César Cascabel · Parte 4
CAPÍTULO VI
UNA JORNADA ANGUSTIOSA
l Gobierno de Perm hállase situado en
Ela divisoria de los Urales, parte en Asia, parte en Europa. Sus límites son como sigue:
Tiene al Noroeste el Gobierno de Vologdia; el de Tobolsk, al Este; el de Viatka, al Oeste, y el de Orenburgo, al Sur. Gracias a esta disposición, su población resulta una mezcla de tipos asiáticos y europeos.
Perm, la capital, era por aquel entonces una ciudad de seis mil habitantes, situada sobre el Kama, y que hace un importante comercio en metales. Antes del siglo XVIII no era más que una población poco importante. Pero después de haberse enriquecido con el descubrimiento de una mina de cobre, en 1723, la villa quedó convertida en ciudad desde 1871.
La verdad es que apenas justifica esta última calificación. Faltan monumentos; las calles, en su mayor parte, son estrechas y sucias; las casas, poco cómodas; y los hoteles, tales, que no parecen que los viajeros hayan pensado nunca en elogiarlos. Pero la cuestión de policía urbana importaba poco a la familia Cascabel. Su casa ambulante, ¿no les parecía preferible a cualquier otra? No la hubieran cambiado ni por el mejor hotel de Nueva York, ni siquiera por el «Continental», de París.
– ¡Pensad –decía orgullosamente nuestro hombre– en que la Belle Roulotte ha venido desde Sacramento a Perm! ¡Nada más que eso...! ¡Decidme qué hotel de París, Londres, Viena o Nueva York, ha hecho otro tanto...!
¿Qué responder a argumentos de este género?
Aquel día, Perm se había enriquecido con una nueva casa en medio de su gran plaza, con autorización del Gobernador civil, personaje cuyas funciones equivalen a las de un prefecto de cualquier departamento de Francia. Este personaje no había encontrado nada de particular en los documentos de la compañía Cascabel.
Desde su llegada, la Belle Roulotte se había atraído la curiosidad pública. ¡Saltimbanquis franceses, que venían del fondo de América, con un coche tirado por catorce renos...! El hábil director creía sacar partido de la expectación pública.
Había, pues, allí aseguradas grandes entradas. Pero no era necesario perder el tiempo, puesto que se trataba de ganar, primero en Perm, después en Nidji, el dinero necesario para volver a Francia. ¡Más tarde, ya verían de entregarse a la gracia de Dios, quien, por otra parte, se había mostrado en extremo complaciente para con la familia Cascabel!
Al amanecer, todo el mundo estuvo en pie. Juan, Sandre, Clou y los dos marineros se ocuparon en los preparativos de la representación. El señor Sergio no había vuelto, como prometió, lo que contrariaba vivamente a Ortik, y no dejaba de inquietar a papá Cascabel.
Desde el primer momento la representación se anunció por medio del cartel siguiente, el cual fue escrito en ruso, y en gruesos caracteres, bajo la dirección del señor Sergio:
FAMILIA CASCABEL
COMPAÑÍA FRANCESA LLEGADA DE AMÉRICA
GIMNASTAS, MALABARISTAS, EQUILIBRISTAS,
EJERCICIOS DE FUERZA Y DESTREZA; BAILE,
HUMOR Y MAGIA
Monsieur Cascabel, primer Hércules en todos los géneros.
Madame Cascabel, primera luchadora en todos los géneros. Primer premio en el Concurso Internacional de Chicago. Monsieur Juan, equilibrista en todos los géneros. Monsieur Sandre, payaso en todos los géneros. Mademoiselle Napoleona, bailarina en todos los géneros. Monsieur Clou de Girofle, payaso, en todos los géneros. Jako, papagayo en todos los géneros. John Bull, mono en todos los géneros. Wagram y Marengo, perros en todos los géneros.
¡GRAN ATRACCIÓN!
