Familia sin nombre · Parte 3

V

PESQUISAS

Apenas se cerró la puerta cuando Juan apoyando el oído en la cerradura, se puso a escuchar lo que pasaba fuera, haciendo señas con la mano a Clary y a su madre para que no hablasen una palabra, ni se movieran tampoco. Y Bridget, que iba a exclamar: «¿Por qué has vuelto, hijo mío?» quedó muda.

En el exterior, y muy cerca de la casa se oía el ruido de pasos y el hablar de media docena de hombres que haciendo alto delante del portal, decían:

-¡Por dónde se habrá ido! No ha podido detenerse aquí.

-Se habrá escondido en alguna casa de más arriba.

-Lo cierto es que se nos ha escapado, y, sin embargo, estaba apenas a cien pasos de nosotros.

-¡Vamos, que haber dejado escapar a Juan Sin Nombre!

-¡Y, con él las seis mil piastras que vale su cabeza!

-Al oír la voz del hombre que acababa de pronunciar estas últimas palabras, Bridget se estremeció involuntariamente; le pareció que había escuchado en otra ocasión aquella voz, sin poder precisar en donde la había oído.

Pero Juan, sí la conoció; aquel hombre que hablaba era su tenaz perseguidor, era Rip; y si no se lo dijo a su madre, fue por no recordarle el pasado, tan doloroso para ambos.

Por fin el silencio se restableció en la carretera; los agentes de policía se fueron hacia San Carlos, sin sospechar siquiera que el agitador canadiense hubiera podido refugiarse en Casa Cerrada.

Entonces Juan se volvió hacia su madre y Clary, inmóviles en la sombra del pasillo.

En este instante, y antes de que Bridget pudiera interrogar a su hijo, el señor de Vaudreuil, que había comprendido de lo que se trataba, exclamó en alta voz:

-¡Juan ! ¿Sois vos?

Al oírle, todos se dirigieron a la habitación del enfermo, y; profundamente conmovidos, se sentaron a su lado.

-Tengo la suficiente fuerza para saber cuanto ocurre, por desagradable que sea, dijo el señor de Vaudreuil; no me ocultéis nada así lo quiero.

-Todo lo sabréis, respondió Juan.

Y empezó el siguiente relato:

-La otra noche, dos horas después de salir de aquí, llegué a San Dionisio, en donde encontré a algunos de los patriotas que habían escapado del desastre, y con ellos a Marchessault, Nelson, Cartier, Vicente Hodge, Farran y Clerc, que se les habían unido. Se ocupaban de la defensa de la población, cuyos habitantes estaban todos dispuestos a ayudarlos. La animación que sentíamos era mayor que la fuerza de que disponíamos, y los medios de defensa escasísimos. Ayer supimos que Colborne había hecho salir de Sorel una fuerte columna, al mando de Gore, para saquear o incendiar el pueblo. Ésta llegó por la tarde, y en vano quisimos oponer resistencia... Todos nuestros esfuerzos fueron inútiles. Penetró en San Dionisio, que los habitantes tuvieron que abandonar, y más de cincuenta casas han sido pasto de las llamas. Mis compañeros han debido huir para no ser degollados por esos verdugos y ganar la frontera, en donde se habrán avistado con Papineau y otros en Plattsburg, en, Rouse's Point y en Swanton. Ahora, los soldados de Witherall y de Gore van a invadir los rondados del Sur de San Lorenzo, quemándolo y asolándolo todo, reduciendo a la mendicidad a las mujeres y a los niños, sin escatimarles los malos tratamientos ni las vejaciones de toda clase, pudiendo seguir esos infelices las huellas de las tropas a la luz del incendio... He aquí cuanto ha pasado, señor de Vaudreuil; sin embargo, no desespero todavía; no quiero desesperar de la bondad de nuestra causa.

Un silencio doloroso siguió al relato que Juan acababa de hacer. El señor de Vaudreuil se había dejado caer de nuevo en la cama.

Bridget, mirando fijamente a su hijo, le dijo:

-¿Por qué estás aquí? ¿Por qué no te has ido con tus compañeros?

