CAPÍTULO II
EN EL CUAL SE PRESENTAN AL LECTOR LOS DELEGADOS INGLÉS, HOLANDÉS, SUECO, DANÉS Y RUSO
EL documento merecía una respuesta. Efectivamente: si la nueva Sociedad adquiría las regiones polares, estas regiones se convertirían definitivamente en propiedad de los americanos, o mejor dicho, de los Estados Unidos, confederación que tiende a extenderse incesantemente. Ya, años atrás, cuando Rusia cedió los territorios de la cordillera septentrional hasta el estrecho de Behring, los Estados Unidos se añadieron un buen pedazo del Nuevo Mundo, y era de presumir que las demás potencias no verían con buenos ojos la conexión de las regiones árticas a la República federal americana.
Sin embargo, ya hemos dicho que los Estados de Europa y Asia no limítrofes de aquella región renunciaron a tomar parte en la subasta, por considerar muy problemáticos sus resultados. Solamente las potencias próximas al paralelo 84 acordaron hacer valer sus derechos por mediación de delegaciones oficiales. Ya veremos, además, que no tenían intención de comprar más que a un precio moderado, ya que se trataba de unos dominios de los cuales seguramente les sería imposible llegar a tomar posesión. No obstante, la insaciable Inglaterra se creyó en el deber de abrir un crédito importante a su representante. Apresurémonos a decir, sin embargo, que la cesión de las regiones polares no era ninguna amenaza para el equilibrio europeo y que no causaría ningún conflicto internacional. El canciller Bismark, al enterarse, ni tan sólo frunció el ceño de Júpiter alemán.
Quedaban tan solamente Inglaterra, Dinamarca, Suecia-Noruega, Holanda y Rusia como únicas potencias admitidas a hacer proposiciones en la subasta de Baltimore, en puja con los Estados Unidos El casquete helado del Polo Norte quedaría en propiedad del mejor postor, que se convertiría inmediatamente en dueño indiscutible del mismo.
Especificaremos ahora las razones personales por las cuales los cinco Estados europeos deseaban muy lógicamente que se les adjudicase los terrenos que iban a ser objeto de la extraordinaria y original subasta convocada en la ciudad de Baltimore.
Suecia-Noruega, propietaria del cabo Norte, situado más allá del paralelo setenta, alegó que se consideraba con derechos sobre los vastos territorios que se extienden desde el Spitzberg hasta el propio Polo. Efectivamente, el noruego Kheilhau y el sueco Nordenskiold habían contribuido a los progresos geográficos de aquella parte de la tierra. Esto era innegable.
Dinamarca decía: «Que había sido propietaria ya de Islandia y de las islas Feroe, cercanas a los lindes del círculo polar; que las colonias fundadas al norte de las regiones árticas le pertenecían, así como la isla Disko, en el estrecho de Davis; los establecimientos de Holsteinburg Proven, Godhavn y Uppernavik, en el mar de Baffin y en la costa occidental de Groenlandia. Además el célebre navegante Behring de origen danés, aunque en aquella época estuviera al servicio de Rusia, había franqueado el año 1728 el estrecho que lleva su nombre yendo a morir miserablemente trece años más tarde, junto con treinta hombres de su tripulación, en una isla que también lleva su nombre. Con anterioridad, en el año 1619, el navegante Munk había explorado la costa oriental de Groenlandia, descubriendo muchos puntos completamente desconocidos. Dinamarca podía presentar, pues, auténticos derechos.
En cuanto a Holanda, fueron sus marinos Barentz y Heemskerk los que llegaron hasta Spitzberg y Nueva Zembla a fines del siglo XVI. Holandés era también Juan Maven, quien en una osada expedición hacia el norte, había conquistado en 1611 la isla que lleva su nombre, situada más allá del grado setenta y uno de latitud. Tenía motivos justificados, pues, en su pasado para empeñarse en tener una activa participación en aquel asunto.
Por lo que se refiere a los rusos, contaban con Alexis Chirikov, que tuvo a Behring bajo sus órdenes; con Paulutski, cuya expedición en 1751 llegó más allá de los límites del mar Glacial; el capitán Martin Spanberg y el teniente William Walton, que se aventuraron por aquellas tierras ignotas en 1739, todos los cuales les acreditaban de haber tomado parte activa en las investigaciones efectuadas a través del estrecho que separa Asia de América. Además, debido a la situación de su territorio siberiano, que se extiende sobre ciento veinte grados hasta los límites extremos de Kamchatka a lo largo de aquel enorme litoral asiático, habitado por samoyedos, vakutas, tchuktchis y otros pueblos sometidos a su autoridad, ya domina casi la mitad del océano boreal Y más aún, en el paralelo 75, a menos de novecientas millas del Polo, posee las islas y los islotes de Nueva Siberia, el archipiélago de las Liatkov, descubiertas a principios del siglo XVIII. Y por fin, desde 1764, mucho antes que los ingleses, los americanos y los suecos, el navegante Chichagov había buscado el paso del Norte, a fin de disminuir la ruta entre ambos continentes.
