Clovis Dardentor

VIII

EN EL QUE LA FAMILIA DESIRANDELLE SE REÚNE A LA FAMILIA ELISSANE.

– Hoy retrasaremos la hora de comer hasta las ocho- dijo la señora de Elissane,- Vendrán el señor Desirandelle con su señora y su hijo, y probablemente el señor Dardentor.

-Bien, señora- respondió la doncella.

-Nuestros amigos tendrán necesidad de reposo, Manuela, y temo que la pobre señora de Desirandelle haya sufrido mucho en tan penosa travesía. Cuide de que su habitación esté dispuesta, pues es posible que prefiera acostarse en seguida de llegar.

-Comprendido, señora.

-¿Dónde está mi hija?

-En la cocina, señora, preparando un plato de postre.

Manuela, al servicio de la señora de Elissane desde su instalación, era una de esas españolas entre las que se recluta principalmente el personal doméstico de las familias de Orán.

La señora de Elissane habitaba una casa bastante linda en la calle del Castillo Viejo, donde las casas han conservado una fisonomía mitad española, mitad morisca. Un jardincito mostraba sus dos canastillas de volúbilis; su césped, aun verde en principio de la estación cálida, y algunos árboles, entre otros, el “buena sombra” de buen augurio, y de los que el paseo del Estanque posee tan hermosos ejemplares.

La casa, compuesta de dos pisos, era suficiente para que la familia Desirandelle encontrase en ella cómoda hospitalidad. Nada les faltaría durante su estancia en Orán.

Esta capital de la provincia es una hermosa ciudad. Está agradablemente situada entre los taludes de una quebrada, por cuyo fondo el Rehhi pasea sus aguas vivas que cubre en parte el malecón del bulevar Oudinot. Cortada por las fortificaciones del Castillo Nuevo, aparece como todas las ciudades, antigua por un lado, nueva por otro. La antigua, la vieja ciudad española con su Kasbah, sus casas altas, su puerto situado al Oeste, ha conservado antiguas fortificaciones. La nueva, al Este, con casas judías y moriscas, está defendida por una muralla que se extiende desde el castillo hasta el fuerte de San Andrés.

Esta ciudad, la Gouharan de los árabes que construyeron en el siglo X los moros de Andalucía, está dominada por una alta montaña, cuyo lado abrupto ocupa el fuerte La Moune. Cinco veces mayor que en la época de su fundación, su superficie es de unas setenta y dos hectáreas, y varias calles, fuera de los muros, se prolongan en una distancia de dos kilómetros hasta la mar. Continuando su paseo más allá de los fuertes, en dirección Norte y Este, un turista llegaría a los anexos de creación reciente, como los arrabales de Gambetta y de Noiseux- Eckmülh.

Difícilmente se encontraría una ciudad argelina donde la diversidad de tipos fuera objeto de más interesante estudio. Entre sus cuarenta y siete mil habitantes, hay diez y siete mil franceses y judíos naturalizados, diez y ocho mil extranjeros, la mayor parte españoles, o italianos, ingleses y anglo- malteses. Añadid unos cuatro mil árabes aglomerados en el Sur de la ciudad, en el barrio de los Djalis, llamado también el pueblo negro, de donde salen los barrenderos de la calle y los mozos de cuerda del puerto; dividid esa mezcla de razas en veintisiete mil fieles a la religión católica, siete mil adeptos a la israelita, un millar de creyentes de la religión musulmana, y tendréis desde este punto de vista la clasificación casi exacta de la híbrida población de Orán.

El clima es generalmente duro, seco, abrasador. El viento levanta turbiones de polvo. En lo que a la ciudad se refiere, el riego cotidiano, en manos de la municipalidad, debía ser más regular y más abundante que lo que es en manos del amo celeste.

Tal es la ciudad a la que el señor Elissane se había retirado después de haber sido comerciante en Perpignan durante quince años con bastante fortuna, pues adquirió unas doce mil libras de renta, las que no habían disminuido nada bajo la prudente administración de su viuda.

