Los hijos del capitán Grant · Parte 2

Capítulo XVII

Los ganaderos millonarios

Tras una noche tranquilamente pasada a los 146°15' de longitud, los viajeros, el 6 de enero a las siete de la mañana, continuaron atravesando el vasto distrito. Marchaban siempre hacia el sol naciente, y las huellas de sus pasos trazaban sobre la llanura una línea rigurosamente recta. Dos veces cortaron rastros de squatters que se dirigían hacia el norte, y entonces las diversas huellas se habrían confundido si el caballo de Glenarvan no hubiese dejado en el polvo la marca de Black-Point, reconocible por sus dos tréboles.

La llanura estaba a veces surcada por caprichosos arroyos rodeados de boj, de aguas más temporales que permanentes. Nacían en las laderas de los «Buffalos-Ranges», cadena de mediocres montañas cuya pintoresca línea ondulaba en el horizonte.

Se resolvió acampar allí ese mismo atardecer. Ayrton apremiaba su tiro, y, tras una jornada de treinta y cinco millas, los bueyes llegaron algo fatigados. La tienda fue levantada bajo grandes árboles; había caído la noche, la cena fue despachada rápidamente. Después de semejante marcha, se pensaba menos en comer que en dormir.

Paganel, a quien correspondía la primera guardia, no se acostó, y, con la carabina al hombro, veló sobre el campamento, paseando de un lado a otro para resistir mejor el sueño.

A pesar de la ausencia de la luna, la noche era casi luminosa bajo el esplendor de las constelaciones australes.

El sabio se entretenía leyendo en ese gran libro del firmamento siempre abierto y tan interesante para quien sabe comprenderlo. El profundo silencio de la naturaleza dormida no era interrumpido más que por el ruido de las trabas que resonaban en los pies de los caballos.

Paganel se dejaba llevar, pues, por sus meditaciones astronómicas, y se ocupaba más de las cosas del cielo que de las de la tierra, cuando un sonido lejano lo sacó de su ensueño.

Prestó un oído atento, y, para su gran estupefacción, creyó reconocer los sonidos de un piano; algunos acordes, ampliamente arpegados, le enviaban hasta él su trepidante sonoridad.

No podía equivocarse.

«¡Un piano en el desierto! —se dijo Paganel—. Esto es algo que no admitiré nunca.»

Era muy sorprendente, en efecto, y Paganel prefirió creer que algún extraño pájaro de Australia imitaba los sonidos de un Pleyel o un Érard, como otros imitan los ruidos de reloj y de afilador.

Pero en ese momento una voz de timbre puro se elevó en el aire. Al pianista lo doblaba un cantante. Paganel escuchó sin querer rendirse.

Sin embargo, tras algunos instantes, se vio obligado a reconocer el aria sublime que hería su oído.

Era il mio tesoro tanto, del Don Juan.

«¡Pardiez! —pensó el geógrafo—. Por muy extraños que sean los pájaros australianos, y aunque fueran los loros más músicos del mundo, ¡no pueden cantar a Mozart!»

Luego escuchó hasta el final aquella sublime inspiración del maestro. El efecto de aquella suave melodía, transportada a través de una noche límpida, era indescriptible.

Paganel permaneció largo tiempo bajo aquel encanto inexpresable; luego la voz enmudeció, y todo volvió al silencio.

Cuando Wilson vino a relevar a Paganel, lo encontró sumido en una honda ensoñación. Paganel no dijo nada al marinero; se reservó informar a Glenarvan al día siguiente de aquella particularidad, y fue a acurrucarse bajo la tienda.

Al día siguiente, toda la tropa fue despertada por ladridos inesperados. Glenarvan se levantó al instante.

Dos magníficos «pointers», de alzada elevada, admirables ejemplares del perro de muestra de raza inglesa, retozaban en la linde de un pequeño bosque. A la aproximación de los viajeros, se internaron entre los árboles redoblando sus ladridos.

– Hay pues una estación en este desierto —dijo Glenarvan—, y cazadores, ya que aquí hay perros de caza.

