Segunda patria

XI

ANTES DE LA ESTACIÓN DE LAS LLUVIAS - VISITA A LAS GRANJAS Y A LOS ISLOTES - PRIMERAS BORRASCAS - LAS NOCHES EN FELSENHEIM - LA CAPILLA - EL DESCUBRIMIENTO DE ERNEST Y CÓMO FUE RECIBIDO - DURACIÓN DEL MAL TIEMPO - DOS CAÑONAZOS - AL ISLOTE DEL TIBURÓN.

La ausencia de los huéspedes de Felsenheim había durado cuatro días y medio. Hubiera podido prolongarse otro tanto sin perjuicio para los animales domésticos, pues los establos contenían provisiones en abundancia. Durante esta excursión, mister Wolston hubiera tenido suficiente tiempo de llevar la exploración hasta la base de la cordillera, que no estaba muy lejos desde el obstáculo del río, y hasta probablemente hubiera propuesto a monsieur Zermatt permanecer tres o cuatro días más en el fondeadero del Montrose si la canoa no hubiese encontrado obstáculo para remontar este río.

En resumen: la exploración no dejaba de haber tenido algún resultado. La pinaza había podido reconocer la costa oriental en una extensión de diez leguas, a partir del cabo del Este. Esto, añadido a una extensión igual del litoral visitado al norte hasta la bahía de las Perlas, era lo que se conocía de la isla. Respecto a su perímetro al oeste y al sur, al aspecto que presentaba, a si limitaba regiones áridas o fértiles, nada podrían saber las dos familias hasta después de efectuar un viaje de circunnavegación, a no ser que la ascensión a las montañas permitiese a la mirada abarcar toda la Nueva Suiza.

Verdad que era probable que la Licorne estableciese las dimensiones y la forma de la isla, y, en caso de que la expedición proyectada por mister Wolston no diese completo conocimiento de ella, no había más que esperar el regreso de la corbeta inglesa para tener resuelto el asunto.

Ahora, durante siete u ocho semanas, los trabajos de la siega y recolección, de la trilla de los granos, de la vendimia y del entrojamiento de la cosecha, ocuparían todos los momentos. Monsieur Zermatt y sus compañeros no se concederían ni un solo día de descanso si querían que las granjas estuviesen en buen estado antes del período que constituía el invierno en aquella latitud del hemisferio austral.

Pusiéronse, pues, todos a la faena, y antes de nada las dos familias se trasladaron a Falkenhorst, traslado que las aproximaba a Waldegg, Zuckertop y Prospect-Hill.

En la casa de verano no faltaban espacio ni comodidad desde que se habían agregado algunas habitaciones construidas entre las gigantescas raíces del nopal, sin hablar del piso aéreo tan agradable por estar entre las ramas. Al pie del árbol se había instalado, para uso de los animales, un espacioso corral con establos, cercado con una empalizada de bambúes y espinos.

Inútil es descender al detalle de los trabajos que durante dos meses se efectuaron con buen éxito. Fue preciso ir de una a otra granja, almacenar los cereales y forraje, coger los frutos en plena madurez y disponerlo todo para que el averío de los corrales no tuviese que temer las inclemencias de la mala estación.

Es de advertir que, gracias al riego del lago de los Cisnes, abundantemente surtido por el canal, el rendimiento del suelo había aumentado. Aquel distrito de la Tierra Prometida hubiera podido asegurar la existencia a cien colonos, y se comprende que el trabajo de sus huéspedes fuese muy grande si no querían desperdiciar nada.

En previsión del mal tiempo, que duraría ocho o nueve semanas, fue preciso ocuparse también en preservar a las granjas de los efectos de la lluvia y del viento. Las vallas de los cercados, las puertas y ventanas de las habitaciones, fueron herméticamente cerradas y sujetas por medio de arbotantes. Los tejados, cargados de grandes bloques, tenían probabilidad de resistir a los vientos huracanados del este. Iguales precauciones se tomaron con los cobertizos, hórreos, establos, gallineros, cuyos ocupantes de dos o cuatro patas eran muy numerosos para ser llevados a Felsenheim.

Igualmente, en los islotes de la Ballena y del Tiburón, todo quedó en condiciones de poder resistir las borrascas, más temibles allí por su situación junto al litoral.

