Familia sin nombre · Parte 3

I

PRIMERAS ESCARAMUZAS

Lo ocurrido en la granja de Chipogán tuvo gran resonancia, pues la noticia se propagó con suma rapidez por todas las provincias canadienses.

La opinión pública no podía encontrar ocasión más favorable para manifestar sus sentimientos, porque no sola-mente se trataba de un choque entre los campesinos y la policía, sino que ésta y los voluntarios realistas habían sido derrotados. Pero lo más grave del caso era la circunstancia que hubo de motivar el envío de fuerzas a Chipogán. Juan Sin Nombre había aparecido de nuevo en el país, y noticioso Gilberto Argall de que se hallaba en el cortijo, quiso que a todo trance fuese capturado; mas no pudiendo realizarse su afanoso deseo, el alma de la revolución, el que representaba la esperanza de la causa nacional, se hallaba libre, presintiendo todos que muy pronto sabría servirse de su libertad con provecho.

¿En dónde se refugió Juan Sin Nombre después de salir de Chipogán? Las más activas, minuciosas y sutiles pesquisas no bastaban para descubrir su retiro, si bien Rip, aun cuando desalentado por el mal éxito de sus gestiones, no desesperaba de tomar algún día su desquite; y como a ello le impelían de consuno el interés personal de salir bien de su empresa y la honra de su casa, era seguro que proseguiría su intento hasta salir vencedor. El Gobierno, que sabía muy bien a qué atenerse respecto de su agente, no le retiró su confianza, antes bien la dio nuevos ánimos. Rip, por lo tanto, comenzó su campaña con bríos, teniendo ahora la ventaja de no caminar a ciegas en la persecución del joven patriota, puesto que habiéndose encontrado frente a frente con él en la granja, le conocía personalmente, y eso le serviría de mucho en lo sucesivo.

Quince días habían pasado, del 7 al 23, desde la escaramuza de Chipogán, y la última semana de Octubre acababa de expirar sin que Rip hubiese obtenido resultado alguno en sus propósitos.

He aquí lo que aconteció.

Al día siguiente de aquel en que se realizaron las escenas de que fue teatro la casa de Tomás Harcher, éste se vio obligado a abandonar a Chipogán; y después de arreglar lo mejor posible sus más perentorios asuntos, se internó con sus hijos mayores en los bosques del condado de Laprairie; y cuando pudo traspasar la frontera americana, se refugió en uno de los pueblos limítrofes, llamado Saint-Albans, situado en la orilla del lago Champlain, en donde, en completa seguridad, puesto que los agentes de Gilberto Argall no podían allí apoderarse de su persona, esperó a ver el giro que iban a tomar los acontecimientos, no sin valerse desde allí de todos los medios disponibles para tener noticias ciertas.

Si el movimiento nacional iniciado por Juan Sin Nombre tenía favorable éxito; si el Canadá, recuperando su autonomía, se libraba de la opresión anglo-sajona, Tomás Harcher regresaría tranquilamente a su hogar; y si, lo que no era de suponer, la rebelión de los patriotas fracasara, esperaría a que el tiempo lo hiciese olvidar todo, y cuando una amnistía, redimiendo las faltas del pasado, tornase las cosas a su estado normal, volvería del mismo modo a su propio albergue.

Mientras tanto su mujer, muy apta para dirigir la casa, bastaba para cuidarlo todo; y aun cuando en la estación in-vernal, en que ya se hallaban, los trabajos agrícolas están en suspenso, al llegar los días de cultivo, los intereses del señor de Vaudreuil no sufrirían perjuicio bajo la acertada dirección de Catalina de Harcher.

Pedro y sus hermanos, que estaban con su padre, seguirían ejerciendo su oficio de cazadores en los terrenos próximos a la frontera canadiense, y probablemente antes de medio año podrían empezar de nuevo la pesca en el San Lorenzo, si triunfaba la revolución.

Y en verdad que Tomás Harcher salió a tiempo de su casa para buscar un refugio seguro, pues pocas horas después de su partida, Chipogán se vio ocupado militarmente por un destacamento de tropa llegado de Montreal; pero como Catalina no tenía que temer nada por su marido ni por sus hijos, más comprometidos que los demás, se mantuvo serena, sabiendo hacerse respetar por los soldados, quienes, sin embargo de tener recomendada la circunspección en todas ocasiones, y la orden de no usar de represalias en el caso presente, por convenir al Gobierno la indulgencia, cometen siempre grandes abusos.

