Dos años de vacaciones

Capítulo 23

La colonia estaba al completo y se había visto aumentada con un nuevo miembro: la buena Kate, arrojada a las costas de la isla Chairman por un espantoso drama de mar. Además, desde ese momento, la concordia iba a reinar en French-den, concordia que nada debería perturbar en adelante. Si Doniphan sentía aún cierto pesar por no ser el jefe de los jóvenes colonos, al menos había vuelto a ellos por entero. Sí, aquella separación de dos o tres días había dado sus frutos. Más de una vez ya, sin decir nada a sus camaradas, sin querer reconocer sus errores, cuando el amor propio hablaba en él más alto que el interés, había comprendido no obstante a qué necedad le conducía su obstinación. Por otro lado, Wilcox, Cross y Webb no dejaban de sentir la misma impresión. Así pues, después del valor que Briant había demostrado en su favor, Doniphan se había abandonado a sus buenos sentimientos, de los que jamás volvería a apartarse.

Por lo demás, peligros muy serios amenazaban French-den, expuesto a los ataques de siete malhechores, corpulentos y armados. Sin duda, el interés de Walston era intentar abandonar la isla Chairman cuanto antes; pero si llegaba a sospechar la existencia de una pequeña colonia bien provista de todo lo que le faltaba, no dudaría en lanzar una agresión en la que todas las ventajas serían para él. Los jóvenes colonos se vieron obligados a tomar minuciosas precauciones, a no alejarse del río Zealand, a no aventurarse por los alrededores del lago Family sin necesidad mientras Walston y su banda no hubieran abandonado la isla.

Y ante todo, había que saber si, durante su regreso de las costas del Severn a Bear-rock, Doniphan, Cross, Webb y Wilcox no habían observado nada que pudiera hacerles sospechar la presencia de los marineros del Severn.

– Nada —respondió Doniphan—. A decir verdad, para volver a la desembocadura del East-river no seguimos el camino que habíamos tomado al ir hacia el norte.

– Sin embargo, es seguro que Walston se alejó en dirección al este —observó Gordon.

– De acuerdo —respondió Doniphan—, pero debió de costear, mientras nosotros regresábamos directamente por el Beechs-forest. Tomad el mapa y veréis que la isla forma una curva muy pronunciada por encima de Deception-bay. Hay allí una vasta comarca donde esos malhechores han podido buscar refugio, sin alejarse demasiado del lugar donde dejaron su chalupa. A propósito, ¿quizá Kate pudiera decirnos poco más o menos en qué parajes se halla situada la isla Chairman?

Kate, interrogada ya sobre esta cuestión por Gordon y Briant, no les había podido responder nada. Tras el incendio del Severn, cuando el contramaestre Evans tomó el timón de la lancha, maniobró para aproximarse lo más posible al continente americano, del que la isla Chairman no podía estar muy alejada. Ahora bien, nunca había pronunciado el nombre de aquella isla adonde la tempestad le había empujado. Sin embargo, como los numerosos archipiélagos de la costa no debían de estar sino a una distancia relativamente corta, había razones muy plausibles para que Walston quisiera intentar alcanzarlos y, mientras tanto, para que le interesara permanecer en el litoral oriental. En efecto, en caso de conseguir poner su embarcación en condiciones de navegar, no le costaría gran trabajo dirigirse hacia alguna tierra de Sudamérica.

– A menos —observó Briant— que Walston, al llegar a la desembocadura del East-river y encontrar allí rastros de tu paso, Doniphan, no se le ocurra la idea de proseguir sus pesquisas.

– ¿Qué rastros? —respondió Doniphan—. ¿Un montón de cenizas apagadas? ¿Y qué podría concluir de eso? ¿Que la isla está habitada? Pues bien, en ese caso, esos miserables no pensarían más que en ocultarse...

– Sin duda —replicó Briant—, a menos que descubran que la población de la isla se reduce a un puñado de niños. ¡No hagamos pues nada que pueda revelarles quiénes somos! Lo que me lleva a preguntarte, Doniphan, si tuviste ocasión de disparar algunos tiros durante tu regreso a la bahía Deception.

– No, y extraordinariamente —respondió Doniphan sonriendo—, pues soy un poco demasiado aficionado a la pólvora. Desde que abandonamos la costa ibamos bien provistos de caza, y ningún disparo pudo delatar nuestra presencia. Anoche, Wilcox estuvo a punto de dispararle al jaguar; pero, por fortuna, llegaste a tiempo para impedírselo, Briant, y salvaste mi vida arriesgando la tuya.

