XV
DESENLACE.
El aviso Santa Fe, llevando a bordo el relevo de la Isla de los Estados, había partido de Buenos Aires el 19 de febrero. Favorecida por el viento y el mar, su travesía fue muy rápida. La gran tempestad que duró casi ocho días no se había extendido más allá del estrecho de Magallanes. El comandante Lafayate no había pues sentido sus efectos, y llegaba a destino con un adelanto de varios días.
Doce horas más tarde, la goleta habría estado ya lejos, y habría sido necesario renunciar a perseguir a la banda Kongre y a su jefe.
El comandante Lafayate no dejó transcurrir aquella noche sin haber sido puesto al corriente de lo que había pasado desde hacía tres meses en la bahía de Elgor.
Si Vásquez estaba a bordo, sus camaradas Felipe y Moriz no estaban con él. A su compañero, nadie lo conocía ni sabía su nombre.
El comandante Lafayate los hizo venir a ambos a la cámara, y su primera palabra fue:
– El faro ha sido encendido tardíamente, Vásquez.
– Hace nueve semanas que no funcionaba ya… —respondió Vásquez.
– ¡Nueve semanas!... ¿Qué significa eso?... ¿Sus dos camaradas?...
– ¡Felipe y Moriz están muertos!... ¡Veintiún días después de la partida del Santa Fe el faro no tenía más que un solo guardián, mi comandante!
Estaba bien dentro de la puerta del faro.
Vásquez hizo el relato de los acontecimientos de los que la Isla de los Estados acababa de ser escenario. Una banda de piratas, bajo las órdenes de un jefe llamado Kongre, llevaba varios años instalada en la bahía de Elgor, atrayendo a los navíos sobre los escollos del cabo San Juan, recogiendo los restos, masacrando a los supervivientes del naufragio. Nadie sospechó su presencia durante todo el tiempo de los trabajos del faro, pues se había refugiado en el cabo San Bartolomé, en el extremo occidental de la isla. Partido el Santa Fe, quedados solos los guardianes al servicio del faro, la banda Kongre remontó la bahía de Elgor sobre una goleta caída por azar en su posesión. Algunos minutos después de su entrada en la cala, Moriz y Felipe eran golpeados y muertos a su bordo. Y, si Vásquez pudo escapar, es porque se encontraba en ese momento en la cámara de guardia. Después de haberla abandonado, se había refugiado en el litoral del cabo San Juan. Allí, pudo alimentarse de las provisiones descubiertas en una caverna donde estos piratas almacenaban sus reservas.
Luego Vásquez dijo cómo, después del naufragio del Century, fue lo bastante afortunado para salvar al segundo de este buque, y cómo ambos vivieron esperando la llegada del Santa Fe. Su más viva esperanza fue entonces que la goleta, retrasada por reparaciones importantes, no pudiera hacerse a la mar para ganar los parajes del Pacífico, antes del regreso del aviso en los primeros días de marzo.
Pero sin embargo habría abandonado la isla si las dos balas que John Davis envió a su casco no la hubieran retenido algunos días todavía.
Vásquez detenía allí su relato, guardando silencio sobre lo que era más especialmente en su honor. John Davis intervino:
– Lo que Vásquez olvida decirle, mi comandante —añadió—, es que nuestras dos balas resultaron ser totalmente insuficientes. A pesar de los agujeros que le habíamos hecho en el casco, la Maule se habría hecho a la mar esta misma mañana si, la noche pasada, Vásquez, con peligro de su vida, no la hubiera alcanzado a nado y no hubiera hecho estallar un cartucho entre el timón y el codaste del buque. A decir verdad, no obtuvo todo el resultado que esperaba. Las averías fueron ligeras y pudieron ser reparadas en doce horas. Pero son esas doce horas las que le han permitido a usted encontrar la goleta en la bahía. Es a Vásquez solo a quien se debe esto, como es también él quien, habiendo reconocido el aviso, ha tenido la idea de correr al faro y de volver a encender esta noche la luz apagada desde hacía tanto tiempo.
