El pais de las pieles · Parte 2

XII

UNA TENTATIVA AUDAZ

¡Lo sabían aquellas gentes animosas, y, para no aumentar la amargura de su jefe, habían fingido ignorarlo, entregándose con idéntico ardor a los preparativos de la gran invernada! .

Los ojos del teniente Hobson se llenaron de lágrimas de ternura. Sin tratar de ocultar su emoción, tomó la mano que el cazador le tendía, y la estrechó con cariño.

Sí; aquellos soldados intrépidos no ignoraban nada, porque Marbre lo había adivinado todo hacía ya mucho tiempo. La trampa de los renos llena de agua salada; el no haberse presentado el destacamento que esperaban, procedente del fuerte Confianza; las observaciones astronómicas practicadas diariamente con objeto de hallar la latitud y longitud del lugar, que hubieran sido inútiles en tierra firme; las precauciones que adoptaba el teniente Hobson, con objeto de no ser visto, cuando se preparaba a tomar las alturas del sol; y, por último, el cambio de orientación sobrevenido durante los últimos días, y del cual se habían dado exacta cuenta; todos estos indicios reunidos habían hecho comprender su situación a los habitantes del fuerte Esperanza. Tan sólo la llegada de Kalumah habíales parecido inexplicable, suponiendo, como era en efecto verdad, que los azares, de la tempestad habían arrojado a la playa a la joven indígena.

Marbre, que fue el primero en cuya inteligencia se había hecho la luz, manifestó sus sospechas al carpintero Mac-Nap y al herrero Rae. Los tres consideraron fríamente la cuestión y acordaron que debían revelar la verdad, no sólo a sus compañeros, sino a las mujeres también; hecho lo cual, comprometiéronse todos a aparentar ante su jefe que no sabían nada, y a obedecerle ciegamente como siempre.

– ¡Sois unos valientes, amigos míos! — exclamó Paulina Barnett, profundamente conmovida al escuchar las explicaciones de Marbre—; ¡sois unos soldados honrados y valerosos!

– Nuestro teniente puede contar con nosotros —añadió Mac-Nap—. El ha cumplido con su deber, y nosotros sabremos cumplir con el nuestro.

– Sí, sí, mis queridos compañeros — exclamó jasper Hobson—; el Cielo no nos abandonará, y nosotros le ayudaremos a salvarnos.

Después les refirió Jasper Hobson todo lo que había ocurrido desde el día en que el terremoto provocó la fractura del istmo, convirtiendo en isla errante los territorios continentales del cabo Bathurst. Explicóles cómo sobre aquel mar libre de hielos, en medio de la primavera, la nueva isla había sido arrastrada por una corriente desconocida a más de doscientas millas de la costa; cómo el huracán la había vuelto a traer a la vista de la tierra, alejándola nuevamente durante la noche del 31 de agosto; cómo, en fin, la valerosa Kalumah había expuesto su vida por venir en auxilio de sus amigos europeos. Después les dio a conocer los cambios que había experimentado la isla, que se disolvía lentamente en las aguas más cálidas, y el temor que había tenido de ser arrastrados, ora por la corriente de Kamchatka, ora hasta el mar Pacífico. Por último, manifestó a sus compañeros que la isla errante había quedado inmovilizada definitivamente a partir del día 27 de septiembre último.

Fue traída, por fin, la carta de los mares árticos, y Jasper Hobson marcóles la posición que ocupaba la isla, a más de 600 millas de toda tierra.

Terminó diciéndoles que la situación era en extremo peligrosa, que la isla quedaría necesariamente pulverizada cuando sobreviniese el deshielo, y que, antes de recurrir a la embarcación, que no podría ser utilizada hasta el próximo estío, convenía aprovechar el invierno para llegar al continente americano, dirigiéndose a él a través del campo de hielo.

– Tendremos que recorrer seiscientas millas en medio de grandes fríos y de impenetrables tinieblas. La prueba será dura, amigos míos; pero comprenderéis como yo que no hay medio de retroceder.

– Estamos todos dispuestos a seguirle, mi teniente —respondióle Mac-Nap—, tan pronto como dé usted la señal de partida.

Quedó así convenido, y a partir de aquel día empezaron a hacerse, con toda rapidez, los preparativos de la peligrosa expedición. Los hombres habían adoptado valerosamente la resolución de recorrer 600 millas en aquellas condiciones. El sargento Long dirigía los tabajos, en tanto que Jasper Hobson, los dos cazadores y Paulina Barnett iban a reconocer con frecuencia el estado del campo de hielo. Kalumah les acompañaba la mayoría de las veces, y sus consejos, basados en la experiencia, podían ser muy útiles al teniente. Habiéndose fijado la fecha de partida, salvo algún acontecimiento imprevisto, para el 20 de noviembre, no había tiempo que perder.

