15
EL, CAMINO MAS CORTO
Las costas de Francia perdíanse ya de vista en el horizonte cuando Erik reunió en la cámara grande a sus tres amigos y consejeros para discutir un punto de gran importancia.
– He reflexionado mucho, les dijo, en los incidentes ocurridos durante nuestro viaje desde el día que salimos de Estocolmo, y deduzco, en conclusión, que hemos de encontrar de aquí en adelante nuevos obstáculos o contratiempos.
El hombre que preparaba nuestra muerte en la Calzada no se dará por vencido... Tal vez nos aceche ya en Gibraltar, en Malta o en otra parte;
y si no consigue nuestra pérdida, por lo menos me parece seguro que nos detendrá en el camino... No llegaremos, pues, al estrecho de Bering en la estación de verano, única en que el Océano Glacial es abordable.
– Pienso de igual manera, repuso el señor Bredejord; pero no he dicho nada, hijo mío, porque no quería quitarte toda esperanza.
Convengo, sin embargo, en que debe renunciarse a franquear en tres meses la distancia que nos separa del estrecho de Bering.
– Ese es también mi parecer, dijo el doctor.
El señor Malarius indicó con un ademán que participaba en la misma opinión.
– Pues bien, repuso Erik; sentado esto, ¿qué línea de conducta debemos adoptar? —No hay más que una razonable y conforme con el deber, contestó Bredejord, y es renunciar a una empresa que consideramos irrealizable, y regresar a Estocolmo. Tú lo has comprendido así, hijo mío, y te felicito en nombre de todos por tu prudencia.
– He aquí un cumplido que no podría aceptar, dijo Erik, sonriendo; no, yo no pienso de ningún modo en renunciar a la empresa, y estoy lejos de juzgarla irrealizable... Sólo creo que para llevarla a buen fin es necesario burlar las maquinaciones del bribón que nos acecha, y con este objeto, la primera medida que debe adoptarse consiste en cambiar completamente nuestro itinerario.
– Semejante cambio, replicó el doctor, sólo aumentará las dificultades, puesto que hemos buscado el camino más directo. Si nos costaría mucho llegar en tres meses al estrecho de Bering por el Mediterráneo y el canal de Suez, sería del todo imposible por el cabo de Buena Esperanza o el cabo de Hornos; por cualquiera de estas dos vías necesitaríamos de cinco a seis meses.
– Hay otra, repuso Erik, que abreviaría el viaje en vez de prolongarlo, y por la cual estaríamos seguros de no encontrar a Tudor Brown.
– ¡Otro camino!, exclamó el doctor. A fe mía que no lo conozco, a menos que te refieras a la vía de Panamá...; pero esta no es practicable aún para los buques, ni lo será hasta dentro de muchos años.
– No pienso en la vía de Panamá, ni en el cabo de Hornos, ni en el de Buena Esperanza, replicó el joven; la ruta de que hablo, única por la cual podríamos llegar en tres meses al estrecho de Bering, es el Océano Glacial, el paso del Noroeste.
Al pronunciar estas palabras, y como viese que sus oyentes enmudecían de asombro ante aquella conclusión, Erik desarrolló su pensamiento.
– El paso del Noroeste, añadió, no es ya hoy, como era en otro tiempo, el espanto de los navegantes; es una vía intermitente, puesto que apenas está abierta cada año unas ocho o diez semanas; pero ya se conoce perfectamente, se ha trazado muy bien en las mejores cartas marinas, y la frecuentan, además, centenares de barcos balleneros. Ya sé que es raro tomar esa vía para ir desde el Atlántico al Pacífico; no se me oculta que sólo la recorren parcialmente los que la abordan por uno u otro lado; y hasta podría suceder, si las circunstancias no nos favorecen, que la encontrásemos cerrada; pero aquí sólo se busca una probabilidad... Yo pienso que hay muchos motivos para esperar un buen resultado por esa vía, mientras que no se hallaría ninguno por cualquiera de las otras; y siendo así, nuestro deber, la misión que nos han confiado nuestros patrocinadores, y la que nos hemos impuesto nosotros mismos nos obliga a adoptar el único medio que nos queda para llegar a tiempo al estrecho de Bering. Un buque común, equipado para la navegación de los mares tropicales, podría vacilar ante la empresa; pero el Alaska, construido expresamente para la navegación circumpolar, no debe arredrarse. En cuanto a mí, declaro formalmente que, si vuelvo a Estocolmo sin haber encontrado a Nordenskjold, por lo menos no regresaré sin intentarlo todo para reunirme con él.
