I
INAUGURACIÓN.
El sol estaba a punto de desaparecer tras las colinas que limitaban la vista al oeste. El tiempo era bueno. En el lado opuesto, sobre el mar que se confundía con el cielo en el nordeste y en el este, algunas pequeñas nubes reflejaban los últimos rayos, que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo, de duración bastante larga bajo esta alta latitud del quincuagésimo quinto grado del hemisferio austral.
En el momento en que el disco solar ya solo mostraba su parte superior, un cañonazo resonó a bordo del aviso Santa Fe, y el pabellón de la República Argentina, desplegándose a la brisa, fue izado en la pena de la cangreja.
En el mismo instante brotó una viva luz en la cima del faro construido a un tiro de fusil por detrás de la bahía de Elgor, en la que el Santa Fe había echado el ancla. Dos de los guardianes, los obreros reunidos en la playa, la tripulación congregada en la proa del navío, saludaban con largas aclamaciones el primer fuego encendido en esta lejana costa.
Otros dos cañonazos les respondieron, repercutidos varias veces por los ruidosos ecos de las cercanías. Los colores del aviso fueron entonces arriados, conforme a las reglas de los buques de guerra, y el silencio volvió a adueñarse de esta Isla de los Estados situada en el punto donde se encuentran las aguas del Atlántico y del Pacífico.
Los obreros embarcaron de inmediato a bordo del Santa Fe, y en tierra solo quedaron los tres guardianes.
Estando uno en su puesto, en la cámara de guardia, los otros dos no regresaron enseguida a su alojamiento y se pusieron a pasear charlando por la orilla.
– ¡Bueno! Vásquez —dijo el más joven de los dos—, mañana es cuando el aviso se hace a la mar…
– Sí, Felipe —respondió Vásquez—, y espero que no tenga mala travesía para volver a puerto…
– ¡Está lejos, Vásquez!…
– No más cuando se viene que cuando se vuelve, Felipe.
– Ya me lo imagino —replicó Felipe riendo.
– E incluso, muchacho —prosiguió Vásquez—, a veces se tarda más en ir que en volver, ¡a menos que el viento esté bien establecido!... Después de todo, mil quinientas millas no son gran cosa cuando el buque posee una buena máquina y aguanta bien la vela.
– Y además, Vásquez, el comandante Lafayate conoce bien la ruta…
– Que es toda recta, muchacho. Puso rumbo al sur para venir, pondrá rumbo al norte para regresar, y, si la brisa sigue soplando de tierra, tendrá el abrigo de la costa y navegará como por un río.
– Pero un río que solo tendría una orilla —repuso Felipe.
– ¡Qué importa, si es la buena, y siempre es la buena cuando se tiene a barlovento!
– Cierto —aprobó Felipe—; pero si el viento cambia de amura…
– Eso es mala suerte, Felipe, y espero que no se vuelva contra el Santa Fe. En una quincena de días, puede haber cubierto sus mil quinientas millas y haber fondeado de nuevo en la rada de Buenos Aires… Ahora bien, si el viento rolara al este…
– ¡Ni del lado de tierra ni del lado de alta mar encontraría puerto de refugio!
– Como dices, muchacho. Tierra del Fuego o Patagonia, ni una sola escala. ¡Hay que poner rumbo a alta mar, so pena de embarrancar en la costa!
– Pero en fin, Vásquez, en mi opinión, parece que el buen tiempo va a durar.
– Tu opinión es la mía, Felipe. Estamos casi al principio de la buena estación… Tres meses por delante, es algo…
– Y —respondió Felipe—, los trabajos se terminaron en buena época.
– Lo sé, muchacho, lo sé, a principios de diciembre. Como quien dice, el comienzo de junio para los marinos del norte. Se vuelven más raros en esta estación los temporales furiosos que no tienen más miramientos en lanzar un barco a tierra que en quitarte el sombrero de agua!... Y además, una vez que el Santa Fe esté en puerto, ¡que vente, revente y tempesteé todo lo que le plazca al Diablo!... ¡No hay que temer que nuestra isla se vaya a pique y su faro con ella!