En el islote de la Ballena, los árboles resinosos y los pinos marítimos de verdor continuo, formaban espesos macizos. Los planteles de cocoteros y otros árboles, desde que los setos de espinos los protegían, habían prosperado notablemente. Nada había ya que temer de los centenares de conejos que en los primeros tiempos devoraban todas las semillas. Las hierbas marinas suministraban alimento bastante a aquellos voraces roedores —entre otras el Fucus saccharinus—, por el que mostraban mucha afición. Jenny encontraría en perfecto estado el islote del que monsieur Zermatt le había dado posesión.

Respecto al islote del Tiburón, las plantaciones de nopales, cocoteros y pinos nada dejaban que desear. Se reforzaron los cercados reservados a los antílopes, en camino de ser domesticados. Durante el invierno no faltarían hierba y hojas, alimento de estos rumiantes, y tampoco agua dulce, merced a la fuente descubierta en un extremo del islote. Monsieur Zermatt había construido un cobertizo central con fuertes planchas, en el que estaban almacenadas provisiones de toda especie. En fin, la batería colocada en la meseta del monte estaba protegida por un sólido techo, que los verdes árboles protegían y que dominaba el mástil con el pabellón.

El día en que efectuaron la visita, siguiendo la costumbre establecida al principio y al término de la estación de las lluvias, Ernest y Jack dispararon los dos cañonazos reglamentarios. Aquella vez no se oyó ninguna detonación, como seis meses antes, a la llegada de la corbeta inglesa.

Cuando las dos piezas recibieron nuevos cartuchos con su mecha, Jack dijo:

– Dentro de tres meses nos llegará el tumo de responder a la bicorne cuando salude a la Nueva Suiza. ¡Con qué alegría responderemos!

Las últimas cosechas, trigo, centeno, cebada, arroz, maíz, avena, yuca, sagú, patatas, no tardaron en ser almacenadas en los hórreos y depósitos de Felsenheim. Por otra parte, la amelga había hecho extraordinariamente fructífera la huerta, que suministraba con gran abundancia judías, habas, nabos, guisantes, zanahorias, puerros, lechugas y achicorias. Sobre las orillas del río y cerca de la casa había campos plantados de cañas de azúcar y árboles frutales. La vendimia de los viñedos de Falkenhorst se efectuó a su tiempo, y en lo que respecta al hidromiel no faltaba la miel ni las especias y la torta de centeno destinados a ayudar a su fermentación.

También había vino de palmera en abundancia, sin hablar de las reservas del vino de Canarias. Varios barriles del aguardiente que dejó el capitán Littlestone ocupaban la fresca cueva abierta en las rocas. El combustible no faltaba tampoco; las leñeras rebosaban de madera seca, y además las borrascas se encargarían de sembrar ramas por las playas de Felsenheim, aparte de las que la marea lanzase a las de la bahía del Salvamento. No habría necesidad de emplear este combustible en la calefacción de las habitaciones, pues entre los trópicos, bajo el paralelo 19, el frío no es de temer nunca. El fuego se destinaba para la cocina, las lejías y otras operaciones caseras.

Llegó la segunda quincena de mayo, y ya era tiempo de que se terminasen estos trabajos. No había que hacerse ilusiones sobre los indicios precursores del mal tiempo. Al ponerse el sol, el cielo comenzaba a cubrirse de brumas, cada día más densas. El viento tendía al este, y cuando soplaba en esta dirección todas las tempestades de alta mar se precipitaban violentamente sobre la isla.

Antes de ir a encerrarse en Felsenheim, monsieur Zermatt quiso dedicar el día 24 a una excursión a Eberfurt, en la que no tomarían parte más que mister Wolston y Jack. Convenía asegurarse de si el desfiladero de Cluse estaba sólidamente cerrado para que las fieras no lo franquearan.

Nada más necesario que prevenir una irrupción, cuyo resultado hubiera sido el destrozo de las plantaciones. Dicha granja, la más alejada en el límite del distrito, se encontraba a unas tres leguas de Felsenheim.

Los visitantes, montados en el búfalo, el onagro y el avestruz, hicieron el camino en menos de dos horas. Los cercados estaban en buen estado; pero creyeron prudente reforzar con espesos travesaños la entrada de Cluse, al objeto de evitar que las fieras o los paquidermos pudiesen franquear el desfiladero.

Por lo demás, no se vio ninguna huella sospechosa, con vivo disgusto de Jack. El atrevido cazador se prometía siempre capturar por lo menos un joven elefante, que, una vez domesticado, le serviría para el transporte de su propia persona.