En la villa Montcalm sucedió lo mismo que en la granja; las autoridades vigilaron sin cesar; pero el Sr. Vaudreuil, habiendo hecho causa común con el joven patriota, tuvo buen cuidado de no volver a su morada de la isla de Jesús. Dióse contra él, por el ministro de Policía, una orden de prisión; y el no hubiera huido, le hubieran preso y encarcelado en Montreal, no pudiendo, por lo tanto, unirse después a las filas de los insurrectos. Mas ¿en dónde se refugió? Tal vez en casa de uno de sus amigos políticos; pero lo hizo con tanto sigilo, que fue imposible descubrir dónde se había refugiado.

Clary fue la única persona que volvió a la villa Montcalm, quedando en correspondencia con los Sres. Vicente Hodge, Farran, Clerc y Gramont; y en cuanto a Juan-Sin-Nombre, ella sabía que se hallaba en seguridad al lado de su madre.

Varias veces recibió, por conducto de algunos amigos, cartas suyas, en las que, si bien el proscrito no hablaba más que de política, adivinaba Clary que otro sentimiento se había apoderado del corazón del joven patriota.

Digamos ahora que había sido del buen notario Nick y de su pasante.

Nuestros lectores no habrán olvidado la parte que tomaron los hurones en la refriega de Chipogán, pues sin su intervención los voluntarios no hubieran sido rechazados, y Juan Sin Nombre hubiera caído en poder de los agentes de Rip.

Pero esta intervención de los Mahogannis, ¿quién la había provocado? ¿Fue acaso el pacífico notario de Montreal? No por cierto. Al contrario, todos sus esfuerzos tendieron a impedir la efusión de sangre, y no se precipitó en medio del combate sino para contener a los dos bandos, siendo aquel el instante en que los guerreros de Walhatta se mezclaron en la lucha con el único objeto de defender a Nicolás Sagamore, que, en poder de los sitiadores, corría el riesgo de ser tratado como rebelde. ¿Qué cosa más natural que la conducta de los guerreros indios defendiendo a su jefe? Es verdad que aquella acometida decidió el éxito del combate, dispersando a los voluntarios en el momento en que iban a forzar las puertas. Esto bastaba para que la autoridad hiciese responsable al Sr. Nick de aquel imprevisto desenlace, y, como es de suponer, el Notario temió, por la seguridad. de su persona, creyéndose seriamente comprometido a propósito de una refriega que no tuvo otra causa que una simple detención que nada le importaba. Así las cosas, no quiso ya volver a su despacho de Montreal, y antes de que se apagara el ruido producido por aquella algarada, se dejó llevar sin resistencia al pueblo de Walhatta, consintiendo instalarse en el wigwam de sus antepasados.

Su estudio, es verdad, estaría cerrado durante un tiempo cuya duración no era fácil de apreciar; sus clientes sufrirían por su ausencia, y la anciana Dolly se entregaría a la desesperación. Pero ¿qué otra cosa podía determinar? Más valía ser Nicolás Sagamore en medio de su tribu, que el Sr. Nick detenido en las prisiones de Montreal, acusado de rebelión contra los agentes de la fuerza pública.

No tenemos por que decir que Lionel siguió a su principal a aquel pueblo indio, perdido en medio de los espesos bosques del condado de Laprairie; porque habiéndose batido con mucho denuedo en contra de los voluntarios, difícil le hubiese sido eludir la pena reservada a los rebeldes.

El Sr. Nick se lamentaba in petto de la situación en que se hallaba; pero Lionel, por el contrario, se alegraba del giro que había llevado el asunto, y lejos de sentir haber tomado la defensa de Juan Sin Nombre, del héroe aclamado por las poblaciones francocanadienses, esperaba que las cosas no quedarían en tal estado, y que los indios se declararían en favor de los insurrectos.

El Sr. Nick no era ya el Sr. Nick; era el jefe de los hurones, y Lionel tampoco era su pasante, sino el brazo derecho del último de los Sagamores.

Era de suponer, con razón, que el Gobernador general quisiese castigar a los Mahogannis, culpables por haber intervenido en la refriega de Chipogán; pero la prudencia aconsejó a lord Gosford una reserva harto justificada por las circunstancias, porque las represalias hubiesen tal vez exasperado a las poblaciones indígenas dándoles ocasión de ayudar a sus hermanos, y entonces era de temer una sublevación general que hubiera complicado mucho el actual orden de cosas. El Gobernador general, pues, juzgó conveniente no perseguir a los guerreros de Walhatta, ni tampoco al nuevo jefe llamado a regir el destino de su tribu por derecho de sucesión; así es que el Sr. Nick y Lionel no fueron molestados en su nuevo retiro.

