XXV
EL AVISO
He aquí lo que decía el papel:
«Pasado mañana, 5 de mayo, cuando se presente la ocasión durante los trabajos de campo, ganad los tres la punta Saint James, en la costa oeste de Storm Bay, adonde el barco destacará el bote… Si por causa del tiempo no hubiese podido salir de Hobart Town y atravesar la bahía, esperad en dicho punto, y vigilad desde el anochecer hasta la salida del sol… ¡Dios proteja Irlanda, y ayude a vuestros amigos de América!»
El escrito no estaba firmado ni tenía nombre alguno de destinatario. Tampoco decía cómo se llamaba el vapor fletado por los americanos para libertar a sus hermanos presos. El nombre de Irlanda era el único que aparecía con todas sus letras. No cabía duda de que el aviso era para los fenianos de Puerto Arturo. Si caía en manos del comandante del presidio, seguramente comprendería que eran O'Brien y Macarthy los que proyectaban la fuga.
¿Pero quién se había apoderado de este escrito depositado por Walter con tan precisas indicaciones para que los fugitivos estuviesen en la punta Saint James a las cuarenta y ocho horas de recibirlo?…
Los hermanos Kip habían advertido las idas y venidas de Walter. Tal vez pensaron que este hombre trataba de ponerse en relación con alguno de los forzados; pero el desconocido no fijó su atención en el mismo grado que la de Farnham y sus compatriotas. No se fijaron en que Walter arrancó una hoja de un árbol, arrollando en ella el papel depositado en el suelo. Solamente la casualidad había hecho que el aviso cayese en sus manos.
En tanto que las escuadras se ocupaban de la corta de árboles, Karl y Pieter iban y venían por la linde del camino marcando los troncos que habían de ser abatidos.
Cuando Pieter, que iba delante de su hermano, estuvo cerca del árbol donde Walter se había detenido, vio una hoja verde arrollada por uno de los extremos de la cual asomaba un papel. Cuando la hubo recogido, observó que contenía un escrito.
Pieter Kip recorrió con avidez aquellas líneas, y cuando se hubo asegurado de que nadie le había visto, guardó el papel en el bolsillo.
Su hermano llegó hasta él, y mientras los dos procedían al trabajo, le puso al corriente de su descubrimiento.
– Se trata de una evasión, sí…, una evasión —murmuró Karl—; condenados que quieren recobrar su libertad…, criminales, en tanto que nosotros…
– No son asesinos ni criminales, Karl —respondió Pieter—. Se trata de los dos irlandeses O'Brien y Macarthy… Los amigos les han preparado la huida.
Bien claro estaba que el aviso sólo podía ser dirigido a los dos irlandeses deportados en Puerto Arturo.
– Pero en el penal no hay más que dos fenianos —repuso Karl—, y fíjate que en el papel se designa a tres fugitivos.
Evidentemente esto había de resultar inexplicable para los dos hermanos, que no estaban en el secreto de la connivencia de Farnham y sus compatriotas.
– ¿Tres? —repetía Karl Kip—; ¿quién es, pues, el que ha de evadirse con ellos?
– El tercero tal vez sea el portador de este aviso —contestó Pieter—. Tal vez sea el hombre que hemos visto rondar por el camino… Probablemente trataría de aproximarse a O'Brien o a Macarthy.
En este momento Pieter advirtió que los dos irlandeses cambiaban rápidamente unas cuantas palabras con uno de los guardianes, el que vigilaba su escuadra. De repente surgió en él la sospecha. Aquél, Farnham, era irlandés como ellos… ¿Seria acaso el tercer fugitivo de referencia?
Eran las seis de la tarde, y habiendo dado el jefe la señal de partida, la columna de forzados se puso en marcha hacia Puerto Arturo.
Los hermanos Kip iban a la cola de la columna, mientras que los irlandeses formaban en cabeza… ¡Qué angustiosa inquietud para éstos y para Farnham! … No cabía duda de que Walter había depositado el papel, que se había extraviado o caído en manos extrañas.
Eran las siete cuando los forzados llegaron al penal, y, concluida la cena, Karl y Pieter Kip se reintegraron a su celda.
Por falta de luz no podían volver a leer el escrito, pero no era necesario; Pieter Kip lo retenía en la memoria palabra por palabra.
Sí, se preparaba una evasión; sí, O'Brien, Macarthy y Farnham eran los que proyectaban la fuga. Éste era el encargado de facilitar la huida, de proporcionar la ocasión, en la tarde del 5 de mayo, de ganar la punta Saint James.
