Familia sin nombre · Parte 4
II
JOANN Y JUAN
El abate salió del despacho del mayor Sinclair más dueño de sí mismo que cuando entró. La aterradora noticia de la inmediata ejecución de su hermano no quebrantó su valor, pues acababa de concebir un proyecto que presentaba feliz éxito.
Juan no sabía nada respecto a la orden que acababa de llegar de Quebec, y ¡era a él, a Joann, a quien incumbía la dolorosa tarea de comunicársela!. ¡Tristísima misión! Pero no, no se lo diría. Le ocultaría que tan terrible sentencia tenía que cumplirse en el término de dos horas, porque era preciso que el joven patriota no lo supiera, si había de dar buen resultado el plan que abrigaba el sacerdote. Y, en efecto, no había que contar ya con una evasión preparada de antemano, ni con un ataque del fuere de Frontenac, porque el reo no podía escapar a la muerte sino con la huida inmediata. Si dentro de dos horas se encontraba todavía en su celda, no saldría de ella más que para morir en plena noche, al pie de las empalizadas.
¿Era realizable el pensamiento del abate? Tal vez, si su hermano se conformaba con él. En todo caso, era el único medio posible en las actuales circunstancias; pero para que Juan aceptara era necesario, lo repetimos, que éste no supiera que el mayor Sinclair acababa de recibir la orden de proceder inmediatamente a la ejecución.
El sacerdote, guiado por el sargento, bajó la escalera, pues la celda del prisionero ocupaba un ángulo del piso bajo de la fortaleza en el extremo de un pasillo; el sargento alumbraba con el farol aquel oscuro pasadizo y se paró delante de una puerta estrecha y baja, cerrada exteriormente con dos cerrojos.
En el momento de abrir se acercó al abate, diciéndole en voz baja:
-Cuando queráis marcharos, ya sabéis que mi consigna es conduciros fuera del recinto...
-Ya lo sé, respondió Joann. Esperadme en este corredor; os avisaré.
El sargento abrió en seguida la puerta de la celda.
Reinaba en el interior una profunda oscuridad, y acostado sobre un malísimo petate, Juan dormía tan profunda-mente que no se despertó ni con el ruido de los cerrojos ni con la entrada de los visitantes. El sargento se aproximó al prisionero para tocarle en el hombro; pero con un gesto el abate Joann se lo impidió.
El militar dejó el farol en una mesita, salió y cerró la puerta con mucha suavidad.
Los dos hermanos estaban solos; el uno durmiendo, el otro arrodillado y rezando.
¡Cuadro conmovedor y sublime, digno de ser representado por el pincel del más inspirado de los artistas!
Joann se levantó después de un instante de oración y miró por última vez a aquel ser, a quien el crimen de su padre había hecho tan desgraciado.
Después murmuró estas palabras:
-¡Dios mío, préstame tu ayuda!
El tiempo apremiaba demasiado para que pudiera per-der aunque no fuesen más que algunos minutos; así es que apoyó una mano en el hombro de Juan, quien se despertó, exclamando:
-¡Joann, tú aquí!
-¡Más bajo... hermano!... Habla más bajo, respondió el sacerdote. Pueden oírnos...
Y le hizo señas de que la prisión estaba guardada exteriormente.
Los pasos del sargento se oían, en efecto, tan pronto cerca como lejos de la puerta.
El preso, medio vestido debajo de una manta muy mala que apenas le resguardaba del frío que se sentía en la prisión, se levantó sin ruido.
Ambos hermanos quedaron bastante tiempo abrazados. Después Juan preguntó:
-¿Nuestra madre?
-¡Ya no está en Casa Cerrada!
-¿No está allí?
-No.
-¿Y el señor de Vaudreuil y su hija, que habían encontrado un asilo en nuestra casa?...
-Estaba vacía cuando he ido últimamente a San Carlos.
-¿Cuándo ha sido?...
-Hace siete días.
-¿Y desde entonces ninguna noticia has tenido de nues tra madre ni de nuestros amigos?
-Ninguna.
¿Qué había pasado? ¿Nuevos registros de la policía habrían ocasionado la prisión de Bridget, del señor y de la señorita de Vaudreuil? ¿O más bien, no queriendo Clary que su padre permaneciese un día más bajo el techo de la familia Morgaz, le habría hecho salir de aquella morada, a pesar de su debilidad y de los peligros que le amenazaban? Y Bridget, su desgraciada madre, ¿había también huido de San Carlos, en donde la vergüenza de su nombre se había hecho pública?