Lord Gosford observaba con extremada atención los trabajos de los reformistas que continuaban agitándose lo mismo en el Alto que en el Bajo Canadá. El distrito de Montreal estaba especialmente sometido a la vigilancia de la policía, que no se daba punto de descanso, esperando de un instante a otro estallase una insurrección en las parroquias cercanas al Richelieu, tomándose, como era natural, medidas para sofocarla en su principio, caso de no poder impedirla; y en esa previsión los soldados de que sir John Colborne podía disponer; fueron a situarse en los confines del condado de Montreal y limítrofes.

Los partidarios de la reforma no ignoraban que la lucha sería muy difícil de sostener; pero esto no era bastante para detenerlos en sus propósitos, porque pensaban que la causa nacional tendría por defensores a todos los franco-canadienses, quienes acudirían a reunirse en masa alrededor de la bandera del reformismo; y, en efecto, éstos no esperaban más que una señal para empuñar las armas, desde que la escaramuza de Chipogán les reveló la presencia de Juan Sin Nombre; señal de que el popular agitador no había dado aun porque las decisiones antiliberales que sin duda iba a tomar el Gabinete británico, no se habían acordado todavía.

Desde el misterioso retiro de Casa Cerrada, en donde vivía con su madre, Juan no cesaba de observar con atención el estado de los espíritus. Durante las seis semanas que iban ya transcurridas, el abate Joann había ido varias veces, en medio de la noche, a conferenciar con su hermano; así es que éste se hallaba muy al corriente de las eventualidades de la política. Lo que él esperaba, como efecto de las tendencias opresivas de las Cámaras inglesas, es decir, la suspensión de la Constitución de 1791, y por lo tanto, la disolución de la Asamblea canadiense, si tal medida se adoptaba, o, la prorrogación de ella en caso contrario, no era todavía más que un proyecto. El joven revolucionario, lleno de ardor, estuvo veinte veces a punto de abandonar Casa Cerrada para recorrer públicamente el condado y excitar a los patriotas, halagado con la esperanza de que los habitantes de las ciudades y del campo se alzarían a su voz, seguro de que todos harían buen uso de las armas de que había provisto a los centros reformistas en su último viaje de propaganda por el San Lorenzo. Los realistas, pensaba él, serían en el primer momento aniquilados por el número, y la autoridad de los opresores terminaría.

El abate Joann le aconsejó abandonara este designio, porque si por desgracia el primer choque producía una derrota, arrastraría consigo toda esperanza para el porvenir; y dicha derrota era de temer, porque las tropas reunidas alrededor de Montreal estaban prontas a marchar a cualquier punto de los condados limítrofes en donde se iniciara la rebelión.

Convenía, pues, obrar con extremada cautela, y valía más esperar que la exasperación pública llegase a su colmo por causa de las tiránicas medidas del Parlamento y las exacciones de los agentes de la Corona. Estas razones eran suficientes para retrasar el movimiento, a pesar de la gran impaciencia que experimentaban los Hijos de la Libertad.

Cuando Juan huyó de Chipogán, contaba como seguro que el mes de Octubre no finalizaría sin que una insurrección general se produjese en el Canadá; y no obstante, el 23 de dicho mes nada indicaba que dicho movimiento estuviera próximo a estallar, cuando de repente la ocasión prevista por el joven patriota se presentó, provocando las primeras manifestaciones.

Según la relación hecha por los tres delegados nuevamente nombrados por el Gobierno inglés, la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes se habían apresurado a adoptar las proposiciones siguientes: empleo de los fondos públicos sin autorización de la Asamblea canadiense; acusación de los principales diputados reformistas; modificación de la Constitución, exigiendo al elector francés un censo doble que al inglés, e irresponsabilidad de los ministros ante las Cámaras.

Estas medidas, tan injustas como violentas, turbaron el país entero y exaltaron los sentimientos patrióticos de la raza franco-canadiense. Era más de lo que los ciudadanos podían sufrir, y naturalmente todos los habitantes de las parroquias de ambas orillas del San Lorenzo acudieron en masa a los meettings.

