Un drama en Livonia

CAPÍTULO XII

VLADIMIR YANOF

H

AY que remontarse quince días atrás, hasta el comienzo de este drama.

Un hombre acaba de aparecer en la orilla oriental del lago Peipus. Durante la noche se ha lanzado a través de los bloques de hielo de los que la superficie del lago está erizada. Una ronda de aduaneros, creyendo seguir la pista de algún contrabandista, se lanza en su persecución, y, en el momento en que éste se escondía entre los bloques abre el fuego contra él. No habiendo sido alcanzado, el hombre ha conseguido refugiarse en una cabaña de pescadores, donde pasa el día. Llegada la noche, ha reanudado su marcha, ha tenido que huir ante una manada de lobos y ha encontrado refugio en un molino, donde el buen molinero ha favorecido su evasión. Finalmente, perseguido por la escuadra del cabo Eck, logra escapar por milagro lanzándose sobre los hielos a la deriva del Pernova. Es por un milagro también como escapa muerte en el deshielo y como logra permanecer en Pernau sin ser descubierto.

Vladimir Yanof era hijo de Jean Yanof, un antiguo amigo de Nicolef, a quien antes de morir le confió toda su fortuna. Este sagrado depósito de veinte mil rublos en billetes de banco debía ser entregado a Vladimir cuando el proscrito regresara a su país natal, si le era posible hacerlo alguna vez.

Efectivamente; ya se sabe que a consecuencia de un proceso político fue enviado al fondo de la Siberia oriental en las colinas de Munisinsk, pesando sobre él una sentencia de cadena perpetua. ¿Su prometida Ilka Nicolef podía conservar la esperanza de que le fuera devuelto un día al seno de su familia adoptiva, la única que le quedaba en el mundo, donde había de encontrar reposo y felicidad?

No; todos estaban seguros de que su ensueño no había de realizarse, a menos que Vladimir lograse la fuga.

Pues a los cuatro años de cautiverio logró escaparse y a través de las estepas siberianas y europeas del imperio ruso llegó a Pernau, donde esperaba poder embarcarse con rumbo a Francia o Inglaterra. Allí era donde estaba oculto, después de despistar a la policía, esperando poder tomar pasaje en un barco cualquiera en cuanto la navegación quedara abierta en el Báltico.

Refugiado en Pernau, Vladimir Yanof había agotado sus recursos, y no tuvo más remedio que escribir a Nicolef la carta que determinó el viaje del profesor, a fin entregar al hijo el depósito que le había sido confiado por el padre.

Un exceso de discreción le hizo ocultar en absoluto el objeto y término de su viaje. Ya de regreso, siguió callando porque el fugitivo le había hecho antes jurar que no revelaría a nadie su presencia hasta que recibiese carta suya noticiándole que estaba ya en seguridad en suelo extranjero.

Dimitri Nicolef había salido secretamente de Riga y aunque pagó su asiento hasta Revel, a fin de no indicar el punto hacia donde se dirigía, proponíase dejar la diligencia en Pernau, adonde hubiera llegado aquella misma noche de no haberse producido el accidente de la diligencia.

Sabido es qué deplorable concurso de circunstancias vino a comprometer el plan de Dimitri Nicolef, resultando, por obra de la fatalidad, nada menos que una acusación de asesinato.

Cuando Nicolef dejó el nocturno albergue, todavía era de noche. Esperando no ser descubierto, tomó el camino de Pernau, a la sazón desierto. Después de una rápida marcha de dos horas, al salir el sol llegaba a Pernau, deteniéndose en el hotel donde se alojaba Vladimir con nombre supuesto.

¡Qué alegría experimentaron los dos al abrazarse, después de tan larga ausencia, después de tantas pruebas sufridas, tantos peligros milagrosamente salvados!

Nicolef entregó a Vladimir la cartera que encerraba toda la fortuna de Jean Yanof, y deseando asistir a su embarque permaneció dos días a su lado. Pero el barco en el que Vladimir había tomado pasaje tardaba en zarpar, y Nicolef, no pudiendo retardar más su ausencia, tuvo que regresar a Riga. El joven proscrito le encargó mil afectos para Ilka, haciéndole prometer que no había de revelarle su evasión hasta el momento en que estuviese al abrigo de las persecuciones de la temible policía moscovita. Le escribiría en cuanto estuviese en seguridad, y tal vez pudiera ir a su lado en compañía de Ilka.

