El pais de las pieles · Parte 1

III

UN SABIO DESHELADO

AI llegar el sargento Long al estrecho corredor en que se abría la puerta del fuerte, oyó redoblarse los gritos. Llamaban violentamente a la poterna que daba acceso al patio, protegido por altas paredes de madera.

El sargento empujó la puerta, y hundiéndose hasta las rodillas en la nieve que cubría el suelo, cegado por el viento y aterido hasta los huesos por el frío terrible que reinaba, cruzó el patio oblicuamente y se dirigió a la poterna.

– ¡Quién diablos puede venir hasta aquí con semejante tiempo! —pensaba el sargento Long mientras quitaba metódicamente, con ritmo militar, si se nos permite la frase, las pesadas barras que cerraban la poterna—. ¡Sólo los esquimales son capaces de arriesgarse con un frío como éste!

– Pero abrid, por Dios, de una vez — gritaban desde fuera.

– Ya abro — respondió el sargento, que parecía realmente que abría en doce tiempos.

Por fin, rebatiéronse hacia dentro las hojas de la puerta, y el sargento fue casi derribado en la nieve por un trineo, tirado por seis perros, que penetró como un rayo. Faltó poco para que el digno Long fuese despedazado. Mas, levantándose sin siquiera proferir una queja, cerró la poterna y volvió hacia la casa principal al paso ordinario, es decir, dando setenta y cinco pasos por minuto.

Pero ya estaban allí el capitán Craventy, el teniente Jasper Hobson y el cabo Joliffe, desafiando la temperatura inclemente y examinando el trineo, blanco de nieve, que acababa de detenerse ante ellos.

Un hombre completamente envuelto en pieles, descendió del vehículo, preguntando:

– ¿Es éste el fuerte Confianza?

– Este es — respondió el capitán.

– ¿El capitán Craventy?

– Para servirle. ¿Quién es usted?

– Un correo de la Compañía.

– ¿Viene usted solo?

– No; traigo conmigo un viajero.

– ¡Un viajero! ¿Qué viene a hacer aquí?

– Viene a ver la Luna.

Al escuchar esta respuesta, pensó el capitán Craventy si estaría hablando con un loco, y en verdad que no le faltaban razones para ello. Pero no era la ocasión más propicia para formular opiniones. El correo había sacado del trineo una masa inerte, una especie de saco cubierto de nieve, y se disponía a introducirlo en la casa, cuando le preguntó el capitán:

– ¿Qué saco es ése?

– Es mi viajero — respondió el correo.

– ¿Y quién es ese viajero?

– El astrónomo Tomás Black.

– ¡Pero si está helado!

– ¡Bien! ya lo deshelaremos entre todos.

Tomás Black hizo su entrada en la casa del fuerte en brazos del sargento, del cabo y del correo, y fue depositado en una habitación del primer piso, cuya temperatura era muy soportable gracias a la presencia de una estufa calentada hasta el rojo cereza. Extendiéronle sobre un lecho y le tomó la mano el capitán.

Esta mano estaba literalmente helada. Despojóse a Tomás Black de las mantas y abrigos de pieles que le envolvían, convirtiéndole en un verdadero paquete, y descubrióse bajo ellas un hombre de unos cincuenta años de edad, aproximadamente, grueso, bajo de estatura, con el cabello canoso, la barba poco cuidada, los ojos cerrados, y la boca apretada como si hubiese tenido los labios pegados con cola. Aquel hombre no respiraba ya, o lo hacía de un modo tan débil, que su aliento apenas hubiera empañado un espejo. Joliffe lo desnudaba, lo movía, lo zarandeaba con presteza, diciendo al mismo tiempo:

– ¡Vamos, vamos, caballero! ¿No quiere usted volver en su conocimiento?

Aquel personaje, llegado en tan especiales circunstancias, parecía un cadáver. Para devolverle el calor perdido no se le ocurrió al cabo Joliffe más que un medio heroico, consistente en sumergirlo en el ardiente ponche.

Por fortuna, sin embargo, para el pobre Tomás Black, el teniente Jasper Hobson discurrió otro procedimiento.

– ¡Nieve! ¡nieve! —gritó—. Sargento Long, traiga usted algunos puñados de nieve.

Esta substancia abundaba en el patio del fuerte Confianza, y, mientras el sargento iba a buscarla, Joliffe terminó de desnudar al astrónomo.

El cuerpo del desdichado estaba cubierto de placas blancuzcas que indicaban que el frío había penetrado violentamente en las carnes. Era en extremo urgente hacer acudir de nuevo la sangre a las partes atacadas, y esto esperaba Jasper Hobson lograrlo mediante vigorosas fricciones de nieve; pues sabido es que éste es el medio generalmente empleado en las regiones polares para restablecer la circulación que un frío muy violento ha detenido, como detiene las corrientes de los ríos.

