El pais de las pieles · Parte 2

VIII

UNA EXCURSIÓN DE PAULINA BAR NETT

Durante toda la mañana, Jasper Hobson y el sargento Long anduvieron recorriendo toda aquella parte del litoral. El tiempo se había modificado de una manera notable, cesando casi por completo la lluvia; pero el viento, con una brusquedad extraordinaria, acababa de rolarse al Sudoeste, sin que disminuyera su violencia; circunstancia fatal que hizo que Jasper Hobson renunciase desde entonces a toda esperanza de alcanzar la tierra firme, toda vez que alejando a la isla de la costa americana, empujaríala hacia las peligrosas corrientes que se dirigen hacia el norte del océano Glacial.

Pero, ¿había motivos para afirmar que la isla se había aproximado al continente americano durante aquella noche terrible? ¿Tratábase solamente de un presentimiento del teniente Hobson, que no se había realizado? La atmósfera estaba entonces bien clara, descubría la mirada un radio de muchas millas, y, no obstante, no se veía la menor apariencia de tierra. ¿No sería preciso recurrir a la hipótesis del sargento, y suponer que un buque había pasado lá noche precedente a la vista de la isla, que se había distinguido desde ésta alguna de sus luces, y que el grito que oyeron había sido lanzado por algún marinero en un momento de angustia? Y este buque, ¿no habría naufragado durante la tempestad?

En todo caso, y cualquiera que fuese la causa, no se veía casco alguno en el mar ni restos del naufragio en las playas. El océano, barrido ahora por el viento de tierra, hervía en olas enormes que difícilmente hubiera podido sortear ningún buque.

– Mi teniente —dijo el sargento Long—, aquí no hay más remedio que tomar una resolución decisiva.

– Sí —respondió Jasper Hobson—, tiene usted razón, sargento; y esta resolución no puede ser otra que permanecer en la isla, esperando la llegada del invierno, que es el único que puede salvarnos.

Era entonces mediodía, y Jasper Hobson, que deseaba llegar antes de obscurecer al fuerte Esperanza, emprendió con su compañero el viaje de regreso al cabo Bathurst, ayudados por el viento que recibían por la espalda. Sentían gran inquietud, temerosos de que la isla se hubiese acabado de dividir en dos partes durante, aquella desenfrenada lucha de todos los elementos. La grieta observada la víspera, ¿no se habría prolongado en toda su amplitud? ¿No se hallarían ahora separados de sus amigos? ¡Todo era de temer!

No tardaron en llegar a la selva que habían atravesado la víspera. Gran número de árboles yacían sobre la tierra, tronchados unos por el tronco, arrancados otros de raíz de aquella tierra vegetal cuyo ligero espesor no les ofrecía un punto de apoyo suficiente. Los que quedaban en pie, privados de sus hojas por el huracán, crujían ruidosamente azotados poi el viento del Sudoeste.

Dos millas después de atravesar este devastado bosque llegaron los exploradores al borde de la grieta cuyas dimensiones no les había permitido reconocer la obscuridad de la víspera, y la examinaron con cuidado. Tratábase de una fractura de unos cincuenta pies de ancho que cortaba el litoral a la mitad aproximadamente del camino que iba del cabo Miguel al antiguo Puerto Barnett, la cual formaba una especie de estuario que se internaba en la isla por espacio de más de milla y media. Cada vez que una nueva tempestad viniese a agitar el mar, la grieta tendría que abrirse más y más.

Habiéndose acercado a la orilla Jasper Hobson, vio que un enorme témpano se desgajaba en aquel preciso instante de la isla y se alejaba de ella.

– ¡Ese! ¡ése es el peligro! — murmuró el sargento Long.

Ambos retrocedieron entonces con rápido paso hacia el Oeste a fin de contornear la enorme grieta, y, a partir de aquel momento, dirigiéronse directamente hacia el fuerte Esperanza.

Durante todo el camino, no observaron ningún otro cambio. A las cuatro franqueban la poterna del recinto, encontrando a todos sus compañeros dedicados a sus habituales tareas.

Díjoles Jasper Hobson que, por última vez antes de la llegada del invierno, había querido ver si encontraba algunas huellas del convoy prometido por el capitán Craventy; pero que sus pesquisas habían resultado estériles.

