CAPÍTULO XIII
AL FIN DEL CUAL J. T. MASTON DA UNA RESPUESTA VERDADERAMENTE ÉPICA
El tiempo avanzaba entretanto, y muy probablemente también avanzaban los trabajos que el presidente Barbicane y el capitán Nicholl realizaban en condiciones tan sorprendentes, no se sabe dónde.
Pero ¿en qué consistía que una operación que exigía el establecimiento de grandes talleres, la creación de altos hornos, capaces de fundir una máquina un millón de veces mayor que el cañón de veintisiete de la Marina, y un proyectil de ciento ochenta mil toneladas de peso, que necesitaba millares de obreros, su transporte, su establecimiento; sí, en qué consistía que una operación de esta importancia hubiera podido ser sustraída a la atención de los interesados? ¿En qué parte del Antiguo o del Nuevo Continente habíanse instalado Barbicane y Compañía tan secretamente que no lo hubieran podido notar las poblaciones vecinas? ¿Era en alguna isla desierta del Pacífico o del océano Indico? Pero en nuestros tiempos no hay islas desiertas: los ingleses se han apoderado de todas. ¡A menos que la nueva Sociedad no hubiera descubierto una expresamente! En cuanto a pensar que fuera en algún punto de las regiones árticas o antárticas donde había establecido sus talleres... ¡no!; esto habría sido anormal. ¿No era precisamente porque no se puede llegar a esas latitudes por lo que la North Polar Practical Association intentaba cambiarlas de sitio?
Por lo demás, buscar al presidente Barbicane y al capitán Nicholl a través de esos continentes y de esas islas, aunque no fuera más que en sus partes relativamente abordables, hubiera sido perder el tiempo. ¿No indicaba el cuaderno cogido al secretario del Gun Club que el disparo debía ser hecho aproximadamente en el Ecuador? Allí hay regiones habitables, si no habitadas por hombres civilizados. Si, pues, habían debido establecerse en los alrededores de la línea equinoccial, esto no era posible ni en América, en toda la extensión del Perú y del Brasil, ni en las islas de la Sonda, Sumatra, Borneo, ni en las islas del mar de Célebes, ni en la Nueva Guinea, donde tal operación no habría podido ser emprendida sin que las gentes se hubiesen enterado. También es verosímil que no hubiera podido quedar en el secreto en todo el centro de África, a través de la región de los Grandes Lagos, atravesada por el Ecuador. Quedaban, es cierto, las Maldivas en el mar de las Indias; las islas del Almirantazgo, Gilbert, Christmas, Galápagos, en el Pacífico; San Pedro, en el Atlántico. Pero los informes tomados en estos diversos lugares no habían dado ningún resultado. Así, todo se reducía a vagas conjeturas para calmar las angustias universales.
¿Y qué pensaba de todo esto Alcides Pierredos? Más «sulfúrico» que nunca, no dejaba de pensar en las diversas consecuencias de aquel problema. Que el capitán Nicholl hubiera inventado un explosivo de tal potencia; que hubiera encontrado aquella meli-melonita de una expansión tres o cuatro mil veces mayor que la de los más violentos explosivos de guerra, y cinco mil seiscientas veces más fuerte que la antigua pólvora de cañón de nuestros antepasados, era ya muy asombroso, decía, pero no imposible. No se sabe lo que, en este género de progresos, reservará el porvenir, que permita destrozar un ejército a cualquier distancia. En todo caso, el enderezamiento del eje terrestre, producido por el retroceso de una boca de fuego, no era cosa que sorprendiera al ingeniero francés. Así, dirigiéndose mentalmente al iniciador del asunto, decía:
– ¡Es muy evidente, presidente Barbicane, que diariamente la Tierra sufre el rechazo de todos los choques que se producen en su superficie! ¡Es cierto que cuando centenares de miles de hombres se entretienen en enviarse millares de proyectiles, de algunos kilogramos de peso, o millones de proyectiles, de algunos gramos de peso, y hasta simplemente cuando yo ando o cuando salto, o cuando alargo el brazo, o cuando un glóbulo de sangre baila en mis venas, esto obra sobre la masa de nuestro esferoide! Así, pues, tu gran máquina puede producir la sacudida deseada. Pero, ¡por vida de un integral! ¿Será suficiente esta sacudida para mover la Tierra? ¡Ah! ¡Esto es lo que hay que ver!
