Los hermanos Kip

VIII

EL MAR DEL CORAL

Mil cuatrocientas millas aproximadamente separan la isla de Norfolk de Nueva Irlanda. Después de navegar 500, la primera tierra que había de descubrir el James Cook era la posesión francesa de Nueva Caledonia, con la que se completa el grupito de las islas Loyalty, en el este.

Si el viento y el mar favorecían la marcha del bergantín, bastarían cinco días para la primera parte de esta travesía, una decena para la segunda.

La vida a bordo continuaba con su habitual regularidad. Los cuartos sucedían a los cuartos con esa monotonía de las navegaciones tranquilas, que no dejan de tener su encanto. Marinos y pasajeros se interesaban por el menor incidente de mar: un barco que pasara, una bandada de pájaros que revoloteara alrededor de los aparejos, un grupo de cetáceos, a los cuales el paso del barco dispersaba.

Generalmente los hermanos Kip, sentados a popa, se abandonaban, en compañía de Hawkins, a largas conversaciones, en las que con mucho gusto tornaban parte el capitán y su hijo. Los náufragos no podían dominar su intranquilidad res pecto a la situación de la casa de Groninga. La situación de los negocios reclamaba con urgencia que Pieter Kip se pusiera al frente de ellos. Ninguno de los dos hermanos ocultaba su desconfianza cuando hablaban con el armador acerca del asunto.

Hawkins trataba de darles ánimos. Encontrarían crédito seguramente… Si era preciso llegar a la liquidación, no sería en tan malas condiciones como ellos esperaban… Pero la inquietud de Karl y Pieter estaba sobradamente justificada por el retraso que les había impuesto el naufragio de la Wilhelmina.

No habrá olvidado el lector la mala impresión que los hermanos Kip habían producido en el ánimo de Vin Mod. Que no se podía contar con ellos para la ejecución de sus propósitos era la evidencia misma. Los náufragos no eran unos aventureros sin remordimientos ni escrúpulos. Superiores a la clase donde se reclutan los marineros, su presencia a bordo hacía irrealizable toda tentativa de sublevación.

Fácil es imaginarse cuál sería la conversación de Flig Balt y Vin Mod, cuando pudieron cambiar impresiones entre sí y con Len Cannon.

Con relación a los hermanos Kip, la opinión del contramaestre fue que, si llegara el caso, los náufragos se pondrían de parte del armador y del capitán.

Sin embargo, Len Cannon, que juzgaba a los demás por sí mismo, no pareció opinar del mismo modo.

– ¿Se sabe a punto fijo quiénes son esos holandeses?… —dijo el marinero

– . ¿Has visto tú sus papeles?… No; entonces, ¿por qué hemos de creerles bajo su palabra?… Y puesto que han perdido en el naufragio cuanto tenían, bien pudieran quererlo ganar… He conocido a más de uno con trazas de santo, y que no ha hecho aspavientos cuando se le ha propuesto un buen golpe…

– ¿Y serás tú quien los tantee? —preguntó Flig Balt, encogiéndose de hombros.

– ¡Yo…, bien seguro que no! —contestó Len Cannon—. Los marineros no tienen ocasión de hablar con los pasajeros…, puesto que pasajeros son ésos en tan mala hora venidos.

– Len tiene razón —afirmó Vin Mod—; ni él ni yo estamos en situación de poderlo intentar.

– Entonces, ¿seré yo? —preguntó el contramaestre.

– Precisamente usted mismo, no, Flig Balt.

– ¿Quién, pues?

– El nuevo capitán del James Cook.

– ¿Cómo el nuevo capitán? —preguntó el contramaestre sorprendido.

– ¿Qué quieres decir, Mod? —añadió Len Cannon—. Quiero decir que se debe ser lo menos capitán para tratar con esos señores Kip…

– ¿Y qué? —exclamó Flig Balt, cada vez más impacientado por las reticencias.

– Será necesaria una circunstancia… sí… no abandono mi idea… Supongamos que el señor Gibson cae al mar durante la noche…, un accidente… ¿Quién tomaría el mando?… Flig Balt evidentemente… El armador y el hijo del capitán no saben nada de marinería…, y entonces, en vez de llevar el bergantín a Port Praslin… y, sobre todo, antes de ir a Hobart Town… en fin, ¡quién sabe!…

Luego añadió el marinero:

– ¡Verdaderamente que hemos tenido una suerte perra!… Primero el aviso, que se cruzó en nuestro camino… Luego Hawkins y Nat Gibson, que embarcaron en Wellington… Después los dos holandeses que vienen a bordo… Cuatro hombres más; otros tantos como habíamos enrolado en la taberna de Las Tres Urracas… Y ahora resulta que contra nosotros seis, tenemos ocho… ¡Lástima de ocho lazos corredizos!…

Flig Balt escuchaba sin hablar. La perspectiva de mandar el barco le halagaba. Provocar un accidente que hiciese desaparecer al capitán era mucho mejor que entablar una lucha contra los pasajeros del James Cook y la mitad de la tripulación.