– Me parece, mi teniente —dijo Marbre—, que es preciso renunciar, al menos por este año, a ver a nuestros compañeros del fuerte Confianza.

– También yo lo creo así, Marbre — respondió simplemente Jasper Hobson, y entró en la sala común.

En seguida enteró a Paulina Barnett de los hechos más notables de la exploración: la luz que percibieron sus ojos, y el grito que escucharon sus oídos, aseguráronle que ni su sargento ni él habían sido víctimas de una alucinación. La luz había sido vista realmente y el grito oído sin género alguno de duda. Por fin, tras muchas reflexiones, todos fueron de opinión de que un buque en situación apurada había pasado durante la noche a muy corta distancia de la isla; pero que ésta no se había aproximado al continente americano.

Entretanto, el viento del Sudoeste despejó rápidamente el firmamento y limpió de vapores la atmósfera, lo cual hizo concebir al teniente la esperanza de poder hallar al día siguiente la situación de la isla.

En efecto; la noche fue más fría y cayó una nieve menuda que cubrió por completo la superficie de la isla. Al siguiente día al levantarse, pudo Jasper Hobson dar la más cordial bienvenida a este primer síntoma del invierno.

Era el 2 de septiembre. El cielo despejóse poco a poco de las brumas que lo empañaban, e hizo el sol su aparición. El teniente, que lo esperaba con ansia, efectuó a mediodía una buena observación de latitud, y, a eso de las dos de la tarde, calculó un ángulo horario que le dio la longitud. El resultado de sus observaciones fue el siguiente: Latitud: 70° 57'. Longitud: 170° 30'.

Así, pues, a pesar de la violencia del huracán, la isla errante habíase mantenido, aproximadamente, en el mismo paralelo; sólo que la corriente habíala arrastrado algo más hacia el Oeste. Hallábase en aquellos momentos tanto avante con el estrecho de Behring, pero a 400 millas, lo menos, al norte del cabo Oriental y del cabo del Príncipe de Gales, que formaban la parte más angosta del estrecho.

La nueva situación era aún más grave. La isla se aproximaba cada día más a aquella gran corriente de Kamchatka que, si la envolvía en sus rápidas aguas, podía llevarla muy lejos hacia el Norte. Era evidente que antes de muy poco tiempo se decidiría su destino: o quedaría inmóvil enjre las dos corrientes contrarias, hasta que se solidificase el mar en torno suyo, o iría a perderse en las soledades de las regiones hiperbóreas.

Jasper Hobson, extraordinariamente afectado, pero queriendo ocultar sus inquietudes, entró solo en su cuarto y no se dejó ver en todo el resto del día. Con los planos ante la vista, hizo un llamamiento supremo a todo su talento, a toda su ingeniosidad e inventiva con objeto de hallar alguna solución.

La temperatura bajó algunos grados más durante aquel día, y las brumas, que a la caída de la tarde habíanse elevado por encima del horizonte, por la parte Sudoeste, cayeron convertidas en nieve durante la noche inmediata. A la mañana siguiente, la capa de nieve alcanzaba una altura de dos pulgadas. El invierno se aproximaba al fin.

Aquel día, 3 de septiembre, resolvió Paulina Barnett recorrer, alejándose algunas millas, la porción del litoral que se extendía entre el cabo Bathurst y el cabo Esquimal, deseosa de examinar los cambios que la tempestad hubiera podido producir durante los días precedentes. Si le hubiese propuesto al teniente que la acompañase en aquella exploración, éste lo hubiera hecho sin duda, sin titubear un momento; pero, no queriendo arrancarle de sus preocupaciones, decidióse a partir sin él, llevando consigo a Madge.

No había, por otra parte, que temer ningún peligro. Los únicos animales realmente temibles, que eran los osos, parecían haber abandonado todos la isla en la época del terremoto; de suerte que bien podían dos mujeres, sin que ello constituyese imprudencia, arriesgarse por los alrededores del cabo para hacer una excursión que sólo debía durar algunas horas.

Madge aceptó sin reparo de ninguna especie la proposición de Paulina Barnett, y ambas, sin decírselo a nadie, a las ocho de la mañana, armadas con un simple cuchillo para cortar nieve, y provistas de cantimplora y morral, dirigiéronse hacia el Oeste, después de haber bajado las cuestas del cabo Bathurst.