Paganel abría ya la boca para relatar sus impresiones de la noche pasada, cuando dos jóvenes aparecieron montando dos caballos de sangre de toda hermosura, auténticos «hunters».

Los dos caballeros, vestidos con un elegante traje de caza, se detuvieron al ver a la pequeña tropa acampada a la manera bohemia. Parecían preguntarse qué significaba la presencia de gentes armadas en aquel lugar, cuando divisaron a las viajeras que bajaban del carro. Al instante pusieron pie en tierra y avanzaron hacia ellas, sombrero en mano.

Lord Glenarvan fue a su encuentro y, en su calidad de forastero, declaró su nombre y condición.

Los jóvenes se inclinaron, y uno de ellos, el mayor, dijo:

– Mylord, ¿quieren vuecencia, estas damas y sus compañeros hacernos el honor de descansar en nuestra morada?

– ¿Señores?... —dijo Glenarvan.

– Michel y Sandy Patterson, propietarios de Hottam-Station. Ya está usted en tierras del establecimiento y no tiene un cuarto de milla que andar.

– Señores —respondió Glenarvan—, no quisiera abusar de una hospitalidad tan graciosamente ofrecida...

– Mylord —repuso Michel Patterson—, aceptando, nos obliga usted a unos pobres desterrados que serán muy felices de hacerle los honores del desierto.

Glenarvan se inclinó en señal de asentimiento.

– Señor —dijo entonces Paganel, dirigiéndose a Michel Patterson—, ¿sería yo indiscreto al preguntarle si fue usted quien cantaba ayer ese aria del divino Mozart?

– Fui yo, señor —respondió el caballero—, y mi primo Sandy me acompañaba.

– Pues bien, señor —repuso Paganel—, reciba los sinceros cumplidos de un francés, apasionado admirador de esa música.

Paganel tendió la mano al joven caballero, que la estrechó con aire muy afable. Luego, Michel Patterson indicó hacia la derecha la ruta a seguir. Los caballos habían sido confiados al cuidado de Ayrton y los marineros.

Así pues, a pie, conversando y admirando, los viajeros, guiados por los dos jóvenes, se encaminaron a la residencia de Hottam-Station.

Era verdaderamente un establecimiento magnífico, mantenido con el rigor severo de los parques ingleses.

Inmensas praderas, cercadas de vallas grises, se extendían a perder de vista. Allí pastaban los bueyes por millares y los carneros por millones. Numerosos pastores y perros aún más numerosos guardaban aquel tumultuoso ejército. A los mugidos y balidos se mezclaban los ladridos de los dogos y el chasquido estridente de los stockwhipps.

Hacia el este, la vista se detenía en una linde de myalls y gomeros, sobre la que dominaba a siete mil quinientos pies en el aire la imponente cima del monte Hottam.

Largas avenidas de árboles siempre verdes irradiaban en todas direcciones.

Aquí y allá se agrupaban espesos matorrales de «grass-trees», arbustos de diez pies de altura semejantes al palmito, perdidos en su cabellera de hojas estrechas y largas. El aire estaba impregnado del perfume de los laureles-menta, cuyos ramos de flores blancas, en plena floración entonces, desprendían los más delicados aromas.

A los encantadores grupos de esos árboles indígenas se unían las producciones trasplantadas de los climas europeos. El melocotonero, el peral, el manzano, la higuera, el naranjo, el roble mismo, fueron saludados con hurras por los viajeros, y estos, si no se asombraron demasiado de caminar a la sombra de los árboles de su país, se maravillaron al menos a la vista de los pájaros que revoloteaban entre las ramas: los «satin-birds» de plumaje sedoso y los sericúlidos, vestidos mitad de oro y mitad de terciopelo negro.

Entre otros, y por vez primera, les fue dado admirar el «menure», que es el ave-lira, cuyo apéndice caudal figura el gracioso instrumento de Orfeo. Huía entre los helechos arbóreos, y cuando su cola golpeaba las ramas, uno casi se asombraba de no oír esos armoniosos acordes con que se inspiraba Anfión para reconstruir las murallas de Tebas. Paganel tenía ganas de tocarlo.

