XXI
EN TIERRA - CONVERSACIÓN DE FRITZ Y DEL CONTRAMAESTRE - NOCHE TRANQUILA - ASPECTO DE LA COSTA - IMPRESIÓN DESCONSOLADORA - EXCURSIÓN - LAS CAVERNAS - EL ARROYO - EL PROMONTORIO - INSTALACIÓN.
Aquellos abandonados estaban, al fin, en tierra. Durante la difícil y peligrosa navegación ninguno de ellos había sucumbido a la fatiga ni a las privaciones, por lo que era preciso dar gracias al cielo. Únicamente el capitán Gould sufría cruelmente, devorado por la fiebre; pero no obstante su estado de desfallecimiento, su vida no parecía en peligro, y tal vez algunos días de reposo bastarían para restablecerle.
Ahora que Fritz y sus compañeros estaban en tierra, y que no se encontraban a merced de las tempestades, y que no iban a la aventura, se presentaba esta cuestión: ¿en qué tierra habían desembarcado?
Fuese la que fuese… ¡ah! no era la Nueva Suiza, donde sin la rebelión de Robert Borupt y de la tripulación, el Flag hubiera llegado en el plazo indicado. ¿Qué ofrecía aquella ribera desconocida en lugar del bienestar de Felsenheim?
No era oportuno momento para abismarse en razonamientos e hipótesis de este género. La noche, bastante oscura, no permitía distinguir nada, a excepción de la playa, limitada al fondo por una alta quebrada y lateralmente por las rocas. Se decidió permanecer a bordo hasta el siguiente día al amanecer. Fritz y el contramaestre quedaron vigilando hasta entonces. Era posible que la costa fuese frecuentada por indígenas, e importaba proceder con cautela. Fuese aquél o no el continente australiano, o isla del Pacífico, la prudencia mandaba estar alerta, y en caso de agresión podría huirse a alta mar.
Jenny, Doll y Suzan ocuparon su puesto cerca del capitán Gould, sabedor éste de que la chalupa había arribado a tierra. François y James se tendieron sobre los bancos, prestos a levantarse a la primera voz del contramaestre. Pero, excesivamente fatigados, no tardaron en dormirse.
Fritz y John Block se sentaron en la popa y hablaron en voz baja.
– Henos ya en el puerto, monsieur Fritz —dijo el contramaestre—, y yo sabía que al fin llegaríamos a él… Para hablar con propiedad, si el punto en que estamos no es un puerto, es siempre mejor que haber anclado entre las rocas… Nuestra embarcación está segura para toda la noche. Mañana veremos…
– Envidio vuestra resignación, Block —respondió Fritz—. Estos parajes no me inspiran confianza, y nuestra situación está lejos de ser tranquilizadora, junto a una costa de la que ni el yacimiento conocemos.
– Esta costa es una costa, monsieur Fritz. Tiene ensenadas, playas y rocas… Es de la misma condición que otras, y supongo que no se va a hundir bajo nuestros pies… Respecto a la cuestión de abandonarla o instalarse en ella, más tarde lo resolveremos.
– En todo caso, Block, espero que no nos veremos obligados a darnos a la mar antes de que un poco de descanso proporcione algún alivio a nuestro capitán. Si el lugar está desierto, si nos ofrece recursos, si no estamos expuestos a caer en manos de los indígenas, preciso será permanecer aquí algún tiempo.
– Desierto está ahora —respondió el contramaestre— y, a mi juicio, mejor es así.
– Lo mismo creo, y pienso también que la pesca y la caza nos permitirán reponer nuestras provisiones.
– Es cierto, monsieur Fritz. Además, si la caza se reduce aquí a esas aves marinas, que no son comestibles, la de los bosques y llanuras del interior completará la pesca… Verdad que sin fusiles…
– ¡Esos miserables no nos han dejado ni un arma de fuego!
– Han hecho bien… en su interés, claro está —respondió el contramaestre—. Antes de desamarrar yo no hubiera resistido al deseo de romper la cabeza a ese miserable Borupt…, a ese traidor…
– ¡También fueron traidores sus cómplices!
