Capítulo XVI
Que dejará al lector en una indecisión tal vez desagradable
Eran las doce y veinte minutos de la noche. De la aeronave salieron cinco, o seis disparos de fusil. Uncle Prudent y Frycollin, sosteniendo a Phil Evans, habían buscado abrigo en las rocas. No fueron alcanzados. Por el momento no tenían nada que temer. Al principio, el Albatros, al mismo tiempo que se apartaba de la isla Chatam, ascendió a una altura de novecientos metros.
Había sido preciso forzar la velocidad ascensional, a fin de no caer en el mar.
En el momento que el centinela, libre de su mordaza, acababa de lanzar el primer grito, Robur y Tom Turner se precipitaron hacia él y le libraron de las ligaduras. Luego el contramaestre se lanzó hacia el camarote de Uncle Prudent y Phil Evans, y lo halló vacío.
Tapage, por su parte, registró el camarote de Frycollin: ¡no había nadie!
Probado que sus prisioneros se habían escapado, Robur se entregó a un violento arrebato de cólera. La evasión de Uncle Prudent y de Phil Evans significaba su secreto y su personalidad revelada a todos.
Si no se había inquietado porque lanzasen un documento durante su travesía por Europa, fue porque existían probabilidades de que se hubiese perdido en su caída. ¡En cambio ahora!...
Luego, exclamó:
-¡Se han fugado! Muy bien -dijo-. ¡Como no han de poder escaparse de la isla de Chatam, dentro de algunos días volveré! ¡Los buscaré!... ¡Y los aprisionaré de nuevo! Y entonces...
En efecto, la salvación de los tres fugitivos estaba distante de verse asegurada. El Albatros, vuelto a ser dueño de su dirección, no tardaría en volver a la isla de Chatam, de la que no podían escapar tan pronto. Antes de doce horas habrían vuelto a caer en poder del ingeniero.
¡Antes de doce horas! Pero antes de dos sería destruido el Albatros. Aquel cartucho de dinamita, ¿no era una especie de torpedo unido a su flanco, que cumpliría su obra de destrucción en medio de los aires?
Sin embargo, la brisa iba siendo cada vez más fresca; la aeronave proseguía su dirección hacia el Nordeste. Aunque su velocidad era moderada, debió haber perdido de vista la isla de Chatam a la salida del Sol.
Para volver en contra del viento, habría sido menester que los propulsores, por lo menos los de proa, se hubiesen encontrado en estado de funcionar.
-Tom -mandó el ingeniero-, encended los focos a toda luz.
-Voy, señor Robur.
-Y todos a la obra.
-¡Todos! - respondió el contramaestre.
No podían ya demorarse los trabajos para el día siguiente; no se trataba de fatigas ahora. ¡No había un hombre a bordo del Albatros que no hubiese tomado parte en la desesperación de su jefe! ¡Ni uno que no se hallase dispuesto a todo para apoderarse de los fugitivos! Desde el momento en que la hélice de proa se hubiese puesto en su lugar, se caería sobre Chatam, se amarraría de nuevo, se daría caza a los prisioneros, y únicamente entonces volverían a comenzar las reparaciones de la hélice de popa y la aeronave podría seguir con toda seguridad a través del Pacífico su viaje hacia la isla Equis.
No obstante, importaba mucho que el Albatros no fuese llevado a mucha distancia hacia el Nordeste. Pero circunstancia enojosa: la brisa se acentuaba, y no podía subir ni quedar estacionado. Privado de sus propulsores, había llegado a ser el Albatros un globo sin dirección. Los fugitivos, situados sobre el litoral, le habían visto desaparecer antes que la explosión le hiciera pedazos.
Semejante estado de cosas no podía menos de inquietarle al ingeniero respecto a sus proyectos ulteriores. Así es que, aunque las reparaciones se hacían con actividad, tomó la decisión de descender a las capas bajas con la esperanza de hallar corrientes más suaves. Quizá el Albatros lograría mantenerse en estos parajes hasta el momento en que hubiera podido ser bastante poderoso para romper la brisa.
Hizo de inmediato la maniobra. Si algún buque hupiera asistido a las evoluciones de este aparato, entonces bañado por sus luces eléctricas, ¡cuán grande habría sido el asombro de los tripulantes!
Cuando el Albatros se encontró a algunos centenares de pies sobre la superficie del mar, se detuvo.