La señora de Elissane, de cuarenta y cuatro años de edad, no debió de haber sido nunca tan bonita como su hija, ni tan graciosa, ni tan encantadora. Mujer positivista hasta el extremo, pesaba sus palabras como su azúcar, y presentaba el conocido tipo de la administradora femenina, cifrando los sentimientos y llevando en vida, como llevaba, sus libros, con su debe y haber, como una cuenta corriente, con el perpetuo cuidado de que resultara saldo a su favor. Conocidos son esos rostros de curvas duras, frontal prominente, aguda mirada y boca severa; conjunto que en el sexo débil indica costumbre de concentración y de terquedad. La señora de Elissane había organizado su casa correctísimamente, sin gastos inútiles. Hacía economías, que colocaba en sitios seguros y fructuosos. Sin embargo, no reparaba en nada cuando se trataba de su hija, por la que sentía afecto sincero y profundo. Vestida casi de manera monacal, quería que Luisa fuese elegante, y nada descuidaba para conseguirlo. En el fondo, sus deseos tendían a la dicha de su hija, y no dudaba que esta dicha se asegurase, gracias a la proyectada unión con la familia Desirandelle. Las doce mil pesetas de renta que en su día tendría Agatocles, unidas a la fortuna que Luisa heredaría de su madre, es una base que gran número de personas encuentra lo bastante sólida para fundar sobre ella un tranquilo porvenir.

Luisa apenas se acordaba de cómo era Agatocles. Su madre la había educado en la idea de que algún día sería esposa del joven; esto le parecía natural, a condición de que su futuro la agradase... Y ¿porqué no había de tener lo que hace falta para agradar?

Después de dar sus últimas órdenes, la señora de Elissane pasó a la sala, donde su hija se reunió a ella.

-¿Tu postre está presto, hija mía?- preguntó la primera.

-Sí, madre.

-Es un fastidio que el paquebote llegue algo tarde, casi al caer la noche. Estate vestida para las seis. Ponte el vestido de cuadros y bajaremos al puerto, donde tal vez se habrá señalado al Agatoclès.

La señora de Elissane, equivocando el nombre, añadió un acento grave a la è que no debía tenerle.

-El Argelés querrás decir- respondió Luisa riendo.- Además, mi prometido no se llama Agatoclés, sino Agatocles.

-Bien... Bien- respondió la madre.

-Argelés... Agatocles... Esto no importa.

Puedes estar segura que él no equivocará tu nombre.

-¿Es seguro?- dijo la joven algo burlonamente.- El señor Agatocles no me conoce... y a mí, confieso que me pasa lo mismo.

-¡Oh!... Os dejaremos todo el tiempo necesario para que os conozcáis antes de decidir nada...

-¡Es muy justo!

-Además, tengo la certeza de que tú le gustarás, y hay motivos para pensar que él sabrá agradarte... ¡La señora Desirandelle le elogia tanto!... Y entonces fijaremos las condiciones del matrimonio.

-¿Y la cuenta quedará liquidada?

-Sí... En provecho tuyo, burlona.

¡Ah! No olvidemos que su amigo, el señor Clovis Dardentor, acompaña a los Desirandelle... Ya sabes quién. Ese rico de Perpignan, del que ellos están tan orgullosos, y que, a creerles, es el mejor hombre del mundo. Como los señores Desirandelle no tienen costumbre de viajar, ha querido dirigirles hasta Orán... Eso está muy bien de su parte, y le haremos buena acogida, Luisa.

-Todo lo buena que se merece, y hasta si tiene la idea de pedir mi mano... Pero no me olvido de que yo debo ser, que seré la señora de Agatocles... ¡Bonito nombre, aunque, propio de la antigüedad griega!...

-Vamos, Luisa... ¡Ten formalidad!

Formal lo era, y de humor alegre y encantador. Y esto no lo decimos porque siempre haya de ser así tratándose de la heroína de una novela.

No: ella lo era en realidad, en el florecimiento de sus veinte años; su naturaleza franca, su fisonomía viva y movible, sus ojos brillantes y azules, su cabellera rubia y abundante, su gracioso paso, suave como la seda, para emplear un epíteto que Pedro Loti- antes de ser académico- no tuvo reparo en aplicar al vuelo de la golondrina.

Estos ligeros rasgos bastan para pintar a Luisa Elissane, y el lector verá que presentaba gran contraste con el fardo que, unido a otros del Argelés, se le expedía desde Cette.