Sin embargo, a pesar de tener en cuenta todo lo expuesto, parecía que eran los americanos los más directamente interesados en llegar a ser los propietarios de aquella parte inaccesible del Globo. También ellos habían intentado muchas veces llegar hasta ella. Una vez dedicándose a la busca de Sir John Franklin, con Glinnell. Kane, Hayes, Greely, De Long y muchos más navegantes intrépidos. También ellos podían alegar la situación geográfica de su país, que se extiende hasta más allá del Círculo Polar, desde el estrecho de Behring hasta la bahía de Hudson. Todas aquellas tierras, todas las islas, Wollaston, Príncipe Alberto, Victoria, Rey Guillermo, Melville, Cockburne, Banks, Baffin, además de los millares de islotes que forman este archipiélago, ¿no eran como una prolongación que las unía al grado noventa? Y todavía hay más, si el Polo Norte enlaza en una línea casi ininterrumpida de territorios con los demás continentes de la Tierra, ¿no es, en definitiva, con América más bien que con los extremos de Europa o Asia? Por esto era muy natural que la propuesta de adquisición hubiera sido lanzada por el Gobierno de los Estados Unidos en favor de una Sociedad americana; y entre todas las potencias, eran los Estados Unidos y América quienes tenían un derecho menos discutible sobre las demás para la posesión del territorio ártico.
Debemos tener en cuenta, además, que los Estados Unidos, poseyendo todavía al Canadá y la Columbia inglesa, y que contaba en su historial con gran número de marinos que se habían distinguido en varias expediciones árticas, exponía asimismo sus sólidas razones para anexionarse aquella parte de la Tierra aumentando así su importante imperio colonial. Por esto los periódicos americanos llenaban sus páginas con largos y apasionados comentarios que suscitaban unas no menos largas y apasionadas discusiones.
El gran geógrafo inglés Kliptringan, publicó en el Times un artículo que causó sensación. «No puede negarse –decía– que Suecia, Dinamarca, Holanda, Rusia y los Estados Unidos pueden hacer valer sus derechos. Pero para Inglaterra representaría una afrenta que la tuviesen al margen y se le escaparan estos dominios. ¿No es casi dueña absoluta de la parte norte del nuevo continente? ¿No fueron sus propios descubridores quienes conquistaron los territorios e islas que lo componen, desde Willoughi, que en el año 1739 pasó por Spitzberg y Nueva Zembla, hasta Mac Clure, que franqueó el paso del Noroeste en 1853?»
Y el almirante Fize, añadía en el Standard: «Y Hall, Weymouth, Hudson, Baffin, Cook, Ross, Parry, Clintock, Kennedy, Nares, Collinson, Arcrer, etc., ¿no eran de origen anglosajón? No existe otro país que pueda reclamar más justamente las tierras de las regiones polares que estos navegantes habían intentado alcanzar.»
«Muy bien –contestaba el Courrier de San Diego (California)–, ya que se trata de una cuestión de pundonor entre Inglaterra y Estados Unidos, pongámonos en igualdad de condiciones y tratemos el asunto sobre el mismo terreno: Si el inglés Markham, de la expedición Nares, alcanzó los 83° 20' de latitud septentrional, los americanos Lockwood y Brainard, de la expedición Greely, hicieron brillar las treinta y ocho estrellas 2 de la bandera de los Estados Unidos quince minutos de grado más adelante, o sea a 83° 35'. Ellos son, pues, quienes pueden reclamar el honor de haberse acercado más al Polo Norte.»
La controversia continuaba por el mismo estilo.
En fin, para completar la lista de navegantes que se aventuraron dentro de las regiones árticas, debemos mencionar también al veneciano Cabot (1498) y al portugués Cortereal (1500), que descubrieron Groenlandia y el Labrador. Pero ni Italia ni Portugal tenían la intención de tomar parte en la subasta, siéndoles indiferente que cualquier otro Estado se beneficiara con ella.
