Un drama en Livonia

CAPÍTULO IV

EN EL COCHE CORREO

EN la época de nuestro relato, los medios de transporte por las interminables llanuras de las provincias bálticas se reducían a dos, Coche correo o telega: no existía otro vehículo a disposición dé los viajeros. a menos que el viajero quisiera recorrerlas a pie o a caballo.

Ferrocarril no había más que el que prestaba servicio por el litoral de Estonia, rodeando el golfo de Finlandia. Si Revel se encontraba en comunicación con San Petersburgo, las otras dos capitales de Livonia y Curlandia, Riga y Mitau, no estaban unidas por línea férrea alguna con la capital del imperio ruso.

Coche correo o talega, no existía otro vehículo a disposición de los viajeros.

La telega es un carro bajo, sin clavos ni hierro, cuyas diferentes piezas están unidas por cuerdas; por banqueta tiene un saco de piel, o simplemente los equipajes, siendo, además, preciso sujetarse con una correa, en prevención de las caídas, muy peligrosas en aquellos caminos llenos de guijarros.

El coche correo es menos rudimentario. No es carro, sino coche; poco cómodo, es cierto, mas donde se está al abrigo de la lluvia y del viento. No tiene más que cuatro asientos, y el que entonces hacía el servicio entre Riga y Revel no salía más que dos veces por semana.

Claro es que durante el invierno ni coche correo, ni telega, ni ningún otro vehículo de ruedas hubiera podido circular por los caminos helados, siendo reemplazados, no sin ventaja, por el perklvsnoio, especie de pesado trineo de patines, al que su tiro arrastra con bastante rapidez por las blancas estepas de las provincias bálticas.

La mañana del 13 de abril el coche correo, que iba a partir para Revel, no esperaba más que un solo viajero, que había tomado su billete la víspera. Era un hombre de cincuenta años que llegó a la hora de la partida, de buen humor, rostro alegre y boca sonriente. Vestía fuerte gabán sobre su traje, de gruesa tela, y llevaba en el brazo una cartera, que oprimía estrechamente.

Cuando entró en el despacho, el conductor le dijo:

– Y bien, Poch, ¿eres tú el que ha reservado una plaza en la mala(1)?

– Yo mismo, Broks.

– No te basta, pues, una telega. Te es preciso un buen carruaje con tres buenos caballos.

– Y un buen conductor como tú, mi viejo amigo.

– Vamos… Ya veo que no reparas en gastos.

– No; sobre todo cuando no soy yo el que paga.

– ¿Quién es?

– Mi principal, el señor Frank Johausen.

– ¡Oh! - exclamó el conductor- . Éste tiene medios para tomar todos los asientos.

– Es verdad, Broks, y si no he tomado más que uno, espero que tendré compañeros de viaje. Se aburre uno menos en el camino.

– ¡Ah, mi pobre Poch, por esta vez será preciso que te pases sin ellos! Esto no sucede con frecuencia; pero hoy sí. No hay más billete reservado que el tuyo.

– ¡Cómo…! ¿Nadie…?

– Nadie; y a no ser que en el camino monte algún peatón, te verás reducido a hablar conmigo. Pero no te importe; ya sabes que no me molesta hablar.

– Ni a mí, Broks.

– ¿Y adónde vas?

– Hasta el final del camino, a Revel, a casa del corresponsal de los señores Johausen.

Y Poch, guiñando el ojo, indicaba la cartera que apresaba bajo su brazo y que unía al cinto con una cadena de cobre.

– Bien, bien. No hablemos más… No estamos solos.

En efecto; un viajero que había podido advertir el movimiento del dependiente, acababa de entrar en el despacho.

Este viajero parecía mostrar interés en no ser conocido. Envuelto en su abrigo, cuyo capuchón cubría su cabeza, se ocultaba en parte el rostro.

Aproximóse al conductor y le dijo:

– ¿Hay un asiento libre en el coche?

– Quedan tres - respondió Broks.

