El náufrago del Cynthia

11

NOS ESCRIBEN DEL "VEGA"...

Corría el mes de diciembre del año 1878.

Erik acababa de cumplir los veinte años, y había pasado el primer examen del doctorado.

Suecia, y casi podría afirmarse que el mundo entero, preocupábase mucho entonces de la gran expedición del navegante Nordenskjold, quien, después de prepararse para su empresa en varios viajes a las regiones polares, y de haber estudiado a fondo los términos del problema, intentaba una vez más el descubrimiento de aquel paso Nordeste del Atlántico al Pacífico, que hacía tres siglos burlaba los esfuerzos de todas las naciones marítimas.

El navegante sueco había trazado el Programa de la expedición en una luminosa Memoria, en la que expresaba los motivos que le inducían a creer practicaje el paso Nordeste durante el verano, señalando los medios por los cuales esperaba realizar al fin aquel desiderátum geográfico. La inteligente liberalidad de dos armafores escandinavos, y el concurso del gobierno sueco, habíanle permitido organizar la expedición en las mejores condiciones que juzgaba imprescindibles para el buen éxito.

Nordenskjold había salido de Tromsoe el 21 de julio de 1878 a bordo del Vega para ver si podía llegar al estrecho de Bering, pasando al Norte de Rusia y Siberia. El teniente Palander, de la marina sueca, mandada el buque, en el cual iba, con el jefe supremo de la expedición, todo un estado mayor de geólogos, médicos y astrónomos. El Vega, expresamente acondicionado para el viaje según las precisas instrucciones de Nordenskjold, era un buque de quinientas toneladas, recientemente construido en Bremen, y provisto de una hélice con una máquina de sesenta caballos. Tres barcos cargados de carbón debían acompañarle hasta ciertos puntos determinados y sucesivos de la costa de Siberia, y todo estaba previsto para una campaña de dos años, si se hacía necesario invernar en el camino; pero Nordenskjold no ocultaba su esperanza de llegar antes del otoño al estrecho de Bering, gracias a la previsión de las medidas adoptadas, y toda Suecia confiaba en ello.

Habiendo salido del puerto importante más septentrional de Noruega, el Vega llegaba el 29 de julio a Nueva Zembla, el 1º de agosto al mar de Kara, y cinco dias después a la desembocadura del Yenisei; el 19 de agosto doblaba el cabo Cheliuskin o Nordeste, punto extremo del antiguo continente, que ningún buque había franqueado aún; el 7 de septiembre anclaba en la desembocadura del Lena, y separábase del tercero de los barcos carboneros. El 16 de octubre, un parte telegráfico, depositado en Irkutsk por este mismo barco, anunciaba al mundo el buen éxito de la primera parte de la expesición.

Fácil es comprender la impaciencia con que los numerosos amigos del navegante sueco aguardaban los detalles de aquel viaje; detalles que no llegaron hasta los primeros días de diciembre; pues si la electricidad franquea las distancias con la rapidez del pensamiento, no sucede lo mismo con las postas de Siberia. Las cartas del Vega, depositadas en Irkutsk al mismo tiempo que el telegrama, tardaron más de seis semanas en llegar a Estocolmo, pero al fin llegaron, y el 5 de diciembre, uno de los principales diarios suecos publicaba la relación de la primera parte del viaje, debida a la pluma de un joven doctor en medicina, agregado a la expedición.

Aquel mismo día, el abogado Bredejord, sentado a la mesa a la hora de almorzar, se ocupaba en leer con el mayor interés el relato del viaje, cuando su mirada se fijó de pronto en un párrafo que le hizo dar un salto en su silla;

volvió a leerlo con más atención una y otra vez, y levantándose bruscamente, cogió su pelliza y su sombrero, y corrió presuroso a casa del doctor Schwaryencrona.

– ¿Ha leído usted la relación del Vega?, gritó penetrando como un huracán en el comedor donde el doctor almorzaba con Kajsa.

– Sólo el principio, contestó el doctor; pensaba terminar la lectura cuando fumara mi pipa.

– ¿No ha visto usted, repuso Bredejord, casi sin aliento; no ha visto usted lo que contiene esa correspondencia?

– No, contestó el doctor con la mayor calma.

– ¡Pues bien! Escuche usted esto, exclamó Bredejord acercándose a la ventana... Es el diario de uno de sus pseudocolegas, naturalista auxiliar a bordo del Vega... Escuche usted.

