Capítulo XI
Entonces Joel contó toda la historia de Ole Kamp. Sylvius Hog, muy emocionado por aquel relato, le escuchaba con profunda atención. Ahora lo sabía todo. Acababa de leer la última carta que anunciaba el regreso de Ole, y Ole no regresaba. ¡Cuántas inquietudes, cuánta angustia para toda la familia Hansen!
“¡Y yo que creía estar entre gente feliz!”, pensaba.
No obstante, luego de reflexionar bien, le pareció que los dos hermanos se desesperaban cuando todavía podían conservar alguna esperanza. A fuerza de contar aquellos días de mayo y junio, su imaginación exageraba la cifra, como si los hubieran contado dos veces.
El profesor quiso darle sus razones -no razones de encargo -sino muy seria y muy plausibles, y discutir con ellos la importancia de este retraso del Viken.
Pero su fisonomía se había vuelto grave. La pena que experimentaban Joel y Hulda le había impresionado profundamente.
-Escúchenme, hijos míos -les dijo-. Siéntense a mi lado y hablemos.
-¡Ah!, ¿qué podrá usted decirnos, señor Sylvius?- contestó Hulda desbordante de dolor.
-Les diré lo que me parece justo -prosiguió el profesor-, y es esto: acabo de reflexionar sobre todo lo que me ha contado Joel. Pues bien, me parece que vuestra inquietud rebasa de la medida. No quisiera darles una seguridad ilusoria, pero es necesario que las cosas vuelvan a su lugar verdadero.
-¡Ay, señor Sylvius! -contestó Hulda- ¡Mi pobre Ole se habrá perdido con el Viken…! ¡Ya no lo veré más!
-¡Hermana! ¡Hermanita! -exclamó Joel-. Cálmate, por favor, y déjame que le explique al señor Sylvius.
-¡Y sobre todo conservemos la serenidad, hijos míos! Vamos a ver: el regreso de Ole a Bergen estaba señalado del 15 al 20 de mayo, tal como nos dice en su carta, y estamos ya a 9 de junio.
-Esto significa un retraso de veinte días respecto a la fecha de regreso indicada para el Viken. Son muchos días, no puedo negarlo. No obstante, no podemos exigir de un velero lo que podríamos esperar de un barco de vapor.
-Esto es lo que le estoy repitiendo a Hulda, y lo que vuelvo a repetirle ahora.
-Y haces bien, hijo mío -prosiguió Sylvius Hog-. Además, es posible que el Viken sea una vieja embarcación, que navegue mal como la mayoría de las embarcaciones de Terranova, sobre todo cuando van excesivamente cargadas. Además, ha habido muchas borrascas en las últimas semanas. Quizá Ole no pudo embarcarse en la fecha indicada en su carta. En este caso, son suficientes ocho días de retraso para que el Viken no haya llegado todavía y para que vosotros no tengan noticias de él. Todo lo que les digo es el resultado de serias reflexiones. Además, ¿saben si las instrucciones dadas al Viken no le han dejado un margen para poder llevar su cargamento a algún otro puerto, según la demanda del mercado?
-¡Ole nos lo hubiera escrito! -contestó Hulda, que no podía acogerse a esta esperanza.
-¿Qué prueba que no haya escrito? -prosiguió el profesor-. Y si lo ha hecho, no sería el Viken quien estaría retrasado, sino el correo de América. ¡Supongan que el buque de Ole ha tenido que ir a algún puerto de los Estados Unidos, esto explicaría el porqué ninguna de sus cartas no ha llegado aún a Europa!
-¿A los Estados Unidos…señor Sylvius?
-Esto ocurre muchas veces, y con sólo fallar un correo se deja a los amigos sin noticias durante largo tiempo…En todo caso, puede hacerse una cosa muy sencilla, que es pedir noticias a los armadores de Bergen. ¿Los conocen?
-Sí -contestó Joel-, son los señores Help Hermanos.
-¿Help Hermanos? -exclamó Sylvius Hog.
-Sí.
-¡Pero si yo también los conozco! El más joven, Help junior, como le llaman, a pesar de que tenga ya mi edad, es uno de mis mejores amigos. Hemos comido juntos muchas veces en Cristianía. ¡Help Hermanos, hijos míos! ¡Ah! Ellos me dirán todo lo que hace referencia al Viken. Hoy mismo voy a escribirles y, si es necesario, iré a verles.
-¡Qué bueno es usted, señor Sylvius! -contestaron a coro Hulda y Joel.
-¡Bah, no me hagan cumplidos, por favor! ¡Se los prohíbo! ¿Es que les he dado las gracias, yo, por todo lo que hicieron por mí…? Ahora tengo ocasión de devolverles una pequeña parte de lo que les debo, no exageren el valor de este pequeño servicio.
-Pero usted quería marcharse para volver a Cristianía -observó Joel.
-Bueno, pues me marcharé para Bergen, si es indispensable que vaya a Bergen.
-Va usted a dejarnos, señor Sylvius -dijo Hulda.
-¡Pues no, no los dejaré, querida niña! Soy libre de mis actos, supongo, y mientras no haya sacado en claro esta situación, a menos que me pongas en la puerta…
-¿Qué dice usted?
-¡Mira, tengo muchas ganas de quedarme en Dal hasta que Ole regrese. Quiero conocer al prometido de mi pequeña Hulda. Debe ser un buen muchacho, de la misma clase que Joel.
-¡Sí! ¡Igual que él! -contestó Hulda.
¡Estaba seguro de ello! -exclamó el profesor, cuyo buen humor había vuelto a asomar en sus palabras.
-Ole se parece a Ole, señor Sylvius -contestó Joel-, y esto es suficiente para que sea una excelente persona.
