Un drama en Livonia

CAPÍTULO X

INTERROGATORIO

DIMITRI Nicolef volvió a Riga la noche del 16 al 17 de abril sin haber sido reconocido en el camino.

Devorada por la inquietud, Ilka no podía pegar los ojos. ¡Y cuál no hubiera sido su estado de haber sabido la acusación que pesaba sobre la cabeza de su padre!

Además, nuevo motivo de ansiedad: aquella misma noche llegó un telegrama anunciando la llegada de Jean Nicolef, quien no indicaba la causa de su brusca salida de Dorpat.

Sin embargo, ¡qué peso se le quitó de encima cual a eso de las tres de la madrugada oyó que su padre subía la escalera!

Como no fue a saludarla, pensó que más valía de acostarse después de la fatiga del viaje. Al día siguiente iría a abrazarle en cuanto se levantara. Y tal vez le diría por qué tan precipitadamente y sin advertirle habíase visto obligado a partir.

Efectivamente, encontráronse muy de mañana la y el padre, y éste le dijo:

– Ya estoy de vuelta, mi querida hija. Mi ausencia a durado más tiempo del que yo creía. Pero, en fin, no he retrasado más que veinticuatro horas.

– Debes estar muy fatigado, padre - observó Ilka.

– Un poco, pero con unas horas de reposo quedare repuesto, y esta tarde podré dar algunas lecciones.

– Sería más conveniente esperar hasta mañana los alumnos están ya prevenidos.

– No, Ilka, no, bastantes días han estado sin lección. ¿No ha venido nadie durante mi ausencia?

– Nadie, a excepción del doctor y el señor Delaporte que se extrañaron mucho de tu ausencia.

– Sí contestó Nicolef - con voz un tanto alterada- , no les hablé del viaje; era una ausencia muy corta y no creo que nadie me haya reconocido.

El profesor no dijo más, y su hija le preguntó discretamente si venía de Dorpat.

– ¿De Dorpat? - preguntó Nicolef con extrañeza- . ¿Y por qué esa pregunta?

– Porque no me explico un telegrama que recibí anoche.

– ¿Un telegrama…? ¿Y de quién?

– De mi hermano, que anuncia su regreso para hoy.

– ¿Que llega Jean? ¡Qué cosa más singular! ¿Por que vendrá? En fin, mi hijo está seguro de ser siempre bien recibido.

Y sintiendo por la actitud de su hija que ésta parecía querer interrogarle sobre los motivos de su viaje,

– Se trata de asuntos importantes que me han obligado a partir precipitadamente.

– ¿Y estás satisfecho, padre? - preguntó Ilka.

– Satisfecho sí, querida hija - replicó mirando a la muchacha- , y espero que estos asuntos no han de tener desagradables consecuencias.

Y como hombre que no gusta de dar más explicaciones, cambió el curso de la conversación.

Después del primer té de la mañana, Dimitri Nicolef subió a su despacho, arreglando algunos papeles y poniéndose al trabajo.

La casa había recobrado su acostumbrada calma, e Ilka estaba bien lejos de suponer el golpe que se le deparaba.

Acababan de dar las doce cuando se presentó un agente de policía, portador de una carta que entregó a la criada, diciéndole que se la entregase a su señor inmediatamente. No se preocupó de preguntar si el profesor estaba en su domicilio. Aunque no lo hubiese parecido, la casa estaba vigilada desde la víspera.

Dimitri abrió la carta, que no contenía más que estas frases: «El juez Kerstorf ruega al profesor Nicolef que comparezca inmediatamente en su despacho, donde le espera. Asunto urgente.» Al leer estas líneas el profesor no pudo contener un movimiento de sospecha. Se puso pálido, retratándose en su fisonomía la más viva inquietud.

Luego, pensando que lo mejor era acudir a la invitación que se le hacía en aquella forma cortés, pero imperativa, por el juez Kerstorf, se puso su capote y bajó a la sala donde estaba su hija.

– Ilka - le dijo- , acabo de recibir un aviso del señor Kerstorf, el juez, para que pase por su despacho.

