El secreto de Maston

CAPÍTULO XX

DONDE TERMINA ESTA CURIOSA HISTORIA, TAN VERÍDICA COMO INVEROSÍMIL

Barbicane... ? ¿Nicholl?

– ¡Maston!

– ¿Vosotros?

– ¡Nosotros!

Y en este pronombre, lanzado simultáneamente por los dos colegas en un tono singular, sentíase todo lo que en él había de ironía y de reproche.

J. T. Maston pasó el gancho de hierro por su frente. Luego, con voz que silbaba entre sus labios, como la de un áspid –habría dicho Ponson du Terrail–, preguntó:

– ¿Vuestra galería del Kilimanjaro tenía seiscientos metros de largo por veintisiete de ancho?

– ¡Sí!

– ¿Vuestro proyectil pesaba ciento ochenta millones de kilogramos?

– ¡Sí!

– ¿El disparo ha sido hecho con dos mil toneladas de meli-melonita?

– ¡Sí!

Estos tres «sí» cayeron como golpes de maza sobre el occipucio de J. T. Maston.

– Entonces, yo creo... –continuó.

– ¿Qué? –preguntó el presidente Barbicane.

– Lo siguiente –respondió J. T. Maston–: ¡Que si la operación ha fracasado es porque la pólvora no ha dado al proyectil una velocidad inicial de dos mil ochocientos kilómetros!

– ¿De veras? –dijo el capitán Nicholl.

– ¡Y que vuestra meli-melonita no es buena más que para cañones de caña!

El capitán Nicholl dio un salto al oír esto, que para él era una sangrienta injuria.

– ¡Maston! –exclamo.

– ¡Nicholl!

– Cuando queráis batiros a la meli-melonita...

La señora Evangelina Scorbitt tuvo que intervenir para calmar a los dos irascibles artilleros.

– ¡Señores...! ¡Señores! –dijo–. ¡Entre colegas...!

Y entonces el presidente Barbicane tomó la palabra con voz más tranquila, diciendo:

– ¿De qué sirven las recriminaciones? ¡Es cierto que los cálculos de nuestro amigo Maston debían ser exactos, como es cierto que el explosivo de nuestro amigo Nicholl debía ser suficiente! ¡Sí...! ¡Nosotros hemos llevado exactamente a la práctica los datos de la ciencia...! ¡Y, sin embargo, el experimento ha fallado! ¿Por qué razones...? ¡Acaso no lo sabremos nunca...!

– ¡Pues bien –exclamó el secretario del Gun Club, –lo volveremos a comenzar!

– ¿Y el dinero que ha sido tirado a la calle? –hizo observar el capitán Nicholl.

– ¿Y la opinión pública –añadió la señora Evangelina Scorbitt–, que no os permitiría arriesgar por segunda vez la suerte del mundo?

– ¿Qué va a ser de nuestro dominio circumpolar? –añadió el capitán Nicholl.

– ¿A qué precio van a bajar las acciones de la North Polar Practical Association? –exclamó el presidente Barbicane.

¡La ruina...! Se había producido ya, y se ofrecían los títulos a montones, al precio del papel para envolver.

Tal fue el resultado de aquella operación gigantesca. Tal fue el fiasco memorable en que pararon los proyectos sobrehumanos de Barbicane y Compañía.

Si alguna vez la burla universal se desató contra ingenieros mal inspirados; si alguna vez los artículos satíricos de los periódicos, las caricaturas, las canciones, las parodias, tuvieron asunto en qué emplearse, puede afirmarse que fue en aquella ocasión, mejor que en ninguna otra. El presidente Barbicane, los administradores de la nueva Sociedad, sus colegas del Gun Club, fueron menospreciados. Por todas partes se les calificaba de una manera tan... burlesca, que aquellos calificativos no podrían ser repetidos en latín, ni siquiera en volapük. Europa, sobre todo, se desencadenaba en bromas tales, que acabaron por escandalizar a los yanquis. Y no olvidando que Barbicane, Nicholl y Maston eran de origen americano, y que pertenecían a aquella célebre asociación de Baltimore, faltó poco para que obligasen al Gobierno federal a declarar la guerra al Viejo Mundo.

