XVII
ÚLTIMAS MANIOBRAS
La satisfacción de Hawkins fue muy grande cuando al siguiente día recibió la visita de los hermanos Karl y Pieter Kip, que le comunicaron el buen éxito de las gestiones que había hecho el armador con la casa Arnemniden. Esto no merecía tanto agradecimiento. Ellos ya sabían que todo su crédito, toda su influencia estaba al servicio de los dos hermanos. ¿Acaso no les estaba obligado por haberles salvado la vida? En fin, el excelente hombre felicitó calurosamente a Karl Kip por su nombramiento de segundo del Skydnam.
Nat Gibson, que se encontraba en aquel momento en casa de Hawkins, unió sus felicitaciones a las del armador. Figuraba ya en calidad de asociado; pero las preocupaciones de los negocios, su trabajo asiduo, no conseguían desvanecer los tristes recuerdos del pasado. La imagen de su padre estaba siempre ante sus ojos, y no entraba en su casa más que para confundir sus lágrimas con las de su madre. A este sentimiento profundo uníase el insuperable horror que le inspiraban los desconocidos asesinos, que probablemente no serían nunca cogidos ni castigados.
Aquel mismo día, Karl Kip, acompañado de su hermano, se presentó en el Skydnam, donde el capitán Fork les recibió muy afectuosamente.
El Skydnam, vapor de 1200 toneladas y 600 caballos, hacía la travesía entre Hamburgo y los diferentes puertos del litoral australiano. Exportaba carbón e importaba trigo. Su descarga estaba hecha, y sólo faltaba concluir algunas reparaciones en la cala y la limpieza de las calderas y las máquinas.
– Seguramente lo terminaremos todo en esta semana —dijo el capitán Fork—, y sólo nos quedará la carga… Esto le ocupará a usted un poco, señor Kip…
– No perderé ni un día ni una hora, capitán —contestó el nuevo segundo
– ; y lo que siento es no poder ocupar desde ahora mismo mi camarote.
– Lo creo, pero ya ve usted que estamos entregados a los obreros, a los carpinteros, a los pintores, y no es mucho concederles una docena de días para terminar su tarea… Ni el camarote de usted ni el mío están dispuestos para recibirnos…
– Después de todo, eso importa poco, capitán —declaró Karl Kip—. Yo estaré a bordo al amanecer, y no saltaré a tierra hasta que anochezca… No será, pues, por culpa mía si el Skydnam no está listo para el 24 o el 25, según se ha convenido…
– Por supuesto, señor Kip —dijo el capitán Fork—. Dejo a su cargo el cuidado del barco, y si me necesita usted para algo, me encontrará casi siempre en las oficinas de la casa armadora.
De este arreglo resultaba que Karl Kip pasaría todo el día a bordo del vapor. Pieter, por su parte, trataría de crearse relaciones en la plaza de Hobart Town. Proponíase visitar a los principales comerciantes con la referencia de Hawkins. Serían buenas simientes para asegurar la cosecha del porvenir.
Entretanto, el proceso de los sublevados del James Cook seguía su curso. La instrucción, confiada al relator del Consejo, practicábase según los reglamentos especiales del Código marítimo.
Encerrado en la prisión del puerto con Len Cannon, Flig Balt no estaba incomunicado. Conversaba libremente con los otros detenidos. Esta cárcel no servía más que para los marineros presos por insubordinación o por delitos del derecho común. Además se amontonaban allí por las noches los borrachos, los pendencieros recogidos por las calles o en las tabernas del barrio, no menos bullicioso y revuelto que el de Dunedin, donde Vin Mod reclutó a Len Cannon y sus camaradas.