En Laprairie hubo el día 15 de Septiembre una reunión a la que asistieron el delegado francés, que había recibido al efecto órdenes de su Gobierno, y el encargado de negocios de los Estados Unidos, residente en Quebec.

En Santa Escolástica, en Saint-Ours; y en particular en los condados del Bajo Canadá, se pidió la ruptura inmediata de las relaciones con la Gran Bretaña; se provocó a los reformistas para que pasaran de las palabras a los hechos, y se decidió pedir el concurso de los americanos.

Se estableció una caja, en la cual se recogerían las ofrendas que se hicieran, por pequeñas que fuesen, para sostener la causa popular, e inmediatamente se organizaron manifestaciones, en las que se veían banderas con los siguientes letreros:

¡Huid, tiranos! ¡El pueblo despierta! ¡Unión de los pueblos, terror de los grandes! ¡Antes queremos lucha sangrienta que la opresión de un poder corrompido! Una bandera negra, en la que se veía una calavera con huesos puestos en cruz, llevaba inscritos los nombres de Craig, Dalhousie, Aylmer y Gosford, gobernadores hasta la saciedad aborrecidos; y en honra de la antigua Francia, los manifestantes conducían también enhiesta una bandera blanca con el águila americana rodeada de estrellas por un lado, y por el otro el águila canadiense sosteniendo en el pico una rama de arce con este lema ¡Nuestro porvenir! ¡Libre como el aire!

Ya se ve hasta que grado llegaba la sobrexcitación de los espíritus. Inglaterra podía temer que la colonia rompiese de una vez el lazo que la unía a ella. Los representantes de su autoridad en el Canadá turnaron importantes medidas en previsión de una suprema lucha, si bien aparentaban no ver más que turbulencias de una facción en donde realmente se trataba de un movimiento nacional.

El 23 de Octubre se reunió una asamblea en San Carlos, el mismo pueblo en que Juan Sin Nombre se refugió en casa de su madre y que iba a ser el teatro de acontecimientos tristemente célebres. Los seis condados de Richelieu, de San Jacinto, de Rouville, de Chambly, de Verchères y de Acadia; enviaron sus representantes. Trece diputados debían hablar, y entre ellos Papineau, entonces en el apogeo de su popularidad. Más de seis mil personas, hombres, mujeres, niños, acudieron de diez leguas en redondo y acamparon en medio de una vasta pradera perteneciente al doctor Duvert, alrededor de una columna rematada en un gorro frigio; y para que no se dudase de que el elemento militar hacía causa común con el elemento civil, una compañía de milicianos agitaba sus armas al pie de dicha columna.

Papineau pronunció, después de algunos otros oradores más fogosos que él, un discurso, que pareció acaso demasiado moderado, aconsejando mantenerse en el terreno de la agitación constitucional. El doctor Nelson, presidente de la Asamblea, le respondió en medio de frenéticas aclamaciones, diciendo.. «que había llegado el tiempo de fundir las cucharas para hacer balas.» El doctor Cote, representante de la Acadia, apoyó a su colega con estas enérgicas y excitantes palabras:

-¡Ha pasado ya el tiempo de los discursos! ¡Plomo es lo que ahora precisa enviar a nuestros enemigos!

Trece proposiciones fueron adoptadas, mientras que los hurrahs se mezclaban a las salvas de los fusiles de los milicianos.

Estas proposiciones, tales como las resume M. O. David en su folleto Los Patriotas, empezaban por una distinción de los derechos del hombre; afirmaban el derecho y la necesidad de resistir a un Gobierno titánico; aconsejaban a los soldados ingleses que desertasen de sus filas; alentaban al pueblo para que rehusara obediencia a los magistrados y a los oficiales del ejército nombrados por el Gobierno, y, por fin, proclamaban la conveniencia de organizarse como los Hijos de la Libertad.

Papineau y sus colegas desfilaron después por delante de la simbólica columna, mientras que todos los jóvenes entonaron en coro un himno adecuado a las circunstancias.

En aquel momento parecía que el entusiasmo no podía llegar más allá, y sin embargo, creció de punto algunos instantes al aparecer en medio de la Asamblea un nuevo personaje.

Éste era un joven de mirada ardiente y apasionada, que, subiendo al pedestal de la columna, dominó a la muchedumbre. En su mano ondeaba la bandera de la independencia canadiense. Algunos le conocieron; pero antes que nadie el abogado Gramont lanzó su nombre al aire, y todos los concurrentes lo repitieron en medio de frenéticos aplausos: «¡Juan Sin Nombre!... ¡Juan Sin Nombre!»