"30 y 31 de Julio.—Penetramos en el estrecho de Jugor y anclamos delante de un pueblo samoyedo llamado Chabarovsk. Después de desembarcar, examiné algunos naturales para reconocer, por el método de Holmgreen, el desarrollo de sus sentidos, y veo que es bastante normal... Compramos a un pescador samoyedo dos magníficos salmones..."

– Dipense usted, interrumpió el doctor sonriendo; se me ocurre preguntar si se trata de alguna charada... Yo no veo ningún gran interés en esos detalles.

– ¡Ah! ¿Conque no ve usted el interés de esos detalles?, exclamó Bredejord con aire triunfante. ¡Pues bien! Espere usted un momento, y lo verá.

"...Compramos a un pescador samoyedo dos magníficos salmones de una especie no descrita, los cuales eché en mi cubeta de alcohol, para conservarlos, a pesar de las protestas del cocinero. Incidente: el pescador se cayó al agua al saltar del buque, en el momento en que aparejábamos; se consiguió sacarle medio asfixiado, rígido ya como una barra de hierro, por efecto de esta temperatura helada, y, además, herido en la cabeza. Trasladado sin conocimiento a la enfermería del buque le acostamos, y entonces reconocimos que el tal pescador era europeo; tenía el cabello rojo, la nariz aplastada por efecto de algún accidente, y en el pecho, al nivel del corazón, llevaba marcadas las siguientes palabras en el centro de una especie de escudo pintado: Patricio O'Donoghan, Cynthia.

Al oír esto, el doctor profirió una exclamación de sorpresa.

– Espere usted, dijo el señor Bredejord; eso no es todo.

"Por la acción de unas enérgicas fricciones conseguimos que volviese en sí; pero era imposible desembarcarle en tal estado, pues tenía fiebre y deliraba; de consiguiente se quedará en el buque. Las observaciones que yo había hecho sobre el color de los samoyedos quedan reducidas a la nada.

"3 de agosto.—El pescador de Chabarovsk se ha repuesto completamente de sus fatigas, y no le ha sorprendido nada hallarse a bordo del Vega en camino hacia el cabo Cheliuskin; pero muy pronto ha tomado su partido. Como su conocimiento de la lengua samoyeda puede sernos útil, le hemos inducido a acompañarnos mientras recorramos la costa de Siberia. Habla el inglés con acento nasal, como los americanos;

asegura que es de Escocia, que se llama Jones Bowles, y que, habiendo llegado de la Nueva Zembla con unos pescadores rusos, se halla establecido en estos parajes hace doce años. El nombre que lleva marcado en el pecho, según dice, es el de un amigo de la infancia, muerto hace largo tiempo..."

– ¡Evidentemente es nuestro hombre!, exclamó el doctor, poseído de una viva emoción.

– ¿No le parece a usted que no puede naber duda?, replicó el abogado. El nombre, el buque, las señas... todo lo encongamos... y hasta su seudónimo, Jones Bowles, y ese cuidado de afirmar que Patricio O'Donoghan ha muerto, son pruebas concluyentes.

Los dos amigos quedaron en silencio, reflexionando en las consecuencias posibles de semejante revelación.

– ¿Cómo ir a buscarle tan lejos?, dije» al fin el doctor.

– Evidentemente es difícil, repuso el señor Bredejord; pero, en fin, siempre es algo saber que existe y en qué parte del mundo se halla, prescindiendo de que debemos contar con lo imprevisto... Tal vez permanezca hasta lo último a bordo del Vega, y venga después a Estocolmo a traernos él mismo las explicaciones que necesitamos. En el caso contrario, quizás encontremos más pronto o más tarde ocasión de comunicarnos con él. Los viajes a Nueva Zembla van a ser más frecuentes por efecto de la expedición de Nordenskjold, y ya conozco armadores que hablan de enviar todos los años buques a la desembocadura del Yenisei...

La discusión sobre este asunto era interminable, y los dos amigos seguían hablando aún, cuando Erik llegó de Upsala, pues ya eran las dos. También él, enterado de la gran noticia, habíase apresurado a tomar el tren para comunicársela al doctor; pero ¡cosa extraña! el joven parecía estar muy inquieto, y no alegre.