Nicolef abrazó a Vladimir, salió de Pernau y entró en Riga la noche del 16 al 17, sin sospechar la terrible acusación que pesaba sobre él.

Ya conocemos la escena ocurrida en el despacho del juez entre éste y Nicolef, que se obstinó en guardar silencio acerca de los motivos de su viaje, a pesar de la viva insistencia del magistrado, que se resistía a creer en la culpabilidad del profesor.

Pero Nicolef estaba firmemente resuelto a callar, en tanto no recibiese aviso del proscrito diciéndole que estaba ya en seguridad.

Esta carta no llegó. ¡Y con qué impaciencia la esperaba Nicolef!

Y cuando, comprometido por su silencio, que por nada del mundo hubiese roto, perseguido por el odio despiadado de sus adversarios políticos, amenazada su vida por las violencias de las turbas, iba a ser preso, fue cuando Vladimir Yanof apareció para salvarle.

Y ahora ya se sabe quién era el proscrito y por qué había ido a Riga.

Una vez abierta la puerta de la casa, Vladimir cayó en brazos de Nicolef, estrechó a Ilka contra su pecho y abrazó a Jean. Cogió entre las suyas las manos que le tendían, y ante el coronel y el mayor, que le habían seguido, dijo:

– En Pernau, cuando supe el crimen infame que se imputaba a Nicolef, cuándo supe que se le acusaba como autor del asesinato de la Cruz Rota, cuando los periódicos han dicho que se negaba a manifestar el motivo de su viaje, cuando no tenía más que pronunciar una palabra, un nombre, el mío, para justificarse por completo, y que no lo decía por no comprometerme, comprendí cuál era mi deber: abandoné Pernau, ¡Y aquí estoy…! Lo que tú has querido hacer por mí, Dimitri Nicolef, el amigo de Jean Yanof, mi segundo padre, yo lo hago ahora por ti.

– ¡Y haces muy mal, Vladimir; haces muy mal, Vladimir…! Soy inocente, y al fin y al cabo mi inocencia hubiera resplandecido.

– ¿He obrado bien, Ilka? - preguntó Vladimir, dirigiéndose a la joven.

– No contestes, hija mía; tú no tienes que decidir entre tu padre y tu prometido. Estimo en lo que vale lo que has hecho por mí Vladimir, pero te censuro haberlo hecho. Con más cordura, hubieras comprendido que valía más refugiarte en lugar seguro…; desde allí me hubieras escrito, y recibida tu carta, yo hubiese hablado, revelando los motivos de mi viaje… ¿No podía yo acaso soportar unos días más estas tristes pruebas para que tú estuvieses fuera de peligro?

– Padre - dijo entonces Ilka con firme acento- suceda lo que suceda, Vladimir ha procedido bien, y toda mi vida no bastará para pagarle el agradecimiento que le debo por su noble conducta.

– ¡Gracias, Ilka, gracias! - exclamó Vladimir- . Ya estoy pagado, puesto que he podido librar a tu padre de un día más de deshonor.

Ahora no cabía duda acerca de la justificación de Nicolef, debida a la inesperada intervención del proscrito.

La noticia habíase extendido con prodigiosa celeridad. Que los señores Johausen pusieran una rencorosa obstinación en no creer, que el mayor Verder viese disgusto que aquel eslavo se escapaba de sus acusaciones, que los amigos del banquero hicieran toda clase de reservas acerca del incidente, no era de extrañar, pero bien pronto habían de rendirse a la evidencia.

Sabido es con qué rapidez las multitudes cambian de criterio, pues la opinión pública tiene, como el mar, sus flujos y reflujos. Así sucedió precisamente en estas circunstancias.

La efervescencia se calmó. Ya no se de invadir la casa de Nicolef, y los agentes de policía no tendrían que protegerle contra el furor popular.