Era de prever que la lucha que se sostendría se basaría principalmente en dólares y libras esterlinas, más que una pugna entre Inglaterra y América.
De todas maneras, al enterarse de la propuesta lanzada por la North Polar Practical Association, los países afectados lindantes con las regiones boreales se habían apresurado a celebrar Congresos comerciales y científicos para tratar sobre sus respectivas posiciones. Después de muchas discusiones, acordaron acudir a la subasta, que se había fijado para el día 3 de diciembre, en la ciudad de Baltimore, señalando a cada uno de sus delegados un crédito limitado al efecto. El producto de la venta se repartía entre los cinco Estados no adjudicatarios, que la recibían como indemnización a la cesión, y con expresa renuncia por su parte a reclamar cualquier derecho en el futuro.
Después de vivas discusiones, el asunto quedó resuelto. Todos los países interesados aceptaron la designación de la ciudad de Baltimore como lugar de celebración de la subasta, de acuerdo con lo indicado por el Gobierno de los Estados Unidos. Y tres semanas antes de la fecha señalada llegaban a los Estados Unidos, procedentes de Londres, La Haya, Estocolmo, Copenhague y San Petersburgo, respectivamente, los cinco delegados de cada país, debidamente provistos de sus cartas de crédito.
Por aquel entonces, los Estados Unidos estaban representados solamente por la North Polar Practical Association, o sea, por aquel desconocido William S. Forster, cuyo nombre apareció por vez primera en el ejemplar del New York Herald el día 7 de noviembre.
En cuanto a los demás delegados elegidos por los distintos Estados europeos, eran los que detallamos a continuación:
Por Holanda: Jacques Jansen, antiguo consejero de las Indias holandesas; cincuenta y tres años, grueso, bajo, todo busto y brazos y piernas cortos, cara redonda y colorada, con una gran pelambrera en la cabeza formando aureola y largas patillas canosas; tenía todo el aspecto de ser una buena persona, y no demostraba tener mucha fe en aquella empresa, a la cual no veía ningún resultado práctico.
Por Dinamarca: Eric Baldenak, ex subgobernador de las posesiones groenlandesas; de estatura mediana, andaba con un hombro más subido que el otro, sacando el vientre y con una enorme cabeza cuya nariz no menos enorme sostenía unos lentes de gruesos cristales, ya que era extraordinariamente miope; no admitía que se discutieran los derechos de su país, que él consideraba como el único y legítimo propietario de las regiones polares.
Por Suecia y Noruega: Jan Harald, profesor de cosmografía en Cristianía, uno de los partidarios más fervientes de la expedición Nordenskiold; era el
2 Número de Estados que en aquella época constituían la Unión.
prototipo del hombre del norte, de tez rojiza, barba de un rubio dorado, y estaba convencido de que el casquete polar, formado sólo por el mar Paleocrústico, no valía absolutamente nada. Por esto apenas si mostraba interés por el asunto y su presencia era puramente formularia.
Por Rusia: el coronel Boris Karkov, medio militar, medio diplomático, alto, enjuto, con unas melenas tan largas que se le juntaban con el bigote y la barba dándole un curioso aspecto; parecía no hallarse a gusto vestido de paisano, y continuamente se ponía una mano al lado en un gesto automático de apoyarse sobre la espada que habitualmente le colgaba del cinto. Mostraba una gran curiosidad por saber lo que saldría de todo aquello, y se preguntaba si a fin de cuentas la propuesta de la North Polar Practical Asociation no daría origen a un sinfín de problemas internacionales.
Por Inglaterra: el comandante Donellan y su secretario Dean Toondrik. Estos dos personajes representaban todas las aspiraciones de la Gran Bretaña, su instinto comercial e industrial que los inducía a considerar como propios los terrenos septentrionales, meridionales o ecuatoriales que no pertenecían a nadie.
El mayor Donellan era un verdadero inglés, muy alto, muy delgado, huesudo, nervioso, anguloso, con el cuello estirado como un pato saliéndole por entre los hombros caídos, muy bien conservado pese a sus sesenta años y a su actividad infatigable –de la que había dado pruebas bastantes cuando trabajaba en la delimitación de la frontera entre la India y Birmania–. Nunca se reía y nadie podía decir que lo hubiera visto reír jamás.
En cambio, su secretario, Dean Toondrik, era todo lo contrario: un chico fuerte, de ojos picarescos, alegre, hablador. Escocés de nacimiento, era famoso en su población natal por su afición a los chistes y a las bromas. Pero cuando se trataba de defender las reivindicaciones de su país, por absurdas que fuesen, no se mostraba menos serio e intransigente que el mayor Donellan.
