El conde de Chanteleine

IX

Douarnenez.

Douarnenez, en el año II de la República, contaba aún apenas una veintena de familias de pescadores; la reunión de aquellas casas, hechas de fragmentos de granito, ofrecía un pintoresco golpe de vista al que llegaba por mar.

El burgo, durante mucho tiempo oculto tras los sinuosidades de la costa, aparecía de repente, dominado por el solitario campanario de una iglesia situada en la cima de una colina.

El burgo, extendido al fondo mismo de la bahía, venía a bañar sus pies en las altas olas; los tejados de las casas estaban cubiertos de gruesas piedras para resistir los violentos vientos del noroeste.

La costa de Bretaña, desde Concarneau hasta Brest, está recortada por una serie de bahías de todos los tamaños.

Las más importantes son las de Douarnenez y Brest, que miden hasta veinticinco leguas de contorno; las bahías de Audierne, de los Trépassés, de Camaret, de Dinan no forman más que ensenadas, a decir verdad; entre todas, la bahía de Douarnenez es la más brava, y numerosos naufragios le han valido una siniestra reputación.

Su parte meridional está formada por una lengua de tierra casi rectilínea, una pirámide invertida de ocho leguas de longitud, que va a hundir en el Océano a la punta del Raz.

Su base tiene unas cuatro leguas de ancho en el meridiano de Douarnenez; allí se encuentran las parroquias de Poullan, Benzec, Cleden, Audierne, Pont-Croix, Plogoff y algunos pueblos dispersos.

La parte norte de la bahía está formada por una inmensa curvatura de la costa, que viene a terminar bruscamente en el cabo de la Cabra. Allí se encuentran las magníficas grutas de Morgat. Más arriba se divisan las montañas de Aray, difuminadas por la bruma.

La bahía, no suficientemente cerrada, queda expuesta a todos los temporales del mar abierto.

Así, el mar está allí siempre borrascoso; los pescadores, aventurados en su chalupa, se ven a menudo en apuros, y ante su pequeño puerto de refugio se quedan días enteros sin poder tomar tierra.

El burgo está situado en la desembocadura de un pequeño río que queda en seco con la bajamar. Es allí donde los barcos de pesca van a refugiarse en los tiempos de mal tiempo, pues el malecón que cubre actualmente el pequeño puerto no existía entonces, y las casas de la orilla eran batidas de costado por las olas.

El extremo del pequeño río, hacia el lado del burgo, se llama el Guet.

En esa misma punta se levantaba la casita del buen Locmaillé. Desde sus ventanas laterales podía divisarse toda la escotadura de la bahía, desde el cabo de la Cabra hasta Douarnenez. Aquella casita se distinguía poco de las rocas circundantes; no era bella, pero sólida y segura.

Se componía de una sala baja, con una amplia chimenea en torno a la cual se colgaban las redes mojadas y los aparejos de pesca, y de tres pequeños cuartos arriba, desde los que se divisaba la barca del pescador varada o flotante en el río, según los caprichos de la marea.

La habitaba el buen Locmaillé, de sesenta años, un servidor fiel de la familia, otro Kernan, menos la instrucción.

Allí fueron recibidos el conde de Chanteleine y su hija; el buen hombre les hizo comprender que estaban en su casa, y al entrar no pudieron reprimir un suspiro de satisfacción; aquella humilde cabaña les parecía un lugar de refugio, si no un lugar de asilo.

Aunque la morada era pequeña, Henry encontró manera de reservar una habitación para la joven, otra para el conde y aun una especie de pequeño gabinete para él; según la costumbre, aquellas habitaciones no comunicaban con la sala baja, y se llegaba a ellas por una escalera de piedra construida exteriormente.

La gran sala convenía perfectamente al buen Locmaillé y a Kernan, decidido a hacerse un pescador consumado mientras esperaba mejores tiempos.

La instalación no fue larga; un fuego de sarmientos crepitó pronto en la habitación de Marie, y media hora después de su llegada a Douarnenez, estaba verdaderamente en su casa. Por primera vez, el padre y la hija podían al fin encontrarse solos, y se retiraron. Se respetó su aislamiento.

Entre tanto, Kernan, ayudado de Locmaillé, preparó un desayuno frugal, a base de pescado fresco y algunos huevos; cuando el conde y su hija bajaron, los proscritos se instalaron en la sala baja; comieron en escudillas con cubertería de madera negra, sin mantel, sobre una mesa tosca, pero al menos a salvo en aquella casa de pescador.

– Amigos —dijo el caballero—, el Cielo nos ha protegido conduciéndonos hasta aquí, pero no quiere ayudarnos sino a condición de que nos ayudemos a nosotros mismos; hablemos pues de nuestros proyectos futuros.

– Hijo mío —respondió el conde—, nos remitimos a vos; pongo mi vida y la de mi hija en vuestras manos.

– Señor conde —dijo el caballero—, creo que el tiempo de vuestras grandes dolores ha pasado, y tengo buenas esperanzas para el futuro.