Todo esto pasó como un relámpago por la mente de Juan, e iba a contar a su hermano cuanto había acontecido en Casa Cerrada durante su última visita, cuando éste, aproximándose a su oído, le dijo:
-Escúchame, Juan: no es tu hermano el que está aquí a tu lado, es un ministro del Señor que viene a llenar su caritativa misión cerca de un condenado a muerte. Por este motivo el comandante me ha permitido llegar hasta tu celda. ¡No tenemos un momento que perder... huye al instante!...
-¡Huir! ¿Pero cómo?
-Vistiéndote con mi traje; hay bastante parecido entre nosotros para que nadie advierta la sustitución de persona; además, es de noche, y apenas se fijarán en ti a la escasa luz del farol, ni en el corredor ni en el patio interior. Con el sombrero inclinado sobre los ojos, es imposible que te conozcan. Cuando. hayamos cambiado de ropa, yo me iré al fondo de la celda, y llamaré; el sargento vendrá a abrir según hemos convenido y tiene la consigna de acompañarme hasta la poterna. Abrirá tan luego como oiga mi voz y será a ti a quien conduzca, y no a mí.
-Hermano mío, respondió Juan, ¿has podido creer que consentiré jamás que te sacrifiques por mí?
-¡Es preciso! Tu presencia es más que nunca necesaria para animar a los patriotas.
-Después de nuestra derrota, ¿no han desesperado de la causa nacional?
-¡No! Están reunidos en el Niágara, en la isla Navy, prontos a empezar de nuevo la lucha.
-¡Que lo hagan sin mí, Joann!... El éxito de nuestra causa no depende de un hombre... No quiero que arriesgues tu vida para salvarme...
-¡Es mi deber, hermano mío! ¡Bien sabes cuál es el objeto que nos hemos propuesto alcanzar!... ¿Hemos cumplido ya nuestra misión?... ¡No!... Ni siquiera hemos sabido morir para reparar el mal...
Las palabras de Joann conmovían profundamente al prisionero, pero no le decidían.
El sacerdote repuso:
-¡Escúchame aún! ¿Temes por mi vida, Juan? ¿Por qué? Para mí no es peligroso el quedarme en tu lugar. Cuando me encuentren mañana en esta prisión, ¿qué puede sucederme?... ¡Nada! Aquí no hallarán más que a un pobre sacerdote, en vez de un reo de muerte; ¿y qué quieres que hagan conmigo sino dejarme?
-¡No!... ¡No!... respondió Juan, que batallaba consigo mismo y se sentía influido por el lenguaje excitante de su hermano.
-Ya hemos discutido demasiado, repuso Joann. ¡Es preciso que partas, y partirás! ¡Cumple con tu deber, como yo cumplo con el mío! Tú eres el solo hombre bastante popular en el Canadá para provocar una sublevación.
-¿Y si te hacen responsable de mi huida?
-No me condenarán sin oírme, respondió Joann, ni sin una orden de Gosford, y esto necesitará unos días de tregua, en cuyo tiempo Dios sabe lo que sucederá.
-¿Lo crees así!
-Ciertamente; y creo también que de este modo tendrás tiempo de unirte a tus compañeros en la isla Navy y de traerlos aquí para libertarme...
-¡Hay veinte leguas de distancia, hermano!
-¡Rehúsas, Juan! Pues bien, hasta aquí he suplicado. ¡Ahora mando!... ¡Ya no es tu hermano quien te habla, es un ministro del Señor! ¡Si has de morir, que sea combatiendo por nuestra causa, pues de otro modo nada habrás hecho en la sagrada tarea que te incumbe! ¡Además, si no huyes, me doy a conocer, y el abate Joann caerá bajo las balas anglosajonas al lado de Juan Sin Nombre!...
-¡Hermano!...
-¡Huye, Juan!... ¡Huye!... ¡Lo quiero!... ¡Nuestra madre, lo desea también!... ¡El país te espera!
El desgraciado prisionero, vencido por la ardiente palabra de su hermano, se decidió a obedecer; y en verdad que contribuyó mucho a ello la idea que le asaltó de poder volver a Frontenac en un breve plazo con algunos centenares de patriotas y dar libertad al que tan noble y generosamente se sacrificaba por él.