Al fin, el 25, cuando las primeras lluvias comenzaron, las dos familias, abandonando definitivamente Falkenhorst, se habían instalado en Felsenheim. Ningún país hubiese ofrecido más segura morada al abrigo de la intemperie, ni mejor dispuesta. ¡Cuántos adelantos desde el día en que el martillo de Jack había agujereado la montaña! La gruta de sal se había convertido en cómoda vivienda. Siempre la misma disposición de los cuartos en hilera con puertas y ventanas. La biblioteca, por la que Ernest sentía tanto cariño, con sus ventanas abiertas a levante, sobre el arroyo de los Chacales, estaba dominada por un elegante palomar. El amplio salón, con ventanas cubiertas de cortinillas verdes, estaba amueblado con mesas, sillas, sillones y sofás retirados del Landlord, y servía de oratorio, en espera de que mister Wolston construyera su capilla.

Sobre las habitaciones había una terraza a la que conducían dos senderos, y ante ellas una galería cubierta por un tejadillo que soportaban catorce pilares de bambú. En estos pilares se enroscaban los vástagos de los pimenteros y otros árboles que esparcían suave olor a vainilla, mezclados con otras plantas trepadoras, entonces en pleno verdor.

Al otro lado de la gruta, subiendo el curso del río, se extendían los jardines particulares de Felsenheim. Rodeados de hayas espinosas, se dividían en cuadros de legumbres y de flores, en plantaciones de árboles frutales, alfóncigos, almendros, nogales, naranjos, limoneros, bananos y todos los propios de los países cálidos. Respecto a los árboles de Europa, cerezos, perales, higueras, etc., se hallaban también en la gran alameda que conducía a Falkenhorst.

En el espacio de trece años, bastantes estaciones lluviosas se habían pasado al abrigo de aquella casa, resguardada del viento y de la mar. Algunas semanas iban a transcurrir en las mismas condiciones, pero con nuevos huéspedes. Verdad que faltarían Fritz, François y la encantadora Jenny, que era la alegría y la animación de la casa.

Desde el 25 no cesaron las lluvias ni los huracanes, siendo imposible hacer excursiones, limitándose todos a continuar los trabajos del interior. No era pequeña tarea la de cuidar los animales, búfalos, onagro, vacas, asnos, el mono Knips II, el chacal Jager y el chacal y el cormorán de Jenny. Venían después los detalles de la casa y la preparación de las conservas. Cuando algún claro extraño y breve lo permitía, se pescaba en el arroyo de los Chacales y al pie de las rocas de Felsenheim.

Desde la primera semana de junio arreciaron las borrascas y la fina lluvia que formaba tupido velo en la atmósfera, así como las lluvias de tempestad que caían con fuerza. Era imposible salir sin llevar capotes impermeables.

Los alrededores, la huerta, las plantas, los campos, estaban anegados, y desde lo alto de los macizos de Felsenheim caía el agua con ruido de cascada.

Aunque a no ser absolutamente preciso nadie ponía el pie fuera de la casa, las horas transcurrían sin fastidio. Entre las dos familias reinaba perfecta identidad de opiniones, por lo que jamás se discutía. Inútil es insistir en la amistad sincera que unía a mister Wolston y monsieur Zermatt, amistad afirmada en seis meses de vida común. Lo mismo sucedía con las dos madres, cuyas cualidades y aptitudes se completaban. Jack, siempre alegre y despierto, siempre ansioso de aventuras, no se entristecía más que ante la imposibilidad de satisfacer sus instintos de cazador.

Respecto a Ernest y Annah, un sentimiento más vivo que la amistad les atraía el uno al otro. Contaba entonces la joven diecisiete años, era seria y reflexiva, y debía, por tanto, agradar al serio y reflexivo joven, que a su vez, no le era desagradable a la muchacha. Los Zermatt y los Wolston veían con gusto la probabilidad de una unión entre ellos, unión que apretaría los lazos que ya ligaban a las dos familias… y dejaban que las cosas siguieran su camino. Al regreso de la Licorne, a bordo de la cual vendrían Fritz y Jenny, convertidos en marido y mujer, se arreglaría el otro negocio. Únicamente Jack se permitía algunas maliciosas alusiones. El cazador, obstinado en sus ideas de celibato, no sentía envidia de Ernest.

Durante las comidas y las veladas, la conversación recaía siempre en los ausentes. No se olvidaba ni al coronel Montrose, ni a James y Suzan Wolston, ni a Dolí, ni a François, ni a ninguno de los que iban a hacer de la Nueva Suiza su segunda patria.

Una noche monsieur Zermatt hizo el siguiente cálculo:

– Amigos míos: estamos a 15 de junio. Hace ocho meses que la Licorne partió. Debe de estar, pues, a punto de abandonar los mares de Europa para dirigirse al océano índico.