-Porque creo que los realistas volverán a San Carlos, que harán pesquisas y que el incendio acabará de devorar lo que queda de...

-¿Y puedes tú impedirlo, Juan?

-No, madre mía.

-En ese caso, te lo repito: ¿por qué estás aquí?

-Porque he querido ver si era posible que el señor de Vaudreuil saliera de Casa Cerrada, que no ofrece ya ninguna seguridad...

-¡Eso no es posible! respondió Bridget.

-Aquí me quedaré, pues, madre mía, y me haré matar defendiéndoos...

-Vuestra vida pertenece al país, Juan, replicó el señor de Vaudreuil, y vuestro sitio está en donde se hallen los jefes de los patriotas...

-Allí también está el vuestro, señor de Vaudreuil. Escuchadme, no podéis permanecer en esta casa, en la que pronto seréis descubierto. Esta noche, media milla antes de llegar a San Carlos, he sido perseguido por unos cuantos polizontes, y no cabe duda de que me han conocido, puesto que les habéis oído pronunciar mi nombre. Registrarán todas las casas del pueblo, y, aun cuando no esté yo, Casa Cerrada no escapará a las pesquisas. A vos es a quien hallarán aquí, señor de Vaudreuil; os arrancarán de este asilo, y ya sabéis que suerte es la que os espera si caéis en sus manos.

-¡Qué importa, Juan, respondió el enfermo; qué importa si habéis podido huir, si habéis podido reuniros con nuestros amigos en la frontera!

-Os suplico que me escuchéis, repuso Juan. Todo cuanto pueda yo hacer en pro de nuestra causa, lo haré; pero ahora se trata de vos; señor de Vaudreuil, tal vez sea posible que podáis llegar a los Estados Unidos, de donde no nos separan más que algunas millas; y una vez fuera del condado de San Jacinto, estaríais en seguridad. Bien sé que las fuerzas os faltan para andar, aun cuando estuviera yo aquí para sosteneros; pero en un carro, acostado sobre un colchón, podéis soportar ese viaje. Pues bien: que mi madre procure tener un carro con cualquier pretexto, o por lo menos que lo ensaye, y en la próxima noche vos, vuestra hija, mi madre y yo abandonaremos esta morada, pudiendo estar fuera de alcance antes de que los soldados de Gore hayan venido a San Carlos, para hacer aquí lo que han hecho en San Dionisio: un montón de ruinas.

El proyecto de Juan era digno de ser tomado en consideración, pues a algunas millas al Sur del condado el señor de Vaudreuil hallaría la seguridad que no le ofrecería Casa Cerrada en el caso de que los realistas invadiesen el pueblo. Lo que por desgracia aparecía como demasiado cierto era que Juan Sin Nombre había sido visto por Rip y por sus argentes, y que si bien se les había escapado, podían creer, ron algún viso de verdad; que se hubiera refugiado en San Carlos, y en este caso es seguro que harían todo cuanto estuviera de su parte para descubrir su retiro. La situación era por demás comprometida y hacíase necesario a todo trance que no solamente Juan, sino también el señor de Vaudreuil y su hija, abandonasen Casa Cerrada.

En suma: la huida no era imposible, siempre que Bridget pudiera procurarse un vehículo y que el enfermo estuviera en estado de soportar el viaje; pues si su debilidad fuese tal que no le permitiese llegar hasta la frontera, era indudable que encontraría un asilo seguro en cualquiera granja del condado de San Jacinto.

Juan al fin consiguió, con la ayuda de su madre, convencer al señor de Vaudreuil y a su hija. Desgraciadamente no podía pensarse en partir aquella misma noche, puesto que era preciso que Bridget adquiriese un medio cualquiera de transporte; quedando, por lo tanto, aplazada la partida para la noche siguiente.

Llegó el día: Bridget pensó que era mejor obrar francamente, porque nadie se admiraría de que hubiese decidido abandonar el pueblo, que buen número de habitantes había dejado ya.