El razonamiento de Erik era tan convincente y vigoroso que nadie trató de refutarle. ¿Qué objeción hubiera podido hacer contra él el doctor, Bredejord y el señor Malarius? Veían muy bien las dificultades del nuevo plan, pero al menos no eran insuperables, mientras que nada se podía esperar de cualquier otro proyecto.
Por eso no vacilaron en convenir que, en todo caso, sería más glorioso intentar la aventura que no volver a Estocolmo con la cabeza baja.
– Por otra parte, sólo veo una dificultad, dijo el doctor después de reflexionar breves momentos, y es que no sé cómo podremos obtener carbón en las regiones árticas; sin combustible no hay medio de franquear a tiempo el paso del Noroeste, aprovechando la época en que es practicable.
– Ya he previsto la dificultad, que, en efecto, es la única, replicó Erik, y no la creo insuperable. En vez de dirigirnos a Gibraltar y a Malta, donde nos esperan sin duda nuevas asechanzas de Tudor Brown, iremos directamente a Londres. Desde allí enviaré a una casa de Montreal, por el cable trasatlántico, orden de expedir en seguida un barco de carbón que deberá esperarnos en el estrecho de Davis, y al mismo tiempo se avisará también a una casa de San Francisco para que envíe otro al estrecho de Bering. Disponemos holgadamente de los fondos necesarios para ello, pues la cantidad de hulla indispensable será en todo caso inferior a la que hubiéramos necesitado por la vía de Asia, toda vez que el trayecto es mucho más corto. Es inútil llegar al mar de Baffin antes de fines de mayo, y de ningún modo podemos abrigar la esperanza de hallarnos en el estrecho de Bering antes de fines de junio. Nuestros corresponsales de Montreal y de San Francisco tendrán, por lo tanto, tiempo sobrado para despachar estos pedidos, cuyo pago se garantizará con fondos depositados en la caja de un banquero de Londres. De este modo, la cuestión se reduciría a encontrar practicable el paso Noroeste... Esto no depende de nosotros; pero si lo hallamos cerrado, al menos nos quedará el consuelo de no haber omitido nada de lo que podía conducir al éxito.
– ¡Es evidente!, exclamó el señor Malarius.
Hijo mío, nada se puede objetar a tus argumentos.
– ¡Poco a poco!, dijo Bredejord. No nos precipitemos. A mí se me ocurre otra objeción.
¿Crees tú, querido Erik, que el Alaska podrá pasar inadvertido en las aguas del Támesis?
Bien comprendes que no. Los diarios hablarán de su llegada; será señalado por las agencias telegráficas; Tudor Brown tendrá conocimiento del hecho, y, naturalmente, deducirá que hemos modificado nuestros planes. En este caso,
¿quién le impide cambiar los suyos? ¿Crees tú que le será difícil, por ejemplo, impedir la llegada de los barcos de carbón, sin los cuales nada se puede hacer?
– Es verdad, contestó Erik, y esto prueba hasta qué punto hay que pensar en todo. ¡Pues bien, no iremos a Londres! Se hará escala en Lisboa, como si estuviéramos siempre en camino de Gibraltar y de Suez; una vez en este puerto, uno de nosotros marchará de incógnito a Madrid; y sin dar explicaciones se pondrá en comunicación telegráfica con Montreal y San Francisco para que se envíen los barcos de carbón. No se sabrá a quién se destinan, y permanecerán en los puntos designados a disposición del capitán que les dé la seña conocida.
– ¡Muy bien! Así será casi imposible que Tudor Brown descubra nuestras huellas.