– Desde luego, Vásquez. Además, después de haber ido a dar noticias nuestras allá, cuando el aviso regrese con el relevo…
– Dentro de tres meses, Felipe…
– Encontrará la isla en su sitio…
– Y a nosotros encima —respondió Vásquez frotándose las manos, después de haber aspirado una larga bocanada de su pipa, que lo envolvió en una espesa nube—. Verás, muchacho, no estamos aquí a bordo de un buque que la borrasca empuja y rechaza, o, si es un buque, está sólidamente anclado a la cola de América, y no garreará sobre su ancla... ¡Que estos parajes son malos, lo admito! ¡Que se haya dado triste reputación a los mares del cabo de Hornos, es justo! ¡Que, precisamente, ya no se cuenten los naufragios en la Isla de los Estados, y que los saqueadores de naufragios no puedan elegir mejor lugar para hacer fortuna, también! ¡Pero todo eso va a cambiar, Felipe! ¡Ahí está la Isla de los Estados con su faro y no es el huracán, aunque soplara desde todos los rincones del horizonte, quien lograría apagarlo! ¡Los navíos lo verán a tiempo para corregir su rumbo!... ¡Se guiarán por su luz y no correrán el riesgo de estrellarse contra las rocas del cabo San Juan, de la punta San Diego o de la punta Fallows, ni siquiera en las noches más oscuras!... ¡Somos nosotros quienes mantendremos el fanal y estará bien mantenido!
EN EL MISMO MOMENTO, UNA LUZ BRILLANTE ESTALLA DESDE LO ALTO DEL FARO.
Había que oír a Vásquez hablar con aquella animación que no dejaba de reconfortar a su camarada. Quizás Felipe contemplaba, en efecto, con menos ligereza las largas semanas que pasarían en aquella isla desierta, sin comunicación posible con sus semejantes, hasta el día en que los tres fueran relevados de su puesto.
Para terminar, Vásquez añadió:
– Verás, muchacho, durante cuarenta años, he recorrido un poco todos los mares del antiguo y del nuevo continente: grumete, aprendiz, marinero, maestre. Pues bien, ahora que ha llegado la edad del retiro, no podía desear nada mejor que ser guardián de un faro, ¡y qué faro!... ¡El Faro del Fin del Mundo!...
Y, en verdad, en el extremo de aquella isla perdida, tan lejos de toda tierra habitada y habitable, ¡ese nombre lo justificaba bien!
– Dime, Felipe —prosiguió Vásquez, que sacudió la pipa apagada sobre el hueco de la mano—, ¿a qué hora vas a relevar a Moriz?
– A las diez.
– Bien, y seré yo quien, a las dos de la madrugada, vaya a ocupar tu puesto hasta el amanecer.
– Entendido, Vásquez. Así que lo más sensato que podemos hacer los dos es irnos a dormir.
– ¡A la cama, Felipe, a la cama!
Vásquez y Felipe subieron hacia el pequeño recinto en medio del cual se alzaba el faro, y entraron en el alojamiento cuya puerta se cerró tras ellos.
La noche fue tranquila. En el instante en que llegaba a su fin, Vásquez apagó el fuego encendido doce horas antes.
Generalmente débiles en el Pacífico, sobre todo a lo largo de las costas de América y Asia que baña este vasto Océano, las mareas son, por el contrario, muy fuertes en la superficie del Atlántico y se hacen sentir con violencia hasta en los lejanos parajes de la Magallanía.
El reflujo, aquel día, comenzando a las seis de la mañana, el aviso, para aprovecharlo, debería haber zarpado al alba. Pero sus preparativos no estaban completamente terminados, y el comandante no contaba con salir de la bahía de Elgor hasta la marea de la tarde.
El Santa Fe, de la Armada de la República Argentina, de doscientas toneladas de arqueo, con una potencia de ciento sesenta caballos, comandado por un capitán y un segundo oficial, con una cincuentena de hombres de tripulación, incluidos los maestres, se empleaba en la vigilancia de las costas, desde la desembocadura del Río de la Plata hasta el estrecho de Le Maire en el Océano Atlántico. En aquella época, la ingeniería naval aún no había construido sus buques de gran velocidad, cruceros, torpederos y otros. Así, bajo la acción de su hélice, el Santa Fe no superaba las nueve millas por hora, velocidad suficiente, por otra parte, para el patrullaje de las costas patagónicas y fueguinas, únicamente frecuentadas por los barcos pesqueros.
Aquel año, el aviso había tenido por misión supervisar los trabajos de construcción del faro que el gobierno argentino hacía levantar a la entrada del estrecho de Le Maire. Fue a bordo de este buque donde se transportó el personal y el material necesarios para este trabajo que acababa de ser llevado a buen término según los planos de un hábil ingeniero de Buenos Aires.
Hacía unas tres semanas que el Santa Fe se encontraba en aquel fondeadero al fondo de la bahía de Elgor. Después de haber desembarcado provisiones para cuatro meses, tras haberse asegurado de que nada faltaría a los guardianes del nuevo faro hasta el día del relevo, el comandante Lafayate iba a llevar de vuelta a los obreros enviados a la Isla de los Estados. Si incluso ciertas circunstancias imprevistas no hubieran retrasado la finalización de los trabajos, el Santa Fe debería haber estado, desde hacía ya un mes, de regreso en su puerto base.