Pero Len Cannon respondía que seis hombres resueltos debían dar buena cuenta de otros ocho que no están sobre aviso, si se les sorprende antes de que tengan tiempo de darse cuenta de la situación… Bastaría desembarazarse de dos de ellos para que la partida se equilibrara… Y concluyó con estas palabras:

– Es preciso dar el golpe esta noche. Que el señor Balt diga que sí…; yo prevengo a los otros, y mañana el bergantín será nuestro…

– Vamos, patrón, ¿qué dice usted a eso? —preguntó Vin Mod.

El contramaestre continuó callado.

– ¿Quedamos en ello? —insistió Len Cannon.

En aquel momento Gibson, que se encontraba a popa, llamó a Flig Balt.

– ¿No quiere, pues, decidirse? —preguntó Len Cannon.

– Se decidirá, no tengas cuidado —dijo Vin Mod—; si no esta noche, en cuanto la ocasión se presente.

– ¿Y si no se presenta?

– La inventaremos. Los hermanos Kip

– Bueno, pues que sea antes de llegar a Nueva Irlanda… Mis camaradas y yo no hemos embarcado en el bergantín para navegar a las órdenes del capitán Gibson; y te prevengo Mod que si no damos el golpe en cuanto lleguemos a Port Praslin, tomamos las de Villadiego…

– Por supuesto, Len…

– Y no hay más que hablar, Mod… No seremos nosotros los que llevaremos el James Cook a Hobart Town, donde no tendríamos más que hacer que arrastrar las patas.

En suma, a Vin Mod le preocupaban las vacilaciones de Flig Balt. Conocía su naturaleza cautelosa, en la que la astucia predominaba sobre la audacia. Así es que procuraba comprometerlo de tal suerte que no pudiera retroceder. Por otra parte, era preciso contener a Len Cannon, cuyas impaciencias podían comprometer el asunto.

La navegación continuó en inmejorables condiciones. Viento favorable, bastante fuerte durante el día, calmado al anochecer. Las noches eran hermosas, frescas, e indemnizaban de los calores diurnos, que iban en aumento a medida que el bergantín avanzaba hacia el trópico de Capricornio. Hawkins, el capitán, su hijo y los hermanos Kip, hablando y fumando, prolongaban la velada, y a veces permanecían en el puente hasta las primeras luces del alba. La mayor parte de los marineros que no estaban de cuarto preferían el aire libre sobre cubierta a la atmósfera asfixiante del camarote. En estas condiciones hubiese sido imposible sorprender a Hobbes, Burnes y Wickley. En un instante los tres hubiesen estado a la defensiva.

El bergantín llegó al trópico al mediodía del 7 de noviembre. Casi inmediatamente dieron vista a la isla de Pinos y a las alturas de Nueva Caledonia.

La gran isla Bolada no tiene menos de 200 millas de longitud por 30 de anchura. Sus dependencias las componen las islas de los Pinos, Beaupré, Botanique y Hohohana; luego a Levante está el grupo de las Loyalty, de las cuales la más meridional es la isla Britannia.

Sabido es que este archipiélago pertenece al dominio colonial de Francia. Es un lugar de deportación para los condenados por delitos comunes. Aunque se ha llevado a cabo más de una evasión, no es cosa fácil abandonar la penitenciaría de los antípodas. Para lograrlo es necesario estar en combinación con algún barco, como ha ocurrido diferentes veces en favor de deportados políticos. En todo caso, cuando los fugitivos se ven precisados a arrojarse al mar para ganar el barco a nado, están expuestos a las acometidas de los formidables escualos que pululan entre aquellos arrecifes.

Además, salvo en el puerto de Noumea, capital de la isla, es casi imposible abordar este archipiélago, que está defendido por bancos madrepóricos, sobre los cuales chocan furiosamente las olas.