Según lo había previsto Jasper Hobson, tan pronto se roló el viento, descendió la temperatura, aunque no mucho, y la columna de mercurio marcó 24° Fahrenheit (4º 44' centígrados bajo cero). La nieve reemplazó a la lluvia de los días precedentes, y el suelo endurecióse. Con que se sostuviera aquel frío durante algunos días, el arrastre de los trineos haríase posible. La grieta abierta por delante del cabo Miguel encontrábase rellena de nieve y hielo; pero no debe olvidarse que sus aguas más tranquilas habían debido helarse más de prisa. Buena prueba de ello era que las aguas del mar no presentaban un estado tan satisfactorio.

El viento soplaba casi incesantemente con extremada violencia, oponiéndose las olas a la formación regular de los hielos, de suerte que no adquirían la debida consistencia. Grandes charcas de agua separaban en muchos lugares los témpanos y no era posible intentar aún el paso a través del campo de hielo.

– El tiempo se pone decididamente frío — dijo Paulina Barnett al teniente, el día 15 de noviembre, durante un reconocimiento practicado hasta la costa Sur de la isla—; la temperatura desciende de una manera sensible, y estos espacios líquidos no tardarán en solidificarse.

– Así lo creo yo también —respondió el teniente Hobson—; pero, desgraciadamente, la marea, como se verifica la congelación, es poco favorable para nuestros proyectos. Los témpanos son pequeños, sus bordes forman numerosas asperezas que erizan la superficie del mar; de tal suerte que, auní suponiendo que nuestros trineos se puedan deslizar sobre ella, habrán de tropezar con grandes dificultades.

– Pero, si no me engaño —respondió la viajera—, bastarían algunos días, tal vez algunas horas de copiosas nevadas, para nivelar toda su superficie.

– Sin duda —respondió el teniente—; pero, para que nieve, será necesario que suba la temperatura; y si aumenta el calor, volverá a dislocarse el banco de hielo. ¡He aquí, pues, un dilema cuyas dos consecuencias nos son desfavorables!

– Veamos, señor Hobson— dijo Paulina Barnett—, hay que reconocer que sería el colmo de la mala suerte que tropezásemos en el lugar donde nos encontramos, en pleno océano Glacial, con un invierno templado en vez de un invierno ártico.

– No sería la primera vez que así ocurriese, señora —replicó Jasper Hobson—. Debe usted, además, tener en cuenta que el invierno anterior, que pasamos en el continente americano, fue extremadamente rudo, y que se ha observado que es muy raro que se sucedan uno a otro dos inviernos de idéntico rigor y duración, como los balleneros de los mares boreales saben perfectamente. ¡No cabe duda alguna de que esto constituiría el colmo de la mala suerte! ¡Un invierno crudísimo cuando hubiéramos deseado un invierno moderado, y un invierno benigno, cuando nos hace falta un invierno excesivamente frío! ¡Es preciso reconocer que, hasta ahora, no hemos tenido gran fortuna! ¡Cuando pienso que habrá que franquear una distancia de más de 600 millas, y con mujeres y un niño!

Y, extendiendo la mano hacia el Sur, mostraba Jasper Hobson el espacio infinito que se extendía ante sus ojos: una vasta planicie caprichosamente recortada en forma de encaje. ¡Triste aspecto el de aquel mar, imperfectamente solidificado, cuya superficie crujía con siniestro ruido! Una luna turbia, medio oculta entre las húmedas brumas, elevábase apenas algunos grados sobre el horizonte sombrío, derramando una luz macilenta sobre todo aquel conjunto.

La semiobscuridad, ayudada por ciertos fenómenos de refracción, duplicaba el tamaño de los objetos. Algunos icebergs de mediana altitud adquirían en apariencia dimensiones colosales, tomando a veces formas de monstruos apocalípticos. Algunas aves pasaban agitando con estrépito sus alas, y la menor de ellas, por efecto de esta ilusión óptica, parecía mayor que un cóndor.

En ciertas direcciones, en medio de las montañas de hielo, parecían abrirse inmensos túneles negros, en los cuales el hombre más audaz hubiera temido arriesgarse. Sentíanse, además, súbitos movimientos, debidos al desplome de los icebergs, los cuales, socavados por sus bases, buscaban una nueva posición de equilibrio, produciendo en su caída gran estruendo, que los ecos sonoros repetían. De este modo cambiaba con frecuencia el aspecto de la escena, cual la decoración de una función de magia. ¡Con qué sentimiento de espanto debían contemplar aquellos terribles fenómenos los desdichados invernantes que tenían que aventurarse a través de aquel campo de hielo!