Desgraciadamente, Robur debió comprender que la brisa soplaba con más fuerza en esta zona inferior, y la aeronave se alejaba con mayor velocidad. Se exponía a ser arrastrado a una gran distancia hacia el Nordeste, lo que retardaría su regreso a la isla Chatam.
En definitiva, luego de ejecutadas estas tentativas, entendióse que había mayores ventajas en sostenerse en las altas capas, donde la atmósfera estaba más equilibrada. Por eso el Albatros se remontó a una altura media de tres mil metros. Allí, si no quedó estacionado al menos, su movimiento fue más lento. El ingeniero pudo, pues, esperar que amaneciera, y a esa altura podría divisar los parajes de la isla, cuya posición había adivinado con exactitud.
En cuanto a la cuestión de saber si los fugitivos habrían recibido una buena acogida de los indígenas, en caso de que la isla fuese habitada, esto no le importaba a Robur. Tampoco le importaba que los indígenas los auxiliaran. Con los medios defensivos que disponía el Albatros, serían prontamente puestos en fuga y dispersados. La captura de los prisioneros no era dudosa, y una vez apresados…
Nadie escapa de la isla Equis - dijo Robur.
Ala una de la madrugada, el propulsor de proa estaba ya reparado; no se trataba ya más que de ponerlo en su lugar, lo que exigía más de una hora de trabajo. Hecho esto, el Albatros emprendería su marcha hacia el Sudoeste y se desmontaría entonces el propulsor de popa.
¡Y la mecha seguía ardiendo en el camarote abandonado! ¡Esa mecha que llevaría quemada más de una tercera parte! ¡El fuego se acercaba al cartucho de dinamita!
Seguramente, si los hombres de la aeronave no se hubieran hallado tan ocupados, acaso uno de ellos habría escuchado el débil chisporroteo que comenzaba a producirse en el camarote. Tal vez hubiesen olfateado el olor de pólvora quemada, y se hubieran alarmado. Habrían prevenido al ingeniero Robur o a Tom Turner. Se hubiese buscado o descubierto el cofre en donde estaba colocado el cartucho explosivo... y hubiera sido tiempo de salvar a este maravilloso Albatros y a los que iban dentro.
Pero los hombres trabajaban en la proa, es decir, a veinte metros del camarote de los fugitivos. Nada les atraía todavía a aquella parte de la plataforma, como nada podía distraerles de una tarea que exigía toda su atención.
Robur también estaba allí trabajando como los demás, pues era un hábil mecánico. Apremiaba para terminar la obra, y sin descuidar nada para que todo se hiciera con el mayor esmero. Era necesario que volviese a hacerse dueño absoluto de su aparato. Si no cogía a los fugitivos, éstos concluirían por reconciliarse. Se harían investigaciones. La isla Equis no escaparía a las investigaciones, y esto sería el fin de aquella existencia que los hombres del Albatros se habían creado, existencia sobrehumana y maravillosa.
En este momento, Tom Turner se acercó al ingeniero. Era la una y cuarto.
-Señor Robur -dijo-, parece que la brisa tiende a humedecerse, al mismo tiempo que se dirige al Oeste, ¿no es verdad?
-¿Y qué indica el barómetro? -preguntó Robur, observando el aspecto del cielo.
-Está algo estacionado -respondió el contramaestre-. Sin embargo, me parece que las nubes se ponen debajo del Albatros.
-Así es, Tom Turner, y en este caso no será imposible que llueva en la superficie del mar. ¡Pero con tal que nosotros quedemos sobre la zona de lluvias, importa poco! Esto no estorbará para terminar nuestro trabajo.
-Si la lluvia cae -repuso Tom Turner-, debe ser una lluvia muy fina, al menos así lo hace suponer la forma de las nubes, y es probable que más abajo calme la brisa por completo.
-Sin duda, Tom -admitió Robur-. Sin embargo, parece mejor no descender todavía. Acabemos de reparar nuestras averías y entonces podremos maniobrar según nuestra conveniencia. No hay más que hablar.
A las dos y algunos minutos, la primera parte del trabajo estaba ya terminado. La hélice anterior instalada, las pilas que le transmitían el movimiento fueron puestas en actividad. El movimiento se aceleró de a pocos, y el Albatros, tomando dirección hacia el Sudoeste, emprendió con una velocidad regular el camino a la isla de Chatam.