– ¿Qué opinas tú de eso, Ernest? —preguntó monsieur Zermatt.

– Pienso —respondió el joven— que, teniendo en cuenta su escala en El Cabo, la corbeta en tres meses ha podido arribar a un puerto de Inglaterra. En volver deberá emplear el mismo tiempo; y como se había convenido que en un año estaría de vuelta, permanecerá seis meses en Europa. De ello deduzco que todavía se encuentra allí.

– Pero, indudablemente, a punto de darse a la mar —dijo Annah.

– Es lo probable, mi querida Annah —respondió Ernest.

– Además, puede que haya abreviado su estancia en Inglaterra —hizo observar mistress Wolston.

– Posible es, en efecto —respondió su marido—, aunque seis meses no es demasiado tiempo para lo que tiene que hacer. Nuestros lores del almirantazgo no son muy activos.

– Sin embargo —dijo monsieur Zermatt—, tratándose de una toma de posesión…

– ¡Eso siempre va de prisa! —exclamó Jack—. No es mal regalo el que hacemos a vuestro país, mister Wolston.

– Convengo en ello, mi querido Jack.

– ¡Qué ocasión para que nuestra vieja Suiza se estrenase en la carrera de la expansión colonial! ¡Una isla que posee todas las riquezas animales y vegetales de la zona tórrida! ¡Una isla tan admirablemente colocada en pleno mar de las Indias, para el comercio con Asia y el Pacífico!

– He ahí a nuestro Jack que se dispara —dijo mister Wolston.

– Vamos, Ernest —preguntó Annah—, ¿qué se debe deducir de vuestros cálculos respecto a la Licorne?

– Yo creo que en los primeros días de julio, lo más tarde, la corbeta se dará a la mar para volver aquí con nuestros queridos ausentes y con los colonos que se decidan a seguirles. Supongo que hará escala en El Cabo, y que en este punto permanecerá hasta mediados de agosto. De donde resulta que yo no espero verla aparecer en lo alto del cabo de la Esperanza Perdida antes de mediados de octubre.

– ¡Aún cuatro interminables meses! —murmuró madame Zermatt—. ¡Cuánta paciencia pensando que están en el mar aquellos a quienes uno ama tanto! ¡Dios los proteja!

Si las mujeres, ocupadas en las faenas de la casa, no tenían momento de vagar, tampoco los hombres permanecían ociosos. No cesaban los ruidos de la fragua y del torno. Mister Wolston, habilísimo mecánico, ayudado por monsieur Zermatt y por Ernest a veces, y muy pocas por Jack, que al menor claro salía fuera, fabricaba numerosos objetos de uso corriente, destinados a completar el material de Felsenheim.

La construcción de la capilla fue proyecto seriamente discutido y resuelto. La cuestión del sitio originó algún debate. Para unos el sitio debía ser frente al mar, sobre una de las riberas del litoral, a mitad del camino de Felsenheim y Falkenhorst, de forma que se pudiese ir a cada uno de estos lugares sin necesidad de andar mucho. Para otros, la capilla hubiera estado muy expuesta en tal lugar a las borrascas de alta mar, y creían preferible erigirla junto al arroyo de los Chacales. Pero madame Zermatt y mistress Wolston encontraron, no sin razón, que este lugar estaba muy alejado. Decidióse que la capilla se construiría en el extremo de la huerta y en lugar muy abrigado por la altura de las rocas.

Mister Wolston emitió entonces la idea de emplear materiales más sólidos y duraderos que la madera y el bambú. ¿Por qué no servirse de bloques calcáreos y hasta de los guijarros de la playa, como se hace en las ciudades marítimas? La cal sería suministrada por las madréporas, que, expuestas al fuego para que soltasen el ácido carbónico, se transformarían en mortero.

Cuando el tiempo lo permitiera se ocuparían en este trabajo, y seguramente dos o tres meses bastarían para que quedase terminado a satisfacción de todos.

