La caza del meteoro

CAPÍTULO XV

DONDE J. B. K. LOWENTHAL DESIGNA EL AGRACIADO CON EL PREMIO

GORDO

DESDE que J. B. K. Lowenthal había anunciado crudamente el error que habían cometido, por primera malaventura seguida del humillante fracaso de su tentativa cerca de la Conferencia Internacional, la vida carecía de encantos para Mr. Dean Forsyth y para el doctor Sydney Hudelson. Olvidados, habiendo descendido al rango de ciudadanos cualesquiera, no podían digerir la indiferencia del público, ellos que habían conocido los dulces placeres de la gloria.

En sus pláticas con los últimos fieles que les quedaban, protestaban con violencia de la ceguera de la muchedumbre y defendían su causa con gran copia de argumentos.

Si era cierto que habían cometido un error, no era justo imputársele, ya que otros, el propio Lowenthal entre ellos, se habían equivocado también…

– ¡Cierto! —decían, los últimos fieles respectivos.

En cuanto a la Conferencia Internacional, ¿era posible imaginar algo más inicuo que la denegación de su justicia? Que tomase ella las precauciones que quisiese para dejar a salvo el orden financiero del mundo; pero ¿cómo se atrevía a negar los derechos del descubridor del meteoro?

– Y ese descubridor —afirmaba enérgicamente Mr. Dean Forsyth, fuera de sí—, ¡he sido yo!

– ¡He sido yo! —afirmaba, por su parte, el doctor Sydney Hudelson con no menor energía.

– ¡Cierto! —decían, aprobando, los últimos fieles.

Por mucho que esta aprobación confortase a los dos astrónomos, no podían remplazar a las aclamaciones entusiastas de la muchedumbre. Esto, no obstante, como era materialmente imposible convencer a todos los transeúntes unos tras otros, forzoso les era contentarse con el modesto aplauso de aquellos admiradores.

Los desengaños experimentados no disminuían su ardor; al contrario. Mientras más se negaban sus derechos al bólido, más se encarnizaban en reivindicarlos; mientras menos en serio parecía tomarse su pretensión, más se obstinaba cada uno de ellos en afirmar su cualidad de propietario único y exclusivo.

En tal estado de espíritu, una reconciliación habría sido imposible; por eso ni se pensaba siquiera en ella; muy lejos de ello, cada día parecía separar más a los dos desventurados prometidos.

Los señores Forsyth y Hudelson anunciaban en voz alta su decidido propósito de protestar hasta el último suspiro contra la expoliación de que se juzgaban víctimas y de agotar todos los recursos.

Sería realmente un espectáculo maravilloso. Mr. Forsyth, de una parte; el doctor Hudelson, de otra, y en contra de ellos todo el resto del mundo; he ahí, un proceso verdaderamente grandioso…, si se llegaba, no obstante, a encontrar el tribunal competente.

En espera de ello, los dos antiguos amigos, transformados en encarnizados adversarios, no salían ya de sus casas respectivas, pasando su vida solitarios sobre la plataforma de la torre o de la torrecilla.

Francis Gordon, retenido por mil recuerdos de la infancia, no había abandonado la casa de Elisabeth Street, pero no dirigía la palabra a su tío. Se almorzaba y se comía sin pronunciar una palabra. Como la propia Mitz no daba curso a su pintoresca elocuencia, la casa permanecía silenciosa y triste, como un convento.

No eran más agradables las relaciones familiares en casa del doctor Hudelson. Loo estaba enfurruñada constantemente, a pesar de las suplicantes miradas de su padre; Jenny lloraba sin consuelo, a pesar de las exhortaciones de su madre. Por lo que hace a ésta, no hacía más que suspirar, esperando del tiempo un remedio a aquella situación, que tenía tanto de ridicula como de odiosa.

Mrs. Hudelson tenía razón, ya que el tiempo, como suele decirse, todo lo arregla; fuerza era, con todo, reconocer que por esta vez no parecía apresurarse demasiado a arreglar los asuntos de aquellas dos familias. Aun cuando Mr. Dean Forsyth y el doctor Sydney Hudelson no permanecieran indiferentes ante la reprobación que les rodeaba, esta reprobación no les causaba un fastidio comparable al que habrían de seguro experimentado en otras circunstancias. Su idea fija servía de coraza contra toda emoción que no tuviera el bólido por objeto.

