CAPÍTULO VIII
EN LA UNIVERSIDAD DE DORPAT
E
L 16 de abril, al siguiente día de presentarse las autoridades judiciales en la posada de la Cruz Rota, un grupo de cinco o seis jóvenes estudiantes paseábase por el patio de la Universidad de Dorpat, una de las principales ciudades de Livonia.
Entre unos y otros cambiábanse rápidas preguntas y respuestas. Sus altas botas crujían sobre la arena. Iban y venían de un lado a otro, con el talle estrechamente encerrado en el cinturón de cuero, su gorra de vivos colores, coquetamente inclinada sobre la oreja.
Uno de ellos decía:
– Garantizo la frescura de los sollos que han de servirnos… Han llegado del Aa y han sido pescados la pasada noche… En cuanto a los stroemlings(1), se han pagado muy caros a los pescadores de Oesel, y me dejaría cortar la cabeza si hubiera alguien que no los encontrase deliciosos, acompañándolos con un vasito de licor.
– ¿Y tú, Siegfried, qué has hecho? - preguntó el estudiante de más edad.
– Yo- contestó el aludido- , me he encargado de las aves, y si alguien se atreve a decir que mis ortegas y mis gallos silvestres no son excelentes tendrá que habérselas con un vuestro servidor.
– Reclamo el premio de honor para los jamones crudos - declaró un tercero- . Que me muera en este instante si alguien ha comido algo mejor que los pastelillos de carne. Te los recomiendo encarecidamente, mi querido Karl.
– Bueno - respondió el estudiante aludido por su camarada- ; gracias a todas esas excelentes cosas, celebraremos dignamente la fiesta de la Universidad. Pero con una condición, que la fiesta no sea turbada por los eslavo- moscovitas.
¡No…! exclamó Siegfried . Ni uno solo de esos que empiezan a sacar los pies de las alforjas.
– Y a los cuales habrá que fajar los humos - repuso Karl- . Y que tenga mucho cuidado ese Jean, a quien pretenden reconocer como jefe, pues le haremos entender cuál es su verdadero puesto. Uno de estos días preveo que realizaremos juntos algún acto, y no quisiera dejar la Universidad sin haberle obligado a humillarse ante los germanos que tanto desdeña.
– Él y su gran amigo Gospodin - añadió Siegfried, tendiendo el puño amenazador hacia el fondo del patio.
– ¡Gospodin, como todos los que han soñado en hacerse amos de nosotros - exclamó Karl- , ya verán si se apoderan tan fácilmente de la raza germana! Eslavo significa esclavo, y vamos a usar esa rima en los versos de nuestro himno livonio y hacérselo cantar.
– ¡Cantarlo a compás, y en lengua alemana! - replicó Siegfried, mientras sus compañeros lanzaban un hoch formidable.
Como se ve, los jóvenes estudiantes habían preparado bien las cosas para el banquete del festival proyectado, y pensaban completar la fiesta provocando un conflicto, tal vez una querella, con los estudiantes de origen eslavo.
Estos chicos eran unas malas cabezas, particularmente Karl, que ejercía, por su nombre y su situación, una verdadera influencia sobre sus camaradas y podía empeñarlos en cualquier lamentable colisión.
¿Quién era, pues, aquel Karl, la autoridad del cual se imponía a una gran parte de aquella juventud universitaria, aquel mozo de carácter audaz, vengativo y pendenciero…?
Alto, rubio el cabello, dura la mirada, la fisonomía maliciosa, jamás dudaba en colocarse en primera línea.
Karl era el hijo del banquero Frank Johausen. Aquel año debía concluir sus estudios en la Universidad. Le faltaban unos meses para volver a Riga, donde tenía su puesto señalado en la casa de su padre y de su tío.
¿Y quién era aquel Jean, acerca del cual Karl y Siegfried habían cambiado frases de tan conminatorio tono…? Era el hijo de Dimitri Nicolef, el profesor de Riga, que podía contar con su camarada Gospodin tan en absoluto como Karl Johausen podía confiar en su compañero Siegfried.
Dorpat fue fundada por los rusos en 1750, aunque ciertos historiadores quieren remontar su fundación al famoso año 1000 que debía ver el fin del mundo.