-Tom -dijo Robur- hace cerca de dos horas y media que vamos empujados por el Nordeste. La brisa no se ha modificado; de esto me he podido asegurar observando el compás; creo que dentro de una hora podremos encontrar las cercanías de la isla.
-También yo lo creo, señor Robur -corroboró el contramaestre-, pues avanzamos a razón de doce metros por segundo. Entre las tres y cuatro de la mañana, el Albatros habrá llegado a su punto de partida.
-¡Y esto será mejor, Tom! -afirmó el ingeniero-. Tenemos mucho interés en llegar de noche, y hasta saltar en tierra sin ser observados. Los fugitivos, creyéndose lejos del Norte, estarán descuidados. Cuando el Albatros esté casi rasando la tierra, buscaré más la manera de ocultarle detrás de algunas rocas altas de la isla. Después, aunque nos cueste tener que pasar algunos días en Chatam…
-Los pasaremos, señor Robur, y así debamos luchar con un ejército de indígenas...
-Lucharemos Tom, lucharemos por nuestro Albatros.
El ingeniero se volvió entonces hacia los hombres que esperaban órdenes.
-Amigos míos -les dijo-, no ha llegado todávía la hora del descanso. Es menester trabajar hasta que amanezca.
Todos se mostraron dispuestos.
Tratábase de volver a comenzar en el propulsor de popa las mismas reparaciones que se habían hecho al de proa. Eran las mismas averías producidas por las mismas causas, es decir, debido a la violencia del huracán durante la travesía del continente antártico.
Pero a fin de ayudar a subir la hélice a la plataforma, pareció conveniente detener durante algunos minutos la marcha de la aeronave, y hasta imprimirle un movimiento retrógrado. Por orden de Robur, el ayudante mecánico dio marcha atrás contrariando la rotación de la hélice anterior. El aparato comenzó, pues, a retroceder suavemente, para emplear una expresión marítima.
Todos se disponían entonces a hacer el retroceso, cuando Tom Turner percibió un olor singular.
Eran los gases de la mecha acumulados ahora en el cofre, que se escapaban del camarote de los fugitivos.
-¡Atención! - ordenó el contramaestre.
-¿Qué sucede? - preguntó Robur...
-¿No lo sentís?... ¡Se diría que arde la pólvora!
-¡En efecto, Tom!
-¡Y este olor viene del último camarote!
-Sí... del mismo camarote...
-¿Le habrán prendido fuego esos miserables?
-¡Eh! Si no fuera más que fuego -exclamó el ingeniero-. ¡Empujad la puerta, Tom, empujad la puerta!
Pero el contramaestre apenas tuvo tiempo de dar un paso, cuando una explosión formidable estremeció al Albatros. Los camarotes volaron en pedazos. Los focos se apagaron, ya que la corriente eléctrica faltó súbitamente, y la oscuridad llegó a ser completa. Sin embargo, si la mayor parte de las hélices suspensivas, torcidas o rotas quedaron fuera de uso, algunas de la proa no cesaron de girar.
De pronto el casco del aparato se abrió un poco por la parte de la primera sección cuyos acumuladores daban movimiento al propulsor de proa, y la parte posterior de la plataforma cayó dando vueltas por el espacio.
Casi al mismo tiempo se detuvieron las últimas hélices suspensivas, y el Albatros se precipitó en el abismo.
¡Fue una caída de tres mil metros para ocho hombres, colgados como náufragos a una embarcación perdida!
¡Además, esta caída iba a ser tanto más rápida, cuanto que el propulsor de proa, después de haberse enderezado verticalmente, funcionaba todavía!
Fue entonces que Robur, con un empeño que denotaba a su sangre fria, dejándose escurrir hasta el departamento medio destruido, cogió la palanca de arranque y varió el sentido de la rotación de la hélice, que de propulsora se convirtió en suspensora.
Seguía indudablemente esta caída, aunque fuese un poco retrasada, pero merced al ingeniero no cayeron con aquella velocidad creciente de los cuerpos abandonados a los efectos de la gravedad. Y, si era siempre la muerte para los supervivientes, pues caían al mar, no era ya la muerte por asfixia, en medio de un aire que la rapidez del descenso hubiera vuelto irrespirable.
Ochenta segundos, a lo más, después de la explosión, lo que quedaba del Albatros se había hundido entre las olas.