César Cascabel · Parte 4

CAPÍTULO III

CAMINO DE LOS URALES

l Obi se ve alimentado por el Oeste,

Egracias a las aguas de los Urales, mientras que por el Este recibe abundantes tributarios. Se desarrolla en una longitud de cuatro mil quinientos kilómetros, y su cuenca no comprende menos de trescientos treinta millones de hectáreas.

Geográficamente, hubiera podido servir este río de límites naturales entre Asia y Europa, si no se levantasen los montes Urales, un poco al Oriente de su curso. A partir de los setenta grados de latitud, se desarrollan el río y la montaña casi paralelamente. Y mientras el Obi va a arrojarse en el vasto golfo de este nombre, los Urales sumergen sus últimas ramificaciones en las profundidades del mar de Kara.

Parados sobre la ribera derecha, el señor Sergio y sus compañeros observaban el curso del río, de donde emergían numerosos islotes, cubiertos de enormes sauces. Al pie de las orillas balanceaban sus aceradas hojas las plantas acuáticas, empenachadas de frescas flores. Numerosas embarcaciones surcaban estas aguas límpidas y frescas, purificadas por su paso a través del filtro de las montañas de donde han nacido.

Estando regularmente organizado el servicio de lanchas en esta gran arteria, pudo la Belle Roulotte llegar con comodidad, por la orilla izquierda, al pueblecillo de Muji.

Esta villa era de poca importancia y no presentaba ningún peligro para la seguridad del conde Narkin, puesto que no servía de estación militar. Sin embargo, tratándose de llegar a la base de los Urales, convenía estar en regla, porque la Administración rusa exi ge la exhibición de sus papeles a todo viajero que llega a la frontera. Así, nuestro amigo

Cascabel decidió poner al corriente los suyos por medio del alcalde de Muji.

Hecho esto, y estando el señor Sergio comprendido en el personal de la compañía, llegaría a penetrar en el territorio moscovita sin despertar las sospechas de la Policía.

Pero una deplorable casualidad había de comprometer este plan de tan fácil ejecución. Porque Ortik y Kirschef estaban allí, decididos a hacerlo fracasar. Para ello iban a conducir la Belle Roulotte a través de uno de los pasos más peligrosos de los Urales, donde no tardarían en encontrarse con las bandas de malhechores.

Pero no pudiendo prever este desenlace ni hacer nada para impedirlo, César Cascabel no cesaba de aplaudirse por haber llevado a buen fin su temeraria empresa. Después de haber franqueado todo el Oeste de América y toda el Asia septentrional, no estaban más que a unas cien leguas de las fronteras de Europa. En perfecto estado de salud, él, su mujer y sus hijos, no se resentían absolutamente de las fatigas de aquel largo itinerario. Si había desfallecido su energía cuando la catástrofe del estrecho de Behring y durante la deriva del océano Glacial, había al menos sabido escapar de los imbéciles de las islas de Liakhoff, que concluyeron por poner a la Belle Roulotte en disposición de continuar su viaje a través del continente.

– ¡Decididamente, Dios sabe lo que se hace!

– repetía.

Habían resuelto el señor Sergio y sus compañeros permanecer veinticuatro horas en Muji, cuyos habitantes les hicieron excelente acogida.

Papá Cascabel recibió la visita del gorodintschy, el alcalde de la localidad. Este personaje, un poco suspicaz con respecto a los extranjeros, miró como un deber el interrogar al jefe de la familia. Éste no titubeó en presentarle sus papeles, en los que el señor Sergio estaba incluido como uno de los artistas de la troupe.

No dejó de sorprender al honorable funcionario el ver uno de sus compatriotas entre saltimbanquis franceses, pues no se le escapó que el tal señor Sergio era de origen moscovita. Y, por tanto, hizo esta observación.

César Cascabel le hizo entonces notar que si había un ruso entre ellos, había también un americano en la persona de Clou de Girofle y una india en la persona de Kayette.