El comandante Lafayate estrechó calurosamente la mano a John Davis y a Vásquez, quienes, por su audaz intervención, habían permitido al Santa Fe adelantarse a la partida de la goleta, luego relató en qué condiciones, una hora antes de la puesta del sol, el aviso había tenido conocimiento de la Isla de los Estados.
El comandante Lafayate, habiendo hecho la estima de la posición por la mañana, estaba seguro de su situación. El aviso no tenía más que poner rumbo al cabo San Juan, que debía avistar antes de la noche.
En efecto, a la hora en que el crepúsculo comenzaba a oscurecer el cielo, el comandante Lafayate distinguió muy netamente si no la costa este de la isla, al menos los altos picos que se alzan en segundo plano. Se encontraba entonces a una decena de millas, y contaba con estar fondeado dos horas más tarde.
Fue en ese mismo momento que el Santa Fe había sido visto por John Davis y Vásquez. Fue entonces también que Carcante, desde lo alto del faro, lo señaló a Kongre, el cual tomó sus disposiciones para zarpar a toda prisa, a fin de salir de la bahía antes de que el Santa Fe hubiera entrado en ella.
Durante este tiempo, el Santa Fe continuaba corriendo hacia el cabo San Juan… El mar estaba en calma y apenas sentía los últimos soplos de la brisa de alta mar.
Ciertamente, antes de que el Faro del Fin del Mundo hubiera sido establecido en la Isla de los Estados, el comandante Lafayate no habría cometido la imprudencia de acercarse tanto a tierra durante la noche, menos aún de entrar en la bahía de Elgor para ganar la cala.
Pero la costa y la bahía estaban iluminadas ahora, y no le pareció necesario esperar al día siguiente.
El aviso continuó pues su ruta hacia el sudoeste, y, cuando la noche fue del todo oscura, había llegado a menos de una milla de la entrada de la bahía de Elgor.
El aviso se mantenía allí a poco vapor, esperando que el faro quisiera encenderse.
Transcurrió una hora. Ninguna luz apareció sobre la isla. El comandante Lafayate no podía equivocarse sobre su posición… La bahía de Elgor se abría bien delante de él… Estaba bien dentro del alcance del faro… ¡Y el faro no se encendía!...
¿Qué se debió pensar a bordo del aviso, si no que un accidente le había ocurrido al aparato? Quizás, durante la última tempestad que fue tan violenta, la linterna había sido rota, las lentes dañadas, las lámparas puestas fuera de servicio. Jamás, no, jamás, se le habría ocurrido a nadie que los tres guardianes hubieran sido atacados por una banda de piratas, que dos de entre ellos hubieran caído bajo los golpes de estos asesinos, y que el tercero se hubiera visto obligado a huir para evitar su suerte.
– No sabía qué hacer —dijo entonces el comandante Lafayate—. La noche era profunda. No podía aventurarme a entrar en la bahía. Me sería pues necesario permanecer mar adentro hasta el alba. Mis oficiales, mi tripulación, estábamos en una mortal inquietud, y presentíamos alguna desgracia. Finalmente, después de las nueve, el faro brilló… Este retraso no debía deberse más que a un accidente… Hice subir la presión, se puso rumbo a la entrada de la bahía. Una hora más tarde, el Santa Fe penetraba en ella. A una milla y media de la cala, encontré una goleta anclada, que parecía abandonada… Iba a enviar algunos hombres a bordo, cuando estallaron disparos, ¡y estos disparos eran tirados desde la galería del faro!... Comprendimos que nuestros guardianes eran atacados, que se defendían, y, probablemente, contra la tripulación de esta goleta… Hice mugir la sirena, para asustar a los agresores… y, un cuarto de hora después, el Santa Fe estaba fondeado.
– A tiempo, mi comandante —dijo Vásquez.
– Lo que no habría podido hacer —respondió el comandante Lafayate—, si usted no hubiera arriesgado su vida para volver a encender el faro. Ahora, la goleta estaría en el mar. No la habríamos sin duda visto al salir de la bahía, ¡y esta banda de piratas se nos habría escapado!