– Querrán ustedes decir las mías, repuso Erik, pues supongo que no es su idea aventurarse conmigo en los mares árticos.
– ¡A fe mía que sí!, exclamó el doctor. Quiero tener la conciencia tranquila, y nunca se dirá que ese infame Tudor Brown me ha hecho retroceder.
– ¡Ni a mí tampoco!, contestaron a la vez Bredejord y Malarius.
El joven comandante quiso combatir aquella resolución; explicar a sus amigos el riesgo y la monotonía del viaje que iban a emprender; pero nada pudo contra su decisión. Los tres dijeron que los peligros de que todos habían escapado les imponían ahora como un deber de honor llegar hasta el fin, y que no separándose unos de otros, el viaje sería más aceptable.
Además de esto, ya se habían adoptado a bordo del Alaska las precauciones necesarias para no sentir mucho el frío, y en todo caso, los suecos y noruegos no debían temerle.
En resumen, Erik hubo de ceder, y quedó convenido que la modificación del itinerario no cambiaría en nada el personal del buque.
Pasaremos por alto los incidentes de la primera parte del viaje desde la salida de Brest. El Alaska llegó a Lisboa el 2 de abril, y antes de que los diarios portugueses tuvieran tiempo de anunciar su presencia, el abogado Bredejord marchó a Madrid, donde por mediación de una casa de banca, y sirviéndose del cable transatlántico francés, se puso en comunicación con otras dos muy importantes de Montreal y San Francisco. Estas casas debían enviar los barcos de carbón a los puntos designados, y entregar su cargamento al que les diese la seña convenida, por la cual Erik se daría a conocer. Habíase acordado que esta seña fuese la divisa hallada en el joven cuando flotaba sobre el salvavidas del Cynthia, es decir, Semper ídem. Estas transacciones terminaron el 9 de abril; el señor Bredejord volvió a Lisboa, y el Alaska pudo proseguir su viaje.
El 25 del mismo mes, después de una feliz travesía del Atlántico, llegaba a Montreal, y abastecíase de carbón, asegurándose de que las órdenes se habían ejecutado puntualmente. El 29 abandonaba las aguas del San Lorenzo para franquear el día siguiente el estrecho de Belle- Isle, que separa a Labrador de Terranova, y el 10 de mayo encontraba en Godhaven, en la costa de Groenlandia, el barco de carbón que le había precedido.
Erik sabía muy bien que por el momento no podía pensarse en franquear el círculo ártico, ni penetrar tampoco en las sinuosidades del paso del Noroeste, cerrado aún por los hielos en la mayor parte de su longitud; pero confiaba, y con razón, obtener en aquellos parajes, tan frecuentados por los balleneros, informes tan precisos como los de las mejores cartas marinas.
También pudo comprar, aunque a muy subido precio, una docena de perros, que con Klaas debían constituir, en caso necesario, el tiro de los trineos.
Igual que todas las estaciones danesas de la costa de Groenlandia, Godhaven no es más que un pueblecillo, utilizado principalmente como depósito de aceite o de pieles del país.
En aquella época del año el frío es apenas más riguroso que en Estocolmo o en Noroé;
pero Erik y sus amigos reconocieron con sorpresa hasta qué punto pueden ser diferentes dos países situados a la misma distancia del polo. Godhaven se halla a la misma latitud de Bergen, y, sin embargo, mientras que en la Noruega Meridional se ven durante el mes de abril los bosques verdes, los árboles con fruto, y hasta la vid cultivada en espalderas o sobre capas de abono, Groenlandia está todavía en mayo oculta bajo los hielos y las nieves, sin que un solo árbol rompa la monotonía de la región. La forma del litoral noruego, recortado por los fiordos y preservado por el cordón de islas, contribuye, casi tanto como las aguas tibias del Gulf-Stream a elevar la temperatura general del país; en Groenlandia, por el contrario, las costas bajas y regulares reciben inmediatamente las brisas del polo, y por eso están cubiertas hasta el centro de la isla por una capa de hielo de varios pies de espesor.
