Un capitan de quince anos

XIII

ENCUENTRO CON UN COMPATRIOTA

Cuando al día siguiente, 7 de abril, el mar brillaba bajo los primeros reflejos del día, Austin, que estaba de guardia, dio la señal de alerta al comprobar que Dingo se mostraba inquieto y ladraba en dirección al riachuelo.

-Alguien anda por ahí -advirtió Dick-, pero no creo que sea Negoro, puesto que de ser así, el perro ladraría furioso. Preparen las armas y vengan conmigo. La actitud de Dingo revelaba, sin lugar a dudas, que había visto algo u olido algún indígena. De pronto, y sin preocuparse de hacer frente a la cólera del perro, apareció en un recodo del acantilado un hombre que, al ver al grupo, dio muestra de viva sorpresa.

-Por fin podremos saber dónde estamos -comentó Dick, echándose el fusil al hombro y avanzando hacia el desconocido. El recién llegado parecía no estar muy tranquilo ante la presencia de aquellos cuatro hombres armados. Llevó con rapidez sus manos al fusil que llevaba terciado y lo apoyó en el hombro. Era un hombre de mirada penetrante, de tez curtida. Aparentaba unos cuarenta años y se le veía vigoroso. Un ancho sombrero cubría su cabeza y una especie de blusa de piel curtida le servía de chaqueta. Sus pies los llevaba calzados con botas de cuero que le llegaban hasta cerca de la rodilla. Por el color rojizo de su pelo y su actitud altiva parecía que aquel hombre debía de ser anglosajón. El grumete hizo un gesto de saludo que debió de ser bien interpretado por el hombre, ya que, cambiando su actitud y adelantándose hacia el grupo, estrechó la mano de Dick. En cuanto a los negros les hizo sólo un ligero movimiento de cabeza.

– ¿Ingleses? -preguntó. -Americanos del norte -respondió Dick. Estas palabras parecieron ser del agrado de aquel hombre, que apretó con más vigor la mano del muchacho. La señora Weldon se unió al grupo.

-Somos náufragos -explicó la dama- que ayer encallamos en estos arrecifes. El desconocido esbozó en su rostro un gesto de lástima.

-No queda nada del barco -agregó Dick al ver que el desconocido dirigía su mirada hacia la costa-. Durante la noche la resaca ha acabado con él. La señora Weldon fue la primera en interesarse por saber dónde se hallaban.

-Se encuentran en el litoral de América del Sur -explicó el desconocido-. Estas costas pertenecen a la parte meridional de Bolivia, que confina con Chile. Si bien las palabras del desconocido hicieron meditar a Dick, no podía éste extrañarse mucho, puesto que su cálculo podía haberle engañado en lo tocante a las corrientes.

-No es raro -comentó entonces- que si esta costa es la de la baja Bolivia se halle tan desierta. En este caso, nos encontramos muy lejos de Lima.

-Exacto. Lima se encuentra hacia el Norte.

– ¿Es usted peruano? -preguntó la señora Weldon, que a causa de la desaparición de Negoro había adquirido cierta desconfianza.

-Soy americano, como también debe de serlo usted, señora...

-Weldon -respondió ella, completando la frase.

-Mi nombre es Harris y he nacido en Carolina del Sur. Hace veinte años que vine a este país y por eso me alegra tanto encontrarme con compatriotas. En este momento me dirijo a Atacama, en la parte nordeste, aunque mi residencia habitual está en el sur, en la misma frontera chilena. Harris, atendiendo a las preguntas que le dirigían la señora Weldon y Dick explicó que con mucha frecuencia hacía viajes sin ninguna compañía por aquellos lugares, indicando que a doscientas millas de donde se encontraban, un hermano suyo tenía una importante finca denominada "Hacienda de San Felice" a la que se ofreció a acompañar a los náufragos, donde les aseguró que serían bien recibidos y desde donde no les faltarían medios de transporte para llegar a la ciudad de Atacama. Estos ofrecimientos, hechos de un modo espontáneo, ganaron la confianza del grupo.

– ¿Son esclavos suyos estos negros? -preguntó el americano. La señora Weldon le recordó que hacía mucho tiempo que en Estados Unidos no había esclavitud y que aquellos negros no estaban ni aun a su servicio. La proposición de aquel hombre hacía cavilar a Dick al pensar que un recorrido de más de doscientas millas por entre la selva había de resultar sumamente fatigoso. Así lo hizo constar.

-Poseo un caballo -contestó Harris- que he dejado paciendo al lado del riachuelo. Lo pongo a disposición de la señora Weldon y su hijo. Los hombres podremos cubrir la distancia a pie, teniendo en cuenta, además, que las doscientas millas que nos separan de la hacienda quedarán reducidas a ciento veinte si atravesamos la selva. Dick no se daba por vencido ya que no le hacía mucha gracia dejar el litoral, pero como sea que Harris indicó que por la costa no era fácil encontrar ninguna ciudad a menos de trescientas o cuatrocientas millas, tuvo que rendirse a la evidencia, aunque con cierta preocupación.