Estos dos personajes serían sin duda los mayores adversarios de la Sociedad americana. Tenían la convicción que el Polo Norte les pertenecía por derecho propio, que era suyo ya desde los tiempos prehistóricos, como si al crear el mundo Dios hubiera designado a los ingleses para que aseguraran la rotación de la Tierra alrededor de su eje con la seguridad que ya sabrían impedir que cayera en poder de extraños.
Debemos hacer notar que, aunque Francia había declinado la invitación de enviar una delegación de su país, ni oficialmente ni oficiosamente, un ingeniero francés había tenido la idea de ir allí, «por amor al arte», para seguir de cerca el curso de tan extraordinario asunto. Ya le veremos aparecer en el momento oportuno.
Los cinco representantes de las cinco potencias septentrionales de Europa, desembarcaron en Baltimore en distintas fechas, pues hicieron el viaje en vapores distintos, quizá con el fin de no influirse unos a otros, quizá porque eran rivales. Cada cual traía consigo el crédito necesario para la lucha. Pero hemos de reconocer que no todos combatían con las mismas armas. Si unos disponían de una cantidad que rebasaba el millón, otros no podían disponer más que de una suma que era inferior a dicha cantidad. Y verdaderamente, tratándose de la adquisición de un pedazo de tierra en la cual era improbable que pudieran nunca instalarse, esta cantidad aún era excesiva. Naturalmente, el delegado inglés era el que iba mejor preparado, ya que el Gobierno de la Gran Bretaña le había abierto un crédito de consideración. Disponiendo de un crédito así, al comandante Donellan no le costaría mucho derrotar a sus adversarios de Suecia, Dinamarca, Holanda y Rusia. En cuanto a América ya era distinto; porque en el terreno del dinero, sería algo difícil llegar a vencerla. Era más que seguro que la desconocida Sociedad contase con abundancia de dinero y dispusiese largamente de los fondos necesarios para ganar. Podía conjeturarse, pues, que la lucha a millonazo limpio, se reduciría a la competencia entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña.
Al desembarcar los delegados de las diversas naciones de Europa, la opinión pública del país empezó a apasionarse por el asunto. Los periódicos publicaron las más extraordinarias noticias y corrían toda suerte de rumores referentes a aquella adquisición del Polo Norte. ¿Que se pretendía con ello? A primera vista nada, como no fuera almacenar hielo para el Nuevo y Viejo Mundo. Esto, al menos, es lo que publicó un periódico de París, comentando jocosamente esta hipótesis.
Pero, para conseguirlo, tenían que franquear todavía el paralelo 84.
Mientras tanto, los delegados europeos que habían procurado evitarse durante el viaje, al hallarse reunidos en Baltimore empezaron a tratarse unos a otros. He aquí por qué razones:
Tan pronto llegaron, cada uno de ellos por separado había intentado ponerse en comunicación con la North Polar Practical Association, a escondidas de los demás, para averiguar los motivos que se ocultaban detrás de aquel asunto, y qué beneficios esperaba sacar la mencionada Sociedad. Pero se encontraron que no existía ninguna oficina en Baltimore ni ningún empleado de la Sociedad que pudiera informarles. En el anuncio rezaba: Para información, dirigirse a William S. Forster, en Highstreet. Pero esta persona era un vulgar consignatario de bacalao que estaba tan ignorante de la cosa como el último mozo de cuerda de la población.
Por consiguiente, ninguno de los cinco delegados pudo saber nada y tuvieron que conformarse con hacer conjeturas basadas sobre los rumores que circulaban. ¿Era un secreto impenetrable que no se daría a conocer más que por la propia Sociedad? Esto es lo que todos se preguntaban, y seguramente no recibirían respuesta a sus preguntas hasta después de celebrada la subasta.
Con tal motivo, los diferentes delegados tuvieron ocasión de tratarse, visitarse, y ponerse en comunicación unos con otros con frecuencia, previendo, acaso, la conveniencia de unirse en un bloque contra el enemigo común: la misteriosa Compañía norteamericana.
Tanto es así, que el día 22 de noviembre, por expresa convocatoria del coronel Boris Karkov, que ya hemos dicho que era un astuto diplomático, los delegados europeos se reunieron en las habitaciones que el comandante Donellan y su secretario Dean Toondrik ocupaban en el Hotel Wolesley de Baltimore.