Pero si alguna duda existe acerca del origen de esta ciudad, una de las más encantadoras de las provincias bálticas, no puede afirmarse lo mismo respecto a su célebre Universidad, que Gustavo Adolfo creó en 1632, reorganizándose en 1812 tal y como funciona en la actualidad. Según el testimonio de algunos viajeros, diríase que Dorpat es una ciudad de la Grecia moderna, y parece que sus casas han sido transportadas, ya construidas, de la capital del rey Otón.
Dorpat es poco comercial. Es una ciudad estudiantil, con su Universidad, que se divide en corporaciones, o más bien, en «naciones», que no están unidas ciertamente por el sólido lazo de la fraternidad. Las pasiones son tan vivaces entre el elemento eslavo y el elemento germánico, como entre la población de las otras ciudades de Estonia y de Livonia.
Puede decirse, pues, que la tranquilidad no reina en Dorpat más que en tiempo de vacaciones universitarias, cuando los insufribles calores de la canícula reintegran a los estudiantes a sus hogares.
Los novecientos estudiantes que aproximadamente constituyen la colonia escolar de Dorpat exigen un personal de setenta y dos profesores para los diversos cursos de ciencias y letras.
Las clases, que explican en lengua alemana, consumen un presupuesto anual de doscientos treinta y cuatro mil rublos. A cuatro mil asciende la cifra de los volúmenes que encierra la rica biblioteca de la Universidad, una de las más importantes de Europa.
Aunque de carácter esencialmente científico, Dorpat no está desprovista en absoluto de comercio, como consecuencia de su situación geográfica, nudo de los principales caminos de las provincias bálticas, a doscientos kilómetros de Riga y a ciento treinta solamente de San Petersburgo. Además, ¿cómo olvidar que fue una de las más prósperas ciudades de la Hansa? Casi todo el comercio está en manos germánicas, y la población indígena está constituida en su mayor parte por obreros y domésticos.
Dorpat está pintorescamente situada sobre una colina que domina al sur el curso del Embach. Largas calles atraviesan sus tres barrios. Los turistas visitan su observatorio, su catedral, de estilo griego, las ruinas de una iglesia ojival. Todos admiran las hermosas avenidas de su jardín botánico, muy apreciado por los aficionados.
El elemento germánico predominaba no sólo en la población, sino en la Universidad.
De novecientos estudiantes, no había más que una media centena que fuesen de raza eslava.
De estos últimos, Jean Nicolef era el que más sobresalía. Sus camaradas reconocíanle, si no por su jefe, por su portavoz en los conflictos que la sagacidad del rector no siempre lograba conjurar.
Aquel día, en tanto que Karl Johausen y su grupo se paseaban por el patio, discutiendo acerca de las eventualidades que podían turbar su festival, otro grupo de estudiantes, moscovitas de nacimiento y de corazón, conversaban a propósito del mismo asunto.
Uno de estos estudiantes era un vigoroso muchacho de dieciocho años, alto, de mirada franca y viva, de elegante figura, las mejillas sombreadas por la naciente barba, el labio ornado por un fino bigote. Este joven inspiraba simpatía desde los primeros momentos, siquiera su fisonomía fuese reflexiva, como la de un hombre laborioso, iniciado ya en las preocupaciones del porvenir.
Jean Nicolef iba a concluir su segundo año de Universidad. Se le hubiese reconocido nada más que por su semejanza con su hermana Ilka. Eran dos naturalezas graves y reflexivas, muy penetrados de los sentimientos del deber, con más intensidad de lo que requería su juventud. Comprendíase el ascendiente que ejercía sobre sus compañeros por el celo que le animaba en la defensa de las ideas eslavas.
Su camarada Gospodin pertenecía a una rica familia de Revel. Aunque tenía un año más que Jean Nicolef, mostraba menos seriedad en sus actos. Era un mozo más pronto al ataque que a la respuesta, más ávido de placeres, más dado a los ejercicios deportivos, dotado de un excelente corazón; uno de aquellos con quienes Jean podía contar, sintiendo hacia él una amistad sincera, capaz de todas las abnegaciones.
¿De qué habían de hablar aquellos muchachos más que de los preparativos del festival que apasionaba a las distintas corporaciones? Y siguiendo su costumbre, Gospodin abandonábase a su natural impetuosidad, que en vano procuraba Jean contener.