– Traición que pagarán un día u otro —dijo Block.
– ¿Habéis oído, contramaestre? —preguntó Fritz prestando atención.
– No… Ese ruido es el del mar a lo largo de la playa. Hasta aquí nada hay de sospechoso, y aunque la oscuridad es profunda, tengo buenos ojos…
– No los cerréis ni un momento, Block, y estemos dispuestos a todo.
– La amarra está preparada para largar —respondió el contramaestre—. En caso de necesidad no hay más que tomar los remos, y de un golpe de bichero yo me encargo de enviar la chalupa a veinte pies de las rocas.
Sin embargo, varias veces Fritz y el contramaestre se pusieron alerta. Parecía oírse una especie de rastreo sobre la arena de la playa; pero realmente la cosa no era para producir formal alarma.
Profunda calma reinaba en los alrededores. El viento había caído, la mar también. Solamente, al pie de las rocas, se dejaba oír el ligero ruido de la resaca. Apenas si algunos pájaros pasaban volando en busca de las rocas. Nada turbó la primera noche pasada en aquel litoral.
Al día siguiente, desde el alba, todos estaban en pie… ¡Qué angustia experimentaron al observar la costa donde habían encontrado refugio!
La víspera, y cuando se encontraban a media legua de ella, Fritz la pudo reconocer en parte. Vista a aquella distancia, se desarrollaba en una extensión de cuatro a cinco leguas entre el este y el oeste. Ahora, desde el promontorio al pie en el que la chalupa estaba, no se veía más que una quinta parte, comprendida entre dos ángulos, más allá de los cuales se extendía el mar, claro a la derecha, sombrío aún a la izquierda. La playa, de ochocientas a novecientas toesas de anchura, se encuadraba lateralmente en altos contrafuertes, y una quebrada de negras paredes la cerraba por otras en toda su extensión.
Esta quebrada medía de ochocientos a novecientos pies de altura sobre la playa, que subía en acentuada pendiente. ¿Aumentaría más allá su elevación? Para resolver este punto sería preciso llegar hasta la cumbre, a lo largo de los contrafuertes, uno de los cuales, el de la parte este, presentaba perfiles menos escarpados. Sin embargo, aun por este lado la ascensión sería muy difícil, por no decir, imposible.
Lo que el capitán Gould y sus compañeros sintieron primero fue gran desaliento ante el aspecto salvaje y desolado de aquel tapiz de arena, del que aquí y allí surgían moles rocosas. Ni un árbol, ni un arbusto, ni señal de vegetación por ninguna parte. La aridez en toda su tristeza y en todo su horror. Como únicas plantas, delgados líquenes, esos productos rudimentarios de la naturaleza, sin raíces ni tallos, sin hojas ni flores, semejantes a placas aplicadas sobre las rocas y con matices que varían desde el amarillo débil al rojo vivo. Aquí y allá viscosos musgos, debidos a la humedad traída por los vientos del sur. En las hendeduras de la quebrada ni una brizna de hierba, ni en sus graníticas paredes una planta, que, por mezquina que sea, necesita del humus para prosperar… ¿Debía de esto deducirse que también en la parte superior faltase tierra vegetal? ¿Había tocado la chalupa en uno de esos áridos islotes que carecen de denominación geográfica?
– El sitio no es muy alegre —murmuró el contramaestre al oído de Fritz.
– ¿Hubiéramos sido más favorecidos dirigiéndonos al este o al oeste?
– Tal vez —respondió John Block—, pero, por lo menos, aquí no encontraremos salvajes.
Efectivamente, ninguna criatura hubiera podido vivir en la estéril costa.
Jenny, François y Doll, James y su mujer, sentados en los bancos, paseaban sus miradas por aquel litoral, tan distinto a las verdes riberas de la Tierra Prometida, a la desembocadura del arroyo de los Chacales, a la bahía del Salvamento y al litoral de Falkenhorst. Hasta el islote de la Roca Humeante, de tan triste aspecto, ¿no había ofrecido a Jenny Montrose sus productos naturales, el agua corriente de su río y la caza de sus bosques? Aquí nada más que piedra y arena, un banco de conchas que se dibujaba a la izquierda y plantas marinas al límite del mar… En fin, una tierra de desolación.