El joven, que acababa de dejar Casa Cerrada, se mostraba en público por primera vez desde la sublevación de 1835, y el entusiasmo fue indescriptible. Después de unir su nombre a los de los que protestaban, desapareció... Mas se le había visto, y el efecto producido fue inmenso.

Estos incidentes ocurridos en San Carlos fueron en seguida conocidos en todo el Canadá. Otros meetings se celebraron en la mayor parte de las parroquias del distrito, y en vano fue que el obispo de Montreal, monseñor Lartigues, procurase calmar los espíritus por medio de una pastoral llena de moderación evangélica: la explosión estaba ya cercana.

El señor de Vaudreuil en su retiro, y Clary en la villa Montcalm, tuvieron aviso de ello por dos esquelas cuya letra les era bien conocida; y lo mismo sucedió con Tomás Harcher y sus hijos, reunidos en Saint-Albans, ese pueblecillo americano en donde esperaban con impaciencia el tiempo oportuno para pasar otra vez la frontera.

El invierno se había iniciado ya con ese cambio brusco propio del clima del Norte de América. Las vastas llanuras no ofrecían ningún obstáculo a las ráfagas que llegaban de las regiones polares, y el Gulf-stream, yéndose hacia Europa, no les prestaba su agradable calor. Ninguna transición había habido entre los calores del estío y los fríos del período in-vernal. La lluvia caía sin cesar, a través de la cual se dejaba ver de vez en cuando algún rayo de sol, completamente desprovisto de calórico; en pocos días los árboles fueron despojados por completo de sus hojas, formando en el suelo una espesa alfombra, bien pronto cubierta por la nieve que invadiría todo el país canadiense.

Pero ni la fuerza de las borrascas ni la ruda temperatura de aquel clima eran suficientes para impedir a los patriotas alzarse a la primera señal.

En estas condiciones, para todos desfavorables, una colisión producida el 6 de Noviembre en Montreal puso frente a frente los dos bandos contrarios.

El primer lunes de cada mes los Hijos de la Libertad acostumbraban reunirse en las grandes poblaciones para hacer una manifestación. pública; aquel día los patriotas de Montreal quisieron que tuviera gran resonancia, y al efecto se citaron para dicha manifestación en el centro mismo de la ciudad, en un local vastísimo de la calle de Santiago.

Los miembros del Dorie-club, al saber la noticia, hicieron fijar en las esquinas una proclama diciendo: «que había llegado ya la hora de aplastar la rebelión en su principio» y los leales al régimen opresor, los constitucionales y los empleados, fueron invitados para reunirse en la plaza de Armas.

El meeting popular tuvo efecto en el día y en el sitio indicado; Papineau se hizo aplaudir calurosamente por su discurso, y otros oradores como Brown; Quinet y Eduardo Rollier provocaron entusiastas aclamaciones.

De repente una lluvia de piedras cayó sobre el sitio en que estaban los manifestantes: eran los serviles que atacaban a los patriotas. Estos, armados sólo con bastones, formáronse en cuatro columnas, se lanzaron a la calle, cayeron sobre los miembros del Dorie-club y los rechazaron vivamente hacia la plaza de Armas. Entonces los tiros empezaron por ambas partes; Brown recibió un violento golpe que le tendió en tierra, y uno de los más acérrimos partidarios de la reforma, el caballero de Lorimier, fue herido en un muslo por una bala.

Sin embargo, aun cuando los miembros del Dorie-club habían sido rechazados, no se consideraban vencidos, sabiendo que las tropas les apoyarían, y con gran placer de los demás leales, se dispersaron por las calles de Montreal, rompieron a pedradas las ventanas de la casa de Papineau y saquearon las prensas del Vindicator, periódico liberal que combatía desde largo tiempo a favor de la causa francocanadiense.

Después de esta algarada, los patriotas fueron perseguidos con más encarnizamiento. Ordenes de prisión, expedidas por mandato de lord Gosford, obligaron a los principales jefes a salir precipitadamente de la ciudad, por más que todas las casas se abrieron para darles asilo. El señor de Vaudreuil, que se había batido también, tuvo que volver a su retiro, en donde le había buscado en vano la policía desde la escaramuza de Chipogán.