El James Cook continuó remontándose hacia el norte, a lo largo de la costa. A la distancia de dos o tres millas, la mirada podía abarcar todo el desenvolvimiento de la isla grande, las colinas litorales, dispuestas en anfiteatro, áridas, completamente desprovistas de vegetación. El capitán Cook descubrió estas islas en 1771, y veinte años después el almirante francés Entrecasteaux completó el plano hidrográfico de las mismas.

La población neocaledoniana, que se calcula en unos 60.000 habitantes, tiene asegurada su existencia por los productos del suelo, que es muy rico: ñame, caña de azúcar, pinos en abundancia, naranjas, plátanos, cocoteros, higos, etc. En el interior existen grandes bosques, cuyos árboles alcanzan prodigiosas dimensiones.

Durante la mañana del 9, los de a bordo pudieron observar la alta cadena de montañas que constituye el esqueleto de la isla. Surcada de torrentes, dominan en ella ciertas alturas, como el monte Kogt, el Arago, el Homedebua, cuya altitud excede de 500 metros.

También Flig Balt, Vin Mod, Len Cannon y sus camaradas observaban esta isla, pero con bien distinta disposición de ánimo. No podía pasar inadvertido para ellos que en aquella tierra había centenares de forzados, de los que de buen grado hubieran llevado a bordo una media docena.

– Allí hay —repetía Vin Mod— una porción de valientes, que en un santiamén se apoderarían de un barco para recorrer el Pacífico… Si tuviéramos la suerte de que esta noche se les ocurriera largarse a unos cuantos…; si su embarcación llegase al costado del bergantín…; si se precipitaran en el puente sin pedirle permiso al armador ni al capitán…, muy pronto nos entenderíamos con ellos…

– Sin duda —contestó Len Cannon—; pero esto no ocurrirá.

Efectivamente, no era fácil que ocurriera. Por otra parte, los fugitivos de Noumea no hubiesen sido recibidos a bordo como los náufragos de la Wilhelmina. ¡Un barco que se dedica a un tráfico honrado, no favorece la evasión de criminales!…

Al día siguiente Nueva Caledonia dejaba ver aún su parte septentrional; los últimos arrecifes que se extienden hacia el norte fueron dejados a popa al mediodía, y el James Cook continuó a toda vela a través del mar del Coral.

En diez días, con buena brisa, el bergantín podría franquear la distancia de 900 millas que separa Nueva Caledonia de Nueva Irlanda.

Este mar del Coral es tal vez, en opinión de los navegantes, uno de los más peligrosos del globo. En una extensión de dos grados de latitud, encima y debajo de su superficie, está erizado de puntas madrepóricas, interceptado por bancos de coral, surcado de corrientes irregulares y mal conocidas. Numerosos navíos han naufragado allí. Sería muy conveniente señalar con boyas los peligros, como se hace en las bahías de Europa y América. Durante la noche del 10 de junio de 1770, a pesar del buen viento y de la brillante claridad de la luna, el ilustre Cook no pudo evitar el naufragio.

No era de esperar que al capitán Gibson le ocurriera lo mismo. El casco de su barco no se abriría sobre una de aquellas puntas, y, como había hecho el navegante inglés, no se limitaría a taponar la quilla con una vela para cegar la vía de agua. Sin embargo, la tripulación tuvo que vigilar día y noche con gran cuidado para evitar los escollos. En esta época, gracias a los estudios hidrográficos hechos con cierta precisión, podíase fiar de los planos de a bordo. Por otra, parte, Gibson ya había navegado por el mar del Coral y conocía todos los peligros.

También Karl Kip había frecuentado los difíciles parajes, bien sea que su barco hubiese ido a buscar por el este la entrada del estrecho de Torres, o que dejase el mar de Arafura durante sus campañas en Extremo Oriente. La vigilancia no había de faltar a bordo del bergantín.

En suma, el tiempo favoreció la travesía del James Cook, y transcurrió rápidamente, impulsado por los vientos alisios del Pacífico, sin que los hombres tuviesen que maniobrar.

Estos parajes son, generalmente, poco visitados. A menos que tengan que ir a los puertos del oeste de América, los vapores no se aventuran en el mar del Coral, que sólo surcan los barcos de vela que prefieren la ruta del cabo de Hornos a la del de Buena Esperanza, o para los que, como el James Cook, hacen el cabotaje en gran escala entre Australia, Nueva Zelanda y los archipiélagos del norte. Es, pues, raro divisar una vela en el horizonte; así es por una navegación monótona, a la que han de resignarse, si no las tripulaciones, que no se preocupan de la distracción, los pasajeros, a quienes estas travesías parecen interminables.

