El pais de las pieles · Parte 1
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OJEADA RETROSPECTIVA
A eso de las diez de la noche, la señora Paulina Barnett y Jasper Hobson llamaban a la poterna del fuerte, cuyos ocupantes experimentaron extraordinaria alegría al volverlos a ver, porque los consideraban perdidos. Pero a este júbilo sucedió una profunda aflicción cuando tuvieron noticia de la muerte del anciano Norman. Este excelente hombre era querido por todos, y su memoria fue honrada con el más vivo dolor.
Por lo que toca a los valerosos y abnegados esquimales, después de haber recibido con la mayor flema las afectuosas muestras de agradecimiento del teniente y su compañera, no habían querido ni aun siquiera acompañarles al fuerte. Lo que habían hecho parecíales la cosa más natural del mundo. No era aquél el primer salvamento que habían llevado a cabo, y otra vez reanudaron, sin pérdida de tiempo, sus arriesgadas excursiones por el lago, que recorrían día y noche cazando nutrias y pájaros acuáticos.
La noche inmediata al regreso de Jasper Hobson, el día siguiente, 1.° de junio, y la noche del 1 al 2, fueron enteramente consagrados al reposo. Todos los que formaban la pequeña expedición se encontraban allí muy a gusto; pero el teniente se hallaba decidido a partir el día 2.por la mañana, y, afortunadamente, la tempestad amainó.
El sargento Felton había puesto todos los recursos de la factoría a la disposición del destacamento. Fueron reemplazados algunos tiros de perros, y, en el momento de emprender la marcha, encontró Jasper Hobson sus trineos formados en buen orden a la entrada del recinto.
Después de las despedidas de rúbrica, dieron todos las gracias al sargento Felton, que tan hospitalario habíase mostrado en aquella ocasión. No fue Paulina Barnett la última en manifestarle su gratitud; y puso fin a esta escena un vigoroso apretón de manos que dio el sargento a su cuñado Long.
Cada pareja subió al trineo que le estaba designado, y, esta vez, Paulina Barnett y el teniente Hobson ocuparon el mismo vehículo, seguidos por Madge y Long.
Siguiendo los consejos que el jefe indio le dijera, resolvió Jasper Hobson ganar la costa americana por el camino más corto, marchando en línea recta entre el fuerte Seguridad y el litoral.
Después de haber consultado sus cartas, que sólo daban de un modo aproximado la configuración del territorio, juzgó conveniente descender por el valle del Coppermine, río de bastante importancia que va a verter sus aguas en el golfo de la Coronación.
Entre el fuerte Seguridad y la desembocadura de este río, existe aproximadamente una distancia de grado y medio, es decir, unas ochenta y cinco o noventa millas. La profunda escotadura que forma el golfo termina al Norte con el cabo Krozenstern, y, después de este cabo, corre francamente Ja costa hacia el Oeste, hasta el momento en que se eleva más allá del paralelo de 70°, formando la punta de Bathurst.
Jasper Hobson modificó, pues, el camino que había seguido hasta entonces, y se dirigió hacia el Este, con objeto de llegar en algunas horas al río, marchando en línea recta, lo que lograron al siguiente día, 3 de junio, por la tarde.
El Coppermine, de aguas puras y rápidas, libre a la sazón de hielos, arrastraba su enorme caudal por un extenso valle, regado por multitud de arroyuelos caprichosos, fácilmente vadeables; de suerte que la marcha de los trineos no halló obstáculos formales, y hubo de desarrollarse con bastante velocidad.
Mientras les arrastraba su tiro, Jasper Hobson relató a su compañera la historia del país que atravesaban. Entre la viajera y el teniente habíase establecido una verdadera intimidad, una sincera amistad, autorizada por la situación y la edad de ambos. Paulina Barnett era muy aficionada a instruirse, y, como poseía el instinto de los descubrimientos, gustaba de oir hablar de los descubridores.
Jasper Hobson, que se sabía de memoria su América Septentrional, pudo satisfacer por completo la curiosidad de su compañera.