Su primer pensamiento fue no acompañar al señor de Vaudreuil, a Clary y a Juan; pero su hijo fácilmente le hizo comprender que, una vez anunciada la partida, si los vecinos la volviesen a ver todavía en San Carlos, sospecharían que el carro había debido servir para salvar a algún patriota oculto en Casa Cerrada, que los agentes de policía llegarían a saberlo, y que en su propio interés, como en el del señor de Vaudreuil, estaba no dar motivo para que se procediese a investigaciones.

Bridget así lo comprendió; mas su intención era, después de la pacificación del país, volver a acabar su desgraciada vida en aquella triste mansión, de la que se había propuesto no salir jamás.

De acuerdo ya todos los habitantes de Casa Cerrada, Bridget se ocupó con gran interés en realizar la misión que se le había encomendado; pues aun cuando no hallase más que un carro, bastaría para llegar al condado de Laprairie, no amenazado aún por las tropas realistas.

La pobre viuda, por lo tanto, salió de su casa muy de mañana, provista del dinero necesario para la compra del vehículo; dinero que le había sido entregado por el señor de Vaudreuil.

Durante su ausencia, ni Juan ni Clary se apartaron un momento del lado del enfermo, que, influido por las circunstancias, se creía ya estar asistido de toda su natural energía, y pensaba que ante el esfuerzo que tendría que hacer para soportar las fatigas de aquel viaje, aunque corto, no le faltaría el vigor físico que fuera menester.

Y ciertamente; algo de reacción se había operando en él, a pesar de su debilidad, muy grande aún, pues estaba pronto a ir desde su carera hasta el camino cuando llegase el momento de abandonar a Casa Cerrada.

Parecía estar seguro, de sí mismo, por algunas horas a lo menos; después sería de él lo que pluguiera a Dios, porque nada le importaba perder la vida, con tal de volver a abrazar a sus amigos, de asegurar la tranquilidad de su hija y de ver a Juan en medio de los franco- canadienses, prontos a emprender una lucha suprema.

No había duda; aquel viaje se imponía. Si el señor de Vaudreuil no había de sobrevivir a sus heridas, ¿qué sería de su hija en Casa Cerrada, sola en el mundo, no teniendo más apoyo que el de una anciana? En la frontera americana, en Swanton, en Plattsburg, hallaría a sus hermanos de armas, a sus amigos más adictos, y entre ellos a uno cuyos sentimientos conocía y aprobaba.

Sabía que Vicente Hodge amaba a Clary, y ésta no rehusaría unir su suerte a la da aquel que acababa de arriesgar su vida para salvarla. ¿A qué patriota más generoso y más ardiente hubiera podido ella confiar su porvenir? Ambos eran dignos uno de otro.

Dios mediante, el señor de Vaudreuil tendría las suficientes fuerzas para llegar a ver cumplidos sus deseos; no sucumbiría antes de sentar el pie en aquel territorio extranjero, en donde los supervivientes del partido reformista esperaban el momento oportuno para empuñar de nuevo las armas.

Tales eran los pensamientos que sobrexcitaban al enfermo, mientras que Juan y Clary; sentados a su cabecera, apenas cambiaban alguna que otra palabra.

De vez en cuando se acercaba el joven a una de las ventanas que daban a la carretera, y cuyas puertas de maderas estaban cerradas, para escuchar si algún ruido insólito turbaba los alrededores.

Bridget volvió después de una ausencia de dos horas; había tenido que tratar con varios vecinos del pueblo para la adquisición del vehículo y de un caballo. Al hablar con ellos, según lo convenido, no ocultó su intención de marcharse de San Carlos, cosa que a nadie hubo de sorprender. Lucas Archambault, propietario de una cercana alquería; había consentido en venderle un carro, que, enganchado ya, había de traer a las nueve de la noche delante de la puerta de Casa Cerrada.

El señor de Vaudreuil experimentó una verdadera satisfacción cuando supo que Bridget había salido bien de su empresa.

-A las nueve partiremos, dijo, y me levantaré para ir...