– ¿Saben ustedes lo que ahora temo?, dijo a los dos amigos. Pues que el Vega haya sufrido algún tropiezo. Ahora estamos a cinco de diciembre, y se ha de tener en cuenta que los jefes de la expedición confiaban en llegar antes del mes de octubre al estrecho de Bering... Sí esto se hubiera realizad» ya lo sabríamos, pues el Vega se hallaría hace largo tiempo en el Japón, o por lo menos en Petropavlosk, en las islas Aleutianas, o en algún puerto del Pacífico, desde donde enviaría noticias... Ahora bien; los informes y las cartas que llegaron por vía Irkutsk tienen fecha siete de septiembre, es decir, que desde hace tres meses se ignora la suerte del buque...

De todo esto deduzco que no ha llegado a tiempo al estrecho de Bering... y que ha sufrido la suerte de todas las expediciones organizadas desde hace tres siglos para descubrir el paso Nordeste. He aquí mi deplorable conclusión.

– El Vega puede haberse visto obligado a invernar en los hielos, según las previsiones de Nordenskjold, observó el doctor.

– Evidentemente; pero ésta es la hipótesis más favorable, y una invernada supone tantos peligros, que casi equivale a naufragio. De todos modos hay un hecho indudable, y es que, si hemos de recibir noticias de la expedición, no será antes del verano próximo.

– ¿Por qué?

– Porque si el Vega está ahora entre los hielos, no podrá salir hasta junio o julio, en el caso más favorable.

– Es verdad, contestó el señor Bredejord.

– ¿Y qué deduces de tu razonamiento? preguntó el doctor, algo inquieto por el tono con que Erik hablaba.

– Que no puedo aguardar tanto para resolver una cuestión que es para mí de la mayor importancia...

– ¿Qué quieres hacer? ¡Es preciso aceptar lo inevitable!

– A menos que lo inevitable sea tan solo aparente, replicó Erik. Bien han llegado las cartas desde los mares árticos por la vía de Irkutsk; y siendo así, ¿por qué no podría recorrer el mismo camino?... Seguiría la costa de Siberia.... procuraría informarme con la gente del país para averiguar si habían oído decir algo sobre un buque náufrago o aprisionado en los hielos..., y tal vez llegaría a encontrar a Nordenskjold, a la vez que a Patricio O'Donoghan...

Es una empresa que, en mi concepto, vale la pena intentar.

– ¿En pleno invierno?

– ¿Por qué no? Es la estación favorable para viajar en trineo en las altas latitudes.

– Sí, pero olvidas que aún no estás en ellas, que la primavera llegará antes que tú.

– Es verdad, repuso Erik, obligado a reconocer la fuerza de esta objeción.

Y con la vista fija en el suelo, quedó absorto en sus reflexiones.

– ¡No importa—, exclamó de pronto. Es preciso encontrar a Nordenskjold, y con él a Patricio O'Donoghan... Y si no se les halla no será por culpa mía.

La idea de Erik era muy sencilla: reducíase a enviar a los diarios de Estocolmo una nota impersonal indicando la probabilidad de que el Vega hubiera naufragado o se hallase aprisionado en los hielos, y encareciendo la necesidad de ir en su busca.

El razonamiento era apremiante, y tan universal el interés que inspiraba la tentativa de Nordenskjold, que el joven estudiante no dudaba que el asunto se discutiría con calor en los círculos científicos; pero el efecto de la nota sobrepujó a sus esperanzas. Todos los diarios, sin excepción, comentáronla y la aprobaron; las sociedades científicas y la mayoría del país tomaron la cosa con empeño, y la opinión pública se pronunció con sin igual unanimidad en favor de una expedición de socorro. Muy pronto se organizaron comisiones, y abrióse una suscripción para prepararla; el comercio, la industria, las escuelas, los tribunales de justicia y todas las clases sociales, quisieron contribuir a la empresa. Un rico armador ofreció equipar a sus expensas un buque para ir en busca del Vega, al que se daría el nombre de Nordenskjold.

El entusiasmo aumentaba a medida que los días pasaban sin recibirse noticias de los expedicionarios, y ya a fines de diciembre los fondos de la suscripción ascendían a una cifra considerable. El doctor Schwaryencrona y el abogado Bredejord figuraban los primeros en la lista con diez mil kroners cada uno, y formaban parte de la junta directiva, habiéndose elegido a Erik para secretario.