Llegada la hora, y después que la dueña de la casa dio el último vistazo a las habitaciones destinadas a la familia Desirandelle, la señora de Elissane llamó a su hija, y ambas se dirigieron al puerto, deteniéndose en el jardín en forma de anfiteatro que domina la rada. Desde tal sitio, la vista se extiende hasta plena mar. El cielo estaba magnífico; el horizonte, de una pureza perfecta. Ya el sol declinaba hacia la punta de Mers- el- Kebir, ese Portus divinus de los antiguos, en el que los acorazados y cruceros pueden encontrar excelente abrigo contra las frecuentes borrascas del Oeste.

Hacia el Norte se destacaban algunas velas blancas, Lejanos penachos de humo indicaban la presencia de los steamers de las numerosas líneas del Mediterráneo que anclan en la tierra africana. Dos o tres de estos paquebotes iban sin duda con destino a Orán, y el uno de ellos se encontraba ya a distancia de tres millas. ¿Era el Argelés con tanta impaciencia esperado, ya que no por la hija, por la madre?

Porque, en fin, el caso era que Luisa no conocía a aquel joven que a cada vuelta de la hélice se acercaba a ella... y tal vez lo mejor hubiera sido que el Argelés diera contravapor... y volviera atrás.

-Van a dar las seis y media- dijo la señora de Elissane.- Bajemos.

-Te sigo, madre- respondió Luisa.

Y madre e hija descendieron por la larga calle que desemboca en el muelle hacia el dique en que los paquebotes anclan.

La señora de Elissane preguntó a uno de los oficiales del puerto si el Argelés había sido señalado.

-Sí, señora- respondió el oficial-, y entrará dentro de media hora.

La señora de Elissane y Luisa rodearon el puerto, cuyas alturas por la parte Norte ocultaban ahora la vista del mar. Veinte minutos después oyéronse prolongados silbidos. El paquebote doblaba la mole del extremo del muelle, de un kilómetro de extensión, que termina al pie del fuerte de La Moune, y después de algunas evoluciones fue a colocarse en su sitio, en la parte atrás del muelle.

Establecida la comunicación, la señora de Elissane y su hija subieron a bordo. Los brazos de la primera se abrieron para estrechar a la señora de Desirandelle, repuesta desde su entrada en el puerto, y después al señor Desirandelle y Agatocles, mientras Luisa se mantenía en una reserva que las jóvenes solteras comprenderán.

-Y bien... ¿y yo, querida y excelente señora? ¿Es que no nos hemos visto en otra época en Perpignan? Yo me acuerdo perfectamente de la señora de Elissane, y también de la señorita Luisa... algo más crecida ahora...; así..., ¿no habrá un beso, ni hasta dos, para este buen hombre de Dardentor?

Si Patricio había esperado que en la primera entrevista su amo demostrara la reserva de un hombre de mundo, ¡qué cruel decepción experimentaría ante aquella familiar entrada en escena! Retiróse, pues, severo, pero justo, en el momento en que los labios de Clovis Dardentor sonaban sobre las secas mejillas de la señora Elissane como un palillo sobre la piel de un tambor.

Claro es que Luisa no había evitado el abrazo del matrimonio Desirandelle.

Sin embargo, y por francote que fuera el señor Dardentor, no llegó a gratificar a la joven con besos paternales, que ella sin duda hubiera recibido graciosamente.

Respecto al joven Agatocles, después de avanzar hacia Luisa, la había honrado con un saludo mecánico, en que sólo tomó parte su cabeza, gracias al juego de los músculos del cuello, y después había retrocedido sin pronunciar una palabra.

La joven no pudo contener una mueca bastante desdeñosa, que Clovis Dardentor no notó, pero que no escapó ni a Marcel Lornans ni a Juan Taconnat.

-¡Ah!- dijo el primero,- no esperaba ver tan linda persona.

-Muy linda, en efecto- añadió el segundo.

-¿Y se casará con ese bobo?- dijo Marcel Lornans.

-¡Ella!...- exclamó Juan Taconnat.- Dios me perdone, pero para impedirlo me gustaría faltar al juramento que me he hecho de no casarme.

¡Sí! Juan Taconnat había hecho este juramento. Así lo decía al menos.

Después de todo, a su edad tal juramento vale lo que tantos otros que no se cumplen. Además, Marcel Lornans no había jurado nada semejante.

¿Qué importaba? Ambos habían ido a Orán con la intención de alistarse en el 7.º de cazadores África, y no para casarse con la señorita Luisa Elissane.

