El camino de Francia

Capítulo XVIII

Pasaré rápidamente sobre los dos primeros días de viaje con la señora Keller y su hijo. Habíamos tenido la suerte, al abandonar el territorio de Turingia, de no hacer ningún mal encuentro.

Muy sobreexcitados, por lo demás, caminábamos a buen paso. La fatiga ya no parecía hacer mella en nosotros. Se hubiera dicho que la señora Keller, la señorita Marthe y mi hermana querían darnos ejemplo. Hubo que moderarlas. Descansábamos regularmente una hora de cada cuatro, y eso suma bastante camino al cabo del día.

La comarca, poco fértil, estaba surcada de sinuosos barrancos, erizados de sauces y álamos temblones. Aspecto bastante agreste el de esta parte de la provincia de Hesse-Nassau, que más tarde formaría el distrito de Cassel. Pocos pueblos; solo algunas granjas de tejado plano, sin canalones. Atravesábamos entonces el enclave de Schmalkalden, con un tiempo favorable, un cielo cubierto, un viento del norte bastante fresco que nos daba por la espalda. Con todo, nuestras compañeras estaban muy fatigadas cuando, el 24 de agosto, tras una decena de leguas hechas a pie desde las montañas de Turingia, llegaron ante Tann, hacia las diez de la noche.

Allí, tal como se había convenido, el señor Jean y su madre se separaron de nosotros. No hubiera sido prudente atravesar aquella ciudad, en la que el señor Jean podría haber sido reconocido, ¡y ya se sabe adónde eso lo habría llevado!

Se había acordado que nos reencontraríamos al día siguiente, hacia las ocho, en el camino de Fulda. Si no éramos puntuales a la cita, sería porque la compra de un coche y un caballo nos habría retenido. Pero, bajo ningún pretexto, ni la señora Keller ni su hijo debían entrar en Tann. Y fue prudente, porque los agentes se mostraron muy severos al examinar nuestros pasaportes. Llegué a ver el momento en que iban a retener a unas personas a las que precisamente se expulsaba. Hubo que explicar cómo viajábamos, en qué circunstancias habíamos perdido nuestro coche, etcétera.

Sin embargo, aquello nos sirvió. Uno de los agentes, con la esperanza de una honesta comisión, se ofreció a ponernos en contacto con un alquilador. Su propuesta fue aceptada. Después de acompañar a la señorita Marthe y a mi hermana al hotel, el señor de Lauranay, que hablaba muy bien el alemán, vino conmigo a casa de aquel alquilador.

Coche de viaje, no tenía ninguno. Hubo que contentarse con una especie de carricoche de dos ruedas, cubierto con una lona, y con el único caballo que podía engancharse entre sus varales. Huelga añadir que el señor de Lauranay tuvo que pagar el doble del valor del caballo y el triple del carricoche.

Al día siguiente, a las ocho, encontramos de nuevo a la señora Keller y a su hijo en el camino. Una mala taberna les había servido de alojamiento. El señor Jean había pasado la noche en una silla, mientras su madre disponía de una especie de jergón. El señor y la señorita de Lauranay, la señora Keller e Irma subieron al carricoche, donde yo había colocado algunas provisiones compradas en Tann. Sentados ellos, quedaba, apretándose, un quinto asiento. Se lo ofrecí al señor Jean. Lo rechazó. Al final se convino que lo tomaríamos por turnos, y, la mayor parte del tiempo, nos tocaba ir a los dos a pie, para no reventar al caballo. No había tenido elección en cuanto a aquel animal. ¡Ah, nuestras pobres bestias de Belzingen!

El día 26, por la tarde, llegamos a Fulda, tras haber divisado de lejos la cúpula de su catedral y, en una altura, un convento de franciscanos. El 27 atravesamos Schlinchtern, Sodon, Salmunster, en la confluencia del Salza y el Kinzig. El 28 llegamos a Gelnhausen, y, de haber viajado por placer, habría convenido, según parece, visitar su castillo, que fue habitado por Federico Barbarroja, según me han dicho después. Pero unos fugitivos, o casi, tenían otra cosa que hacer.