Pero quedaba por arreglar la situación de Vladimir Yanof. Aunque su alma generosa, el sentimiento de su noble deber lo había llevado a Riga, no por eso dejaba de ser un condenado político, un evadido de las minas siberianas. Así es que el coronel le dijo, con voz en la que se dejaba traslucir toda la benevolencia compatible con la reserva impuesta a un funcionario moscovita, a un jefe de policía:

– Vladimir Yanof, es usted un fugado de debo darle cuenta al gobernador. Voy a ver Gorko, y hasta mi regreso no hay inconveniente en que se quede usted en esta casa, con tal que me dé su palabra de honor de que no ha de tratar de huir.

– Se la doy a usted, coronel - contestó el.

El coronel Raguenof dejó a Eck y a sus hombres vigilando, y partió en busca del general Gorko.

Inútil insistir sobre la enternecedora escena Jean, Ilka y Vladimir entregábanse a las expansiones. El doctor y el cónsul habíanse de Y hubo en aquella casa algunos momentos de felicidad que la familia del profesor hacía tiempo no disfrutaba. Sonreían, hablaban, hacían proyectos para el porvenir dándose de la situación de Vladimir, la condena que sobre él pesaba, las terribles consecuencias de su huida.

El coronel Raguenof volvió al cabo de u ,dijo, dirigiéndose a Vladimir:

– Por orden del general Gorko, voy a conducirle a la fortaleza de Riga, donde esperará usted las instrucciones que vengan de San Petersburgo.

– Estoy dispuesto a obedecer, coronel - contestó Vladimir- . Adiós, padre - dijo a Nicolef- ; adiós, hermano mío - a Jean, y cogiendo la mano a Ilka - adiós, hermana mía…

– No, tu mujer - contestó la joven.

¿Cuánto iba a durar aquella separación?

A partir de aquel día, el extraordinario interés que ofrecía este proceso, tan lejos de terminarse, se trasladó hacia el proscrito, que no había dudado en sacrificar su libertad y tal vez su vida, pues estaba condenado por crimen político. Su conducta era admirable, cualquiera que fuese la opinión formada acerca de Nicolef. Así es que en los dos campos opuestos las mujeres celebraban a la vez la generosidad de alma que había guiado a Vladimir Yanof. Y luego había otro punto de una impresión enternecedora, su amor por Ilka y la brusca separación en el momento de volverse a encontrar y soñar con ver cumplidas sus aspiraciones. El fugitivo, ¿volvería al fondo de aquella Siberia, de donde se había escapado a costa de tantos afanes? ¿Estaría condenada su prometida a llorarlo eternamente, después de haber entrevisto un instante la felicidad?

Cuando dejara la fortaleza de Riga, ¿sería porque su noble conducta habíale valido la gracia del zar, o volvería a emprender el camino del destierro…?

Sería un error creer que esta inesperada intervención de Vladimir hubiese proclamado para todos la inocencia de Nicolef. En la ciudad de Riga, infestada de germanismo, no podía suceder así. Las clases elevadas, sobre todo, no se resignaban a perder la presa del profesor, representante de los intereses eslavos. Los periódicos de partido no dejaron de hacer distingos con evidente mala fe.

En suma, el asesino de Poch no había sido descubierto. Había una víctima que pedía venganza por boca de los rencorosos e irreductibles enemigos de la influencia moscovita.

La casa de los hermanos Johausen era el ardiente hogar donde se atizaba aquel odio, y habíase firmemente resuelto no dejarlo extinguir.

La consigna era protestar contra los magistrados que no obraban con la suficiente energía. No se recataban en declarar que la justicia obedecía a presiones de las alturas. ¿Se habría dictado el sobreseimiento para Nicolef? ¿Su inocencia era evidente para todos? ¿La llegada de Vladimir destruía todos los cargos del sumario?

Frank Johausen resumía del siguiente modo la opinión de mucha gente que no quería reconocer la inocencia del profesor:

«Se conocen ya las causas que motivaron el viaje de Nicolef. Fue a reunirse con

Vladimir Yanof en Pernau; ¡sea…! Al dejar el albergue, a las cuatro de la mañana; era para dirigirse a Pernau; ¡concedido! Pero ¿pasó o no pasó la noche del 13 al 14 en la Cruz Rota? ¿El asesino, pudo o no ser el viajero que ocupaba la habitación donde se encontró el instrumento que sirvió para forzar la ventana de la pobre víctima? ¿Ese viajero era o no era Dimitri Nicolef?»