«LOS BANDIDOS DE LA SELVA NEGRA» Pantomima con esponsales, casamiento, sorpresa y desenlace
Éxito inmenso asegurado por 3.197 representaciones en Europa y América
Nota. – Estando prohibido el lenguaje hablado en esta pantomima, y
reemplazado por gestos de todos los géneros, hasta las personas que padezcan una lamentable sordera podrán comprender esta obra maestra
del arte dramático. Se podrá entrar gratis, para comodidad del público. Los asientos se cobrarán cuando estén ocupados.
Precio: sin distinción, 40 copecas.
Papá Cascabel tenía la costumbre de dar sus presentaciones al aire libre, en el interior de un telón extendido circularmente por delante de la Belle Roulotte. Pero sucedía que, en su gran plaza, Perm poseía un circo, cerrado, destinado para las compañías ecuestres. Aunque este local estaba sumamente deteriorado, a causa del viento y las lluvias, era todavía sólido y capaz para doscientos o doscientos cincuenta espectadores.
En suma: este circo convenía más que el telón de César Cascabel. Por consiguiente, pidió al alcalde autorización para utilizarlo mientras durase su estancia en la ciudad; autorización que le fue concedida.
Decididamente, estos rusos eran buenas personas, aunque entre ellos se hallaran Or tik y demás bandidos de su ralea. ¡Y en qué país no se encuentran! El circo de Perm no sufriría desdoro con las representaciones de esta nueva compañía. Su director no sentía más que una cosa: y era que el zar, Alejan dro II, no pasara por aquella ciudad, porque seguramente se apresuraría a tomar una en trada para la función inaugural.
Pero lo que más preocupaba a nuestro Cascabel era que su personal estuviese algo enmohecido en materia de volteretas, bailes, ejercicios de fuerza y otros trabajos. Estos ejercicios, suspendidos desde la entrada de la Belle Roulotte en el desfiladero de los Urales, no habían vuelto a hacerse durante el resto del viaje. ¡Bah! Los verdaderos artistas siempre están dispuestos a brillar en su arte. En cuanto a la pantomima, era inútil ensayarla. ¡La habían hecho tantas veces, y sin apuntador, que no debía preocupar a los encargados de su ejecución!
Ortik apenas podía ocultar la viva inquietud que le causaba la prolongada ausencia del señor Sergio. Como la entrevista no pudo tener lugar el día anterior, debió haber prevenido a sus cómplices de que el asunto había sufrido un retraso de veinticuatro horas. Se preguntaba por qué el conde no había vuelto a aparecer por Perm, aunque a papá Cascabel le dijo que volvería aquella misma tarde... ¿Era porque se quedaba en el castillo de Walska? Probablemente, porque no tenía duda de que se dirigió allí. Ortik hubiera debido demostrar menos impaciencia; pero no era dueño de sí, y no pudo reprimirse, preguntando a César Cascabel si había tenido noticias del señor Sergio.
– Ninguna –respondió el saltimbanqui.
– ¡Creí que le esperabais ayer tarde...! – masculló Ortik.
– En efecto –declaró Cascabel–, y es posible que le haya sucedido algún percance... ¡Sentiría que no pudiera asistir a nuestra representación...! ¡Será maravillosa...! ¡Veréis, Ortik...!
Pero aun cuando Cascabel hablaba como quien no sufre ninguna inquietud, en el fondo estaba impaciente en alto grado.
La víspera, después de haberle prometido que volvería por la noche, el señor Sergio se dirigió al castillo de Walska. ¡Seis verstas para ir y seis para volver no eran gran cosa! Ahora bien; puesto que no volvía, se presentaban tres hipótesis: o el conde Narkin había sido detenido antes de llegar a Walska, o había llegado, teniendo que quedarse en el castillo por el estado en que se encontraba el príncipe su padre, o bien, a su regreso, le habían detenido en el camino.