En resumen, durante toda su estancia, el comandante Lafayate no había tenido nada que temer en el fondo de aquella bahía muy resguardada contra los vientos del norte, del sur y del oeste. Solo los temporales de alta mar habrían podido molestarle. Pero la primavera se había mostrado benigna, y ahora, al comienzo de la estación estival, cabía esperar que solo se produjeran perturbaciones pasajeras en los parajes magallánicos.
Eran las siete, cuando el capitán Lafayate y el segundo oficial Riegal salieron de sus camarotes, situados a banda y banda de la toldilla, en la popa del aviso. Los marineros terminaban el baldeo de cubierta, y las últimas aguas, empujadas por los hombres de servicio, se escurrían a través de los imbornales. Al mismo tiempo, el primer contramaestre tomaba sus disposiciones para que todo estuviera listo cuando llegara la hora de zarpar. Aunque no debía efectuarse hasta la tarde, se quitaban las fundas de las velas, se pulían las mangas de ventilación, los bronces de la bitácora y las lumbreras, se izaba el bote grande en sus pescantes, permaneciendo el pequeño a flote para el servicio de a bordo.
Cuando el sol se levantó, el pabellón subió a la pena de la cangreja.
Tres cuartos de hora más tarde, se picaron cuatro campanadas en la campana de proa, y los marineros de guardia tomaron su relevo.
Después de desayunar juntos, los dos oficiales subieron de nuevo a la toldilla, examinaron el estado del cielo bastante despejado por la brisa de tierra, y dieron la orden al contramaestre de que los desembarcara.
Durante esa mañana, el comandante quería inspeccionar una última vez el faro y sus anexos, la vivienda de los guardianes, los almacenes que contenían las provisiones y el combustible, asegurarse en fin del buen funcionamiento de los aparatos.
Descendió pues a la playa, acompañado del oficial, y se dirigió hacia el recinto del faro.
Mientras iban hacia allí, se preocupaban por aquellos tres hombres que iban a quedarse en la lúgubre soledad de la Isla de los Estados.
– Es verdaderamente duro —dijo el capitán—. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta1 buena gente siempre ha llevado una existencia muy ruda, siendo la mayoría antiguos marinos. Para ellos, el servicio de un faro es un descanso relativo.
– Sin duda —respondió Riegal—, pero una cosa es ser guardián de faro en las costas frecuentadas en fácil comunicación con tierra, y otra cosa es vivir en una isla desierta, que los navíos no hacen más que avistar y, además, desde lo más lejos posible.
– Lo admito, Riegal. Por eso el relevo se hará dentro de tres meses. Vásquez, Felipe, Moriz van a empezar en el período menos riguroso.
– En efecto, mi comandante, y no tendrán que sufrir esos terribles inviernos del cabo de Hornos…
– Terribles —aprobó el capitán—. Desde un reconocimiento que hicimos hace algunos años en el estrecho hacia la Tierra del Fuego y la Tierra de la Desolación, del cabo Vírgenes al cabo Pilar, ¡ya no tengo nada que aprender en materia de tempestades! Pero, en fin, nuestros guardianes tienen una vivienda sólida que los temporales no demolerán. No les faltarán ni víveres ni carbón, aunque su servicio se prolongara dos meses más. Sanos los dejamos, sanos los encontraremos, porque, si el aire es vigorizante, ¡al menos es puro, a la entrada del Atlántico y del Pacífico!... Y además, Riegal, está esto: y es que, cuando la autoridad marítima pidió guardianes para el Faro del Fin del Mundo, ¡tuvo donde escoger!
Los dos oficiales acababan de llegar ante el recinto donde los esperaban Vásquez y sus camaradas. La puerta les fue abierta, y se detuvieron tras haber respondido al saludo reglamentario de los tres hombres.
El capitán Lafayate, antes de dirigirles la palabra, los examinó desde los pies, calzados con fuertes botas de agua, hasta la cabeza, cubierta con la capucha del chaquetón encerado.
– ¿Todo ha ido bien esta noche? —preguntó, dirigiéndose al guardián jefe.
– Bien, mi comandante —respondió Vásquez.
– ¿No han avistado ningún barco en alta mar?...
Toda la isla que iba tomando forma ante sus ojos…
– Ninguno, y como el cielo estaba sin bruma, habríamos visto una luz al menos a cuatro millas.
– ¿Las lámparas han funcionado correctamente?...
– Sin interrupción, mi comandante, hasta la salida del sol.
– ¿No han pasado frío en la cámara de guardia?
– No, mi comandante. Está bien cerrada y el viento es detenido por el doble cristal de las ventanas.
– Vamos a visitar su alojamiento y luego el faro.
– A sus órdenes, mi comandante —respondió Vásquez.
Era en la base de la torre donde se había construido el alojamiento de los guardianes, con muros gruesos, capaces de desafiar todas las borrascas magallánicas. Los dos oficiales visitaron las diferentes estancias, convenientemente dispuestas. Nada que temer ni de la lluvia, ni del frío, ni de las tormentas de nieve que son formidables bajo esta latitud casi antártica.