Sexton, Kyle y Bryce, aunque no les faltaban deseos de abandonar Hobart Town, no los habían realizado. Les repugnaba partir dejando a su compañero Len Cannon en manos de la justicia, bajo el peso de una grave acusación. Estaban citados como testigos en el proceso, y Vin Mod esperaba poderles instruir de modo que su comparecencia resultara provechosa. Se veían de continuo, pues se alojaban en el mismo tugurio que Vin Mod ocupaba con su verdadero nombre. Cuando los tres marineros se hubiesen comido y, sobre todo, bebido la paga cobrada al desembarcar, Vin Mod intervendría, y ya había salido fiador de ellos en la posada. Así es que Sexton, Kyle y Bryce no se preocupaban de buscar plaza en un barco.
– ¡Esperad…, esperad!… —les repetía Vin Mod—. ¡Qué diablo, no hay prisa! El amigo Balt nos citará como testigos, y cerraremos el pico a todo el que declare contra él y vuestro camarada Len Cannon. ¿No estábamos en nuestro derecho al querer meter en su camarote de pasajero a ese maldito holandés, para devolver el mando del barco al bravo inglés, que era el verdadero capitán?… Sí, ¿no es verdad?… Pues bien: es lo que quiso hacer Flig Balt, y se le va a condenar… ¡Es lo que hizo Len Cannon, lo que todos intentamos hacer!… Creedme, amigos, nuestro contramaestre será absuelto, y Len Cannon saldrá de la prisión al mismo tiempo que él.
– Pero —observó Bryce— ¿no hay peligro de que nos pongan a la sombra, para hacer compañía a Len Cannon?
– No —declaró Vin Mod—. Vosotros sois testigos, nada más que testigos…, y cuando Len Cannon embarque para regresar a Nueva Zelanda o a otra parte, embarcaréis con él… Yo os buscaré un barco…, un buen barco…, en compañía del amigo Balt… y acaso tengamos en él más suerte que con el James Cook.
De este modo conseguía Vin Mod ir reteniendo en Hobart Town a los camaradas de Len Cannon, tal vez con el propósito de distribuirles su papel en la trama urdida por el canallesco marinero, a fin de conseguir la absolución del contramaestre.
En tanto preparaba sus sordas maquinaciones, que, si resultaban, habían de acarrear la perdición de los hermanos Kip, éstos, que nada sospechaban, estaban entregados por completo a sus asuntos.
La carga del Skydnam se verificaba metódicamente bajo la dirección de Karl Kip; las reparaciones seguían su curso con la ayuda de los obreros del puerto, y la partida se efectuaría a fecha fija.
La casa Arnemniden podía apreciar el celo e inteligencia del nuevo oficial del barco. El capitán Fork no regateaba los elogios, después de haber visto que Karl Kip estaba a la altura de la complicada misión de un segundo de a bordo. Así es que Hawkins recibía felicitaciones y gracias de parte de los armadores del Skydnam.
– Si el señor Kip maniobra tan hábilmente en el mar, hay que proclamarlo un marino de cuerpo entero —le dijo un día el capitán Fork.
– Puede usted estar seguro de ello, capitán —contestó el armador—. ¡No lo dude usted un momento!… Ya hemos tenido ocasión de juzgarle en el James Cook. ¡Bien lo probó cuando instintivamente lanzose a tomar la dirección del barco!… No, no tuve que arrepentirme de haberle colocado en el puesto de ese miserable Flig Balt, que hubiese perdido el bergantín… Sí, Karl Kip es un verdadero marino.
– Le veremos trabajar, señor Hawkins —contestó el capitán Fork—; y como no dudo que durante la travesía confirmará la buena opinión que de él hemos formado, la casa Arnemniden le tendrá en cuenta y su porvenir está asegurado.
– Sí, la confirmará —declaró Hawkins con tono convencido—; ¡la confirmará!
Como se ve, el armador era, no sin razón, afecto del todo a los hermanos Kip. Lo que opinaba del mayor, hacíalo extensivo al pequeño, pues había reconocido en Pieter una gran inteligencia para los asuntos comerciales. Confiaba en que había de reconstituir la casa de Groninga, gracias a las relaciones que se establecerían con Tasmania y Nueva Zelanda.