– ¿El juez…? ¿Qué quiere, padre?

– No sé - repuso Nicolef volviendo la cabeza.

– ¿Será acaso algún suceso en que Jean esté mezclado y que le obliga a salir de Dorpat?

– Lo ignoro, Ilka… Sí, tal vez. En fin, pronto lo sabremos.

El profesor salió, no sin que su hija hubiese advertido su turbación. Caminaba con paso incierto, seguido del agente, sin notar que fuese objeto de la curiosidad pública y aun de la malevolencia de algunas personas que le seguían o le miraban al pasar.

Cuando llegó al palacio de Justicia, fue introducido en el despacho donde esperaban el juez Kerstorf con el mayor Verder y el escribano. Cambiáronse los saludos y el señor Nicolef esperó a que le dirigieran la palabra.

– Señor Nicolef - dijo el juez- , le he llamado para pedirle algunas referencias acerca de un proceso de cuya instrucción he sido encargado.

– ¿De qué se trata, señor juez?

– Tenga usted la bondad de sentarse y escúcheme.

El profesor cogió una silla y sentóse frente al juez tanto que el mayor permanecía de pie cerca de la ventana. La conversación convirtiose de pronto en interrogatorio.

– Señor Nicolef, no se extrañe usted si las preguntas que voy a dirigirle atañen a su vida privada. Es necesario que usted las conteste, sin embargo, en interés del proceso y en el suyo propio.

El profesor, mirando fijamente al juez, permaneció algunos instantes sin responder, limitándose a una ligera inclinación de cabeza, y quedándose con los brazos cruzados.

El señor Kerstorf tenía a la vista las diligencias de información, y las dispuso sobre la mesa, diciendo voz reposada y grave:

– ¿Usted ha estado ausente unos días?

– Sí, señor juez.

– ¿Cuándo salió usted de Riga?

– El día 13 al amanecer.

– ¿Y ha vuelto usted…?

– Esta noche, a la una de la madrugada.

– ¿Partió usted solo?

– Solo.

– ¿Y ha vuelto usted solo?

– Solo.

– ¿Al salir viajó usted en la diligencia de Revel?

– Sí contestó el profesor, - no sin cierto embarazo.

– ¿Y para volver?

– Un coche.

– ¿Dónde encontró el coche?

– A unas cincuenta verstas de aquí, en la carretera Riga.

– ¿De modo que fue el 13 al amanecer cuando partió usted?

– Sí, señor; a las seis.

– ¿Iba usted solo en la diligencia?

– No, señor, iba otro viajero.

– ¿Le conocía usted?

– No, señor.

– Pero luego supo usted que era Poch, el cobrador la casa Johausen hermanos.

– Efectivamente, ese muchacho, bastante hablador no ha cesado de conversar con el conductor.

– ¿Hablaba de sus asuntos personales?

– Únicamente de eso.

– ¿Y qué decía?

– Que iba a Revel por cuenta de los señores Johausen.

– ¿No demostraba impaciencia por regresar a Riga donde había de casarse?

– Sí, señor, creo recordar eso, aunque no estoy del todo seguro, pues yo no presto gran atención a las conversaciones que no me interesan.

– ¿No le interesaba a usted? - preguntó el mayor.

– Indudablemente, caballero - contestó Nicolef, dirigiendo a Verder una mirada de sorpresa- . ¿A santo de qué había de interesarme lo que decía aquel muchacho?

– Eso es lo que la información judicial tiene la pretensión de establecer - repuso el juez.

A esta respuesta el profesor hizo un gesto, dando, entender que no comprendía lo que le querían decir.

– ¿Llevaba Poch una cartera de las que usan habitualmente los cobradores de las casas de banca?

– Es posible, pero yo no me fijé en ello.

– ¿Así es que usted no puede decir si la dejaba imprudentemente sobre la banqueta del coche, a la vista de todos los que se aproximaban a la diligencia en los relevos?

– Yo estaba en un rincón, envuelto en mi capote dormitando a ratos bajo mi capuchón, y no he visto lo que hacía o dejaba de hacer mi compañero de viaje.