– Sí - exclamaba- , pretenden excluirnos de su banquete los tudescos. Han rehusado nuestras cotizaciones para que no tengamos el derecho de tomar parte en la fiesta. ¡Les hubiera dado vergüenza chocar, sus vasos con los nuestros…! Pero aún queda el rabo por desollar, y pudiera suceder que terminase el banquete antes de los postres.
– Es indigno, convengo en ello - contestó Jean- . Sin embargo, ¿vale la pena que vayamos a armar bronca…? Se obstinan en festejar solos… ¡sea! Festejemos nosotros por nuestra cuenta, mi querido Gospodin, y no por eso vaciaremos menos alegremente nuestros vasos en honor de la Universidad.
El impetuoso Gospodin no veía la cosa bajo el mismo aspecto. Aceptar aquella situación hubiera sido retroceder, y se iba exaltando a medida que hablaba.
– Es cosa sabida, Jean - replicó- , que tú eres el buen sentido personificado, y nadie duda que tienes tanto valor como razón, pero yo no soy razonable ni quiero serlo. Yo considero que la actitud de Karl Johausen y de su pandilla es injuriosa hacia nosotros, y no lo soportaré por más tiempo…
– Deja tranquilo a Karl, a ese alemán, Gospodin - repuso Jean Nicolef- , y no te preocupes de sus palabras ni de sus actos. Dentro de algunos meses los dos habréis dejado la Universidad, y lo probable es que jamás volváis a encontraron, al menos en condiciones de lucha de razas.
– ¡Posible es, sesudo Néstor!- contestó Gospodin- Y ¡qué hermoso es tener el dominio que tú tienes sobre ti mismo…! Pero si me marchara de aquí sin dar a ese Karl Johausen la lección que merece, no me consolaría nunca.
– Al menos, hombre, no vayamos hoy a dar los primeros pasos provocándole sin motivo.
– ¿Sin motivo? - exclamó el impulsivo joven- . ¡No tengo uno, sino mil…! Su actitud que me revienta, su rostro antipático, su voz que me desagrada, su mirada desdeñosa, el aire de superioridad que ha adoptado y que sus camaradas acrecientan reconociéndolo por jefe de la corporación…
– Todo esto no es serio, Gospodin - declaró Jean Nicolef, que tomó el brazo de su camarada en un instintivo movimiento de amistad- . En tanto él no dirija una injuria directa, no veo que haya motivo de provocación… ¡Ah! si el insulto se produjera, no necesitaría a nadie para contestar debidamente, puedes estar seguro de ello.
– Y nos tendrías a tu lado, Jean - exclamaron los otros estudiantes del grupo.
– Ya lo sé - dijo Gospodin- , pero lo que me extraña es que Jean no haya ya chocado con ese Karl.
– ¿Qué quieres decir Gospodin?
– Quiero decir que si nosotros tenemos con los germanos no más que rivalidades de escuela, Jean Nicolef tiene otras cuentas que saldar con Karl Johausen.
Jean sabía a lo que Gospodin aludía. La rivalidad de los Johausen y de los Nicolef en Riga era como la de los estudiantes en la Universidad. El lector sabe que los jefes de estas dos familias eran enemigos políticos y hablan de batirse en la próxima lucha electoral, animado el uno por la opinión popular, alentado el otro por la autoridad administrativa, anheloso cada cual de abatir al contrario.
Gospodin hacía mal en recordar esa situación, derivando hacia los hijos las rivalidades personales de los padres. Por desgracia, cuando la cólera le dominaba, sus ímpetus sobrepujaban toda la medida.
Jean no contestó. Su rostro había palidecido en un reflujo de la sangre hacia el corazón. Pero tuvo bastante fuerza de voluntad para contenerse después de lanzar una mirada al otro extremo del patio donde se encontraba el grupo de Karl Johausen.
– No hablemos de eso, Gospodin - dijo con voz grave ligeramente alterada - . Yo no he hecho intervenir jamás el nombre del señor Johausen en nuestras discusiones, y quiera Dios que Karl tenga la misma discreción respecto a mi padre. Si faltase a esta reserva…
– Jean tiene razón - dijo uno de los estudiantes- , y Gospodin ha hecho mal en sacar eso a colación. No nos ocupemos de lo que pasa en Riga y atengámonos a lo que sucede en Dorpat.
