Segunda patria

XIV

LLEGADA A LA CUMBRE - MIRADAS DIRIGIDAS A TODAS PARTES - LO QUE SE VE AL NORTE, AL ESTE Y AL OESTE - LA REGIÓN DEL SUR - UN NAVÍO EN EL HORIZONTE - EL PABELLÓN BRITÁNICO.

Esta altura de trescientos o cuatrocientos pies no es mayor que la de la gran pirámide de Egipto. Verdad que se hubieran buscado en vano sobre los flancos del cono las gradas gigantescas que facilitan la ascensión del monumento faraónico de Gizeh, y sin las cuales sería imposible llegar al límite del camino. Pues bien: el ángulo que formaban las líneas oblicuas del cono con la perpendicular era aún más abierto que el de la gran pirámide.

En realidad, el tal cono no era más que un monstruoso hacinamiento de rocas, que apenas se sostenían en equilibrio, por más que presentase rebordes y puntos salientes en los que la planta podía encontrar punto de apoyo. Siempre el primero, Jack se aseguraba de la solidez del terreno, mientras que mister Wolston y Ernest, sin gran prisa, se izaban gradualmente de bloque en bloque.

¡Qué desoladora aridez en la superficie de la tercera zona! No se advertía allí huella del reino vegetal, a no ser algún puñado de esas delgadas parietarias y líquenes secos que coloreaban las rocas de un verde gris… La dificultad principal consistía en trepar por la ladera, lisa como un espejo. Las caídas hubieran sido mortales, y era preciso evitar también las avalanchas, que hubieran rodado hasta la base de la cordillera.

Piedras graníticas y calcáreas componían únicamente la montaña, en la que no había indicio de origen volcánico que pudiera amenazar la Nueva Suiza con erupciones o terremotos producidos por las fuerzas plutónicas.

Mister Wolston, Jack y Ernest llegaron a la mitad del cono sin accidente digno de ser mencionado. Caminando por sitios practicables, no habían podido evitar algunos desprendimientos. Tres o cuatro enormes bloques, después de saltar por la pendiente, fueron a perderse en las profundidades del bosque, con ruido de tempestad, que repercutieron los ecos de la montaña.

A aquella altura veíanse aún algunos volátiles, únicos representantes de la vida animal de la tercera zona; no eran los pajarillos que abandonaban los bosques, sino poderosas aves que batían el aire con sus enormes alas, traspasando a veces la cima de la montaña. Jack experimentó la tentación de disparar contra ellos… ¡Qué alegría matar uno de aquellos gigantes cóndores, a los que la presencia del hombre sorprendía en medio de su aburrida soledad!

Llevado de este deseo el cazador, hizo más de una vez el ademán de echarse el fusil a la cara…

– ¿Para qué? —le gritaba mister Wolston.

– ¿Cómo que para qué? —respondía Jack—. Pues para…

Y sin terminar la frase, después de echarse el fusil al hombro, saltaba por entre las rocas.

De este modo se libró de la muerte una soberbia águila de Malabar. En vez de matarla hubiera sido mejor apoderarse de ella para que reemplazara al fiel compañero de Fritz, que sucumbió en la lucha con el tigre durante el viaje de exploración a la Roca Humeante.

A medida que el talud subía hacia la cúspide superior, se hacía más empinado, un verdadero pilón. Mister Wolston se preguntaba si en la punta habría sitio para tres personas. Era preciso que unos a otros se ayudasen en la ascensión. Jack tiraba de Ernest, y éste de mister Wolston. Inútilmente habían procurado dar la vuelta al cono. Por la parte norte la ascensión presentaba menos dificultades.

A las dos de la tarde una voz vibrante dejóse oír; la voz de Jack, la primera sin duda que había resonado en aquel sitio.

– ¡Una isla! ¡Es una isla!

Un último esfuerzo de mister Wolston y de Ernest los elevó hasta Jack. En un espacio de tres toesas cuadradas, rendidos y faltos de aliento hasta serles imposible hablar, se tendieron para respirar.

Desde la llegada de la Licorne estaba fuera de duda que la Nueva Suiza fuese una isla. Pero si la mar la rodeaba por todas partes era a distancias desiguales de la montaña. Muy desarrollada en la parte sur, más limitada al este y al oeste, reducida a una línea azulada en la parte norte, resplandecía bajo los rayos del sol, que se encontraba a algunos grados más abajo de su punto de culminación.