– Sin embargo, el conductor Broks afirma el hecho que me refiero.

– Pues bien, señor juez, si lo afirma, será verdad. Por lo que a mí respecta, no puedo ni negarlo ni afirmarlo.

– ¿No habló usted con Poch?

– Durante el viajé, no, señor. No le hablé por primera vez hasta que se trató de pasar la noche en un albergue, después del accidente de la diligencia.

– ¿Y todo el día permaneció usted en un rincón con la capucha cuidadosamente echada sobre el rostro?

– ¡Cuidadosamente…! ¿Por qué cuidadosamente, señor juez? - preguntó vivamente el señor Nicolef.

– Porque ponía usted gran empeño en no ser conocido.

Fue el mayor Verder quien, interviniendo de nuevo en el interrogatorio, lanzó esta respuesta, que contenía evidentemente una acusación.

Esta vez el señor Nicolef no contestó con tanta presteza. Después de un instante de silencio, se contentó con decir:

– Aun admitiendo que me hubiese convenido viajar de incógnito, creo que es un derecho de todo ciudadano, lo mismo en Livonia que en cualquier país libre.

– Excelente precaución - replicó el mayor- , para no ser reconocido por testigos, con los cuales se correría el riesgo de ser careado.

Era una insinuación cuya gravedad no podía ocultarse al profesor, que palideció visiblemente.

– En fin - añadió el juez- , usted no niega haber tenido a Poch de compañero de viaje.

– No lo niego; él era quien iba conmigo en la diligencia.

– ¡Ya lo creo! - murmuró el mayor Verder.

El juez continuó, hablando en los siguientes términos:

– El viaje prosiguiose sin incidentes de relevo en relevo. A mediodía hubo un descanso de una hora para almorzar. Usted se hizo servir aparte, en un rincón oscuro, con la constante preocupación de no ser reconocido. Luego continuaron ustedes el viaje. El tiempo era malísimo; los tiros resistían muy difícilmente a la borrasca. A las siete y media se produjo un accidente… Uno de los caballos se cayó, rompiéndose el eje delantero…

– Señor juez - dijo Nicolef, interrumpiendo al magistrado- , le ruego me diga por qué se me interroga sobre estos hechos y en interés de qué.

– En interés de la justicia, señor Nicolef. Cuando el conductor Broks comprobó que el carruaje no podía continuar la marcha hasta el próximo relevo, el de Pernau, usted mismo indicó la conveniencia de pasar la noche en un albergue que se veía a doscientos pasos de la carretera.

– Albergue que yo no conocía y en el cual entré por primera vez aquella noche.

– ¡Sea! Lo cierto es que usted prefirió pasar allí la noche, en vez de dirigirse a Pernau con el conductor y iemschick.

– Efectivamente, había que andar a pie una veintena de verstas con un tiempo espantoso, y me pareció preferible refugiarme en aquel albergue, acompañado del cobrador Poch.

– ¿Fue usted quien le decidió a seguirle?

– Yo no le decidí a nada. Lesionado en el accidente de la diligencia, creo que fue una contusión en la pierna no hubiera podido franquear la distancia que nos separaba de Pernau. Y el encontrar aquel albergue fue para él una fortuna.

– ¡Una fortuna! - exclamó el mayor Verder, que no teniendo la sangre fría del impasible magistrado, dio un salto al oír las últimas palabras de Nicolef.

Éste volvió la cabeza y no pudo contener un desdeñoso encogimiento de hombros.

El señor Kerstorf, deseoso de que no se desviara interrogatorio de la vía por él emprendida, se apresuró reanudarlo con nuevas preguntas.

– El conductor y el postillón partieron hacia Pernau en el momento en que usted llegaba al kabak de la Cruz Rota.

– ¿La Cruz Rota? Ignoraba que se denominara - dijo Nicolef.

– Cuando llegaron ustedes fueron recibidos por el dueño, Kroff. Usted le pidió una habitación y Poch le hizo la misma demanda. Kroff ofreció cena, que usted rehusó, en tanto que Poch aceptaba.

