Capítulo 2
En aquel momento, el espacio, libre ya de la cortina de brumas, permitía abarcar con la vista un vasto radio en torno a la goleta. Las nubes seguían arrastradas a toda velocidad; el vendaval no había perdido aún nada de su furia. Quizá, sin embargo, estaba descargando sus últimos golpes sobre aquellos ignotos parajes del océano Pacífico.
Cabía esperarlo, pues la situación no ofrecía menos peligros que durante la noche, cuando el Sloughi se debatía contra los embates del mar abierto. Reunidos unos junto a otros, aquellos niños debían de creerse perdidos cada vez que alguna ola rompía por encima de las bordas y los cubría de espuma. Los golpes eran tanto más violentos cuanto que la goleta no podía esquivarlos. Sin embargo, aunque estremecía hasta en sus cuadernas con cada impacto, no parecía que su costado se hubiera abierto, ni al talonar en el talud de los arrecifes, ni en el momento en que había quedado prácticamente encajada entre las cabezas de roca. Briant y Gordon, después de bajar a los camarotes, habían comprobado que el agua no penetraba en el interior de la bodega.
Así pues, tranquilizaron a sus compañeros lo mejor que pudieron, en especial a los pequeños.
– ¡No tengáis miedo! —repetía Briant sin cesar—. ¡El yate es sólido!… ¡La costa no está lejos!… ¡Esperemos y buscaremos la manera de llegar a la playa!
– ¿Y por qué esperar? —preguntó Doniphan.
– Sí… ¿por qué? —añadió otro chico de unos doce años llamado Wilcox—. Doniphan tiene razón… ¿Por qué esperar?
– ¡Porque el mar está todavía demasiado bravo y nos estrellaría contra las rocas! —respondió Briant.
– ¿Y si el yate se destroza? —exclamó un tercer muchacho llamado Webb, de más o menos la misma edad que Wilcox.
– No creo que haya que temer eso —replicó Briant—, al menos mientras baje la marea. Cuando haya retrocedido todo lo que el viento permita, nos ocuparemos del salvamento.
Briant tenía razón. Aunque las mareas son relativamente poco importantes en el océano Pacífico, pueden producir una diferencia de nivel bastante notable entre las pleamares y las bajamares. Convenía, pues, esperar unas horas, sobre todo si el viento amainaba. Quizá la bajamar dejara en seco parte del banco de arrecifes. Sería entonces menos peligroso abandonar la goleta y más fácil recorrer el cuarto de milla que los separaba de la orilla.
Sin embargo, por muy razonable que fuera ese consejo, Doniphan y dos o tres más no parecieron dispuestos a seguirlo. Se agruparon a proa y hablaron en voz baja. Lo que resultaba ya claramente evidente era que Doniphan, Wilcox, Webb y un muchacho llamado Cross no parecían tener intención de entenderse con Briant. Durante la larga travesía del Sloughi, si habían consentido en obedecerle, era porque Briant, como ya se ha dicho, tenía cierta experiencia en la navegación. Pero siempre habían tenido en mente que, en cuanto estuvieran en tierra, recobrarían su libertad de acción; sobre todo Doniphan, quien, en cuanto a instrucción e inteligencia, se creía superior a Briant y a todos los demás compañeros. Por lo demás, esa rivalidad de Doniphan hacia Briant venía de antiguo, y por el mero hecho de que este era francés, unos jóvenes ingleses difícilmente iban a estar dispuestos a soportar su ascendiente.
Era, pues, de temer que semejantes disposiciones agravaran aún más una situación ya de por sí tan inquietante.
Con todo, Doniphan, Wilcox, Cross y Webb contemplaban aquella extensión de espuma surcada de remolinos y corrientes que parecía muy peligrosa de atravesar. El nadador más diestro no habría resistido el batir de la resaca en la marea menguante que el viento contraría. El consejo de esperar unas horas no estaba, pues, sino demasiado justificado. Doniphan y sus compañeros tuvieron que rendirse a la evidencia y, al final, regresaron a popa donde se encontraban los más pequeños.
Briant decía entonces a Gordon y a algunos de los que le rodeaban:
– ¡A ningún precio nos separemos!… ¡Permanezcamos juntos o estamos perdidos!…
– ¡No pretenderás darnos órdenes! —exclamó Doniphan, que acababa de escucharle.