Sin embargo, el carricoche no avanzaba tan deprisa como yo hubiera querido, a causa del mal estado de un camino que, sobre todo en los alrededores de Salmunster, atravesaba bosques interminables, cortados por esos vastos estanques que en Picardía llamamos «entalladuras». No se avanzaba más que al paso. De ahí unos retrasos que no dejaban de ser inquietantes. Hacía trece días que habíamos partido. Siete días más, y nuestros pasaportes no tendrían ya validez.

La señora Keller estaba muy fatigada. ¿Qué pasaría si le fallaban las fuerzas, si hubiera que dejarla en alguna ciudad o pueblo? Su hijo no podría quedarse allí con ella, cosa que ella no habría permitido. Mientras la frontera francesa no quedara entre el señor Jean y los agentes prusianos, corría peligro de muerte.

¡Cuántas dificultades tuvimos para atravesar el bosque de Lomboy, que se extiende de izquierda a derecha del Kinzig hasta las montañas de Hesse-Darmstadt! Creí que no llegaríamos al otro lado del río, y hubo que perder mucho tiempo antes de encontrar un vado.

Por fin, el 29, el carricoche se detuvo un poco antes de Hanau. Tuvimos que pasar la noche en aquella ciudad, donde se observaba un considerable movimiento de tropas y de convoyes. Como el señor Jean y su madre habrían tenido que dar a pie un rodeo de dos leguas para bordearla, el señor de Lauranay y la señorita Marthe se quedaron con ellos en el carricoche. Mi hermana y yo entramos solos en la ciudad, para renovar nuestras provisiones. Nos reunimos al día siguiente, día 30, en el camino que atraviesa el distrito de Wiesbaden. Hacia mediodía evitamos la pequeña ciudad de Offenbach, y, por la tarde, llegamos a Fráncfort del Meno.

De esta gran ciudad no diré nada, salvo que está situada en la orilla derecha del río y que hormiguea de judíos. Habiendo cruzado el Meno en la barca del barquero de Offenbach, quedábamos de lleno en el camino que baja hacia Maguncia. Como no podíamos dispensarnos de entrar en Fráncfort para el visado de los pasaportes, cumplido ese trámite, volvimos a reunirnos con el señor Jean y su madre. Aquella noche no nos obligó, pues, a una separación siempre penosa. Pero lo que se apreció todavía más fue que encontramos alojamiento, muy modesto, es cierto, en el arrabal de Sachsenhausen, en la orilla izquierda del Meno.

Tras una cena tomada en común, todos tuvieron prisa por volver a su cama, salvo mi hermana y yo, que teníamos algunas compras que hacer.

Y he aquí, entre otras cosas, lo que oyó Irma en casa del panadero, donde algunas personas hablaban del soldado Jean Keller. Se decía que había sido capturado de nuevo hacia Salmunster, y no faltaban detalles sobre la captura. En verdad, habría sido gracioso, de haber estado nosotros de humor para bromas.

Sin embargo, lo que me pareció infinitamente más grave fue que también se hablaba de la llegada muy próxima del regimiento de Leib, que debía dirigirse de Fráncfort a Maguncia, y de Maguncia hacia Thionville.

Si esto era así, el coronel von Grawert y su hijo iban a seguir el mismo camino que nosotros. En previsión de ese encuentro, ¿no convendría modificar nuestro itinerario y tomar una dirección más hacia el sur, a riesgo de comprometernos al evitar las ciudades señaladas por la policía prusiana?

Al día siguiente, día 31, di al señor Jean esta mala noticia. Me recomendó no hablar de ello ni a su madre ni a la señorita Marthe, que ya tenían bastantes preocupaciones. Más allá de Maguncia, se vería qué partido convendría tomar, y si sería necesario separarse hasta la frontera. Dándonos prisa, tal vez pudiésemos adelantarnos al regimiento de Leib, de modo que llegáramos antes que él a Lorena.

Partimos desde las seis de la mañana. Por desgracia, el camino era duro y fatigoso. Hubo que atravesar los bosques de Neilruh y de La Ville, que lindan con Fráncfort. Hubo retrasos de varias horas, empleadas en rodear los burgos de Höchst y de Hochheim, atestados por una columna de convoyes militares. Llegué a ver el momento en que nuestro viejo carricoche, enganchado a su flaco jamelgo, iba a ser requisado para el transporte de varios quintales de pan. Por fin, aunque no había más que una quincena de leguas que recorrer desde Fráncfort, no llegamos a Maguncia hasta la noche del 31. Nos encontrábamos entonces en la frontera de Hesse-Darmstadt.