Ernest advirtió que la cadena no ocupaba la parte central de la isla. Elevándose sobre su parte meridional, seguía una curva bastante regular, trazada de levante a poniente.

Desde este punto, situado a 1500 pies sobre el nivel del océano, la mirada se extendía en unas 17 o 18 leguas hasta el horizonte. Pero era preciso que la Nueva Suiza comprendiese tal superficie.

Cuando mister Wolston preguntó respecto a este particular, respondió Ernest:

– En mi opinión nuestra isla debe de tener de 60 a 70 leguas de circunferencia, lo que sería un área ya considerable y superior a la del cantón de Lucerna.

– ¿Y cuál será aproximadamente su extensión? —preguntó mister Wolston.

– En lo que yo puedo calcularlo, teniendo en cuenta su configuración, especie de óvalo que se dibuja de este a oeste —respondió Ernest—, puede medir 400 leguas cuadradas, o sea, la mitad que Sicilia.

– Hay gran número de islas de las más importantes que no miden tanto —dijo Jack.

– Efectivamente —respondió Ernest—, y entre otras, si no me es infiel la memoria, una de las más principales del Mediterráneo, de capital importancia para Inglaterra, no tiene más que nueve leguas de largo por cuatro de ancho.

– ¿Cuál?

– Malta.

– ¡Malta! —exclamó mister Wolston, cuyo britanismo se excitó al oír tal nombre

– . Pues bien: ¿por qué la Nueva Suiza no ha de llegar a ser la Malta del océano índico?

Jack hizo la siguiente reflexión, muy natural dado su modo de pensar en el asunto: que la vieja Suiza hubiera podido conservarla para sí y fundar en ella una hermosa colonia helvética.

El cielo estaba despejado y la atmósfera sin brumas. No se percibía humedad en el ambiente, y el sol brillaba con extraordinaria limpidez.

Como en el descenso no había de emplearse más que una tercera parte del tiempo gastado en la ascensión, mister Wolston y los dos hermanos podían disponer de algunas horas. Así es que, pasando de mano en mano el catalejo, observaron minuciosamente la vasta campiña que se desarrollaba a sus pies.

Ernest, armado de su cuaderno y su lápiz, trazaba el dibujo de aquel óvalo cortado por el paralelo 19 del hemisferio meridional en una extensión de 24 leguas, y el meridiano 114 este en otra de 19. He aquí ahora lo que fácilmente podía advertirse en dirección norte a una distancia de 10 u 11 leguas.

Más allá del litoral, la mar bañaba la parte comprendida entre el cabo de la Esperanza Perdida y el promontorio que limitaba la bahía de las Perlas al oeste.

– No. Aquí no hay error posible —repitió Jack—, y no tengo necesidad del catalejo para reconocer la Tierra Prometida y la costa hasta la bahía del Salvamento.

– Así es —añadió mister Wolston—, y en la extremidad del ángulo opuesto está el cabo del Este que cubre la bahía de la Licorne.

– Desgraciadamente —dijo Jack— ni aun con el excelente catalejo de Ernest puede verse nada de la parte cercana al arroyo de los Chacales.

– Eso es debido —respondió Ernest— a que esa parte está oculta por las rocas que la limitan al sur. Puesto que desde Felsenheim a Falkenhorst no se ve la cúspide de la cordillera, desde lo alto de ésta no es posible ver nada de Felsenheim ni de Falkenhorst. Esto es natural.

– Bien está eso, gran lógico —respondió Jack—, pero lo mismo debía suceder en lo que se refiere al cabo de la Esperanza Perdida, y, sin embargo…, a nuestra vista está.

– Cierto es —respondió Ernest—, pero es posible que desde ese cabo, lo mismo que desde Prospect-Hill, se vea el cono… y es probable que no nos hayamos fijado en ello.

– De todo esto resulta —dijo mister Wolston— que la cordillera propiamente dicha no puede ser vista más que desde las alturas de Grünthal.

– Así es, mister Wolston —respondió Ernest— y esas alturas ocultan a Felsenheim ante nuestras miradas.