En el mes de julio, corazón de la estación de las lluvias en aquella latitud, aumentó la intensidad de las turbaciones atmosféricas. Lo más frecuente era verse en la imposibilidad de salir de la casa. El granizo y los huracanes azotaban el litoral con una violencia de la que no podría darse idea. Parecía una descarga de metralla. Las olas se levantaban rugientes y su estrepitoso rumor repercutía en las cavidades de la costa. ¡Cuántas veces, saltando por las más altas peñas, caían formando grandes sábanas al pie de los árboles! Algunas veces, por la combinación del viento y de la marea, producíase un rápido reflujo que hacía retroceder las aguas del arroyo de los Chacales hasta el pie de la cascada. Monsieur Zermatt sentía inquietud por los campos vecinos. Fue preciso cortar el canal que unía el arroyo de los Chacales con el lago de los Cisnes, que, al estar demasiado lleno, hubiese anegado los alrededores de Waldegg. La situación de la pinaza y de la canoa en el fondo de la ensenadas inspiró también serios temores. Varias veces nuestros amigos fueron a asegurarse de que las anclas estaban bien y a doblar las amarras a fin de evitar todo choque contra las rocas. Por este lado nada hubo que lamentar, pero ¡en qué estado quedarían las granjas, principalmente Waldegg y Prospect-Hill, más expuestas que las otras por su proximidad al litoral, que el huracán batía con espantoso furor!

Llevados de estos pensamientos, monsieur Zermatt, Ernest, Jack y mister Wolston quisieron aprovechar un día de más calma para ir hasta el cabo de la Esperanza Perdida.

Los temores eran justificados. Las dos granjas habían sufrido bastante y exigirían trabajos de reparación, que por no poder ser emprendidos en aquella época, fueron dejados para cuando terminara la estación de las lluvias.

En la sala que servía de biblioteca, las dos familias pasaban de ordinario sus veladas. Ya se sabe que libros no faltaban: unos procedentes de la Licorne, y otros más modernos, regalo del capitán Littlestone; narraciones de viajes, obras de historia natural, zoología y botánica, leídos y releídos por Ernest, a los que había que añadir los que pertenecían a mister Wolston; manuales de mecánica, de meteorología, de física y de química. ¡Había hasta historias de cacerías en las Indias y en África que hacían nacer en Jack irresistible deseo de partir para estos países!

Mientras la tempestad mugía fuera, se leía en voz alta. Se conversaba, ya en inglés, ya en alemán, dos lenguas que todos hablaban perfectamente, no sin que los diccionarios fueran hojeados con frecuencia. Algunas noches se empleaban únicamente, ya la lengua de Gran Bretaña, ya la de la Suiza alemana, pero con menos facilidad la de la Suiza francesa. Solamente Ernest y Annah habían hecho grandes progresos en el estudio de esta hermosa lengua, tan clara, tan precisa, tan dúctil y tan propia para las ciencias y las artes. A todos les causaba gran placer oír hablar en francés a los dos jóvenes, aunque no siempre los comprendiesen.

Ya se ha dicho que el mes de julio era el más duro del año en aquella parte del océano índico. Cuando las tempestades se calmaban, espesa bruma envolvía la isla, hasta el punto de que no se hubiera distinguido un navío que pasara a algunos cables, ni se percibían las alturas del centro, ni los cabos del litoral. Tales nieblas debían extenderse en dirección este. ¿Podía temerse que algún barco se perdiese en estos parajes, como el Landlord y la Dorcas? El porvenir impondría a los nuevos colonos la necesidad de aclarar las costas de Nueva Suiza, cuyo aterramiento sería fácil, al menos por el norte.

– ¿Y por qué no hemos de construir un faro? —dijo Jack—. Un faro sobre el cabo de la Esperanza Perdida, por ejemplo, y otro en el cabo del Este. Con el fuego del islote del Tiburón los navíos entrarían sin dificultad en la bahía del Salvamento.

– Se hará, hijo mío —respondió monsieur Zermatt—, pues todo se hace con el tiempo. Afortunadamente el teniente Littlestone no tiene necesidad de faros para reconocer nuestra isla ni de fuegos para venir a anclar frente a Felsenheim.

– En fin… Creo que seremos capaces de aclarar el litoral —dijo Jack.

– ¡Nuestro amigo Jack de nada duda! —dijo mister Wolston.

– ¿Y por qué había de dudar después de lo que hasta aquí hemos hecho y de lo que nos proponemos hacer bajo vuestra dirección?

– ¿Oís el cumplido, mi querido amigo? —dijo monsieur Zermatt.

– Y no olvido a mistress Wolston ni a Annah —añadió Jack.

– A falta de sabiduría no peco de falta de voluntad —dijo Annah.

– Y con buena voluntad… —añadió Ernest.

– ¡Se levantan faros de doscientos pies sobre el nivel del océano! —concluyó Jack—. Cuento con Annah para colocar la primera piedra.

– ¡Cuándo queráis, Jack! —respondió riendo la joven.

Lugar oportuno es éste para referir una conversación mantenida en la mañana del 25 de julio.