– No pretendo nada —respondió Briant—, salvo que hay que actuar de común acuerdo para la salvación de todos.
– ¡Briant tiene razón! —añadió Gordon, un muchacho frío y serio que nunca hablaba sin haber reflexionado bien.
– ¡Sí!… ¡Sí!… —exclamaron dos o tres de los pequeños, a quienes un instinto secreto empujaba a acercarse a Briant.
Doniphan no replicó; pero sus compañeros y él persistieron en mantenerse aparte, a la espera del momento de proceder al salvamento.
Y ahora bien, ¿qué era aquella tierra? ¿Pertenecía a alguna de las islas del océano Pacífico o a algún continente? Esta pregunta no podía resolverse, dado que el Sloughi se encontraba demasiado cerca del litoral para poder observarlo en un perímetro suficiente. Su concavidad formaba una amplia bahía cerrada por dos promontorios: uno bastante elevado y cortado a pico hacia el norte, el otro afilado en punta hacia el sur. Pero más allá de esos dos cabos, ¿se curvaba el mar de modo que bañara los contornos de una isla? Eso fue lo que Briant intentó reconocer en vano con uno de los catalejos de a bordo.
En efecto, en el caso de que aquella tierra fuera una isla, ¿cómo lograrían abandonarla si era imposible poner a flote la goleta, que la marea creciente no tardaría en destrozar arrastrándola sobre los arrecifes? Y si esa isla estaba desierta —las hay en los mares del Pacífico—, ¿cómo aquellos niños, reducidos a sus propios medios y contando solo con lo que hubieran podido rescatar de las provisiones del yate, harían frente a las necesidades de la existencia?
En un continente, en cambio, las posibilidades de salvación habrían aumentado considerablemente, dado que ese continente no podría ser otro que el de América del Sur. Allí, a través de los territorios de Chile o Bolivia, encontrarían auxilio, si no de inmediato, al menos unos días después de pisar tierra. Cierto que en ese litoral próximo a las Pampas cabían muchos encuentros peligrosos. Pero de momento solo se trataba de alcanzar tierra firme.
El tiempo estaba suficientemente despejado para dejar ver todos los detalles. Se distinguía nítidamente el primer plano de la playa, el acantilado que la enmarcaba por detrás, así como las masas de árboles agrupados a su base. Briant señaló incluso la desembocadura de un río a la derecha de la orilla.
En suma, si el aspecto de aquella costa no tenía nada de especialmente atractivo, el telón de verdor indicaba cierta fertilidad, comparable a la de las zonas de latitud media. Sin duda, más allá del acantilado, al abrigo de los vientos del mar abierto, la vegetación, encontrando un suelo más favorable, debía desarrollarse con algún vigor.
En cuanto a si estaba habitada, no parecía que lo estuviera aquella parte de la costa. No se veía ni casa ni choza, ni siquiera junto a la desembocadura del río. Quizá los indígenas, si los había, residían preferentemente en el interior del país, donde estaban menos expuestos a los violentos embates de los vientos del oeste.
– ¡No distingo el menor rastro de humo! —dijo Briant, bajando el catalejo.
– ¡Y no hay ni una sola embarcación en la playa! —observó Moko.
– ¿Cómo la habría, si no hay puerto? —replicó Doniphan.
– No es necesario que haya un puerto —respondió Gordon—. Unas barcas de pesca pueden encontrar refugio en la entrada de un río, y bien podría ser que la tempestad las hubiera obligado a retroceder hacia el interior.
La observación de Gordon era acertada. En cualquier caso, por una razón o por otra, no se descubrió ninguna embarcación, y en realidad aquella parte del litoral parecía estar absolutamente despoblada. ¿Sería habitable en caso de que los jóvenes náufragos tuvieran que quedarse en ella algunas semanas? Era lo que debían considerar antes que nada.
Entretanto, la marea iba retrocediendo poco a poco; muy lentamente, cierto es, pues el viento de alta mar le oponía resistencia, aunque parecía amainar girando hacia el noroeste. Importaba, pues, estar listos para el momento en que el banco de arrecifes ofreciera un paso practicable.
Eran cerca de las siete. Cada cual se afanó en subir a cubierta los objetos de primera necesidad, sin perjuicio de recoger los demás cuando el mar los arrojara a la costa. Pequeños y grandes pusieron manos a la obra. A bordo había un aprovisionamiento bastante considerable de conservas, galletas y carnes en salazón o ahumadas. Se hicieron fardos con ellas, destinados a repartirse entre los mayores, a quienes correspondería la tarea de transportarlos a tierra.