Empezaron a discutir primeramente sobre las consecuencias comerciales e industriales que tendría la pretendida adquisición de los territorios árticos por la Sociedad americana.
El profesor Jan Harald preguntó a sus colegas si habían podido obtener alguna noticia sobre aquel particular, y todos confesaron que habían hecho todo lo posible para sonsacar algún informe de William S. Forster.
– Pero todo ha sido inútil –reconoció Eric Baldenak.
– Yo no he podido sacar nada en claro –dijo Jacques Jansen.
– Yo visité personalmente los almacenes de High Street, en nombre del señor Donellan –explicó Dean Toondrik–, y me recibió un hombre más bien grueso, vestido de negro, con un ancho delantal blanco que le llegaba hasta los pies y cubierta la cabeza con un sombrero de copa. Al preguntarle si podía informarme del asunto que nos ocupa, me contestó que acababa de llegar el South-Star con un buen cargamento de Terranova, y que si deseaba adquirir una buena partida de bacalao fresco podía proporcionármelo por cuenta de la casa Ardrinell y Compañía.
– Casi sería mejor comprar una buena partida de bacalao que tirar el dinero al fondo del océano Glacial –dijo el antiguo consejero de las Indias neerlandesas, con su habitual escepticismo.
– No se trata de eso –repuso el comandante Donellan con sequedad y altanería–. No nos hemos reunido para hablar de bacalao, sino de la compra del casquete polar.
– ¡ Que los Estados Unidos están decididos a ponerse en la cabeza! –añadió Dean Toondrik, riéndose de sus propias palabras.
– No, que podría enfriarse –dijo Karkov.
– No nos salgamos de la cuestión –replicó el comandante Donellan–; nos hemos reunido para hablar seriamente y los resfriados no tienen nada que ver con lo que nos interesa. Lo cierto es que, por razones que ignoramos por el momento, los Estados Unidos de América, representados por la North Polar Practical Association (fíjense ustedes en esta palabra: Practical) están dispuestos a adquirir una superficie de terreno de cuatrocientas siete mil millas cuadradas en la Zona del Polo Norte, superficie que actualmente (no lo olviden, señores: actualmente) está circunscrita por el grado 84 de latitud boreal...
– Todos estamos enterados de esto, señor Donellan –le interrumpió Jan Harald–, pero lo que todos ignoramos también, es en qué forma dicha Sociedad tiene intención de explorar estos territorios, si existen territorios, u océanos, si sólo hay agua, bajo el punto de vista comercial...
– No se trata de esta cuestión –contradijo nuevamente el comandante Donellan–. Se trata de que un Estado quiere apropiarse, mediante el pago de cierta cantidad, de una parte de la Tierra que, debido a su situación geográfica, corresponde más especialmente a Inglaterra...
– A Rusia –dijo el coronel Karkov.
– A Holanda –contestó Jacques Jansen.
– A Suecia-Noruega –gritó Jan Harald.
– A Dinamarca –dijo Eric Baldenak.
Al pronunciar estas palabras, los cinco hombres se levantaron de sus asientos, y lo que había empezado siendo una pacífica conversación, empezaba a tomar otro cariz. Pero Dean Toondrik intervino conciliador:
– Señores –dijo levantándose a su vez–, usando de la expresión que mi jefe el señor Donellan pronuncia tan a menudo, les diré que no se trata de esta cuestión. Puesto que se ha acordado poner en venta las regiones polares, es evidente que se las quedará el Estado que puje más, de entre los que nosotros representamos. Y yo pienso: ¿No sería mejor que Suecia-Noruega, Rusia, Dinamarca, Holanda e Inglaterra se uniesen formando un sindicato que les permitiría disponer de una cantidad tan importante que aniquilaría a la Sociedad americana?
Todos los asistentes se miraron unos a otros. Quizá Dean Toondrik había acertado. Un sindicato... Actualmente esta palabra se usa para todo. Uno dice que se sindica, como dice que respira, come, bebe, duerme. Es uno de los modernos sistemas, tanto en política como en negocios.
No obstante, Jacques Jansen, adivinando los sentimientos de sus compañeros, creyó necesaria una más detallada explicación, y preguntó;
– Y después, ¿qué?
– ¡Sí...! Después de la adquisición de los terrenos por el sindicato, ¿qué?
– ¡Yo creo que Inglaterra...! –empezó el comandante con sequedad.
– ¡Y Rusia! –gritó el coronel, frunciendo las cejas de un modo terrible.
– ¡Y Holanda! –añadió el consejero.