A pesar de su valor y de su energía moral, la viajera sentíase invadida de involuntario terror. Helábase su alma lo mismo que su cuerpo. Sentía tentaciones de cerrar los ojos, de taparse los oídos para no ver ni oir nada. Cuando, en ciertos instantes, se velaba la luna tras una bruma más densa, el aspecto siniestro de aquel paisaje polar acentuábase aún más, y Paulina se imaginaba entonces la caravana de hombres y mujeres caminando a través de aquellas soledades, en medio de las nieves, en medio de las tempestades, en medio de las avalanchas, sumida en las tinieblas horribles de la imponente noche ártica.

Entonces Paulina Barnett hacía esfuerzos para ver. Deseaba habituar su mirada a aquellos imponentes aspectos, acostumbrar su alma a aquel terror. De repente un grito agudo escapóse de su pecho, y su mano oprimió convulsivamente la del teniente Hobson, mostrándole a la par con la otra un enorme objeto blanco, de contornos mal definidos, que se movía en la penumbra a cien pasos apenas de ellos.

Era un monstruo de deslumbradora blancura, de talla gigantesca, cuya altura pasaba de 50 pies. Caminaba lentamente sobre los esparcidos témpanos, saltando de unos a otros, y agitando sus patas formidables que habrían podido abrazar diez enormes encinas a un tiempo. Parecía que, a su vez, trataba también de buscar un paso practicable a través del campo de hielo para huir de aquella isla funesta. Hundíanse los témpanos bajo su enorme peso, y no recuperaban su equilibrio sino después de desordenados movimientos.

El monstruo avanzó así durante un cuarto de milla sobre el campo de hielo; mas después, no encontrando sin duda paso alguno, volvió grupas y se dirigió hacia el punto de la playa ocupado por el teniente y Paulina.

Jasper Hobson requirió el fusil, que llevaba en bandolera, y se dispuso a hacer fuego. Pero después de tener bien enfilado al animal, dejó caer el arma, y dijo a Paulina Barnett muy de quedo:

– Es un oso, señora; un oso cuyas dimensiones ha aumentado la refracción de un modo exagerado.

Era un oso polar en efecto, y Paulina Barnett reconoció en seguida la ilusión óptica de que acababa de ser juguete. Respiró con holgura, y exclamó poco después:

– ¡Es mi oso! ¡Un oso filantrópico! ¡El único, probablemente, que ha quedado en la isla! Pero, ¿qué hace, señor Hobson?

– Trata de escapar, señora —exclamó Jasper Hobson, sacudiendo la cabeza—. ¡Trata de huir de esta maldita isla! Y no puede lograrlo, demostrándonos así que el camino está cerrado para él y para nosotros!

Jasper Hobson no se engañaba. El temible animal, al verse preso, había tratado de abandonar la isla para llegar al continente; y no habiéndolo logrado, regresaba otra vez al litoral. El oso pasó a veinte pies del teniente y su compañera, moviendo la cabeza y gruñendo sordamente; y, o no los vio realmente, o no los creyó dignos de fijar su vista en ellos, pues prosiguió su marcha con pesado paso, y se dirigió hacia el cabo Miguel, no tardando en desaparecer tras un cerro.

Aquel día, el teniente y Paulina Barnett regresaron al fuerte tristes y silenciosos.

Entretanto, proseguían activamente en el fuerte los preparativos para la marcha cuando la travesía de los campos de hielo hubiera sido posible. La seguridad de la expedición exigía que no se descuidase nada, que se viese todo y que se tuviese en cuenta, no sólo las fatigas y sus dificultades naturales, sino también los caprichos de aquella naturaleza polar, que con tanta energía se defiende contra las investigaciones humanas.

Los perros habían sido objeto de particulares cuidados. Déjeseles correr por los alrededores del fuerte, a fin de que el ejercicio les devolviese las fuerzas algo entorpecidas por un prolongado reposo. Los expresados animales encontrábanse todos en un estado satisfactorio y aptos para realizar una larga marcha, si no se les hacía trabajar demasiado.

Examináronse los trineos con cuidado. La superficie abrupta del campo de hielo debía necesariamente exponerlos a choques violentos, de suerte que fue preciso reforzar sus patas principales, encargándose de este trabajo el carpintero Mac-Nap y sus peones.