Ya el sol se atrrastraba lánguido por encima del horizonte, pues sólo se elevaba algunos grados en su culminación; pero sus oblicuos rayos eran claros, penetrantes, y fundían aún la ligera capa de nieve en ciertos sitios directamente. expuestos a su disolvente acción.

Numerosísimas aves volaban en grandes bandadas, animando el litoral, atronando con sus gritos el espacio, y pasando sucesivamente del mar a la laguna, y al contrario, según se lo dictaba el capricho.

Paulina Barnett pudo entonces observar cuánto abundaban en los alrededores del fuerte Esperanza los animales de pieles preciosas, tales como los armiños, las martas, las zorras y las ratas almizcleras. La factoría hubiera podido abarrotar sin gran trabajo todos sus almacenes. Pero ahora, ¿con qué objeto?

Aquellos inofensivos animales, comprendiendo que no los cazarían, acercábanse sin temor hasta el pie de la empalizada, familiarizándose cada vez más con la presencia del hombre. Su instinto les había enseñado, sin duda, que se hallaban prisioneros en la isla, lo mismo que sus habitantes, y que la misma suerte les esperaba a todos.

Lo más extraño era, y Paulina Barnett se hubo de fijar en ello, que Marbre y Sabine, aquellos dos empedernidos cazadores, obedecían, sin tener que violentarse, las órdenes del teniente, que les había prohibido atacasen en absoluto a los animales de pieles valiosas, no pareciendo experimentar el menor deseo de descargar sus escopetas sobre ellos. Es cierto que las zorras y otros varios animales no habían echado aún el pelo del invierno, lo cual disminuía su valor de una manera notable; pero este motivo no bastaba para explicar la extraordinaria indiferencia de los dos cazadores.

Mientras que caminaban a buen paso Paulina Barnett y Madge, hablando de su extraña situación, observaban atentamente el pequeño cantil de arena que formaba la playa. Los desgastes que el mar había causado recientemente en ella eran bien visibles por cierto. Los últimos desmoronamientos dejaban ver, de trecho en trecho, fracturas nuevas perfectamente reconocibles. La playa, descarnada en ciertos parajes, había descendido de una manera alarmante, y ahora, las amplias olas extendíanse por donde la ribera, acantilada antes, les había ofrecido hasta entonces una insuperable barrera. Era evidente que se habían hundido algunas porciones de la isla, sobresaliendo ahora apenas sobre la superficie del mar.

– Mira, querida Madge —dijo Paulina Barnett, mostrando a su compañera vastas extensiones de terreno sobre el cual corrían las olas, desplegándose—, nuestra situación ha empeorado durante esta funesta tempestad. No hay duda de que el nivel de la isla desciende en general. Nuestra salvación es, de aquí en adelante, sólo cuestión de tiempo. ¿Llegara el invierno suficientemente de prisa? En eso consista todo.

– El invierno llegará, hija mía —respondió Madge con su inquebrantable confianza—. Hace ya dos noches que nieva; el frío empieza a fraguarse allá arriba, en el cielo, y, creo firmemente que es Dios quien nos lo envía.

– Tienes mucha razón, Madge, hay que tener confianza. Nosotras, las mujeres, que no buscamos la razón física de las cosas, no debemos desesperar en circunstancias en que desesperarían tal vez los hombres instruidos. Esto es una ventana. Por desgracia, Jasper Hobson no puede razonar como nosotras. Conoce la razón de los hechos, reflexiona, calcula, mide el tiempo que nos falta y le veo muy en peligro de perder toda esperanza.

– Sin embargo, es un hombre enérgico, un corazón animoso — respondió Madge.

– Sí —añadió Paulina—, y nos salvará sin duda, si es que nuestra salvación depende todavía de los hombres.

A las nueve, Paulina Barnett y Madge habían recorrido una distancia de cuafro millas lo menos. Varias veces se vieron obligadas a abandonar la línea del litoral e internarse algo en la isla, a fin de contornear ciertas porciones bajas del terreno invadidas ya por las olas. En algunos lugares se hallaban señales del mar a más de media milla, debiendo ser en ellos en extremo reducido el espesor del campo de hielo. Era, pues, de temer que cediese en varios puntos, y que, a consecuencia de esta fractura, se formasen nuevas calas y bahías en el litoral.

