El pais de las pieles · Parte 2
II
LA SITUACIÓN DE LA ISLA
La nueva e imprevista situación creada a los agentes de la Compañía necesitaba ser estudiada con el mayor cuidado, y Jasper Hobson dedicóse a esta tarea con los planos a la , vista. Pero era indispensable esperar al siguiente día para hallar la longitud de la isla Victoria, nombre con que en lo sucesivo designáronla, toda vez que para ello era preciso tomar dos alturas de sol, antes y después de su paso por el meridiano, y medir dos ángulos horarios.
A las dos de!a tarde, el teniente Hobson y Tomás Black midieron con sus sextantes la altura del sol sobre el horizonte; al día siguiente, a eso de las diez de la mañana, contaban con reanudar la operación, a fin de deducir de las dos alturas la longitud del punto que en aquellos momentos ocupaba la isla en el océano Polar.
Pero no regresaron inmediatamente al fuerte, sino que la conversación prosiguió por espacio de bastante tiempo entre Jasper Hobson, el astrónomo, el sargento, Paulina Barnett y Madge. Esta última no se acordaba siquiera de sí misma, hallándose resignada con la voluntad de la Providencia. En cuanto a su señora, a su hija Paulina, como solía llamarla, no podía mirarla sin emoción, pensando en las rudas pruebas y quizá en las catástrofes que le estaban reservadas para lo porvenir. Madge estaba dispuesta a dar por Paulina su vida; pero, ¿salvaría este sacrificio a la que amaba sobre todas las cosas del mundo? ¿Como quiera que fuese, constábale que Paulina Barnett no era mujer que con facilidad desmayase; su Valeroso espíritu contemplaba ya el porvenir sin terror, y, preciso es decirlo, aún no tenía ningún motivo para desesperar.
No existía, en efecto, ningún peligro inminente para los habitantes del fuerte Esperanza, y todo inducía a creer que podría conjurarse la catástrofe suprema, como les explicó Jasper Hobson con toda claridad.
Dos peligros amenazaban a la isla flotante: que las corrientes del mar libre la impeliesen a esas latitudes polares de las que no se vuelve, o que la arrastrasen hacia el Sur, a lo largo tal vez del estrecho de Behring, hasta el océano Pacífico.
En el primer caso, aprisionados los invernantes por los hielos, detenidos por la barrera infranqueable que éstos forman y sin ninguna comunicación posible con sus semejantes, perecerían de hambre o frío en las soledades hiperbóreas.
En el segundo caso, arrastrada la isla Victoria por las corrientes hasta las aguas más cálidas del Pacífico, se iría lentamente fundiendo por su base, y acabaría por hundirse bajo los pies de sus habitantes.
En ambos casos, significaría la pérdida inevitable del teniente Hobson, de todos sus compañeros y de la factoría construida a costa de tantas fatigas.
Pero, ¿se presentaría alguno de ellos? No; no era lo probable.
En efecto, la estación estaba muy avanzada. Antes de que transcurrieran tres meses, los primeros fríos del polo congelarían la superficie del mar. Formaríase el campo de hielo sobre todo el océano, y, por medio de los trineos, podrían llegar a las tierras más próximas, bien fuese a la América rusa, si la isla se había sostenido en la región oriental, bien a las costas asiáticas, si había sido arrastrada hacia el Oeste.
– Porque —decía Jasper Hobson— no somos dueños de nuestra isla flotante. Como no nos es posible izar en ella una vela, cual si se tratase de un buque, no podemos imprimirle una determinada dirección. Iremos adonde nos lleve.
La argumentación del teniente Hobson era bien clara y precisa, y fue admitida sin el más leve reparo. Era indudable que los grandes fríos del invierno la soldarían al inmenso campo de hielo, siendo de presumir que no derivase entretanto ni demasiado hacia el Norte ni demasiado hacia el Sur; y la perspectiva de tener que caminar algunos centenares de millas sobre el campo de hielo no podía arredrar a aquellos hombres animosos y resueltos, acostumbrados a los climas polares y a las largas excursiones de las regiones árticas. Claro es que habría que abandonar aquel fuerte Esperanza, objeto de sus desvelos, y perder los beneficios de tantos trabajos; pero, ¿qué hacer si no? La factoría establecida sobre aquel suelo movible no podía prestar el menor beneficio a la Compañía de la Bahía de Hudson. Por otra parte, un día u otro, más tarde o más temprano, el movimiento de la isla arrastraríala al fondo del océano. Era, pues, necesario abandonarla tan pronto como lo permitieran las circunstancias.