En la tarde del 9 de noviembre, Nat Gibson, que estaba a proa, llamó al capitán, que salía de la camareta, y le señaló una especie de masa negruzca que se divisaba por babor a dos millas de distancia.

– Padre —le dijo—, ¿será aquello un escollo?

– No lo creo —contestó el capitán—; he hecho una buena observación a mediodía y estoy seguro de mi posición.

– ¿No señala el mapa ningún arrecife?

– Ninguno, Nat.

– Sin embargo, allí hay algo. Después de haber observado aquella masa con el anteojo, respondió el capitán:

– No sé lo que es. Los dos hermanos acababan de llegar, así como Hawkins. Todos miraron atentamente aquella masa, de forma irregular, que pudiera tomarse por una roca coralina.

– No —dijo Karl Kip, después de servirse de los gemelos—, eso no es un escollo…

– Parece que eso flota, que el mar lo sube y lo baja —dijo el armador. Y, efectivamente, la masa en cuestión no permanecía inmóvil en la superficie del mar, sino que obedecía a los movimientos de las olas.

– Además —dijo Karl Kip—, no se advierte la resaca sobre sus bordes…

– Diríase hasta que deriva —hizo notar Nat Gibson. El capitán llamó entonces a Hobbes, que estaba al timón:

– Orza ligeramente para que nos podamos acercar.

– Bien, capitán —contestó el marinero dando una vuelta a la rueda. Diez minutos después el bergantín estaba lo suficientemente cerca para que Karl Kip pudiera decir:

– Son restos de un naufragio.

– Sí —afirmó Gibson. No cabía duda, era el casco de un barco que flotaba sobre el agua.

– ¿Serán los restos de la Wilhelmina? —preguntó el armador. No era imposible. Veinte días después de la colisión, no era extraordinario que se encontraran en aquellos parajes los despojos de la goleta, arrastrados hasta allí por las corrientes.

– Capitán —dijo entonces Pieter Kip—, permítanos usted que reconozcamos ese casco… Si es de la Wilhelmina, posible es que encontremos algunos objetos…

– Y —añadió Hawkins— quién sabe si algún náufrago a quien salvar todavía. No hubo necesidad de insistir; el capitán dio enseguida las órdenes para que el bergantín se pusiera al pairo, a la distancia de dos o tres cables de los restos flotantes. Y entonces Karl Kip exclamó:

– Sí…, es la Wilhelmina…; los restos de su popa y de su toldilla. Flig Balt y Vin Mod, cerca el uno del otro, se hablaban en voz baja.

– ¡No faltaría más que aún tuviéramos que embarcar a otro par de ellos!… El contramaestre se limitó a encogerse de hombros. Era poco probable que hubiera náufragos en aquellos restos. Nadie aparecía. Si se encontraran allí uno o más hombres, a menos que estuvieran medio muertos de sufrimiento, hubiéranse ya mostrado, hubieran pedido auxilio al bergantín, y nadie daba señales de vida.

– El bote al agua —mandó el capitán, volviéndose hacia Flig Balt.

– La embarcación fue rápidamente desprendida de las perchas. Tres marineros cogieron los remos, Vin Mod, Wickley y Hobbes. Nat Gibson embarcó con los dos hermanos, y Karl Kip se puso al timón. Era, efectivamente, la popa de la Wilhelmina, cuya toldilla, casi entera, había flotado después del abordaje. Faltaba toda la proa, habiéndose ido a pique lógicamente por el peso del cargamento, a menos que la corriente la hubiese arrastrado lejos. El grumete Jim, subido en el extremo del palo mayor, gritó que no se divisaba ningún otro resto en la superficie del mar. En la popa se distinguían perfectamente estos dos nombres: El bote atracó. La toldilla, muy escorada hacia la izquierda, flotaba por encima de la parte de la cala, destinada a la despensa, sumergida en toda su profundidad. Del mástil de mesana no quedaba más que un pedazo de dos o tres pies, y del que pendían algunos fragmentos de drizas. Sería cosa fácil penetrar en la toldilla. La puerta estaba arrancada, y el oleaje baldeaba todo el interior. Lo que había que hacer era poner el pie en el casco y visitar los camarotes, entre ellos el de los dos hermanos. Los del capitán y el segundo, situados en la parte delantera de la toldilla, estaban completamente destrozados. Karl Kip aproximó el bote cuanto pudo, y Vin Mod echó la amarra, anudándola a uno de los montantes de estribor.

