XXII
PUERTO ARTURO
Un mes después del día en que los condenados obtuvieron el beneficio de la regia prerrogativa que les conmutara la pena, dos hombres trabajaban bajo el látigo del cómitre en la penitenciaría de Puerto Arturo.
Estos dos forzados no pertenecían a la misma escuadra. Separados el uno del otro, no podían cambiar ni una palabra, ni una mirada, ni compartían el rancho de la misma cazuela, ni el albergue de la misma choza. Iban cada cual por su lado, vestidos con la innoble chaqueta de presidiario, abrumados por las injurias y los golpes de la chusma, en medio de aquella turba de bandidos que Gran Bretaña expide a sus colonias de Ultramar.
Al amanecer salían del presidio para no volver hasta la caída de la tarde, rendidos de fatiga, insuficientemente mantenidos por una bazofia que no se le da ni a los perros. Se acostaban al lado de un compañero de cadena, buscando inútilmente el olvido en algunas horas de sueño. Luego, en cuanto amanecía, con los abrasadores calores del estío o con los terribles fríos del invierno, vuelta al trabajo hasta la hora en que la muerte, tan deseada, les libertase de aquella abominable existencia.
Estos hombres eran los hermanos Kip, que hacía tres semanas que habían llegado a la penitenciaría de Puerto Arturo.
Hasta la mitad del siglo XVII, Tasmania sólo estuvo habitada por tribus de una raza inferior, indígenas que bien puede decirse que marcaban el punto de separación del irracional y el hombre. Los primeros europeos que pusieron el pie en aquella gran isla no valían seguramente mucho más que los salvajes; pero después fueron expediciones de emigrantes que, con su esfuerzo inteligente, en el transcurso del tiempo, formaron una colonia de las más florecientes.
En aquella época Gran Bretaña había fundado ya un establecimiento de este género en Botany Bay, sobre la costa oriental de Australia, denominada entonces Nueva Gales del Sur. Suponiendo que Francia tenía el propósito de crear una penitenciaría similar en Tasmania, se quiso anticipar, como hizo más tarde en Nueva Zelanda.
A mediados del año 1803, John Bowin, dejando en Sydney un destacamento de tropas coloniales, desembarcó en la orilla izquierda del río Derwent, a 20 millas de su desembocadura en el lugar denominado Risens. Conducía un cierto número de forzados, que al año siguiente ascendía a 400, bajo el mando del teniente coronel Collins.
Este militar dejó Risens y fundó Hobart Town en la otra orilla del Derwent, en un lugar con agua potable, en el fondo de la bahía de Sullivan-Cove, donde los navíos de mucho tonelaje podían encontrar excelentes fondeaderos. La nueva villa no tardó en tomar incremento, y entre los edificios que se construyeron uno fue el presidio, encerrado dentro de cuatro altas murallas de piedra, dura como el granito.
Tres elementos han contribuido a formar la población de Tasmania: los hombres libres, o sea los emigrantes, los colonos, que han dejado voluntariamente el Reino Unido; los emancipados, o sea los deportados a quienes por su buena conducta se les ha abreviado la condena y los forzados, que son los que desde el momento del desembarco están sujetos a la vigilancia de las autoridades.
Los forzados comprenden tres categorías: primero, los condenados a penas graves, que ingresan desde luego en el presidio y se les emplea en trabajos de fuerza, especialmente en la construcción de caminos; segundo, los condenados por faltas más ligeras —los magistrados ingleses suelen tener la mano dura—, que obtienen el favor de entrar al servicio de los colonos sin salario alguno, pero con la condición de ser alojados convenientemente y nutridos con la ración reglamentaria, teniendo que cumplir los domingos los deberes religiosos; tercero, los condenados que, gracias a su buena conducta, tienen la libertad de trabajar por su cuenta, y de éstos ha habido algunos que llegaron a la fortuna y a la independencia.