– Yo también —dijo Kernan—; sois un joven digno, señor Henry, y entre los cinco, habrá que salir del paso; pero decidme, ¿no parecerá extraña nuestra llegada al país?

– ¡No! Locmaillé ha dicho a quien quiso escucharle que esperaba a sus parientes en Douarnenez.

– Bien —respondió el bretón—; ¿pero no puede encontrarse singular ese aumento de familia?

– No; el señor conde de Chanteleine es mi tío, y la señorita Marie mi prima.

– Vuestra hermana, señor Henry —dijo la joven—. ¡Vuestra hermana! ¿No tengo yo que reemplazar junto a vos a esa noble muchacha que ya no está?

– ¡Señorita! —exclamó Henry con el acento de la más viva emoción.

– ¡Puede ser, puede ser! —respondió Kernan—; yo seré el primo del buen Locmaillé, si a él le parece bien.

– Muy honrado —dijo el viejo pescador.

– Pues bien, la familia estará completa, una familia de pescadores; no será la primera vez que nuestro señor y yo hagamos ese oficio; no éramos torpes en nuestra juventud, y espero que no habremos perdido mucho.

– ¡Pues bien! —dijo el caballero—. Desde mañana correremos la bahía de Douarnenez. ¿Está la barca en condiciones, Locmaillé?

– Lista del todo —respondió el buen hombre.

– Amigos —dijo entonces el conde—, si debemos quedarnos en este país, si hay que afrontar aquí la tormenta revolucionaria, si no podemos alejarnos más de nuestros enemigos, apruebo sin reservas vuestros arreglos; ¿pero debemos renunciar a la esperanza de pasar al extranjero?

– Señor conde —respondió Henry—, si tal proyecto hubiera sido practicable, creed que ya os lo habría propuesto; pero yo mismo, desde hace mucho, he querido huir a Inglaterra sin encontrar el modo; lo único que puedo prometeros es que si se presenta la ocasión, no la dejaremos escapar, y quizás, a precio de oro, podamos crearla.

– Por desgracia, me quedan pocos recursos.

– Y yo no tengo para vivir más que mis brazos y mi barco.

– ¡Bien, bien! —dijo Kernan—. ¡Ya lo veremos más adelante! Pero de momento, nuestro señor, aunque fuerais diez veces más rico, y aunque tuviéramos una buena chalupa a nuestra disposición, no le aconsejaría a nadie embarcarse en ella. Estamos en los malos meses del invierno y el mar es terriblemente duro fuera de la bahía. Las tempestades nos rechazarían pronto hacia algún punto de la costa, donde podríamos encontrarnos en mala situación, y mi sobrina Marie no debe afrontar semejante peligro. En los días buenos, si Dios no ha tenido aún piedad de Francia, se verá lo que hay que hacer; pero ahora, no tenemos nada mejor que imaginar que pescar, ya que somos pescadores, y vivir tranquilos en este país.

– Bien dicho, Kernan —dijo el caballero.

– Bien dicho, mi buen Kernan —respondió el conde—; sepamos pues resignarnos, y sin pedir lo imposible, contentémonos con lo que el cielo nos da.

– Amigos —dijo entonces la joven—, si mi tío Kernan ha hablado, debemos escucharle, pues sabe dar buenos consejos; sabe bien que yo no habría retrocedido ante los peligros del mar; pero ya que una travesía le parece impracticable, debemos considerarnos llegados a puerto y esperar; no somos ricos, ¡pues bien, trabajaremos!, y por mi parte, quiero aportar mi modesta contribución a la comunidad.

– ¡Oh, señorita! —dijo vivamente el joven—. El nuestro es un oficio duro; no ha sido criada como las mujeres y las hijas de nuestros pescadores; no podemos exponeros a semejantes fatigas. Además, nosotros os ganaremos el pan de cada día.

– ¿Por qué, señor Henry —respondió la joven—, si puedo procurarme un trabajo que no supere la medida de mis fuerzas? Será un placer y un consuelo para mí. ¿No podré coser o planchar llegado el caso?

– ¡Cómo no! —exclamó Kernan—. Mi sobrina Marie trabaja como un hada, y la he visto bordar frontales de altar para la iglesia de La Palud, de los que santa Ana debía estar orgullosa.

– ¡Ay, tío Kernan! —respondió Marie con tristeza—. Ya no se trata ahora de frontales de altar ni de ornamentos de iglesia. ¡Pero hay otros trabajos más humildes, más lucrativos!

– A fe mía, veo pocos —dijo Henry, que no quería que la joven se ocupara de un trabajo manual—; os aseguro que no encontraréis nada que hacer en el país.

– A no ser que coser camisas bastas para los pescadores, o para los Azules de Quimper —dijo Locmaillé.

– ¡Oh!

– Lo acepto de buena gana —exclamó Marie.

– ¡Señorita! —dijo el caballero.

– ¿Y por qué no? —dijo Kernan—. Os aseguro que mi sobrina saldrá adelante a las mil maravillas.

– Sí —dijo el buen hombre—, ¡pero a cinco céntimos la pieza!