– Lo siento —añadió Jack—, pues estoy seguro de haber distinguido a mis padres, a mistress Wolston y a Annah. Y si hubiesen tenido la idea de volver a Prospect-Hill, creo que los hubiéramos podido reconocer… con ayuda del catalejo, está claro. En fin, ellos están allá abajo, hablando de nosotros, contando las horas… diciéndose: los ausentes estarían ayer al pie de la montaña, y hoy estarán en la cúspide. Y también se preguntarán cuál es la extensión de la Nueva Suiza, y si hace buen papel en el mar de las Indias…

– Bien hablado, hijo mío…; y como si les oyéramos —dijo mister Wolston.

– ¡Y como si los viésemos! —afirmó Jack—. Pero no importa. Yo sigo en mi disgusto de que esas rocas nos oculten el arroyo de los Chacales y nuestra casa de Felsenheim.

– ¡Disgusto sin importancia, y al que es preciso resignarse! —dijo Ernest.

– ¿Por qué este cono no está más alto? —dijo Jack—. Si tuviese algunos centenares de pies más de altura, nuestras familias nos verían desde allá abajo… y nos harían señas… izando el pabellón de Felsenheim… Nosotros les saludaríamos también con el nuestro…

– ¡Ya se disparó Jack! —dijo mister Wolston.

– Estoy seguro de que Ernest vería a Annah.

– Siempre la veo.

– Sí… ¡Y hasta sin necesidad de catalejo! —exclamó Jack—. ¡Vaya! ¡Los ojos del corazón alcanzan muy lejos!

En suma, nada se podía ver de la Tierra Prometida, y sólo quedaba a los observadores tomar una vista exacta de la isla apreciando sus contornos y su constitución geológica.

Al Levante, la costa presentaba una orla rocosa que limitaba aquella parte árida, reconocida en el primer viaje de la pinaza. Luego los acantilados disminuían, y el litoral se levantaba hacia la desembocadura del Montrose para terminar en agudo promontorio, encorvándose en el sitio en que nacía la cordillera al sudeste.

Como luminosa cinta se veían las sinuosidades del Montrose. En su curso inferior, el río regaba una región cubierta de árboles y de verdor, y una región árida en su curso superior. Alimentado por numerosos afluentes daba grandes vueltas. Más allá de las espesas florestas desarrollábanse llanuras y praderas hasta los límites occidentales de la isla, donde se erguía un elevado cerro en el que se apoyaba el otro extremo de la cordillera, a cinco o seis leguas de distancia. En plano geométrico, la isla representaba con bastante exactitud el dibujo de la hoja de un árbol, más ancha que larga, cuyo pedículo hubiera sido alargado hacia el sur; cuyas fibras estaban representadas por las aristas de las rocas, y su tejido celular por la verde campiña, que ocupaba la mayor parte de su superficie. En el este, bajo los rayos del sol, resplandecían otros ríos, constituyendo importante sistema hidrográfico, más completo que el del norte y el del este, reducido al Montrose y al río Oriental.

En resumen: la Nueva Suiza, considerada dividida en seis partes, en cinco de ellas demostraba admirable fertilidad, y bastaría para alimentar a varios miles de habitantes.

Respecto a su situación en medio de aquellos parajes del océano índico, era evidente que no se unía a ningún grupo insular ni a ningún archipiélago. El catalejo no indicaba ninguna tierra a lo largo del horizonte. La costa más próxima era preciso buscarla a 300 leguas, y como se sabe, era la Nueva Holanda. Sin embargo, aunque la isla no presentaba su cortejo de islotes, un determinado punto rocoso emergía a unas cuatro leguas al oeste de la bahía de las Perlas. Jack dirigió entonces el catalejo en esta dirección.

– La Roca Humeante… que no humea —exclamó—, y os aseguro que Fritz no hubiese tenido necesidad de su anteojo para reconocerla.

La Nueva Suiza, pues, en su mayor extensión podía servir para el establecimiento de una importante colonia, aunque no se podía pedir al mediodía lo que ofrecían el norte, el este y el oeste.

Redondeándose como un arco, los dos extremos de la cadena venían a apoyarse en el litoral a distancia casi igual de la base del cono que ocupaba el centro. La parte encuadrada por dicho arco estaba limitada por una sucesión de desfiladeros, al parecer tallados a pico y cuya base no se podía ver.