– Así me convenía hacerlo.

– Lo que más le convenía a usted, señor Nicolef, era partir al día siguiente con el alba y sin esperar el regreso del conductor. Así se lo previno usted al posadero, retirándose inmediatamente a su habitación.

– Así sucedió, efectivamente - contestó el profesor, no sin dejar de advertir que esta serie de preguntas empezaba a fatigarle.

– La habitación que le dieron a usted estaba a la izquierda de la pieza donde estaban bebiendo algunos clientes de Kroff, y en un extremo de la casa…

– Lo ignoro. Repito que no conocía aquel albergue, donde por primera vez ponía el pie.

De noche era cuando entré y la oscuridad continuaba a mi salida.

– Sin esperar el regreso del conductor, insisto sobre este punto, sin esperar al conductor que debía recoger a ustedes después de reparar la diligencia.

– Sí, sin esperarle, puesto que de allí a Pernau no había más que una veintena de verstas.

– Lo extraño es que lo que no anduvo usted por la noche, le pareciera conveniente recorrerlo tan de madrugada.

El interrogado no contestó.

– Ahora considero llegado el momento de hacerle a usted una pregunta, a la cual creo que no tendrá usted inconveniente en contestar. ¿Cuál ha sido el motivo de ese viaje tan pronta y secretamente resuelto, y del que la víspera no habló usted a sus alumnos?

A esta pregunta el señor Nicolef pareció profundamente turbado.

– Asuntos personales - dijo al fin.

– ¿Qué asuntos?

– No puedo decirlo.

– ¿Se niega usted a declararlos?

– Me niego.

– Diga usted, al menos, dónde fue.

– Tampoco puedo decirlo.

– Pagó usted el asiento de la diligencia hasta Revel. ¿Es a este punto donde se dirigía usted?

El interrogado guardó silencio.

– Más bien parece que donde tenía usted que hacer era en Pernau, puesto que no esperó a que se pusiera en marcha la diligencia, y emprendió usted el camino a pie tan de mañana.

Nicolef persistió en su mutismo.

– Continuemos dijo el juez . Se levantó usted a las cuatro de la madrugada, según declaración de Kroff.

Él se levantó al mismo tiempo. Cuando salió usted del cuarto, envuelto en su capote, la capucha abatida ha adelante, de tal modo que no era posible verle a usted. cara, Kroff le preguntó si quería tomar una taza de té… Usted rehusó, pagando el hospedaje. Luego Kroff, después de haber retirado las barras de la puerta, metió llave en la cerradura y abrió.

Y entonces, sin pronunciar una palabra, con paso precipitado, se lanzó usted al camino, en medio de una profunda oscuridad y en dirección a Pernau. ¿Hay en todo esto algún detalle inexacto?

– Ni uno solo.

– Por última vez, ¿quiere usted declarar el objeto su viaje y adónde se dirigía al salir de Riga?

– Señor Kerstorf - dijo entonces el profesor Nicolef con la mayor tranquilidad- , no sé a lo que tienden todas estas preguntas, ni siquiera por qué se me ha hecho comparecer en este despacho. Sin embargo, he contestado a todo lo que creía deber responder. A lo demás no. Creo que estoy en mi derecho. Añadió, además, que he procedido con entera buena fe.

Si hubiera querido ocultar mi viaje, por razones que a mí sólo toca discernir, hubiera querido negar que el viajero de la diligencia, ele’ compañero de Poch era yo, ¿cómo se me iba a desmentir si, según su propia confesión, ni el conductor, ni Poch, ni nadie me ha reconocido? ¡Tantas fueron mis precauciones para evitarlo!

Toda esta argumentación hacíala el señor Nicolef con una gran posesión de sí mismo y en un tono no exento de desdén. Pero se quedó muy sorprendido al oír esta réplica del magistrado:

– Si ni Poch ni Broks pudieron saber que era usted e señor Nicolef, hay otro testigo que le ha reconocido.

– ¿Otro testigo?