Digamos, para no volver sobre ello, que la travesía del Argelés entre Palma y Orán se había efectuado en buenas condiciones. Una mar de aceite, para emplear la frase vulgar, capaz de hacer pensar que todos los aceites de la Provenza estaban en su superficie; una brisa NE. que cogía al paquebote por babor, y había permitido que tuviera el apoyo de su trinquete, sus foques y su mesana.

De forma que desde la partida de Palma, la casi totalidad de los viajeros habíase sentado a la mesa, y la compañía marítima hubiera hecho mal en quejarse de este inusitado número de comensales.

Por lo que toca al señor Oriental, no hay que decir que los «tourds» condimentados a la moda napolitana le habían parecido deliciosos, y que se había regalado con ensaimadas con la sensualidad de un aficionado profesional.

Se comprenderá, pues, que todo el mundo llegase con buena salud a Orán, incluso la señora de Desirandelle, que tanto había sufrido hasta el archipiélago de las Baleares.

Aunque hubiese recobrado su aplomo físico y moral durante esta segunda parte del viaje, el señor Desirandelle no había trabado amistad con los dos parisienses. Estos jóvenes le producían indiferencia. Les consideraba muy inferiores a su hijo Agatocles, no obstante su talento, que le parecía de mal gusto. Dardentor era libre de encontrar agradable su trato, distraída su conversación. En su opinión, esto terminaría al anclar el Argelés.

Se comprende que el señor Desirandelle no pensó en presentar a los dos primos, ni a la señora de Elissane ni a su hija. Pero Clovis Dardentor, con su franqueza y la costumbre de seguir su primer impulso, no dudó en hacerlo.

-El señor Marcel Lornans, y el señor Juan Taconnat; de París- dijo.- Dos jóvenes por los que siento vivísima simpatía, que ellos me pagan. Tengo la esperanza de que nuestra amistad durará más que ésta corta travesía.

¡Qué contraste había en nuestro héroe! He ahí sentimientos expresados en forma correcta. Era de lamentar que Patricio no estuviera allí para verle. Los dos jóvenes se inclinaron ante la señora de Elissane, que les devolvió un saludo discreto.

-Señora- dijo Marcel Lornans-, nos llena de alegría la atención del señor Dardentor. Le hemos podido apreciar en lo que vale. Creemos también en la duración de una amistad...

-Paternal de su parte y filial de la nuestra- añadió Juan Taconnat.

La señora de Desirandelle, disgustada por aquellos cumplimientos, miraba a su hijo, el que no había aún desplegado sus labios. La señora de Elissane, que hubiera podido manifestar a los dos parisienses el placer con que los recibiría durante su estancia en Orán, no lo hizo, lo que in petto le agradeció la madre de Agatocles. Con su instinto maternal, las dos señoras pensaban que lo mejor, respecto a los dos extranjeros, era guardar una prudente reserva.

La señora de Elissane dijo al señor Dardentor que en su mesa estaba un cubierto preparado para él, y que sería un placer para ella que la acompañara a comer desde aquel primer día con la familia Desirandelle.

-El tiempo preciso para ir al hotel dijo Dardentor-, arreglarme un poco, cambiar mi blusa y gorra de marino por traje más propio, e iré a comer con ustedes, querida señora.

Convenido esto, Clovis Dardentor, Juan Taconnat y Marcel Lornans se despidieron del capitán Bugarach y del doctor Bruno. Si volvían a embarcar en el Argelés, sería para ellos una satisfacción encontrar allí al amable doctor y al atento capitán. Respondieron éstos que pocas veces habían encontrado pasajeros más agradables, y separáronse muy satisfechos unos de otros.

El señor Oriental había ya puesto el pie en el suelo africano, con su anteojo, encerrado en un estuche de cuero, a la espalda, su saco de viaje en la mano, y seguía a un mozo que le llevaba una pesada maleta. Como siempre, se había mantenido alejado de los pasajeros; nadie se molestó en saludarle a su partida.

Clovis Dardentor y los parisienses desembarcaron, dejando a la familia Desirandelle ocupada en el transporte de su equipaje a la calle del Castillo Viejo. Después, subiendo en el mismo carruaje, cargado con sus maletas, se dirigieron hacia un excelente hotel de la plaza de la República, que el doctor Bruno les había recomendado. Se puso a disposición de Dardentor una sala en el primer piso, una alcoba y un gabinete para Patricio. Marcel Lornans y Juan Taconnat ocuparon dos cuartos en el piso segundo, con ventanas a la plaza.