-¡Estoy pronto! exclamó.
El cambio de traje se hizo rápidamente, y bajo el ropaje talar hubiera sido difícil conocer al joven patriota.
Hecho esto, ambos hermanos hablaron durante algunos instantes de la situación política, del estado de los espíritus desde los últimos acontecimientos, y después el abate Joann dijo:
-Ahora voy a llamar al sargento; cuando abra la puerta le seguirás sin vacilación alguna y sin temor, pues tiene orden de conducirte directamente a la salida; una vez fuera del castillo no tienes más que atravesar el patio apenas unos cincuenta pasos, y llegarás cerca del cuerpo de guardia, que está a la derecha de la empalizada. Al pasar por delante de los soldados no te inmutes, pues, nuestro parecido garantiza el buen resultado del engaño. En seguida te hallarás en la poterna, y cundo te encuentres al aire libre sigue por la orilla del lago hasta que te halles en el límite de un bosque a media milla de aquí; en donde te puedes reunir con Lionel, que me está esperando.
-¿El pasante del Sr. Nick?
-Sí. Me ha acompañado, y te conducirá a la isla Navy. ¡Ahora, abrázame!
-¡Hermano mío! murmuró Juan estrechando en sus brazos al sacerdote.
El momento de separarse había llegado; Joann llamó en voz alta, y se retiró al fondo de la celda.
El sargento abrió la puerta, y dirigiéndose a Juan, cuya fisonomía ocultaba el ancho sombrero:
-¿Estáis pronto? preguntó. Juan hizo una señal afirmativa.
-¡Venid, pues!
El soldado cogió el farol, hizo salir a Juan, y cerró la puerta.
¡Cuántas angustias experimentó Joann durante algunos momentos! ¿Qué sucedería si el mayor Sinclair se encontrase en el corredor o en el patio cuando pasara su hermano, si le detuviera y le preguntase cual era la actitud del sentenciado? Si la sustitución de persona era descubierta, el prisionero sería fusilado inmediatamente. Al mismo tiempo pensaba, y esto le desgarraba al alma, que los preparativos de la ejecución debían haber empezado ya, que la guarnición habría recibido las órdenes del comandante, y que el sargento podía hablar de esto guiando a Juan hacia la salida, en cuyo caso éste querría volver a su prisión para que su hermano no muriese en su lugar.
Joann, con el oído pegado a la puerta, escuchaba; pero apenas si los latidos de su corazón le permiten oír los rumores de fuera.
Por fin un ruido lejano llegó basta él y cayó de rodillas, dando gracias a Dios.
La poterna acababa de cerrarse.
-¡Libre! murmuró el pobre Joann:
En efecto; Juan no había sido conocido. El sargento, marchando delante de él con el farol en la mano, le había guiado por el corredor y el patio hasta la poterna, sin dirigirle la palabra, favoreciéndole mucho la circunstancia de que ni los oficiales ni los soldados eran sabedores todavía de que la ejecución iba a verificarse tan pronto. Cuando llegaron al cuerpo de guardia, Juan volvió algo la cabeza por precaución, y después de pasar el umbral de la poterna, el sargento le pregunto:
-¿Volveréis para asistir al reo en sus últimos momentos?
-Sí, contestó Juan.
Un instante después se hallaba solo y libre.
Pero se alejaba de Frontenac con mucha lentitud; no podía resolverse a dejar aquel sitio; parecíale que un lazo le detenía al lado del fuerte; se reprochaba el haber cedido a las instancias de su hermano para marcharse en su lugar, pues todos los peligros de aquella sustitución se presentaban ahora a su mente con una claridad que le asustaba. Algunas horas más tarde, al llegar el día, entrarían en la prisión; su huida sería descubierta y agobiarían a Joann con malos tratos, si no es que recibía la muerte en premio de su heroico sacrificio.
Estos pensamientos conmovían al pobre proscrito hasta el extremo de impelerle a volver atrás. ¡Pero no! Lo mejor era apresurar el paso, reunirse con sus parciales en la isla Navy y empezar una nueva campaña, apoderándose del fuerte de Frontenac para libertar a su hermano. Las vacilaciones son siempre perjudiciales, se decía; adelante, pues no hay tiempo que perder.