Construyéronse además dos trineos-carretas de grandes dimensiones, destinados, el uno, al transporte de las provisiones, y el otro, al de las pieles, debiendo ser tirados los dos por los renos domesticados, a quienes adiestróse al efecto. Es muy cierto que las pieles eran una impedimenta de lujo, que tal vez hubiese sido prudente abandonar; pero Jasper Hobson quería, mientras fuera posible, salvar los intereses de la Compañía, decidido, por otra parte, a abandonarlas durante el camino, si comprometían o estorbaban la marcha de la caravana. Nada, por otra parte, se arriesgaba con ello, toda vez que si se abandonaban en el fuerte aquellas valiosísimas pieles, se perderían sin remedio.

Por lo que respecta a los víveres, la cosa era muy distinta. Las provisiones debían ser abundantes y fáciles de transportar. No se podía contar en modo alguno con los productos de la caza. Los animales comestibles les tomarían la delantera, tan luego como el campo de hielo se hallase practicable, dirigiéndose a toda prisa a las regiones del Sur. Así, pues, colocáronse en un carro especial carnes conservadas, cecina, pasteles de liebre, pescados secos, galletas, cuya existencia era desgraciadamente bastante reducida, gran cantidad de acederas y de codearías, aguardiente, espíritu de vino para la confección de las bebidas calientes, etc., etc. Bien hubiera querido Jasper Hobson llevar también combustible, porque durante las 600 millas no encontrarían un árbol, ni un arbusto, ni una mata de musgo, y no había que contar con que el mar arrojara maderas ni despojos de buques; pero no podía admitirse semejante sobrecarga y fue preciso renunciar a ella. Afortunadamente, los vestidos de abrigo no habían de faltar; serían abundantes y cálidos, y, si fuese preciso, se haría uso de las pieles que conducía el otro carro.

En cuanto a Tomás Black, que después de su infausta aventura habíase retirado en absoluto del mundo, huyendo de sus compañeros, encerrándose en su camarote y no tomando parte jamás en los consejos que el teniente, el sargento y la viajera celebraban, reapareció tan pronto como se hubo fijado el día de la partida; pero fue para ocuparse únicamente del trineo que debía transportar su persona, sus instrumentos y sus libros de apuntes. Mudo siempre, no había medio de arrancarle una sola palabra. Habíalo olvidado todo, hasta su condición de sabio inclusive; y desde que quedó en ridículo con las protuberancias lunares, no había prestado la menor atención al estudio de los fenómenos peculiares de las altas latitudes, tales como las auroras boreales, los halos, las paraselenes, etc.

En fin, durante los últimos días cada cual se había aplicado a su tarea con tal diligencia y celo, que, en la mañana del 18 de noviembre, todo estaba dispuesto para la partida. Por desgracia, el campo de hielo no se hallaba todavía practicable. Si bien es cierto que la temperatura había descendido, el frío no había sido lo suficiente intenso para solidificar de una manera uniforme la superficie del mar. La nieve, además de ser muy fina, no caía de un modo uniforme y continuo. Jasper Hobson, Marbre y Sabine habían recorrido diariamente el litoral de la isla, desde el cabo Miguel hasta la punta de la antigua bahía de las Morsas, y hasta se habían aventurado por el campo de hielo, alejándose de la costa milla y media aproximadamente, viéndose en la necesidad de reconocer que estaba lleno de hoyos, cortaduras y grietas. Era materialmente imposible que por su superficie pudiesen caminar, no digamos ya los trineos, sino ni aun siquiera los hombres dueños de sus movimientos. Las fatigas del teniente Hobson y de sus hombres durante estas excursiones habían sido terribles, y más de una vez creyeron que no podrían volver a la isla Victoria a través de aquellos témpanos movibles todavía.

Parecía verdaderamente que la Naturaleza se cebaba en aquellos desdichados invernantes. Durante los días 18 y 19 de noviembre subió el termómetro en tanto que el barómetro descendía. Esta modificación del estado atmosférico debía producir fatales resultados. A la par que disminuía el frío, llenábase de vapores el cielo. Con una temperatura de 34° Fahrenheit (1º 11’ centígrados sobre cero, lo que cayó en abundancia no fue nieve, sino agua. La lluvia, relativamente cálida, fundía en muchos lugares la capa de nieve blanca.

Fácil es imaginar el efecto que estas aguas del cielo producirían sobre el campo de hielo, disgregándolo de un modo que cualquiera hubiera creído que se aproximaba el deshielo. Jasper Hobson, que a pesar del mal tiempo reinante iba frecuentemente a la costa meridional de la isla, volvió un día desesperado.

El día 20, una nueva tempestad, casi igual en violencia a la que un mes atrás había azotado a la isla, desencadenóse en aquellas funestas regiones del océano Glacial. Los invernantes tuvieron que renunciar a salir al exterior, y durante dos días viéronse en la precisión de permanecer encerrados dentro del fuerte Esperanza.

Sürgöny

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