Tales fueron las primeras medidas adoptadas para la organización penal de la colonia, y tales las categorías de forzados, tanto de hombres como de mujeres. Según los datos tomados por Dumont d'Urville, cuando llegó a Tasmania en 1840, las penas infligidas estaban graduadas según la gravedad de los delitos: la reprensión, el castigo a dar vueltas a las ruedas de un molino durante un cierto tiempo, trabajos forzados durante el día y prisión solitaria por la noche, trabajos forzados en las carreteras, envío al establecimiento penal de Puerto Arturo.
A propósito de esta penitenciaría, conviene recordar que en 1768 se fundó una en la isla de Norfolk, de donde fueron recogidos por el James Cook los dos náufragos de la Wilhelmina. Pero en 1805 el gobierno ordenó la evacuación, porque la falta de puerto era una dificultad muy grande. Sin embargo, la isla volvió a ser posteriormente colonia penal, adonde eran deportados los grandes criminales de Tasmania y de Nueva Gales del Sur. Más tarde, en 1812, esta penitenciaría se abandonó definitivamente, siendo reemplazada por la de Puerto Arturo.
Además del presidio de Hobart Town, Tasmania tenía otro, cuya situación conviene conocer con algún detalle.
La isla, profundamente hendida en su parte meridional por Storm Bay, está limitada al oeste por un litoral muy recortado, por el que serpentea el Derwent, en la orilla derecha del cual encuéntrase Hobart Town. Limita al este con la península de Tasmania, batida en el lado opuesto por las olas del Pacífico. Esta península se une por un istmo muy estrecho a la de Forestier, que a su vez no está unida al distrito de Panbroke más que por una angosta y prolongada lengua de tierra. Al sur proyéctanse en el mar las agudas puntas del cabo del sudoeste y del de Pillar.
Desde el istmo que une las penínsulas de Forestier y Pasman hasta el cabo Pillar hay una distancia de seis millas, y en una pequeña bahía de esta costa meridional fue donde se fundó Puerto Arturo.
La península de Tasmania está cubierta de espesos bosques, muy ricos en maderas para construcciones marítimas. Son árboles gigantescos, seculares, sin ramas laterales y cuya frondosidad sólo se desarrolla en la copa.
Puerto Arturo está situado en anfiteatro, sobre la colina del fondo de la bahía. Su puerto, bien acondicionado, ofrece seguridad completa a los barcos que por las terribles ráfagas del noroeste no pueden entrar en aguas de Storm Bay. Por lo demás, salvo para las necesidades en la penitenciaría, los barcos no entran en él más que de arribada forzosa. La razón es la ausencia absoluta de comercio en este puerto, al que el porvenir reserva cierta prosperidad si llega a cambiar su modo de ser.
En efecto, la población de Puerto Arturo está compuesta por los empleados del gobierno, los agentes de policía y los soldados de las dos compañías que la custodian. Este personal, bajo las órdenes de un comandante militar, está establecido para el funcionamiento y seguridad del penal. El jefe era el capitán Skirtle, residente en Puerto Arturo; ocupaba un confortable edificio, construido en un punto elevado del litoral, desde donde se descubría un gran espacio de tierra y de mar.
En aquella época el establecimiento tenía dos divisiones afectas a dos distintas categorías de forzados.
La primera estaba situada a la izquierda de la entrada del abra. Estaba destinada a los jóvenes detenidos —unos cuantos centenares de adolescentes
– , entre doce y dieciocho años. Deportados por delitos de escasa gravedad, ocupaban barracas de madera, que eran a la vez talleres y dormitorios. Tratábase de volverlos al bien por el trabajo, por la instrucción moralizadora que los reglamentos imponían, por las lecciones recibidas del director de las prácticas religiosas. Algunos salen de allí convertidos en buenos obreros de zapatería, carpintería y otros oficios manuales, y pueden ganarse honradamente la existencia.
Pero la vida es dura para estos jóvenes reclusos, siempre bajo la amenaza de los castigos reglamentarios; la prisión en celda, el ayuno a pan y agua, el látigo incesantemente blandido contra los recalcitrantes por la mano de los constables.