Observó Paulina Barnett que, a medida que se alejaba del fuerte Esperanza, disminuía de una manera notable el número de animales de pieles valiosas, los cuales se consideraban, sin duda, más seguros en las proximidades del hombre, a quien tanto temían antes, y por eso se agrupaban voluntariamente en los alrededores de la factoría..

Por lo que respecta a las fieras a quienes el instinto no hubiese inducido a abandonar la isla cuando todavía era tiempo, debían ser muy escasas. Sin embargo, Paulina Barnett y Madge divisaron algunos lobos que erraban a lo lejos, en la llanura, salvajes carnívoros a quienes el peligro común no parecía haber amansado aún.

Pero, lejos de acercarse, huyeron despavoridos, desapareciendo bien pronto detrás de las colinas meridionales del lago.

– ¿Qué será de estos animales, presos como nosotros en la isla, y qué harán cuando, al llegar el invierno, se les acabe la comida y se encuentren hambrientos? — dijo Madge.

– ¡Hambrientos! —repitió Paulina Barnett— ; no pienses eso, Madge. Por esta parte, bien puedes estar tranquila, que nada tendremos que temer de ellos. Por lo tanto, no tenemos que temer sus agresiones. ¡No! ¡El peligro no es ése! El peligro está en este frágil suelo que nos sustenta, que se hundirá, que puede hundirse bajo nuestros pies a cada instante. Mira, Madge; ¡fíjate cómo avanza el mar en este punto hacia el interior de la isla! Ya cubre una parte considerable de esta llanura, que sus aguas, relativamente cálidas todavía, socavarán a la vez por encima y por debajo. Si los fríos no lo evitan, dentro de poco tiempo el mar se habrá unido al lago, y nos quedaremos sin él, como ya nos quedamos sin puerto y sin riachuelo.

– ¡Pero, si tal ocurriese —dijo Madge—, sería verdaderamente una irreparable desgracia!

– ¿Por qué, Madge? — preguntó Paulina Barnett, mirando a su compañera.

– ¡Por qué ha de ser! Porque nos veríamos privados en absoluto de agua dulce — respondió Madge.

– ¡Ah! no nos faltará el agua dulce; tranquilízate, Madge. La lluvia, la nieve, el hielo, los icebergs del océano, el suelo mismo de la isla que nos sostiene... ¡todo eso es agua dulce! No, no; te lo repito; el peligro no es ése.

A eso des las diez, Paulina Barnett y Madge encontrábanse a la altura del cabo Esquimal; pero a dos millas, lo menos, hacia el interior de la isla, porque les había sido imposible seguir el litoral, profundamente carcomido por las olas. Las dos mujeres, un tanto fatigadas por el efecto de un viaje alargado por tantos rodeos, resolvieron descansar unos instantes antes de emprender ,el camino de regreso al fuerte Esperanza. En aquel lugar existía un bosquecillo de abedules y madroños que coronaba un cerro de escasa elevación. Un montículo guarnecido de amarillento musgo, cuya exposición directa a los rayos del sol había desembarazado de nieves, ofrecíales un paraje a propósito para descansar.

Paulina Barnett y Madge sentáronse una al lado de la otra, al pie del grupo de árboles; abrieron el zurrón y repartiéronse como hermanas su frugal contenido.

Media hora más tarde, Paulina Barnett, antes de emprender el camino de la factoría, propuso a su compañera llegar hasta el litoral, con objeto de reconocer el estado actual del cabo Esquimal. Deseaba saber si aquella punta avanzada había resistido o no los embates de la tempestad. Madge se mostró dispuesta a acompañar a su hija a donde quisiese, pero le hizo observar que las separaba del cabo Bathurst una distancia de ocho a nueve millas, y que no convenía que su ausencia despertase inquietudes en el teniente Hobson.

Paulina Barnett, no obstante, impulsada, sin duda, por un secreto presentimiento, insistió en su deseo, e hizo perfectamente, como se verá bien pronto. Después de todo, la satisfacción de aquel sencillo capricho no podría prolongar arriba de media hora la duración de su ausencia.