¡Con qué afán leían las notas diarias de J. B. K. Lowenthal y las reseñas de las sesiones de la Conferencia Internacional! Allí estaban sus enemigos comunes, y contra ellos estaban, por fin, unidos en un mismo odio.

Por eso hubo de ser vivísima su satisfacción cuando supieron las dificultades con que tropezaron las reuniones preparatorias, y más viva aún cuando conocieron con qué lentitud y por qué vías tortuosas la Conferencia Internacional, definitivamente constituida, se dirigía hacia un acuerdo que continuaba siendo del todo problemático e incierto.

Había, en efecto, para utilizar una locución familiar, había tirantez en Washington.

Desde su segunda sesión, la Conferencia Internacional había dejado la impresión de que no llevaría sus trabajos a término feliz sino con grandes esfuerzos; pues desde el principio pareció difícil llegar a una inteligencia.

La primera proposición que se hizo en firme fue la de dejar la propiedad del bólido al país que le recibiese del cielo. Esto era reducir la cuestión a una lotería, en la que no habría más que un premio; ¡pero vaya si el premio era un premio gordo!

Esta proposición, hecha por Rusia y sostenida por Inglaterra y por la China, estados éstos de vastos territorios, provocó lo que en estilo parlamentario se llama «movimientos diversos». Los demás estados estaban muy indecisos; se suspendió la sesión; hubo entonces conciliábulos, intrigas de pasillo… Por fin, se acordó, por mayoría, a propuesta de Suiza, que no se discutiese esa solución más que en el caso de que no se llegase a un reparto equitativo.

Pero, ¿cómo adquirir en semejante materia la noción de lo que es equitativo y de lo que no lo es?

Problema extremadamente delicado.

Sin que llegase a derivarse de la discusión una opinión precisa a este respecto, en vano acumuló las sesiones la Conferencia Internacional, muchas de las cuales fueron tempestuosas, hasta el extremo de que Mr. Harvey tuvo que cubrirse y abandonar el sillón presidencial.

De temer era que la sobreexcitación fuera en aumento de día en día, ya que de día en día, según las notas de J. B. K. Lowenthal, la caída del bólido debía considerarse como más y más probable cada vez.

Después de unas diez comunicaciones, en que se relataban los locos movimientos del meteoro, el astrónomo pudo comprobar que, de repente, en la noche del 11 al 12 de junio, cesando el meteoro en sus fantásticas peregrinaciones, era de nuevo solicitado por una fuerza regular y constante, que no por ser desconocida era menos contraria a todo lo racional.

El sabio director del observatorio de Boston, en sus últimas notas escalonadas del 5 al 14 de julio, se mostraba más audaz en sus pronósticos. Anunciaba al propio tiempo, en términos más explícitos cada vez, que una nueva y muy importante modificación había sobrevenido en la marcha del bólido, cuyas consecuencias el público no tardaría en conocer.

En esa fecha precisamente del 14 de julio, la Conferencia Internacional se había metido en un callejón sin salida.

Habiendo sido rechazadas todas las combinaciones que sucesivamente habían ido discutiéndose, faltaba ahora materia sobre qué discutir, y los delegados se miraban entre sí sin saber qué decir ni hacer.

Rechazada en las primeras sesiones la repartición del bólido entre todos los estados proporcionalmente a su superficie territorial, a pesar de que esta combinación respetaba la equidad, ya que las naciones de mayor superficie tenían mayores necesidades y hacían a mayor abundamiento el sacrificio de sus mayores probabilidades de ser agraciados con la caída del meteoro.

Los países de población densa propusieron en seguida efectuar la repartición, no en razón del número de kilómetros cuadrados, sino en el de habitantes.

También este sistema tenía algo de equitativo, puesto que era conforme al gran principio de la igualdad de derechos entre los hombres; pero fue combatido por Rusia, Brasil, la República Argentina y por muchas otras naciones.

Rechazadas estas y otras soluciones, Rusia y China juzgaron llegado el momento oportuno para exhumar la proposición enterrada al principio, suavizándola, no obstante, en lo que tenía de demasiado rigurosa.