Se cuidaba únicamente del talento de los artistas, nunca de su nacionalidad. Añadió, después, que estos artistas se considerarían muy dichosos si el señor alcalde (jamás hubiera podido César Cascabel pronunciar la palabra gorodintschy), si el señor alcalde quería permitirles trabajar en su presencia.

Esta proposición causó gran placer al susodicho alcalde, que la aceptó desde luego, y les prometió visar sus papeles después de la representación.

En cuanto a Ortik y Kirschef, estando designados como dos náufragos rusos en camino de repatriarse, no hubo ninguna dificultad con respecto a ellos.

De resultas de esto, aquella misma noche toda la troupe se dirigió a la morada del gorodintschy.

Era ésta una vasta casa pintada de un hermoso tono amarillo, en recuerdo de Alejandro I, que era aficionado a este color.

En los muros del salón había suspendida una imagen de la Virgen, acompañada de los retratos de algunos santos moscovitas, haciendo muy buen efecto en sus marcos de tela plateada. Bancos y escabeles servían de asiento al alcalde, a su mujer y a sus tres hijas. Habían sido invitados a participar de los placeres de esta fiesta una media docena de notables, mientras que los simples contribuyentes de Muji, apiñados alrededor de la casa, se contentaban con mirar por las ventanas.

La familia Cascabel fue acogida con mucha simpatía. Comenzó sus ejercicios sin que apenas se notase que los hubiesen descuidado durante algunas semanas. Las dislocaciones del joven Sandre fueron muy apreciadas, así como la gracia de Napoleona, que, no teniendo una cuerda tirante, se contentó con ejecutar un paso de circunstancias.

Juan maravilló a todos los asistentes con el juego de las botellas, de los platos, de las anillas y de las bolas. Después, papá Cascabel, en sus trabajos de fuerza, se mostró digno marido de Cornelia, que obtuvo un verdadero éxito llevando a brazo tendido a dos de los notables del pueblo.

En cuanto al señor Sergio, ejecutó con mucha destreza algunos de los ejercicios que su hábil profesor le había enseñado, muy acertadamente, como ahora se veía. Ninguna duda podía, pues, nacer en el espíritu del alcalde sobre la realidad del enganche de este ruso en la compañía ambulante.

Se sirvieron dulces, pasteles con pasas de Corinto y un excelente té. Después, cuando hubo terminado la fiesta, el gorodintschy visó, sin detenerse mucho, los papeles que le presentó papá Cascabel. La Belle Roulotte estaba ahora en regla con respecto a las autoridades moscovitas.

También hay que decir que aquel alcalde, que gozaba de cierto desahogo, creyó deber ofrecer a papá Cascabel una veintena de rublos, como precio de su representación.

César Cascabel, primeramente, tuvo la idea de rehusar esta remuneración; pero semejante desinterés por parte de un director ambulante hubiera dado lugar a sospecha.

– ¡ Veinte rublos son veinte rublos, después de todo! –se dijo.

Y deshaciéndose en protestas de agradecimiento, se guardó la propina.

El día siguiente se dedicó al descanso. Había que hacer algunas compras de arroz, harina, manteca y diversas bebidas, que Cornelia pudo procurarse a precios moderados. En cuanto a la provisión de conservas, no se podía pensar en renovarlas en aquella villa; pero la caza no debía faltar entre el curso del Obi y la frontera de Europa.

Las compras quedaron terminadas antes de mediodía. Llegada la hora, se comió bastante alegremente, por más que Juan y Kayette tuviesen el corazón oprimido. Veían acercarse el momento de la separación.

Su amor no era un misterio para nadie, y bien pronto estarían lejos el uno del otro.

En efecto, ¿qué haría el señor Sergio des pués de haber visto al príncipe Narkin, su padre? No pudiendo quedarse en Rusia,

¿volvería a partir para América, o quedaría en Europa? Esto no dejaba de preocupar a papá Cascabel. Hubiera querido saber a qué atenerse con respecto a este asunto. Así es que aquella tarde tomó el partido de pre guntar al señor Sergio si le convendría dar una vuelta por los alrededores del pueblo. El conde, viendo que papá Cascabel deseaba hablarle en secreto, se apresuró a aceptar la invitación.