– Te lo repito, Doniphan: no hice sino lo que tú habrías hecho en mi lugar. Y en adelante, ¡ni un solo disparo de fusil! Dejemos también de visitar el Traps-woods y vivamos de nuestras reservas.

Huelga decir que, desde su llegada a French-den, Briant recibió todos los cuidados que requería su herida, cuya cicatrización quedó pronto completa. No le quedó más que cierta molestia en el brazo, molestia que no tardó en desaparecer.

Entretanto, el mes de octubre había terminado y Walston no había sido avistado en los alrededores del río Zealand. ¿Había partido, pues, tras reparar su lancha? No era imposible, pues debía de poseer un hacha —Kate así lo recordó— y podía servirse también de esos sólidos cuchillos que los marineros llevan siempre en el bolsillo, ya que la madera no escaseaba en las proximidades de las costas del Severn.

Sin embargo, ante la incertidumbre en que se hallaban al respecto, hubo que modificar la vida ordinaria. Ninguna excursión lejana, salvo el día en que Baxter y Doniphan fueron a derribar el mástil de señales que se alzaba en la cresta de Auckland-hill.

Desde aquel punto, Doniphan recorrió con su catalejo las masas de vegetación que se extendían hacia el levante. Aunque su mirada no pudiera alcanzar el litoral, oculto tras la pantalla del Beechs-forest, si alguna columna de humo se hubiera elevado en el aire, la habría visto sin duda, lo que habría indicado que Walston y los suyos acampaban en aquella parte de la isla. Doniphan no vio nada en aquella dirección, ni tampoco frente a la bahía Sloughi, cuyos parajes seguían desiertos.

Desde que quedaron prohibidas las excursiones y hubo que dejar los fusiles en reposo, los cazadores de la colonia se habían visto obligados a renunciar a su ejercicio favorito. Por fortuna, las trampas y lazos tendidos en los alrededores de French-den proporcionaban caza en cantidad suficiente. Por lo demás, los tinamúes y las avutardas se habían multiplicado tanto en el corral que Service y Garnett se vieron obligados a sacrificar un buen número. Como se había hecho una cosecha muy abundante de hojas del árbol del té, así como de aquella savia de arce que se transforma tan fácilmente en azúcar, no fue preciso subir hasta el Dike-creek para renovar esas provisiones. Y aún más: si llegaba el invierno antes de que los jóvenes colonos hubieran recobrado su libertad, estaban ampliamente provistos de aceite para sus faroles, de conservas y de caza para su despensa. Solo tendrían que reponer el stock de combustible, acarreando la leña cortada en los bosquecillos del Bog-woods, y sin exponerse demasiado, siguiendo la orilla del río Zealand.

Por aquella época, un nuevo descubrimiento vino a acrecentar el bienestar de French-den.

Ese descubrimiento no se debió a Gordon, aunque era muy entendido en cuestiones de botánica. ¡No! El mérito correspondió por entero a Kate.

En el límite del Bog-woods había cierto número de árboles que medían entre quince y dieciocho metros de altura. Si el hacha los había respetado hasta entonces era porque su madera, muy fibrosa, habría alimentado mediocremente los hogares del hall y del recinto. Lucían hojas de forma oblonga que se alternaban en los nudos de sus ramas y cuyo extremo terminaba en una punta aguda.

La primera vez —el 25 de octubre— que Kate vio uno de aquellos árboles, exclamó:

– ¡Eh!... ¡Si es el árbol de la vaca!

Dole y Costar, que la acompañaban, soltaron una franca carcajada.

– ¿Cómo, el árbol de la vaca? —dijo uno.

– ¿Es que se lo comen las vacas? —dijo el otro.

– No, pequeñines, no —respondió Kate—. Si se llama así es porque da leche, ¡y una leche mejor que la de vuestras vicuñas!

Al regresar a French-den, Kate comunicó a Gordon su descubrimiento. Gordon llamó de inmediato a Service y los dos volvieron con Kate al lindero del Bog-woods. Tras examinar el árbol en cuestión, Gordon pensó que debía de ser uno de esos «galactendros» que crecen en bastante cantidad en los bosques del norte de América, y no se equivocaba.