-No, señor de Vaudreuil, respondió Juan; es inútil que os fatiguéis; os llevaré hasta el carro, en el que pondremos una buena capa de paja debajo del colchón de vuestra cama. Después andaremos muy despacio para evitar las sacudidas, y de ese modo espero que podréis soportar las fatigas del viaje; además, como la temperatura está bastante baja, es preciso que os abriguéis bien, no sea que el frío os haga daño. En cuanto a temer algún mal encuentro en el camino... ¿traéis alguna noticia, madre mía?

-No, respondió Bridget. Pero de un momento a otro se espera una nueva visita de los realistas.

-¿Y los polizontes que me han perseguido hasta San Carlos?

-A ninguno he visto; es probable que sigan una pista falsa.

-Pero pueden volver... dijo Clary.

-Por eso partiremos en cuanto venga el carro, repuso el señor de Vaudreuil.

-A las nueve en punto estará delante de la puerta, dijo Bridget.

-¿Os merece confianza el hombre que os lo ha vendido, madre mía?

-¡Sí! Es un honrado cortijero que habiéndose comprometido, cumplirá su palabra.

Mientras llegaba la hora de la marcha, el señor de Vaudreuil quiso tomar algún alimento que aumentase sus débiles fuerzas; Bridget y Clary, prepararon al instante un frugal almuerzo, que tomaron todos juntos.

El día pasó sin ningún incidente. De cuando en cuando Bridget entreabría la puerta para echar una ojeada a derecha e izquierda. El frío era bastante vivo, y el color aplomado que presentaba el cielo indicaba que la atmósfera estaba en calma, si bien un viento, que empezaba a soplar de Sudoeste, podía resolver los vapores en nieve; y entonces se haría muy penoso el transporte del señor de Vaudreuil, por lo menos, hasta los límites del condado.

Sin embargo, todas las probabilidades parecían declararse a favor de que aquel viaje se hiciera en regulares condiciones y por lo tanto se hallaban muy contentos; pero a eso de las tres de la tarde, cierta alarma, que ese produjo en San Carlos hubo de contrariarlos mucho.

Sonidos, lejanos aún, se dejaron oír en la parte alta de la población.

Juan abrió la puerta, escuchó... y no pudo contener un gesto de cólera.

-¡Trompetas! exclamó. Es sin duda una columna de soldados que se acerca.

-¿Qué haremos? preguntó Clary.

-Esperare respondió Bridget; tal vez no hagan más que atravesar el pueblo.

Juan movió la cabeza.

Y no había otro remedio, hallándose el señor de Vaudreuil imposibilitado de salir en medio del día; era preciso que esperasen todos; como dijo muy bien Bridget, a no ser que Juan se decidiera a huir solo.

En efecto; si salía al instante de Casa Cerrada; si se internaba en los cercanos bosques, tendría tiempo de ponerse a salvo antes de que los realistas ocupasen el pueblo; mas esto hubiera sido abandonar al señor y a la señorita de Vaudreuil, dejándoles expuestos a los mayores peligros, y Juan no podía, con arreglo a la nobleza de sus sentimientos, ni siquiera pensar en ello. Pero ¿cómo defenderlos si descubrían su retiro?

La ocupación de San Carlos iba a realizarse con suma rapidez. Los soldados que se acercaban pertenecían a la columna más vigilada por Witherall, enviada en persecución de los patriotas, y después de haber recorrido las orillas del Richelieu, iban a pernoctar a San Carlos.

Desde Casa Cerrada se oía el sonido de los clarines, ya más cercano.

Este sonido se apagó al fin. Las tropas habían llegado a la entrada del pueblo.

Bridget dijo entonces:

-No se ha perdido todo. El camino está libre hacia La-prairie; cuando llegue la noche, puede ser que lo esté aún; no debemos cambiar nada de nuestro proyecto. Esta casa no es de las que puedan atraer a los saqueadores; se halla aislada, y es posible que no la visiten.

¿Era de espetar que así sucediera?

Sí; porque aparte de las razones expuestas por la madre de Juan, había otras muchas viviendas más inmediatas al pueblo, en las cuales los soldados de sir John Colborne encontrarían gran pasto que dar a su desenfreno.