En cuanto a los marineros, después de haber anunciado su intención de acabar el día en una de las tabernas de Muji, se despidieron de la familia.

El noble ruso y el buen saltimbanqui dejaron la Belle Roulotte, dieron unos cuantos pasos y fueron a sentarse a la orilla de un bosquecillo, en las afueras de la población.

– Señor Sergio –dijo entonces papá Cascabel–, si os he rogado que me acompañaseis, es porque quería encontrarme a solas con vos. Deseo hablaros de vuestra situación...

– ¿De mi situación, amigo mío?

– Sí, señor Sergio, o, más bien, de lo que tendréis que hacer cuando estéis en Rusia...

– ¿En Rusia...?

– Creo no engañarme diciendo que dentro de ocho días habremos franqueado los Urales, y que ocho después habremos llegado a Perm.

– Me parece probable, a no ser que algún obstáculo nos lo impida –observó el noble ruso.

– ¡Obstáculos! ¡No habrá obstáculos! – aseguró Cascabel–. ¡Pasaréis la frontera sin asomo de dificultad! Nuestros papeles están en regla; formáis parte de mi compañía y nadie podría figurarse que uno de mis artistas es el conde Narkin.

– En efecto, amigo mío, puesto que sólo la señora Cascabel y vos conocéis el secreto, y éste ha sido guardado...

– ¡Tanto como si mi mujer y yo lo hubiésemos llevado a la tumba! –aseguró Cascabel con mucha dignidad–. Y ahora, señor Sergio, ¿sería indiscreto al preguntarnos lo que pensáis hacer cuando la Belle Roulotte haya llegado a Perm...?

– Me apresuraré a ir al castillo de Walska para ver a mi padre –anunció el ruso–. ¡Será una alegría para él, y bien inesperada, pues hace trece meses que no he tenido noticias suyas; trece meses que no he podido escri birle! ¿Qué pensará?

– ¿Tenéis intención de prolongar vuestra estancia en el castillo del príncipe Narkin?

– Eso dependerá de circunstancias que no sabría prever. Si se sospecha mi presencia, tal vez me vea obligado a dejar a mi padre. Y eso, a su edad...

– Señor Sergio –indicó Cascabel–, no tengo ningún consejo que daros... Vos mejor que nadie sabéis lo que debéis hacer... Pero me atrevería a haceros observar que os veríais expuesto a peligros muy graves si os quedaseis en Rusia. Va en ello vuestra vida si llegaseis a ser descubierto...

– ¡Lo sé, amigo mío, como también sé que estaríais muy amenazados vos y los vuestros si supiese la Policía que me habíais facilitado la entrada en el territorio moscovita!

– ¡Oh, nosotros...! ¡No os preocupéis por eso...!

– ¡Mi querido Cascabel, nunca olvidaré lo que vuestra familia ha hecho por mí...!

– ¡Bien, bien, señor Sergio! No hemos venido aquí para dirigirnos cumplidos... Lo que conviene saber es lo que deseáis hacer cuando lleguemos a Perm...

– Nada más sencillo –respondió el conde–. Puesto que pertenezco a vuestra compañía, me quedaré con vosotros para no despertar sospechas.

– Pero el príncipe Narkin...

– El castillo de Walska no está más que a unas seis verstas de la villa; cada noche, después de la representación, me será fácil ausentarme sin ser visto. Nuestros criados se harían matar antes que hacer traición o comprometer a su amo. Podré, pues, pasar algunas horas con mi padre y volver a Perm antes del amanecer.

– Perfectamente, señor Sergio; mientras estemos en Perm, las cosas marcharán a medida de nuestro deseo; así lo espero. Pero, ¿y cuándo termine la feria, cuando la Belle Roulotte salga para Nijni y después pase a Francia...?

Evidentemente, ése era el punto más delicado. ¿Qué haría el conde Narkin cuando la familia Cascabel hubiera dejado Perm...? ¿Se ocultaría en el castillo de Walska? ¿Se quedaría en Rusia, con riesgo de ser descubierto? La pregunta de Cascabel era precisa.