El joven era realmente el alma de todo: por su humildad, su entusiasmo y su competencia evidente en todas las cuestiones relativas a la empresa que estudiaba incansablemente, adquirió muy pronto una influencia decisiva, y no había ocultado desde un principio que su sueño dorado era intervenir en la expedición, aunque sólo fuese en calidad de marinero. Dio a entender que tenía un interés personal y superior, y esto mismo dio más peso a todas las ideas que sugería a los organizadores de la empresa. Por eso se le confió la dirección de todos los preparativos.

Por lo pronto, se convino en agregar un segundo buque al Nordenskjold, a fin de que las pesquisas fuesen completas; y este buque, así como el Vega, debería ser de vapor, pues el célebre navegante sueco había demostrado que la causa principal del fracaso de todas las tentativas anteriores consistía en el uso de barcos de vela. En efecto, es del mayor interés para los viajeros árticos, sobre todo tratándose de una exploración, no estar subordinados al viento, poder contar con una celeridad suficiente para cuando se deba franquear un paso peligroso, y en particular hallarse siempre en es Lado de ir a buscar el mar libre: todas estas cosas son a menudo imposibles para el barco de vela.

Sentado este punto fundamental, se acordó además proteger el buque con una cubierta de encina verde de seis pulgadas de espesor, dividida en compartimentos calafateados, a fin de que no estuviese sujeto a las averías parciales ocasionadas por el choque de los hielos; también se convino en que tuviera poco calado, y todo se dispuso convenientemente para llevar una considerable cantidad de carbón.

De los barcos que se ofrecieron a la junta, el que más satisfizo fue una goleta de 540 toneladas, construida poco antes en Bremen, pues bastaría una tripulación de dieciocho hombres para maniobrarla fácilmente. Además de su correspondiente aparejo, la goleta debía llevar una máquina de vapor de ochenta caballos, y una hélice dispuesta de manera que se pudiera izar a bordo si los hielos la ponían en Peligro.

El horno de una de las calderas se adoptó para quemar aceites o grasas, fáciles de obtener en las regiones árticas «uando falta el carbón. El casco, protegido por un revestimiento de encina, se reforzó además con vigas transversales, a fin de que opusiese la mayor resistencia a la presión de los hielos; y, por último, la proa se acorazó y armó con un espolón de acero para abrirse camino entre las moles de hielo si su espesor no excedía del límite del calado.

La goleta, comprada y entregada en el arsenal, recibió el nombre de Alaska a causa de la dirección que debía seguir. En efecto, habíase acordado que el Nordenskjold tomase la ruta seguida por el Vega, mientras que su compañero marcharía por la parte opuesta a fin de abordar los mares siberianos por la península de Alaska y el estrecho de Bering. Las probabilidades de hallar la expedición sueca, si estaba en apuros, o de hallar sus huellas si había perecido, eran así mayores, puesto que, mientras uno de los buques iba en su seguimiento, el otro iría en cierto modo al encuentro.

Erik, a quien se debía esta idea, habíase preguntado a menudo cuál de las dos vías era preferible, y al fin se decidió por la segunda.

El Nordenskjold, pensó, seguiría la misma ruta que el Vega, y, por lo tanto, era indispensable que en la primera parte de su viaje obtuviera el mismo feliz éxito, aunque no fuese más que para doblar el cabo Cheliuskin; y nada aseguraba que consiguiera nunca llegar tan lejos, puesto que este resultado no se había alcanzado más que una sola vez. Por otra parte, según las últimas noticias, el Vega se hallaba ya a doscientas o trescientas leguas del estrecho de Bering; de modo que avanzando a su encuentro por esta vía había más probabilidades de encontrarlo. El Nordenskjold podía seguirlo durante varios meses sin darle alcance, aun poniéndose en el mejor caso; los que iban en sentido contrario, no dejarían de hallarlo, si existía todavía, puesto que iban por la costa siberiana.

Ahora bien; según la opinión de Erik, lo principal era encontrar al Vega cuanto antes fuese posible, a fin de ver también más pronto a Patricio O'Donoghan.

El doctor y el abogado Bredejord aprobaron todas estas razones cuando el joven las expuso.