– Hace próximamente unos noventa años
– le dijo—, todo este territorio, surcado por el río Coppermine, era desconocido, siendo los agentes de la Compañía de la Bahía de Hudson quienes lo han descubierto. Sólo, señora, que, cual casi siempre acontece en el mundo científico, se descubren unas cosas cuando se buscan otras. Colón buscaba el Asia, y tropezó con América.
– Y, ¿qué buscaban los agentes de la Compañía? —preguntó Paulina Barnett—. ¿El famoso paso del Noroeste, por ventura?
– No, señora —respondió el joven teniente—. Hace un siglo, la Compañía no tenía interés en que se explotase esta nueva vía de comunicación, que entonces habría sido más ventajosa para sus competidores que para ella misma. Hasta se dice que, en 1741, un tal Cristóbal Middleton, encargado de explorar estos parajes, fue públicamente acusado de haber recibido 5.000 libras de la Compañía por declarar que la comunicación por mar entre los dos océanos no existía ni podía existir.
– Esto no es muy glorioso para la célebre Compañía — respondió Paulina Barnett.
– En esto, no la defiendo —replicó Jasper Hobson—; y aun añadiré que el Parlamento inglés vituperó severamente sus manejos cuando, en 1746, prometió una prima de 20.000 libras a quienquiera que descubriese el paso en cuestión. Por eso vemos que este año mismo, dos intrépidos exploradores, Guillermo Moor y Francisco Smith, remontáronse hasta la bahía de la Repulsa con la esperanza de descubrir la ansiada comunicación. El éxito, sin embargo, no coronó sus esfuerzos; y, después de una ausencia de año y medio, tuvieron que regresar a Inglaterra.
– Pero, ¿no se lanzaron sobre sus huellas otros capitanes decididos y audaces? — preguntó Paulina Barnett.
– No, señora; y, durante otros treinta años, a pesar de la recompensa ofrecida por el Parlamento, no se hizo la menor tentativa por reanudar la exploración geográfica de esta porción del continente americano, o, mejor dicho, de la América inglesa, porque conviene conservarle este nombre. Hasta 1769 no trató un agente de la Compañía de reanudar los trabajos de Moor y de Smith.
– ¿Había, pues, la Compañía renunciado a sus ideas egoístas y estrechas, señor Jasper?
– Todavía no, señora. Samuel Hearne, que así se llamaba el agente, no tenía otra misión que la de reconocer la situación de una mina de cobre que los indígenas habían denunciado. El 6 de noviembre de 1769, salió este agente del fuerte del Príncipe de Gales, emplazado en la orilla del río Churchill, cerca de la costa occidental de la bahía de Hudson. Samuel Hearne avanzó intrépidamente hacia el Noroeste; pero el frío se hizo tan intenso que, una vez concluidos los víveres, tuvo que regresar al fuerte del Príncipe de Gales. Afortunadamente, no era hombre que se desanimase fácilmente. El 23 de febrero del año. siguen te, partió de nuevo, llevando en su compañía algunos indios. Las fatigas de este segundo viaje fueron inenarrables. La caza y el pescado, con los cuales contara Samuel Hearne, faltáronle con frecuencia. Hasta llegó una vez a estar siete días seguidos sin comer más que frutas silvestres, trozos de cuero viejo y huesos quemados; y de nuevo se vio precisado tan intrépido explorador a volver a la factoría sin haber obtenido el menor resultado. Mas no se arredró por eso. Partió por tercera vez el 7 de diciembre de 1770, y, después de diecinueve meses de luchas, el 13 de julio de 1772, descubrió el Coppermine-river, cuyo curso descendió hasta su desembocadura, donde creyó ver el mar libre. Era la primera vez que llegaban los hombres a la costa septentrional de América.
– Pero el paso del Noroeste, es decir, la comunicación directa entre el Atlántico y el Pacífico, ¿no había sido descubierto? — preguntó Paulina Barnett.
– No, señora —respondió el teniente—; y, ¡cuántos aventureros navegantes lo buscaron a partir de aquel momento! Phipps, en 1773; Jaime Kook, y Qerke, de 1776 a 1779; Kotzebue, de 1815 a 1818; Ross, Parry, Franklin y muchos otros consagráronse a esta difícil tarea; mas en vano; es preciso descender hasta los exploradores contemporáneos, hasta el intrépido Mac Clure, para encontrar al único hombre que ha pasado realmente de un océano al otro a través del mar Polar.