Allí les recogería un bote del vapor llegado a Hobart Town con el objeto de libertarles… Si el estado del mar no le permitía dejar la rada, tendrían que esperar hasta el día siguiente…, tal vez más tiempo; ¡y quién sabe si los fugitivos no serían descubiertos, presos nuevamente, encerrados en el penal!…
– ¡No importa! —declaró Karl Kip, que seguía el curso de las reflexiones de su hermano—; ¡tienen grandes probabilidades de lograr su propósito!… No necesitan ocultarse en el bosque, a riesgo de ser perseguidos por los vigilantes de los puestos destacados… No necesitan atravesar la empalizada del istmo, donde serían devorados por los perros… ¡Nada de esto! La costa no está más que a cinco millas, y precisamente los trabajos acortan la distancia… El barco irá a buscarles…, el bote les llevará a bordo…, en pocas horas habrán doblado el cabo Pillar, en tanto que nosotros…, nosotros…
– Estás divagando, hermano —dijo Pieter Kip—, olvidas que ni O'Brien, ni Macarthy, ni Farnham saben a estas horas lo que tú y yo conocemos.
– ¡Es verdad, pobre gente!…
– Creo que no ignoran que el aviso fue depositado al pie del árbol, y hasta recuerdo haber visto a Farnham dirigirse hacia allí, sin duda con objeto de recogerlo… Pero el papel no lo han encontrado ellos. Hasta temerán que esté a estas horas en manos del gobernador. Y en este caso, saben que la evasión será imposible por las medidas de seguridad que se adopten.
– ¡Pero el papel nadie lo ha leído más que tú y yo! —exclamó Karl—. Nadie conoce su contenido, y sólo depende de nosotros que la tentativa de evasión se efectúe…
– Sí, Karl, a condición de que O'Brien y Macarthy estén advertidos, ¡y no lo están!…
– ¡Lo estarán, Pieter, lo estarán! No podemos olvidar que tomaron nuestra defensa… No podemos olvidar que se trata de dos patriotas, que no han cometido otro crimen que soñar con la independencia de su país.
– Mañana, Karl, encontraremos el medio de entregarles el escrito.
– Y —dijo Karl, cogiendo entre las suyas las manos de Pieter—, ¿por qué no hemos de huir nosotros con ellos?
Pieter esperaba esta proposición. Había pensado en ello y pesado el pro y el contra de la aventura. Sí, cuando llegase la ocasión, cuando diese el escrito a los irlandeses, cuando supiesen que todo estaba preparado para su evasión, que el barco iba a fondear cerca de la punta Saint James, que un bote había de recogerlos en la tarde del 5, Pieter podía decirles: «Pedimos a ustedes que nos admitan en su compañía, para huir también». ¿Acaso podrían contestar con una negativa? ¿Les rechazarían como indignos de seguirles?…
Los fenianos consideraban a los hermanos Kip como dos criminales que no merecían compasión, y ¿no les repugnaría proporcionar la libertad a los asesinos del capitán Gibson?
Pieter había reflexionado sobre todo esto, al mismo tiempo que pensaba en las diligencias que Hawkins no cesaba de practicar para obtener la revisión de su proceso… ¡No podía hacerse a la idea de la huida!
Mas, por otra parte, Karl no participaba de su confianza. La idea de una rehabilitación incierta y lejana no le tranquilizaba… Por lo tanto, lo que Pieter le dijo entonces le impresionó vivamente. Con el corazón oprimido, sentíase desfallecer escuchando a su hermano:
– Karl, escúchame… Lo he pensado mucho. Admito, sí, después de lo que hacemos por ellos…, admito que O'Brien y Macarthy no sean capaces de rechazarnos, a pesar de que no ven en nosotros más que dos miserables asesinos…
– ¡Pero no lo somos! —exclamó Karl Kip.
– Lo somos para ellos…, como para tantos otros…, como para todos, excepto el bueno de Hawkins. Pues bien, si logramos escapar del penal, llegar a bordo de ese barco y refugiarnos en América, ¿qué habremos ganado?…
– ¡La libertad, Pieter, la libertad!…
– ¡La libertad, hermano, cuando nos veremos obligados a vivir bajo un nombre supuesto, cuando nuestra requisitoria se expedirá a la policía de todos los países…, cuando estaremos siempre bajo la amenaza de una extradición!… ¡Ah! Mi pobre Karl, al pensar en lo que será nuestra existencia en tales condiciones, me pregunto si no vale más quedarse en el presidio, si no es preferible esperar aquí la proclamación de nuestra inocencia…
Karl Kip permaneció silencioso. En su alma librábase un terrible combate. Comprendía la fuerza, la precisión de las razones que hacía valer su hermano. Realizada la evasión, su vida sería abominable, siempre con el estigma del crimen en la frente. A los ojos de los fenianos y de sus compañeros, los dos hermanos Kip no dejarían nunca de ser los asesinos del capitán Gibson.