Sin embargo, lord Glenarvan no se contentaba con admirar las maravillosas delicias de aquel oasis improvisado en el desierto australiano. Escuchaba el relato de los dos jóvenes caballeros. En Inglaterra, en medio de sus campiñas civilizadas, el recién llegado habría comenzado por informar a su anfitrión de dónde venía y adónde iba. Pero aquí, y por un matiz de delicadeza finamente observado, Michel y Sandy Patterson creyeron deber darse a conocer a los viajeros a quienes ofrecían hospitalidad. Contaron pues su historia.

Era la de todos esos jóvenes ingleses inteligentes y laboriosos que no creen que la riqueza dispense del trabajo. Michel y Sandy Patterson eran hijos de un banquero de Londres. A los veinte años, el jefe de su familia les había dicho: «He aquí unos millones, jóvenes. Id a alguna colonia lejana; fundad en ella un establecimiento útil; extraed del trabajo el conocimiento de la vida. Si triunfáis, tanto mejor. Si fracasáis, poco importa. No lamentaremos los millones que os hayan servido para haceros hombres.» Los dos jóvenes obedecieron. Eligieron en Australia la colonia de Victoria para sembrar en ella los bank-notes paternos, y no tuvieron motivo de arrepentirse. Al cabo de tres años, el establecimiento prosperaba.

Se cuentan en las provincias de Victoria, de la Nueva Gales del Sur y de Australia meridional más de tres mil estaciones, unas dirigidas por los squatters que crían ganado, otras por los settlers, cuya principal industria es el cultivo del suelo. Hasta la llegada de los dos jóvenes ingleses, el establecimiento más considerable de este tipo era el del señor Jamieson, que cubría cien kilómetros cuadrados de superficie, con un borde de veinticinco kilómetros sobre el Paroo, uno de los afluentes del Darling.

Ahora, la estación de Hottam le superaba en extensión y en negocios. Los dos jóvenes eran squatters y settlers al mismo tiempo. Administraban con rara habilidad, y, lo que es más difícil, con una energía poco común, su inmensa propiedad.

Como se ve, aquella estación se hallaba desplazada a una gran distancia de las principales ciudades, en medio de los desiertos poco frecuentados del Murray. Ocupaba el espacio comprendido entre los 146°48' y los 147°, es decir, un terreno largo y ancho de cinco leguas, situado entre los Buffalos-Ranges y el monte Hottam. En los dos ángulos septentrionales de aquel vasto cuadrilátero se alzaban a la izquierda el monte Aberdeen y a la derecha las cimas del High-Barven. Las aguas hermosas y sinuosas no faltaban, gracias a los arroyos y afluentes del río Oven's, que desemboca al norte en el cauce del Murray. Así, tanto la cría de ganado como el cultivo del suelo prosperaban por igual. Diez mil acres de tierra, admirablemente roturada y gestionada, mezclaban las cosechas indígenas con las producciones exóticas, mientras que varios millones de animales engordaban en los verdejantes pastizales. Así pues, los productos de Hottam-Station estaban cotizados a precios elevados en los mercados de Castlemaine y Melbourne.

Michel y Sandy Patterson acababan de dar esos detalles de su industriosa existencia cuando, al extremo de una avenida de casuarinas, apareció la vivienda.

Era una encantadora casa de madera y ladrillo, enterrada bajo grupos de emerófilas. Tenía la elegante forma del chalet, y una veranda en la que colgaban linternas chinas rodeaba los muros como un antiguo impluvio. Ante las ventanas se desplegaban toldos multicolores que parecían estar en flor. Nada más coqueto, nada más delicioso a la vista, pero también nada más confortable. En los céspedes y en los macizos agrupados alrededor crecían candelabros de bronce que sustentaban elegantes faroles; al caer la noche, todo aquel parque se iluminaba con las blancas luces del gas, proveniente de un pequeño gasómetro oculto bajo pérgolas de myalls y helechos arbóreos.

Por lo demás, no se veían dependencias, ni cuadras, ni cobertizos, nada de lo que indica una explotación rural. Todas esas dependencias —una verdadera aldea compuesta de más de veinte chozas y casas— estaban situadas a un cuarto de milla, en el fondo de un pequeño valle. Hilos eléctricos ponían en comunicación instantánea la aldea y la casa de los amos. Esta, lejos de todo ruido, parecía perdida en un bosque de árboles exóticos.