Se comprende cuán grande era la gratitud de los hermanos para con Hawkins, que tales servicios les prestaba. Le veían con toda la frecuencia posible, y a veces se quedaban a cenar en su casa. La señora Hawkins también había cobrado afecto a aquellos dos hombres de inteligencia y de corazón. Le gustaba hablar con ellos acerca de sus proyectos del porvenir. De vez en cuando Nat Gibson iba a pasar la velada a aquella hospitalaria casa, y se interesaba vivamente por los hermanos Kip. El Skydnam se haría muy pronto a la mar, pero antes de un año estarían de regreso en Hobart Town… Sería una gran satisfacción volver a verlos.
– Y si el capitán Kip manda el Skydnam —decía Hawkins—, ¡entonces sí que los recibiremos con gusto!… Sí, el digno Fork tiene derecho a su retiro en cuanto llegue a Europa… usted, Karl, le reemplazará, y bajo su dirección el Skydnam será lo que ha sido… lo que era el James Cook.
Desgraciadamente, el nombre del bergantín evocaba siempre tristes recuerdos. Hawkins, Nat Gibson y los dos hermanos se veían en Nueva Irlanda, en Port Praslin, en Kerawara, en medio de aquel bosque donde había caído el infortunado Gibson, ante el modesto cementerio donde reposaba el capitán.
Y cuando se pronunciaba aquel nombre, Nat Gibson palidecía. Toda su sangre afluía al corazón, su voz temblaba de cólera, y exclamaba:
– ¡Padre, pobre padre mío…, todavía no estás vengado!
Hawkins procuraba calmarle… Era necesario esperar las noticias que llegarían del archipiélago Bismarck en el primer correo. Tal vez Hamburg y Zieger habrían logrado descubrir a los culpables. Verdad es que las comunicaciones no son frecuentes entre Tasmania y Nueva Irlanda; pero tal vez se conocieran pronto los resultados de la información.
Era el 19 de enero. El 21 había de verse ante el Consejo marítimo el proceso de los sublevados del James Cook, y, a menos de incidentes imprevistos, los debates concluirían aquel día mismo.
El 24 el Skydnam dejaría Hobart Town, llevando a bordo a los hermanos Kip. Durante la tarde del día siguiente, hubiérase podido ver a Vin Mod rondando alrededor de la prisión del puerto. Aunque generalmente era hombre muy dueño de sí mismo, aquella tarde mostrábase bastante agitado, andaba con paso rápido, evitando las miradas, dejando escapar frases entrecortadas, que hubiese sido interesante escuchas gestos de inquietud mal reprimida.
¿Qué intentaba al pasar y repasar por la puerta de la cárcel?… ¿Trataría de introducirse para comunicar con Flig Balt? No; seguramente sabía que no era posible franquear aquella puerta.
¿Conseguiría que le viese el contramaestre por alguna ventana del edificio, el último piso del cual dominaba al muro de ronda?… No era probable, a menos que Flig Balt, sabiendo que al día siguiente era la vista del proceso, hubiese pensado que Vin Mod intentaría comunicarse con él por cualquier medio… Acaso estuviese convenido entre ellos de antemano.
Pero, estando el uno fuera y el otro dentro, toda la comunicación habría de reducirse a unos cuantos signos de inteligencia: una inclinación de cabeza, un gesto, una señal con la mano. Y ¿conseguirían comprenderse de esta manera?
Pero ni Vin Mod advirtió la presencia de Flig Balt, ni éste la de Vin Mod. Así es que el marinero, cuando llegó la noche, después de una última mirada al sombrío edificio, se fue alejando de él lentamente.
Y entonces, sumido siempre en sus reflexiones, se decía:
«Sí, es el único medio de poderle prevenir, y si fracasa… ¡Bah! Después de todo, yo estoy citado como testigo, hablaré…, y si Flig Balt no puede decirlo, lo diré yo…».
