El conde de Chanteleine

XVI

El 9 de termidor.

A medianoche, Kernan volvía al Porzik. Declaró que acababa de matar a Karval. Marie, estremecida, volvió a su habitación. En cuanto se fue, el bretón aferró el brazo del caballero.

– Mañana es la ejecución —dijo.

Henry palideció de terror.

– Mañana —repuso Kernan—; pero arrancaré a nuestro señor de la muerte al pie mismo del cadalso, o moriré.

– Iré con vos, Kernan —dijo Henry.

– ¿Y Marie, qué será de ella?

– Marie, Marie —dijo el joven.

– Hace falta que os quedéis allí, si yo llegara a morir. Pero que no sepa nada, la pobre criatura; mañana será huérfana, o su padre le será devuelto.

Henry quiso insistir aún, pero se debatía consigo mismo, y la razón, de acuerdo con sus sentimientos, le imponía la ley de permanecer junto a su prometida.

Ni Kernan ni Henry durmieron durante aquella funesta noche; el bretón rezó con fervor.

Por la mañana, Kernan abrazó a Marie, estrechó la mano del caballero, y volvió a tomar el camino de Recouvrance. No tenía ningún plan fijo: las circunstancias le decidirían a actuar.

A las seis entró en la ciudad, y se dirigió hacia la prisión. Durante dos horas esperó; vio llegar la carreta pintada de rojo. A las ocho, volvía a salir con una carga de condenados; el conde de Chanteleine estaba entre ellos. Los guardias nacionales los rodeaban, y el fúnebre cortejo se dirigió hacia el cadalso.

Un momento, el conde divisó a Kernan entre la multitud. Una interrogación rápida pasó por su mirada; ¿qué podía preguntar, sino qué había sido de su hija?

Un gesto de Kernan le hizo saber que estaba a salvo; el conde lo comprendió, pues una sonrisa pasó por sus labios, y se puso a rezar con una fervor en la que había viva gratitud.

La carreta avanzaba en medio de una multitud considerable. Los sans-culottes de la ciudad, los clubistas, todo el desecho de la población insultaba a los condenados, los amenazaba y les prodigaba las más groseras injurias. El conde sobre todo, noble y sacerdote, era blanco de sus más odiosas vocerías.

Kernan caminaba junto a la carreta; al doblar una calle, el instrumento de muerte apareció; no estaba a doscientos pasos.

De repente, una parada tuvo lugar; la multitud se detuvo. Algo estaba ocurriendo; la gente se interrogaba; gritos se mezclaban a los aullidos. Se escuchaban incluso estas palabras:

– ¡Basta, basta!

– ¡Haced volver atrás a los condenados!

– ¡Abajo los tiranos, abajo Robespierre! ¡Viva la República!

Una palabra lo explicó todo. El 9 de termidor acababa de estallar en París. El telégrafo, que dos años antes Chappe había hecho adoptar por la Convención, traía al instante la gran noticia. Robespierre, Couthon, Saint-Just acababan a su vez de perecer en el cadalso.

Se produjo de inmediato una especie de reacción; la gente estaba hastiada de sangre. La piedad se impuso un instante a la cólera; la fatal carreta se detuvo.

Kernan se lanzó en seguida, arrancó al conde con una fuerza irresistible en medio de vítores y gritos, y media hora después, el conde estaba en brazos de su hija.

Durante los pocos días de estupor que siguieron al 9 de termidor, el conde y los suyos pudieron abandonar el país y por fin pasar a Inglaterra. Dios había dado a sus infortunios un desenlace que no podían esperar de parte de los hombres.

Aquí termina este episodio, tomado de los peores días del Terror. Lo que siguió, cada uno lo adivina.

El matrimonio de Henry de Trégolan y Marie se celebró en Inglaterra, donde toda la familia permaneció durante algunos años.

En cuanto los emigrados pudieron regresar a su país, el conde fue uno de los primeros en volver a Francia. Regresó a Chanteleine con su hija, Henry y el valiente Kernan.

Allí vivieron felices y tranquilos; el conde administró pacíficamente su pequeña parroquia, prefiriendo ese humilde papel a las dignidades que le fueron ofrecidas, y los pescadores de la costa hablan aún con pesar y gratitud del noble cura de Chanteleine.

Jules VERNE. FIN.

FIN

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Sürgöny

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