– En efecto, señor Jasper —respondió Paulina Barnett—, es un hecho geográfico del que debemos enorgullecemos nosotros, los ingleses; pero dígame usted: la Compañía de la Bahía de Hudson, después de cambiar sus antiguas ideas por otras más generosas, ¿no ha estimulado a ningún otro explorador después de Samuel Hearne?
– Sí, señora; y, gracias a ella, pudo el capitán Franklin realizar su viaje, de 1819 a 1822, precisamente entre el río de Hearne y el cabo Turnagain. Esta exploración no se llevó a cabo sin fatigas y sufrimientos. Las provisiones llegaron varias veces a faltar por completo a los viajeros. Dos canadienses fueron asesinados por sus camaradas, y devorados... A cambio de tantas torturas, logró el capitán Franklin recorrer un espacio de 5.500 millas a través de esta porción, hasta entonces desconocida, del litoral de la América del Norte. —Era un hombre de extraordinaria energía —exclamó Paulina Barnett—, y bien lo demostró cuando, a pesar de todo lo que ya había sufrido, lanzóse nuevamente a la conquista del Polo Norte.
– Es muy cierto —respondió Jasper Hobson—, y el audaz explorador halló una muerte cruel en el teatro mismo de sus descubrimientos. Pero se ha demostrado de una manera evidente que todos los compañeros de Franklin no perecieron con él. Muchos de estos desdichados andan todavía errantes en medio dé estas soledades glaciales. ¡Ah! ¡no puedo pensar en este terrible abandono sin que el corazón se me oprima! Día llegará, señora —añadió el teniente Hobson, lleno de confianza y emoción—, en que pueda yo recorrer estas tierras desconocidas en las cuales tuvo efecto la funesta catástrofe, y...
– Y ese día —dijo Paulina Barnett, estrechando la mano del teniente—, ese día seré yo su compañera de exploración. ¡Sí! más de una vez be pensado yo en eso, lo mismo que usted, señor Jasper; y mi corazón se emociona, como el suyo, al pensar que compatriotas nuestros, ingleses como nosotros, esperan tal vez un socorro...
– Que llegará demasiado tarde para la mayoría de ellos, señora, pero que llegará al fin; ¡no lo dude usted un momento!
– ¡Dios le escuche a usted, señor Hobson!
– respondió Paulina Barnett—. Añadiré, además, que los agentes de la Compañía que viven en las proximidades del litoral, me parece que se hallan en mejor situación que los otros para tratar de cumplir este deber de humanidad.
– Soy de su opinión, señora —replicó el teniente Hobson—, porque estos agentes están, además, acostumbrados a los rigores de los continentes árticos. Y bien lo han demostrado en muchas ocasiones. ¿No fueron ellos quienes auxiliaron al capitán Back, durante su viaje de 1834, que dio por resultado el descubrimiento de la Tierra del Rey Guillermo, en la cual ocurrió precisamente la catástrofe de Franklin? ¿No fue por ventura a dos de nuestros compañeros, a los valerosos Dease y Simpson, a quienes el gobernador de la bahía de Hudson, en 1838, encargó especialmente de explorar las costas del mar Polar, siendo reconocida por primera vez, durante esta exploración, la Tierra Victoria? Creo, pues, que el porvenir reserva a nuestra Compañía la conquista definitiva del continente ártico. Poco a poco, sus factorías irán subiendo hacia el Norte, refugio obligado de los animales de piel, y día llegará en que se construya un fuerte en el Polo mismo, en ese punto matemático donde se cruzan todos los meridianos del Globo.
Durante esta conversación, y muchas otras que le sucedieron, refirióle Jasper Hobson sus propias aventuras desde que se hallaba al servicio de la Compañía; sus luchas con los competidores de las agencias rivales y sus tentativas de exploración de los territorios deconocidos del Norte y del Oeste.
Por su parte, Paulina Barnett relatóle también sus peregrinaciones a través de los países intertropicales. Dijo todo lo que había hecho y todo lo que pensaba hacer algún día. Habíase establecido entre el teniente y la viajera un agradable cambio de relatos que servían de entretenimiento mutuo durante las largas horas de viaje.