– Con uno es bastante.

– ¿Para Revel?

– Sí, para Revel - respondió el viajero tras un momento de vacilación.

Y al decir esto pagó en rublos- papel el precio de su billete hasta el final del trayecto, unas doscientas cuarenta verstas.

Después con voz breve añadió:

– ¿Cuándo partimos?

– Dentro de diez minutos.

– ¿Adónde llegaremos esta noche?

– A Pernau, si el tiempo no lo impide. Con estas tormentas nunca se sabe…

– ¿Acaso hay que temer retrasos? - preguntó el dependiente.

– ¡Hum! - gruñó Broks- . No estoy contento del aspecto del cielo. Las nubes corren con una rapidez… En fin, con tal que no nos traigan más que lluvia… Pero si nieva…

– Vamos, Broks, no economizando los tragos de aguardiente a los postillones, mañana por la noche estaremos en Revel.

– Es de desear. ¡Treinta y seis horas! No acostumbro tardar más.

– Entonces - respondió Poch- , en camino, y no perdamos el tiempo.

– Los caballos ya están enganchados - respondió Broks- , y a nadie espero. La copa de partida, Poch. ¿Aguardiente o vodka?

– Aguardiente - respondió el dependiente.

Después de hacer al postillón seña para que le siguiera, entraron en la taberna de enfrente. Dos minutos después volvían junto al coche, donde ya el viajero desconocido había tomado asiento. Poch se instaló junto a él, y el carruaje arrancó.

Los tres caballos que lo arrastraban no eran más grandes que asnos. De pelo largo y fuerte y una delgadez que dejaba ver el relieve de sus músculos, pero llenos de ardor. El silbido del iemschick bastaba para mantenerlos al trote largo.

Hacía ya muchos años que Poch pertenecía al personal de la casa de banca de los hermanos Johausen, donde entró de niño y donde permanecería hasta su retiro. Gozaba de toda la confianza de sus amos, y se le encargaba frecuentemente llevar a los corresponsales, ya de Revel, ya de Pernau, de Mitau o de Dorpat, sumas de importancia, que hubiera sido imprudente confiar al servicio de coches correo. Esta vez su cartera contenía quince mil rublos en billetes, que debía entregar al corresponsal de Revel, volviendo después a Riga.

No le faltaba motivo para desear estar pronto de regreso. Su conversación con Broks nos dará a conocer este motivo.

El iemschick conducía rápidamente al tiro, con los brazos separados y llevando las riendas a la manera rusa. Después de haber subido por el barrio del norte, se lanzó sobre la carretera, a través del campo. En los alrededores de Riga son numerosos los campos cultivados, y los trabajos de labor iban a comenzar muy pronto. Pero a diez o doce verstas de allí la mirada se perdía en la interminable estepa, cuya uniformidad sólo se altera, a excepción de los accidentes del terreno, muy raros en la superficie de las provincias bálticas, por los bosques de verdes árboles.

Como Broks había hecho observar, el aspecto del cielo no era tranquilizador. El aire se desplazaba en violentas ráfagas y la tormenta se acentuaba a medida que el sol se elevaba sobre el horizonte. Afortunadamente, el viento soplaba del sudoeste.

Cada veinte verstas una parada permitía cambiar el tiro y el postillón. Este servicio, convenientemente organizado, aseguraba a los viajeros un transporte regular y bastante rápido.

Desde la partida, con vivo disgusto, comprendió Poch que no podría entrar en conversación con su compañero de viaje; hundido en un rincón, con la cabeza encapuchada y sin dejar ver nada de su rostro, dormía o fingía dormir. El dependiente hizo vanas tentativas para entablar un diálogo.

Locuaz por naturaleza, viose, pues, reducido a hablar con Broks, sentado cerca del iemschick y abrigado con su capote de cuero.

Bajando el cristal que cerraba la delantera era fácil hablar, y como el conductor era tan aficionado a ello como el dependiente, las lenguas no descansaban.

