de una hipótesis plausible.

Despierta la primera, había visto aquella misma madrugada a Jack Lindsay en conferencia con el cheik. Escuchando éste con esa calma particular en los orientales, hablaba Jack, poniendo en su discurso toda la animación de que su carácter sombrío era capaz. Era evidente que trataba de probar algo. En aquella actitud el cheik y él parecían ser los mejores amigos del mundo, por inverosímil que fuese, Alice tuvo el presentimiento de que habían tenido relaciones anteriores.

Y en verdad que su perspicacia no la engañaba. Sí, el cheik y Jack Lindsay se conocían.

Después de haber visto caer a Roberto,

Jack, que, no pudiendo prever la intervención de Artimón, consideraba a su enemigo como muerto, habíase apresurado a proseguir la realización del plan que formara.

Ese plan era de una monstruosa sencillez.

Toda vez que le estaba vedado atacar aisladamente a su cuñada, muy bien protegida en medio de sus compañeros, sin exponerse él mismo a las represalias, heriría a todo el mundo. Había comenzado, en consecuencia, por suprimir a Roberto, y luego, habiendo de ese modo hecho imposible la llegada de todo socorro, habíase aventurado por el desierto en busca de aliados.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Antes de finalizar el día siguiente, asaltado de improvisto por una decena de moros, había visto como se le arrastraba ante el cheik, con el que ahora se hallaba conversando, y reducido a una cautividad que colmaba sus votos.

Aquel Ulad-Delim, que comprendía un poco de inglés, había tratado en seguida de interrogar a su prisionero en esta lengua, y Jack respondió de muy buen agrado a esas preguntas.

Dijo su nombre, Jack Lindsay, añadiendo que a poca distancia se encontraba un gran número de europeos, y entre ellos su propia mujer, la cual, sumamente rica, pagaría de muy buen grado un fuerte rescate por la libertad de ambos.

Puestos de esta suerte sobre la pista, los moros habían asaltado el campamento, y Roger, con buena intención, había, en suma, confirmado los primeros informes suministrados por Jack Lindsay.

Así se explicaba la satisfacción del cheik al escuchar el nombre de una de sus prisioneras y la seguridad de la riqueza de su familia. Así se explicaba también que hubiese concedido bastante confianza en las afirmaciones de Jack para que por las observaciones de éste prolongara el alto durante un día entero.

Pacientemente Jack Lindsay se dirigía a su objetivo. Haber hecho caer la caravana en manos de los moros, no podía serle provechoso más que si conseguía recobrar personalmente su libertad.

Habíase, pues, arriesgado a demostrar al cheik lo ilógico de su conducta. Habíale hecho observar que, si llevaba a todo el mundo hasta Tombuctú, nadie podría entregarle los rescates.

En lo que concernía particularmente a su mujer, capaz de entregar por sí sola una suma considerable, ¿cómo habría de procurársela si no podía comunicar con América o Europa? ¿No era preferible que uno de los pasajeros, y con preferencia él, Jack Lindsay, marchase en seguida escoltado hasta las posiciones francesas, donde le sería fácil embarcarse? Apresuraríase entonces a reunir el rescate de su mujer, y al propio tiempo, los de los otros náufragos, y luego volvería a un sitio fijado de antemano para entregar las sumas recogidas, a cambio de la libertad de todos.

Jack Lindsay habla hecho valer por todos los medios esas observaciones, muy justas en realidad, y había tenido el gozo de verlas bien acogidas. El cheik decidió que se permanecería en reposo todo aquel día, que ocupó en fijar los rescates de sus diversos prisioneros.

Jack Lindsay tocaba su objetivo. Guardaríase muy bien de reunir los rescates; los náufragos, se las arreglarían como pudieran. Por lo que a él hace, se contentaría con marcharse tranquilamente a América, donde más pronto o más tarde llegaría a hacer reconocer la defunción de su cuñada, y a heredarla, por consiguiente, aunque fuese a costa de algunas... irregularidades, que con su habilidad sabría hacer inofensivas.

Cierto que la idea de dejar tras de sí tantos posibles acusadores, y que podían llegar a ser acusadores terribles si alguno de ellos lograba recobrar la libertad, no le sonreía más que a medias; pero no tenía la elección de los medios.

Además, guardados por los Africanos feroces y por el desierto, más feroz aún, ¿escaparía jamás alguno de los prisioneros?