Cuando expira la condena, los unos se quedan en la colonia como obreros, y los otros regresan a Europa. En el primer caso, conservan algo de las buenas lecciones que han recibido; pero los que se marchan no tardan en olvidarlas por completo. Impelidos de nuevo hacia el crimen, vuelven a la deportación — cuando no paran en el patíbulo—, y en la penitenciaría permanecen, a veces por toda la vida, sometidos a todos los rigores de una disciplina de hierro.
La otra división de Puerto Arturo contenía unos ochocientos presidiarios: la hez de los bandidos de Inglaterra, en el último escalón de la depravación humana. Tales eran también los deportados de la isla de Norfolk antes de ser evacuada. No había uno que no tuviera su hoja penal llena de robos y asesinatos, y para casi todos ellos la única pena que les faltaba que sufrir era la muerte.
No es, pues, de extrañar que en Puerto Arturo se tomaran toda clase de precauciones para impedir que se evadiesen los penados. Las mayores facilidades estaban por la parte del mar, siempre que encontraran un barco que les transportase fuera de la península de Tasmania, lo que rara vez ocurría. Los forzados no tienen acceso al puerto; y si alguna vez se les emplea en ciertos trabajos, están rigurosamente vigilados.
Pero si difícil es escapar por mar, resulta imposible efectuarlo por tierra, puesto que, en realidad, los confinados se encuentran en las mismas condiciones que los de la isla de Norfolk. Si alguna vez han logrado evadirse de la penitencia ría, refugiarse en los bosques que la rodean, sustraerse a toda persecución, ha sido a costa de una existencia más espantosa que la del presidio, muriendo casi todos de miseria y de inanición. Además, es más difícil sustraerse a la persecución, aun en medio de los bosques, donde se han multiplicado los puestos, que se relevan de dos en dos horas, y durante la noche las patrullas rondan incesantemente.
Sería preciso que los fugitivos pudieran abandonar la península de Tasmania, y esto es imposible.
Efectivamente: el istmo que la une con la de Forestier no mide más de cien pasos de anchura en su parte más estrecha. En esta playa, que no ofrece el menor abrigo, la Administración ha establecido pilotes muy próximos unos de otros. A cada uno de ellos hay encadenado un perro —unos cincuenta dogos feroces como fieras—. Cualquiera que intentara forzar esta línea, sería inmediatamente devorado. Además, en previsión de que un evadido se aventurase por aquella parte, otros perros metidos en nichos, situados en alto, avisarían con sus ladridos a los centinelas escalonados a lo largo de la plaza y siempre alerta. En tales condiciones, los deportados han de renunciar a todo proyecto de evasión.
Tal era la penitenciaría de Puerto Arturo, reservada a los malhechores más endurecidos. Y allí fue donde Karl y Pieter Kip fueron trasladadas quince días después de conmutárseles la pena. Durante la noche, un bote les llevó a bordo del vaporcito que hacía el servicio del establecimiento penal. Este barco atravesó Storm Bay, dobló el cabo del sudoeste, entró en el abra y fue a atracar al muelle. Los dos hermanos fueron inmediatamente encerrados, esperando el momento de comparecer ante el comandante militar de Puerto Arturo.
El capitán Skirtle era hombre de unos cincuenta años, con toda la energía necesaria para desempeñar sus difíciles funciones: inconmovible cuando era necesario, pero justo y bueno hacia los miserables que merecían su justicia y su bondad. Castigaba con el mayor rigor las faltas de disciplina, y no toleraba los abusos de fuerza a los agentes sometidos a su autoridad. Las severidades del reglamento las aplicaba lo mismo a los forzados que a los constables encargados de su vigilancia.