El suponer que los cómplices de Ortik le tendieran algún lazo no era admisible, y cuando Kayette le hizo esta observación, papá Cascabel respondió:
– ¡No! ¡No estaría entonces tan impaciente como parece este tunante de Ortik...! ¡No me habría pedido noticias del señor Sergio si sus compañeros le hubieran cogido entre sus garras...! ¡Ah! ¡Infame...! ¡Hasta que no le vea hacer gestos en la cuerda de una horca con su amigo Kirschef, me faltará algo para ser feliz en este mundo!
César Cascabel disimulaba bastante mal su ansiedad. Cornelia, aunque no menos alarmada que su marido, le decía:
– ¡Vamos, César, un poco de calma! ¡Te impacientas demasiado! Hay que tener en cuenta...
– No puedo darme una razón, Cornelia; me sirvo de la que tengo, y razono como puedo. ¡La verdad es que nuestro amigo debía estar de vuelta a estas horas, y que le estamos esperando todavía!
– Es cierto, César; pero nadie puede suponer que es el conde Narkin.
– No, nadie, es verdad, nadie... A menos que...
– ¿Qué quieres decir con eso de a menos que...? ¡Te expresas ahora como Clou de Girofle! ¿Qué significan tus palabras? No hay nadie más que tú y yo que sepa el secreto del señor Sergio. ¿Crees que yo le haya vendido?
– ¡Tú, Cornelia, jamás! ¡Ni yo...!
– ¿Entonces...?
– Es que hay en Prem gentes que han estado otras veces en relaciones con el conde Narkin, y le han podido reconocer. Debe parecer entraña la presencia de un ruso en la compañía. Por último, Cornelia: quizá exagere, pero la simpatía que siento hacia él no me permite estar tranquilo. Es necesario que vaya...
– ¡César, ten cuidado de no despertar sospechas! –observó juiciosamente Cornelia–. Y, ante todo, no vayas a comprometerte preguntando sin ton ni son a las gentes indiscretas. Creo, como tú, que este retraso no es natural, y estoy deseando que el señor Sergio estuviera ya de vuelta. Sin embargo, no me pongo en lo peor creyendo haya quedado en el castillo de Walska, al lado del príncipe Narkin. Ahora estamos en pleno día, y no se atreverá a salir, lo comprendo, pero volverá esta noche. ¡Conque, César, déjate ya de disparates! ¡Sangre fría, y piensa que vas a desempeñar el papel de Fracassar, uno de tus mayores triunfos!
No se podía razonar mejor que lo hacía aquella mujer de tan buen sentido y no se explica por qué su marido no quería decirle toda la verdad.
Después de todo, quizá no era injusto. ¡Quién sabe si la valerosa Cornelia hubiera podido contenerse en presencia de Ortik y Kirschef cuando supiera lo que eran lo que se proponían hacer!
Cascabel logró dominarse y dejó la Belle Roulotte para examinar los detalles de su instalación en el circo. Cornelia, por su parte, ayudada por Kayette y Napoleona, pasó revista a los trajes, pelucas y demás accesorios para el servicio de la representación.
Durante este tiempo, los dos rusos se ocuparon, si los hemos de creer, en regularizar su situación como marineros repatriados, lo que hacía necesario numerosas carreras, pasos y contramarchas.
Mientras el jefe de la troupe Cascabel se ocupaba, ayudado por Clou, en quitar el polvo de los asientos del circo, y en barrer la pista que había de servir de teatro, Juan y Sandre ponían en sus respectivos sitios todo lo necesario para los ejercicios de fuerza y destreza. Después de esto, tenían que disponer lo que el empresario llamaba «sus decoraciones completamente nuevas», y en las que «sus incomparables artistas representaban el hermoso drama pantomímico titulado Los bandidos de la Selva Negra».
Juan estaba más triste que nunca, ignorando que el señor Sergio fuese el conde Narkin, un condenado político que no podía permanecer en su país.
– ¡Ay!–decíase Juan–. El señor Sergio va a quedarse en Perm, ¡y Kayette a su lado...!
¡Dentro de algunos días partiremos, y no la volveré a ver más... ¡Querida Kayette! Serás feliz en casa del señor Sergio, sin embargo...