Pero, para que ese transporte pudiera llevarse a cabo, era necesario que el banco de arrecifes quedara en seco. ¿Ocurriría así con la bajamar, y sería suficiente el reflujo para dejar las rocas despejadas hasta la orilla?
Briant y Gordon se aplicaron a observar el mar con atención. Con el cambio en la dirección del viento, la calma comenzaba a notarse y los borbotones del oleaje empezaban a apaciguarse. Así pues, resultaba ya fácil apreciar el descenso de las aguas a lo largo de las puntas emergentes. Por lo demás, la goleta acusaba los efectos de ese descenso escorándose cada vez más a babor. Era incluso de temer, si la escora seguía aumentando, que se tumbara sobre el costado, pues era muy fina de formas, con varengas elevadas y gran altura de quilla, como los yates de alta marcha. En ese caso, si el agua invadía su cubierta antes de que pudieran abandonarla, la situación sería extremadamente grave.
¡Cuánto era de lamentar que los botes hubieran sido arrastrados durante la tempestad! Con esas embarcaciones, capaces de contenerlos a todos, Briant y sus compañeros habrían podido intentar ya alcanzar la costa. Y además, ¡qué facilidad para establecer comunicación entre el litoral y la goleta, para transportar tantos objetos útiles que de momento habría que dejar a bordo! Y si la noche siguiente el Sloughi se hacía pedazos, ¿qué valdrían sus restos una vez que la resaca los hubiera rodado entre los arrecifes? ¿Podría aprovecharse todavía? ¿Las provisiones que quedaran no estarían completamente inutilizadas? ¿No quedarían pronto los jóvenes náufragos reducidos únicamente a los recursos de aquella tierra?
¡Era una circunstancia muy desgraciada el no disponer ya de ninguna embarcación para realizar el salvamento!
De repente, estallaron gritos a proa. Baxter acababa de hacer un descubrimiento que no carecía de importancia.
El bote de la goleta, que se creía perdido, se encontraba trabado entre los arraigales del bauprés. Ese bote, ciertamente, no podía llevar sino a cinco o seis personas; pero, como estaba intacto —lo que se comprobó una vez que se lo hubo subido a cubierta—, no sería imposible utilizarlo en caso de que el mar no permitiera atravesar los rompientes a pie enjuto. Convenía, por tanto, esperar a que la marea estuviera en su punto más bajo; sin embargo, de ello se siguió una viva discusión en la que Briant y Doniphan volvieron a enfrentarse.
En efecto, Doniphan, Wilcox, Webb y Cross, tras apoderarse del bote, se disponían a echarlo por la borda cuando Briant se acercó a ellos.
– ¿Qué pretendéis hacer? —preguntó.
– ¡Lo que nos parezca! —respondió Wilcox.
– ¿Embarcaros en ese bote?
– Sí —replicó Doniphan—, ¡y no serás tú quien nos lo impida!
– Seré yo —respondió Briant—, yo y todos aquellos a quienes queréis abandonar.
– ¿Abandonar? ¿Dónde ves eso? —respondió Doniphan con altivez—. No quiero abandonar a nadie, ¿me oyes?… Una vez en la playa, uno de nosotros traerá el bote de vuelta…
– ¿Y si no puede volver? —exclamó Briant, que se contenía a duras penas—. ¿Y si se hace pedazos contra esas rocas?…
– ¡Embarcaos!… ¡Embarcaos! —respondió Webb, que acababa de apartar a Briant de un empujón.
Luego, ayudado por Wilcox y Cross, levantó la embarcación para echarla al mar.
Briant la agarró por uno de sus extremos.
– ¡No os embarcaréis! —dijo.
– ¡Eso está por ver! —respondió Doniphan.
– ¡No os embarcaréis! —repitió Briant, decidido a resistir en nombre del interés común—. El bote debe reservarse ante todo para los más pequeños, si queda demasiada agua con la bajamar para poder llegar a la orilla…
– ¡Déjanos en paz! —exclamó Doniphan, arrastrado por la cólera—. Te lo repito, Briant, ¡no serás tú quien nos impida hacer lo que queramos!
– ¡Y yo te repito —exclamó Briant— que seré yo, Doniphan!