– Amigo mío, eso mismo me he preguntado algunas veces –aseguró el conde–. ¿Qué haré...? No lo sé; es cuanto puedo deciros. Mi conducta será dictada por las circunstancias.

– Veamos –replicó Cascabel–; suponiendo que os veáis obligado a dejar el castillo de Walska; suponiendo que no pudieseis permanecer en Rusia, donde vuestra libertad y aun vuestra existencia estarían amenazadas, os pregunto, señor Sergio, ¿pensáis volver a América?

– No tengo formado ningún proyecto con respecto a ese punto –respondió el conde Narkin.

– Pues bien, señor, y perdonadme si insisto: ¿por qué no os venís con nosotros a Francia? Al continuar figurando en mi compañía, podréis sin peligro alcanzar la frontera rusa. ¿No sería éste el mejor partido? Después os tendríamos algún tiempo más a nuestro lado, y con vos a nuestra querida Kayette... ¡Oh! ¡No para quitárosla...! Ella es... ella seguirá siendo vuestra hija adoptiva, eso vale más que el ser la hermana de Juan, de Sandre y de Napoleona, los hijos de un saltimbanqui.

– Amigo mío, no hablemos de lo que nos reserva el porvenir –propuso el conde–. ¡Quién sabe si no nos complacerá a todos...! Ocupémonos del presente, que es lo esencial... Lo que yo puedo afirmaros, mas no lo digáis a nadie, es que si tuviera que abandonar Rusia, me consideraría muy dichoso con retirarme a Francia, esperando que algún acontecimiento político viniese a modificar mi situación... Y puesto que nos volvéis a vuestro país...

– ¡Bravo...! ¡Volveremos juntos! –exclamó César Cascabel.

Había tomado la mano del conde, la apretaba, la oprimía, como si hubiese querido unirla con la suya.

Después de esta conversación, volvieron al campamento.

Ortik y Kirschef no regresaron hasta el día siguiente.

La caravana partió a las primeras horas del día, dirigiéndose aproximadamente hacia el Oeste.

Durante los días que siguieron, el calor fue extremadamente intenso. Notábanse ya las primeras ondulaciones de la cadena de los Urales, y sobre este suelo montañoso los renos experimentaban grandes fatigas. La temperatura les aniquilaba, y hasta hubiera sido mejor remplazarlos por caballos; pero papá Cascabel, según se sabe, estaba poseído de la idea de hacer en Perm una entrada triunfal con un carruaje tirado por veinte renos.

El 28 de junio, después de recorridos unos cuatrocientos kilómetros desde el curso del Obi, la Belle Roulotte llegó a la pequeña villa de Verniky. Allí era obligatoria la exhibición de los papeles, formalidad que no dio lugar a ninguna observación. Después, el coche volvió a tomar la dirección de la cadena de los Urales, que elevaba en el horizonte las cumbres del Telpas y del Nintchur, que se elevaban de mil doscientos a mil seiscientos metros. Se caminaba muy despacio, y, por tanto, no había tiempo que perder si la troupe quería llegar a Perm en el momento en que la feria se hallase en todo su apogeo.

En previsión de las representaciones que pensaba dar, Cascabel exigía que cada cual ensayase sus ejercicios. Había que conservar intacta la reputación de los acróbatas, equilibristas y payasos franceses en general, y de la familia Cascabel en particular. Así es que obligaba a sus artistas a trabajar durante las paradas de la noche.

Hasta el señor Sergio se ocupaba también en perfeccionarse en los juegos de naipes y de escamoteo.

Su profesor no cesaba de repetirle:

– ¡Qué buen artista ambulante hubieseis hecho!

El 3 de julio, la Belle Roulotte vino a acampar en el centro de una pradera rodeada de álamos, pinos y cedros que dominaban las cimas de los Urales.

Al día siguiente era cuando los viajeros, guiados por Ortik y Kirschef, comenzarían a marchar a través de uno d¿ los pasos de la montaña, y preveían, si no grandes fatigas, al menos rudas etapas, hasta llegar al punto culminante de la garganta.