El corazón del pobre muchacho quedaba destrozado al pensar en todo esto.
A las nueve, el señor Sergio no había vuelto a la Belle Roulotte. Verdad es, y así lo hizo observar Cornelia, que, de esperarle, debían hacerlo por la noche, o a hora muy avanzada de la tarde, si no quería correr el riesgo de ser reconocido en el camino.
– ¡Pero en tal caso, no podrá asistir a nuestra representación...! –exclamaba el buen Cascabel–. Aunque quizá sea mejor. ¡No lo deseo...! ¡Será bonita esta representación para debut de la familia Cascabel, en el teatro de Perm...! ¡Con todas estas barahúndas voy a perder mis facultades! ¡Estaré detestable en el papel de Fracassar, yo que hacía tan perfectamente este papel! ¡Y Cornelia se verá, por más que diga lo que quiera, en un gran aprieto...! ¡Y Juan, que no piensa más que en su pequeña Kayette...! ¡Y Sandre y Napoleona, que tienen el corazón oprimido, pensando que van a separarse de ella! ¡Ah, hijos míos, qué fiasco! ¡Menudo fiasco va a ser el nuestro...! ¡Apenas si puedo contar con Clou para sostener el honor de la troupe!
Y como César Cascabel no podía estarse quieto, corrió en busca de noticias. En una ciudad como Perm, se sabe enseguida todo lo que pasa. Los Narkin eran muy conocidos en el país y muy queridos de todos sus habitantes... En el caso de que el conde Narkin hubiera caído en manos de la policía, se habría extendido rápidamente la noticia de su arresto; sería asunto de todas las conversaciones... ¡Y quizás el prisionero estaría ya encerrado en la ciudadela de Perm! El buen Cascabel dejó encargado a Clou de Girofle de poner en orden el circo. Después se aventuró a través de la ciudad, a lo largo del Kama, en donde los bateleros se ocupaban en sus acostumbrados quehaceres; en la parte alta y baja del barrio, en que la muchedumbre no parecía estar distraída de sus ocupaciones cotidianas. Se mezcló en las conversaciones... escuchó sin ser imprudente...
¡Nada...! ¡Nada que pudiera relacionarse con el conde Narkin!
Esto no le bastaba, y volvió por el camino que va de Perm al pueblecillo de Walska, en el que el señor Sergio debía de haber sido detenido, si hubieran reconocido su personalidad. Siempre que veía a lo lejos algún grupo de transeúntes, se figuraba que era el prisionero, escoltado por un pelotón de cosacos.
En el desarrollo de sus ideas, papá Cascabel ni pensaba siquiera en lo comprometidos que estaban su mujer, sus hijos y él mismo por la vuelta del conde Narkin. Sería muy fácil que las autoridades quisieran saber en qué condiciones había podido entrar el señor Sergio en territorio ruso, y quiénes eran los atrevidos que le habían ayudado a hacerlo. Esto podría costar caro a la familia Cascabel.
De estas diversas idas y venidas de César Cascabel, de sus detenciones prolongadas en el camino de Walska, resultó que no se encontraba en el circo cuando se presentó un hombre preguntando por él a cosa de las diez de la mañana.
En aquel momento estaba solo Clou de Girofle, envuelto en una nube de polvo que flotaba por encima de la pista. Salió al ver a este hombre, que era simplemente un mujik. Les fue imposible entenderse, porque Clou no comprendía el lenguaje del mujik, y a su vez el mujik no conocía el lenguaje de Clou. Su interlocutor le dijo que deseaba hablar con su amo, y que creía encontrarlo en el circo, por lo que no había ido a la Belle Roulotte. Clou no comprendió nada de esto. Entonces el mujik hizo lo que hubiera debido hacer desde el principio: entregó una carta dirigida al señor César Cascabel.