El reino animal se reducía a algunas aves marinas, gaviotas, golondrinas y cercetas, a las que la presencia del hombre turbaba en su soledad y que lanzaban ensordecedores gritos. Más arriba, a través del espacio, pasaban con gran vuelo alciones y albatros.
– Vamos —dijo entonces el contramaestre—. Aunque esta playa no valga lo que las de la Nueva Suiza, no es esto razón para no desembarcar en ella.
– ¡A tierra! —respondió Fritz—. Espero que encontraremos refugio al pie del acantilado.
– Sí… Desembarquemos —dijo Jenny.
– Querida esposa —dijo Fritz—, yo te aconsejo que permanezcas a bordo con mistress Wolston y su hermana durante nuestra excursión. No hay apariencia de peligro, y nada debéis temer.
– -Además —añadió el contramaestre—, es probable que no nos perdáis de vista.
Fritz saltó a la arena seguido de sus compañeros, después que Doll hubo dicho con tono jovial:
– Procurad, François, traemos algo para el almuerzo… Contamos con vos.
– Más debéis contar con vosotras —respondió François—. Tended las redes al pie de las rocas. ¡Tenéis tanta paciencia y tanta destreza…!
– Sí. Lo mejor es que no desembarquemos —dijo mistress Wolston—. Durante vuestra ausencia, Jenny, Doll y yo haremos lo que podamos.
– Lo esencial —dijo Fritz— es conservar lo poco que quede de galleta para el caso de que nos veamos en la necesidad de damos de nuevo a la mar.
– Vamos, madame Zermatt —exclamó John Block—. Preparad el hornillo. No somos gente que nos contentamos con una sopa de líquenes o con guijarros pasados por agua, y os prometemos un plato fuerte.
El tiempo era bastante bueno. Algunos rayos de sol se filtraban a través de las nubes del este.
Fritz, François, James y el contramaestre siguieron la orilla de la playa por la arena, aún húmeda por la marea.
A más altura, unos diez pies, se desarrollaba el zigzag de plantas colocadas a lo largo de la ribera, cuya pendiente era bastante pronunciada. Estas plantas pertenecían a la familia de los helechos, mezclados con laminarias rojizas, festoneadas en sus extremos, y también con fucos filiformes, con sus racimos, cuyos gruesos granos reventaban al ser pisados.
Estos fucos contienen algo de sustancia nutritiva. Así es que John Block exclamó:
– Cuando no hay otra cosa, esto se come. En mi país, en los puertos de Irlanda, se hace compota con ellos.
Después de andar trescientos o cuatrocientos pasos en aquella dirección, Fritz y sus compañeros llegaron al pie del contrafuerte del oeste. Formado de enormes bloques de superficie lisa tallados a pico, se hundía en las aguas claras, apenas turbadas por una ligera resaca, que dejaban ver su base de siete a ocho toesas de profundidad.
Era imposible subir a lo alto de aquel contrafuerte, que se erguía verticalmente; lamentable circunstancia, pues sería preciso subir a la cúspide del acantilado a fin de ver si en la parte superior se presentaban terrenos menos áridos. Aparte de esto, se advirtió que no se podría dar la vuelta al contrafuerte sin emplear la chalupa.
Lo más urgente en aquel momento era buscar a lo largo de la parte baja del acantilado alguna fragosidad que pudiera servir de abrigo durante la estancia en la costa.
Todos subieron, pues, hacia el fondo de la playa. En este momento, numerosas bandadas de pájaros huyeron a alta mar para no volver hasta que la noche cayera.
Llegados al ángulo del acantilado, Fritz, François, James y el contramaestre encontraron espesas capas de helechos en completo estado de sequedad. Como los últimos espacios libres de la marea se dibujaban a más de cien toesas más abajo, aquellos vegetales, dado el declive de la playa, debían de haber sido llevados a aquel sitio, no por las olas, sino por los vientos del sur, de gran violencia en aquellos parajes.