El mar, bastante calmado en aquel momento, fluía y refluía en el extremo del puente. A veces el balanceo descubría la cala, vacía de todo lo que había contenido.

Karl y Pieter Kip, Nat Gibson y Vin Mod, dejando el bote al cuidado de los marineros, se introdujeron en el interior.

Lo primero era asegurarse de si había algún superviviente de la Wilhelmina. ¿No era posible que alguien de la tripulación hubiese buscado refugio en la toldilla, mientras el mar se tragaba la otra parte del barco?…

Pero allí no había nadie, ni vivo ni muerto. No se podía afirmar si el capitán y el segundo habían logrado salir de sus camarotes, ni si la parte de proa le había podido mantener sobre la superficie del mar con una parte de la tripulación. Pero lo más probable era que el James Cook acababa de encontrar todo lo que subsistía de la Wilhelmina.

Se comprendía toda la violencia del choque. El vapor, lanzado a toda velocidad en medio de la niebla, había cogido de través a la goleta, y, partiendo en dos su casco, pasó como un proyectil, sin experimentar tal vez graves averías que le impidiesen continuar su ruta. ¿Había podido parar enseguida, lanzar los botes al agua, recoger algunos náufragos?…

Los dos hermanos, Nat y Vin Mod, con el agua a media pierna, examinaron los restos de la goleta.

En su camarote encontraron Karl y Pieter Kip algunos objetos, más o menos deteriorados; ropas, prendas interiores, utensilios de aseo, calzado. En las literas se conservaban aún las colchonetas, que fueron trasladadas al bote.

Hubiera sido muy de desear que los hermanos Kip hubiesen podido recoger sus papeles, sobre todo los concernientes al comptoir de Amboine y la casa de Groninga. Su desaparición entorpecía considerablemente el arreglo de sus asuntos. Pero no quedaba ni resto de ellos; el mar había hecho su labor de destrucción. También había desaparecido una suma de mil dólares que depositaron en un armarito, hecho trizas en el momento de la colisión.

– ¡Nada, nada! —dijo Pieter Kip.

Mientras los hermanos y Nat continuaban sus investigaciones, Vin Mod, impulsado por sus instintos de pillaje, no cesaba de rebuscar por todos los rincones, y, sin que los otros lo advirtieran, penetró en el camarote de aquéllos.

Allí encontró un objeto que había escapado a las pesquisas de Karl y de Pieter Kip.

Era un puñal de fabricación malaya, que se había deslizado en el intersticio de dos tablas. Esta arma, muy corriente entre los indígenas del Pacífico, no era de precio, y seguramente que no hubiera servido para completar la panoplia de un amateur. ¿Tuvo alguna idea Vin Mod al apoderarse de esta arma?… No lo sabemos; lo cierto es que se la metió bajo la blusa con intención de ocultarla en su saco en cuanto estuviese a bordo del bergantín. Puede asegurarse que si en vez del puñal hubiera encontrado el millar de dólares, no hubiera tenido ningún escrúpulo en apropiárselos. No había ya nada que recoger a bordo del barco náufrago. Los efectos y ropas fueron transportados al bote. Por otra parte, aquel trozo de la goleta no debía tardar en dislocarse por completo. Con el primer temporal se desharía toda aquella inconsistente armazón, que ya cedía bajo el pie. El bergantín estaba al pairo, y la corriente empezaba a alejarlo de los restos del barco naufragado. La brisa refrescaba, crecía el oleaje y era conveniente regresar a bordo. Varias veces se oyó la voz del contramaestre que con la bocina llamaba a los del bote.

– Se nos manda regresar —dijo Nat Gibson—, y puesto que hemos cogido todo lo que había…

– Sí, vamos —le interrumpió Karl Kip.

– ¡Pobre Wilhelmina! —murmuró el hermano. No acertaban a disimular la emoción que les embargaba… Si acaso habían creído encontrar algo de lo que les pertenecía, tenían ahora que renunciar a toda esperanza. El bote largó su amarra. Nat se puso al timón, en tanto que Carl y Pieter Kip, vueltos hacía popa, miraban aún los restos de la Wilhelmina. En cuanto el bote fue izado en su puesto, el bergantín largó sus velas, e impulsado por una hermosa brisa, ganó rápidamente en dirección del noroeste. Durante cinco días la navegación no presentó ningún incidente, y en la mañana del 14 el vigía avistó las primeras alturas de Nueva Guinea.

Sürgöny

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