Monsieur y madame Zermatt se hallaban en su habitación, cuando Ernest fue a reunirse con ellos. Tenía el aspecto más serio aún que de costumbre y sus ojos brillaban.

Deseaba dar parte a su padre de un descubrimiento cuya explotación, a su juicio, podía dar en lo por venir resultados de la mayor importancia.

Ernest tenía en la mano un objeto, que entregó a monsieur Zermatt después de haberlo mirado de nuevo.

Era uno de los guijarros recogidos en la quebrada, cuando la excursión efectuada en la canoa, en compañía de mister Wolston por el alto curso del río Montrose.

Cogió monsieur Zermatt el guijarro, cuyo peso le asombró. Después preguntó a su hijo por qué motivo se lo entregaba con tanto misterio.

– Vale la pena que se le dirijan algunas miradas —dijo Ernest.

– ¿Por qué?

– Porque ese guijarro es oro nativo.

– ¡Oro nativo…! —exclamó monsieur Zermatt.

Y acercándose a la ventana, examinó la piedra con mejor luz.

– Estoy seguro —afirmó Ernest—. Lo he estudiado detenidamente. He analizado algunas de sus partículas, y puedo asegurar que está compuesto en gran parte de oro nativo.

– ¿No te engañarás, hijo mío?

– ¡No, padre, no!

Madame Zermatt había escuchado el diálogo sin tomar parte en él, ni aun tender la mano para tomar el precioso objeto, cuyo descubrimiento no parecía inspirarle más que indiferencia.

– Tanto al subir como al bajar por la quebrada del Montrose, he advertido gran número de guijarros de esa especie —añadió Ernest—. Las pepitas abundan en esa parte de la isla.

– ¿Y eso qué importa, Ernest? —dijo madame Zermatt.

Monsieur Zermatt miró a su mujer, comprendiendo todo el desdén que la respuesta encerraba.

– Di, Ernest —preguntó a su hijo—, ¿has hablado con alguien de tu descubrimiento?

– Con nadie.

– Lo apruebo… y no porque no tenga confianza en tu hermano y en mistress Wolston… Pero creo que antes de divulgar el secreto merece que lo reflexionemos…

– ¿Qué hay, pues, que temer, padre? —dijo Ernest.

– Por el presente nada… pero sí por el porvenir de la futura colonia. Si se conoce la existencia de esos terrenos auríferos, si se sabe que la Nueva Suiza es rica en pepitas, los buscadores de oro acudirán en multitud y traerán todos los males, todos los desórdenes, todos los crímenes que son secuela de la conquista de ese metal. Verdad que lo que tú has visto no escapará a otros, y algún día serán conocidos los yacimientos del Montrose… Pero que suceda lo más tarde posible… Has hecho bien en guardar el secreto, hijo mío… y nosotros lo guardaremos también.

– Eso es hablar prudentemente, y apruebo tu decisión —dijo madame Zermatt—. No… Nada diremos, y no volveremos a la quebrada del Montrose. ¡Dejemos que obre la casualidad, o más bien Dios, que dispone de los tesoros de este mundo y los distribuye a su voluntad!

El padre, la madre y el hijo quedaron algunos instantes pensativos, firmemente resueltos a no aprovecharse del descubrimiento, dejando los guijarros en el sitio donde estaban. La árida región comprendida entre la parte alta del río y la base de las montañas no atraería durante largo tiempo a los nuevos habitantes de la isla, y, sin duda, se evitarían muchas desgracias.

La mala estación duró aún tres semanas. Los días buenos parecía que se retrasaban aquel año. Tras veinticuatro horas de calma, las borrascas venían con más fuerza, bajo la influencia de agitaciones atmosféricas que turbaban el norte del océano índico. Era el mes de agosto. Aunque este mes corresponde al de febrero del hemisferio septentrional, entre los trópicos y el ecuador las lluvias y los vientos comienzan a calmarse y el espacio a aligerarse de espesos vapores.

– En los doce años que aquí llevamos —dijo un día monsieur Zermatt— no hemos conocido tan larga serie de huracanes. De mayo a julio había momentos de calma, y a primeros de agosto se establecía el viento del oeste.

– Mi querida Merry —añadió madame Zermatt—, vais a formar mala idea de nuestra isla.

– Tranquilizaos, Betsie —respondió mistress Wolston—. En nuestra Inglaterra estamos acostumbrados al mal tiempo la mitad del año.

– No importa —declaró Jack—. Esto es abominable. ¡Un mes de agosto semejante en Nueva Suiza! Hace tres semanas que yo debía estar de caza, y todas las mañanas mis perros me preguntan qué significa esto.