En esa disputa, Wilcox, Webb y Cross iban naturalmente a tomar partido por Doniphan, mientras que Baxter, Service y Garnett se pondrían del lado de Briant. De ello podían derivarse consecuencias lamentables cuando Gordon intervino.
– ¡Vamos! ¡Vamos! —dijo—. Un poco de paciencia, Doniphan. ¿Ves bien que el mar está todavía demasiado bravo y que arriesgamos perder el bote?
– ¡Lo que no quiero —exclamó Doniphan— es que Briant nos dé órdenes, como tiene por costumbre desde hace algún tiempo!
– ¡No!… ¡No!… —replicaron Cross y Webb.
– No pretendo dar órdenes a nadie —respondió Briant—; pero tampoco dejaré que nadie las dé, cuando se trate del interés de todos.
– ¡Nos preocupa tanto como a ti! —replicó Doniphan—. Y ahora que estamos en tierra…
– Todavía no, por desgracia —respondió Gordon—. Doniphan, no te empeñes, y esperemos un momento favorable para utilizar el bote.
Muy oportunamente, Gordon había ejercido de moderador entre Doniphan y Briant —lo que le había ocurrido más de una vez ya—, y sus compañeros cedieron a su razonamiento.
La marea había bajado entonces unos sesenta centímetros. ¿Existía un canal entre los rompientes? Eso hubiera sido muy conveniente comprobar.
Briant, pensando que podría hacerse una idea más exacta de la posición de las rocas observándolas desde el palo de trinquete, se dirigió hacia la proa del yate, cogió los obenques de estribor y, a fuerza de muñecas, se izó hasta las crucetas.
A través del banco de arrecifes se dibujaba un paso cuya dirección quedaba señalada por las puntas que emergían a uno y otro lado, y que habría que seguir si se intentaba alcanzar la playa embarcándose en el bote. Pero a esa hora había todavía demasiados remolinos y corrientes en la superficie de los rompientes para poder servirse de él con éxito. Inevitablemente, habría ido a estrellarse contra alguna punta en un instante. Por lo demás, más valía esperar, por si el repliegue del mar dejaba un paso practicable.
Desde lo alto de las crucetas donde se había encaramado a horcajadas, Briant se dispuso a tomar un conocimiento más exacto del litoral. Paseó el catalejo a lo largo de la playa y hasta el pie del acantilado. La costa parecía estar absolutamente inhabitada entre los dos promontorios que distaban entre sí ocho o nueve millas.
Después de permanecer media hora en observación, Briant bajó y fue a dar parte a sus compañeros de lo que había visto. Si Doniphan, Wilcox, Webb y Cross fingieron escucharle sin decir nada, no fue así con Gordon, quien le preguntó:
– Cuando el Sloughi embarrancó, Briant, ¿no eran más o menos las seis de la mañana?
– Sí —respondió Briant.
– ¿Y cuánto tiempo tarda en haber bajamar?
– Cinco horas, creo. ¿No es así, Moko?
– Sí… de cinco a seis horas —respondió el grumete.
– Sería entonces hacia las once —prosiguió Gordon—, el momento más favorable para intentar alcanzar la costa.
– Así lo he calculado —replicó Briant.
– Pues bien —prosiguió Gordon—, estemos preparados para ese momento y tomemos algo de alimento. Si nos vemos obligados a meternos en el agua, al menos lo haremos unas horas después de haber comido.
Buen consejo que de modo natural debía venir de aquel muchacho tan sensato. Se procedió, pues, al primer desayuno, compuesto de conservas y galletas. Briant tuvo especial cuidado de vigilar a los pequeños. Jenkins, Iverson, Dole y Costar, con esa despreocupación natural a su edad, empezaban a tranquilizarse, y quizá habrían comido sin ningún freno, pues no habían tomado prácticamente nada desde hacía veinticuatro horas. Pero todo salió bien, y unas gotas de aguardiente rebajadas con un poco de agua les proporcionaron una bebida reconfortante.
Hecho esto, Briant volvió hacia la proa de la goleta y allí, apoyado en la borda, reanudó la observación de los arrecifes.
¡Con qué lentitud se producía el descenso del mar! Era manifiesto, sin embargo, que su nivel bajaba, pues la inclinación del yate se acentuaba. Moko, habiendo echado la sonda, comprobó que quedaban todavía al menos dos metros y medio de agua sobre el banco. Ahora bien, ¿cabía esperar que la bajamar descendiera lo suficiente para dejarlo en seco? Moko no lo creía así y consideró oportuno decírselo a Briant en secreto, para no asustar a nadie.