Estas estancias estaban separadas por un pasillo al fondo del cual se abría la puerta que daba acceso al interior de la torre.
– Subamos —dijo el capitán Lafayate.
– A sus órdenes —repitió Vásquez.1
– Basta con que usted nos acompañe.
Vásquez hizo señas a sus dos camaradas para que se quedaran a la entrada del pasillo. Luego empujó la puerta de la escalera, y los dos oficiales lo siguieron.
Aquella estrecha escalera de caracol, con peldaños de piedra empotrados en el muro, no estaba oscura. Diez saeteras la iluminaban de piso en piso.
Cuando hubieron alcanzado la cámara de guardia, por encima de la cual estaban instaladas la linterna y los aparatos de iluminación, los dos oficiales se sentaron en el banco circular fijado al muro. Por las cuatro pequeñas ventanas abiertas en esta cámara, la mirada podía abarcar todos los puntos del horizonte.
Aunque la brisa era moderada, silbaba con bastante fuerza a aquella altura, sin cubrir, sin embargo, los gritos agudos de las gaviotas, las fragatas y los albatros que pasaban dando grandes aletazos.
El capitán Lafayate y su segundo,2 a fin de tener una vista más libre de la isla y del mar circundante, treparon por la escala que conducía a la galería que rodeaba la linterna del faro.
Toda la parte de la isla que se perfilaba bajo sus ojos hacia el oeste estaba desierta, como el mar, cuyo vasto arco de círculo podían recorrer sus miradas, del noroeste al sur, interrumpido solamente, hacia el nordeste, por las alturas del cabo San Juan. Al pie de la torre se abría la bahía de Elgor, cuya orilla se animaba con un ir y venir de los marineros del Santa Fe. Ni una vela, ni una humareda en alta mar. Nada más que las inmensidades del Océano.
Tras una estancia de un cuarto de hora en la galería del faro, los dos oficiales, seguidos de Vásquez, descendieron y regresaron a bordo.
Después de almorzar, el capitán Lafayate y el segundo Riegal se hicieron desembarcar de nuevo. Las horas que precedían a la partida iban a dedicarlas a un paseo por la orilla norte de la bahía. Varias veces ya, y sin práctico —se comprenderá que no lo hubiera en la Isla de los Estados— el comandante había entrado de día para tomar su fondeadero habitual en la pequeña cala al pie del faro. Pero, por prudencia, nunca descuidaba hacer un nuevo reconocimiento de esta región poco o mal conocida.
Los dos oficiales prolongaron pues su excursión. Atravesando el estrecho istmo que une al resto de la isla el cabo San Juan, examinaron la orilla del puerto del mismo nombre, que, al otro lado del cabo, forma como el equivalente de la bahía de Elgor.
– Este puerto San Juan —observó el comandante— es excelente. Hay por todas partes agua suficiente para los buques del mayor tonelaje. Es verdaderamente lamentable que su entrada sea tan difícil. Una luz, incluso de la más escasa intensidad, puesta en alineación con el faro de Elgor, permitiría a los navíos en apuros encontrar fácilmente refugio allí.
– Y es el último que se encuentra al salir del estrecho de Magallanes —hizo notar el teniente Riegal.
A las cuatro los dos oficiales estaban de vuelta. Subieron a bordo después de haberse despedido de Vásquez, de Felipe y de Moriz, que permanecieron en la playa esperando el momento de la partida.
A las cinco, la presión empezaba a subir en la caldera del aviso, cuya chimenea vomitaba torbellinos de humo negro. El mar no tardaría3 en estar en calma, y el Santa Fe levaría el ancla tan pronto como se hiciera sentir la marea bajante.
A las seis menos cuarto, el comandante dio la orden de virar el cabrestante y de poner en marcha la máquina. El exceso de vapor escapaba silbando por el tubo de escape.
En proa, el segundo oficial supervisaba la maniobra; el ancla estuvo pronto a pique, izada al pescante de gata y asegurada a la serviola.
El Santa Fe se puso en marcha, saludado por los adioses de los tres guardianes. Y, pensara lo que pensara Vásquez, si sus camaradas no vieron sin cierta emoción alejarse el aviso, los oficiales y la tripulación sentían una profunda al dejar a aquellos tres hombres en esta isla del extremo de América.
El Santa Fe, a velocidad moderada, siguió la costa que limitaba al noroeste la bahía de Elgor. No eran las ocho cuando salió a mar abierto. Doblado el cabo San Juan, navegó a todo vapor, dejando el estrecho al oeste, y, al caer la noche, la luz del Faro del Fin del Mundo no aparecía ya más que como una estrella en el borde del horizonte.