¡Qué contraste entre esta sexta parte de la isla y las cinco restantes, tan pródigamente favorecidas por la naturaleza! Allí se veía la profunda desolación del desierto, todo el horror del caos. La zona superior de la cordillera se prolongaba hasta la extremidad meridional de la isla, zona que parecía infranqueable. Posible era, no obstante, que se uniese por aquella parte con la margen litoral por desfiladeros, gargantas y rápidas pendientes. En cuanto a la ribera, las playas arenosas o rocosas que hubieran permitido desembarcar reducíanse a algunas estrechas bandas que la mar baja descubría.

Mister Wolston, Ernest y Jack, ante la penosa impresión que la comarca les producía, quedaron silenciosos mientras la recorrían con la mirada. Ernest dijo:

– Sí después del naufragio del Landlord hubiéramos sido arrojados sobre esta costa, nuestro barco de cubas se hubiera roto, ¡y qué muerte nos esperaba… la muerte por el hambre!

– Tenéis razón, mí querido Ernest —respondió mister Wolston, y en este litoral no había esperanza de salvación—. Verdad que algunas leguas más al norte, si hubierais conseguido desembarcar, habríais encontrado terreno productivo… Es de temer, no obstante, que esta triste región esté incomunicada con el interior, y no sé si hubiera sido posible llegar a éste descendiendo por la parte meridional de la cordillera.

– No es lo probable —añadió Jack—, pero rodeando la costa hubiéramos seguramente llegado a la desembocadura del Montrose y a la parte fértil de la isla.

– Sí… —respondió Ernest—. Siempre que nuestro barco hubiera podido remontar hacia el este o hacia el oeste. La costa meridional no le hubiera ofrecido una bahía como la del Salvamento, donde arribó sin trabajo.

Era feliz suerte que los náufragos del Landlord hubieran sido arrastrados a la parte septentrional de la Nueva Suiza. Sin esta circunstancia, ¿cómo esperar a la más horrible de las muertes, al pie del monstruoso amontonamiento de rocas?

Mister Wolston, Ernest y Jack permanecieron en la punta del cono hasta las cuatro de la tarde, tomando todos los datos precisos para fijar el mapa de la Nueva Suiza, mapa que permanecería incompleto en la parte sur, puesto que a ella no alcanzaban las miradas. Pero el trabajo quedaría completo a la llegada de la Licorne, cuando el teniente Littlestone terminara el reconocimiento hidrográfico de la isla.

Después de haber arrancado una hoja de su cuaderno de notas, Ernest escribió en ella las siguientes líneas:

«Hoy, 30 de septiembre de 1817, a las cuatro de la tarde, en la cima del cono…»

Al llegar aquí, interrumpió su tarea para preguntar:

– ¿Qué nombre daremos a este cono…? Me parece que mejor que llamarlo cono deberíamos llamarlo pico…

– Sea… el pico del Disgusto —respondió Jack— puesto que no hemos podido distinguir Felsenheim.

– No… ¡El pico Jean Zermatt, en honor de vuestro padre! —propuso mister Wolston.

El nombre fue aceptado con alegría, Jack sacó una taza de su morral. Mister Wolston y Ernest le imitaron. Vertieron en ellas algunas gotas de aguardiente y brindaron…

Ernest continuó escribiendo:

«…en la cima del pico de Jean Zermatt dirigimos la presente carta a vosotros, mis amados padres, a vos, mistress Wolston, a vos, mi querida Annah, confiándola a nuestra fiel mensajera, que, más favorecida que nosotros, estará bien pronto de regreso en Felsenheim.

Nuestra Nueva Suiza, aislada en estos parajes del océano índico, parece medir de sesenta a setenta leguas de circunferencia. Muy fértil en la mayor parte de su superficie, es estéril e inhabitable en la parte meridional de la cordillera.

Dentro de dos días, pues el viaje de regreso será rápido, es posible que estemos junto a los que tanto amamos, y antes de tres semanas, si Dios lo permite, es de esperar que volvamos a ver a nuestros ausentes, con tanta impaciencia esperados.

Tanto mister Wolston y Jack como vuestro respetuoso hijo os envían sus cariñosos recuerdos, a vosotros, amados padres, a mistress Wolston y a mi querida Annah.

Ernest.»

Sacaron la paloma de su jaula, y después de atar la carta a la pata izquierda del animal, Ernest dejó a éste en libertad.

El pájaro se elevó treinta o cuarenta pies por encima del cono, como si intentase abarcar con su mirada mayor espacio, y después, auxiliado por su instinto de orientación —sexto sentido del que todo animal parece estar provisto—, partió con rápido vuelo hacia el norte, y no tardó en desaparecer.