– Tocamos al fin —dijo Ernest—. Según indican el barómetro y el termómetro, no tardaremos en entrar en el período de las tormentas, con el que termina generalmente la estación de las lluvias.

– Sea lo que sea —insistió Jack—, este abominable tiempo se prolonga demasiado. No es esto lo que habíamos prometido a mister y mistress Wolston, y estoy seguro de que Annah nos acusa de haberla engañado.

– No… Jack… no…

– ¡Y que deseará marcharse!

Los ojos de la joven respondieron por ella, expresando su satisfacción por la franca hospitalidad de la familia Zermatt. ¡Su esperanza era que nunca se separarían!

Como Ernest había dicho, la estación de las lluvias generalmente terminaba en violentas tempestades, que duraban cinco o seis días. Entonces el cielo estaba continuamente iluminado por relámpagos, seguidos de truenos tan fuertes que parecía que se venía abajo la bóveda celeste, y repercutidos por los múltiples ecos del litoral.

El 17 de agosto estas tormentas se anunciaron con un aumento en la temperatura, gran pesadez en la atmósfera y amontonamiento de gruesas nubes en el noroeste, de color lívido, indicios de gran tensión eléctrica.

Felsenheim, defendido sólidamente por su cubierta rocosa, desafiaba al viento y la lluvia. Allí no había que temer los rayos, que tan terribles consecuencias producen en el campo o entre los árboles por la facilidad para atraer el fluido. Claro es que madame Zermatt, mistress Wolston y Annah no se libraban de la impresión puramente física que causan las tormentas, aun cuando nada hay que temer de ellas; pero su temor no pasaba de los límites naturales.

En la noche del siguiente día el espacio fue turbado por el más terrible de los meteoros que hasta aquella época se habían presentado. Todos, reunidos en la biblioteca, se estremecieron al estrépito del trueno seco y desgarrador, que se prolongó durante largo tiempo.

Tras intervalo de un minuto, profundo silencio reinó fuera. A no dudar, el rayo acababa de caer no lejos de Felsenheim.

En aquel momento se oyó una detonación.

– ¿Qué es eso? —exclamó Jack.

– No es el ruido del trueno… —dijo monsieur Zermatt.

– Seguramente, no —respondió mister Wolston, acercándose a la ventana.

– Parece un cañonazo disparado en alta mar —añadió Ernest.

Todos escucharon con el corazón palpitante de emoción. Tal vez era un error… una ilusión de acústica… Quizá se trataba del último estampido del trueno… Pero… ¿y si era un cañonazo? ¿Se encontraba algún barco ante la isla… arrastrado por la tempestad… en peligro de perderse?

Sonó otro estampido… Fue igual al anterior, y esta vez sin que el relámpago brillase antes.

– ¡Otro! —repitió Jack—. Y esta vez no hay duda…

– No —afirmó mister Wolston—. Es un cañonazo.

Annah corrió hacia la puerta, gritando:

– ¡La Licorne! ¡No puede ser más que la Licorne!

Hubo algunos instantes de silencioso estupor. ¿La Licorne ante la isla, pidiendo auxilio? No… No… Se podía admitir que fuese otro barco arrastrado al nordeste, perdido entre los escollos del cabo de la Esperanza Perdida o del cabo del Este; pero era inadmisible que se tratase de la corbeta inglesa. Hubiera sido preciso que su partida de Europa se efectuara tres meses antes, y que, por consecuencia, hubiese abreviado considerablemente su estancia en Inglaterra… No… No. Monsieur Zermatt lo afirmaba con tal convicción, que todos opinaron como él… No podía ser la Licorne.

Sin embargo, no era menos terrible pensar que un barco se encontraba en peligro a poca distancia de la isla… que la tempestad lo había arrojado contra el escollo donde el Landlord había perecido… que pedía auxilio inútilmente.

Monsieur Zermatt y Wolston, Ernest y Jack salieron, aguantando la lluvia, y treparon a lo alto de Felsenheim.

Era tal la oscuridad, que la mirada no podía extenderse más allá de algunas toesas por la parte del mar. Los cuatro hombres tuvieron que volver sin haber visto nada en la superficie de la bahía del Salvamento.

– Además, ¿qué auxilio podríamos prestar a ese barco? —dijo Jack.

– Ninguno —respondió monsieur Zermatt.