Como esta parte de la frontera, ordinariamente frecuentada por los contrabandistas o los desertores, no era muy segura, había que mantenerse a la defensiva, y debieron tomarse algunas medidas con este objeto.

Durante la noche, la conversación versó sobre las dificultades que podrían presentarse en la travesía de los Urales. Ortik aseguró que el paso indicado por él, llamado de la Petchora, era uno de los más practicables. Lo conocía por haberlo franqueado ya cuando Kirschef y él se habían vuelto desde Arkángel al mar Ártico para reunirse al Seraski.

Mientras el señor Sergio y Ortik trataban de estos puntos, Cornelia, Napoleona y Kayette se ocupaban de la comida. Un buen cuarto de gamo se asaba delante del fuego encendido bajo los árboles, a la entrada del claro, y una tarta de arroz se manchaba de tintas doradas sobre una placa en contacto con los carbones enrojecidos.

– ¡Espero que esta noche no se despreciará la minuta! –dijo la excelente cocinera.

– A menos que el guisado y el pastel no se quemen –replicó Clou de Girofle.

– ¿Y por qué se han de quemar, señor Clou – repuso Cornelia–, si tenéis cuidado de dar vueltas al asador del uno y remover la placa del otro?

Y, debidamente advertido, Clou se instaló en el puesto de confianza que le estaba designado. Mientras Wagram y Marengo rondaban alrededor del hogar, John Bull se relamía esperando su parte de aquella excelente cena.

Llegado el momento, se pusieron a la mesa, y no hubo más que elogios para la comida. Cornelia y sus ayudantes los recibieron con gran satisfacción.

A la hora de acostarse, como la temperatura era todavía elevada, el señor Sergio, César Cascabel y sus dos hijos, Clou y los dos marineros, quisieron contentarse con el lecho que el claro les ofrecía bajo los árboles. Además, en estas condiciones era más fácil la vigilancia.

Solamente Cornelia, Kayette y Napoleona volvieron a sus lechos del interior de la Belle Roulotte.

Bajo el paralelo 66 la duración del crepúsculo de julio se prolonga extraordinariamente; así es que eran más de las once cuando la noche fue casi completa; una noche sin luna, sembrada de estrellas que velaban los vapores de las altas zonas.

Extendidos sobre la hierba y envueltos cada uno en un cobertor, sentían ya el señor Sergio y sus compañeros cerrarse las pupilas bajo la influencia del primer sueño, cuando los dos perros empezaron a dar señales de agitación. Alargaban el hocico y hacían oír sordos gruñidos, que revelaban una gran inquietud.

Juan se incorporó el primero, y echó una mirada por el claro.

El fuego se extinguía entonces y una profunda oscuridad reinaba bajo el espeso macizo de árboles.

Juan miró más atentamente, y creyó ver puntos móviles que brillaban como brasas. Wagram y Marengo ladraban.

– ¡Alerta! –gritó Juan, levantándose de un salto.

En un instante todos los que dormían estuvieron en pie.

– ¿Qué hay? –preguntó César Cascabel.

– ¡Mirad, padre! –respondió Juan, enseñándole los puntos luminosos, inmóviles entonces entre los tallares.

– ¿Qué será eso?

– ¡Ojos de lobos!

– ¡Sí, de lobos! –confirmó Ortik.

– ¡Y toda una manada! –añadió el noble ruso.

– ¡Diablo! –dijo Cascabel.

¡Diablo! Era sin duda insuficiente para expresar la gravedad de la situación. Tal vez se contasen los lobos por centenares alrededor del claro, y estos carnívoros son en extremo temibles cuando se reúnen en gran número.

En aquel momento, Cornelia, Kayette y Napoleona aparecieron a la puerta de la Belle Roulotte.

– ¿Qué ocurre, padre? –preguntó la niña.

– No es nada –respondió Cascabel–. Sencillamente, ¡lobos que se pasean a la luz de las estrellas...! Quedaos en vuestros cuartos y preparadnos las armas para mantenerlos a distancia.