En efecto, Alcides Pierredos no podía dejar de admirar los ingeniosos cálculos del secretario del Gun Club comunicados por los miembros de la Comisión a los sabios que estaban en situación de comprenderlos. Y Alcides Pierredos, que leía el álgebra como se lee un periódico, encontraba en aquella lectura un encanto indecible.
Pero si se verificaba el movimiento apetecido, ¡ qué de catástrofes acumuladas en la superficie del esferoide! ¡Qué de cataclismos, ciudades derrumbadas, montañas quebrantadas, habitantes destruidos por millones, masas líquidas lanzadas fuera de su lecho y provocando espantosos siniestros! Aquello sería como un terremoto de incomparable violencia.
– ¡Si al menos –refunfuñaba Alcides Pierredos–; si al menos la maldita pólvora del capitán Nicholl fuera menos fuerte, se podría esperar que el proyectil viniera a chocar de nuevo contra la Tierra, sea por delante del lugar del tiro, sea por detrás, después de haber dado la vuelta al globo. ¡En tal caso, todo volvería a su sitio al cabo de un tiempo relativamente corto, no sin haber causado, sin embargo, grandes desastres! ¡Pero, sí, fíate! ¡Gracias a su melimelonita, el proyectil no volverá a pedir perdón a la Tierra de haberla trastornado, poniéndola otra vez en su lugar!
Y Alcides Pierredos accionaba como un aparato del semáforo, a riesgo de romperlo todo en un radio de dos metros. Después continuaba:
– ¡Si al menos fuera conocido el lugar del tiro, podría yo establecer inmediatamente en cuáles grandes círculos terrestres sería nula la desnivelación, y también los puntos en los cuales alcanzaría su máximun! ¡Se podría avisar a las gentes para que los desalojasen a tiempo, antes de que sus casas y sus ciudades se derrumbasen! Pero ¿cómo saberlo?
Y apretando los puños añadía:
– ¡Y las consecuencias de la sacudida pueden ser más complicadas de lo que se imagina! ¿Por qué no habían de aprovechar la ocasión los volcanes, para entregarse a erupciones descabelladas, para vomitar, como un pasajero mareado, las materias removidas en sus entrañas? ¿Por qué una parte de los océanos no se había de precipitar en sus cráteres? ¡El diablo me lleve! ¡Pueden sobrevenir explosiones que hagan saltar la máquina de la Tierra! ¡Ah! ¡Y ese satánico Maston que se obstina en su mutismo! ¡Vedle, jugando con nuestra bola y haciendo efectos en el billar del universo!
Así razonaba Alcides Pierredos. Bien pronto estas terroríficas hipótesis fueron recogidas y discutidas en los periódicos de todo el mundo. Comparados con el trastorno que resultaría de la operación de Barbicane y Compañía, ¿qué eran esas trombas, esas mareas vivas, esos diluvios que de cuando en cuando devastan alguna reducida porción de la Tierra? ¡Tales catástrofes no son más parciales! ¡Desaparecen algunos millares de habitantes, y apenas si los innumerables sobrevivientes se sienten turbados en su quietud! A medida que se aproximaba la fecha fatal, el espanto se apoderaba de los más bravos. Los predicadores tenían motivo para predecir el fin del mundo. ¡ Podíase creer que se estaba en aquel pavoroso período del año 1000, cuando los vivos se imaginaron que iban a ser precipitados en el imperio de los muertos!
Recuérdese lo que había pasado en aquella época. Con arreglo a un pasaje del Apocalipsis, las gentes creyeron que estaba próximo el día del Juicio Final. Esperaban los signos de cólera predichos por Ja Escritura. Iba a aparecer el hijo de la perdición: el Anticristo.