El Alaska permaneció quince días en aquella estación; después remontó el estrecho de Davis, siguiendo la costa groenlandesa, y franqueó el círculo polar.
El 28 de mayo encontró por primera vez hielos flotantes a los 70' 15' de latitud Norte, con una temperatura de dos grados bajo cero;
estos primeros hielos, a decir verdad, hallábanse en masas casi deshechas, o derivaban en fragmentos aislados; pero muy pronto comenzaron a ser más densos, y con frecuencia fue necesario abrirse paso a fuerza de espolón. Por el momento, ni había aún ningún peligro grave, ni se oponían grandes dificultades a la marcha del buque; pero por mil indicios reconociase que se estaba en un mundo nuevo. Todos los objetos algo lejanos, parecían sin color, y, por decirlo así, sin cuerpo; no se sabía dónde posar la vista, en la perpetua movilidad de los horizontes, cuyo aspecto cambiaba a cada instante por la acción disolvente de las olas o el sol, en las moles flotantes, y por la noche, sobre todo, a los rayos del foco eléctrico, colocado en la punta del palo mayor del Alaska, el mar o bahía de Baffin, donde los expedicionarios acababan de penetrar, presentaba aspectos verdaderamente fantásticos.
"¿Quién podría, ha escrito un testigo ocular, reproducir esas imágenes melancólicas, el rumor de las olas bajo los hielos errantes, el ruido singular de los que se hunden de pronto y desaparecen en el agua súbitamente? ¿Quién podrá darse una idea de las espléndidas cascadas que brotan por todas partes, y cuya caída produce torrentes de espuma? ¿Cómo pintar el cómico espanto de las aves marinas, que cuando comienzan a dormirse sobre una balsa de hielo pierden de pronto su punto de apoyo y se remontan asustadas para ir a posarse en otra base más segura?... Y llegada la mañana, ¡qué extraña fantasmagoría cuando el sol, con su brillante aureola, atraviesa súbitamente la bruma, dejando ver primero un pequeño espacio de cielo azul que va ensanchándose poco a poco y parece perseguir a las nubes vaporosas hasta los últimos confines del horizonte!"
Erik y sus amigos pudieron contemplar cómodamente estos espectáculos y los que ofrecen los mares glaciales, al abandonar la costa de Groenlandia, que habían recorrido hasta la altura de Upernivik para marchar en seguida hacia el Oeste y atravesar el mar de Baffin en toda su anchura. Las dificultades fueron aquí mayores, porque este es el principal camino de los hielos polares, arrastrados por las innumerables corrientes que en él desembocan. El Alas- ka debía abrirse paso casi continuamente a través de inmensos campos de hielo, y con frecuencia encontraba ante sí barreras insuperables, que era preciso contornear, o bien se producían tempestades de nieve, que cubrían de una espesa capa el puente y los mástiles del buque. Sitiado por una acumulación de hielos que el viento impelía de pronto, hallábase a veces expuesto a quedar sepultado bajo su masa, o introducirse de pronto en un waeke, especie de lago circuído por un banco de hielo y cerrado por un callejón sin salida. Al escapar de aquí para pasar al mar libre se debía extremar las precauciones, a fin de no ser atrapado de flanco por alguna monstruosa mole de hielo de esas que llegan del Norte con vertiginosa rapidez, y cuya espantosa masa es suficiente para aplastar un buque cual si fuese una nuez. Pero había otro peligro mucho más grave, y eran los hielos submarinos que la quilla tocaba, haciéndolos oscilar, verdaderas paradojas hidrostáticas que sólo necesitan un contacto para elevarse con una violencia a menudo terrible, rompiéndolo todo con la fuerza de un ariete. El Alaska perdió así sus dos chalupas, y vióse obligado en algunas ocasiones a izar su hélice a bordo a fin de levantar un poco "las alas". Es preciso haber pasado por las pruebas y peligros que a cada momento dificultan la navegación en los mares árticos para formarse una idea, aunque sea aproximada, de lo que son. A los quince días de semejante trabajo, la tripulación más intrépida queda extenuada y necesita descansar.