Se comprende que a la señora Keller y a su hijo les hubiera convenido sobre todo evitar Maguncia. Esta ciudad está situada en la orilla izquierda del Rin, en la confluencia con el Meno y frente a Cassel, que es como su arrabal y se une a ella por un puente de barcas de casi doscientos metros de largo.

Así pues, para volver a los caminos que bajan hacia Francia, es necesario cruzar el Rin, ya sea aguas arriba, ya aguas abajo de la ciudad, cuando no se quiere pasar por el puente.

Henos, pues, en busca de una barca que pudiera transportar al señor Jean y a su madre. Fue inútil. El servicio de barcas estaba interrumpido por orden de la autoridad militar.

Eran entonces las ocho de la noche. Realmente no sabíamos qué hacer.

– ¡Pero mi madre y yo tenemos que cruzar el Rin! —dijo Jean Keller.

– ¿En qué lugar y cómo? —respondí.

– ¡Por el puente de Maguncia, ya que es imposible cruzarlo por otro sitio!

Y he aquí el plan que se decidió.

El señor Jean tomó mi blusón de carretero y se envolvió en él de la cabeza a los pies. Luego, llevando el caballo de la brida, se dirigió hacia la puerta de Cassel.

La señora Keller se había acurrucado en el fondo del carricoche, bajo las ropas de viaje. El señor y la señorita de Lauranay, mi hermana y yo ocupábamos los dos asientos. Así nos acercamos a las viejas murallas de ladrillo cubierto de musgo, entre los baluartes avanzados, y el carricoche se detuvo ante el puesto que guardaba la cabeza del puente.

Había allí una gran afluencia de gente, a la salida del mercado franco que se había celebrado ese día en Maguncia. Fue entonces cuando el señor Jean se jugó el todo por el todo con audacia.

– ¿Sus pasaportes? —nos gritó.

Le tendí los pasaportes, que él mismo entregó al jefe del puesto.

– ¿Quiénes son esas personas? —le preguntaron.

– Unos franceses que llevo de vuelta a la frontera.

– ¿Y usted quién es?

– Nicolas Friedel, alquilador en Höchst.

Nuestros pasaportes fueron examinados con minuciosa atención. Aunque estaban en regla, ¡juzgad la angustia que nos oprimía el corazón!

– ¡A estos pasaportes ya no les quedan más que cuatro días de validez! —observó el jefe del puesto—. Así que dentro de cuatro días esta gente debe de estar fuera del territorio.

– Lo estarán —respondió Jean Keller—, ¡pero no tenemos tiempo que perder!

– ¡Pasen!

Media hora después, cruzado el Rin, estábamos en el Hôtel de Anhalt, donde el señor Jean debía representar hasta el final su papel de alquilador. ¡Me acordaré de nuestra entrada en Maguncia!

¡Así son las cosas! ¡Qué acogida tan distinta nos habría esperado unos meses más tarde, cuando en octubre Maguncia se rindió a los franceses! ¡Qué alegría habría sido encontrar allí a nuestros compatriotas! ¡Cómo nos habrían recibido, no solo a nosotros, a quienes se expulsaba de los territorios alemanes, sino también a la señora Keller y a su hijo, al conocer su historia! Y aunque hubiéramos tenido que quedarnos seis meses, ocho meses, en aquella capital, bueno, habríamos salido de ella con nuestros bravos regimientos y los honores de la guerra, para volver a Francia.

Pero no se llega cuando uno quiere, y lo principal, una vez que se ha llegado, es poder marcharse cuando a uno le convenga.

Cuando la señora Keller, la señorita Marthe e Irma se hubieron retirado a su habitación en el Hôtel de Anhalt, el señor Jean fue a ocuparse de su caballo. El señor de Lauranay y yo salimos en busca de noticias.

Lo mejor era instalarse en una cervecería y pedir las últimas gacetas. Y bien valía la pena enterarse de lo que había ocurrido en Francia desde nuestra partida. En efecto, allí estaban la terrible jornada del 10 de agosto, el asalto a las Tullerías, la matanza de los suizos, la familia real encerrada en el Temple, ¡Luis XVI suspendido provisionalmente de la realeza!