En fin, dio el último golpe una canción francesa que el ilustre Paulus –que aún vivía en aquella época– puso de moda. Esta canción recorrió los cafés cantantes del mundo entero.

He aquí uno de sus cuplés más aplaudidos:

Componer nuestra vieja Catalina

La ciencia de tres locos determina,

Enderezando su eje que se inclina,

¡Al disparo de horrenda culebrina!

¡Ya el momento solemne se avecina

De que esa trinidad nos haga quina...!

¡Apunten...! ¡luego! ¡Pum! –¡broma supina!–

Al darle fuego a la espantosa mina,

Por la culata reventó la indina...

¡Que viva nuestra vieja Catalina!

Pero ¿se sabría alguna vez dónde radicaba el fracaso de aquella empresa? ¿Este fracaso probaba que la operación era imposible de realizar, que las fuerzas de que disponen los hombres jamás serán bastantes para producir una modificación en el movimiento diurno de la Tierra; que jamás los territorios del Polo ártico podrán ser cambiados de latitud para ser llevados a un punto en que sus hielos sean fundidos naturalmente por los rayos del Sol?

Sobre esta cuestión se supo a qué atenerse algunos días después de la vuelta del presidente Barbicane y de su colega a los Estados Unidos.

En Le Temps del 17 de octubre apareció una simple nota, con la cual el periódico de M. Hébrad prestaba al mundo el servicio de informarle sobre aquel punto tan interesante para su seguridad.

La nota estaba concebida en estos términos:

«Se sabe cuál ha sido el resultado de la empresa que tenía por objeto la creación de un nuevo eje. Sin embargo, los cálculos de J. T. Maston, que descansaban en datos exactos, habrían producido los resultados apetecidos, si, a consecuencia de una distracción inexplicable, no hubiesen padecido error desde un principio.

»En efecto; cuando el célebre secretario del Gun Club tomó por base la circunferencia del esferoide terrestre, la fijó en cuarenta mil metros –en vez de cuarenta mil kilómetros–, lo cual ha falseado la solución del problema.

¿De dónde puede provenir tal error...? ¿Quién ha podido causarlo...? ¿Cómo ha podido cometerlo un matemático tan notable...? Esto es para perderse en vanas conjeturas.

»Lo cierto es que el problema de la modificación del eje terrestre, formulado correctamente, había debido ser exactamente resuelto. Pero este olvido de tres ceros ha producido un error de doce ceros en el resultado final.

»No es un cañón un millón de veces mayor el cañón de veintisiete, sino un trillón de estos cañones, lanzando un trillón de proyectiles de ciento ochenta mil toneladas, lo que se necesitaría para cambiar de sitio el Polo en 23° 28', admitiendo que la meli-melonita tuviera la potencia expansiva que le atribuye el capitán Nicholl.

»En suma, el disparo hecho en el Kilimanjaro no ha movido el Polo más que en tres micrones (tres milésimas de milímetro) y no ha hecho variar el nivel del mar, como máximo, más que en nueve milésimas de micrón!

»En cuanto al proyectil, nuevo pequeño planeta forma parte desde ahora de nuestro sistema, donde lo retiene la atracción solar. ----–Alcides Pierredos.»

¡ De modo que era una distracción de J. T. Maston, un error de tres ceros al principio de sus cálculos, lo que había producido aquel resultado humillante para la nueva Sociedad!

Pero si sus colegas del Gun Club se mostraron furiosos contra él, si lo llenaron de maldiciones, se efectuó en el público una reacción en favor del pobre hombre. Después de todo, aquella falta había sido causa de todo el mal –o, mejor, de todo el bien–, puesto que había librado al mundo de la más espantosa de las catástrofes.