– ¿Y aseguras, Broks - era la cuarta vez que desde la partida le dirigía esta pregunta- , aseguras que mañana por la noche llegaremos a Revel?

– Sí, Poch, si el mal tiempo no lo impide; sobre todo, si no nos detiene durante la noche.

– Y una vez en Revel, ¿el coche partirá a las veinticuatro horas?

– A las veinticuatro horas respondió Broks . El servicio está establecido de esta manera.

– ¿Y serás tú el que me conduzca a Riga?

– Yo mismo, Poch.

– ¡Por San Miguel…! Ya querría estar de vuelta… Contigo, se entiende.

– ¿Conmigo, Poch? Gracias por tu amabilidad… Pero, ¿por qué tanta prisa?

– Porque tengo que hacerte una invitación, Broks.

– ¿A mí?

– A ti. Una invitación que te agradará, si es que te gusta comer y beber bien en grata compañía.

– ¡Vaya! - dijo Broks- . Sería preciso ser enemigo de sí mismo para que le desagradara a uno eso. ¿Se trata de una comida?

– Más que comida. Un verdadero festín de boda.

– ¿De boda? - exclamó el conductor- . ¿Y por qué motivo he de ser yo invitado a un festín de boda?.

– Porque el novio te conoce personalmente.

– ¿Me conoce?

– Y también la novia.

– Vamos - dijo Broks- , acepto, aun sin saber quiénes son los futuros esposos.

– Te lo voy a decir.

– Antes déjame que te pregunte si son buena gente.

– ¡Ya lo creo…! Como que el novio soy yo.

– ¡Tú, Poch!

– Yo mismo… Y la novia es la excelente Zenaida Parensof.

– Sí que es excelente… La verdad, no esperaba esto.

– ¿Te asombra?

– No. Y haréis un buen matrimonio, aunque tú tengas cincuenta años cumplidos, Poch.

– Y Zenaida tenga cuarenta y cinco, Broks. ¿Qué quieres? Seremos dichosos menos tiempo, esto es todo. ¡Ah, amigos Se puede amar cuando se quiera; pero no debe uno casarse hasta que es posible. Yo tenía veinticinco años cuando me enamoré, y Zenaida veinte. Pero entre los dos no poseíamos cien rublos. Lo prudente era esperar. Cuando yo hubiera ahorrado una suma regular y ella tuviera una dote semejante, estaba convenido que nos casaríamos… ¡Y hoy ya está el dinero! ¿Acaso entre los pobres no sucede esto frecuentemente en Livonia? Así no hay que inquietarse por el porvenir.

– Tienes razón,

– Yo ocupo ya un buen destino en la casa Johausen; quinientos rublos por año, que los dos hermanos aumentarán el día del matrimonio. Zenaida gana otro tanto. Henos, pues, ricos… ricos a nuestra manera, se comprende… Seguramente no poseemos la cuarta parte de lo que llevo en mi cartera.

Poch se detuvo, arrojando una mirada recelósa sobre su compañero de viaje, siempre inmóvil, y que al parecer dormía. Tal vez había hablado más de lo conveniente. Después añadió:

– Sí, Broks; ricos a nuestra manera. Con nuestras economías pienso que Zenaida haría bien en comprar una tienda de mercería. Hay una en venta cerca del puerto.

– Y te prometo gran clientela, amigo Poch - exclamó el conductor.

– Gracias, Broks, gracias por adelantado. Ya sabes que en el festín te reservo un sitio.

– ¿Cuál?

– No lejos de la novia. Ya verás cómo Zenaida está aún bella con su traje de boda, la corona de mirto en la cabeza y el collar, regalo de la señora Johausen.

– ¡Te creo, Poch, te creo! Tan buena mujer no puede menos de ser bella. ¿Y cuándo es la ceremonia?