El capitán Skirtle hacía diez años que residía en Puerto Arturo, acompañado de su esposa, de su hijo William y de su hija Belly, de catorce y doce años, respectivamente. Vivían en el edificio que ya hemos mencionado, sin tener relación alguna con el personal de la colonia. El capitán salía todas las mañanas, y no volvía a su casa hasta por la tarde. Todos los meses giraba una revista de inspección hacia el interior de la península hasta el istmo, visitando los diferentes puestos, examinando los trabajos de las diferentes escuadras empleadas en la construcción de caminos. La familia paseaba por los alrededores de Puerto Arturo, a través de los admirables bosques que lo rodean, y el aviso transportaba a la señora y a los niños a Hobart Town siempre que querían; de suerte que estaban en constante relación con la capital de Tasmania.
En cuanto el comandante llegaba a la primera división de la penitenciaría, se le presentaban los adolescentes que la víspera habían cometido alguna falta, y les amonestaba, aplicándoles las penas reglamentarias. ¡Y qué grado de perversión alcanzan a veces esos monstruos!… Uno de ellos, que odiaba a un constable, respondía cuando se le sermoneaba, haciéndole entrever lo que el porvenir le reservaba si no se enmendaba:
«¡Mi padre y mi madre me enseñaron el camino, y antes de que me cuelguen, mataré a ese constable!»
El capitán Skirtle se dirigía después al penitenciario de hombres; aquí fue donde, en la mañana del 5 de abril, comparecieron ante él Karl y Pieter Kip.
Estaba al corriente de este proceso que tanta resonancia había tenido, proceso terminado con la condena a muerte de los dos culpables. No porque la Reina les hubiese indultado dejaban de ser unos asesinos, ni desaparecían las circunstancias que hacían más odioso su crimen. Deberían, pues, ser tratados con el mayor rigor, y no eran merecedores de consideración alguna.
Y, sin embargo, el capitán Skirtle no pudo por menos de impresionarse ante la actitud de los dos hermanos, cuando éstos se le presentaron. Después de contestar a las preguntas que les dirigieron, Karl Kip añadió con voz firme:
– ¡La justicia de los hombres nos ha condenado, señor comandante; pero somos inocentes del asesinato del capitán Gibson!
Los dos hermanos se habían cogido de la mano, como lo hicieron ante el tribunal que los condenó, y ésta fue la última vez que pudieron cambiar un fraternal apretón.
Los agentes se los llevaron a cada uno por su lado, habiendo recibido la orden de no dejarles juntos. Incorporados a distintas escuadras, en la imposibilidad de no hablarse nunca más, sólo la casualidad podría hacer que se vieran en lo sucesivo.
Entonces empezó para ellos la espantosa existencia del forzado, bajo la vestimenta amarilla, reglamentaria en la penitenciaría de Puerto Arturo.
Aquí no sucede como en otros países, donde los presidiarios viven acoplados de dos en dos por medio de una cadena que les une noche y día.
Hay que decir en su honor, que Gran Bretaña no ha impuesto jamás en sus colonias esta tortura, más moral que física. Pero los condenados llevan, de tobillo a tobillo, una cadena de unos tres pies de larga, aproximadamente, y para andar es preciso levantarla hasta la cintura. No obstante no existir en Puerto Arturo el aparejamiento continuo, alguna vez, por medida disciplinaria, los forzados de una misma escuadra van unidos unos a otros por medio de una cadena, y trabajan de esta manera en el transporte de troncos de árboles y otros materiales.
Los hermanos Kip no fueron sometidos a esta horrible pena.
Durante algunos meses ocupáronse en la construcción de caminos que el gobierno hacía abrir a través de la península de Tasmania, sin haber podido dirigirse la palabra ni una sola vez.
Generalmente, al terminar la jornada, entraban en los dormitorios del penal, donde los presidiarios son encerrados por grupos de cuarenta. ¡Ah! ¡Qué lenitivo para sus penas si en aquel momento se les hubiera permitido encontrarse, descansar el uno cerca del otro, aunque hubiese sido sobre las canteras, aunque hubieran tenido que pasar toda la noche al aire libre!
