El conde de Chanteleine

XIV

Las grutas de Morgat.

El cabo de la Cabra forma el extremo de una larga lengua de tierra formada por la curvatura de la costa norte, que viene a cerrar en parte la bahía de Douarnenez. El promontorio cubre a su vez una especie de pequeña bahía interior, que se ve perfectamente desde el burgo, algo a la izquierda.

Es hacia la parte central y sobre una magnífica playa donde se encuentran las célebres grutas de Morgat. Las hay varias. Son accesibles con la bajamar, salvo la más bella e importante, en la que solo se puede penetrar con la marea alta.

Esta última es muy vasta; tiene profundidades que la mirada humana nunca ha podido sondear por falta de aire respirable; las antorchas que se llevan allí palidecen primero y acaban por apagarse; los seres vivos no podrían vivir allí. Pero toda la parte delantera de la gruta es vasta, aireada y de un aspecto grandioso.

Era el lugar elegido para la celebración del matrimonio. Pronto corrió la voz por las parroquias vecinas de que allí se celebraría una misa solemne. Se comprende el efecto de esa noticia sobre una población privada desde hacía tanto tiempo de sus ceremonias religiosas; así pues, en el país todos se proponían ir en tropel a las grutas de Morgat. Por lo demás, la elección del lugar debía poner a los fieles a cubierto de toda sorpresa.

En efecto, los pescadores, forzados a escuchar la misa desde su barca, podían escapar fácilmente a los Azules que quisieran sorprenderlos por tierra. Eso fue lo que decidió al sacerdote a oficiar públicamente.

Llegó el día; soplaba un buen viento del este, muy favorable. Desde la mañana, un gran número de chalupas cargadas de hombres, mujeres, niños y ancianos abandonaron el puerto de Douarnenez para cruzar la bahía. El espectáculo fue magnífico con esa flotilla que largaba las velas con los pescadores engalanados con sus mejores ropas.

La barca de Trégolan precedía a todas las demás. Marie estaba encantadora bajo su traje de novia bretona, con su aire de felicidad, siempre un poco melancólico. Henry le tenía la mano. Kernan estaba al timón y el buen Locmaillé a proa.

El conde de Chanteleine había salido muy de mañana, antes del desayuno; era preciso que todo estuviera listo, y sobre todo que el personaje principal, el sacerdote, estuviera allí.

Así pues, la flotilla avanzaba por un mar bello; a veces el viento arreciaba; todas aquellas chalupas se inclinaban juntas y se enderezaban cuando había pasado la brisa. El burgo de Douarnenez ya se perdía en la lejanía.

Pronto fue visible la gruta. No había campanario para distinguirla, ni campana sonando alegremente en el aire una misa de bodas; pero la piedad de toda una población iba a convertirla en iglesia natural.

Cuando se llegó ante la gruta, la marea no estaba aún bastante alta para penetrar en ella; las barcas se dispusieron en buen orden y esperaron.

Al fin la marea se lanzó por encima de la playa, primero espumando sobre la arena, luego más tranquila a medida que subía. Las chalupas entraron y se dispusieron circularmente a lo largo de los muros de granito. Estos, revestidos de rocas rojas, tomaban reflejos de cornalina que encantaban la vista.

En el centro de la gruta se encuentra un peñasco aislado, un islote de algunos pies cuadrados sobre el que se había erigido un altar; algunas velas ardían en candeleros de madera, y las últimas ondulaciones del mar venían a morir al pie de ese altar, mientras las barcas se balanceaban al movimiento del oleaje.

Marie, sin embargo, paseaba a su alrededor una mirada inquieta.

– ¿Y mi padre? —dijo al bretón.

– No puede tardar en venir —respondió Kernan.

– ¡Marie, os amo! —murmuraba el joven al oído de la joven.

Pronto, al fondo de la gruta, repicó una campanilla, y se vio avanzar lentamente una barca: un niño agitaba la campanilla, un pescador remaba a proa; a popa, el sacerdote llevaba el cáliz. Llegó al peñasco, desembarcó, depositó el vaso sagrado sobre el altar y se volvió hacia los asistentes.

– ¡Padre mío! —exclamó Marie.

– ¡Él, él! —exclamó Kernan.

Aquel sacerdote era el conde de Chanteleine, y mientras los suyos, estupefactos, sin poder creer a sus ojos, permanecían en el más profundo silencio, el conde tomó la palabra y dijo:

– Hermanos, amigos, quien os habla es un padre; viudo, se ha hecho sacerdote para traeros los auxilios de la religión. Un santo obispo, escondido cerca de Redon, le ha dado el derecho de ejercer el divino sacerdocio; viene a casar a su hija con quien la salvó del cadalso, y os pide que recéis por ella.