La única probabilidad desfavorable, y el teniente insistió sobre este punto de una manera especial, era que durante las ocho o nueve semanas que faltaban aún para la solidificación del mar Ártico, fuese la isla Victoria arrastrada demasiado hacia el Norte o hacia el Sur; pues se leen, en efecto, en los relatos de los invernantes, ejemplos de arrastres muy rápidos a considerables distancias, sin que haya habido medio de atajarlos.
Todo dependía, pues, de las corrientes desconocidas que existiesen en la entrada del estrecho de Behring, e importaba estudiar su dirección en los planos del océano Ártico. Jasper Hobson poseía uno de estos mapas, y rogó a sus interlocutores que le siguiesen a su camarote; pero antes de abandonar la cumbre del cabo Bathurst, recomendóles de nuevo que guardasen el más absoluto secreto acerca de lo que ocurría.
– La situación no es tan desesperada —les dijo—, y, por tanto, paréceme inútil el sembrar la zozobra y la inquietud en el ánimo de nuestros compañeros, que tal vez no supieran verla más que por su lado adverso.
– Sin embargo —observó Paulina Barnett— , ¿no sería prudente construir desde luego una embarcación lo suficientemente grande para contenernos a todos, y que pudiese permanecer en el mar durante una travesía de algunos centenares de millas?
– Sería prudente, en efecto —respondió el teniente Hobson—, y pondremos la idea en práctica. Inventaré un pretexto para comenzar en seguida los trabajos, y daré al carpintero las órdenes oportunas para que proceda a la construcción de una embarcación sólida. Pero tengo para mí que este recurso es el menos seguro y el último a que debemos recurrir, por lo tanto. Lo importante es evitar que nos coja en Ja isla la dislocación de los hielos, y debemos hacer lo imposible para llegar al continente tan pronto como solidifiquen los fríos la superficie del océano.
Era, en efecto, éste el mejor procedimiento. Hacían falta por lo menos tres meses para construir una embarcación de treinta o treinta y cinco toneladas, y cuando estuviese terminada resultaría inútil, porque entónese el mar se hallaría ya congelado. Pero si para esa misma época lograse el teniente Hobson repatriar su pequeña colonia, guiándola hasta el continente a través del campo de hielo, sería éste un feliz desenlace de tan embarazosa situación; porque el embarcar a toda aquella gente en la época del deshielo sería un medio demasiado peligroso. Razón tenía, pues, Jasper Hobson en considerar la embarcación proyectada como último y menos seguro recurso, y de su ilustrada opinión hubieron de participar todos.
De nuevo le ofrecieron todos guardarle su secreto, y, algunos minutos después de haber abandonado la cumbre del cabo Bathurst, las dos mujeres y los tres hombres se sentaban a la mesa en la sala del fuerte Esperanza, en la que no había nadie en aquellos momentos, por hallarse cada cual ocupado en los trabajos exteriores.
Sacó el teniente una excelente carta de las corrientes atmosféricas y oceánicas, y procedióse a un examen minucioso de la parte del océano Glacial que se extiende desde el cabo Bathurst hasta el estrecho de Behring.
Dos corrientes principales dividen los peligrosos parajes comprendidos entre el círculo polar y la zona poco conocida, llamada paso del Noroeste desde el audaz descubrimiento de Mac Clure; al menos, las observaciones hidrográficas no señalan otras.
La una, que recibe el nombre de corriente de Kamchatka, nace frente a la península de este mismo nombre, sigue la costa asiática y atraviesa el estrecho de Behring lamiendo el cabo Oriental, punta avanzada del país de los Chukchis. Su dirección general de Sur a Norte se inflexiona bruscamente a unas seiscientas millas más allá del estrecho, y se dirige francamente hacia el Este, siguiendo aproximadamente el paralelo del paso de Mac Clure, contribuyendo a hacerlo navegable durante los pocos meses que dura la estación cálida.
La otra, llamada corriente de Behring, se dirige en sentido contrario. Después de seguir la costa americana de Este a Oeste, a cien millas a lo sumo del litoral, va, por decirlo así, a chocar con la corriente de Kamchatka a la entrada del estrecho; y descendiendo después hacia el Sur y aproximándose a las playas de la América rusa, acaba por precipitarse a través del mar de Behring, yendo a estrellarse contra esa especie de dique circular que forman las islas Aleutinas.
La carta era un resumen de las observaciones náuticas más recientes; de suerte que merecía confianza.