Una última dificultad alzábase, con todo, ante Jack. Si quería partir sin estorbos, era absolutamente preciso que su partida tuviese lugar con el asentimiento general. El cheik, en efecto, iba a informar a los náufragos de la cifra en que había fijado los respectivos rescates, y decirles el nombre del emisario elegido. Debía, pues,

Jack desempeñar hasta el fin la comedia del sacrificio, hacer promesas de circunstancias, aceptar las cartas de todos para echar al agua en la primera ocasión aquella correspondencia inútil.

En esto seguramente no habría dificultad, pues Jack estimaba con justa razón que sus compañeros no tenían ningún motivo para sospechar de él más bien que de cualquier otro.

Por desgracia, juzgaba el asunto un poco menos sencillo y algo más espinoso al pensar en su cuñada.

También era necesario el consentimiento de ésta. Hasta constituía en realidad el consentimiento principal. ¿Conseguiría obtenerlo Jack Lindsay?

«¿Y por qué no?», se decía... Y, sin embargo, al acordarse de la manera cómo Alice había rehusado el nombre que le ofreciera... pensando en la escena del «Curral das Freias», una inquietud le asaltaba.

Entre su cuñada y él era en todo caso necesaria una explicación... No obstante, su vacilación era tal, que durante todo aquel día de reposo fue dilatando el instante de hora en hora.

Caía la tarde cuando, decidiéndose de repente a acabar de una vez, franqueó, por fin, el umbral de la tienda en que Alice había encontrado refugio.

Hallábase Alice sola a la sazón. Sentada en el suelo, apoyada la mejilla en la mano, soñaba, apenas iluminada por una rudimentaria lámpara de aceite, cuya luz, envuelta en humo, no alcanzaba a alumbrar las paredes de la tienda.

Al oír a Jack, se enderezó bruscamente y esperó luego a que éste quisiera darle la explicación de su visita.

Pero Jack se encontraba sumamente embarazado, y no sabía de qué modo entrar en materia. Durante algún tiempo permaneció silencioso, sin que Alice hiciera el menor esfuerzo para ayudarle a vencer su indecisión y a dominar su angustia.

– Perdone, Alice, que la importune –dijo, por fin, Jack–. Tengo que comunicarle algo muy importante.

Persistió Alice en su silencio, sin manifestar la menor curiosidad

– Habrá usted notado que la caravana no ha proseguido hoy su marcha –continuó Jack, con una timidez que iba en aumento–, y sin duda se habrá usted extrañado de ello. Igualmente sorprendido me hallaba yo, cuando el cheik ha venido esta noche a exponerme las razones de su conducta.

Al llegar a este punto hizo Jack una pausa, esperando una palabra de aliento y estímulo, que no llegó.

– Según usted sabe –prosiguió–, los moros han asaltado nuestro campamento con un exclusivo propósito de lucro. Su objetivo, mucho menos que de reducirnos a esclavitud, es el de obtener fuertes rescates de aquellos que se encuentren en condiciones de entregarlos. Pero es preciso que podamos nosotros procurarnos esos rescates, y he aquí por qué ha decidido el cheik permanecer aquí el tiempo necesario para enviar hasta las posesiones francesas a uno de nosotros, elegido por él; el cual, en nombre de los demás náufragos y en el suyo propio, reuniría las sumas exigidas e iría a entregarlas a un punto fijado de antemano cambiándolas por los prisioneros.

Inútilmente hizo Jack una nueva pausa, con objeto de provocar una interrupción.

– ¿No me pregunta usted –sugirió– quién es de entre todos nosotros el que ha sido elegido por el cheik para el desempeño de esta misión?

– Espero que usted me lo diga –respondió Alice, con voz tranquila, que no logró, empero, tranquilizar a su cuñado.

– En efecto –dijo, sonriendo con esfuerzo.

Juzgó, no obstante, que no sería superfluo alguna explicación preliminar.

– Debe usted pensar –prosiguió– que la atención del cheik ha recaído muy especialmente sobre Dolly y sobre usted, en vista de lo que dijera Monsieur de Sorgues. El hecho de haberles proporcionado esta tienda, bastaría, si fuese necesario, para convencer a usted de ello. Es, por consiguiente, su rescate el que habrá de ser más fuerte, y el que el cheik tiene interés en recibir. Por otra parte, le ha llamado poderosamente la atención la semejanza de nuestros apellidos. Yo he creído obrar bien permitiéndome una mentira análoga a la de Monsieur de Sorgues. Brevemente, Alice, a fin de tener mayores facilidades para la defensa de usted, y aun cuando esto no sea cierto desgraciadamente, he dicho al jefe que era su marido de usted.

Después de haber pronunciado estas palabras, esperó Jack un signo de aprobación o de desaprobación. Alice no hizo ni uno ni otro.

Escuchaba pura y simplemente, esperando la conclusión. Era, pues, preciso llegar, por fin, a aquella conclusión.