Además, en los primeros días de Diciembre anochece temprano, y con el auxilio de la oscuridad tal vez no fuera difícil abandonar a Casa Cerrada sin llamar la atención.

Los preparativos de marcha, pues, no se suspendieron, porque deseaban estar pronto, tan luego como llegase el carro a la puerta; y si el camino se hallaba libre, sólo en una hora tenían tiempo para alojarse tres millas de allí y pedir hospitalidad en alguña de las granjas del condado, si el estado del señor de Vaudreuil así lo exigiera.

La noche llegó sin nueva alarma: algunos soldados que llegaron hasta la parte baja de la carretera, volviéronse atrás, sin que al parecer Casa Cerrada hubiese fijado su atención. En cuanto al grueso de la columna, estaba acampada en los alrededores de San Carlos, dejando oír un tumulto tan grande, que nada bueno presagiaba para la seguridad de los habitantes.

A las seis de la tarde Bridget obligó a Juan y a Clary a que tomasen algún alimento de los que acababa de preparar; el señor de Vaudreuil comió poco, a causado la sobrexcitación en que le tenían los peligros que le amenazaban y la necesidad de hacer frente a ellos; así es que esperaba con impaciencia llegase el instante de ponerse en camino.

Minutos antes de las siete llamaron suavemente a la puerta. ¿Sería el vecino el vecino que, adelantándose a la hora conveniente, traía el carro? Tal vez; mas de cualquiera manera, sólo una mano amiga podía llamar de modo tan discreto.

Juan y Clary se retiraron a la habitación del señor de Vaudreuil, cuya puerta dejaron entreabierta.

El honrado labrador iba a avisar a la señora Bridget que le era imposible cumplir el compromiso contraído con ella, y la llevaba el dinero que le había dado por el carro, toda vez que no podía entregárselo porque los soldados ocupaban su alquería, así como todas las demás.

En cuanto al pueblo, estaba cercado y tomadas sus avenidas a larga distancia; de modo que; aun cuando hubiera llevado el carro, la señora Bridget no hubiera podido utilizarlo.

Era preciso; pues, de grado o por fuerza, esperar a que las tropas salieran de San Carlos.

Juan y Clary, lo mismo que el señor de Vaudreuil, oían desde la habitación en que estaban lo que decía Lucas Archambault.

El buen, hombre añadió que la señora Bridget no tenía nada que temer, porque si las casacas coloradas habían vuelto a San Carlos, no era con otro objeto que con el de ayudar a la policía a practicar algunas pesquisas, porque corrían ciertos rumores de que Juan Sin Nombre estaba escondido en el pueblo, y decían los polizontes que emplearían todos los medios posibles para apoderarse de su persona.

Bridget, al oír el nombre de su hijo, no se inmutó siquiera.

Lucas Archambault se retiró después de dar estas noticias, y Bridget, entrando en la habitación en que se hallaban reunidos los de casa, dijo:

-Juan, huye; ¡huye al instante!

-Es preciso, añadió el señor de Vaudreuil.

-¿Huir sin vosotros?

-¡No tenéis el deber de sacrificarnos vuestra existencia! repuso Clary. Antes que nosotros está el país...

-¡No! ¡No partiré! replicó Juan. ¡No quiero dejaros expuestos a las brutalidades de esos miserables!...

-¿Y qué podréis hacer?

No lo sé; pero no me marcho.

La resolución de Juan era tan terminante, que el señor de Vaudreuil no procuró combatirla.

Además, era preciso reconocer que una huida en tales condiciones ofrecía pocas probabilidades de feliz éxito. El pueblo, según lo dicho por Lucas Archambault, estaba cercado; el camino vigilado por los soldados; patrullas de caballería recorrían la campiña; y Juan, conocido ya por la policía, no llegaría a escaparse. Más valía, pues, quedarse en Casa Cerrada.

Sin embargo, éste no era el motivo a que Juan obedecía, y sí el de no poder resolverse a abandonar a su madre ni al señor y señorita de Vaudreuil.