Paulina Barnett y Madge levantáronse, pues, y dirigiéronse hacia el cabo Esquimal.

Pero aún no habían avanzado siquiera un cuarto de milla, cuando la viajera, deteniéndose de improviso, mostró a Magde unas huellas perfectamente regulares y claramente impresas en la nieve. Eran tan recientes, que no podían datar de más de nueve o diez horas, pues, de lo contrario, la nevada de la noche anterior las habría evidentemente recubierto.

– ¿Qué animal ha pasado por aquí? — preguntó Madge. —No ha sido un animal — respondióle Paulina Barnett, agachándose para examinar mejor las huellas—. Todo animal que camina sobre cuatro patas deja huellas muy diferentes de éstas. Fíjate, Madge; estas pisadas son idénticas, se comprende en Seguida que pertenecen a un ser humano.

– Pero, ¿quién puede haber pasado por aquí? —respondió Madge—. Ninguno de los habitantes del fuerte se ha alejado de él, y, supuesto que nos hallamos en una isla... Debes engañarte, hija mía... Pero, en fin, sigamos estas huellas y veamos adonde nos conducen.

Paulina Barnett y Madge reanudaron la marcha, observando atentamente las pisadas.

Cincuenta pasos más lejos detuviéronse de nuevo. —¡Espera... —dijo la viajera, deteniendo a su compañera—, fíjate bien y dime si estoy equivocada! Junto a las huellas y en un lugar en que la nieve había sido recientemente aplastada por un cuerpo pesado, se veía con entera claridad la impresión de una mano.

– ¡Una mano de mujer o de niño! — exclamó Madge.

– Sí —respondió Paulina Barnett—, una mujer o una niña han debido caer en este sitio, rendidos de dolor y de cansancio, completamente agotados... Después, se ha levantado quien fuese, y ha reanudado su marcha... Mira cómo siguen las huellas... más allá existen nuevas señales de caídas...

– Pero, ¿quién puede ser? — insistió Madge.

– ¿Lo sé yo, por ventura? —respondió Paulina Barnett—. Tal vez algún ser desdichado, preso como nosotros desde hace cuatro meses en la isla. Quizá también algún náufrago arrojado por la tempestad a la playa... Acuérdate de la luz y del grito de que nos han hablado el sargento y el teniente... Ven, ven, Madge, tal vez podamos salvar a algún infortunado...

Y Paulina Barnett arrastró a su compañera a lo largo de aquella dolorosa vía, impresa sobre la nieve, sobre la que no tardó en descubrir gotas de sangre.

«¡Tal vez podamos salvar a algún infortunado!», había dicho la compasiva y valerosa mujer. ¿Había olvidado, acaso, que en aquella isla, medio socavada por las aguas, y destinada a hundirse, más tarde o más temprano, en las profundidades del océano, no había salvación para otros ni para ella?

Las huellas existentes en el suelo dirigíanse hacia el cabo Esquimal. Paulina Barnett y Madge seguíanlas atentamente; mas bien pronto multiplicáronse las manchas de sangre y desaparecieron las huellas, quedando sólo un sendero irregular trazado sobre la nieve. A partir de aquel momento, la víctima, sin fuerzas para tenerse de pie, había proseguido su camino arrastrándose, con ayuda de los brazos y las piernas, dejando detrás de sí trozos de sus vestiduras, consistentes en fragmentos de varias pieles.

– ¡Vamos! ¡vamos! — repetía Paulina Barnett, cuy corazón latía con extraordinaria violencia.

Madge la seguía. El cabo Esquimal sólo distaba ya quinientos pasos. Veíasele emerger de la mar y dibujarse sobre el fondo del cielo; pero estaba desierto.

Evidentemente, las huellas seguidas por las dos mujeres iban a parar al cabo. Paulina Barnett y Madge, corriendo sin cesar, siguiéronlas hasta el fin, sin hallar absolutamente nada. Pero, al pie mismo del cabo, en la base del montículo que lo formaba, torcían a la derecha y trazaban un sendero hacia el mar.

Paulina Barnett dirigióse a la carrera en esta dirección; pero, en el momento dé desembocar en la playa, Madge, que la seguía y lo examinaba todo con inquieta mirada, retúvola con la mano.

