XI
Algunos días de felicidad.
Después de aquella terrible velada, en que la cólera de toda una población se desencadenó contra un solo hombre, el pueblo de Douarnenez recobró su calma habitual, y hay que decirlo, los pescadores volvieron a sus faenas habituales con mayor confianza; desde la muerte del maldito, no creían tener que temer las represalias de los republicanos, que no sabían nada del asunto. No era así para el conde y sus amigos; debían temer que el primer acto de la libertad de Yvenat fuera una denuncia en regla contra los habitantes de Douarnenez. Podía esperarse, pues, de un día a otro, la visita de los guardias nacionales del departamento y de los desenfrenados de las ciudades.
De ahí un peligro serio para el conde y para su hija.
Pasaron algunos días en las más vivas inquietudes; Kernan hizo incluso sus preparativos para el caso en que una partida repentina se volviera necesaria. Pero al fin, una semana después de los sucesos, sin que nada legitimara el temor de una invasión de los republicanos, el conde empezó a tranquilizarse.
O Yvenat no había podido llegar a las ciudades y había vuelto a caer en manos de sus feligreses, o, no queriendo vengarse de sus enemigos, había optado por volver a la sombra.
Existía también una tercera hipótesis: que los municipios de las ciudades, los delegados del Comité de salud pública, demasiado ocupados con la guerra vendeana que había que terminar y con la chouanería que tomaba cuerpo, no tuvieran tiempo que consagrar a la venganza del cura Yvenat.
Sea como fuere, el país permaneció tranquilo; el conde fue recobrando poco a poco la confianza y volvió a sus preocupaciones habituales. Mirándole, se veía cuánto el infortunio le había envejecido rápidamente; Kernan se asustaba a veces; le parecía además que su señor estaba dominado por una gran idea cuyo secreto no conocía. Verdadera pena para el fiel bretón, habituado a compartir todos los pensamientos del conde; pero respetaba el silencio en que este se encerraba.
Marie también había advertido cuánto su padre se replegaba cada vez más en sí mismo. Cada vez que entraba en su habitación, le veía la mayor parte de las veces arrodillado y rezando con extrema fervor. Volvía entonces toda emocionada y se sentía presa de una indefinible inquietud que no quiso ocultar a Kernan. Este la tranquilizaba lo mejor que podía, sin estar tranquilo él mismo.
Sin embargo, los días se sucedían con su serie de incidentes poco variados. La pesca iba como podía, y los huéspedes de Locmaillé se veían reducidos a consumir sus productos con más frecuencia que a venderlos. El invierno había sido muy riguroso; Marie trabajaba en sus camisas gruesas, y sus débiles dedos salían con honra de esa ingrata tarea; a menudo incluso, Trégolan la ayudaba en la parte de los dobladillos grandes que ella no tenía fuerzas para coser, y cuando no hacía el oficio de pescador, sentado a su lado, hacía valientemente el de costurero. Por lo demás, en aquella época, más de un noble emigrado tuvo que pedir así la subsistencia al trabajo de sus manos; no era rebajarse, al contrario. Henry cometía a menudo muchas torpezas y torpezas de las que sonreía la joven; sin embargo, ayudada o no, apenas ganaba más de cinco o seis céntimos al día.
Durante esas pocas horas de trabajo, Henry había contado toda su vida, y toda la historia de esa pobre hermana que tanto amaba. Marie encontraba en su corazón dulces consuelos para el joven.
– Señor Henry —le decía—, ¿no puedo ser vuestra hermana? ¿No debo reemplazar junto a vos a esa santa mártir cuya muerte me ha salvado?
– ¡Sí! —respondía el caballero—. ¡Sois mi hermana; sois tan bella y buena como ella! ¡Tenéis su corazón y sus ojos; es su alma entera la que reencuentro en vos! ¡Sí, sois mi hermana, y mi hermana bien amada!
Entonces se interrumpía, y a menudo huía para no decir más; pues sentía un sentimiento diferente, más fuerte que el del amor fraternal, invadiéndole por entero.
La joven, aunque no se diera cuenta del estado de su alma, sentía también que una emoción desconocida se deslizaba en su corazón; pero tomaba esa emoción por la gratitud llevada al extremo hacia su salvador.
Sin embargo, el secreto de tales sentimientos no puede permanecer eternamente en las almas generosas sin irrumpir al exterior; quien ama de verdad se ve a menudo desbordado por su amor; necesita hablar, y como Henry se habría guardado muy bien de declarar sus verdaderos sentimientos a la joven, buscaba en Kernan el confidente obligado.
El bretón lo había visto todo, pero dejaba que la cosa viniera sola.
Henry conversó al principio de manera muy evasiva.
– Si le ocurriera algo al conde —le dijo un día—, ¿qué sería de ella? ¿No sería una situación funesta la de esa huérfana? ¿Cómo podría esa pobre proscrita escapar a sus enemigos?