Lo propio sucedió con Juan-Sin-Nombre, que apareció de nuevo en las circunstancias siguientes:

Después de la manifestación del 6 de Noviembre, algunos ciudadanos notables habían sido presos en los alrededores de Montreal, entre otros el Sr. Demaray y el doctor Davignon, de San Juan de Iberville, a quienes un destacamento de caballería había de conducir al lugar designado el día 22 de Noviembre.

Uno de los más atrevidos partidarios de la causa nacional, representante del condado de Chambly, L. M. Viger, «el hermoso Viger» como se lo llamaba en las filas de los insurrectos, fue avisado del arresto de sus dos amigos, y el hom bre que fue a darle la noticia le era desconocido.

-¿Quién sois? le preguntó.

-Poco importa eso, le respondió este hombre. Los prisioneros, encerrados en un coche, van a atravesar la parroquia de Longueuil, y es preciso libertarlos.

-¿Estáis solo?

-Mis amigos me esperan.

-¿En dónde nos reuniremos con ellos?

-En el camino.

-Vamos, pues.

Y así lo hicieron. Los partidarios no faltaron ni a Viger ni a su compañero. Llegaron a la entrada de Longueuil, seguidos de buen número de patriotas que se apostaron a cierta distancia del pueblo; pero habiéndolo sabido el Gobierno, un grueso destacamento de tropa acudió para apoyar a la caballería que escoltaba el coche, y el jefe de la fuerza hizo saber a los habitantes del pueblo que si se unían a Viger, la población sería entregada a las llamas.

-Nada tenemos que hacer aquí, dijo el desconocido, cuando estas amenazas llegaron a sus oídos. Venid...

-¿Adónde? preguntó Viger.

-A dos millas de Longueuil, respondió. No demos pretexto a los tiranos para que se entreguen a las represalias; no nos conviene por ahora.

-¡Partamos! dijo Viger.

Y ambos emprendieron la marcha por los atajos, seguidos de sus compañeros. Al llegar cerca de la granja de Trudeau, se apostaron en un campo, cercano. Ya era tiempo, pues una nube de polvo que se levantaba a un cuarto de milla, anunciaba la aproximación de los prisioneros y de su escolta.

El coche llegó, y en seguida Viger, avanzando hacia el jefe de la escolta:

-¡Alto! dijo. ¡Entregadnos a los prisioneros, en nombre del pueblo!

-¡A mí! gritó el oficial dirigiéndose a su tropa. ¡Pronto!

-¡Alto! repitió el desconocido.

De repente un hombre se abalanzó para prenderle; era un agente de la casa Rip y Compañía, uno de los que se habían hallado en la refriega de Chipogán.

-¡Juan Sin Nombre! exclamó cuando estuvo frente por frente del joven proscrito...

-¡Juan Sin Nombre! repitió Viger corriendo hacia su compañero.

Y de repente estallaron, con una irresistible alegría, gritos de indecible entusiasmo.

En el momento en que el oficial daba orden de apoderarse de Juan Sin Nombre, fue derribado del caballo por un vigoroso canadiense que había salido al camino, mientras que los demás, ocultos entre el follaje, aguardaban las órdenes de Viger, órdenes que éste multiplicaba con voz de true-no, como si hubiera dispuesto de un centenar de combatientes. Durante aquel tiempo, Juan se aproximó al coche, rodeado por algunos de sus partidarios, tan decididos a defenderla como a libertar a los señores Demaray y Davignon.

Pero, después de levantarse, el oficial mandó hacer fuego, y seis o siete tiros sonaron a la vez. Viger recibió dos balas que le hirieron, pero no mortalmente, pues la una le rozó una pierna y la otra le llevó la última falange del dedo meñique, lo que no le impidió disparar un pistoletazo, que alcanzó en la rodilla al jefe de la escolta.

Entonces se apoderó un gran pánico de los caballos del destacamento; varios de ellos, heridos, se desbocaron, y los soldados, creyendo habérselas con un millar de hombres, se dispersaron por la campiña. Libre ya el coche, Juan Sin Nombre y Viger corrieron a las portezuelas, que abrieron, y los prisioneros fueron llevados en triunfo hasta el pueblo de Boucherville.

Un momento después de la refriega, cuando Viger y los demás buscaron a Juan Sin Nombre, éste había desaparecido, sin que ninguno advirtiera la dirección que había tomado, si bien nadie dudaba de que se le volvería a ver seguramente, cuando empezara la lucha que había de decidir de la independencia canadiense.

Sürgöny

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