A preguntas hechas de esta suerte no cabía más qué una respuesta afirmativa. Pero a las apasionadas interrogaciones del banquero hubiéranse podido oponer las siguientes:

¿No ha podido ser el autor del crimen un malhechor que no estuviese en la casa? ¿Se puede descartar en absoluto al posadero Kroff? ¿No ha tenido éste más facilidades que nadie para asesinar a Poch, bien sea antes p después de la partida del profesor? ¿No sabía ese Kroff que la cartera de Poch contenía una suma considerable?

A esto la información judicial respondía que las investigaciones no habían concretado nada sospechoso contra el posadero; contestación que no era un argumento. Por otra parte, la justicia no rechazaba la posibilidad de que el crimen hubiese sido cometido por alguno de los malhechores que desde hacía tiempo andaban por la alta Livonia.

Y ésta era la opinión del coronel Raguenof, que al día siguiente conversaba con el mayor Verder acerca del asunto.

– Que Nicolef - decía el coronel- haya salido de su habitación por la ventana para penetrar en la de Poch, me parece muy hipotético.

– ¿Y las huellas?

– ¿Las huellas…? Ante todo, hay que saber de un modo cierto si eran recientes, frescas; lo que no está probado. Ese kabak de la Cruz Rota está completamente aislado.

Que un ladrón cualquiera haya intentado abrir la ventana aquella noche u otra cualquiera; es cosa bien admisible.

– Tenga usted en cuenta, mi coronel, que el asesino ha debido necesariamente saber que había mucho que robar, y que Nicolef no lo ignoraba.

– Ni otros tampoco - replicó vivamente el coronel- , puesto que Poch había sido lo bastante imprudente para charlar a propósito del dinero, dejando ver su cartera. ¿Es que Kroff y Broks, el conductor, y los postillones que se han sucedido en los relevos, no lo sabían también, sin contar con los bebedores que había en la Cruz Rota cuando llegaron Poch y Nicolef?

No cabe duda de que esta argumentación tenía su valor. Las presunciones no pesaban únicamente sobre Dimitri Nicolef. Quedaba por demostrar que el profesor hallábase en una situación pecuniaria de la que no hubiera podido salir más que por un robo.

A pesar de todo, el mayor no quería rendirse, y seguía creyendo en la culpabilidad de Nicolef.

– Pues yo creo - contestó el coronel- que los alemanes son siempre alemanes.

– Como los eslavos son siempre eslavos - repuso el mayor.

– Bueno, pues dejemos al juez Kerstorf continuar el sumario - dijo como final el coronel Raguenof- . Cuando las diligencias judiciales hayan concluido habrá llegado el momento de discutir el pro y el contra.

Sustrayéndose a todas las opiniones que la pasión política informaba, el juez instruía la causa con minucioso cuidado. Ya sabía lo que el profesor habíase obstinado en no revelar, el motivo de su viaje, y esto justificaba su repugnancia a declararle culpable.

Pero entonces, ¿quién era el autor del crimen? Numerosos testigos comparecieron en su despacho: los postillones de la diligencia, los campesinos que bebían en casa de Kroff cuando llegaron Poch y Nicolef, todos los que estaban al corriente de lo que Poch iba a hacer a Revel.

Ningún cargo resultaba contra estos testigos.

El conductor Broks fue interrogado repetidas veces.

Conocía mejor que nadie la situación de Poch, y sabía que era portador de una suma considerable. Pero este buen hombre no daba lugar a la menor sospecha. Después del accidente de la diligencia habíase dirigido a Pernau, donde había dormido. La coartada era indiscutible.

Así pues, la hipótesis de un malhechor desconocido perdía terreno, pues era necesario que el asesino conociese el motivo del viaje de la víctima y le hubiera seguido, aprovechando el accidente de la diligencia que le obligó a hacer noche en el kabak de la Cruz Rota…

De suerte que, sin declarar inverosímil la referida hipótesis, era lo más probable que el crimen hubiera sido cometido por uno u otro de los que habían pasado la noche en la Cruz Rota, es decir, Kroff o Dimitri Nicolef.

Desde que la justicia acudió al lugar del crimen, Kroff no se había separado de su casa, vigilado de cerca por los agentes. Conducido varias veces ante el juez de instrucción, había sufrido minuciosos y largos interrogatorios.