« En el último año del siglo x –refiere H. Martín–, todo quedó interrumpido: placeres, ocupaciones, negocios, todo, casi hasta los trabajos del campo. ¿Por qué, se decía, pensar en un porvenir que no ha de llegar? ¡Pensemos en la eternidad, que comienza mañana! Contentábanse con atender a las necesidades más inmediatas; legaban las tierras, los castillos a los monasterios para adquirir protectores en el reino de los cielos, adonde iban a entrar. Muchas cartas de donación a las iglesias comienzan de este modo: «Aproximándose el fin del mundo, y siendo inminente nuestra ruina...» Cuando llegó el término fatal, las gentes se apiñaron en las basílicas, en las capillas, en los edificios consagrados a Dios, y esperaron, llenas de angustia, a que sonaran en los cielos las siete trompetas de los siete ángeles del Juicio.»
Como se sabe, el primer día del año 1000 terminó sin que las leyes de la naturaleza sufrieran ningún trastorno. Pero ahora no se trataba de un cataclismo basado en textos de una oscuridad completamente bíblica. Tratábase de una modificación introducida en el equilibrio de la Tierra, fundada en cálculos indiscutidos, indiscutibles, y de una tentativa que los progresos de las ciencias balísticas y mecánicas hacían absolutamente realizables. Esta vez el mar no devolvería sus muertos, sino que tragaría por millones a los vivos en el seno de sus nuevos abismos.
Resultó de aquí que, aun teniendo en cuenta los cambios producidos en los espíritus por la influencia de las ideas modernas, el espanto llegó a tal punto, que se reprodujeron muchos actos de locura del año 1000. ¡Jamás se hicieron con más prisa los preparativos de partida para un mundo mejor! ¡Jamás se abocaron tantos sacos de pecados en los confesionarios! ¡Jamás fueron dadas tantas absoluciones a los moribundos que se arrepentían in extremis! Hasta se trató de pedir una absolución general, que un Breve del Papa habría concedido a todos los hombres de buena voluntad en la Tierra, y también de buen miedo.
En estas condiciones, la situación de J. T. Maston se hacía cada día más crítica. La señora Evangelina Scorbitt temía que fuese víctima de la vindicta universal. Acaso hasta tuvo ella el pensamiento de aconsejarle que pronunciase la palabra que se obstinaba en callar con una terquedad sin ejemplo. Pero no se atrevió, e hizo bien. Habría sido exponerse a una negativa categórica.
Como se puede imaginar, aun en la ciudad de Baltimore, presa ahora del terror, se hacía difícil contener a la población, excitada por la mayoría de los periódicos de la Confederación y por los despachos que llegaban «de los cuatro ángulos de la Tierra», para emplear el lenguaje apocalíptico que usaba San Juan Evangelista en tiempo del emperador Domiciano. Con seguridad, si J. T. Maston hubiera vivido bajo el reinado de este perseguidor, su asunto se hubiera arreglado enseguida. Lo habrían destrozado las fieras. Pero él se habría contentado con responder;
– ¡Ya lo estoy!
Como quiera que sea, el inquebrantable J. T. Maston negábase a dar a conocer la situación del lugar x, comprendiendo perfectamente que, si lo declaraba, el presidente Barbicane y el capitán Nicholl serían puestos en la imposibilidad de continuar su obra.
Después de todo, era hermosa aquella lucha de un hombre solo contra el mundo entero. Esto engrandecía más a J. T. Maston en el alma de la señora Evangelina Scorbitt, y también en la opinión de sus colegas del Gun Club. Estos, hay que decirlo, obstinados como artilleros retirados, defendían, a pesar de todo, los proyectos de Barbicane y Compañía. ¡El secretario del Gun Club había llegado a tal grado de celebridad, que ya le escribían muchas personas, como a los criminales de importancia, para tener algunas líneas de aquella mano que iba a trastornar el mundo!