Juan atravesó la playa, dio la vuelta al lago al pie del recinto de empalizadas, y se dirigió hacia el bosque en donde debía encontrar a Lionel. El blizzard reinaba en toda su violencia; los témpanos acumulados en las orillas del Ontario chocaban unos con otros y se hacían tan imponentes como los icebergs o bloques de los mares árticos. La nieve caía en torbellinos tan espesos, que no podía caminar con seguridad por en medio de aquellas ráfagas; no sabía si se hallaba en la superficie endurecida del lago o en la playa, y procuraba orientarse andando hacia los grupos de árboles que vagamente distinguía en medio de la oscuridad.
Llegó al fin al bosque.
Era evidente que Lionel no le había visto, porque de lo contrario hubiera salido a su encuentro.
Juan se deslizó entre los árboles, inquieto por no encontrar al joven en el sitio indicado por su hermano, y no queriendo llamarle por su nombre, temiendo comprometerle en el caso en que le oyera algún pescador retrasado.
¿Que hacer, pues, para no perder un tiempo que le era preciso utilizar? Entonces los dos últimos versos de la balada del joven poeta se agolparon a su imaginación, y penetrando en lo interior del bosque, repitió con alguna lentitud: Nacer contigo, llama loquilla; morir contigo, fuego fatuo.
Casi en seguida, Lionel, saliendo de un matorral, se lanzaba a su encuentro exclamando:
-¡Vos, señor Juan... Vos aquí!
-Sí, Lionel.
-¿Y el abate Joann?
-¡En mi prisión!... ¡Apresurémonos para llegar pronto a la isla Navy; es preciso que dentro de cuarenta y ocho horas estemos de vuelta con nuestros compañeros para atacar al fuerte de Frontenac!
Juan y Lionel echaron a andar con toda la rapidez que les permitía el temporal, dirigiéndose al Sur para bajar por la orilla del Ontario hasta los territorios del Niágara.
Era este el camino más corto, y también el itinerario que menos peligros ofrecía, pues a cinco leguas de allí podían atravesar la frontera, hallándose, por consiguiente, al abrigo de toda persecución y siéndoles además fácil llegar con toda prontitud a la isla Navy.
Sin embargo, esa dirección ofrecía el inconveniente de obligar a los fugitivos a pasar por delante del fuerte, pues tenían que retroceder; pero gracias a la mala noche que hacía, y en medio de los torbellinos de nieve, era posible que escaparan a la vista de los centinelas en el momento de atravesar la playa. Ciertamente que si el Ontario no hubiera estado cubierto por los témpanos que el invierno amontona en sus orillas, y si el lago hubiese sido navegable, mejor hubiera sido dirigirse a algún pescador que rápidamente les llevara hasta la embocadura del Niágara; mas esto era impracticable.
Ambos jóvenes marchaban con toda la celeridad de que eran capaces, y estaban a un centenar de pasos de las empalizadas, cuando el ruido de una descarga retumbó en el aire.
No había equivocación posible; fuego de fusilería acababa de estallar en el interior del recinto.
-¡Joann! exclamó el joven patriota.
Y cayó cómo si fuera él el que había sido herido por las balas de los soldados de Frontenac. Joann había muerto por su hermano y por su patria.
Así era, en efecto; media hora después de la salida de Juan, el mayor Sinclair, según el tenor del pliego llegado de Quebec, dio orden de que se procediese a la ejecución del reo.
Joann fue sacado de la prisión y conducido al sitio en que había de ser pasado por las armas.
El Mayor le leyó la sentencia. El sacerdote nada le dijo.
Y sin embargo habría podido exclamar:
-¡Yo no soy Juan Sin Nombre!... Soy un ministro del Señor, y he tomado su sitio para salvarle.
Y el comandante hubiera tenido que suspender la ejecución, siquiera fuera para poner este incidente en conocimiento del Gobernador general.
Pero Juan estaba todavía demasiado cerca de Frontenac; los soldados podrían perseguirle, le apresarían de nuevo, le fusilarían, y el abate quería que Juan Sin Nombre muriese en el campo de batalla.
Joann no desplegó los labios; se apoyó en la pared, y cayó pronunciando las palabras de «¡madre, hermano, patria!»
Los soldados no le habían conocido vivo, ni le conocieron tampoco muerto. Se le enterró inmediatamente en una fosa abierta fuera del recinto; y el Gobierno hubo de creer que el héroe de la independencia canadiense había muerto bajo el plomo de sus soldados.
Fue la primera víctima ofrecida en expiación del crimen de Simón Morgaz.