– ¡Detente! —le dijo en voz baja.

– ¡No, Madge, no! — exclamó Paulina Barnett, a quien una especie de instinto impulsaba a su pesar.

– ¡Detente, hija mía, y mira! — respondió Madge, reteniendo con mayor vigor aún a su compañera.

A cincuenta pasos del cabo Esquimal, en el mismo veril de la playa, agitábase una masa blanca, lanzando formidables gruñidos.

Era un oso polar de gigantesca talla. Las dos mujeres, inmóviles, contempláronlo con espanto. El gigantesco animal giraba alrededor de una especie de fardo de pieles que yacía sobre la nieve; levantólo después, dejólo caer en seguida, y lo olió repetidas veces. Cualquiera hubiera dicho que aquel bulto era el cuerpo inanimado de una morsa.

Paulina Barnett y Magde no sabían qué pensar, ni si deberían seguir avanzando, cuando, en uno de los movimientos impresos por el animal a .aquel cuerpo, cayósele el capuchón que le cubría la cabeza, dejando al descubierto una hermosa cabellera negra.

– ¡Una mujer! — exclamó Paulina Barnett, queriendo lanzarse hacia la desdichada, ansiosa de saber si estaba viva o muerta.

– ¡Detente! —repitió Madge, reteniéndola— . ¡Detente! ¡No le causará ningún mal!

El oso, efectivamente, miraba con atención el cuerpo, contentándose con girar en torno de él, sin pensar en despedazarlo con sus formidables garras. Después se alejaba de él y volvía a aproximarse de nuevo. Parecía dudar acerca de la conducta que debería seguir. No había visto a las dos mujeres que le observaban con terrible ansiedad.

De repente sintióse un crujido. El suelo experimentó una especie de trepidación, y se hubiera podido creer que el cabo Esquimal se hundía todo entero en el agua.

Era un enorme trozo de isla que se desgajaba de la costa, un vasto témpano cuyo centro de gravedad habíase desplazado a consecuencia de una alteración de su peso específico, y que se marchaba a la deriva, llevándose consigo al oso y el cuerpo de la mujer. Paulina Barnett lanzó un grito terrible y quiso lanzarse hacia el témpano antes que se alejase demasiado.

– ¡Detente! ¡detente, hija mía! — repitió con frialdad Madge, estrechando a su compañera con mano convulsa.

Al ruido producido por la ruptura del témpano, el oso había retrocedido de repente, y, lanzando un gruñido formidable, abandonó su presa y se precipitó hacia el lado de la playa, de la que le separaba ya una distancia de unos cuarenta pies; después, como despavorido, dio la vuelta al islote marchando a carrera abierta, arañó con sus garras el suelo, hizo volar en torno suyo la nieve y la arena, y volvió en seguida a la vera del inanimado cuerpo.

Entonces, con gran estupefacción de ambas mujeres, cogió por los vestidos el cuerpo, suspendiólo de su fauces, se aproximó al borde del témpano inmediato a la orilla de la isla, y precipitóse en el mar.

Vigoroso nadador, cual son todos sus congéneres de las regiones polares, llegó en pocos momentos a la playa de la isla, y depositó en ella el cuerpo que traía en la boca.

Paulina Barnett no pudo contenerse, y, sin pensar en el peligro de encontrarse frente a frente con el feroz carnívoro, escapóse de las manos de Madge y se lanzó hacia la playa.

Al verla venir el oso, alzóse sobre sus patas traseras y vino derecho hacia ella. Sin embargo, a diez pasos de distancia, se detuvo; sacudió su enorme cabeza, y después, como si hubiese perdido su ferocidad natural bajo la influencia de aquel terror que parecía haber metamorfoseado toda la fauna de la isla, volvió grupas, lanzó un sordo gruñido, y marchóse tranquilamente hacia el interior, sin volver la vista siquiera.

Paulina Barnett corrió inmediatamente hacia el cuerpo que yacía tendido sobre la nieve.

Un grito de terror escapóse de su pecho.

– ¡Madge! ¡Madge! —exclamó.

Madge aproximóse entonces y contempló aquel cuerpo inanimado. ¡Era el cuerpo de la joven esquimal Kalumah!

Sürgöny

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