– ¡Recemos por los desdichados que están en peligro! —dijo mistress Wolston—. ¡Qué Dios les proteja y les salve! Las tres mujeres se arrodillaron junto a la ventana, y los hombres quedaron inclinados tras ellas. Como no se oyeron más detonaciones, se dedujo que el barco se había perdido por completo o que había pasado a lo largo de la isla. Aquella noche nadie abandonó la sala, y al llegar el día, calmada ya la tempestad, todos se lanzaron fuera del cercado de Felsenheim. No había ningún barco a la vista, ni en la bahía del Salvamento, ni en el brazo de mar comprendido entre el cabo de la Esperanza Perdida y el cabo del Este. Tampoco se advertía resto alguno de un navío que hubiese naufragado en el escollo del Landlord, a tres leguas de allí.

– ¡Vamos al islote del Tiburón! —dijo Jack.

– Tienes razón —respondió monsieur Zermatt—. Desde lo alto de la batería la vista alcanzará más.

– Y podemos disparar algunos cañonazos —añadió Jack—. ¡Quién sabe si serán oídos en alta mar… y responderán a ellos! Lo difícil era ganar el islote del Tiburón, pues la bahía debía de estar aún muy agitada. Pero la distancia no era más que de una legua, y la chalupa podía arriesgarse a la empresa. Mistress Wolston y madame Zermatt, devoradas por la inquietud, no se opusieron a este proyecto… Se trataba de salvar un barco. A las siete la chalupa abandonó la ensenada. Monsieur Zermatt y mister Wolston, Ernest y Jack bogaban con vigor, ayudados por la corriente. Algunos golpes del mar que recibieron en la proa no les hicieron retroceder. Cuando llegaron al islote, los cuatro desembarcaron en la parte baja de las rocas. ¡Qué cambio! ¡Qué destrozos! Aquí y allí árboles arrancados por el viento; rotas las vallas del cercado de los antílopes; los animales huyendo por todas partes llenos de espanto. Bien pronto llegaron monsieur Zermatt y sus compañeros a la base del montículo de la batería, y, naturalmente, Jack fue el primero que apareció en la cumbre.

– ¡Venid… venid! —exclamó con voz que revelaba la impaciencia. Monsieur Zermatt, mister Wolston y Ernest se apresuraron a reunirse con él. El cobertizo, bajo el que estaban los dos cañones, habíase incendiado durante la noche, y no quedaban de él más que humeantes restos. El mástil del pabellón, hendido por la mitad, yacía entre un montón de hierbas, medio consumido. Los árboles, cuyas ramas se entrecruzaban por encima de la batería, estaban deshechos, y se veían las huellas de las llamas que habían devorado sus últimas ramas.

Las dos piezas seguían sobre sus cureñas, pues su peso las había librado de ser arrancadas de allí por la borrasca. Ernest y Jack habían llevado mechas para reemplazar a las que debían de estar fuera de uso, y también iban provistos de cartuchos para disparar si se oían detonaciones en alta mar. Jack, colocado junto a la primera pieza, hizo fuego. La mecha se quemó del todo, pero el tiro no salió.

– La carga no ha podido inflamarse —dijo mister Wolston.

– Cambiémosla —respondió monsieur Zermatt—. Jack, toma el escobillón, procura desatascar la pieza y coloca otro cartucho. Jack hizo lo que su padre le mandaba y con gran sorpresa notó que el escobillón llegaba al fondo. El cartucho había desaparecido. Lo mismo pasó con la otra pieza.

– ¿Han sido, pues, disparadas? —dijo mister Wolston.

– ¿Disparadas? —repitió monsieur Zermatt.

– Sí… Las dos… —dijo Jack.

– Pero ¿por quién?

– ¿Por quién? —respondió Ernest después de una rápida reflexión—. Por la tempestad.

– ¿Cómo? ¡Por la tempestad! —exclamó monsieur Zermatt.

– Sin duda, padre. El rayo ha caído sobre el montículo. El cobertizo se ha incendiado, y cuando el fuego ha llegado a las dos piezas… se han disparado… Los restos incendiados, que yacían en el suelo justificaban esta explicación… Pero ¡qué horas de ansiedad habían pasado los huéspedes de Felsenheim durante aquella interminable noche de tempestad!

– ¡Una tempestad que hace de artillero…! —exclamó Jack—. Júpiter tonante que se mezcla en lo que no le importa. Cargadas de nuevo las piezas, la chalupa abandonó el islote del Tiburón, donde, cuando el tiempo lo permitiera, monsieur Zermatt construiría el cobertizo. Resultaba, pues, que durante la precedente noche ningún barco se había presentado a vista de la isla, ni se había perdido entre los escollos de la Nueva Suiza.

Sürgöny

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