Pero estas pruebas y peligros tenían, cuando menos, una compensación por la rapidez con que se recorrían los grados de longitud;
hubo días en que se contaron diez o doce, y otros en que no se pasó de uno, o menos aún;
pero el 11 de junio los tripulantes del Alaska volvieron a ver tierra y se ancló a la entrada del estrecho de Lancaster.
Erik había creído que sería forzoso aguardar algunos días para penetrar en aquel largo pasadizo; pero con gran sorpresa suya y no poca alegría, hallólo libre, por lo menos en su entrada, y penetró resueltamente. Al otro día, sin embargo, vióse bloqueado por los hielos, entre los cuales fue preciso permanecer tres días, y sólo gracias a las violentas corrientes que barren aquel canal ártico consiguió quedar libre para proseguir su marcha: ya se lo habían anunciado así los pescadores de ballenas de Godhaven.
El 17 llegaba al estrecho de Barrow el cual franqueó a todo vapor; pero el 19, en el momento de desembocar en el estrecho de Melville, a la altura del cabo Walk, el buque quedó otra vez aprisionado entre los hielos.
Erik se armó de paciencia, esperando el deshielo; pero los días pasaban y no se producía.
En honor a la verdad, hay que decir que no les faltaban distracciones a los viajeros. Detenidos cerca de la costa, y provistos de todo cuanto podía hacer menos precaria su situación, organizaron excursiones en trineo, dieron caza a las focas, y entretuviéronse en ver cómo retozaban las ballenas, lo cual no dejaba de ser un pasatiempo. El solsticio de verano se aproximaba; desde el 15, los tripulantes del Alaska pudieron disfrutar del admirable espectáculo que ofrece el sol de medianoche cuando rasa el horizonte sin abandonarle, para remontarse de nuevo a los cielos. Desde una altura sin nombre, que se halla en esos parajes desolados, podíase ver el astro del día describir en veinticuatro horas un círculo completo en el espacio; y por la noche, mientras los viajeros estaban bañados en su luz, veíanse a lo lejos las regiones del Sur sumidas en la oscuridad más profunda.
Aquella luz, sin embargo, es pálida, melancólica; las formas pierden su corporeidad, la sombra de los objetos es más tenue, y toda la naturaleza reviste el aspecto de una visión. ¡Esto sólo basta para comprender que se está en un mundo extraño y en las cercanías del polo!...
Sin embargo, el frío no era intenso; la temperatura no bajaba a más de cuatro o cinco grados centígrados, y a veces el aire era tan suave que apenas pidían creer los viajeros que se hallaran verdaderamente en el corazón de la zona ártica.
Pero todas estas curiosidades no bastaban para llenar el alma de Erik ni hacerle perder de vista su principal objeto; no nabia ido allí para herborizar, como el señor Malarius, que volvía diariamente más satisfecho de sus exploraciones y de las Plantas desconocidas con que aumentaba su colección, ni tampoco para saborear, con el doctor y su amigo Bredejord, los espectáculos que les ofrecía la naturaleza circumpolar. Tratábase de encontrar a Nordenskjold y a Patricio O'Donoghan, y de cumplir con un deber sagrado, descubriendo tal vez el secreto de su propia existencia. He aquí por qué procuraba sin descanso romper el círculo de hierro que le aprisionaba; excursiones en trineo, reconocimientos por tierra y en chalupa de vapor, todo lo probó durante diez días para encontrar un paso; pero se fatigó inútilmente;
tanto al Oeste como al Norte y al Este, el banco de hielo se mantenía cerrado.
¡Era ya el 26 de junio y aun se estaba lejos del mar de Siberia! ¿Sería forzoso declararse vencido? Erik no quería renunciar por ningún concepto. Varias pruebas con la sonda le habían revelado la existencia bajo los hielos de una corriente que se dirigía hacia el estrecho de Franklin, es decir, hacia el Sur; esto le hizo pensar que un supremo esfuerzo bastaría tal vez para provocar el deshielo, y resolvió intentarlo.