– Dentro de cuatro días, el 16 de este mes. Y he aquí por qué te digo: da prisa a los postillones, que por mi parte no he de regatearles las copas. Que no dejen dormirse a los caballos… ¡Tu coche lleva un novio, y es preciso que no envejezca demasiado en el viaje!

– ¡Sí, Zenaida no te querría! - respondió riendo el alegre conductor.

– ¡Ah! ¡La buena mujer! Aunque yo tuviera veinte años más, me querría lo mismo.

Por efecto de la confidencia que el dependiente acababa de hacer a su amigo Broks, las paradas, regadas con una copa de aguardiente, fueron breves, y jamás el coche correo de Riga había caminado tan de prisa.

El país ofrecía siempre el mismo aspecto, de inmensas llanuras, de las que brotaba el penetrante olor del cáñamo durante el verano. El estado del camino, las más de las veces trazado por los coches y carretas, dejaba mucho que desear. A veces se prolongaba entre las lindes de vastos bosques, invariablemente cubiertos de arces, alisos, abedules e inmensos abetales que gemían al impulso de las ráfagas. En los caminos y campos de cultivo había poca gente. El carruaje marchaba de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, de parada en parada, sin perder tiempo, gracias a Broks. No era de prever retraso alguno.

Durante el tiempo que se tardaba en mudarse tiro, el dependiente y el conductor se apeaban, pero el viajero desconocido no abandonaba su sitio, aprovechando el tiempo en que quedaba solo para arrojar una mirada al exterior.

– No es muy vivo nuestro compañero - repetía Poch.

– Ni tampoco muy hablador - respondía Broks.

– ¿No sabes quién es?

– No… y no he visto ni el color de su barba.

– Preciso será que se decida a mostrar el rostro cuando comamos al mediodía.

– ¡A menos que tampoco coma! - respondió Broks.

Antes de llegar al pueblo donde el coche debía detenerse a la hora de comer, atravesaron por un gran número de miserables aldeas, llenas de cabañas, apenas habitables, mansiones de gente pobre, cuyas mal unidas maderas dejaban penetrar el frío.

Sin embargo, en Livonia los campesinos son robustos. Los hombres muestran sus cabezas cubiertas de duros cabellos, y las mujeres van cubiertas de andrajos; los niños, descalzos, con los brazos y las piernas manchados de barro, como animales de establos descuidados.

¡Pobres mujiks! Y si sufren en sus tugurios los calores del verano y los fríos del invierno, la lluvia o la nieve, ¿qué decir de su alimentación, del negro pan de corteza, mojado en el aceite, que da la simiente del cáñamo, del caldo de trigo o avena, y alguna vez muy pocas, del tocino o carne salada? ¡Qué existencia la suya! Pero no se quejan… ¿Para qué?

Afortunadamente, a la entrada de un pueblo importante, en la parada del mediodía y en una regular posada, los viajeros encontraron sustanciosa comida: cochinillo, cohombros nadando en un cuenco de agua salada, grandes pedazos de ese pan que se llama «pan agrio», pues no se podía exigir pan blanco, un trozo de salmón pescado en las aguas del Duina, tocino fresco con legumbres, caviar, jengibre, rábanos y esas confituras de arándanos que tienen un sabor singular. Por bebida el invariable té, el cual corre con tanta abundancia que bastaría para alimentar un río en las provincias bálticas. En suma, una excelente comida que puso a Broks y a Poch de excelente humor para el resto del día.

Respecto al otro viajero, no pareció que le produjera tan felices efectos. Se hizo servir aparte, en un rincón sombrío de la sala. Levantó apenas su capucha, que dejó ver una barba canosa. En vano el dependiente y el conductor intentaron verle el rostro. Comió rápida y sobriamente, y mucho antes que los otros volvió a ocupar su sitio en el coche.

No dejó esto de intrigar a sus compañeros de viaje, especialmente a Poch, que sentía gran despecho por no haber podido sacar una sola palabra a aquel taciturno.

– ¿No conseguiremos saber quién es ese individuo? - preguntó Poch.