Un instante después, carabina y revólveres estaban entre las manos del señor Sergio y sus compañeros.

– ¡Llamad a los perros! –dijo.

Wagram y Marengo, que rondaban a la orilla del bosque, vinieron a la voz de Juan, poseídos de un furor que no hubiera sido fácil contener.

Cuando les tuvieron en lugar seguro, se hizo una descarga general en la dirección de los puntos luminosos, y espantosos aullidos indicaron que la mayor parte de los tiros habían hecho blanco.

Era necesario que fuese considerable el número de lobos, porque el círculo volvió a cerrarse y unos cincuenta de aquellos animales invadieron el claro con rapidez.

– ¡A la Roulotte! ¡A la Roulotte! –gritó el señor Sergio– ¡Vamos a ser asaltados...! ¡Únicamente allí podremos defendernos!

– ¿Y los renos? –dijo Juan.

– No podemos hacer nada para salvarlos.

Era tarde, en efecto. Ya habían sido ahogados algunos animales del tiro, mientras los otros, rompiendo sus trabas, habían huido a través del bosque.

A una orden del conde todos entraron en el coche con los dos perros, y se cerró la puerta exterior.

¡Ya era tiempo! En medio de los resplandores del crepúsculo, se podía ver los lobos brincando alrededor de la Belle Roulotte y saltar hasta la altura de las ventanas.

– ¿Qué será de nosotros sin el tiro? –no pudo menos de decir Cornelia.

– ¡Empecemos por desembarazarnos de esta banda! –respondió el ruso.

– Los venceremos al fin, ¡qué diablo! – exclamó el buen Cascabel.

– ¡Sí..., a menos que no sean muy numerosos! –replicó Ortik.

– ¡Y si no nos llegan a faltar las municiones!

– añadió Kirschef.

– Mientras tanto, ¡fuego! –gritó el señor Sergio.

Y, por las ventanas entreabiertas, los fusiles y revólveres comenzaron su obra de destrucción. Al resplandor de las detonaciones, que alumbraban los dos costados y la delantera del coche, se veía ya una veintena de lobos mortal o gravemente heridos.

Pero nada detenía la rabia de estas fieras, y su número no parecía haber disminuido. Varios centenares invadían el claro, agitado por siluetas movibles.

Los había que, deslizándose por el coche, trataban de destrozar con sus garras las tablas. Otros, habiendo saltado al escalón de la puerta exterior, amenazaban derribarla, por lo cual fue necesario atrancarla sólidamente. Algunos corrían sobre la galería superior, se inclinaban hasta las ventanas, golpeándolas con las patas, no desapareciendo hasta que una bala los derribaba en tierra.

Napoleona, muy asustada, lanzaba agudos grifos. El «miedo al lobo», tan intenso en los niños, estaba entonces más que justificado. Kayette, que no había perdido su sangre fría, trataba en vano de calmar a la niña. Mamá Cascabel tampoco estaba muy segura respecto al desenlace de la lucha.

En efecto, si ésta se prolongaba, la situación llegaría a ser muy peligrosa. ¿Cómo podría la Belle Roulotte resistir el asalto de aquellos innumerables lobos? Y si era derribada, ¿no sería esto el degüello inevitable de los que habían buscado en ella su refugio?

Hacía una media hora que duraba la lucha, cuando Kirschef exclamó:

– ¡No hay más municiones!

Unos veinte cartuchos eran lo que quedaba para que los fusiles y revólveres siguieran funcionando.

– ¡No tiremos más que sobre blanco seguro! –propuso papá Cascabel.

¡Sobre blanco seguro! ¿Pues no hacían blanco todos los tiros en aquella masa de asaltantes? Solamente que los lobos eran más numerosos que las balas y se renovaban sin cesar, mientras que las armas de fuego iban a verse obligadas a enmudecer.

¿Qué hacer? ¿Esperar el día? ¿Y si el día no hacía huir a la manada?

Entonces Cascabel, blandiendo su revólver, que iba a quedar inútil, gritó:

– ¡Tengo una idea!