En una longitud de siete millas marinas mandó practicar una serie de perforaciones, separadas por espacios de doscientos o trescientos metros, y en cada una de ellas introdujo un kilogramo de dinamita; estos barrenos se pusieron en contacto por medio de alambre de cobre con vaina aisladora de caucho; y el 30 de junio, a las ocho de la mañana, el mismo Erik, subiendo al puente Alaska, provocó la explosión oprimiendo el botón de un aparato eléctrico.
En el mismo instante prodújose una formidable explosión que atronó el espacio; cien volcanes de hielo lanzaron a la vez por los aires enormes fragmentos; el banco retembló, agitándose como por efecto de un terremoto submarino, y numerosas aves acuáticas, asustadas por aquel estrépito, remontáronse, dando vueltas y roncos gritos.
Cuando se restableció el silencio, un largo reguero negruzco, cortado en todos sentidos por grietas profundas, surcaba el campo de hielo en una distancia que se perdía de vista.
Levantado por la explosión de los gases, desgarrado por la fuerza irresistible de la dinamita, el banco se había roto. Siguió un momento de espera y vacilación por decirlo así, y después comenzó el deshielo, como si sólo hubiese esperado aquella señal. Rechinando por todas partes, agrietado y dividido, el banco se disgregó, cediendo a la acción de la corriente, que lo corroía en su base, y muy pronto comenzó a derivar.
Acá y allá veíanse alguna isleta o un pequeño campo de hielo, como para protestar contra semejante violencia; pero desde el día siguiente el paso quedó libre y el Alaska pudo encender sus fuegos. Erik y la dinamita habían conseguido en pocas horas lo que el pálido sol ártico no hubiera hecho quizás hasta un mes más tarde.
El 2 de julio la expedición llegaba al estrecho de Banks; el 4 penetraba en el Océano Glacial propiamente dicho, y desde aquel instante tenía el camino abierto a pesar de las montañas de hielo, de las brumas y de las nieves. El 12, el Alaska dobló el cabo Frozen; el 13, el cabo Lisburne; el 14, a las diez de la mañana, entró en el golfo de Kotzebue, al Norte del estrecho de Bering, y halló allí, según lo convenido, el barco de carbón, procedente de San Francisco.
Así pues, habíase efectuado en tres meses y diecinueve días la etapa convenida en el programa que se trazó en el golfo de Vizcaya.
Apenas hubo anclado el Alaska, Erik, saltando a la ballenera, acercóse al barco de carbón y gritó:
– ¡Semper ídem!
– Lisboa, contestó el que fungía de capitán.
– ¿Hace mucho tiempo que espera usted?, preguntó Erik.
– Cinco semanas; hemos salido de San Francisco un mes después de recibir la orden.
– ¿No se tienen aún noticias de Nordenskjold?
– Las que corrían por San Francisco no eran seguras; pero desde que estoy aquí he hablado con algunos pescadores, los cuales han oído decir a los naturales de Serdze-Kamen que hace nueve o diez meses se ha visto un buque europeo detenido en los hielos al Oeste del cabo, y que se cree sea el Vega,
– ¿De veras?, exclamó Erik con una alegría fácil de comprender. ¿Y cree usted que esté allí todavía y que no haya franqueado el estrecho?
– Puedo asegurarlo. Desde hace cinco semanas no ha pasado por aquí ningún buque del que yo no haya hablado con su capitán.
– ¡Dios sea loado!, exclamó Erik. Al menos, nuestras fatigas no quedarán sin recompensa si encontramos a Nordenskjold.
– No serán ustedes los primeros, dijo el capitán del barco con irónica sonrisa; antes que ustedes, hace tres días, ha pasado por aquí un yate americano, y su capitán ha pedido también informes sobre Nordenskjold.
– ¡Un yate americano!, repitió Erik, mudo de asombro.
– Sí, el Albatros, capitán Tudor Brown, procedente de Vancouver; le he dicho lo que sabía y ha puesto inmediatamente rumbo hacia Serdze-Kamen.