La caza del meteoro

CAPÍTULO XXI

ÚLTIMO CAPITULO, QUE CONTIENE EL EPÍLOGO DE ESTA HISTORIA, Y

CUYA ULTIMA PALABRA CORRESPONDE A MR. JOHN PROTH, JUEZ DE

WHASTON

LA muchedumbre de curiosos no tenía que hacer otra cosa sino partir, puesto que su curiosidad estaba ya satisfecha.

¿Satisfecha…? No es muy seguro. ¿Valía aquel desenlace las fatigas y los gastos de un viaje semejante? Haber visto el meteoro, sin poder acercarse a él, sino a una distancia de cuatrocientos metros, no era un gran resultado. Había, sin embargo, que conformarse con él.

Fue, en suma, una suerte. Seis trillones de oro lanzados a la circulación, habrían depreciado extraordinariamente este metal, vil para los unos, aquellos que no lo tienen, pero tan precioso al decir de los demás.

No se debía, por consiguiente, lamentar la pérdida de aquel bólido, que no contento con trastornar el mercado de valores del mundo, habría desencadenado tal vez la guerra sobre toda la superficie de la tierra.

Los interesados, sin embargo, tenían derecho para considerar aquel desenlace como una decepción. ¡Con qué tristeza se dirigieron Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson a contemplar el sitio donde su bólido habían estallado!

Muy duro era el volverse sin llevar nada de aquel oro celeste; ni siquiera algo con que fabricarse un alfiler de corbata o unos botones para los puños de la camisa, a título de recuerdo, admitiendo que Mr. Schnack no lo hubiese reclamado para su país.

En su común dolor, los dos rivales habían perdido hasta el recuerdo de su pasajera rivalidad. ¿Podía ser de otra manera? ¿Era posible que el doctor Hudelson conservase su enojo para con quien tan generosamente había desafiado la muerte para salvarle? La desaparición del bólido había acabado, por lo demás, la obra de reconciliación; ¿a qué disputar por el nombre de un meteoro que ya no existía?

– Es una gran desdicha —decía el doctor Hudelson— la pérdida del bólido Forsyth.

– Del bólido Hudelson —rectificaba el otro.

Los dos jóvenes prometidos se aprovechaban, como mejor podían, del retorno del buen tiempo, tras tantas tormentas, y trataban de ganar las horas perdidas.

Los buques de guerra y los paquebotes que se hallaban en Upernivik levaron anclas en la mañana del 4 de setiembre, hacia las latitudes más meridionales.

De todos los curiosos que durante algunos días habían dado tanta animación a aquella isla de las regiones árticas, no quedaron más que Monsieur Robert Lecoeur y su medio sobrino, obligados a esperar el retorno de su barco, el Atlantic, que no llegó hasta el día siguiente.

Monsieur Lecoeur y Zephyrin Xirdal embarcaron inmediatamente; tenían bastante con aquella estancia suplementaria de veinticuatro horas en la isla de Upernivik.

Destruida, en efecto, su cabana por la invasión del mar, consecutiva a la explosión del bólido, habían pasado la noche al aire libre, en las más deplorables condiciones.

No se había contentado el mar con arrasar su casa, sino que al propio tiempo habíales mojado hasta los huesos. No habiendo podido secarse bien por el pálido sol de aquellas regiones polares, no poseían siquiera una mala manta para resguardarse del frío durante las breves horas de oscuridad.

Todo había perecido en el desastre, hasta el más mínimo objeto del campamento, hasta la maleta y los instrumentos de Zephyrin Xirdal: destruido el fiel anteojo con el que tantas veces había observado el meteoro, y destruida también la máquina que había atraído a aquel meteoro sobre la tierra antes de precipitarlo en el fondo de las aguas.

Monsieur Lecoeur no podía consolarse de la pérdida de tan maravilloso aparato. Xirdal, por el contrario, no hacía más que reírse de ello; puesto que había fabricado una máquina, nada le impediría fabricar otra mejor y más potente todavía.

Seguramente que habría podido hacerla; esto no era siquiera dudoso; mas, por desgracia, jamás pensó en ello; en vano le instaba su padrino para que se pusiera a ese trabajo; lo fue dejando siempre para el mañana, hasta el día en que, llegado a una edad avanzada, llevóse el secreto a la tumba.

Preciso es, por lo tanto, resignarse; esa máquina está perdida para siempre y su principio permanecerá ignorado hasta tanto que Dios haga surgir un nuevo Zephyrin Xirdal.

Este último volvía, en suma, de Groenlandia más pobre que antes; sin contar sus instrumentos y su «rico» guardarropa, dejaba allí un vasto terreno, tanto más difícil de revender, cuanto que la mayor parte de aquella propiedad se hallaba situada bajo el mar.

¡Cuántos millones había, por el contrario, cosechado su padrino en el transcurso de aquel viaje!

Esos millones se los encontró a la vuelta en la calle Druot, y ese fue el origen de la fabulosa fortuna que había de hacer de la Banca Lecoeur la igual de los más poderosos establecimientos financieros.

No fue ajeno Zephyrin Xirdal al acrecentamiento de esta colosal fortuna. Monsieur Lecoeur, que sabía ahora de todo lo que era capaz, le puso ampliamente a contribución.