– Sí - replicó Jean Nicolef, que deseaba reintegrarla conversación a su primer punto de vista . Ante todo, no exageremos, y veamos el giro que toman las cosas.
– ¿De modo, Jean - preguntó el estudiante- , que tú no piensas que debemos protestar contra la actitud de Karl Johausen y de sus camaradas a propósito del banquete de que hemos sido excluidos?
– Pienso que de no ocurrir nuevos incidentes debemos mostrar la más completa indiferencia.
– ¡Vaya por la indiferencia! - respondió Gospodin, sacudiendo la cabeza con aire de desaprobación. Falta ahora saber si nuestros compañeros se resignarán… Están furiosos, Jean, te lo prevengo.
– Gracias a ti, Gospodin.
– No, Jean, y bastará una mirada desdeñosa, una frase malsonante para hacer estallar la mina.
– Bueno - exclamó Jean Nicolef sonriendo- , la pólvora no hará explosión, pues ya nos cuidaremos de mojarla con champaña.
Era la cordura misma quien inspiraba estas frases la más juiciosa de todas aquellas juveniles cabezas; pero, los otros estaban muy excitados. ¿Seguirían sus consejos de prudencia? ¿Cómo concluiría el día? ¿No daría el festival motivo a los desórdenes? Si las provocaciones no partían del lado eslavo, ¿dejarían de producirse por parte de los alemanes? Había motivos para temerlo.
No es de extrañar, pues, que el rector de la Universidad estuviera seriamente preocupado. Hacía tiempo que estaba al tanto de la lucha del eslavismo y del germanismo, tan acentuada entre los estudiantes. La mayoría intentaba mantener las tradiciones de la Universidad según las ideas que formaron sus orígenes. El gobierno conocía aquella resistencia a sus tentativas de rusificación de que estaban amenazadas las provincias bálticas. ¿Preveíanse las consecuencias de las revueltas que con tal motivo habían de producirse…? Convenía ponerse en guardia. Por antigua, por respetable que fuese la Universidad de Dorpat, no estaba al abrigo contra un decreto imperial, en el caso de que se convirtiera en un centro de agitación contra el movimiento paneslavista.
El rector observaba, por lo tanto, muy de cerca las respectivas actitudes de los estudiantes. ¿Quién era capaz de prever hasta dónde llegaría aquella juventud lanzada a las luchas de la política…?
En realidad, había alguien que ejercía más influencia que el rector: Jean Nicolef. Si aquél no había podido obtener que Karl Johausen y sus amigos admitiesen en el banquete a Jean y sus camaradas, en cambio éste obtuvo de Gospodin y de los otros que no turbasen el festival. No se penetraría, pues, en la sala del banquete. No se contestaría con canciones rusas a los himnos alemanes, a condición de no ser provocados ni insultados.
Pero, ¿quién podía responder en absoluto de aquellas cabezas caldeadas por los vapores del vino?
Jean Nicolef y sus camaradas reuniríanse también celebrando el aniversario a su manera, y permanecerían tranquilos si no se les provocaba.
Avanzaba el día. Los estudiantes ocupaban el gran patio de la Universidad. La ciencia holgaba aquella mañana. No se ocupaban más que en pasear por grupos, observándose y evitándose unos a otros. Se podía temer que antes de la hora del banquete ocurriese una provocación seguida de choque. Dada la disposición de los ánimos, tal vez hubiera sido mejor prohibir el festival. Pero prohibir la celebración del aniversario tenía también el peligro de sobreexcitar las corporaciones, dando pretexto a los disturbios que precisamente se querían evitar. Una Universidad no es un colegio donde se aplican castigos coercitivos. Aquí hubiera sido necesario formar consejos de disciplina, decretar expulsiones, y esto hubiera sido una medida grave.
Hasta la hora del banquete (cuatro de la tarde), Karl Johausen, Siegfried y sus amigos no abandonaron el patio. La mayor parte de los estudiantes acababan de cambiar algunas palabras con ellos, como si recibieran instrucciones del jefe. Había corrido el rumor de que iba a prohibirse el banquete; falso rumor, pues, como acabamos de decir, la medida hubiera provocado el conflicto. Pero la noticia había bastado para motivar cierta agitación entre los grupos.