Un solo día de la semana, el domingo, Karl y Pieter Kip tenían la alegría de verse, cuando los penados se reunían en la capilla, donde celebraba los divinos oficios un ministro metodista. ¿Y qué pensarían de la justicia humana los dos inocentes, en la promiscuidad de los criminales, cuyas cadenas sonaban lamentablemente entre los cantos y las plegarias?…
Lo que destrozaba el corazón de Karl Kip, lo que provocaba en él momentos de protesta, que hubiera podido ser de graves consecuencias, era que su hermano estuviera sujeto a tan penosas tareas. Él, de una salud de hierro, de un vigor excepcional, podría soportarlas, aunque la ración del presidio fuera insuficiente para su nutrición: tres cuartos de libra de carne fresca u ocho onzas de fiambre, media libra de pan o cuatro onzas de harina y media libra de patatas. Pero Pieter, de constitución mucho menos fuerte, ¿podría soportar aquello? Después de los sofocantes calores de un clima casi tropical, tendría que sufrir el frío intenso, las ráfagas glaciales y las espesas nevadas, sin más abrigo que aquellos harapos amarillos, uniforme del presidio. El trabajo había que hacerlo sin interrupción, bajo el látigo del cómitre. El descanso sólo a las horas de comer,' el indispensable para engullirse la mísera ración que los ha de mantener en pie. Y a la menor señal de resistencia, los castigos disciplinarios, el caer sobre los desgraciados una lluvia de golpes, la encarcelación en los calabozos, el suplicio del encadenamiento, en fin, el más terrible de todos, que a veces ocasionaba la muerte, la fustigación del culpable, destrozado por las correas de las disciplinas.
Semejante existencia debía inspirar a los forzados un deseo irresistible de evadirse. Algunos lo intentaban, aunque ya sabían los peligros a que se exponían y las pocas probabilidades de lograr su intento. Y cuando a los fugitivos se les capturaba en los bosques de la península, se les castigaba ante todo el personal de la penitenciaría. Las disciplinas, manejadas por un brazo vigoroso, caían sobre las desnudas espaldas del paciente, convirtiéndolas en una llaga.
Si Karl Kip estaba muchas veces a punto de sublevarse contra los rigores de la disciplina, su hermano Pieter se sometía, esperando que llegase el día de la verdad y la justicia; que un hecho, un incidente, un descubrimiento cualquiera hiciera brillar su inocencia. Aceptaba, pues, por penosa, por deshonrosa que fuera, aquella vida del presidio; y si él no poseía el vigor físico de su hermano, su energía moral le permitía soportarla, mantenido por su confianza en Dios. Lo que más le atormentaba era el temor de que Karl no pudiera contenerse, dejándose llevar por la violencia. Seguramente que su hermano no había de intentar la huida, habiéndole de dejar solo en la penitenciaria, de donde habían de salir juntos… ¿Pero no llegaría un momento en que Karl se dejase dominar por la desesperación, no estando allí Pieter para calmarle, para contenerle?…
Así es que, devorado por la intranquilidad, Pieter creyó que debía intentar algo, y un día, durante la inspección del comandante del presidio, se resolvió a dirigirle la palabra. Y lo que le pidió con voz suplicante no fue reunirse con su hermano, trabajar en la misma escuadra, sino el favor de pasar unos cuantos minutos a su lado.
El capitán Skirtle dejó hablar a Pieter Kip, observándole con viva atención, en la cual parecía revelarse cierto interés. ¿Era porque Karl y Pieter Kip pertenecían a una clase social donde rara vez se reclutaban los huéspedes del presidio?… ¿Era que Hawkins, con el apoyo del gobernador, había continuado trabajando en favor de los dos hermanos?… ¿Acaso después de la conmutación de la pena, obtenida gracias al noble armador, el excelente hombre continuaba sus diligencias, con el fin de obtener para ellos alguna atenuación en los rigores del régimen penitenciario?…
Pero Skirtle era impenetrable. Los hermanos Kip no eran, no podían ser a sus ojos más que dos hombres condenados por el crimen de asesinato. Ya era mucho que la piedad de la Reina les hubiera librado del último suplicio. Más tarde tal vez accedería a la demanda de Pieter Kip; pero de momento no era posible hacerlo.