– A falta de leña —dijo Fritz—, y si nos viéramos obligados a invernar aquí, estos helechos nos servirían por largo tiempo como combustible.
– ¡Un combustible que arde pronto! —añadió el contramaestre—. En fin, ya tenemos con qué hacer hervir hoy la olla. No falta más que meter algo dentro.
– Busquemos —respondió François.
El acantilado estaba formado de estratos irregulares, cuyas líneas transversales se dibujaban oblicuamente hacia el este. Fue fácil reconocer la naturaleza cristalina de estas rocas, donde se mezclaban el feldespato y el gneis, enorme masa granítica de origen plutónico, y, como tal, de extraordinaria dureza.
Esta disposición no recordaba en nada a Fritz y a François los límites de su isla, desde la bahía del Salvamento hasta el cabo de la Esperanza Perdida, donde sólo había mineral calizo, fácil de arrancar con el martillo o el pico. Así había sido formada la gruta de Felsenheim. En pleno granito, tal trabajo hubiera sido imposible.
Afortunadamente, no había para qué emprenderlo, pues a unos cien pasos del contrafuerte, tras el montón de helechos, abríanse varios orificios. Semejantes a celdillas de inmensa colmena, tal vez daban acceso al interior del macizo.
En efecto: no una, sino varías hendeduras se presentaban en la base. Si las unas no ofrecían más que espacio reducidísimo, las otras eran profundas, aunque oscuras y obstruidas por los helechos. Pero probablemente en la parte opuesta, menos expuesta a los vientos de alta mar, se abriría alguna caverna, donde se podría transportar el material de la chalupa.
Buscando el sitio más próximo al anclaje, Fritz y sus compañeros se dirigieron al contrafuerte del este. Tal vez menos infranqueable que el otro, por efecto de la prolongación del perfil inferior, se podría contornear. Si se cortaba verticalmente en su parte superior, oblicuaba en el medio para terminar en punta por la parte del mar.
La investigación produjo resultado. Precisamente en el ángulo formado por el contrafuerte se abría una caverna de fácil acceso.
Al abrigo de los vientos del este, del norte y del sur, su orientación le impedía ser combatida más que por los del oeste, poco frecuentes en estos parajes.
Fritz, François, James y John Block penetraron en el interior de aquella cavidad, bastante alumbrada para permitirles verla por entero. De once a doce pies de altura, de unos veinte de ancha y de cincuenta a sesenta de larga, comprendía diversos espacios desiguales que formaban como otras tantas habitaciones separadas en torno de una sala común. Fina arena, sin huella de humedad, se extendía por el suelo. Se entraba franqueando una abertura, que podía ser cerrada con facilidad.
– A fe mía —dijo el contramaestre—, que cosa mejor no podíamos hallar.
– Soy de la misma opinión —respondió Fritz—. Sin embargo, me inquieta que esta playa sea tan árida, y es de temer que en la parte superior suceda otro tanto.
– Comencemos por tomar posesión de la caverna… y ya veremos después.
– No es nuestra casa de Felsenheim —dijo François—, y no veo ni un arroyo de agua dulce que pueda reemplazar al arroyo de los Chacales.
– Paciencia, paciencia —respondió el contramaestre—. Acabaremos por encontrar alguna fuente en medio de las rocas o algún río que caiga por el acantilado.
– Sea lo que sea —declaró Fritz—, no hay que pensar en establecerse en esta costa. Si no logramos pasar la base de los contrafuertes, iremos a reconocerla más lejos con nuestra chalupa; y en el caso de que se trate de un islote, no permaneceremos aquí más tiempo que el preciso para que el capitán Gould se restablezca… Creo que con quince días bastará…
– En fin, casa ya tenemos —añadió John Block—. Y jardín… ¿quién nos dice que no está cerca de aquí, al otro lado del promontorio?
Después todos descendieron a través de la playa, en forma de dar la vuelta por el contrafuerte.