Propusieron, pues, estos dos estados, que se concediese la propiedad del bólido a aquella nación cuyo territorio fuese elegido por la suerte, teniendo la obligación de entregar a los demás países una indemnización, calculada a razón de mil francos por ciudadano.

Tan grande era la lasitud, que tal vez aquella misma tarde esta solución transaccional habría ¿ido votada si no hubiese tropezado con la protesta del representante de los Valles de Andorra.

Este representante, Monsieur Ramontcho, dio principio a un interminable discurso, que tal vez durase todavía si el presidente, notando el vacío absoluto de los sillones, no hubiese tomado el partido de levantar la sesión, dejando para la próxima la continuación del debate.

Si la República de los Valles de Andorra había creído realizar un acto de buena política, impidiendo la votación inmediata de la proposición de Rusia, se había equivocado lastimosamente de medio a medio; ya que esa proposición le aseguraba, en todo caso, algunas apreciabies ventajas, que iban tal vez a desvanecerse ahora.

En la mañana del siguiente día iba, en efecto, a producirse un acontecimiento propio para desacreditar los trabajos de la Conferencia Internacional y a comprometer de una manera definitiva su resultado. Si había sido posible, mientras se estaba en la ignorancia acerca del lugar en que caería el bólido, el discutir todos los modos posibles de repartición,

¿podría continuarse esta discusión cuando dicha ignorancia hubiese tenido fin y término definitivo? ¿Era posible pedir la repartición, después de celebrarse la lotería, al agraciado con el premio gordo? . Una cosa era cierta, en todo caso, y es que semejante repartición no podría ya hacerse amistosamente; jamás consentiría de buen grado en ello el país que hubiese sido favorecido por la suerte.

Nunca, en lo sucesivo, se vería tomar parte en las sesiones y participar de los trabajos de la Conferencia Internacional a Mr. Schnack, delegado de Groenlandia, el afortunado a quien en su nota cotidiana J. B. K. Lowenthal atribuía aquella mañana los millones errantes.

Desde hace unos diez días —escribía el sabio director del observatorio de Boston— hemos hablado en muchas ocasiones de un cambio importante sobrevenido en la marcha del bólido. Sobre ello discutiremos hoy con mayor precisión, habiéndonos convencido el tiempo transcurrido del carácter definitivo de ese cambio, y permitiéndonos actualmente él cálculo determinar sus consecuencias.

El cambio consiste única y exclusivamente en que desde él día 5 de julio ha cesado de manifestarse la fuerza que solicitaba al bólido.

A partir de ese día, no ha vuelto a notarse la menor desviación de la órbita, y él bólido sólo se ha aproximado a la Tierra en la medida estricta que le está impuesta por las condiciones en que se mueve.

Se halla hoy distante de nosotros aproximadamente unos cincuenta kilómetros.

Si la influencia que obraba sobre el bólido hubiese desaparecido algunos días antes, habría éste podido, en virtud de la fuerza centrífuga, alejarse de nuestro planeta una distancia muy cercana de su distancia primitiva.

En lo sucesivo ya no ocurrirá así. La velocidad del meteoro, reducida por él frotamiento con las capas más densas de la atmósfera, sólo es suficiente para mantenerlo en su trayectoria actual.

Mantendríase, por lo tanto, eternamente en ella, st la causa a que se debe su disminución, es decir, Ia disminución de aire, fuese suprimida, Pero siendo, como es, otra causa permanente, puede considerarse como cierto que el bólido caerá.

Hay más. Siendo la resistencia del aire un fenómeno perfectamente estudiado y conocido, es posible trazar desde ahora la curva de caída del meteoro.

A salvo de complicaciones inesperadas, cuya hipótesis no impide rechazar los hechos anteriores, es posible afirmar al presente los extremos que siguen: 1.º El bólido caerá.

2.º La caída se efectuará el día 19 de agosto entre las dos y las once de la mañana, 3.º La caída tendrá efecto en un radio de diez kilómetros en torno de la ciudad de Upernivik, capital de Groenlandia,

Si el banquero Robert Lecoeur hubiera estado en situación de conocer esta nota de J. B.

K. Lowenthal, hubiera tenido motivos para considerarse dichoso.

Apenas, en efecto, se extendió la nueva, cuando las acciones de las explotaciones auríferas del Antiguo y del Nuevo Continente bajaron cuatro quintos de su valor.

Sürgöny

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