Nada de su conducta ni de sus respuestas había dado lugar a la más ligera sospecha.

Además, en cada declaración confirmaba su creencia de que Dimitri Nicolef había cometido el crimen, puesto que fue quien tuvo facilidades para ello.

– ¿Y no oyó usted ningún ruido durante la noche? - le preguntó el magistrado.

– Ninguno, señor juez.

– Sin embargo, el criminal tuvo que abrir una ventana, violentar otra…

– Mi habitación está en el patio y las ventanas de referencia dan a la carretera…

Además, yo dormía profundamente… Para mayor dificultad, aquella noche hacía un tiempo espantoso, y la borrasca no permitía oír el menor ruido.

El juez escuchaba atentamente las declaraciones de Kroff, y aunque en el fondo sentía cierta prevención contra él, su mirada escrutadora no podía sorprender la falsedad en las palabras del posadero.

Concluido el interrogatorio, Kroff emprendía libremente el camino de la Cruz Rota. Si era culpable, más valía dejarle en completa libertad, vigilándole, por su puesto, pues tal vez de esta suerte se comprometiera por alguna imprudencia.

Cuatro días habían transcurrido desde que Vladimir Yanof fue encerrado en la fortaleza de Riga.

Con arreglo a las órdenes del gobernador, habíase habilitado una habitación para el prisionero, que era tratado con todas las consideraciones que merecía su situación y su conducta. El general Gorko no dudaba que esta condescendencia había de merecer la aprobación de sus superiores, cualquiera que fuese la suerte que el destino deparaba a Vladimir Yanof.

Dimitri Nicolef, cuya salud se resentía por tan terribles pruebas, tuvo que quedarse en casa y no pudo ir a ver a Vladimir, como era su deseo. El acceso a la prisión era permitido a la familia de Nicolef y a los amigos de Yanof. Todos los días Jean e Ilka se presentaban en la fortaleza y se les conducía cerca del prisionero, con el que conversaban cariñosamente, aferrándose a la esperanza de un porvenir feliz. Los hermanos creían, querían creer en la magnanimidad del emperador… ¿Su majestad sería insensible a las súplicas de aquella desgraciada familia, tan rudamente combatida por el destino? Vladimir e Ilka no habían de vivir separados por millares de leguas, y sobre todo, por aquella condena a perpetuidad, mil veces más terrible que la distancia… El matrimonio de los dos jóvenes podría realizarse en unas cuantas semanas si Vladimir era indultado por la clemencia imperial. El gobernador había interpuesto para ello sus buenos oficios. La situación particular de Nicolef en Riga, en vísperas de elecciones, en las que representaba al partido eslavo, la tendencia del gobierno a rusificar las provincias bálticas, todo contribuía en favor del fugitivo.

El 24 de abril, después de despedirse de su padre, su hermana y Yanof, Jean dejó Riga para regresar a Dorpat. Quería entrar en la Universidad con la frente levantada, después de haber sido tratado de hijo de asesino.

Inútil es afirmar que sus camaradas le hicieron un caluroso recibimiento, distinguiéndose entre todos Gospodin.

Pero los estudiantes del partido contrario, acaudillado por Karl Johausen, conservaban la misma actitud, y parecía que las cosas terminarían de modo ruidoso.

El choque se produjo al día siguiente del regreso de Jean Nicolef.

Éste pidió satisfacción a Karl de sus insultos, alemán, no sólo se negó a retirarlos, sino que los más aún.

Jean le dio una bofetada. El duelo fue inevitable; Karl Johausen resultó gravemente herido.

¡Imagínese el efecto que la noticia produciría en Riga!

Los señores Johausen corrieron hacia Dorpat para cuidar al herido, exacerbándose el rencor que sentían hacia los Nicolef, a los que habían de combatir como a mortales enemigos.

Cinco días después llegaba de San Petersburgo la comunicación oficial que decidía de la suerte de Vladimir Yanof.

Habíase hecho bien en contar con la generosidad del emperador, que concedía indulto pleno al proscrito escapado de las minas de Siberia.

Vladimir Yanof fue inmediatamente puesto en libertad.

Sürgöny

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