Desde el ángulo en que se abría la caverna hasta el límite de las primeras rocas que el mar bañaba en su marea media, había una distancia de cien toesas. Por esta parte, no había plantas marinas. Pesadas masas, que parecían haber caído de la cúspide del acantilado, formaban el promontorio. Cerca de la gruta no hubiese sido posible franquearlo, pero en la proximidad al sitio donde estaba la chalupa se inclinaba lo bastante para dar paso a los peatones.
No fue preciso llegar a su extremidad. La atención del contramaestre no tardó en ser atraída por un ruido de agua corriente.
Efectivamente: a cien pasos de la gruta un arroyo murmuraba entre las rocas y se extendía en hilos líquidos.
Un montón de piedras permitió subir hasta el cauce del arroyo, alimentado por una cascada que caía de la cúspide e iba a perderse en el mar.
– ¡Aquí está, aquí está el agua dulce! —exclamó John Block después de haber bebido en el arroyo.
– ¡Fresca y clara! —afirmó François imitando al contramaestre.
– Y ¿por qué no han de existir vegetales en la parte alta? —dijo John Block.
– Este arroyo —dijo Fritz— será, sin duda, torrente en la estación de las lluvias, y en la época de los grandes calores se quedará seco.
– Que continúe corriendo algunos días —observó juiciosamente el contramaestre
– , y nada más le pedimos.
Fritz y sus compañeros disponían al presente de una caverna, donde la instalación sería fácil, y de un arroyo que permitiría llenar de agua dulce los barriles de la chalupa. La cuestión que ahora se presentaba era la de procurarse alimento con los productos de la tierra.
La solución no fue favorable para los exploradores. Después de atravesar el arroyo experimentaron una nueva y profunda decepción.
Más allá del promontorio había una ensenada de unos tres cuartos de legua; bordeada por una playa arenosa, limitada en la parte de atrás por el acantilado. En su punta extrema se erguía un cabezo cortado a pico, cuya base se hundía en el mar. Esta playa presentaba la misma aridez que la otra. El reino vegetal reducíase allí a algunos líquenes y plantas marinas arrastradas por las olas. ¿La chalupa había, pues, tocado en un islote inhabitable?
Había motivo para creerlo y temerlo.
Pareció inútil llevar la excursión hasta el cabezo que limitaba la ensenada. Así es que todos se disponían a volver a la chalupa cuando James, extendiendo la mano hacia la playa, exclamó:
– ¿Qué es aquello que hay en la arena? Mirad… Esos puntos que se mueven… Parecen ratas…
Así parecía, en efecto, a aquella distancia.
– ¿Ratas? —respondió François—. La rata es caza cuando pertenece al género Ondatras. ¿Te acuerdas, Fritz, de las que matamos por centenares cuando nuestra expedición en busca de la boa?
– Me acuerdo, François —respondió Fritz—, y me acuerdo también de que nos pareció poco agradable esa carne que sabe a cieno.
– ¡Bien! —declaró el contramaestre—. Convenientemente preparados esos bichos, son comestibles. Además, no hay que discutir… Esos puntos negros no son ratas…
– Y ¿qué creéis que son? —preguntó Fritz.
– Tortugas.
– Puede que no os engañéis, contramaestre.
Y no se engañaba. Era, efectivamente, una bandada de tortugas que se arrastraba por la arena.
Mientras Fritz y James quedaban en observación sobre el promontorio, John Block y François se deslizaron por el otro lado de las rocas a fin de cortar el camino a los quelonios.
Estas tortugas, de pequeño tamaño, doce o quince pulgadas, de larga cola, pertenecían a la especie que se alimenta principalmente de insectos. Habría unas cincuenta, en marcha, no hacia el mar, sino hacia la desembocadura del arroyo, donde colgaban algunos viscosos líquenes abandonados por la marea descendente.
En aquella parte el suelo estaba abultado de ligeras tumescencias, cuya causa reconoció en seguida François.
– Debajo hay huevos de tortuga —dijo.