Entretanto, los preparativos del Alaska se apresuraron todo lo posible: los víveres y el equipo se eligieron conforme a los principios consagrados por la experiencia: la tripulación se formó con marineros prácticos, endurecidos al frío en las campañas de pesca de Islandia o Groenlandia; y, por último, el comandante nombrado por la Junta era un oficial de la marina sueca, entonces al servicio de una compañía marítima, y bien conocido por sus viajes a los mares árticos: el teniente Marsilas, y llevaba como segundo a Erik, designado para este cargo por su energía al servicio de la empresa, y porque además le daba derecho a él su diploma de capitán de barco mercante. Los otros dos oficiales, marinos muy prácticos, eran los señores Rosewitz y Kjellquist.

El Alaska debía llevar materias explosivas para hacer saltar los hielos en caso necesario, y abundante provisión de conservas antiescorbúticas para luchar contra las enfermedades árticas; iba provisto igualmente de un calorífero, a fin de conservar en todas las latitudes una temperatura suave y regular, y también de ese observatorio portátil llamado "nido de cuervo", que se coloca en la extremidad del palo mayor, en la región de los hielos flotantes, para anunciar la aproximación de los icebergs. A instancias de Erik se adaptó a este observatorio un poderoso reflector eléctrico, alimentado por la misma máquina del buque, y que por la noche permitiera iluminar el camino. El Alaska llevaba además siete botes, dos de ellos balleneros y uno de vapor, seis trineos, un juego de raquetas de nieve para cada tripulante, cuatro cañones Gattling, treinta fusiles de repetición y las municiones necesarias.

Estos preparativos tocaban a su fin cuando maese Hersebom y su hijo Otto, llegando de Noroé con su perro Klaas, solicitaron el favor de ser admitidos en calidad de marineros a bordo del Alaska. Sabían por una carta de Erik el enorme interés personal que tenía en aquel viaje, y querían compartir los peligros con él.

Maese Hersebom hizo valer su conocimiento de las regiones de Groenlandia, y la utilidad de su perro para dirigir a los que se adquirieran después; Otto se recomendó a sí mismo por su robusta salud, su fuerza hercúlea y su abnegación. Gracias al apoyo del doctor y de Bredejord, padre e hijo fueron admitidos con su perro.

A principios de febrero de 1879 todo estaba ya preparado; de modo que el Alaska podía contar con cinco meses enteros para hallarse en el estrecho de Bering a fines de junio, época que se consideraba la más favorable para la exploración. Al efecto tomaría la ruta más directa, es decir, por el Mediterráneo, el canal de Suez, el Océano Indico y lo mares de China, haciendo escala, sucesivamente, para tomar carbón, en Gibraltar, Aden, Colombo, Singapur, Hong Kong, Yokohama y Petropavlosk. El Alaska debía enviar un telegrama a Estocolmo desde cada una de dichas ciudades, y, naturalmente, se había acordado que si en el intervalo se recibían noticias del Vega, se le daría aviso de ello.

El viaje del Alaska para emprender su expedición ártica iba a comenzar, pues, por una navegación a través de los mares tropicales y a lo largo de los continentes más favorecidos por el sol. Este programa no se había trazado por capricho, sino obedeciendo a una imperiosa necesidad, pues se trataba de llegar al estrecho de Bering por el camino más corto, manteniéndose hasta el último instante en comunicación con Estocolmo.

Sin embargo, una dificultad bastante grave amenazaba retardar la marcha. Se habían hecho tan bien las cosas para el abastecimiento del buque, que escaseaban los fondos necesarios para satisfacer los créditos indispensables da la expedición, pues sería preciso efectuar grandes compras de combustible y atender a otros diversos gastos. No había más remedio que reunir nuevos fondos, así es que la Junta no pudo menos de tomar muy en consideración la llegada de dos cartas conteniendo valores, que se recibieron el 2 de febrero.

La primera era del señor Malarius, maestro en Noroé, miembro de la Sociedad de Botánica;

acompañábala un billete de cien kroners, y solicitaba en ella ser agregado, en calidad de naturalista, a la expedición del Alaska.

La segunda contenía un cheque de veinticinco mil kroners, y solo aparecían escritas estas lacónicas palabras: "Para el viaje del Alaska.—De parte del señor Tudor Brown, a condición de que se le admita como pasajero."

Sürgöny

Feladóhivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

0 szó · díj: 0 krajcár (a pontokból STOP lesz)