Briant fue entonces a comentarlo con Gordon. Ambos comprendían bien que el viento, aunque había girado un poco hacia el norte, impedía que el mar bajara tanto como habría hecho con tiempo en calma.
– ¿Qué partido tomar? —dijo Gordon.
– No sé… ¡no sé! —respondió Briant—. ¡Y qué desgracia no saber…, no ser más que unos niños cuando haría falta ser hombres!
– ¡La necesidad nos instruirá! —replicó Gordon—. No desesperemos, Briant, ¡y actuemos con prudencia!…
– Sí, actuemos, Gordon. Si no hemos abandonado el Sloughi antes de que suba la marea, si hay que pasar otra noche a bordo, estamos perdidos…
– Eso es más que evidente, pues el yate quedará hecho añicos. Así que habremos de haberlo abandonado a toda costa…
– Sí, a toda costa, Gordon.
– ¿No sería conveniente construir una especie de balsa, un vaivén?…
– Ya lo había pensado —respondió Briant—. Por desgracia, casi todos los palos han sido arrancados durante la tempestad. En cuanto a deshacer las bordas para intentar hacer una balsa con sus restos, ¡ya no tenemos tiempo! Queda el bote, del que no podemos servirnos porque el mar está demasiado bravo. ¡No! Lo que podríamos intentar sería tender un cabo a través del banco de arrecifes y amarrarlo por su extremo a la punta de una roca. Quizá entonces lograríamos halarnos hacia la orilla…
– ¿Quién llevará ese cabo?
– Yo —respondió Briant.
– ¡Y yo te ayudaré! —dijo Gordon.
– No, ¡yo solo! —replicó Briant.
– ¿Utilizas el bote?
– Eso sería arriesgarse a perderlo, Gordon, y más vale conservarlo como último recurso.
Sin embargo, antes de llevar a cabo ese arriesgado proyecto, Briant quiso tomar una precaución útil para afrontar cualquier eventualidad.
Había a bordo varios cinturones salvavidas, con los que obligó sin demora a equiparse a los pequeños. En caso de que tuvieran que abandonar el yate cuando el agua estuviera todavía demasiado profunda para hacer pie, esos aparatos los mantendría a flote, y los mayores intentarían entonces empujarlos hacia la orilla halándose ellos mismos por el cabo.
Eran las diez y cuarto. Antes de tres cuartos de hora, la marea habría alcanzado su punto más bajo. En la roda del Sloughi ya no había más que metro y cuarto o metro y medio de agua; pero no parecía que el mar fuera a perder más allá de unos centímetros. A unos cincuenta y cinco metros de distancia, sin embargo, el fondo subía de manera sensible —lo que podía apreciarse por el color negruzco del agua y por las numerosas puntas que emergían a lo largo de la orilla—. La dificultad estaría en franquear las profundidades que el mar acusaba en la proa del yate. No obstante, si Briant lograba tender un cabo en esa dirección y fijarlo sólidamente a una de las rocas, ese cabo, una vez tensado desde a bordo con el molinete, permitiría llegar a algún lugar donde se pudiera hacer pie. Además, haciendo deslizar por ese cabo los fardos con las provisiones y los utensilios indispensables, llegarían a tierra sin daños.
Por muy peligrosa que fuera su tentativa, Briant no habría querido ceder a nadie el lugar, y tomó sus disposiciones en consecuencia.
Había a bordo varios de esos cabos, de unos treinta metros de longitud, que se emplean como espías o remolques. Briant eligió uno de grosor mediano que le pareció apropiado y ató su extremo a la cintura, tras haberse desvestido.
– ¡Vamos, los demás! —gritó Gordon—. ¡Estad atentos para ir largando el cabo!… ¡Venid a proa!
Doniphan, Wilcox, Cross y Webb no podían negarse a prestar su concurso en una operación cuya importancia comprendían. Así pues, cualesquiera que fueran sus disposiciones, se prepararon para ir desenrollando la aduja del cabo que habría que ir largando poco a poco, a fin de no agotar las fuerzas de Briant.
En el momento en que este iba a echarse al agua, su hermano se acercó y exclamó:
– ¡Hermano!… ¡Hermano!…
– No tengas miedo, Jacques, ¡no tengas miedo por mí! —respondió Briant.