– Pues bien, desenterrad los huevos —respondió John Block—, que yo me encargo de amarrar los pollos. Seguramente esto será mejor que los guijarros pasados por agua, y si la joven Doll no está contenta…
– Los huevos serán bien recibidos, no lo dudéis, Block —afirmó el otro.
– Y también las tortugas, excelentes bichos para hacer una sopa.
Instantes después, el contramaestre y François habían puesto boca arriba unas veinte tortugas, que se verían obligadas a esperar en esta posición tan desagradable, sobre todo para los quelonios.
Después, cargados con media docena de ellas y una de huevos, se dirigieron hacia la chalupa.
El capitán Gould prestó la más viva atención al relato que le hizo John Block.
Desde que no experimentaba las sacudidas del mar, la herida le hacía sufrir menos; la fiebre mostraba tendencia a disminuir, y seguramente el reposo durante una semana bastaría para devolverle las fuerzas. Sabido es que, no siendo muy graves las heridas en la cabeza, curan fácilmente y en breve tiempo. La bala, en esta ocasión, no había tocado más que la parte lateral del cráneo, después de desgarrar la mejilla, aunque faltó poco para que llegase a la sien. Debía, pues, esperarse notable mejoría en el estado del herido, gracias al reposo y a los cuidados que no habían de faltarle.
Harry Gould supo, no sin viva satisfacción, que las tortugas frecuentaban aquella bahía, a la que por tal motivo se dio el nombre de bahía de las Tortugas. Era un alimento sano y abundante, aunque fuese por largo tiempo, pues no sería difícil conservar en sal bastante cantidad de ellas y cargarlas en la chalupa cuando llegase el momento de darse de nuevo a la mar.
Porque, respecto a este último punto, preciso sería resolverse a buscar hacia el norte tierra más hospitalaria, si la parte superior del acantilado no presentaba mayor fertilidad que la bahía de las Tortugas, y si en ella no había ni bosques ni planicies, resultando, por consiguiente, que los pasajeros del Flag habían encontrado refugio en un montón de rocas.
– Y bien, Dolí, y vos también, Jenny —preguntó François cuando estuvo de vuelta—, ¿estáis satisfechas? ¿Ha dado buen resultado la pesca?
– Algo —respondió Jenny mostrando varios peces.
– -Pero tenemos algo mejor que ofreceros —añadió Doll alegremente.
– ¿Qué? —preguntó Fritz.
– Almejas, que abundan al pie del promontorio —respondió la joven—. Ved las que cuecen ya en la olla…
– Mi enhorabuena en espera de la vuestra —dijo François—, pues nosotros no volvemos con las manos vacías… He aquí algunos huevos.
– ¿De gallina? —exclamó Bob.
– No… de tortuga —respondió François.
– ¿Tortugas…? ¿Habéis encontrado tortugas? —preguntó Dolí.
– Toda una compañía —añadió el contramaestre—, y quedan de sobra para el tiempo que permanezcamos en esta bahía.
– Mi opinión —dijo aquí el capitán Gould— es que antes de abandonarla debemos hacer un reconocimiento en la costa o subir a la cúspide del acantilado.
– Lo procuraremos, mi capitán —respondió John Block—; pero no hay que darse gran prisa, puesto que es posible vivir aquí sin tocar lo que resta de galleta.
– Así lo creo, Block.
– Lo que deseamos —añadió Fritz— es que con el descanso recuperéis la salud y que vuestra herida sane… Pasar una o dos semanas en este sitio es poca cosa. Cuando estéis repuesto veréis por vos mismo las cosas y decidiréis lo que más convenga.
Durante Ja mañana se procedió al desembarco de los objetos que la chalupa contenía: el saco de galleta, los barriles, el combustible, los diversos utensilios y las ropas, y todo fue transportado a la caverna. El hornillo, instalado en el ángulo del contrafuerte, serviría para cocinar la sopa de tortuga.
En brazos de Fritz y del contramaestre fue transportado a la gruta el capitán Gould; en ella le esperaba una cama de hierba seca preparada por Jenny y Dolí, y sobre ella pudo el valiente marino dormir algunas horas.