Jean Nicolef y sus camaradas aparentaban no inquietarse por este estado de cosas, paseándose con toda tranquilidad y cruzándose a veces con los otros estudiantes.
Las miradas chocaban con provocaciones que los labios no se atrevían a formular. Jean permanecía tranquilo, fingiendo indiferencia. ¡Pero qué trabajo le costaba contener a Gospodin! Éste no quería volver la cabeza ni desviar la mirada. Sus ojos clavábanse en los de Karl. Aquella actitud podía provocar un choque que seguramente no se limitaría a los dos adversarios. Sonó al fin la campana anunciando la hora del banquete, y Karl Johausen, precediendo a sus camaradas, se dirigió hacia la amplia sala del anfiteatro que les había sido reservada.
No quedaron en el patio más que Jean Nicolef, Gospodin y la cincuentena de estudiantes eslavos, esperando el instante de dejar la Universidad para volver a sus casas.
Puesto que nada tenían que hacer allí, hubieran obrado muy cuerdamente marchándose inmediatamente. Éste era el parecer de Jean Nicolef, pero en vano trató de imbuirlo en sus camaradas. No parecía sino que Gospodin y otros cuantos habían echado allí raíces, atraídos como por un imán hacia el anfiteatro.
Transcurrieron veinte minutos.
Paseábanse en silencio, aproximándose de vez en cuando a las ventanas de la sala…
¿Qué se proponían? ¿Escuchar las vehementes conversaciones y contestar a las palabras malsonantes que llegasen a sus oídos?
Los comensales no esperaron al fin del banquete para preludiar sus cantos. Las cabezas estaban inflamadas desde las primeras copas de vino.
A través de las ventanas habían visto a sus adversarios en disposición de atisbar lo que dentro pasaba.
Jean hizo un último esfuerzo.
– Partamos - dijo a sus camaradas.
– ¡No! - contestó Gospodin.,
– ¡No! - repitieron los demás.
– ¿No queréis, pues, ni escucharme ni seguirme?
– Queremos escuchar lo que los germanos ebrios se permiten decir, y si esto no nos conviene, serás tú quien.. nos siga, Jean.
– Espera - repuso Gospodin- , y de aquí a un memo no querrás marcharte.
En la sala redoblaba el tumulto, explosiones de risas que se mezclaban, ruidos de vasos entrechocados, gritos y hochs que detonaban como una metralleta. Luego oyó un canto coreado a pleno pulmón, el canto monótono tan en boga en las Universidades alemanas: Gaudeamus igitur,
Juvenes dum sumus!
Post jucundam juventutem,
Post molestam senectutem,
Nos habebit humus!
Se convendrá que estas frases no tienen nada de regocijadas, y no merecen más que un aire de salmo funerario. Después de esto no pueden más que cantar un De Profundis a los postres. Después de todo, este canto encaja perfectamente en la nota germánica.
Mas de pronto, una voz se elevó diciendo:
– ¡Oh, Riga! ¿Quién te ha hecho tan hermosa?, esclavitud de los livonios; pero llegará el día en que compremos un castillo a los alemanes, y les hagamos danzar sobre sus piedras calcinadas.
Era Gospodin, que acababa de lanzar este himno ruso.
Después de él, y con él sus camaradas llenaron los aires con los acentos de un himno moscovita de marcado carácter religioso, el «Boje Tsara Krani».
De improviso abrióse la puerta de la sala. Un centenar de estudiantes se lanzaron al patio rodeando al grupo eslavo, en el centro del cual estaba Jean Nicolef, impotente para contener a sus camaradas, sobreexcitados por los gritos y los gestos de sus adversarios.
Aunque Karl Johausen no estuviese con ellos para impulsarles a la violencia, su Gaudeamus igitur, vociferado o aullado, trataba de sofocar el himno ruso, cuya potente melodía dejábase oír a pesar de los esfuerzos en contra.
En este momento dos estudiantes encontráronse cara a cara dispuestos a arrojarse el uno sobre el otro: Siegfried y Gospodin. ¿Iba a decidirse entre ellos esta cuestión de razas?
¿No tomarían parte los dos partidos a favor de sus respectivos campeones? ¿Este altercado no degeneraría en una batalla general, cuya responsabilidad recaería sobre la misma Universidad?