¡De aquí se originó que lloviesen parabienes de todas partes, con millones de cartas, que felicitaban a J. T. Maston por haberse equivocado en tres ceros!

J. T. Maston, más desconcertado y más disgustado que nunca, no quería oír nada del formidable hurra que la Tierra lanzaba en su honor. El presidente Barbicane, el capitán Nicholl, Tom Hunter, el de las piernas de palo, el coronel Bloomsberry, Bilsby y sus compañeros, no lo perdonarían jamás...

Al menos le quedaba la señora Evangelina Scorbitt. Aquella excelente mujer no podía olvidarlo.

Ante todo, J. T. Maston quiso rehacer sus cálculos, sin admitir que se hubiera distraído hasta aquel punto.

¡Y era así, sin embargo! Alcides Pierredos no se había engañado. ¡Y he aquí por qué, habiendo advertido el error en el último momento, cuando ya no tenía tiempo para tranquilizar a sus semejantes, aquel hombre estaba tan tranquilo en medio de las angustias generales! ¡He aquí por qué brindaba por el Viejo Mundo a la hora en que se hacía el disparo del Kilimanjaro!

– ¡Sí! ¡Tres ceros olvidados en la medida de la circunferencia!

De pronto vino un recuerdo a la mente de J. T. Maston. Era el principio de su tarea, cuando acababa de encerrarse en su gabinete de trabajo de BallisticCottage. Había escrito perfectamente el número 40.000.000 sobre el encerado...

¡En aquel momento suena una llamada del timbre telefónico! J. T. Maston se dirige hacia el aparato... Cambia algunas palabras con la señora Evangelina Scorbitt... De pronto, una descarga eléctrica lo tira por tierra, y tira también el encerado... Se levanta... Comienza a volver a escribir el número, medio borrado en la caída... Apenas había escrito las cifras 40.000... cuando el timbre suena de nuevo... Y al ponerse otra vez a trabajar, olvida los tres últimos ceros del número que mide la circunferencia de la Tierra.

Pues bien: de todo tema la culpa la señora Evangelina Scorbitt. ¡ Si ella no lo hubiera llamado, acaso no habría recibido la descarga eléctrica! ¡ Acaso la tempestad no le hubiera jugado una de esas malas pasadas que bastan para comprometer toda una vida de buenos y honrados cálculos!

¡Qué impresión recibió la desdichada mujer cuando J. T. Maston le dijo en qué circunstancias se produjo el error...! ¡Sí...! ¡Ella era la causante del desastre...! ¡Por ella era por quien J. T. Maston se veía deshonrado para todos los largos años que le quedaban que vivir (porque se muere generalmente centenario en la venerable asociación del Gun Club)!

Después de esta conversación, J. T. Maston había huido del hotel de NewPark, y vuelto a Ballistic-Cottage. Medía a grandes pasos su gabinete de trabajo, repitiendo :

– ¡Ahora ya no sirvo para nada en el mundo...!

– ¿Ni siquiera para casaros? –dijo una voz que la emoción hacía desgarradora.

Era la señora Evangelina Scorbitt. Desesperada y llorosa, había seguido a J. T. Maston...

– ¡Querido Maston! –dijo.

– ¡Pues bien! ¡Sí...! Pero con una condición...: ¡ que no haré más matemáticas!

– ¡Amigo, las aborrezco! –respondió la excelente viuda.

Y el secretario del Gun Club convirtió a la señora Evangelina Scorbitt en señora de J. T. Maston.

En cuanto a la nota de Alcides Pierredos, ¡qué honor, qué celebridad proporcionó a este ingeniero! Traducida a todas las lenguas, insertada en todos los periódicos, aquella nota esparció su nombre a través del mundo entero. Y sucedió que el padre de la linda provenzal, que le había negado la mano de su hija «porque era demasiado sabio», leyó dicha nota en el Petit Marsellats, y después de haber comprendido su significación sin ningún auxilio extraño, lleno de remordimiento envió a su autor una invitación para almorzar.

Sürgöny

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