Y continuó caminando en dirección al alojamiento de los hermanos Kip.
Eran las siete. Una lluvia fría y penetrante caía desde las primeras horas de la tarde. El barrio estaba sumido en una profunda Oscuridad, débilmente desvanecida de trecho en trecho por los mecheros del alumbrado público.
Vin Mod, sin que nadie le viese, subió la escalera que conducía a su habitación, deslizose a lo largo del balcón, miró a través de las persianas del cuarto de los hermanos Kip. Después de haber escuchado atentamente, adquirió la certeza de que en la habitación no había nadie en aquel momento. Precisamente aquella noche Karl y Pieter Kip cenaban en casa de Hawkins, y no volverían a su alojamiento hasta las diez o las once. Así es que las circunstancias favorecían a Vin Mod, que tendría tiempo sobrado para sus maquinaciones, sin riesgo de ser sorprendido. Volvió, pues, a su cuarto, y abriendo un armario, sacó unos papeles, unas cuantas monedas de oro y el puñal con que Flig Balt había matado al capitán Gibson. Momentos después Vin Mod penetraba en la habitación de los dos hermanos, sin necesidad de romper ni siquiera un cristal, pues la habían dejado entreabierta. Conocía muy bien su disposición, por haber observado días antes su interior, cuando trataba de sorprender la conversación de Karl y Pieter Kip. No tuvo necesidad de encender ninguna luz, lo qué hubiera podido comprometerle. Sabía cómo estaban colocados los muebles y dónde se encontraba la maleta recogida en los restos de la Wilhelmina. No estaba cerrada con llave, y una vez aflojadas las correas, Vin Mod no tuvo más que levantar la ropa que contenía y deslizar en el interior los papeles, las monedas y el puñal, volviendo a dejarla lo mismo que estaba.
– ¡Ya está hecho! —murmuró. Salió al balcón, cerrando las persianas tras de sí, y se introdujo de nuevo en su cuarto. Inmediatamente se echó a la calle, dirigiéndose a su verdadero albergue, donde Sexton, Kyle y Bryce le esperaban. Eran las siete y media cuando entró en la sala del piso bajo, encontrando a sus compañeros bebiendo. Sexton y Bryce habían vaciado ya unos cuantos vasos de whisky y ginebra, y estaban borrachos, no con esa borrachera bulliciosa y batalladora, sino con una embriaguez melancólica y embrutecedora, que los hacía incapaces de comprender lo que les hubiera dicho Vin Mod, si los hubiese necesitado. Kyle —con quien acostumbraba a cambiar impresiones— apenas había tocado las botellas depositadas sobre la mesa, advertido sin duda por Vin Mod. Así es que cuando éste apareció en la sala, el marinero salió a su encuentro; pero Vin Mod le hizo una señal para que no hablara, y los dos se sentaron el uno junto al otro.
Había allí una veintena de bebedores, marineros casi todos, que apuraban las botellas en medio de aquella atmósfera asfixiante.
A cada momento entraban y salían consumidores. En la sala había bastante estrépito para que fuese fácil hablarse al oído, sin correr el riesgo de ser escuchados. Además, la mesa donde estaba Kyle ocupaba el rincón más sombrío.
He aquí lo que Vin Mod dijo a su camarada, pegándose a él:
– ¿Hace ya una hora que estáis aquí?
– Sí; esperándote, como habíamos convenido.
– ¿Y ésos no han podido resistir sin beber?
– No… ya ves… una hora.
– ¿Y tú?
– Yo no he hecho más que llenar mi vaso, y ya lo ves, todavía está lleno.
– No te arrepentirás, Kyle, pues necesito que tengas muy segura la cabeza.
– La tengo, Mod.
– Pues bien, ya que no has bebido, vas a beber ahora…
– ¡A tu salud! —contestó Kyle, cogiendo un vaso y llevándoselo a la boca.