Se encontraron con que el señor Oriental había igualmente escogido aquel hotel. Cuando sus compañeros de viaje llegaron le vieron instalado en el comedor, pensando en el menu de la comida que iba a hacerse servir.

-¡Singular astrónomo!- dijo Juan Taconnat.- Lo que me asombra es que no pida para su comida una tortilla a las estrellas o un pato a los planetas menores.

Media, hora después Clovis Dardentor abandonaba su cuarto, con un tocado cuyos menores detalles habían sido vigilados por Patricio.

Cuando a la puerta se encontró con los dos primos, les dijo:

-Y bien, mis jóvenes amigos... Ya estamos en Orán.

-Ya estamos- respondió Juan Taconnat.

-Espero- que no pensarán ustedes en alistarse desde hoy al 7.º de cazadores.

-Señor Dardentor, no tardaremos mucho- respondió Marcel Lornans.

-¿Están ustedes, pues, dispuestos a ponerse la chaqueta azul, el pantalón rojo y el casquete de ordenanza?

-Cuando se ha decidido una cosa.

-¡Bien, bien! Esperen ustedes al menos a que hayamos visitado juntos la ciudad y sus alrededores... Hasta mañana.

-Hasta mañana- dijo Juan Taconnat.

Y Clovis Dardentor se hizo conducir por el camino más corto a casa de la señora de Elissane.

-¡Sí!... como dice ese simpático hombre. ¡Ya estamos en Orán!- repitió Marcel Lornans.

-Y lo que importa cuando se llega a un sitio, es saber lo que se va a hacer- añadió Juan Taconnat.

-Creo que esa cuestión está resuelta desde hace tiempo. Firmar nuestro alistamiento.

-Sin duda, Marcel, pero...

-¿Cómo? ¿Acaso piensas aún en el artículo 345 del Código civil?

-¿Qué artículo?

-El que trata de los requisitos de la adopción.

-Si trata de ella el artículo 345, en él pienso. La ocasión que no se ha presentado en Palma, puede presentarse en Orán.

-Con una probabilidad menos- dijo Marcel riendo.- No tienes olas a tu disposición, y quedas reducido a los combates o a las llamas, mi pobre Juan. Pero...si esta noche hubiera fuego en la fonda, te advierto que procuraría salvarte primero, y salvarme en seguida.

-Así se porta un amigo verdadero, Marcel.

-Respecto al señor Dardentor, me parece hombre capaz de salvarse por sí solo. Posee una sangre fría de primera... Algo de eso sabemos.

-Conformes, Marcel, y lo ha probado cuando ha entrado en Santa Eulalia a recibir la bendición. Sin embargo, si no sospechase el peligro, si fuera sorprendido por un incendio..., si no pudiera ser socorrido...

-¿De modo que no abandonas, tu idea de que Dardentor pueda llegar a ser nuestro padre adoptante?

-¡Perfectamente... nuestro padre adoptante!

-¿No renuncias a ello?

-¡Jamás!

-Entonces no te dirigiré más burlas en lo que a ese punto se refiere; pero con una condición.

-¿Cuál?

-Que vas a dejar tu aspecto sombrío y preocupado, y a recobrar tu buen humor de siempre, tomando a risa lo que sucede.

-Convenido, Marcel: a risa si consigo salvar al señor Dardentor de alguno de los peligros previstos por el Código; a risa en caso contrario; a risa si obtengo buen éxito como si no lo obtengo..., riendo siempre y de todo.

-¡Gracias a Dios que recobras tu buen humor! Respecto a nuestro alistamiento...

-No corre prisa, Marcel, y antes de que nos presentemos en el despacho del subintendente pido una prórroga.

-¿Cuál?

-Quince días, ¡qué diablo! Cuando va uno a esclavizarse por toda la vida, bien se pueden pedir quince días de libertad.

-Concedida la quincena; y si hasta entonces no te has procurado un padre en la persona del señor Dardentor...

-Yo ó tú, Marcel.

-O yo...; bueno, iremos a cubrirnos con el casquete de forma de bellota.

-Convenido.

-¿Pero estarás alegre, Juan?

-¡Alegre como una gaita!

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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