Durante este tiempo, los trineos arrastrados al galope de los perros, avanzaban sin cesar hacia el Norte. El valle del Coppermine se ensanchaba sensiblemente a medida que se aproximaba al mar Ártico. Las colinas laterales, algo menos abruptas, disminuían de altura poco a poco. Ciertos grupos de árboles reisnosos rompían de trecho en trecho la monotonía de aquellos paisajes extraños.
Algunos trozos de hielo, arrastrados por la corriente del río, resistían aún la acción del sol; pero su número disminuía de un día para otro, y habría sido posible descender sin peligro la corriente en una frágil barquilla, toda vez que su curso no se hallaba interrumpido por ninguna barrera natural ni ningún cantil de piedras.
El lecho del Coppermine era profundo y ancho. Sus aguas, cristalinas y puras, alimentadas por la fusión de las nieves, corrían con rapidez, aunque sin formar nunca tumultuosos raudales. Su cauce, muy sinuoso al principio, en la parte alta del río, tendía poco a rectificarse, corriendo sin sepentear por espacio de muchas millas. En cuanto a sus orillas, entonces anchas y llanas, formadas de arena dura y fina, y tapizadas en ciertos lugares de hierba seca y corta, prestábanse perfectamente a la marcha de los trineos y al desarrollo de la larga línea que formaba el destacamento.
No había cerros, y, por tanto, los tiros trabajaban con holgura sobre aquel nivelado terreno.
El destacamento avanzaba, pues, a gran velocidad. Se caminaba día y noche, si es que puede aplicarse esta expresión a un país sobre el cual trazaba el sol un círculo casi horizontal y apenas si desaparecía. La noche verdadera no duraba dos horas en aquella latitud, y el alba, en esta época del año, sucedía casi sin interrupción el crepúsculo. El tiempo, por lo demás, era hermoso, el cielo bastante despejado, aun cuando en el horizonte se observasen algunas brumas, y el destacamento realizaba su viaje en excelentes condiciones.
Por espacio de dos días siguieron orillando sin dificultad el curso del Coppermine. Las proximidades de este río eran poco frecuentadas por los animales de pieles; pero las aves abundaban en ellos, pudiéndoselas contar por millares. Esta ausencia casi completa de martas, de castores, de armiños, de zorras y de otros animales análogos no dejaba de preocupar al teniente, sospechando si aquellos territorios no habrían sido abandonados, como los del Sur, por los carnívoros y roedores demasiado perseguidos.
Esto parecía probable, porque se encontraban con frecuencia restos de campamentos, hogueras apagadas que delataban el paso más o menos reciente de cazadores indígenas o extranjeros. Jasper Hobson veía perfectamente que tendría que remontarse con su expedición más al Norte, y que, cuando llegase a la desembocadura del Coppermine, sólo habría efectuado una parte de su viaje. Urgía, pues, llegar al punto del litoral visto por Samuel Hearne, y activaba cuanto le era posible la marcha del destacamento.
Por otra parte, todos participaban de la impaciencia de Jasper Hobson. Cada cual se apresuraba con objeto de llegar cuanto antes a las costas del mar Ártico. Una indefinible atracción impulsaba a aquellos atrevidos exploradores. El prestigio de lo desconocido ofuscaba sus ojos. Quizás las verdaderas fatigas comenzasen en aquella tan ansiada costa; pero no importaba: todos anhelaban desafiarlas, marchar directamente a su objetivo. El viaje que a la sazón realizaban no era más que un paso al través de un país que no podía interesarles de una manera directa; en las costas del mar Ártico darían principio las verdaderas exploraciones. Todos habrían deseado verse ya en aquellos parajes, cortados, a algunos centenares de millas más al este, por el paralelo de 70°.
Por fin, el 5 de junio, cuatro días después de haber abandonado el fuerte Seguridad, vio el teniente Jasper Hobson que el Coppermine se ensanchaba considerablemente. La orilla occidental se desarrollaba formando una línea ligeramente curva, y corría casi directamente hacia el Norte; en tanto que, por el Este, se redondeaba hasta los últimos límites del horizonte.
Jasper Hobson se detuvo en seguida y mostró a sus compañeros con la mano el mar sin límites.