Pero si esto era hermoso, iba siendo más peligroso cada día. El populacho rondaba a todas horas la cárcel de Baltimore, dando gritos y promoviendo grandes tumultos. Los más rabiosos querían linchar a J. T. Maston hic et nunc. La policía veía llegar el momento en que sería impotente para defenderle.
Deseoso de dar satisfacción a las masas americanas y también a las masas extranjeras, el Gobierno de Washington decidió formular una acusación contra J. T. Maston, y llevarlo a los Tribunales.
Con los jurados, sobrecogidos por el espanto, «¡su asunto iría deprisa!», como decía Alcides Pierredos, que, por su parte, sentía cierta simpatía hacia aquella tenaz naturaleza de matemático.
Como era de esperar de estas disposiciones de los ánimos, el presidente de la Comisión fue a la celda del prisionero en la mañana del 5 de setiembre.
La señora Evangelina Scorbitt, a petición suya, había sido autorizada por acompañarlo. ¡Acaso en una última tentativa lo decidiría a hablar la influencia de aquella amable dama...! Había que poner todos los medios; y serían buenos todos los que pudieran dar la última palabra del enigma. Si no se conseguía esto, ya se vería después.
«¡Se vería! –repetían los espíritus perspicaces–. ¡Bastante se habría adelantado con ahorcar al tenaz J. T. Maston, si la catástrofe se realizaba en todo su horror!»
A las once encontrábase J. T. Maston en presencia de la señora Scorbitt y de John Prestice.
La entrada en materia fue de las más sencillas. En aquella conversación cambiáronse las preguntas y respuestas siguientes, con mucha tiesura de una parte, con mucha calma de la otra.
¡Y quién podría creer que hubiera momentos en que la calma estuviera de parte de J. T. Maston!
– Por última vez, ¿queréis responder? –preguntó John Prestice.
– ¿Acerca de qué?–observó irónicamente el secretario del Gun Club.
– Acerca del paraje adonde ha ido vuestro colega Barbicane.
– Ya os lo he dicho cien veces.
– Repetidlo por ciento una.
– Está allí donde se hará el disparo.
– ¿Y dónde se hará el disparo?
– Allí donde está mi colega Barbicane.
– ¡Tened cuidado, J. T. Maston!
– ¿De qué?
– De las consecuencias de vuestra negativa a contestar, que puede dar por resultado...
– Precisamente impediros saber lo que no debéis saber.
– ¡Lo que tenemos el derecho de conocer!
– No es esa mi opinión.
– ¡Vamos a llevaros ante un Tribunal!
– Llevadme.
– ¡Y el Jurado os condenará!
– Eso es cuenta suya.
– ¡ Y la sentencia será ejecutada inmediatamente!
– ¡Bueno!
– ¡Querido Maston! –se atrevió a decir la señora Evangelina Scorbitt, cuyo corazón temblaba ante aquellas amenazas.
– ¡Oh, señora! –murmuró J. T. Maston.
Ella bajó la cabeza, y calló.
– ¿Queréis saber cuál será la sentencia? –añadió el presidente John Prestice.
– Si me lo decís... –contestó Maston.
– ¡Seréis condenado a muerte... como merecéis!
– ¿De veras?
– ¡Y seréis ahorcado, tan seguro como dos y dos son cuatro!
– Entonces aún tengo esperanzas –replicó flemáticamente J. T. Maston–. Si entendieseis algo de matemáticas, no diríais: «¡Tan seguro como dos y dos son cuatro!» ¿Qué es lo que prueba que todos los matemáticos no han estado locos hasta el día al afirmar que la suma de dos números es igual a la de sus partes, es decir, que dos y dos hacen exactamente cuatro?
– ¡Caballero! –exclamó John Prestice desconcertado.
– ¡Ah! –continuó J. T. Maston–. ¡Si dijeseis: «tan cierto como uno y uno son dos» enhorabuena. Esto es absolutamente evidente; porque esto no es un teorema... ¡es una definición!
¡Ante aquella lección de aritmética, el presidente de la Comisión se retiró, mientras que la señora Evangelina Scorbitt no tenía bastante fuego en la mirada para admirar al extraordinario matemático de sus sueños!