Aquellas palabras fueron seguidas de un estremecimiento. Todos los pescadores reconocían a quien así les hablaba y comprendieron su sublime entrega. Marie lloraba, y Kernan no podía pronunciar una palabra.

La ausencia del conde se explicaba entonces: los estudios teológicos que había hecho en su juventud le habían permitido franquear rápidamente los primeros grados del estado sacerdotal, y en pocos días había sido ordenado sacerdote.

Luego, de regreso junto a los suyos, empleó sus noches en ejercer su santo ministerio; se escapaba de su casita por la escalera exterior sin que nadie sospechara su ausencia, y si no reveló antes a sus amigos, a su hija, el secreto de su nueva existencia, fue porque no quiso asustarlos con el temor de los peligros a que se exponía.

Con la mano, el conde hizo acercar la barca de los novios hasta el pie del peñasco, y la misa comenzó.

Había algo conmovedor en ver a ese viudo convertido en sacerdote, a ese padre que casaba a su hija; la extrañeza de aquella situación dominaba todos los espíritus.

Pronto el murmullo de la oración se mezcló al murmullo de las olas. Se sentía, al escucharle, cuán emocionada estaba la voz del conde.

Por fin llegó el momento de la elevación; el sonido de la campanilla repicó; los fieles se inclinaron en profundo recogimiento, y el sacerdote elevaba al cielo la hostia consagrada, cuando de repente estallaron gritos afuera.

– ¡Fuego! —exclamó una voz.

Y una espantosa descarga estalló de repente.

– ¡Los Azules, los Azules! —se gritó por todas partes.

Y cada barca echó a huir hacia afuera, bajo el fuego de un bergantín de guerra, El Sin-Calzones, que se había emboscado ante la playa. Había echado sus chalupas al agua, y, cargadas de soldados, se dirigieron hacia la gruta.

El desorden era extremo; heridos expiraban, unos intentaban aferrarse a los peñascos y ganar la llanura, otros se ahogaban en medio del humo; no se veía nada. Los republicanos penetraron entonces en la gruta; una barca llegó hasta el altar, sobre el que saltó un hombre:

– ¡Ah, conde de Chanteleine, te tengo! —exclamó, aferrando al sacerdote y entregándolo a sus soldados—. ¡Sacerdote y noble! ¡Tu asunto está bien!

Aquel hombre era Karval. El billete depositado por Henry había sido interceptado por un espía que vigilaba el país. Al instante Karval, enterado del asunto, partió en un navío de Brest, y vino a sorprender a los desgraciados.

Kernan había visto a Karval; pero ante un grito del conde, rechazó vivamente la barca, y se refugió en la parte más oscura de la gruta.

Sin embargo, Karval había tenido tiempo de reconocer a Marie, con gran asombro suyo, pues la creía muerta; la hizo buscar por todas partes, y para escapar a sus enemigos, Kernan no dudó en lanzar la barca hacia una de aquellas profundas cavidades, donde arriesgaba perecer por falta de aire.

Karval juraba, blasfemaba mientras proseguía sus pesquisas.

– ¡Nada, nada! ¡La muchacha se me escapa! ¿Cómo es que no fue ejecutada? ¿Por dónde han podido huir?

Se hizo conducir fuera de la gruta. Los que de los pescadores habían podido ganar la orilla huían en todas direcciones; Karval no vio nada y tuvo que contentarse con la captura del conde.

Este fue llevado a bordo del bergantín, que se hizo a alta mar y volvió hacia Brest.

Sin embargo, la situación de Kernan era terrible; la joven, desmayada, yacía a sus pies; Henry se sentía asfixiar. Por fin la barca de Karval abandonó la gruta. El bretón se apresuró entonces a abandonar aquel funesto refugio, y reanimó a Marie humedeciéndole el semblante descolorido.

– ¡Vive, vive! —exclamó el joven.

– ¡Padre mío! —murmuró Marie.

Henry no respondió, mientras Kernan hacía un gesto de amenaza y de cólera.

– ¡Ah, Karval! —dijo—. ¡Te mataré!

Dejando entonces a Marie al cuidado del caballero, cuya unión no había sido aún bendecida, Kernan se echó al agua a nado y ganó el frente de la playa; al no ver ya a los republicanos, salió poco a poco, y llegó a la orilla; había allí cadáveres y sangre; subió a lo alto de los peñascos, y se reunió con algunos desdichados que se escondían.

– ¿Y los Azules? —les preguntó.

– Allá.

Le mostraron el bergantín, que en ese momento doblaba el cabo de la Cabra.

– ¿Y el sacerdote? —preguntó Kernan.