– ¿Una idea? –coreó el señor Sergio.

– ¡Sí...! ¡Y buena! Se trata sencillamente de coger uno de esos bribones.

– ¿Y cómo? –preguntó Cornelia.

– Vamos a entreabrir la puerta con precaución, y cogeremos a los dos primeros que traten de introducirse en el departamento

– ¿Estáis loco, Cascabel?

– ¿Qué arriesgamos, señor Sergio? ¿Algunas mordeduras? ¡Bah! Prefiero verme mordido a ser estrangulado.

– Hagámoslo, pero hagámoslo enseguida

– decidió el señor Sergio, aun sin compren der bien lo que Cascabel se proponía.

Éste, seguido de Ortik, de Clou y de Kirschef, fue a colocarse en el primer compartimento, mientras que Juan y Sandre retenían los dos perros en el fondo del último, y en el que las mujeres tenían orden de quedarse.

Los muebles que atrancaban la puerta se vieron separados, y el buen Cascabel la entreabrió de modo que se pudiese cerrar rápidamente.

En aquel momento, una docena de lobos, agarrados a la banqueta, subidos en los estribos, se apoyaban contra la delantera del coche.

Así que se entreabrió un poco la puerta, la franqueó uno de los lobos, y fue rápidamente cerrada por Kirschef. Enseguida Cascabel, ayudado de Ortik. se echó sobre el animal, y procuró envolverle la cabeza con un pedazo de tela, de que se había provisto, y que una vez logrado ató fuertemente a su cuello.

La puerta se abrió de nuevo. Un segundo lobo se introdujo, y sufrió el mismo tratamiento que el primero. Clou, Ortik y Kirschef sujetaban, no sin trabas, aquellas furiosas bestias.

– Sobre todo, cuidad de no matarlas – recomendó papá Cascabel–, y sujetadlas bien.

¿Que no las mataran? ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Ajustarlas en su compañía para la feria de Perm?

Lo que quería hacer, lo que hizo, no tardaron en saberlo sus compañeros.

En efecto, una intensa llama acababa de iluminar el compartimento, en el que resonaban aullidos y gritos de dolor; la puerta volvió a abrirse y cerrarse rápidamente, después que los lobos fueron empujados fuera.

¡Qué efecto produjo su aparición en medio de la bandada!

El claro se llenó de luces oscilantes.

Los dos lobos habían sido rociados con petróleo, al que César Cascabel había prendido fuego, y en aquel estado se agitaban entre los sitiadores.

Pues bien, aquella era la idea de papá Cascabel, famosa como todas las que engendraba el cerebro de aquel hombre prodigioso.

Los lobos, asustados, huían delante de las dos bestias ardiendo, y daban aullidos aún más aterradores que los que se habían oído antes del ataque. ¡En vano los dos, impregnados de petróleo, ciegos por su capuchón de tela, trataban de desembarazarse de su piel ardiente! ¡En vano se revolcaban por el suelo y daban saltos en medio de las otras fieras! ¡Siempre ardían!

Finalmente, la manada entera, llena de terror pánico, despejó los alrededores de la Belle Roulotte y desocupó el claro, desapareciendo en las profundidades del bosque.

Los aullidos no tardaron en decrecer, y reinó el silencio alrededor del campamento.

Por prudencia, el señor Sergio, recomendó esperar a las primeras claridades del día, antes de ir a hacer un reconocimiento en las cercanías. Pero él y sus compañeros no tenían que temer ya una nueva agresión. El enemigo estaba dispersado. ¡Huía a toda prisa!

– ¡Ah, César! ¡César! –exclamó Cornelia echándose en los brazos de su marido.

– ¡Amigo mío! –añadió el noble ruso.

– ¡Padre! –exclamaron los niños.

– ¡Ah, patrón! –repetía, a su vez, Clou.

Papá Cascabel respondió a todos tranquilamente:

– Y bien, ¡qué! ¿Qué pasa? ¡Si no fuese uno más listo que las bestias, no valdría la pena de ser hombre!

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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