-Mi nombre es Harris y he nacido en Carolina del Sur. Hace veinte años que vine a este país y por eso me alegra tanto encontrarme con compatriotas. En este momento me dirijo a Atacama, en la parte nordeste, aunque mi residencia habitual está en el sur, en la misma frontera chilena. Harris, atendiendo a las preguntas que le dirigían la señora Weldon y Dick explicó que con mucha frecuencia hacía viajes sin ninguna compañía por aquellos lugares, indicando que a doscientas millas de donde se encontraban, un hermano suyo tenía una importante finca denominada "Hacienda de San Felice" a la que se ofreció a acompañar a los náufragos, donde les aseguró que serían bien recibidos y desde donde no les faltarían medios de transporte para llegar a la ciudad de Atacama. Estos ofrecimientos, hechos de un modo espontáneo, ganaron la confianza del grupo.

– ¿Son esclavos suyos estos negros? -preguntó el americano. La señora Weldon le recordó que hacía mucho tiempo que en Estados Unidos no había esclavitud y que aquellos negros no estaban ni aun a su servicio. La proposición de aquel hombre hacía cavilar a Dick al pensar que un recorrido de más de doscientas millas por entre la selva había de resultar sumamente fatigoso. Así lo hizo constar.

-Poseo un caballo -contestó Harris- que he dejado paciendo al lado del riachuelo. Lo pongo a disposición de la señora Weldon y su hijo. Los hombres podremos cubrir la distancia a pie, teniendo en cuenta, además, que las doscientas millas que nos separan de la hacienda quedarán reducidas a ciento veinte si atravesamos la selva. Dick no se daba por vencido ya que no le hacía mucha gracia dejar el litoral, pero como sea que Harris indicó que por la costa no era fácil encontrar ninguna ciudad a menos de trescientas o cuatrocientas millas, tuvo que rendirse a la evidencia, aunque con cierta preocupación. Finalmente fueron aceptados los servicios del americano, y se acordó que para no perder tiempo era conveniente partir de inmediato. Mientras la señora Weldon preparaba el desayuno, que Harris aceptó compartir, los negros, atendiendo a las órdenes de Dick, preparaban los enseres y provisiones que tenían que ser transportados. El americano aprovechó el tiempo de espera en ir a recoger el caballo y conducirlo hasta la cueva. Dick manifestó el deseo de acompañar a Harris hasta la desembocadura del riachuelo, cosa a la que el americano se avino de buen grado. A unos trescientos pasos de la orilla del río, un caballo vigoroso, de una raza que Dick no pudo reconocer, se hallaba atado a un árbol. Harris lo desató y cogiéndolo de la brida echó a andar delante de Dick. Este dirigió una rápida mirada a su alrededor no percibiendo nada que pudiera inquietarle. De regreso a la gruta, todos los expedicionarios se desayunaron a base de conservas y galletas. Unos minutos más tarde cada uno cogió el bulto que le había sido destinado, y se inició la marcha. La señora Weldon montó en el caballo con su hijo, y la caravana se formó por el siguiente orden: A la cabeza del grupo iban Dick Sand y Harris, armados de fusiles. Seguían Bat y Austin, también armados con un fusil y un cuchillo cada uno. A continuación seguían la señora Weldon y el pequeño Jack, a caballo, precediendo a Nan y a Tom, cerrando la columna Acteón, armado con un fusil "Remington" y Hércules con un hacha. Al primo Benedicto no fue posible asignarle un puesto, ya que con su lata de hojalata terciada, con su cazamariposas en la mano y una gran lupa pendiente del cuello, iba y venía persiguiendo toda clase de insectos, con peligro de ser mordido por alguna serpiente venenosa. En cuanto a Dingo, corría de un lado para otro, pareciendo inquieto, como si buscase una pista, y casi sin cesar gruñía sordamente, más bien lastimero que furioso. Todos se dieron cuenta de su extraña conducta, pero nadie podía explicarse a qué era debido. La señora Weldon, temiendo que a su primo le ocurriese algún percance en sus constantes desplazamientos, le llamó repetidas veces, amenazándole con quitarle la caja de los insectos, las gafas y la lupa si no seguía junto a la caravana. El primo Benedicto, ante aquella amenaza, se sometió durante una hora, pero después comenzó a alejarse de nuevo, sin acordarse ya de la promesa hecha a la señora Weldon. Esta pidió a Hércules que se encargase de la custodia del rebelde primo. El negro aceptó complacido pensando que, en caso necesario, le bastaría una sola mano para reintegrar a su puesto a aquel hombre como si fuese un simple insecto.

Sürgöny

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