¡Valioso descubrimiento! En efecto, basta con hacer una incisión en la corteza de esos galactendros para que brote un jugo de aspecto lechoso con el sabor y las propiedades nutritivas de la leche de vaca. Además, cuando se deja coagular ese jugo, forma una especie de excelente queso, al tiempo que produce una cera muy pura, comparable a la cera de las abejas, con la que se pueden fabricar velas de buena calidad.

– Pues bien —exclamó Service—, si es un árbol de la vaca, o mejor dicho un árbol-vaca, ¡hay que ordeñarlo!

Y sin saberlo, el jovial muchacho acababa de emplear la misma expresión que usan los indios, pues estos dicen corrientemente: «Vamos a ordeñar el árbol.»

Gordon hizo una incisión en la corteza del galactendro y brotó un jugo del que Kate recogió cerca de un litro en un recipiente que había traído.

Era un hermoso líquido blanquecino, de aspecto muy apetitoso, que encierra los mismos elementos que la leche de vaca. Es incluso más nutritivo, más consistente y también de sabor más agradable. El recipiente quedó vacío en un instante en French-den, y Costar se untó la boca como un gatito. Ante la idea de todo lo que haría con aquella nueva sustancia, Moko no ocultó su satisfacción. Por lo demás, no tendría que escatimarla. No estaba lejos el «rebaño» de galactendros que le proporcionaría abundantemente aquella leche vegetal.

En verdad, no puede repetirse demasiado: la isla Chairman podría bastar a las necesidades de una numerosa colonia. La existencia de los jóvenes estaba asegurada allí, incluso durante mucho tiempo. Además, la llegada de Kate entre ellos, los cuidados que podían esperar de aquella mujer entregada, hacia la que sentían un afecto maternal, todo se aunaba para hacerles la vida más fácil.

¡Lástima que la seguridad de antaño quedara ahora perturbada en la isla Chairman! ¡Cuántos descubrimientos habrían hecho sin duda Briant y sus camaradas organizando exploraciones por las partes desconocidas del este, a las que se veían obligados a renunciar por el momento! ¿Les sería dado algún día reanudar sus excursiones, sin más temor que el encuentro de algunas fieras, menos peligrosas, ciertamente, que esas fieras de rostro humano contra las que debían guardarse noche y día?

Sin embargo, hasta los primeros días de noviembre no se había encontrado ningún rastro sospechoso en los alrededores de French-den. Briant se preguntaba incluso si los marineros del Severn seguían en la isla. Y sin embargo, ¿no había comprobado Doniphan con sus propios ojos en qué mal estado se encontraba la lancha, con el mástil roto, el velamen hecho jirones y el casco destrozado por las puntas del arrecife? Es cierto que, si la isla Chairman estaba próxima a un continente o a un archipiélago —y el contramaestre Evans no podía ignorarlo—, quizás la lancha, reparada como buenamente se pudo, hubiera quedado en condiciones de realizar una travesía relativamente corta. Era admisible, pues, que Walston hubiera optado por abandonar la isla. Sí, y era eso lo que convenía averiguar antes de retomar la vida habitual.

En varias ocasiones, Briant había tenido la idea de ir de reconocimiento por la región situada al este del lago Family. Doniphan, Baxter y Wilcox no pedían otra cosa que acompañarle. Pero correr el riesgo de caer en poder de Walston y revelarle así con qué adversarios poco temibles tendría que vérselas habría acarreado las consecuencias más funestas. Por eso Gordon, cuyos consejos eran siempre escuchados, disuadió a Briant de aventurarse en las profundidades del Beechs-forest.

Fue entonces cuando Kate hizo una propuesta que no presentaba ninguno de esos peligros.

– Señor Briant —dijo ella una tarde, cuando todos los jóvenes colonos estaban reunidos en el hall—, ¿me permite usted ausentarme mañana al amanecer?

– ¿Ausentarse, Kate? —respondió Briant.

– ¡Sí! No podéis seguir por más tiempo en la incertidumbre, y para saber si Walston sigue en la isla, me ofrezco a ir al lugar donde fuimos arrojados por la tempestad. Si la lancha sigue allí, es que Walston no ha podido partir. Si no está, es que ya no tenéis nada que temer de él.

– Lo que usted propone hacer, Kate —respondió Doniphan—, es exactamente lo que Briant, Baxter, Wilcox y yo habíamos propuesto hacer nosotros mismos.

– Sin duda, señor Doniphan —respondió Kate—. Pero lo que es peligroso para vosotros no puede serlo para mí.

– Sin embargo, Kate —dijo Gordon—, ¿y si vuelve a caer en manos de Walston?