Jasper Hobson la examinó atentamente antes de emitir su parecer; y después de pasarse la mano por la frente, como si hubiese querido desterrar un triste presentimiento, dijo:
– Debemos esperar, amigos míos, que la fatalidad no nos lleve hasta esos lejanos parajes, de donde nuestra isla errante correría el peligro de no salir jamás.
– Y, ¿por qué, señor Hobson? — preguntó vivamente la viajera.
– ¿Por qué, señora? —replicó el teniente—. Mire usted esta parte del océano Ártico y lo comprenderá fácilmente. Dos corrientes peligrosas para nosotros corren en sentido inverso. En el punto donde se encuentran quedaría nuestra isla forzosamente inmovilizada y a gran distancia de toda tierra; invernaría allí, y, cuando sobreviniese el deshielo, seguiría la corriente de Kamchatka hacia las regiones ignotas del Noroeste, o bien sufriría la influencia de la corriente de Behring, e iría a abismarse en las profundidades del Pacífico.
– Eso no ocurrirá, señor teniente —dijo Madge, con profunda convicción—; Dios no lo permitirá.
– Mas no puedo comprender —dijo Paulina Barnett— en qué parte del mar Polar nos hallamos en este momento; porque, frente al cabo Bathurst, sólo veo esa peligrosa corriente de Kamchatka que va directamente hacia el Nordeste. ¿No es de temer que nos haya arrastrado en su curso y naveguemos con rumbo a las tierras de la Georgia septentrional?
– No lo creo — respondió Jasper Hobson, después de reflexionar un momento.
– ¿Por qué no?
– Porque esa corriente es muy rápida, señora; y si fuésemos navegando en su seno hace tres meses, tendríamos ya alguna costa a la vista, lo que, como usted ve, no sucede.
– ¿Dónde supone usted que nos encontramos, entonces? — preguntó la viajera.
– Sin duda alguna —replicó Jasper Hobson—, entre la corriente de Kamchatka y la costa; probablemente en una especie de extenso remolino que debe haber en las proximidades del litoral.
– Eso no puede ser, señor Hobson — replicó vivamente Paulina Barnett.
– ¿Que no puede ser? Y, ¿por qué razón, señora?
– Porque si la isla Victoria se hallase en un remolino y errase, por consiguiente, sin una dirección fija, hubiera experimentado algún movimiento de rotación; y como su orientación sabemos que no ha cambiado en estos últimos tres meses, la hipótesis no es admisible.
– Tiene usted razón, señora —respondió Jasper Hobson—. Veo que se hace usted perfecto cargo de las cosas y nada tengo que objetar a su observación... a menos que no exista alguna corriente desconocida que no esté marcada aún en esta carta. Verdaderamente, esta incertidumbre es espantosa. Quisiera que fuere ya mañana para salir de dudas de una vez acerca de la situación de la isla.
– Ya llegará el día de mañana — dijo Madge.
Era preciso esperar. Separáronse y cada cual reanudó sus habituales quehaceres. El sargento Long previno a sus compañeros que la salida para el fuerte Confianza no sería al día siguiente, como se había fijado. Les dijo, a modo de excusa, que, tras largas reflexiones, habíase pensado que la estación estaba demasiado avanzada para poder llegar a la factoría antes de los grandes fríos; que el astrónomo sé había decidido a sufrir una nueva invernada, con objeto de completar sus observaciones meteorológicas; que la reposición de los víveres del fuerte Esperanza no era indispensable, etc., cosas todas que a aquellas buenas gentes les tenían muy sin cuidado.
Jasper Hobson ordenó a los cazadores que respetasen en lo sucesivo a los animales de piel fina, y que persiguiesen en cambio a la caza comestible, a fin de refrescar las provisiones de la factoría. Prohibióles además que se alejasen más de dos millas del fuerte, para evitar que Marbre, o Sabine, u otro cazador cualquiera descubriesen a lo mejor el horizonte del mar en el sitio donde hacía algunos meses estaba el istmo que unía la península Victoria al continente americano; toda vez que el descubrimiento de la desaparición de esta estrecha lengua de tierra les hubiera revelado la situación.
Aquel día parecióle interminable al teniente. Volvió repetidas veces a la cumbre del cabo Bathurst, unas acompañado de Paulina Barnett, otras solo. Poseía la viajera un alma vigorosamente templada, difícil de intimidar. El porvenir no le parecía pavoroso, y hasta solía bromear diciéndole a Jasper Hobson que aquella isla errante, sobre la cual caminaban, tal vez fuese el único vehículo para llegar al Polo. Con una corriente favorable, ¿por qué no habrían de llegar a este punto inaccesible del Globo?