– Yo estaría aquí —respondió Kernan sonriendo.
– Sin duda —repuso Henry—, sin duda; pero, mi buen Kernan, ¿quién sabe adónde os arrastrará el destino? ¿No puede el conde reclamaros bajo las banderas del ejército católico? Pues bien, en ese caso, ¿quién protegería a Marie?
Kernan podría haber respondido fácilmente que ni el conde ni el servidor abandonarían juntos a la señorita de Chanteleine, pero fingió aceptar el argumento del caballero como irrefutable.
– ¡Sí! —dijo—. ¿Quién la protegería entonces? ¡Ah, señor Henry, le haría falta un corazón valiente para amarla, y el brazo de un marido para defenderla! Pero ¿quién se atrevería a hacerse cargo de esa joven proscrita y sin fortuna?
– No haría falta ser muy audaz para hacerlo —respondió Henry con vivacidad—, conociéndola como podemos conocerla. Marie ha pasado por terribles pruebas, y será una mujer digna, la mujer que hace falta a un hombre honrado para atravesar las épocas revolucionarias.
– Tenéis razón, señor Henry —repuso Kernan—; si se la conociera, pero no se la conoce, y no hay muchas probabilidades de que en este pueblo de Douarnenez encontremos nunca el marido que conviene a mi sobrina.
Al hablar así, el bretón quería obligar al joven a abrirse con más claridad; pero esa respuesta produjo un efecto del todo opuesto. El caballero creyó ver en esas palabras una desaprobación completa. Y ese día no dijo más, lo que contrarió mucho a Kernan.
El mes de febrero pasó. Durante la semana, cada uno trabajaba lo mejor que podía; el domingo, el conde leía el oficio divino en la sala baja, y aquellas piadosas gentes lo hacían con una fervor verdaderamente católica; imploraban al cielo por sus mártires, y, como verdaderos cristianos, rezaban también por sus enemigos, excepto Kernan. El bretón era la única excepción; no era cristiano hasta el olvido de los agravios, y cada noche su oración iba seguida de un juramento de venganza.
Luego, cuando el tiempo era bueno, Kernan proponía un paseo por la costa. El más a menudo el conde se quedaba en casa. Entonces Henry, Kernan y Marie se iban por los peñascos; escalaban la colina sobre la que se asienta el pueblo de Douarnenez; remontaban la carretera principal hacia la iglesia que domina la bahía, y desde allí sus miradas se perdían sobre aquel trozo de mar ampliamente abierto al horizonte, que tiene sus tempestades y sus naufragios como el Océano. ¡Qué magnífico espectáculo el de aquella bahía agitada y furiosa! Se divisaba alguna barca rezagada que, con la vela en el último rizo, luchaba con las olas, desaparecía a veces, y se veía a menudo arrastrada lejos del puerto; desde allí, el ojo seguía hasta la punta del Raz aquel largo promontorio que se hundía en el mar.
Henry, muy al corriente de los parajes del país, hacía admirar a su compañera aquellos bellos puntos de vista; la instruía; le nombraba todos los campanarios, los de Poullan, Beuzec, Pont-Croix, Plogoff, que señalaban entonces tantas parroquias desiertas.
Luego los paseos se prolongaban hasta las inmediaciones de Santa Ana de la Palud; se rodeaba la bahía; se divisaba a lo lejos la cadena de los montes de Aray, hundidos en sí mismos como montañas cansadas que se hubieran tendido en la llanura.
Otro día, los paseantes hacían valientemente sus cuatro leguas de camino e iban a escuchar al Océano rugir en la punta del Raz. Allí el resaca producía efectos maravillosos y terribles sobre los peñascos de aquella pequeña bahía de nombre siniestro, llamada la bahía de los Trépassés. Aquel espectáculo de las olas encrespadas impresionaba vivamente a la joven; se pegaba al brazo del caballero cuando las alfombras de espuma levantadas por el viento volvían a caer en ruidosas cataratas.
También había ciertas viejas leyendas que Henry contaba, y cuya más célebre es la de la hija del rey Canut, que entregó al diablo las llaves de un pozo inmenso y sin fondo. Era en los tiempos en que inmensas llanuras se extendían en lugar de la bahía; pero las puertas del pozo, abiertas imprudentemente, dejaron irrupmpir las aguas, que ahogaron las ciudades, los habitantes, los rebaños, todo aquel país entonces tan fértil, y formaron ese brazo de mar que desde entonces se llama la bahía de Douarnenez.
– Un tiempo singular aquel en que se creía en semejantes cosas —decía Henry.
– ¿Acaso valía menos que nuestro siglo de desgracias? —respondía Kernan.