– Cinco céntimos la pieza está muy bien —exclamó Kernan—; así pues, ¡mi sobrina Marie, serás costurera!

– Era el oficio de las señoritas de Sapinaud y de La Lézardière después de su huida de Le Mans —respondió la joven—; y bien puedo hacer lo mismo que ellas.

– Convenido. Locmaillé te buscará trabajo.

– De acuerdo.

– Y ahora, Marie, ahora, nuestro señor, descansad el resto del día; yo voy a ir a ver la chalupa con el señor Henry, y mañana nos haremos a la mar.

Dicho esto, Henry y Kernan salieron; Locmaillé fue a recorrer el pueblo, y la joven, que se quedó con su padre, se puso a arreglar la pequeña casa.

El caballero y Kernan, llegados a la punta del Guet, encontraron la embarcación en perfecto estado; llevaba dos altas velas rojas, y estaba hecha para aguantar el mar en los tiempos borrascosos.

Allí, unos pescadores que reparaban sus redes se acercaron a charlar «por charlar», y Kernan respondió a sus preguntas como un marino hecho y derecho; dio su opinión sobre una pequeña nube negra que no auguraba nada bueno, e hizo sin embargo preparativos de partida como el que entendía en ello. Al día siguiente, en efecto, se hizo a la mar en compañía del caballero, por quien sentía una gran amistad.

Era, en efecto, un corazón bueno y excelente el de aquel joven; había afrontado con valor la terrible situación que la Revolución imponía a las personas de su cuna y su edad; aunque apenas contaba veinticinco años, los acontecimientos habían madurado singularmente su espíritu en aquella atmósfera que abrasaba Francia. Después de haberlo perdido todo, sin familia, solo, parecía natural que Henry de Trégolan depositase cuanto le quedaba de afecto y entrega en el conde y en su hija. Kernan lo sentía bien y entreveía ya, para el futuro, ciertos arreglos que no le desagradaban; al contrario.

Por el aplomo sobrehumano que el joven Trégolan había demostrado al salvar a la señorita de Chanteleine, y por el valor que desplegaba en su oficio de pescador, Kernan reconoció en él un carácter hábil, sensato y resuelto. Era un hombre en toda la acepción de la palabra, es decir, un apoyo seguro que no había que desdeñar en aquella época de trastorno social.

Cuando Kernan quería a alguien, le quería bien, y lo decía; varias veces, formuló ante el conde su opinión bien arraigada sobre Henry, y apenas esperaba a que Marie no estuviera presente para decirla.

Pocos días después de su llegada a Douarnenez, el conde quiso ayudar él mismo a sus compañeros en su penoso trabajo; se embarcó con ellos; seguía muy triste, pero los incidentes de la pesca traían una feliz distracción a sus ideas. Algunas jornadas eran buenas, pero cinco días de cada ocho el mal tiempo impedía que los barcos salieran.

El pescado se vendía en el mismo lugar a unos expedidores que lo enviaban a Quimper o a Brest; también se consumía en la casa. En suma, lo que producía la pesca y los pocos céntimos ganados por la joven en sus labores de costura bastaban para hacer vivir a aquel pequeño mundo, que se encontraba casi feliz en su desamparo.

Kernan no quería que se tocara el dinero del conde; las circunstancias podían volverse graves, y era preciso guardarlo cuidadosamente, por si fuera necesario o posible abandonar el país.

En cuanto a él, si alguna vez se viera obligado a huir de Bretaña, lo haría, no abandonaría a su señor; pero sin duda volvería a cumplir cierta venganza que le tenía en vilo. Solo que nunca hablaba de ello, y no hacía ninguna alusión a Karval.

Durante la pesca, siempre se las arreglaban para que la joven no estuviera nunca sola, y ya fuera su padre, ya el buen Locmaillé, siempre había alguien junto a ella.

Por lo demás, la llegada de los recién venidos al país no había sorprendido a nadie; nadie se inquietaba por su presencia; se les aceptaba como parientes del buen Locmaillé, y como eran muy serviciales, acabaron por ganarse el afecto de todos. Por otra parte, tenían pocas comunicaciones con el exterior, y los rumores de la revolución venían a apagarse en el umbral de su cabaña.

El 1.° de enero de 1794, Henry fue a buscar a la joven en presencia de su padre y de Kernan, y le ofreció un pequeño anillo como regalo de Año Nuevo.

– Aceptad, señorita —le dijo con voz emocionada—: este anillo perteneció a mi hermana.

– ¡Ah, señor Henry! —murmuró Marie.

Se detuvo, miró a su padre y a Kernan, se arrojó en sus brazos bañándolos en lágrimas; luego volvió hacia el caballero.

– Henry —dijo ofreciéndole tímidamente la mejilla—, no tengo otro regalo que haceros.

El joven rozó con sus labios la fresca mejilla de la joven, y sintió su corazón latir a punto de romperse en el pecho.

Kernan sonreía, y el conde mezclaba involuntariamente en su pensamiento los nombres de Henry de Trégolan y Marie de Chanteleine.

Sürgöny

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