¡He ahí unos hechos capaces de precipitar a la masa de los coaligados hacia la frontera francesa!

Por eso Francia entera estaba ya dispuesta a rechazar la invasión.

Seguía habiendo tres ejércitos: Luckner al norte, La Fayette en el centro, Montesquieu al mediodía. En cuanto a Dumouriez, servía a las órdenes de Luckner como teniente general.

Pero —noticia que no databa más que de tres días—, La Fayette, seguido de algunos de sus compañeros, acababa de presentarse en el cuartel general austríaco, donde, pese a sus protestas, lo habían tratado como prisionero de guerra.

Júzguese por ahí cuáles eran las disposiciones de nuestros enemigos hacia todo lo que fuera francés, y qué suerte nos esperaba si los agentes militares nos hubiesen sorprendido sin pasaportes.

Sin duda, en lo que contaban las gacetas había que quedarse con unas cosas y descartar otras. Sin embargo, así estaban las cosas a última hora.

Dumouriez, comandante en jefe de los ejércitos del norte y del centro, era un hombre de fuste, bien lo sabíamos. Por eso, deseosos de asestarle los primeros golpes, los reyes de Prusia y de Austria iban a llegar a Maguncia. El duque de Brunswick dirigía los ejércitos de la coalición. Tras penetrar en Francia por las Ardenas, debían marchar sobre París por el camino de Châlons. Una columna de sesenta mil prusianos avanzaba por Luxemburgo hacia Longwy. Treinta y seis mil austríacos, en dos cuerpos, a las órdenes de Clairfayt y del príncipe de Hohenlohe, flanqueaban el ejército prusiano. Tales eran las terribles masas que amenazaban a Francia.

Os cuento ahora mismo estas cosas que supe más tarde, porque os hacen conocer la situación.

En cuanto a Dumouriez, estaba en Sedán con veintitrés mil hombres. Kellermann, que reemplazaba a Luckner, ocupaba Metz con veinte mil. Quince mil en Landau, a las órdenes de Custine; treinta mil en Alsacia, a las órdenes de Biron, estaban listos para unirse, según la necesidad, a Dumouriez o a Kellermann.

Por fin, en las últimas noticias, la gaceta nos informó de que los prusianos acababan de tomar Longwy, de que bloqueaban Thionville y de que el grueso de su ejército marchaba sobre Verdún.

Volvimos al hotel, y, cuando supo lo que ocurría, la señora Keller, aunque muy debilitada, se negó a hacernos perder veinticuatro horas en Maguncia, descanso que le habría hecho mucha falta. Pero temblaba de que descubrieran a su hijo. Partimos, pues, al día siguiente, primer día de septiembre. Todavía nos separaba de la frontera una treintena de leguas.

Nuestro caballo, por más miramientos que yo tuviera con él, no avanzaba deprisa. Y sin embargo, ¡cuánta prisa corría! Fue solo al atardecer cuando divisamos las ruinas de un viejo castillo fuerte en lo alto del Schlossberg. A sus pies se extendía Kreuznach, ciudad importante del distrito de Coblenza, situada sobre el Nahe, y que, tras haber pertenecido a Francia en 1801, volvió a Prusia en 1815.

Al día siguiente llegamos al burgo de Kirn, y, veinticuatro horas después, al de Birkenfeld. Muy afortunadamente, como no faltaban provisiones, habíamos podido, la señora Keller, el señor Jean y nosotros, bordear aquellas pequeñas ciudades, que no figuraban en nuestro itinerario. Pero había habido que contentarse con el carricoche como único cobijo, y las noches pasadas en tales condiciones no dejaban de ser muy penosas.

Lo mismo sucedió cuando hicimos alto, la noche del 3 de septiembre. Al día siguiente, a medianoche, expiraba el plazo que se nos había concedido para evacuar el territorio alemán. ¡Y todavía estábamos a dos jornadas de marcha de la frontera! ¿Qué sería de nosotros si nos detenían en el camino, sin pasaportes válidos, los agentes prusianos?

Tal vez hubiéramos podido dirigirnos hacia el sur, hacia Sarrelouis, la ciudad francesa más próxima. Pero eso era arriesgarse a caer en medio de la masa de prusianos que iban a reforzar el bloqueo de Thionville. Así pues, pareció preferible alargar nuestro camino, para evitar ese peligroso encuentro.