Clou comprendió entonces. Una carta que llevaba el famoso nombre de Cascabel, no podía dársela más que al jefe de la familia... a menos que no fuera para la señora Cornelia, o para el señorito Juan, o el señorito Sandre, o la señorita Napoleona.
Clou tomó la carta, y le hizo comprender por un gesto que se la daría a su patrón.
Después despidió al mujik con numerosos saludos, pero sin haber podido saber de dónde venía, ni por quién había sido enviado.
Un cuarto de hora después, en el momento en que Clou se disponía a volver a la Belle Roulotte, apareció papá Cascabel en la entrada de la pista, más enervado, más abatido que nunca.
– ¡Patrón! –dijo Clou.
– ¿Qué pasa?
– He recibido una carta.
– ¿Una carta?
– Sí, una carta que acaban de traer.
– ¿Para mí?
– Para usted.
– ¿Quién la ha traído...?
– Un mujik
– ¿Un mujik?
– ¡A menos que no lo sea!
César Cascabel cogió la carta que le daba Clou, y después de haber reconocido la letra del ausente ruso en las señas, se puso tan pálido, que su fiel servidor exclamó:
– ¿Qué os pasa, patrón?
– ¡ Nada!
¡Nada...! ¡Y poco faltó para que aquel hombre tan enérgico cayera en los brazos de Clou!
¿Qué decía el conde Sergio en aquella carta...? ¿Por qué escribía a César Cascabel? ¡Sin duda para hacerle saber los motivos que le habían impedido volver a Perm durante la noche...! ¿Era que estaba detenido...?
Papá Cascabel abrió la carta, se restregó el ojo derecho, después el izquierdo, y por último la leyó de un tirón.
¡Qué grito se le escapó entonces! ¡Un grito que pareció salir de una laringe medio estrangulada! Con el cuerpo convulso, los ojos en blanco, la cara paralizada por una contracción nerviosa, quería hablar, y no podía articular una palabra...
Clou creyó que iba a morir de asfixia, y empezó a desatarle la corbata.
Papá Cascabel se levantó de un salto, y rechazada la silla por un vigoroso puntapié, fue a caer junto a las últimas banquetas del circo. Iba, venía, se movía, y con suma ligereza sacudió el tradicional puntapié a Clou de Girofle, que, no estando prevenido, lo recibió de lleno en su parte posterior... ¿Se había vuelto loco su amo...?
– ¡Eh, patrón –gritó Clou–, que no estamos representando!
– ¡Al contrario! Estamos de lleno en ello – exclamó papá Cascabel–. ¡Nunca hemos hecho mejor representación, ni en la más grrrande representación de los grrrandes domingos!
Clou hubo de conformarse con esta respuesta.
Y lo hizo frotándose los riñones, porque verdaderamente el puntapié había sido de los grrrandes días.
Pero César Cascabel recobró su sangre fría, y, acercándose a él, le dijo con tono misterioso:
– Clou, ¿puedo tener confianza en ti...?
– ¡Seguramente, patrón! Nunca he dicho nada de los secretos que me han sido confiados..., a menos que...
– ¡Basta...! ¿Ves esta carta...?
– ¿La carta del mujik?
– ¡La misma! ¡Si llegas a decir a alguien, sea quien sea, que la he recibido...!
– ¡Bueno!
– A Juan, a Sandre, o a Napoleona...
– ¡Ya!
– Y sobre todo a mi esposa Cornelia, te prometo que te haré emparedar...
Ante esta amenaza, Clou se puso a temblar.
Después, César Cascabel, tomándole por el hombro, le dijo al oído, con un tono de gran fatuidad:
– ¡Está celosa Cornelia...! ¡Y bien mirado, Clou, uno es buen mozo! Una mujer encantadora, una princesa rusa... ¿Comprendes...? ¡Me escribe...! ¡Me pide una cita...! ¡Esto no te sucederá a ti nunca...! ¡Con una nariz como la tuya!
– A menos que... –respondió Clou.
Pero lo que aquella frase inacabada significaba en su pensamiento, nunca se ha podido averiguar.