– Pues bien —respondió Kate—, me encontraré en la misma situación en que estaba antes de escapar, ¡nada más!

– ¿Y si ese miserable se deshace de usted, cosa que es más que probable? —dijo Briant.

– Puesto que me escapé una primera vez —respondió Kate—, ¿por qué no he de escaparme una segunda, sobre todo ahora que conozco el camino de French-den? Y aún más: si consiguiera huir en compañía de Evans, a quien habría puesto al corriente de todo lo que os concierne, ¡de qué utilidad, de qué socorro no sería para vosotros el valiente contramaestre!

– Si Evans hubiera tenido la posibilidad de escaparse —respondió Doniphan—, ¿no lo habría hecho ya? ¿No le interesa salvarse?

– Doniphan tiene razón —dijo Gordon—. Evans conoce el secreto de Walston y sus cómplices, que no dudarán en matarle cuando ya no lo necesiten para llevar la lancha hacia el continente americano. Por tanto, si no les ha dado esquinazo, es porque está vigilado de cerca.

– O porque ya ha pagado con su vida un intento de fuga —respondió Doniphan—. Así que, Kate, en el caso de que la capturasen de nuevo...

– Creed —respondió Kate— que haré todo lo posible por no dejarme capturar.

– Sin duda —respondió Briant—, pero jamás os permitiremos correr ese riesgo. ¡No! Más vale buscar un medio menos peligroso para saber si Walston sigue en la isla Chairman.

Rechazada la propuesta de Kate, no quedaba más que mantenerse en guardia sin cometer ninguna imprudencia. Evidentemente, si Walston estaba en condiciones de abandonar la isla, lo haría antes de la mala estación, para alcanzar alguna tierra donde él y los suyos serían acogidos como siempre se acoge a los náufragos, vengan de donde vengan.

Por lo demás, aun admitiendo que Walston siguiera allí, no parecía que tuviera intención de explorar el interior. En varias ocasiones, en noches oscuras, Briant, Doniphan y Moko recorrieron el lago Family con la yola, y jamás sorprendieron el resplandor de un fuego sospechoso, ni en la orilla opuesta ni bajo los árboles que se agrupaban junto al East-river.

Sin embargo, era muy penoso vivir en aquellas condiciones, sin salir del espacio comprendido entre el río Zealand, el lago, el bosque y el acantilado. Por eso Briant pensaba sin cesar en el modo de cerciorarse de la presencia de Walston y de descubrir al mismo tiempo en qué lugar había establecido el fuego de su campamento. Para reconocerlo, quizá bastara con elevarse a cierta altura durante la noche.

En eso pensaba Briant, y ese pensamiento se había convertido en él en una obsesión. Por desgracia, salvo el acantilado, cuya cresta más alta no superaba los sesenta metros de altitud, la isla Chairman no encerraba ninguna otra colina de cierta importancia. Doniphan y dos o tres más habían subido en numerosas ocasiones a la cumbre de Auckland-hill; pero desde ese punto ni siquiera se divisaba la otra orilla del lago Family. Por lo tanto, ninguna columna de humo, ningún resplandor habría podido asomar en el este por encima del horizonte. Habría sido necesario elevarse algunos centenares de metros más para que el campo visual pudiera extenderse hasta las primeras rocas de la bahía Deception.

Fue entonces cuando a Briant se le ocurrió una idea tan arriesgada —podría decirse que insensata— que la rechazó en un primer momento. Pero le asedió con tal obstinación que acabó por grabarse en su cerebro.

No se ha olvidado: la operación del cometa había quedado en suspenso. Tras la llegada de Kate, portadora de la noticia de que los náufragos del Severn vagaban por la costa oriental, hubo que renunciar al proyecto de elevar por los aires un aparato que habría podido verse desde todos los puntos de la isla.

Pero, puesto que el cometa ya no podía utilizarse como señal, ¿no era posible emplearlo para llevar a cabo aquel reconocimiento tan necesario para la seguridad de la colonia?

¡Sí! En eso se obstinaba la imaginación de Briant. Recordaba haber leído en un periódico inglés que, hacia finales del siglo pasado, una mujer había tenido la audacia de elevarse por los aires suspendida de un cometa fabricado especialmente para aquella peligrosa ascensión.