– Yo te lo voy a decir - respondió Broks.

– ¿Le conoces?

– Sí… Es un caballero que ha pagado su billete, y esto me basta.

Se partió algunos minutos antes de las dos, y el coche tomó un andar rápido. El tiro, al que se le dirigían cariñosas palabras: «¡Hala, palomas…! ¡hala, golondrinas…!», arrancó al trote largo, bajo el látigo del postillón.

Probablemente Poch había agotado todo su repertorio de noticias, pues entre él y el conductor la conversación languidecía. Algo pesado, además, por efecto de la digestión de tan buena comida, ahogado el cerebro en los vapores del vodka, no tardó en dormirse, balanceando la cabeza a uno y otro lado. Sueño que al cabo de un cuarto de hora era profundo, y en el que sin duda brillaba la dulce imagen de Zenaida Parensof.

El tiempo se tornaba rudo. Las nubes bajaban. El carruaje había entrado por llanuras pantanosas, impropias para establecer un camino. Por la tierra movediza corrían múltiples arroyos, siendo preciso yuxtaponer troncos de árboles para dar alguna solidez al terreno.

El paso, casi insuficiente para un peatón, era muy difícil para un carruaje. Gran número de dichos maderos, apoyados solamente por un extremo, se movían bajo las ruedas del coche, que sonaba con un inquietante ruido de herraje.

En tales condiciones, el iemschick no pensaba en forzar al tiro. Por prudencia, marchaba lentamente, levantando a los caballos, que tropezaban a cada paso.

Franqueáronse de este modo varias etapas, evitando accidentes. Pero las bestias llegaban muy fatigadas a los sitios de parada, y no se les podía pedir más.

A las cinco de la tarde, bajo un cielo cubierto de nubes, ya era de noche. Extrema atención exigía mantenerse en buena dirección en aquel camino confundido con los pantanos. Los caballos se asustaban al no sentir el suelo firme bajo sus cascos: espantados, se arrojaban de lado.

– ¡Al paso, al paso, puesto que es preciso! - repetía Broks- . Vale más llegar a Pernau con una hora de retraso que volcar.

– ¡Una hora de retraso! - exclamó Poch, al que tantas sacudidas habían sacado de su sueño.

– ¡Es lo más prudente! - respondió el postillón, que se vio obligado varias veces a echar pie a tierra para conducir al tiro por la brida.

El viajero había hecho algunos movimientos, irguió la cabeza, y buscó inútilmente ver algo a través del cristal de la ventanilla. La oscuridad era lo bastante espesa entonces para que fuera imposible percibir nada. Los faroles del coche lanzaban sus reflejos luminosos, que apenas rompían las tinieblas.

– ¿Dónde estamos? - preguntó Poch.

– Aún nos faltan veinte verstas para llegar a Pernau - respondió Broks- ; y creo que obraríamos cuerdamente permaneciendo en el primer relevo hasta mañana por la mañana.

– ¡Al diablo la tormenta, que nos va a ocasionar un retraso de doce horas! - exclamó Poch.

Se continuó avanzando, pero el viento empujaba con tal violencia, que el coche, precipitándose sobre el tiro, amenazaba volcarse. Los caballos se encabritaban. La situación se hacía extraordinariamente difícil, hasta el punto de que Poch y Broks hablaron de hacer a pie lo que restaba de camino hasta Pernau. Quizás esto hubiera sido lo más prudente, a fin de evitar los graves accidentes que podrían sobrevenir continuando en el coche.

Su compañero no parecía decidido a abandonarle. Un flemático inglés no hubiera demostrado más indiferencia por lo que sucedía. No era para viajar a pie para lo que había pagado su asiento en el coche, que tenía la obligación de conducirle hasta su destino.

De pronto, a las seis y media, en lo más fuerte de la tormenta, se produjo un violento choque. Una de las ruedas delanteras se había hundido en un bache, y al esfuerzo de los caballos, fustigados duramente, se rompió.