– Sí, otro testigo, a quien ahora mismo va usted a oí

– Y el juez, dirigiéndose a un agente, le dijo:

– Que entre Eck.

Un instante después el jefe de brigada de policía e traba en el despacho, quedándose cuadrado, en actitud militar, esperando el interrogatorio de Kerstorf.

– ¿Es usted el que manda la sexta escuadra de policía?

El agente contestó afirmativamente, en tanto que Nicolef le miraba con el aire de un hombre que ve a otro por primera vez.

– ¿Se encontraba usted en el kabak de la Cruz Rota la noche del 13 de abril?

– Efectivamente, señor juez, allí estaba de regreso de una expedición a lo largo del Pernova, en busca de un fugitivo que se nos había escapado, arrojándose al río entre los témpanos de hielo.

A esta respuesta el señor Nicolef no pudo contener un movimiento, que sorprendió al juez. Sin embargo, éste no hizo ninguna observación, y dirigiéndose al agente dijo:

– Siga usted.

– Hacía un par de horas que estaba yo con uno de mis agentes en la Cruz Rota y nos disponíamos a partir hacia Pernau, cuando se abrió la puerta. Aparecieron dos hombres en el umbral; eran dos viajeros. La diligencia había sufrido una rotura y buscaban allí abrigo, en tanto que el conductor y el postillón continuaban a Pernau con el tiro. Uno de estos viajeros era el cobrador Poch, de Riga, a quien yo conocía de muy larga fecha, y con el cual eché un párrafo. En cuanto al otro viajero, me pareció que trataba de ocultar el rostro bajo la capucha de su capote. Esto me pareció sospechoso y traté de indagar quién era aquel hombre.

– Cumpliste con tu deber, Eck - dijo el mayor.

– Poch, ligeramente contusionado en una pierna - repuso el cabo- , estaba sentado, cerca de una mesa, sobre la que había puesto una cartera con las iniciales dé los señores Johausen hermanos. Como había cinco o seis bebedores en la pieza, recomendé a Poch que no dejase ver la cartera que, por otra parte, estaba sujeta a su cintura con una cadenita.

Luego me dirigí hacia la puerta, examinando al desconocido a quien Kroff conducía hacia su cuarto, cuando el capuchón se desprendió hacia atrás y pude ver un instante, nada más que un instante, el rostro que ocultaba.

– ¿Y esto le bastó a usted para conocerle?

– Sí señor juez.

– ¿De modo que le reconoció usted?

– Sí, por haberle encontrado con frecuencia en las calles de Riga.

– ¿Y era el profesor Nicolef?

– El mismo.

– ¿El que está aquí presente?

– El que está aquí presente.

El profesor, que había escuchado esta declaración sin interrumpirle, dijo entonces:

– El agente no está equivocado. Creo que, efectivamente, encontrábase en el albergue de referencia, puesto que él lo afirma. Ahora que, si él se fijó en mí, yo no puse atención en él. Pero yo no sé, señor juez, el interés que puede tener este careo, puesto que he declarado espontáneamente que aquella noche estuve en la Cruz Rota.

– Va usted a saberlo, señor Nicolef. Pero ante toda¡ ¿persiste usted en la negativa de declarar el objeto de viaje?

– Persisto en ella.

– Esa obstinación va a resultar muy enojosa para usted.

– ¿Por qué?

– Porque una explicación de su parte hubiese tal vez impedido a la justicia proceder contra usted, a propósito de lo que aquella noche pasó en el kabak de la Cruz Rota.

– ¿Aquella noche?

– Sí. ¿Usted no oyó nada anormal durante el tiempo transcurrido desde las ocho hasta las cuatro de la mañana

– Nada, puesto que dormí hasta el momento de levantarme.

– ¿Y no advirtió usted nada sospechoso en el momento de salir?

– Nada.

Luego el señor Nicolef añadió con voz perfectamente tranquila:

– Creo comprender, señor juez, que estoy mezcla en algún grave suceso, y que he sido llamado a comparecer como testigo.

– Como testigo no, señor Nicolef.

– ¡Como acusado! - exclamó el mayor Verder.