Pronto fue rebasada la avenida de casuarinas. Un pequeño puente de hierro de extremada elegancia, tendido sobre un arroyo murmurante, daba acceso al parque reservado.

Fue cruzado. Un intendente de porte distinguido salió al encuentro de los viajeros; las puertas de la vivienda se abrieron, y los huéspedes de Hottam-Station penetraron en los suntuosos aposentos contenidos bajo aquella envoltura de ladrillo y flores.

Todo el lujo de la vida artística y de moda se ofreció a sus ojos. Sobre el vestíbulo, ornado con motivos decorativos tomados del utillaje del turf y de la caza, se abría un vasto salón de cinco ventanas. Allí, un piano cubierto de partituras antiguas y modernas, caballetes con lienzos apenas esbozados, peanas adornadas con estatuas de mármol, algunos cuadros de maestros flamencos colgados de las paredes, ricos tapices blandos al pie como hierba espesa, paños de tapicería animados con graciosos episodios mitológicos, una lámpara antigua suspendida del techo, lozas preciosas, bibelots de precio y gusto perfecto, mil naderías caras y delicadas que uno se asombraba de ver en una vivienda australiana, probaban una suprema inteligencia de las artes y el confort. Todo lo que podía aliviar los tediosos de un exilio voluntario, todo lo que podía devolver el espíritu al recuerdo de los hábitos europeos, amueblaba aquel salón de ensueño. Uno se habría creído en algún castillo de Francia o de Inglaterra.

Las cinco ventanas dejaban pasar a través del fino tejido de los toldos una luz tamizada y ya suavizada por las penumbras de la veranda. Lady Helena, al acercarse, quedó maravillada. La vivienda por este lado dominaba un amplio valle que se extendía hasta el pie de las montañas del este. La sucesión de praderas y bosques, aquí y allá vastos claros, el conjunto de las colinas graciosamente redondeadas, el relieve de aquel suelo accidentado, formaban un espectáculo superior a toda descripción.

Ninguna otra comarca del mundo podía comparársele, ni siquiera aquel valle del paraíso, tan renombrado, de las fronteras noruegas del Telemark.

Aquel vasto panorama, recortado por grandes manchas de sombra y de luz, cambiaba a cada hora según los caprichos del sol. La imaginación no podía soñar nada más allá, y aquel aspecto encantador satisfacía todos los apetitos de la mirada.

Sin embargo, a una orden de Sandy Patterson, un desayuno había sido improvisado por el mayordomo de la estación y, menos de un cuarto de hora después de su llegada, los viajeros se sentaban ante una mesa suntuosamente servida. La calidad de los manjares y los vinos era indiscutible; pero lo que agradaba sobre todo, en medio de aquellos refinamientos de la opulencia, era la alegría de los dos jóvenes squatters, felices de ofrecer bajo su techo aquella espléndida hospitalidad.

Por lo demás, no tardaron en conocer el objeto de la expedición, e interesándose vivamente por las pesquisas de Glenarvan, dieron también buenas esperanzas a los hijos del capitán.

– Harry Grant —dijo Michel— ha caído evidentemente en manos de los indígenas, puesto que no ha reaparecido en los establecimientos de la costa. Conocía exactamente su posición, el documento lo prueba, y para no haber alcanzado alguna colonia inglesa es preciso que en el momento en que desembarcó fuera hecho prisionero por los salvajes.

– Eso es precisamente lo que le ocurrió a su contramaestre Ayrton —respondió John Mangles.

– Pero ustedes, señores —preguntó lady Helena—, ¿no han oído nunca hablar de la catástrofe del Britannia?

– Nunca, señora —respondió Michel.

– Y ¿qué trato, en su opinión, ha sufrido el capitán Grant, prisionero de los australianos?

– Los australianos no son crueles, señora —respondió el joven squatter—, y la señorita Grant puede estar tranquila al respecto. Hay frecuentes ejemplos de la dulzura de su carácter, y algunos europeos han vivido largo tiempo entre ellos sin haber tenido nunca motivo de queja por su brutalidad.