Tomada como irrevocable la resolución de quedarse allí, era preciso ver si la casa ofrecía algún escondite en donde sus amigos pudieran ocultarse en el caso de que los agentes de policía fuesen a registrar; pero el hijo de Bridget no tuvo tiempo para asegurarse de ello porque en aquel instante, rudos golpes, hicieron retumbar la puerta exterior.

El patio que la precedía estaba ocupado por media docena de polizontes.

-¡Abrid! gritaban desde fuera, mientras que seguían llamando. Abrid, o echamos la puerta abajo...

Juan y Clary cerraron vivamente la habitación del señor de Vaudreuil, y entraron en la de Bridget desde donde podían oír mejor cuanto se dijera.

En el momento en que la pobre anciana avanzaba por el pasillo, la puerta de Casa Cerrada voló hecha pedazos, y el corredor quedó alumbrado por la luz de las antorchas que llevaban los agentes de Gilberto Argall.

-¿Qué queréis? preguntó Bridget a uno de ellos:

-Registrar vuestra morada, respondió aquel hombre. Si Juan Sin Nombro se ha refugiado en ella, le apresaremos primero, y después quemaremos la casa.

-Juan Sin Nombre no está aquí, respondió Bridget con calma.

De repente, el jefe que mandaba a aquellos desalmados avanzó vivamente hacia la anciana.

Era Rip: Rip, cuya voz había herido el oído de aquella señora, cuando su hijo entró precipitadamente en Casa Cerrada; Rip, el miserable Rip, que arrastró a Simón Morgaz a cometer el más horrible de los crímenes.

Bridget, espantada, le conoció.

-¡Hombre! exclamó Rip muy sorprendido; ¡pues si es la señora Bridget!... ¡Es la esposa del bueno de Simón Morgaz!

Al oír el nombre de su padre, Juan retrocedió, hasta el fondo de la habitación, en que se hallaba con Clary.

La infeliz viuda aniquilada por esta espantosa revelación; no tuvo fuerzas para contestar.

-¡Vaya con el encuentro!... Señora Morgaz, repuso Rip: ¡en verdad que creía que habíais muerto! ¡Cómo podía yo esperar hallaros en este pueblo, después de doce años!

Bridget seguía callando.

-Vámonos, amigos míos, añadió Rip, volviéndose hacia sus subordinados; nada tenemos que hacer aquí. Bridget Morgaz es una excelente mujer... no es ella la que quisiera ocultar un patriota... Venid, y continuemos nuestras pesquisas por otro lado... Puesto que Juan Sin Nombre está en San Carlos, ni Dios ni el diablo nos impedirán que lo apresemos.

Y seguido de sus agentes, desapareció bien pronto en el recodo del camino.

Pero el secreto de Bridget y su hijo era conocido ya, pues si bien el señor de Vaudreuil nada había oído, en cambio Clary no había perdido una sola de las palabras pronunciadas por el infame Rip.

¡Juan Sin Nombre era hijo de Simón Morgaz!

Y en un primer momento de horror, Clary, como loca, huyendo de la habitación de Bridget, se refugió en la de su padre.

Juan y su madre se hallaron solos frente a frente.

Ahora Clary todo lo sabía.

Ante la idea de encontrarse en presencia de la joven, en presencia del señor de Vaudreuil, del amigo de aquellos patriotas cuya cabeza cayó por causa de la traición de Simón Morgaz, Juan creyó quo iba a volverse loco.

-¡Madre mía! exclamó; ni un solo momento más, permanezco aquí. El señor y la señorita de Vaudreuil no me necesitan ya para defenderlos. Están seguros en casa de un Morgaz. ¡Adiós!

-¡Hijo mío, hijo mío! murmuró Bridget. ¡Ah desgraciado! ¿Crees tú, acaso, que no he adivinado tu secreto? ¡Tú... el hijo de... amas a Clary de Vaudreuil!

-Sí, madre mía; pero moriré antes de que lo sepa. Y Juan se lanzó frenético fuera de Casa Cerrada.

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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