Toda la noche estuvieron los dos hermanos debatiendo el asunto, hasta que Karl se dio por vencido… Si, para todo el mundo —hasta para Hawkins— la huida sería como una confesión de culpabilidad.
Los irlandeses y Farnham eran presa de la mayor intranquilidad. No era posible la duda… Farnham no se había equivocado… El hombre que iba y venía por el camino era Walter. Un papel envuelto en una hoja verde había sido depositado por él al pie del árbol… Si el escrito no estaba allí, ¿lo tendría ya el comandante del presidio? Tal vez el capitán Skirtle sabría a aquellas horas que se preparaba una tentativa de evasión en las condiciones que el aviso revelaba, que se trataba de los dos irlandeses en complicidad con su compatriota… Y entonces se extremarían contra ellos las medidas de rigor y tendrían que renunciar a la esperanza de recobrar su libertad.
Así es que no les hubiese sorprendido mucho que se presentaran los agentes para conducirlos a los calabozos del penal.
Al día siguiente era domingo, día en que no trabajan los forzados. El reglamento prescribe el cumplimiento de los ejercicios religiosos, después de los cuales permanecen en los patios del penal.
Cuando llegó la hora de dirigirse a la capilla, O'Brien y Macarthy sintieron disminuir sus temores. No habían sido objeto de ninguna medida disciplinaria, y sacaron como consecuencia que el comandante no había tenido conocimiento de lo que decía el escrito desaparecido.
En cuanto los presidiarios hubieron ocupado sus puestos, el sacerdote dio comienzo a los divinos oficios, y ningún incidente interrumpió la ceremonia. Los dos irlandeses observaban a Farnham, cuya mirada significaba claramente: nada nuevo.
Skirtle asistía a la capilla, como todos los domingos, por orden de la autoridad superior. Su actitud no indicaba la preocupación que seguramente se hubiera retratado en su rostro en caso de tener noticia de la proyectada evasión.
Por otra parte, ninguno de los tres interesados pudieron observar que fuesen objeto de atención especial. Era, pues, probable que el papel hubiese sido barrido por el viento y ocultado entre la espesura.
Cuando el sacerdote hubo terminado la alocución con que siempre ponía fin a la ceremonia, los presidiarios salieron de la capilla para tomar el desayuno, esparciéndose por los patios.
Lo que Pieter Kip se proponía era encontrar a O'Brien y Macarthy entre los grupos, y entregarles el papel, diciendo:
«He recogido este escrito. Nadie más que mi hermano y yo lo conoce. Ustedes verán lo que tienen que hacer».
Luego se retiraría.
Pero como estaba prohibido a los penados hablar unos con otros el proyecto de Pieter Kip tenía sus riesgos. Sólo se trataba, después de todo, de deslizar el papel en manos de O'Brien o de su compañero, indicando su procedencia.
Por desgracia, lo que era relativamente fácil cuando los penados se agrupaban en los patios, resultaba difícil estando en las salas comunes. Allí los ochocientos o novecientos prisioneros estaban más estrechamente vigilados.
Un violento chaparrón obligó a los penados a retirarse de los patios, y ni Karl ni Pieter Kip encontraron ocasión propicia para acercarse a los dos irlandeses.
Y sin embargo, era indispensable que O'Brien y Macarthy quedasen enterados aquel mismo día.
Era el 4 de mayo, y, según el aviso, al día siguiente debían estar los fugitivos en la punta Saint James, donde había de esperarles el bote del Illinois.
En cuanto a la posibilidad de ganar el lugar convenido, he aquí cómo se la explicaban los hermanos Kip: Al día siguiente los penados trabajarían en la tala de árboles. Los trabajos se prolongaban de ordinario hasta las seis de la tarde. En este momento, cuando las escuadras formasen para regresar a Puerto Arturo, Farnham se destacaría con los irlandeses, buscando un pretexto cualquiera. Nadie sospecharía de la complicidad del agente con los penados, y las escuadras se pondrían en movimiento sin preocuparse de la ausencia de los tres individuos. Claro es que si la ausencia se echaba de ver, el jefe daría la voz de alarma; pero con las sombras del crepúsculo y en medio de la espesura del bosque, sería más difícil dar con los fugitivos.
Por otra parte, si su ausencia no se notaba hasta después de que las escuadras de penados entrasen en Puerto Arturo, se dispararía un cañonazo que esparciría la alarma por toda la península. Pero como la costa sólo se encontraba a media milla del lugar donde se hallaban trabajando los irlandeses, los fugitivos habrían tenido tiempo más que sobrado para llegar a la punta Saint James. Si el bote estaba esperándoles, unos cuantos golpes de remo bastarían para ponerlos a salvo a bordo del Illinois, que al salir el sol se encontraría lejos de la costa.