– King, entre otros —dijo Paganel—, el único superviviente de la expedición de Burke.

– No solo ese intrépido explorador —añadió Sandy—, sino también un soldado inglés llamado Buckley, que, habiéndose escapado en 1803 en la costa de Port-Philippe, fue recogido por los indígenas y vivió treinta y tres años con ellos.

– Y desde esa época —añadió Michel Patterson—, uno de los últimos números del Australasian nos informa de que un tal Morrill acaba de ser devuelto a sus compatriotas, tras dieciséis años de esclavitud.

La historia del capitán debe de ser la suya, pues fue precisamente a raíz del naufragio de la Péruvienne, en 1846, cuando fue hecho prisionero por los naturales y llevado al interior del continente. Así, creo que deben conservar toda su esperanza.

Estas palabras causaron una alegría extrema en los oyentes del joven squatter. Corroboraban las informaciones ya proporcionadas por Paganel y Ayrton.

Luego se habló de los convictos, una vez que las viajeras abandonaron la mesa. Los squatters conocían la catástrofe de Camden-Bridge, pero la presencia de una banda de evadidos no les inspiraba ninguna inquietud. No es a una estación cuyo personal ascendía a más de cien hombres a la que esos malhechores se atreverían a atacar. Había además que pensar que no se aventurarían por esos desiertos del Murray, donde nada tenían que hacer, ni hacia el lado de las colonias de la Nueva Gales, cuyas rutas están muy vigiladas. Tal era también la opinión de Ayrton.

Lord Glenarvan no pudo negarles a sus amables anfitriones el pasar el día entero en la estación de Hottam. Eran doce horas de retraso que se convertían en doce horas de reposo; los caballos y los bueyes no podían sino reponerse ventajosamente en las cómodas cuadras de la estación.

Así pues, quedó convenido, y los dos jóvenes sometieron a sus huéspedes un programa de la jornada que fue adoptado con presteza.

Al mediodía, siete vigorosos hunters piafaban a las puertas de la vivienda. Un elegante break destinado a las damas, conducido con mano firme, permitía a su cochero mostrar su destreza en las hábiles maniobras del «four in hand». Los jinetes, precedidos de picadores y armados de excelentes escopetas de caza de sistema, montaron a caballo y galoparon junto a las portezuelas, mientras la jauría de pointers ladraba alegremente entre los matorrales.

Durante cuatro horas, la cabalgata recorrió los senderos y avenidas de aquel parque tan grande como un pequeño estado alemán. El Reuss-Schleitz o el Sajonia-Coburgo-Gotha habrían cabido enteros en él.

Si se encontraban en él menos habitantes, los carneros en cambio abundaban. En cuanto a la caza, un ejército de batidores no habría arrojado más bajo el fusil de los cazadores. Así, fue pronto una serie de detonaciones inquietantes para los tranquilos huéspedes de los bosques y las llanuras. El joven Robert hizo maravillas al lado del mayor Mac Nabbs. Aquel intrépido muchacho, a pesar de las recomendaciones de su hermana, iba siempre a la cabeza y era el primero en hacer fuego.

Pero John Mangles se encargó de vigilarle, y Mary Grant se tranquilizó.

Durante aquella batida, se mataron ciertos animales particulares del país y que Paganel hasta entonces solo conocía de nombre: entre otros, el «wombat» y el «bandicoot».

El wombat es un herbívoro que excava madrigueras a la manera de los tejones; es tan grande como una oveja, y su carne es excelente.

El bandicoot es una especie de marsupial que daría lecciones al zorro europeo y le aventajaría en el pillaje de los corrales. Aquel animal, de aspecto bastante repulsivo, de pie y medio de longitud, cayó bajo los disparos de Paganel, que, por amor propio de cazador, lo encontró encantador.

– Una bestia adorable —decía.

Robert, entre otras piezas importantes, mató muy diestramente un «dasyurus viverinus», especie de pequeño zorro cuyo pelaje negro y salpicado de blanco vale el de la marta, y un par de zarigüeyas que se ocultaban en el espeso follaje de los grandes árboles.