– ¡Cuando Dios ha dado Dinamarca a los daneses! –observó Eric Baldenak.
– Perdón –exclamó Dean Toondrik–, sólo existe un país que haya sido dado por Dios, y éste es Escocia.
– ¿Por qué? –preguntó el delegado sueco.
– Porque así lo dijo el poeta –contestó el bromista recitando los siguientes versos de Virgilio, cuyo final arregló a su modo:
Deus nobis haec otia fecit 3
Todos celebraron la gracia menos Donellan, y esto rompió la tirantez de la discusión que amenazaba en acabar mal. Dean Toondrik añadió:
– ¡No nos disputemos, señores...! ¿Qué ganaríamos con ello? Créanme: formemos un sindicato...
– Bueno, y después, ¿qué? –repitió Jan Harald.
– Después todo será muy sencillo, señores –contestó Dean Toondrik–. Una vez adquirida la propiedad boreal, o pertenecerá de modo indiviso a cada uno de los Estados, o los cuatro Estados copropietarios restantes la cederán a uno de ellos, recibiendo, a cambio, una indemnización adecuada. Pero habremos conseguido nuestro propósito de eliminar definitivamente a los Estados Unidos de América.
La propuesta tenía su lado bueno, al menos de momento, porque era seguro que más adelante surgirían nuevas discusiones entre los Estados propietarios, cuando se tratara de ceder la propiedad de aquel territorio tan disputado como inútil. La única cosa que se obtendría con el proyecto de Dean Toondrik, sería la anulación de los Estados Unidos.
– Me parece una buena idea –dijo Eric Baldenak.
– Inteligente –dijo el coronel Karkov.
– Acertada –dijo Jan Harald.
– Diabólica –dijo Jacques Jansen.
– Inglesa cien por cien –acabó el comandante Donellan.
Cada cual había pronunciado su comentario con la intención de engañar luego a sus colegas.
– Así, pues, señores –prosiguió Boris Karkov–. ¿estamos todos de acuerdo en constituirnos en sindicato, reservándonos los derechos de cada Estado para el futuro?
Todos asintieron.
Ahora se trataba de declarar el montante de los respectivos créditos que cada Estado había abierto a sus delegados. Al sumarse representarían una cantidad tan elevada que sería totalmente imposible que la North Polar Practical Association pudiera sobrepasarla.
Pero a la pregunta formulada por Dean Toondrik sobre este particular, sucedió un completo silencio. Nadie quería ser el primero en descubrir su efectivo. ¿Entregar su dinero a la caja del sindicato? ¿Dar a conocer de antemano sus intenciones sobre hasta dónde podían llegar? ¿Y si más adelante surgían disputas entre ellos y se disolvía el sindicato? ¿Y si, por causas
3 "Un dios este favor nos ha hecho."
imprevistas, se vieran obligados a actuar independientemente? ¿O si el diplomático Karkov menospreciaba la avaricia de Jacques Jansen, quien, a su vez, se molestaría por la actuación de Eric Baldenak, el cual también protestaría de las bravatas de Jan Harald, que tampoco aguantaría las insoportables pretensiones de Donellan, que no cesaría de intrigar más que otro cualquiera sobre todos los demás? En fin, si declaraban sus créditos sería como poner las cartas boca arriba, cuando era más necesario ocultar el juego.
Sólo existían dos maneras de contestar a la justa pero indiscreta pregunta formulada por Dean Toondrik: O aumentar exageradamente el importe de los créditos –cosa que habría sido muy comprometida en el momento de depositar el dinero– o disminuir su importe de tal forma que todo el mundo se diera cuenta del engaño y, tomándolo a broma, dejaran sin efecto la proposición.
Esto último fue lo que se le ocurrió al ex consejero de las Indias holandesas, que no podemos negar era muy poco serio, e inmediatamente todos sus colegas le siguieron el juego.
– Señores –dijo–, siento mucho tener que confesarlo, pero sólo dispongo de cincuenta florines para la compra del territorio ártico.
– Y yo tengo únicamente treinta y cinco rublos –contestó el de Rusia.
– Y yo veinte coronas –dijo el de Suecia-Noruega.
– Y yo quince –añadió el de Dinamarca.
– Bueno –concluyó el comandante Donellan, con la expresión más desdeñosa que pudo–, pues ganarán ustedes la subasta, señores míos, porque Inglaterra sólo puede disponer de un chelín y seis peniques.
Y después de estas palabras, los delegados de la vieja Europa dieron por terminada su conferencia.