RESUENA UNA DETONACIÓN.
Toda esta historia, en un instante conocida a bordo del aviso, las más calurosas felicitaciones no le fueron ahorradas ni a Vásquez, ni a John Davis.
La noche transcurrió tranquilamente, y, al día siguiente, Vásquez conoció a los tres guardianes del relevo que el Santa Fe traía a la Isla de los Estados.
Huelga decir que, durante la noche, un fuerte destacamento de marineros había sido enviado a la goleta para tomar posesión de ella. Kongre, sin eso, habría ciertamente buscado reembarcarse en ella, y, con la marea bajante, habría rápidamente ganado alta mar.
El comandante Lafayate, para asegurar la seguridad de los nuevos guardianes, no debía pues tener ya más que un objetivo: purgar la isla de los bandidos que la infestaban, y que, después de la muerte de Carcante y de Vargas, eran todavía en número de trece, comprendido un jefe reducido a la desesperación.
Dada la extensión de la isla, las persecuciones corrían el riesgo de ser largas e incluso de no llegar a nada. ¿Cómo lograría la tripulación del Santa Fe registrarla por entero? Ciertamente Kongre y sus compañeros no cometerían la imprudencia de regresar al cabo San Bartolomé, pudiendo haber sido sorprendido el secreto de ese refugio. Pero disponían del resto de la isla, y semanas, meses transcurrirían quizás antes de que la banda hubiera sido capturada hasta el último hombre. Y sin embargo el comandante Lafayate no habría consentido en abandonar la Isla de los Estados, antes de haber puesto a los guardianes al abrigo de toda agresión, y de haber asegurado el funcionamiento regular del faro.
Lo que podía, es verdad, traer un resultado más pronto, era la indigencia en la que Kongre y los suyos iban a encontrarse. De provisiones, no les quedaban ya ni en la caverna del cabo San Bartolomé, ni en la de la bahía de Elgor. El comandante Lafayate, guiado por Vásquez y John Davis, constató al día siguiente desde el alba que esta última, al menos, no contenía ninguna reserva, ni en galleta, ni en salazones, ni en conservas de ninguna clase. Todo lo que quedaba de víveres había sido transportado a bordo de la goleta, que fue reconducida a la cala por los marinos del aviso. La caverna no encerraba ya más que restos sin gran valor, ropa de cama, vestidos, utensilios que fueron depositados en el alojamiento del faro. Admitiendo que Kongre hubiera regresado durante la noche al antiguo almacén de su botín, no habría encontrado nada de lo que habría podido servir para el alimento de su banda. No debía ni siquiera tener armas de caza a su disposición, dada la cantidad de fusiles y de municiones de este tipo que se descubrieron a bordo del Carcante. Se vería reducido al solo producto de la pesca. En tales condiciones, o sus compañeros y él se verían forzados a rendirse, o no tardarían en morir de hambre.
Sin embargo las búsquedas fueron comenzadas enseguida. Destacamentos de marineros, bajo las órdenes de un oficial o de un contramaestre, se dirigieron, unos hacia el interior de la isla, otros hacia el litoral. El comandante Lafayate se transportó incluso al cabo San Bartolomé, donde no se reconoció ningún rastro de la banda.
Varios días pasaron, y ni un solo pirata había sido señalado, cuando, en la mañana del 10 de marzo, llegaron al recinto siete miserables pecherais, ajados, demacrados, agotados, que la hambre torturaba. Recogidos a bordo del Santa Fe, donde se les reconfortó, fueron puestos en la imposibilidad de huir.
Cuatro días más tarde, el segundo Riegal, que visitaba la costa meridional en los alrededores del cabo Webster, descubrió allí cinco cadáveres, entre los cuales Vásquez pudo todavía reconocer a dos de los chilenos de la banda. Los despojos encontrados en el suelo a su alrededor permitieron constatar que habían intentado alimentarse de peces y de crustáceos; pero en ninguna parte ni rastro de hoguera, ni carbones apagados, ni ceniza. No tenían ya evidentemente ningún medio de procurarse fuego.