En acecho al tumulto provocado por la salida de los alemanes, el rector habíase apresurado a intervenir. Algunos profesores habíansele unido, recorriendo el patio a través de los grupos, tratando de calmar a los exaltados jóvenes, próximos a venir a las manos; pero no lo conseguían. El rector también era desoído, su autoridad desconocida. ¿Qué podía hacer en medio de la avalancha de germanos, que iba creciendo a medida que la sala se desocupaba?
Jean Nicolef y sus compañeros, a pesar de su inferioridad numérica, no cedían ante las amenazas ni ante las injurias.
En aquel momento Siegfried, con un vaso en la mano, aproximóse a Gospodin y le arrojó al rostro su contenido.
Era el primer choque, al que indudablemente habían de seguir otros muchos.
Y, sin embargo, a la vista de Karl Johausen, que acababa de aparecer, uno y otro bando quedó en suspenso. Abriéronse las filas y el hijo del banquero pudo llegar hasta el grupo donde se encontraba el hijo del profesor.
No es posible pintar la actitud de Karl en este instante: tranquilo, no era cólera lo que su fisonomía respiraba, era desdén, desprecio, que se aumentaba a medida que iba aproximándose a su contrario. Sus camaradas no podían engañarse: Karl iba dispuesto a arrojarle al rostro una nueva injuria.
Al tumulto había sucedido un silencio todavía más imponente. Sentíase que el conflicto, que precipitaba ocasión había motivo para recelar que sucediese algo, una sobre otra a las dos corporaciones de la Universidad, lamentable, dada la animosidad personal de los dos iba a desarrollarse entre Jean Nicolef y Karl Johausen. adversarios.
Gospodin, olvidándose momentáneamente de Siegfried, esperó a que Karl avanzase algunos pasos más para salir a su encuentro.
Jean le retuvo.
– Esto es cosa mía - dijo con la mayor naturalidad.
Tenía razón al decir que aquello era de su exclusiva incumbencia. Así es que, conservando una perfecta sangre fría, apartó con un ademán a los camaradas que quisieron interponerse.
– ¡No me lo impedirás! exclamó Gospodin, que había llegado al paroxismo de la cólera.
– ¡Lo exijo! - dijo Jean Nicolef en tan resuelto tono, que no daba lugar a la resistencia.
Y dirigiéndose a la masa de estudiantes, dijo en voz alta para que todos le oyesen:
– Vosotros sois centenares, nosotros no pasamos de cincuenta ¡Atacadnos, pues! ¡Nos defenderemos, sucumbiremos, pero os habréis conducido como cobardes!
Un grito de furor acogió estas palabras.
Karl hizo señas de que quería hablar.
Restableciose el silencio
– Efectivamente - dijo- , de proceder así seriamos unos cobardes. ¿Hay algún eslavo que quiera tomar la cuestión a su cargo?
– ¡Todos! - exclamaron los camaradas de Jean.
Este avanzo un paso y dijo:
– ¡Y yo el primero! Si Karl trata de ser provocado yo le provoco.
– ¡Tu! - exclamo Karl- , haciendo un gesto de desprecio,
– ¡Yo!. Escoge dos de tus amigos; ya tengo hecha la elección de los míos.
– ¿Batirte conmigo?
– Si, mañana, si no estas dispuesto en este momento, ahora mismo, si así lo deseas.
No son raras estas refriegas de los estudiantes, y vale mas que las autoridades cierren los ojos, pues las consecuencias no son nunca graves. Verdad es que en esta ocasión habla motivos para recelar que sucediese algo lamentable, dada la animosidad personal de los dos adversarios.
Karl se cruzó de brazos y miró a Jean de pies- , a cabeza.
– ¡Ah! - dijo- . ¿Conque ya has escogido a tus testigos?
– Aquí están - replicó Jean, indicando a Gospodin y a otro estudiante.
– ¿Y crees que aceptarán?
– ¡Claro que aceptamos! - exclamó Gospodin.
– Pues bien, yo no puedo aceptar el reto; jamás consentiré en batirme contigo, Jean Nicolef
– ¿Y por qué?
– ¡Porque yo no me bato con el hijo de un asesino!
Jegyzetek
- Pescados escabechados que gustan mucho en Livonia. ↩