– Señor mayor - dijo el magistrado con severo tono- , ¡no se anticipe usted a la justicia y espere su fallo…!

El impaciente mayor tuvo que reprimirse, y Nicolef murmuró estas palabras:

– ¡Ah, es para esto para lo que me han hecho venir!

Y luego con acento firme preguntó:

– ¿De qué se me acusa?

– El cobrador Poch ha sido asesinado en la noche del 13 al 14 en el kabak de la Cruz Rota.

– ¡Asesinado ese infeliz! - exclamó el señor Nicolef.

– Sí - contestó el juez- ; y tenemos la certidumbre de que su asesino es el viajero que ocupaba la habitación que usted ocupó.

– Y puesto que ese viajero era usted, señor Nicolef… añadió el mayor sin poder dominar su impaciencia.

– ¡Yo seré el asesino…!

Y al decir esto, el profesor rechazó su silla, dirigiéndose hacia la puerta, que guardaba Eck.

– ¿Lo niega usted, Dimitri Nicolef? preguntó el juez, que a su vez se había levantado.

– Hay cosas que no merecen la pena negarlas; ellas mismas se niegan - contestó Nicolef.

– Tenga usted cuidado…

– ¡Vamos, esto no va en serio!

– Muy en serio.

– No me conviene discutir, señor - respondió el profesor en tono de una gran dignidad- . ¿Pero podría saber por qué la acusación se dirige precisa y únicamente contra el viajero que pasó la noche en la habitación donde yo dormí?

– Porque en la ventana de esta habitación hay indicios materiales de que el viajero ha descendido por ella para introducirse en el cuarto de Poch, después de forzar la ventana con el atizador encontrado en la pieza que usted ocupó.

– Efectivamente, si. se han hecho esas comprobaciones la cosa es muy singular.

Luego añadió, como un hombre a quien la cosa no importara:

– Pero, aun admitiendo que el crimen no se haya cometido por un malhechor llegado de fuera, nada prueba que el crimen no haya tenido lugar después de mi partida

– ¿Acusará usted tal vez al posadero, contra quien la información no arroja cargo alguno?

– Yo no acuso a nadie, señor Kerstorf - contestó Nicolef- ; pero lo que tengo el derecho de decir es que soy el último a quien la justicia puede acusar de semejante crimen.

– Este asesinato ha sido seguido de robo - dijo entonces el mayor Verder- , y los rublos que iba a entregar Poch en Revel, por cuenta de sus principales, han desaparecido de la cartera.

– ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

El juez se interpuso de nuevo entre el mayor y el acusado, diciendo:

– Nicolef, ¿persiste usted en ocultar el objeto y destino de su viaje, las razones que le impulsaron a dejar el albergue de la Cruz Rota a las cuatro de la mañana y el punto hacia donde dirigió sus pasos?

– Persisto.

– Pues bien, la justicia tendrá razón para decir: usted no ignoraba que Poch era portador de una suma considerable… Después del incidente de la diligencia, cuando se dirigía usted con Poch hacia la Cruz Rota, surgió en su espíritu la idea del robo… Cuando el momento le pareció a usted favorable, salió usted de su habitación por la ventana, penetró en la de Poch por la ventana, le asesinó usted para robarle, y a las cuatro de la mañana, cuando abandonó el kabak, fue para ocultar el producto de su robo… en…

– En un lugar que al fin y al cabo encontraremos - interrumpió el mayor.

– Por última vez, ¿quiere usted decirnos adónde fue al salir de la Cruz Rota? - preguntó el señor Kerstorf.

– Por última vez, ¡no!- contestó con voz firme el profesor- . Préndame usted si quiere.

– No, señor Nicolef - concluyó el magistrado, con estupefacción del mayor Verder- .

Los cargos que pesan sobre usted son muy graves; pero un hombre de su situación, conocido por la honorabilidad de toda su existencia, tiene derecho a ciertos miramientos.

No firmo la orden de prisión, hoy cuando menos… Está usted en libertad, aunque quedando a la disposición de la justicia.

Sürgöny

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