El coche se inclinó bruscamente, y perdiendo el equilibrio, cayó sobre el lado izquierdo.

Sonaron gritos de dolor. Poch, herido en una pierna, no tuvo más pensamiento que el de su cartera, que no había abandonado y que estrechó con más fuerza cuando consiguió salir del coche.

Broks y el viajero no habían recibido más que insignificantes contusiones, y el postillón había saltado a la cabeza de los caballos.

El sitio una llanura con un bosque a la izquierda estaba desierto.

– ¿Qué vamos a hacer? - exclamó Poch.

– El coche no puede continuar - respondió Broks.

El desconocido no pronunció una palabra.

– ¿Puedes ir a pie hasta Pernau? - preguntó el conductor a Poch.

– ¡Quince verstas y con mi contusión! - exclamó éste.

– ¿Y a caballo?

– ¡A caballo…! A los pocos pasos estaría en tierra.

El único partido posible era buscar albergue en alguna posada de los alrededores, si es que la había, y pasar allí la noche Poch y el viajero, al menos. Broks y el postillón desengancharían, y a caballo llegarían a Pernau lo más pronto posible, y al día siguiente volverían con un carretero que arreglaría el coche.

De no llevar Poch tan fuerte suma, hubiera, sin duda, encontrado excelente el consejo.

Pero con sus quince mil rublos… Además, ¿había en los alrededores de aquella región desierta una granja, posada o taberna donde los viajeros pudieran refugiarse hasta el siguiente día…? Esto fue lo primero que preguntó Poch.

– Sí… Allí… Sin duda - respondió el viajero.

Y con la mano señalaba una débil luz que brillaba a doscientos pasos a la izquierda, en un rincón del bosque confusamente entrevisto en la sombra… ¿Era el farol de una posada o el fuego de un leñador?

El postillón dijo:

– Es la taberna de Kroff.

– ¿La taberna de Kroff? - repitió Poch.

– Sí, el kabak de la Cruz Rota.

– Pues bien - dijo Broks, dirigiéndose a sus compañeros- ; si ustedes quieren hacer noche en esta posada, mañana, a primera hora, vendremos a recogerles.

La proposición pareció agradar al viajero. Era lo mejor. El tiempo era espantoso y la lluvia no tardaría en caer a torrentes. El conductor y el postillón no llegarían a Pernau sin gran trabajo.

– Convenido - dijo entonces Poch, al que su pierna lesionada hacía sufrir bastante- .

Después de una noche de reposo, mañana me encontraré en disposición de continuar mi viaje… y cuento contigo Broks.

– A la hora dicha estaré de vuelta - respondió el conductor.

Los caballos fueron desenganchados y el coche tuvo que ser abandonado; pero no era probable que aquella noche pasase por allí coche ni carreta.

Después de estrechar la mano de su amigo, Poch, arrastrando la pierna, se dirigió hacia el bosque de donde se escapaba la luz que indicaba el sitio de la posada. Como andaba con dificultad, el viajero le ofreció el apoyo de su brazo. Poch aceptó, después de haber dado las gracias al desconocido, que resultaba más sociable de lo que podía esperarse por la actitud en que se había mantenido desde la partida de Riga.

Los doscientos pasos fueron recorridos sin dificultad, siguiendo el camino al límite del cual se aparecía la posada. A la puerta de ésta brillaba el farol con su lámpara de petróleo.

En el ángulo del muro se alzaba una larga pértiga que servía para llamar la atención de los pasajeros durante el día. A través de las junturas de las ventanas se filtraban las luces del interior, y se escapaba un ruido de voces y vasos. Una muestra groseramente pintada se sostenía sobre la puerta principal, y en ella, a la luz del farol, podían leerse estas palabras: Kabak de la Cruz Rota.

Jegyzetek

  1. Se daba este nombre a la valija del correo o posta ordinaria de Francia y de Inglaterra, y también al mismo correo. ↩

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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