Pero de todas aquellas hazañas, la más interesante fue, sin ninguna duda, una cacería de kanguroos. Los perros, hacia las cuatro de la tarde, levantaron una banda de esos curiosos marsupiales. Los pequeños se metieron precipitadamente en la bolsa materna, y toda la tropa huyó en fila. Nada más asombroso que esos enormes saltos del kanguroo, cuyos cuartos traseros, dos veces más largos que los delanteros, se distienden como un resorte. A la cabeza de la tropa en fuga escapaba un macho de cinco pies de alzada, magnífico ejemplar del «macropus giganteus», un «viejo», como dicen los bushmen.

Durante cuatro o cinco millas, la cacería fue activamente conducida. Los kanguroos no se cansaban, y los perros, que temen con razón su vigorosa pata armada de una uña aguda, no tenían ganas de acercárseles. Pero al fin, agotada por la carrera, la banda se detuvo y el «viejo» se apoyó contra el tronco de un árbol, dispuesto a defenderse. Uno de los pointers, arrastrado por su ímpetu, fue a rodar cerca de él. Un instante después, el desgraciado perro saltaba por los aires y caía destripado. Ciertamente, la jauría entera no habría podido con esos poderosos marsupiales. Había que acabar con ellos a tiros, y solo las balas podían abatir al gigantesco animal.

En ese momento, Robert estuvo a punto de ser víctima de su imprudencia. Con el fin de asegurar su disparo, se acercó tanto al kanguroo que este se lanzó de un salto.

Robert cayó, se oyó un grito. Mary Grant, desde lo alto del break, aterrorizada, sin voz, casi sin mirada, tendía los brazos hacia su hermano. Ningún cazador se atrevía a disparar sobre el animal, pues podía herir también al niño.

Pero de pronto John Mangles, con el cuchillo de monte abierto, se precipitó sobre el kanguroo a riesgo de ser destripado, y asestó al animal una cuchillada en el corazón. Abatida la bestia, Robert se levantó ileso. Un instante después, estaba en los brazos de su hermana.

– ¡Gracias, señor John! ¡Gracias! —dijo Mary Grant, tendiendo la mano al joven capitán.

– Yo respondía de él —dijo John Mangles, tomando la mano temblorosa de la joven.

Aquel incidente puso fin a la cacería. La banda de marsupiales se había dispersado tras la muerte de su jefe, cuyo despojo fue llevado a la vivienda. Eran entonces las seis de la tarde. Una magnífica cena aguardaba a los cazadores. Entre otros manjares, un caldo de cola de kanguroo, preparado al modo indígena, fue el gran éxito del festín.

Tras los helados y sorbetes del postre, los comensales pasaron al salón. La velada fue consagrada a la música. Lady Helena, excelente pianista, puso sus talentos a disposición de los squatters. Michel y Sandy Patterson cantaron con gusto perfecto pasajes tomados de las últimas partituras de Gounod, de Victor Massé, de Félicien David, e incluso de ese genio incomprendido, Richard Wagner.

A las once, se sirvió el té; estaba preparado con esa perfección inglesa que ningún otro pueblo puede igualar. Pero Paganel, habiendo pedido probar el té australiano, le trajeron un licor negro como la tinta, un litro de agua en el que media libra de té había hervido durante cuatro horas. Paganel, a pesar de sus muecas, declaró excelente aquella bebida.

A medianoche, los huéspedes de la estación, conducidos a habitaciones frescas y confortables, prolongaron en sueños los placeres de aquella jornada.

Al día siguiente, al alba, se despidieron de los dos jóvenes squatters. Hubo abundantes agradecimientos y promesas de verse de nuevo en Europa, en el castillo de Malcolm. Luego el carro se puso en marcha, rodeó la base del monte Hottam, y pronto la vivienda desapareció, como una visión fugaz, a los ojos de los viajeros. Durante cinco millas más pisaron con sus caballos el suelo de la estación.

Solo a las nueve fue cruzada la última empalizada, y la pequeña tropa se adentró por las comarcas casi desconocidas de la provincia victoriana.

Sürgöny

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