Cuando volvió el sargento Long, entre él y el cabo Joliffe friccionaron al recién llegado con inusitada energía. Aquello no era ya una linición suave, una fomentación untuosa; sino un vigoroso masaje, practicado por brazos musculosos que recordaban más bien los arañazos de la almohada que las caricias de las manos.

Y durante esta operación, el locuaz cabo interpelaba sin cesar al viajero que no podía oírle.

– ¡Vamos, vamos, señor! ¿A quién se le ocurre dejarse enfriar así? ¡Vamos, no sea usted tan terco!

Probablemente, Tomás Black se obstinaba, pues transcurrió media hora sin que consintiese en dar señales de vida. Todos desesperaban ya de conseguir reanimarle, e iban ya a suspender los masajistas su fatigoso ejercicio, cuando el pobre infeliz exhaló algunos suspiros.

– ¡Ah! ¡vive! ¡vuelve en sí!—exclamó Jasper Hobson.

Después de haber calentado, por medio de fricciones, el exterior del cuerpo, no debía olvidarse el interior; por eso el cabo Joliffe apresuróse a traer algunos vasos de ponche. El viajero sintióse verdaderamente aliviado; saliéronle los colores a la cara, recuperaron sus ojos su brillo natural, volvió la palabra a sus labios, concibiendo por fin el capitán Craventy la esperanza de que Tomás Black le explicase por qué causa se hallaba en aquel lugar y en tan deplorable estado.

El astrónomo, bien envuelto entre mantas, incorporóse a medias, y, apoyándose sobre el codo, preguntó con debilitado acento:

– ¿El fuerte Confianza?

– Es éste — respondió el capitán.

– ¿El capitán Craventy?

– Para servir a usted, caballero, y reciba mi sincera bienvenida. Pero, ¿me permite usted que le pregunte para qué ha venido usted a este fuerte?

– Para ver la Luna — respondió el correo, que, sin duda, se tenía aprendida de memoria la respuesta, porque era la segunda vez que la espetaba.

Por lo demás, esta contestación pareció satisfacer a Tomás Black, pues hizo una señal afirmativa, y preguntó nuevamente:

– ¿El teniente Hobson?

– Servidor — dijo el teniente.

– ¿No ha partido usted aún?

– Todavía no, señor.

– Pues bien, señores —añadió Tomás Black—, sólo me resta dar a ustedes las gracias, y entregarme al descanso hasta mañana.

El capitán y sus compañeros retiráronse, pues, dejando reposar tranquilamente a aquel singular personaje.

Media hora después, terminaba la fiesta, y regresaban los invitados a sus respectivas viviendas, situadas ya en las habitaciones del fuerte, ya en las cabañas que fuera del recinto existían.

Al día siguiente, se hallaba Tomás Black casi restablecido. Su vigorosa constitución había triunfado de aquel frío excesivo. Otro no se habría deshelado; pero él no era igual que todo el mundo.

¿Quién era aquel astrónomo? ¿De dónde venía? ¿A qué obedecía aquel viaje a través de los territorios de la Compañía, en el rigor del invierno? ¿Qué significaba la respuesta del correo? ¡Ver la Luna! ¿No luce por ventura en todas partes nuestro argentado satélite? ¿A qué, pues, venir a buscarlo hasta las regiones hiperboreales?

Todas estas preguntas se hacía el capitán Craventy; pero al día siguiente, después de haber conversado por espacio de una hora con su nuevo huésped, no había nada que ignorase.

Tomás Black era, en efecto, un astrónomo agregado al Observatorio de Greenwich, que con tanta inteligencia dirigía el señor Airy. Espíritu inteligente y sagaz, más bien que teórico, Tomás Black, en los veinte años que había estado ejerciendo sus funciones, había prestado inestimables servicios a las ciencias uranográficas. En la vida privada era un hombre absolutamente nulo, que no existía sacándole de las cuestiones astronómicas, y que vivía siempre en el cielo, alejado de la tierra; un descendiente de aquel sabio citado por La Fontaine, que se dejó caer en un pozo. No había en él conversación posible si no se le hablaba de estrellas o constelaciones. Era un hombre nacido para vivir dentro de un telescopio. Pero, en diciendo a observar, no había quien rivalizara con él en todo el universo. ¡Qué infatigable paciencia desplegada! Era capaz de acechar durante meses enteros la aparición de un fenómeno cósmico.