– Yo –prosiguió, tras un instante, Jack– he quedado altamente sorprendido ante los resultados de mi mentira. Tan pronto como tuvo conocimiento de los pretendidos lazos que nos unen, pensó el cheik, y en esto no se equivoca, que yo pondría en la salvación de usted mucha mayor abnegación que la que habría de poner en ella cualesquiera otro de nuestros compañeros, y me eligió inmediatamente para marchar a reunir los rescates exigidos.

Quemadas sus naves, Jack respiró más libremente. Alice no había hecho el menor movimiento de protesta.

El asunto indudablemente marchaba por sí solo y sin tropiezos.

– Espero –continuó con su voz tranquila y firme– que no desaprobará usted la elección del cheik; y que consentirá usted en confiarme las cartas y las firmas necesarias para procurarme las cantidades que deberé traer.

– No le entregaré esas cartas –dijo Alice fríamente a su cuñado.

– ¿Por qué?

– Por dos razones.

– Tenga usted la bondad de decírmelas – repuso vivamente Jack–, y discutámoslas como buenos hermanos, si usted quiere.

– En primer lugar –declaró Alice pausadamente–, sepa usted que soy del todo opuesta al envío de un mensajero en estos momentos. Paréceme que usted se olvida de que Mr. Morgand ha partido en busca de socorros.

– Ha partido, pero no vuelve.

– Volverá –afirmó Alice, con tono de invencible certidumbre.

– No lo creo –repuso Jack, con una ironía en la voz que no supo disimular.

Sintió Alice invadido el corazón por una súbita angustia. Con un esfuerzo enérgico se sobrepuso a esa debilidad, y en pie ahora, cara a cara de su miserable cuñado:

– ¿Qué sabe usted? –dijo.

Sorprendióse vivamente Jack del cambio producido en su cuñada, y batióse prudentemente en retirada.

– Nada, evidentemente –balbuceó–, nada...

No son más que presentimientos... Pero, para mí, estoy persuadido de que Morgand, haya o no tenido éxito en su tentativa, no volverá, y no tenemos tiempo que perder para tratar de reconquistar nuestra libertad con nuestros solos recursos.

Alice había vuelto a adquirir toda su tranquilidad.

– No estoy muy distante de creer –dijo lentamente– que posee usted, en efecto, informes particulares acerca del viaje heroico que para la salvación común ha emprendido Morgand...

– ¿Qué quiere usted decir? –interrumpió Jack con temblorosa voz.

– Puede, por ende, suceder –prosiguió imperturbablemente Alice– que tenga usted razón y que Morgand haya encontrado la muerte en su tentativa. Me permitirá usted, no obstante, ser de distinta opinión. Por mi parte, hasta que el tiempo transcurrido me haya probado mí error, tendré en su regreso una fe inquebrantable.

El calor con que había pronunciado Alice estas últimas palabras, ponía bien claramente de manifiesto que acerca de ese particular sería irreductible.

– ¡Sea! –concedió Jack–. No veo, por otra parte, en qué ni por qué la posibilidad del regreso de Mr. Morgand ha de ser un obstáculo a la combinación que se me ha propuesto. ¿Qué inconveniente puede haber en poner de nuestro lado dos probabilidades en vez de una?

– Creo haber dicho a usted –replicó Alice– que yo tenía que formular dos objeciones contra su proyecto. No le he dicho aún más que la primera.

– ¿Cuál es, pues, la otra?

– La segunda objeción –dijo Alice, enderezándose en toda su estatura– es que censuro y condeno formal y terminantemente la elección del mensajero. No solamente no favoreceré su partida de usted, entregándole las cartas que me pide, sino que me opondré a ello con todas mis fuerzas, comenzando por reducir su mentira a la nada.

– Verdaderamente, Alice –insistió Jack, que se había vuelto lívido viendo sus planes destruidos–, ¿qué motivo tiene usted para conducirse así?

– El mejor de todos: la convicción en que me hallo de que no volverá usted.

Jack, descubiertas sus intenciones, intentó hacer un último esfuerzo.

– ¡Qué espantosa acusación, Alice! – exclamó, tratando de poner dolor y reproche en su voz–. ¿Qué le he hecho yo a usted para que de este modo sospeche de mí?

– ¡ Ay! –respondió tristemente Alice–. ¡ Yo rae acuerdo del «Curral das Freias»!

¡ El «Curral das Freias»! Así, pues, Alice había visto, y desde entonces, advertida, había podido leer como en un libro abierto en el alma perversa de su cuñado.