Finalmente, en la tarde del día siguiente, un poco antes de la puesta del sol, un hombre apareció en medio de las rocas que bordeaban la cala, a menos de quinientos metros del faro.
Era casi en el lugar desde donde John Davis y Vásquez, temiendo la partida de la goleta, la habían observado la víspera de la llegada del aviso, en aquella tarde en el curso de la cual este último se había resuelto a intentar un supremo esfuerzo.
Este hombre era Kongre.
Vásquez que se paseaba en el recinto con los nuevos guardianes, lo reconoció enseguida, y exclamó:
– ¡Ahí está!... ¡ahí está!...
A este grito, el comandante Lafayate, que recorría la playa con el segundo, se apresuró a acudir.
John Davis y algunos marineros se habían lanzado en su seguimiento, y todos, reunidos sobre el rellano, pudieron ver a este jefe superviviente solo de la banda que mandaba.
¿Qué venía a hacer a aquel lugar? ¿Por qué se mostraba? ¿Era su intención rendirse? No debía sin embargo equivocarse sobre la suerte que lo esperaba. Sería llevado a Buenos Aires y pagaría con su cabeza toda una existencia de robos y de asesinatos.
Kongre permanecía inmóvil sobre una roca más elevada que las otras y contra la cual el mar venía dulcemente a romperse. Sus miradas recorrían la cala. Cerca del aviso, podía ver esta goleta que la suerte le había tan oportunamente enviado al cabo San Bartolomé, y que una suerte contraria le había arrebatado. ¡Cuántos pensamientos debían agolparse en su cerebro! ¡Cuántos lamentos! Sin la llegada del aviso, habría estado desde hacía mucho tiempo en los mares del Pacífico, donde le habría sido tan fácil sustraerse a toda persecución y asegurarse la impunidad…
Se comprenderá, el comandante Lafayate tenía interés en apoderarse de Kongre.
Dio órdenes, y el segundo Riegal, seguido de media docena de marineros, se deslizó fuera del recinto, a fin de ganar el bosque de hayas, desde donde, remontando la barrera rocosa, les sería fácil alcanzar al bandido.
Vásquez guiaba a esta pequeña tropa por el camino más corto.
No habían hecho cien pasos más allá del rellano, cuando resonó una detonación y un cuerpo, proyectado en el vacío, vino a hundirse en el mar en medio de una salpicadura de espuma.
Kongre había sacado un revólver de su cinturón, se lo había apoyado en la sien…
El miserable se había hecho justicia, y ahora la marea descendente arrastraba su cadáver hacia alta mar.
Tal fue el desenlace de este drama de la Isla de los Estados.
Huelga decir que, desde la noche del 3 de marzo, el faro no había cesado de funcionar. Los nuevos guardianes habían sido puestos al corriente del servicio por Vásquez.
Ahora, ya no quedaba un solo hombre de la banda de los piratas.
John Davis y Vásquez iban ambos a embarcar en el aviso que regresaba a Buenos Aires; de allí, el primero sería repatriado a Mobile, donde no tardaría sin duda en obtener un mando, que le merecían su energía, su valor y su valía personal.
En cuanto a Vásquez, iría a su ciudad natal a reposar de tantas pruebas tan resueltamente soportadas… ¡Pero regresaría allí solo, sus pobres camaradas no volverían con él!
Fue en la tarde del 18 de marzo que el comandante Lafayate, cierto en adelante de la seguridad de los nuevos guardianes, dio la señal de partida.
El sol se ponía cuando salía de la bahía.
Enseguida, allá, sobre la orilla, una luz brotó, cuyo reflejo danzó en la estela. Y el aviso, alejándose sobre el mar ensombrecido, parecía llevarse con él algunos de los innumerables rayos que proyectaba de nuevo el Faro del Fin del Mundo.
FIN.
A mű végére értél. Elolvastad?
Hogy tetszett ez a mű?
Értékeld te is!