– A bordo —respondieron los pescadores.

Kernan se dejó deslizar desde lo alto del terraplén a la playa y volvió a entrar en la gruta; se sumergió de nuevo, y volvió a ganar la barca donde Marie estaba tendida, respirando apenas.

– ¿El conde? —preguntó Henry.

– Llevado a Brest.

– ¡Pues hay que ir a Brest! —exclamó Henry—. ¡Liberarle o morir!

– Eso pienso también —respondió Kernan—. Además, no podemos volver a Douarnenez; ya no estaríamos seguros allí. Locmaillé devolverá la chalupa; nosotros nos esconderemos en los alrededores de Brest y esperaremos.

– ¿Pero cómo llegar allí?

– Hay que ganar por tierra la rada de Brest.

– ¿Y Marie?

– Yo la llevaré —dijo Kernan.

– Caminaré —respondió la joven levantándose con una fuerza sobrehumana—. ¡A Brest, a Brest!

– Esperemos la oscuridad —dijo Kernan.

Todo el día transcurrió entre temores y desesperación; aquellas pobres gentes habían sido heridas por un rayo en medio de su felicidad.

Kernan sacó la chalupa con la marea de la tarde; cuando llegó la noche, ganó la playa, estrechó la mano al buen Locmaillé, y, sosteniendo a Marie, tomó a través de los campos.

Media hora después, los fugitivos llegaban al pueblo de Crozon, situado a media legua de las grutas; encontraron en la carretera cadáveres aún calientes. Caminaron así durante más de una hora.

¿Adónde iban esos desdichados? ¿Qué iban a hacer? ¿Qué esperaban? ¿Cómo arrancar al conde de la muerte? No lo sabían, pero iban. Pasaron así los pueblos de Pen-av-Menez, Lescoat, Laspilleau, y llegaron por fin al Fret, situado a orillas de la rada de Brest, tras dos horas de marcha.

Marie no podía más; afortunadamente Kernan encontró un pescador que quiso hacerles cruzar la rada.

Se embarcaron; a la una de la mañana, Kernan, Marie y Henry desembarcaban, no en Brest, sino en la costa que conduce a Recouvrance, cerca del Porzik, a la puerta de una mala posada donde pudieron encontrar una habitación.

Kernan, al día siguiente, fue a buscar noticias, y supo el regreso del bergantín El Sin-Calzones, que había hecho una presa importante en las costas de Bretaña.

Kernan volvió pues a la posada.

– Ahora, Henry —dijo—, os dejo con vuestra prometida; yo voy a la ciudad, quiero saber a qué atenerme.

Kernan partió, siguió la costa, entró por Recouvrance, llegó al puerto de Brest, lo cruzó en barca, y remontó hacia el castillo, en torno al cual rondó todo el día.

Brest estaba en presa al más espantable terror; la sangre corría a raudales en sus plazas públicas. Uno de los miembros del Comité de salud pública, Jean-Bon Saint-André, ejercía allí las más horribles represalias.

El tribunal revolucionario funcionaba sin tregua. Se llegaba incluso a guillotinar por mediación de niños, «para enseñarles a leer en el alma de los enemigos de la República».

La locura se mezclaba a la embriaguez de sangre.

Kernan, interrogando a unos y a otros, supo que el conde había sido encarcelado y condenado a muerte. Solo que se retrasaba su ejecución por un motivo atroz.

Karval quería que la joven fuera guillotinada ante los ojos de su padre, y había jurado apoderarse de ella a cualquier precio.

– Eso no puede suceder —se dijo sencillamente Kernan—; ¡hay cosas que el cielo no permitiría!

Sea como fuere, Karval, tras recibir las felicitaciones de los clubes y del procónsul, volvió a Douarnenez ese mismo día y continuó sus pesquisas.

Kernan volvió al anochecer al Porzik; comunicó a los dos jóvenes que la ejecución del conde estaba retrasada, sin decirles por qué razón, y anunció su intención de ir cada día a Brest a saber lo que allí ocurría. Pero por encima de todo, les recomendó que no pusieran el pie en la calle.

Marie, por lo demás, estaba acostada y moribunda. Aquella última prueba la había quebrantado.

Durante trece días, Kernan partió por la mañana y volvió al anochecer sin traer ningún hecho nuevo. La mayoría de los pescadores arrestados en Morgat, con sus mujeres y sus hijos, habían sido ejecutados. En cuanto al conde, solo un milagro podía salvarle.

Al atardecer del decimotercer día, el 26 de julio, Kernan, que había partido por la mañana como de costumbre, no regresó, y Henry pasó la noche en una mortal inquietud.

Sürgöny

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