En resumidas cuentas, ya no estábamos más que a unas leguas del país, ¡todos sanos y salvos! Que hubiéramos llegado hasta allí, el señor y la señorita de Lauranay, mi hermana y yo, no tenía, sin duda, nada de extraordinario. En cuanto a la señora Keller y a su hijo, no puede decirse que hubieran sido favorecidos por la suerte. Cuando Jean Keller se había reunido con nosotros en las montañas de Turingia, apenas contaba yo con que pudiéramos estrecharnos la mano en la frontera de Francia.

Con todo, importaba evitar Saarbrücken, no solo en interés del señor Jean y de su madre, sino también en el nuestro. Aquella ciudad nos habría ofrecido más bien hospitalidad en una prisión que en un hotel.

Fuimos, pues, a alojarnos en una posada, cuyos huéspedes habituales no debían de ser de primera calidad. Más de una vez, el posadero nos miró de manera extraña. Incluso me pareció que, en el momento en que nos íbamos, cambiaba algunas palabras con unos individuos sentados al fondo de una salita a los que no podíamos ver.

Por fin, el 4 por la mañana, tomamos el camino que pasa entre Thionville y Metz, dispuestos a replegarnos, si era preciso, hacia esa gran ciudad que los franceses ocupaban entonces.

¡Qué camino tan penoso a través de aquella masa de pequeños bosques, diseminados por toda la comarca! El pobre jamelgo ya no podía más. Así, hacia las dos de la tarde, al pie de una larga cuesta que subía entre espesos matorrales, bordeada a veces de campos de lúpulo, tuvimos que apearnos todos, salvo la señora Keller, demasiado fatigada para abandonar el carricoche.

Caminábamos despacio. Yo llevaba el caballo de la brida. Mi hermana iba a mi lado. El señor de Lauranay, su nieta y el señor Jean caminaban un poco más atrás. Salvo nosotros, no había nadie en el camino. A lo lejos, hacia la izquierda, se oían sordas detonaciones. Sin duda se combatía por ese lado, bajo los muros de Thionville.

De pronto, a la derecha, resonó un disparo. Nuestro caballo, herido de muerte, se desploma entre los varales, que rompe. Al mismo tiempo, estallan unas vociferaciones:

– ¡Por fin lo tenemos!

– ¡Sí! ¡Es Jean Keller, sin duda!

– ¡Los mil florines son nuestros!

– ¡Todavía no! —exclamó el señor Jean.

Estalló un segundo disparo. Esta vez había sido el señor Jean quien había disparado, y un hombre rodaba por tierra junto a nuestro caballo.

Todo aquello había ocurrido tan deprisa que no había tenido tiempo de darme cuenta de nada.

– ¡Son los Buch! —me gritó el señor Jean.

– Pues bien... ¡a por ellos! —respondí.

En efecto, aquellos granujas se encontraban en la posada donde habíamos pasado la noche. Tras cambiar algunas palabras con el tabernero, se habían lanzado sobre nuestra pista.

Pero, de tres, ya no quedaban más que dos, el padre y el segundo de sus hijos. El otro, con el corazón atravesado por una bala, acababa de expirar.

Y entonces, dos contra dos, la partida quedaba igualada. Por lo demás, no duró mucho. Disparé a mi vez sobre el hijo Buch y no hice más que herir a aquel bribón. Entonces, él y su padre, viendo fallado su golpe, se arrojaron a los matorrales a la izquierda del camino y echaron a correr a toda prisa.

Quise lanzarme en su persecución. El señor Jean me lo impidió. ¿Tal vez hizo mal?

– No —dijo—, lo más urgente es cruzar la frontera. ¡En marcha!... ¡en marcha!

Como ya no teníamos caballo, hubo que abandonar nuestro carricoche. La señora Keller tuvo que apearse y apoyarse en el brazo de su hijo.

¡Unas horas más, y nuestros pasaportes ya no nos protegerían!…

Así caminamos hasta la noche. Acampamos bajo los árboles. Vivimos del resto de las provisiones. Por fin, al día siguiente, 5 de septiembre, hacia el atardecer, cruzamos la frontera.

¡Sí! Era en verdad el suelo francés el que pisaban entonces nuestros pies, ¡pero el suelo francés ocupado por soldados extranjeros!

Sürgöny

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