Comprendió éste en el acto que la partida estaba perdida. No intentó una justificación, de antemano inútil. Todo su corazón de cieno le asomó a los labios.

– ¡Sea! –exclamó–. Pero no comprendo que tenga usted el aplomo de reprocharme lo del «Curral das Freias». Sin mí, ¿hubiera sido usted salvada por un joven guapo, como en las novelas?

Alice, indignada, no quiso descender a contestar a su venenoso insultador. Limitábase a despedirle con el ademán cuando una voz se alzó de pronto en el umbral de la tienda, que la luz de la lámpara dejaba en una sombra incierta.

– No tema usted nada, señora –decía–; yo estoy aquí.

Alice y Jack se habían vuelto temblando del lado de aquella voz decisiva, firme y tranquila, y de pronto ambos lanzaron un grito, grito de felicidad para Alice, rugido de furor para Jack, cuando el inesperado visitante penetró en el círculo de la luz.

Roberto Morgand estaba ante ellos.

¡Roberto Morgand vivo! Jack perdió la razón en el exceso de su cólera.

– ¡Eh! –balbuceó, paralizada su lengua por la rabia–. ¡Es el mismo guapo joven! ¿En qué puede interesar una discusión de familia al cicerone Morgand?

Roberto, siempre tranquilo, dio un paso hacia Jack Lindsay; pero entre ambos hombres se interpuso Alice.

Con un gesto altivo impuso silencio.

– El señor marqués de Gramond tiene el derecho de conocer todo cuanto hace relación a su mujer –dijo ella, mirando fijamente a su impotente cuñado.

– ¡He aquí un marquesado bien súbito! – dijo éste, siempre a medias, burlonamente–.

¿Es, sin duda, en Tombuctú, donde piensa usted volverse a casar?

Un súbito pensamiento cruzó por su espíritu. Si Roberto estaba allí no debía hallarse solo.

El campamento había indudablemente caído en poder de los franceses, conducidos por él, y lo que había anunciado Alice dejaba, por lo tanto, de ser una quimera para trocarse en realidad.

Ante ese pensamiento, una ola de furor asaltóle de nuevo; llevó la mano a su cintura y la retiró armada con aquel mismo revólver de que se sirviera para intentar cometer el anterior asesinato.

– ¡ Todavía no es usted marquesa! –gritó, apuntando el cañón a Roberto.

Pero Alice velaba.

De un salto habíase lanzado sobre Jack Lindsay; con una fuerza decuplicada se colgó a su brazo y consiguió desarmarle.

El tiro, no obstante, partió; pero la bala, desviada, se perdió, atravesando el techo de la tienda.

– ¡En paz! –dijo Alice con una sonrisa de triunfo, arrojando el revólver, humeante aún, a los pies de Roberto.

Al tiro de Jack otros tiros respondieron inmediatamente. Un huracán de balas cruzó el aire, y numerosos gritos estallaron, mezclados con juramentos en muchos idiomas.

Jack Lindsay se tambaleó. Francesa o árabe, una bala había penetrado en la tienda y herido de muerte al miserable. Apenas tuvo tiempo de llevarse ambas manos al pecho, cuando rodó por el suelo.

Alice, imposibilitada de comprender nada de lo que acontecía, volvióse hacia Roberto con una pregunta en los labios. Los sucesos no le dejaron tiempo de formularla.

Como una tromba, la tienda fue arrasada, pasando sobre ella un turbión de hombres dando alaridos de terror, y cogida por Roberto, que desapareció en seguida en la sombra, hallóse, al fin, en medio de las demás mujeres de la caravana. Todas estaban allí incluso Dolly, que estrechó a su hermana en sus brazos Pronto, por lo demás, volvió Roberto, seguido del capitán, de Roger de Sorgues y de todos los demás náufragos.

¿Faltaba alguno? Sólo al día siguiente sería posible asegurarse de ello.

Media hora más tarde, después de haber reunido a sus hombres, colocado sus centinelas y tomadas todas las debidas precauciones contra un retorno ofensivo del enemigo, un oficial francés se acercaba en último término. Con la alegre sonrisa de la victoria en los labios saludó a las damas con un gesto circular, y adelantándose directamente hacia Roberto:

– Los moros han sido dispersados, mi querido señor –dijo alegremente.

Pero sin esperar las muestras de un agradecimiento bien natural, habíase apartado.

– ¡Toma, Sorgues! –exclamó al descubrir a Roger–. ¿Está usted aquí?

– ¿Cómo va, mi querido Beaudoin? – respondió Roger–. ¿Y por qué no había de estar yo aquí?

– Es cierto –respondió filosóficamente el oficial francés encendiendo un cigarro.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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