Vin Mod le agarró el brazo; obligándole a dejar el vaso en la mesa sin haber llegado a los labios.
– Pero ¿no quieres que beba?
– No; quiero que hagas como que bebes, como que bebes mucho.
– ¿Y por qué, Mod?
– Porque, fingiéndote borracho, te vas a levantar, a recorrer la sala, a buscar querella a unos y otros, amenazando con hacerlo todo cisco, y el tabernero llamará a los agentes para que te prendan y encierren.
– ¿Encerrarme?
Kyle no acababa de comprender lo que Vin Mod se proponía. Fingirse borracho o ir a la cárcel por escándalo nocturno no le hacía maldita la gracia.
– Esta noche mismo, porque mañana se reúne el Consejo y ya sería tarde. Así es que no hay tiempo que perder, y espero que te harás el borracho.
– ¿Sin haber bebido?
– ¡Claro que sin beber, Kyle! La cosa es bien fácil… ¡Te levantas, gritas, insultas a los otros bebedores, armas la bronca!
– ¿Y si me atizan un golpe en la refriega?
– Doblaré la suma —contesto Vin Mod. A esta respuesta se desvanecieron todas las vacilaciones de Kyle, que no hizo más que esta observación:
– Si es necesario conversar con Flig Balt, ¿por qué no tratas tú de hacerlo, en vez de darme a mí esa comisión?
– ¡Basta de palabras, Kyle! —replicó Vin Mod, que empezaba a impacientarse—. Yo necesito estar libre, estar allí cuando se juzgue a Flig Balt… Una vez en prisión, le retienen a uno lo menos veinticuatro horas, y, te lo repito, importa mucho que yo esté mañana en el Consejo.
Y, como último argumento, Vin Mod registró su bolsillo, sacó una libra esterlina y la deslizó en la mano del marinero.
– Esto a cuenta; el resto, en cuanto te pongan en libertad.
– ¿Y dónde te encontraré?
– Aquí, todas las noches.
– Convenido —respondió Kyle—. Y ahora un vaso de ginebra para cobrar ánimos. ¡Ya verás qué bien hago el borracho! Levantó su vaso lleno del abrasador y corrosivo líquido, y lo vació de un trago.
– Ya es tiempo —repuso Vin Mod—. Escucha bien… Lo que habría que decirle a Flig Balt pudiera haberle escrito en un pedazo de papel, que tú le entregarías de mi parte… Pero si te lo encontraran, el asunto fracasaría. Por otra parte, unas cuantas palabras bastan para el caso, y tú las recordarás… En cuanto te metan en la prisión, procura hablar a Flig Balt… Si no lo consigues esta noche, que sea mañana, antes de que salga para comparecer ante el Consejo…
– Entendido, Mod. ¿Y qué he de decirle de tu parte? —Le dirás que está todo hecho y que puede acusar con valentía…
– ¿A quién?
– Él lo sabe.
– Bueno; ¿nada más que eso?
– Nada más que eso.
– Está bien, Mod. Y ahora voy a estar tan borracho como el más borracho de los súbditos de la Reina.
Y, en efecto, Kyle dejó su asiento titubeando, cayendo, levantándose, agarrándose a las mesas… Amenazaba a los bebedores, que le contestaban con vigorosos empujones.
Insultó al tabernero porque se negó a darle más de beber, y de una cabezada en mitad del pecho, le envió rodando hasta la calle, a través de la puerta entreabierta.
El tabernero, fuera de sí, llamó en su auxilio a los agentes. Acudieron dos o tres policemen, que se arrojaron sobre Kyle, quien no opuso más que una débil resistencia para evitar los golpes.
Finalmente fue preso, maniatado y conducido a la prisión del puerto.
Vin Mod le siguió hasta allí, y después de asegurarse que Kyle había entrado en la cárcel, volvió sobre sus pasos en busca del lecho.