¡Pues bien! Lo que una mujer había hecho, ¿no se atrevería a intentarlo un muchacho? Que su intento ofreciera ciertos peligros, poco importaba. ¡Los riesgos no eran nada comparados con los resultados que sin duda se obtendrían! Tomando todas las precauciones que la prudencia exigía, ¿no había muchas posibilidades de que la operación saliera bien? Por eso Briant, aunque no estaba en condiciones de calcular matemáticamente la fuerza ascensional que necesitaría un aparato de ese tipo, se repetía que ese aparato existía, que bastaría con darle mayores dimensiones y hacerlo más sólido. Y entonces, en plena noche, elevándose algunos centenares de metros por los aires, quizás se conseguiría descubrir el resplandor de un fuego en la parte de la isla comprendida entre el lago y la bahía Deception.

¡Que nadie se encoja de hombros ante la idea de ese valiente y audaz muchacho! Bajo el dominio de aquella obsesión, había llegado a creer que su proyecto no solo era practicable —y lo era, sin duda alguna—, sino menos peligroso de lo que a primera vista parecía.

Por tanto, ya no se trataba más que de conseguir que sus camaradas lo adoptaran. Y en la tarde del día 4, después de pedir a Gordon, Doniphan, Wilcox, Webb y Baxter que vinieran a conferenciar con él, les dio a conocer su propuesta de utilizar el cometa.

– ¿Utilizarlo? —respondió Wilcox—. ¿Y cómo lo entiendes? ¿Lanzándolo al aire?

– Evidentemente —respondió Briant—, puesto que está hecho para eso.

– ¿De día? —preguntó Baxter.

– No, Baxter, porque no escaparía a la vista de Walston, mientras que de noche...

– Pero si le cuelgas un farol —respondió Doniphan—, llamará igualmente su atención.

– Pues no le pondré ningún farol.

– Entonces, ¿para qué servirá? —preguntó Gordon.

– ¡Para poder ver si la gente del Severn sigue en la isla!

Y Briant, no sin cierta inquietud de que su proyecto fuera acogido con cabeceos poco alentadores, lo expuso en pocas palabras.

Sus camaradas no pensaron en reírse. No tenían ninganas ganas de hacerlo y, salvo Gordon quizá, que se preguntaba si Briant hablaba en serio, los demás parecieron muy dispuestos a darle su aprobación. ¡Y con razón! Aquellos muchachos estaban ya tan habituados al peligro que una ascensión nocturna intentada en esas condiciones les pareció perfectamente realizable. Por lo demás, todo lo que fuera de naturaleza a devolverles su seguridad de antes estaban bien resueltos a emprenderlo.

– Sin embargo —observó Doniphan—, para el cometa que hemos construido, ¿no será demasiado pesado el peso de uno de nosotros?

– Evidentemente —respondió Briant—. Por eso habrá que agrandar y reforzar a la vez nuestra máquina.

– Lo que queda por ver —dijo Wilcox— es si un cometa podrá resistir...

– ¡No hay duda! —afirmó Baxter.

– Además, ya se ha hecho —añadió Briant.

Y citó el caso de aquella mujer que, unos cien años atrás, había probado la experiencia, no sin éxito.

Luego:

– Todo depende —añadió— de las dimensiones del aparato y de la fuerza del viento en el momento de la partida.

– Briant —preguntó Baxter—, ¿a qué altura crees que convendría llegar?

– Imagino que ascendiendo a ciento ochenta o doscientos metros —respondió Briant— se vería un fuego encendido en cualquier parte de la isla.

– ¡Pues hay que hacerlo! —exclamó Service—. ¡Y sin esperar más! Ya voy estando harto de no poder ir y venir a mi antojo.

– ¡Y nosotros, de no poder visitar nuestras trampas! —añadió Wilcox.

– ¡Y yo, de no poder disparar ni un solo tiro de fusil! —replicó Doniphan.

– ¡Pues para mañana! —dijo Briant.

Luego, cuando se quedó a solas con Gordon:

– ¿Es en serio —le preguntó este— que piensas en esa aventura?

– Quiero al menos intentarlo, Gordon.

– ¡Es una operación peligrosa!

– Quizá menos de lo que se cree.

– ¿Y quién de nosotros consentirá en arriesgar su vida en esa tentativa?

– Tú, el primero, Gordon —respondió Briant—. ¡Sí, tú mismo, si la suerte te señala!

– ¿De modo que te fiarás de la suerte, Briant?

– ¡No, Gordon! Es preciso que quien se sacrifique lo haga por propia voluntad.

– ¿Ya has hecho tu elección, Briant?

– ¡Quizá!

Y Briant estrechó la mano de Gordon.

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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