– No, Kernan —retomaba el joven—, pues las épocas de ignorancia y superstición son siempre detestables; de ellas no puede salir nada bueno; en cambio, cuando Dios tenga piedad de Francia, ¿quién sabe si de estos espantosos excesos la humanidad no habrá sacado algún provecho que no podemos prever? Los caminos del cielo son impenetrables, y en el mal se encuentra siempre el germen del bien.
Luego, conversando así, haciéndose un fondo de esperanza para el porvenir, se volvía tranquilamente a casa, y de aquellas largas caminatas se traía buen apetito. Eran en verdad días felices para aquel pequeño mundo, y de no ser por la profunda preocupación del conde, aquellos pobres proscritos no habrían pedido más que la continuación de esa dicha.
Sin embargo, Henry no había renovado su tentativa con Kernan, aunque hubiera sorprendido a menudo al bretón mirando a la joven y a él con una sonrisa maliciosa.
Pero Marie, que no llevaba segunda intención, ingenua y sencilla, no se cohibía para hablar a su tío del caballero de Trégolan; lo hacía incluso sin saberlo con un verdadero entusiasmo.
– ¡Un excelente corazón! —decía—. ¡Un verdadero corazón de hidalgo, tal que no podría desear otro hermano que él!
Kernan la dejaba hablar.
– A veces incluso —continuaba Marie—, me pregunto si no estamos abusando de su generosidad, pues trabaja para nosotros, ese pobre señor Henry, se da mucho trabajo, ¡y nunca podremos pagarle sus penas!
Kernan no replicaba.
– Añade —continuaba la joven, que sin duda imaginaba que el bretón respondía afirmativamente a todas sus preguntas—, añade que él no está proscrito, que tiene protectores, puesto que pudo obtener en París el indulto de su hermana. ¡Y sin embargo, se queda en este país, en esta cabaña; se condena a un duro oficio, arriesga en él su vida; y eso, ¿por quién? ¡Por nosotros! ¡Oh, habrá que esperar que el cielo le recompense un día, pues nosotros seremos impotentes para hacerlo!
Kernan callaba siempre, pero sonreía pensando que la recompensa no estaba lejos.
– En fin —dijo Marie—, ¿no encuentras que es un joven digno?
– Ciertamente —respondió Kernan—. Tu padre no querría otro por hijo, y yo, sobrina Marie, no querría otro por sobrino.
Fue la única alusión que se permitió el bretón, pero no supo si fue comprendida. Sin embargo, es probable que al charlar con el caballero, Marie le transmitiese la opinión de Kernan sobre él. En efecto, pocos días después, estando Henry de pesca con Kernan, le hizo las más completas confesiones, ruborizándose y dejando escapar sus redes.
– Hay que hablárselo al padre —se contentó con responder el bretón.
– ¡Ahora mismo! —exclamó el caballero, asustado ante tanta prisa.
– Al volver.
– Pero... —dijo el joven.
– Poned la barra a barlovento, u vamos a ralinear.
Y eso fue todo. Henry corrigió el rumbo, pero lo llevaba tan mal, que Kernan tuvo que ocupar su puesto al timón.
Esto ocurrió el 20 de marzo; durante los días anteriores el conde había parecido más preocupado que de costumbre; varias veces había tomado a su hija entre sus brazos y la había estrechado contra su corazón sin pronunciar una palabra. Cuando Kernan regresó tras la pesca —una pesca de enamorado, por decirlo todo, que resultó bastante mala—, se dirigió primero a Marie.
– ¿Dónde está tu padre? —le preguntó.
– Mi padre ha salido —respondió la joven.
– ¡Vaya, eso es singular! —dijo Kernan—. No es muy propio de sus hábitos.
– ¿No os dijo nada, señorita? —preguntó Henry.
– ¡No! Le propuse acompañarle; pero él, por toda respuesta, me besó muy afectuosamente, y se fue.
– Pues bien, esperemos su regreso, señor Henry —dijo Kernan.
– ¿Teníais que hablarle? —preguntó la joven.
– Sí, señorita —balbució Henry.
– Sí —respondió Kernan—; una tontería, una nimiedad; esperemos.
Esperaron; llegó la hora de la cena sin que el conde hubiera vuelto. Se tuvo paciencia, pero pronto empezó a cundir la inquietud. El buen Locmaillé había visto al conde tomar la dirección de la carretera de Châteaulin; caminaba deprisa, con un bastón en la mano, como alguien que viaja.
– ¿Qué significa esto? —exclamó Marie.
– ¿Cómo, habría partido sin avisarnos?
Henry se precipitó por la escalera y subió a la habitación del conde; bajó pronto, sosteniendo en la mano una carta, que entregó a Marie; solo contenía estas palabras:
«Hija mía, parto por algunos días. ¡Que Kernan vele por ti! Reza por tu padre.
«Conde de Chanteleine.»