Arbolado el pabellón en la cima del pico de Jean Zermatt, sirviendo de mástil el largo bastón de mister Wolston, colocado en las últimas rocas, no restaba más que volver a bajar al pie de la cordillera, llegar a la gruta, tomar fuerzas con una buena comida, y, finalmente, procurarse el descanso tan bien ganado después de tan fatigosa jornada.

La partida se efectuaría al día siguiente, al amanecer. Siguiendo el camino ya conocido, no era imposible llegar a Felsenheim en menos de cuarenta y ocho horas.

Mister Wolston y Jack se ocuparon, pues, en hundir el bastón, de forma que pudiera resistir a los rafales, de gran violencia en aquella altura.

– Lo esencial —hizo observar Jack— es que nuestro pabellón se mantenga en este sitio hasta la llegada de la Licorne, a fin de que el teniente Littlestone pueda verlo desde que la corbeta esté a la vista de la isla ¡Esto hará palpitar el corazón de Fritz, de Jenny, de François, de vuestros hijos, mister Wolston, y también el nuestro, cuando oigamos los veintiún cañonazos que saludarán al pabellón de la Nueva Suiza!

El bastón fue sujetado entre los intersticios de las rocas y sostenido con pequeñas piedras.

En el momento en que iba a ser colocado el pabellón en el extremo, mister Wolston, vuelto hacia el este, se detuvo y miró en dicha dirección con tal fijeza, que Jack le preguntó:

– ¿Qué hay, mister Wolston?

– Me parece ver… —respondió éste, acercando el catalejo a sus ojos.

– ¿Ver…? —repitió Ernest.

– Una humareda sobre la ribera —respondió mister Wolston— a no ser que más bien se trate de una niebla como la que vi cuando la pinaza se encontraba en el Montrose.

– Y bien —dijo Ernest—, ¿se disipa?

– No —afirmó mister Wolston—; y está en el mismo sitio… en la extremidad de la cordillera… ¿Acaso desde hace algunas semanas, náufragos o salvajes han acampado en esta parte de la costa…?

Ernest observó a su vez el sitio indicado, pero nada advirtió.

– ¡Eh… mister Wolston, no es a esa parte donde es preciso mirar… sino aquí… al sur!

Y Jack señalaba al mar, más allá de las enormes rocas que dominaban el litoral.

– Eso es una vela —dijo Ernest.

– ¡Sí… una vela! —repitió Jack.

– Un barco pasa a la vista de la isla —añadió Ernest—, y al parecer se dirige a ella.

Mister Wolston, tomando el catalejo, reconoció distintamente un barco de tres mástiles, que con todas las velas desplegadas navegaba a una distancia de dos o tres leguas.

Jack gritó entonces:

– ¡Es la Licorne! ¡No puede ser más que la Licorne! No debía llegar hasta mediados de octubre, y llega a fines de septiembre…, quince días antes.

– No es el caso imposible —respondió mister Wolston—; pero antes sepamos exactamente a qué parte se dirige ese barco…

– Se dirige a la Nueva Suiza —afirmó Jack—. ¡Mañana por la mañana aparecerá al oeste de la bahía del Salvamento, y nosotros no estaremos allí para recibirlo…! Partamos, mister Wolston… Caminaremos durante toda la noche…

Una última observación de Ernest detuvo a Jack, que se disponía a bajar, dejándose caer por la pendiente del cono.

– No —dijo—. Mirad bien, mister Wolston. Ese barco no se dirige a la isla.

– En efecto —declaró mister Wolston, después de haber seguido la dirección del navío durante algunos minutos.

– Entonces, ¿no es la Licorne? —preguntó Jack.

– No —afirmó Ernest.

– Además —añadió mister Wolston—, la Licorne arribaría por el nordeste, y ese barco marcha al sudeste, alejándose de la isla.

No había engaño posible. El navío caminaba con dirección al este, y no intentaba arribar a la Nueva Suiza.

– Bien —dijo Jack—. La Licorne no tardará en venir, y, por lo menos, estaremos allí para hacer los saludos reglamentarios a la corbeta de S. M. Jorge III.

El pabellón fue izado a la punta del pico Jean Zermatt, y se desplegó al soplo de la brisa, mientras Jack, disparando dos veces su fusil, le hacía los honores debidos.

Sürgöny

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