Pero, ante todo, era necesario prevenir a los irlandeses, si no podía ser aquel mismo día, al siguiente por la mañana. Si durante la tarde no podía Pieter comunicar con ellos, sería imposible hacerlo durante la noche, puesto que su hermano y él ocupaban una celda separada, de la que no podían salir.
Tal era la situación: inquietudes de parte de los fenianos, pensando en el paradero del papel desaparecido; impaciencia de los hermanos Kip, por no haber podido prevenir todavía a uno de los dos irlandeses. Y el tiempo pasaba, y se acercaba la hora de encerrar a los penados en los dormitorios.
¿No bastaría que los irlandeses fuesen avisados a la mañana siguiente?… ¿No tendrían tiempo de evadirse durante todo el día? Además que para ganar la costa era indispensable que estuviesen fuera del penal… Pues bien: al día siguiente, durante el trabajo, ¿no había de encontrar uno de los dos hermanos la ocasión de aproximarse a cualquiera de los irlandeses, aprovechando la libertad que ambos Kip gozaban para el señalamiento de los árboles?…
Hacia las seis de la tarde, después de un día lluvioso, el cielo se despejó en el momento que el sol iba a desaparecer. El viento arrastraba las nubes. Los penados pudieron salir algunos minutos a los patios antes de entrar en los dormitorios, y, siempre bajo la vigilancia de sus guardianes, se dispersaron en una y otra dirección.
Tal vez se presentase ahora la ocasión de comunicar con O'Brien y Macarthy… Pieter era quien tenía el papel, y él debía intentar entregarlo a los fenianos.
A las siete, reglamentariamente, los penados entraban en los dormitorios, cincuenta aproximadamente en cada uno. Después de pasar lista se les encerraba hasta el día siguiente, y los hermanos Kip eran conducidos a su celda.
Diversos grupos habíanse formado aquí y allá. No solían hablar del pasado: ¿para qué?; ni del presente: ¿qué se iba a decir que todos no supieran? … Hablaban casi siempre del porvenir, según cada cual lo entrevía en sus esperanzas: alguna atenuación en la severidad del régimen penitenciario, a veces un indulto, tal vez una feliz evasión.
Ya hemos dicho que los hermanos Kip y los irlandeses apenas se veían. Desde el día que O'Brien y Macarthy recibieron con tanta frialdad los cumplimientos de Karl y Pieter Kip, no habían vuelto a dirigirse la palabra. No estando reunidos en las escuadras de trabajo, no se encontraban más que los días festivos, por la mañana o por la tarde.
El tiempo avanzaba. Era necesario que los irlandeses estuviesen solos en el momento de entregarles el aviso de Walter, y precisamente Farnham, rondando en torno de ellos, parecía no perderles de vista.
Ya hemos dicho que Pieter estaba en la creencia de que Farnham era cómplice de la tentativa y había de acompañar en la huida a los prisioneros. Pero si la hipótesis era errónea, y Farnham sorprendía a los hermanos Kip en conversación con los fenianos, todo estaba perdido… Y, sin embargo, ¡no!, Pieter Kip no se engañaba. Entre aquellos tres hombres cambiábanse miradas de inteligencia, en las que se retrataba la inquietud… La impaciencia no les permitía estar parados cinco minutos en un sitio…
En aquel instante Farnham salió del patio a cumplir una orden que su jefe le diera en voz baja. Al pasar no pudo decir ni una sola palabra a sus compatriotas, que estaban como sobre ascuas… En la disposición de ánimo en que se encontraban, todo les parecía sospechoso. ¿Qué se quería a Farnham? ¿Por qué le habían llamado? ¿Sería que el comandante estaba enterado del escrito de Walter? ¿Se habría descubierto su complicidad?…
Presa de una emoción que no conseguían disimular, O'Brien y Macarthy dieron unos cuantos pasos hacia la puerta, como acechando la llegada de Farnham, preguntándose si no serían llamados ellos después…
En el lugar sombrío y desierto donde se habían detenido, parecía que no había riesgo alguno de ser visto ni oído.
Pieter Kip avanzó con paso rápido, se unió a los irlandeses, y con un movimiento pronto, cogió la mano de O'Brien, que quiso retirarla.
Pero el irlandés sintió que se deslizaba entre sus dedos un papel, en tanto que Pieter le decía en voz baja:
«—Es un escrito que le interesa… Ayer lo recogí cerca del camino, al pie de un árbol… Nadie lo conoce más que mi hermano y yo… No he podido entregárselo a usted más pronto… Pero aún es tiempo… No es hasta mañana. Ustedes verán lo que deben hacer». O'Brien había comprendido, pero tan grande era su emoción que no pudo contestar. Y entonces Karl Kip, que se les había incorporado, añadió, dirigiéndose a los dos irlandeses: «—¡Nosotros no somos asesinos, señores, y ya ven ustedes que tampoco somos traidores!»