Todas las invenciones salidas de aquel cerebro verdaderamente genial explotábalas la Banca desde el punto de vista práctico.

No tuvo por qué arrepentirse de ello; a falta del cielo, pudo ella encerrar en sus cajas una muy notable parte del oro de la Tierra que no era cosa de despreciar, aunque no fuera de tan noble y elevado origen.

No era indudablemente Monsieur Lecoeur un Shylock.

De aquella fortuna, que era su obra, habría podido Zephyrin Xirdal tomar su parte, y hasta la parte mayor, si ese hubiera sido su deseo. Pero Xirdal, cuando se le hablaba de eso, miraba de una manera tan estúpida que era preferible no insistir.

¿Dinero…? ¿Oro…? ¿Qué iba a hacer él con eso?

Percibir en épocas irregulares las pequeñas sumas suficientes para sus modestas necesidades, era una cosa que le convenía perfectamente desde todos los puntos de vista.

Hasta el fin de su vida continuó yendo a pie a ver con ese objeto a su «tío» y banquero, y jamás consintió ni en abandonar su sexto piso de la calle de Cassette, ni en separarse de la viuda Tribaut, antigua carnicera, que fue su charlatana sirvienta.

Siete días después del aviso que Monsieur Lecoeur había dado a su corresponsal de París, la pérdida definitiva del bólido era conocida del mundo entero.

El crucero francés, al volver de Upernivik, transmitió la emocionante nueva al primer semáforo que halló, y desde él se extendió con una rapidez extraordinaria por todo el universo.

Si la emoción que produjo fue, como fácilmente puede suponerse, grande, se calmó por sí misma muy rápidamente.

Ya no se hablaba de ello, cuando el Mozik echó el ancla el día 18 de septiembre en el puerto de CharIeston.

Además de sus pasajeros primitivos, el Mozik desembarcaba a la vuelta una pasajera que no había embarcado a la ida.

Esta pasajera no era otra que Mrs Arcadia Walker, quien, deseosa de manifestar más ampliamente su reconocimiento a su antiguo marido, se había apresurado a instalarse en el camarote que había dejado desocupado Mr. Schnack.

De la Carolina del Sur a Virginia la distancia no es considerable, y los trenes, por lo demás, no faltan en Estados Unidos.

Desde el día siguiente, 19 de setiembre, Mr. Dean Forsyth, «Omicron» y Francis Gordon de una parte; Mr. Sydney Hudelson y Jenny, de la otra, estaban de regreso, los primeros en la torre de Elisabeth Street y los segundos en la torrecilla de Moriss Street. Esperábaseles con impaciencia.

Mrs. Hudelson y su hija Loo encontrábanse en la estación de Whaston, así como también la estimable Mitz, cuando el tren de Charleston dejó a los viajeros; y no pudieron, en verdad, quejarse éstos del recibimiento que se les hizo.

Francis Gordon abrazó a su futura suegra y Mr. Dean Forsyth estrechó cordialmente la mano de Mrs. Hudelson, como si nada hubiera pasado. Ninguna alusión se hubiera siquiera hecho a los días penosos, si Miss Loo, un poco inquieta siempre, no hubiera querido asegurarse de ello,

– Todo está acabado, ¿verdad? —dijo ella, lanzándose al cuello de Mr. Dean Forsyth.

Sí, todo estaba definitivamente terminado.

Buena prueba de ello fue que las campanas de San Andrés repicaron el 30 de setiembre con sus más alegres sones. Ante una brillante reunión, que comprendía a los parientes y amigos de ambas familia y las notabilidades de la ciudad, el reverendo O’Garth celebró el matrimonio de Francis Gordon y de Jenny Hudelson, arribados felizmente a puerto tras tantas vicisitudes y tormentas.

Miss Loo, naturalmente, se hallaba presente a la ceremonia, a título de señorita de honor, encantadora con su hermoso vestido terminado desde hacía cuatro meses. Y también Mitz estaba allí, riendo y llorando a la vez.

Casi a la misma hora otro matrimonio se efectuaba en otra parte, aunque con menos pompa. Esta vez no fue a caballo, ni a pie, ni en globo como Mr. Seth Stanfort y Mrs.

Arcadia Walker se dirigieron a casa del juez John Proth.

No; fue sentados uno cerca del otro en un confortable carruaje; cogidos del brazo penetraron por primera vez en su casa, a fin de presentarle en condiciones menos fantásticas sus papeles en toda regla.

El magistrado cumplió su misión, volviendo a casar a los dos antiguos esposos, separados por un divorcio de algunas semanas, inclinándose después cortésmente ante ellos.

– Gracias, Mr. Proth —dijo Mr. Stanfort.

– Y adiós —agregó Mr. Stanfort.

– Mr. y Mrs. Stanfort, adiós —respondió Mr. John Proth, que se volvió in continenti a cuidar las flores de su jardín.

Pero un escrúpulo turbaba al digno filósofo.

– ¿Adiós? —murmuró, deteniéndose pensativo—. Habría obrado mejor, tal vez diciéndoles: Hasta la vista.

A mű végére értél. Elolvastad?

Hogy tetszett ez a mű?

Értékeld te is!

Sürgöny

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