Un instante después, se le veía en la superficie del agua nadando con vigor mientras el cabo se iba desenrollando detrás de él.
Ahora bien, incluso con mar en calma esa maniobra habría sido difícil, pues la resaca golpeaba violentamente a lo largo de la extensa siembra de rocas. Corrientes y contracorrientes impedían al audaz muchacho mantenerse en línea recta, y cuando le atrapaban le costaba un trabajo enorme salir de ellas.
Sin embargo, Briant avanzaba poco a poco hacia la playa mientras sus compañeros le iban largando cabo a medida. Pero era visible que sus fuerzas comenzaban a agotarse, aunque todavía se encontrara solo a unos quince metros de la goleta. Ante él se abría una especie de remolino producido por el encuentro de dos olas contrarias. Si conseguía rodearlo, quizá alcanzaría su objetivo, pues el mar estaba más tranquilo más allá. Intentó, pues, lanzarse hacia la izquierda con un violento esfuerzo. Pero su tentativa resultó infructuosa. Un nadador vigoroso en la plenitud de la edad no lo habría conseguido. Atrapado por el abrazo de las aguas, Briant fue irresistiblemente atraído hacia el centro del remolino.
– ¡Socorro!… ¡Halad!… ¡Halad!… —tuvo la fuerza de gritar antes de desaparecer.
A bordo del yate, el espanto llegó al colmo.
– ¡Halad!… —ordenó Gordon con frialdad.
Y sus compañeros se apresuraron a cobrar el cabo para traer a Briant a bordo, antes de que una inmersión demasiado prolongada lo asfixiara.
En menos de un minuto, Briant fue izado de nuevo sobre cubierta —sin conocimiento, ciertamente; pero volvió en sí rápidamente entre los brazos de su hermano.
La tentativa de tender un cabo sobre la superficie del banco de arrecifes había fracasado. Nadie habría podido reemprenderla con alguna esperanza de éxito. Aquellos desdichados niños no tenían más remedio que esperar… ¿Esperar qué?… ¿Un socorro?… ¿Y de qué lado, y quién podría habérselo enviado?
Eran más de las doce. La marea comenzaba ya a hacerse sentir y la resaca aumentaba. Y además, como era luna nueva, el flujo iba a ser más fuerte que el día anterior. Así pues, con tal de que el viento volviera a soplar desde alta mar, la goleta correría el riesgo de ser levantada de su lecho de rocas… ¡Volvería a golpear el fondo, quedaría tumbada sobre el arrecife!… ¡Nadie sobreviviría a ese desenlace del naufragio! ¡Y no había nada que hacer, nada!
Todos, a popa, los pequeños rodeados por los mayores, contemplaban el mar que se hinchaba a medida que las cabezas de roca desaparecían una tras otra. Por desgracia, el viento había vuelto al oeste y, como la noche anterior, golpeaba de lleno contra tierra. Con el agua más profunda, las olas, más altas, cubrían el Sloughi de sus rociones y no tardarían en romper contra él. Solo Dios podía socorrer a los jóvenes náufragos. Sus oraciones se mezclaron con sus gritos de espanto.
Poco antes de las dos, la goleta, que la marea había enderezado, ya no daba más la banda a babor; pero, a causa del cabeceo, la proa golpeaba contra el fondo mientras que a popa su codaste permanecía todavía fijo en el lecho de rocas. Pronto los golpes de talón se sucedieron sin tregua, y el Sloughi roló de un costado al otro. Los niños tuvieron que agarrarse unos a otros para no ser lanzados por la borda.
En ese momento, una montaña espumante venida de alta mar se alzó a dos cables del yate. Parecía la enorme ola de un macareo o de un golpe de mar, cuya altura superaba los seis metros. Llegó con la furia de un torrente, cubrió por entero el banco de arrecifes, levantó el Sloughi y lo arrastró por encima de las rocas sin que su casco quedara siquiera rozado.
En menos de un minuto, en medio de los borbotones de aquella masa de agua, el Sloughi, llevado hasta el centro de la playa, fue a chocar contra un montículo de arena, a unos sesenta metros delante de los primeros árboles agrupados al pie del acantilado. Y allí quedó inmóvil —sobre tierra firme esta vez— mientras el mar, al retirarse, dejaba toda la playa en seco.