Pieter, con el corazón oprimido, ahogado por los sollozos, no tuvo el valor de insistir. Comprendió que sería inútil, y volvió a la fila.
Habían transcurrido seis meses desde la llegada de los hermanos Kip a la penitenciaría de Puerto Arturo. Aproximábase el fin del invierno. Había sido muy duro para estos desgraciados, que estaban muy lejos de sospechar el cambio que en su situación había de operarse. Se produjo, no obstante, por imprevistas circunstancias.
El 15 de septiembre, una hermosa mañana, Skirtle, su mujer y sus dos hijos habían hecho una larga excursión a través del bosque. Cuando llegaron al istmo bajaron del carruaje.
En este lugar unos cuantos forzados ocupábanse en profundizar un canal de irrigación, y el comandante había querido inspeccionar los trabajos.
Las dos escuadras de Karl y Pieter Kip trabajaban en aquella obra, pero distanciada la una de la otra. Los dos hermanos no tenían ni siquiera el consuelo de verse, porque la frondosidad de los árboles formaba una cortina impenetrable a las miradas.
Concluida la visita, el capitán Skirtle y su familia disponíanse a volver al carruaje cuando se oyeron gritos del lado de la empalizada que cerraba el istmo. Casi al mismo tiempo resonaron furiosos ladridos, que procedían de los perros atados a los postes de la infranqueable barrera del istmo.
Uno de estos animales, después de romper la cadena, habíase lanzado hacia el bosque, entre los gritos de los guardas y los alaridos de toda la banda.
Hubiérase dicho que el dogo quería arrojarse sobre los forzados, cuyo traje le era bien conocido. Pero, espantado por su vocerío, se fue hacia el bosque, y entró de un salto en la espesura, antes de que los guardas hubieran podido darle alcance.
Lo que el capitán quiso hacer fue subir al coche y dejar aquel lugar antes de que el animal espantase a los caballos. Por desgracia, éstos se dieron cuenta del peligro, y a pesar de los esfuerzos del cochero, salieron disparados en dirección de Puerto Arturo.
– ¡Venid…, venid! —gritó a su mujer y a sus hijos, arrastrándolos hacia una espesura, donde creyó poder refugiarse.
De improviso apareció el perro, la boca espumeante, los ojos inflamados. Lanzaba bramidos de bestia feroz, y de un salto se precipitó sobre el joven Skirtle, derribándole en tierra.
El capitán iba a arrojarse sobre el animal cuando éste se vio sujeto por dos brazos vigorosos.
Un instante después el joven Skirtle estaba a salvo, y el perro se debatía contra el salvador, cuyo brazo izquierdo había cogido entre sus mandíbulas, mordiéndolo con rabia.
Este hombre tenía en la mano el hierro de un zapapico, y lo sepultó en el cuerpo del dogo, que cayó pataleando entre la maleza. La señora Skirtle, abrazando a su hijo, le cubría de caricias, en tanto que el capitán se dirigía hacia el hombre, un presidiario con su traje amarillo. Era Karl Kip. Trabajaba a cien pasos de allí, y al oír los gritos se giró y vio al perro atravesar la espesura. Y entonces, sin reparar en el peligro, lanzose en persecución del animal. El capitán Skirtle reconoció a este hombre, cuya sangre fluía de una horrible herida. Iba a llegar a él para darle las gracias, para prodigarle sus cuidados, cuando Pieter Kip se le anticipó. A los gritos de los guardas y de los hombres de la escuadra donde trabaja, Pieter se aproximó al lugar del suceso. Al ver a su hermano tendido junto al cuerpo del animal, corrió hacia él gritando:
– ¡Karl…, Karl! Hubiera sido inútil que los vigilantes intentasen detenerle. Por otra parte, a una señal del capitán, hacia quien su esposa y sus hijos tendían las manos, implorando gracia para su salvador, los constables se separaron. Y por primera vez, después de siete largos meses de separación, de miseria y de desesperación, Karl y Pieter Kip, reunidos al fin, lloraron el uno en brazos del otro.