Constituían su especialidad las estrellas errantes y los bólidos, y sus descubrimientos en este ramo de la meteorología merecían ser citados. Por otra parte, cada vez que se trataba de observaciones minuciosas, de mediciones delicadas, de determinaciones precisas, se recurría a Tomás Black, que poseía una vista excepcional. No todo el mundo sirve para observar. A nadie extrañará, pues, que el astrónomo de Grennwich hubiese sido elegido para operar en la circunstancia siguiente, que era de sumo interés para la ciencia selenográfica.

Sabido es que, durante los eclipses totales de Sol, aparece la Luna rodeada de una corona luminosa. Pero, ¿cuál es el origen de esta corona? ¿Es un objeto real? ¿No es más bien un efecto de difracción que los rayos del Sol experimentan en las proximidades del disco de la Luna? Cuestión es ésta que los estudios realizados hasta hoy no han permitido resolver.

Desde 1706, los astrónomos habían descrito científicamente esta aureola luminosa. Louville y Halley durante el eclipse total de 1715, Maraldi en 1724, don Antonio de Ulloa en 1778, Bouditch y Ferrer en 1806, observaron minuciosamente esta corona; pero de sus contradictorias teorías no se pudo sacar nada en claro. A propósito del eclipse de 1842, los sabios de todas las naciones, Airy, Arago, Peytal, Laugier, Mauvais, Otto-Struve, Petit, Baily, etc., trataron de obtener una solución completa en lo tocante al origen del fenómeno; pero, por muy minuciosas que fuesen sus observaciones, «el desacuerdo, dice Arago, que se echa de ver entre las observaciones efectuadas en diversos parajes por astrónomos competentes y prácticos, en un solo y mismo eclipse, ha esparcido sobre la cuestión tales sombras, que ahora ya no es posible llegar a ninguna conclusión cierta acerca de la causa del fenómeno». A partir de esta fecha, hanse estudiado otros eclipses de Sol, pero las observaciones no han conducido tampoco a ningún resultado definitivo.

Esta cuestión, sin embargo, era de sumo interés para los estudios selenográficos. Era preciso resolverla a toda costa, y ahora se presentaba otra nueva ocasión de observar la corona luminosa, tan discutida hasta entonces. El 18 de julio de 1860 debía tener lugar un eclipse de Sol, que sería total para el extremo septentrional de América, España, el norte de África, etc., y se convino entre los astrónomos de los diversos países en efectuar observaciones simultáneas en los diversos puntos de la zona en que el eclipse había de ser total, encomendándose a Tomás Black la tarea de observar el mencionado eclipse en la parte septentrional de América. Debía, pues, encontrarse aproximadamente en las mismas condiciones en que se hallaban los astrónomos ingleses que se trasladaron a Suecia y Noruega con ocasión del eclipse de 1851.

Como era de esperar, Tomás Black acogió con entusiasmo la ocasión que se le ofrecía de estudiar la aureola luminosa. Debía reconocer al mismo tiempo, hasta donde le fuera dable, la naturaleza de las protuberancias rojizas que aparecen en distintos puntos del contorno del satélite terrestre. Si el astrónomo de Greenwich lograba dilucidar la cuestión de un modo irrefutable, tendría dreecho a los elogios de toda la Europa sabia.

Tomás Black se dispuso, pues, a emprender el viaje, y obtuvo cartas de recomendación muy eficaces para los agentes principales de la Compañía de la Bahía de Hudson; y como daba la casualidad de que debía partir muy en breve para los límites septentrionales del continente una expedición, con el fin de establecer allí una factoría, preciso era aprovechar ocasión tan favorable. Tomás Black partió, pues; atravesó el Atlántico, desembarcó en Nueva York, llegó, a través de los lagos, al establecimiento del río Colorado, y después, de fuerte en fuerte, arrastrado por un rápido trineo, conducido por un correo de la Compañía, a pesar de la crudeza del invierno, de la intensidad del frío y de todos los peligros que ofrece un viaje a través de los países árticos, llegó al fuerte Confianza, el 17 de marzo, en las condiciones que ya conoce el lector.

Tales fueron las explicaciones dadas por el astrónomo al capitán Craventy, quien se puso por completo a la disposición de Tomás Black.

– Pero, señor Black —le dijo—, ¿por qué tanta prisa por llegar, si ese eclipse de Sol no ha de verificarse hasta 1860, o sea el año que viene?

– Porque —respondió el astrónomo—, tuve conocimiento de que la Compañía enviaba una expedición al litoral americano, más allá del paralelo 70°, y no he querido desperdiciar la ocasión de partir con el teniente Hobson.

– Señor Black —respondió el capitán Craventy—, si el teniente hubiera partido ya, me impondría el deber de acompañarle a usted en persona hasta los límites del mar Polar.

Después, repitió la bienvenida al astrónomo y le dijo que podía contar con él para todo.

Sürgöny

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