El teniente sacudía la cabeza al escuchar las extrañas reflexiones de su amiga; pero sus ojos no se apartaban del horizonte, por ver si descubría en lontananza alguna tierra conocida o ignota. Mas el cielo y la tierra confundíanse en una línea circular y continua, lo cual confirmaba a Jasper Hobson en su idea de que la isla Victoria marchaba a la deriva hacia el Oeste.
– Señor Hobson —dijo Paulina Barnett—, ¿no piensa usted dar una vuelta a nuestra isla lo más pronto posible?
– Sí por cierto, señora —le contestó el teniente—. Tan pronto como hayamos fijado su situación exacta, pienso reconocer su forma y extensión. Considero que es esto una medida indispensable para poder apreciar en lo porvenir las modificaciones que sufra. Pero todo induce a creer que la rotura debe haberse efectuado por el istmo, y que, por consiguiente, la península toda entera hase transformado en isla.
– ¡Singular es, en verdad, nuestro destino, señor Hobson! —exclamó Paulina Barnett—. Otros vuelven de sus viajes después de haber añadido nuevas tierras al continente geográfico; nosotros, por el contrario, lo habremos disminuido, borrando de los planos la que se llamó hasta ahora península Victoria.
Al día siguiente, 18 de julio, a las diez de la mañana, con un cielo sereno y despejado, tomó el teniente Hobson una buena altura de Sol; y, efectuando luego los cálculos debidos con ésta y la de la víspera, determinó con exactitud matemática la longitud del lugar.
Durante la observación permaneció el astrónomo encerrado en su camarote, llorando como un chiquillo.
La longitud calculada era de 157° 37' al Oeste del meridiano de Greenwich, y se recordará que la latitud encontrada la víspera había sido de 73° T 20".
El punto fue situado en la carta, en presencia de Paulina Barnett y del sargento Long.
Fue aquél un momento de verdadera ansiedad.
La isla errante había sido arrastrada hacia el Oeste, como lo había previsto Jasper Hobson; pero una corriente no marcada en la carta, una corriente desconocida de los hidrógrafos que levantaron el plano, la arrastraba evidentemente hacia el estrecho de Behring. Eran, pues, de temer todos los peligros presentidos por el teniente, si, antes de la llegada del invierno, no se soldaba otra vez al litoral la isla Victoria.
– Pero, ¿a qué distancia exacta nos hallamos del continente americano? —preguntó la viajera—. Esto es por el momento lo que más nos interesa saber.
Tomó el compás Jasper Hobson; midió sobre la carta la menor distancia existente entre el litoral y el paralelo 73°, y respondió después:
– Nos hallamos actualmente a más de doscientas cincuenta millas de la extremidad septentrional de la América rusa formada por la punta Barrow.
– ¿Cuántas millas ha derivado, pues, la isla desde su antigua posición en el cabo Bathurst?
– preguntó el sargento Long.
– Setecientas lo menos — respondió Jasper Hobson, después de consultar nuevamente la carta.
– Y, ¿en qué época puede calcularse, sobre poco más o menos, que comenzó su viaje?
Sin duda, a fines de abril —respondió el teniente Hobson—; porque en estos días disgregóse el campo de hielo, y fueron arrastrados hacia el Norte los témpanos de hielo que el sol no logró fundir. Puede, pues, admitirse que la isla Victoria, solicitada por la corriente paralela al litoral, navega hacia el Oeste desde hace aproximadamente tres meses, lo que prueba que se halla animada de una velocidad media de nueve a diez millas diarias.
– Pero ésa es una velocidad bastante considerable, ¿no es cierto? — preguntó Paulina Barnett.
– Considerable, en efecto —respondió Jasper Hobson—, y puede usted calcular hasta dónde podrá arrastrarnos en los dos meses que restan aún de estío, durante los cuales permanecerá libre esta porción del océano Ártico.
El teniente, el sargento y la viajera permanecieron silenciosos durante algunos instantes, sin levantar la vista del mapa de aquellas regiones polares que tan obstinadamente se defienden contra las investigaciones del hombre, y hacia las cuales se sentían tan irresistiblemente arrastrados.
– ¿De suerte —preguntó la viajera— que en esta situación no es posible intentar ni hacer nada?
– Nada, señora —respondió el teniente Hobson—, nada absolutamente. Es preciso esperar, llamar a voz de grito a ese invierno ártico tan justa y generalmente temido por todos los navegantes, y que es el único que a nosotros puede salvarnos. El invierno es el hielo, señora, y el hielo es nuestra ancla de salvación, nuestra ancla de la esperanza, la única que puede detener la marcha de la isla errante.