-Es posible, mi querido Joel, y esto me da más deseos de conocerle. ¡Oh! ¡Esto no puede tardar! Algo me dice que el Viken llegará muy pronto.
-¡Dios lo oiga!
-¿Y por qué no tenía que oírme? Tiene el oído muy fino. ¡Sí! Quiero asistir a la boda de Hulda, ya que estoy invitado. Al Storthing le costará sólo prolongar mis vacaciones por algunas semanas. Mucho más las habría tenido que prolongar si me hubiesen dejado caer al fondo del Rjukanfos, como merecía.
-¡Señor Sylvius -dijo Joel-, qué bueno es oírle hablar así, y cuánto bien nos hacen sus palabras!
-No tan grande como desearía, amigos míos, ya que les debo todo, y no sé cómo…
-¡No…! No insistiré. ¡Vaya! ¿Fui yo acaso quien me libré de las garras de la Maristien? ¿Y yo quien he arriesgado mi vida para salvarme? ¿He sido yo quien he subido hasta la hostería de Dal? ¿Y he sido yo quien me ha cuidado y curado sin apelar a la Facultad de Medicina? Les advierto que soy tan testarudo como una mula y me he metido en la cabeza asistir a la boda de Hulda y Ole Kamp y, por San Olaf, ¡asistiré!
La confianza es comunicativa. ¿Cómo, pues, resistir a la que mostraba Sylvius Hog? Éste lo comprendió en seguida cuando vio que una débil sonrisa iluminaba las facciones de la pobre Hulda. La joven sólo anhelaba creer…sólo anhelaba esperar.
Sylvius Hog continuó cada vez más animado.
-Tenemos que pensar que el tiempo pasa pronto. ¡Vamos, empecemos con los preparativos de la boda!
-Ya están empezados, señor Sylvius -contestó Hulda-, hace ya tres semanas.
-¡Estupendo! ¡Cuidado con interrumpirlos!
-¿Interrumpirlos? -exclamó Joel-. Pero, ¡si todo está a punto!
-¿Cómo? ¿La falda de la novia, el corpiño con los cierres de filigrana, y los colgantes?
-¡Incluso los colgantes!
-¿Y la corona radiante, que te cubrirá como a una santa, Hulda?
-Sí, señor Sylvius.
-¿Y ya has cursado las invitaciones?
-Todas han sido expedidas ya -contestó Joel-, ¡incluso la que más nos interesa: la de usted!
-¿Y la dama de honor ha sido escogida ya entre las muchachas más prudentes del Telemark?
-Y entre las más hermosas, señor Sylvius -contestó Joel-, ya que se trata de la señorita Siegfrid Helmboe, de Bamble.
-¡Con qué tono lo dices, muchacho -observó el profesor-, y cómo has enrojecido al decirlo! ¡Eh, eh! ¿Por casualidad la señorita Siegfrid Helmboe, de Bamble, está destinada a convertirse en la señora Joel Hansen, de Dal?
-Sí, señor Sylvius -contestó Hulda-; Siegfrid, que es mi mejor amiga.
-¡Vaya! ¡Otra boda! -exclamó Sylvius Hog-. Y estoy seguro que también se me invitará y no podré menos que asistir. Decididamente, será necesario que dimita de mi cargo de diputado del Storthing, pues no tendré tiempo de asistir a las sesiones. Vamos, querido Joel, quiero ser tu padrino de boda, después de haberlo sido de tu hermana, si me lo permites. ¡Decididamente, haces conmigo todo lo que quieras! ¡Abrázame, pequeña Hulda! ¡Y tú también, muchacho! Y ahora vamos a escribir a mi amigo Help junior, de Bergen.
Los dos hermanos salieron de la habitación, que el profesor hablaba ya de alquilar a perpetuidad, y volvieron a sus ocupaciones más esperanzados.
Sylvius Hog se había quedado solo.
-¡Pobre muchacha, pobre muchacha! -murmuraba-. ¡Sí! ¡Por un instante, he podido engañar su dolor…! ¡Le he proporcionado un rato de sosiego…! Pero verdaderamente es un retraso muy prolongado, y en aquellos mares, me da muy mala espina en esta época. ¡Si el Viken hubiera naufragado…! ¡Si Ole no regresara jamás!
Instantes después el profesor escribía a los armadores de Bergen. En su carta pedía los máximos detalles sobre todo lo que se refería al Viken y su campaña de pesca. Quería saber si alguna circunstancia, prevista o imprevista, le había obligado a cambiar su puerto de destino. Le interesaba saber lo más pronto posible cómo se explicaban este retraso los comerciantes y marinos de Bergen. En fin, rogaba a su amigo Help junior darle una información exacta a ser posible a vuelta de correo.
En esta carta tan apremiante, Joel mismo se cuidó de llevarla a la estafeta de Moel, para que saliera a la mañana siguiente. El día 11 de junio llegaría a Bergen, y el 12 por la noche o el 13 por la mañana a más tardar, el señor Help junior ya podía haberla contestado.
¡Cerca de tres días para recibir la respuesta! ¡Qué largos les parecían! Pero, a fuerza de palabras tranquilizadoras, de animosas razones, el profesor logró que esta espera fuese menos penosa. Ahora que conocía el secreto de Hulda, tenía siempre un buen tema de conversación, y ¡qué consuelo era para Joel y para su hermana el poder hablar del ausente en todo momento!
-¿No soy ya de la familia ahora? -repetía Sylvius Hog-. ¡Sí, algo así como un tío que les hubiera llegado de América, o de otra parte!
Y, ya que era de la familia, no debían tener más secretos para él.
Tampoco le había pasado por alto la actitud de los dos hermanos para con su madre. La reserva en que se mantenía la señora Hansen debía tener según le parecía, otro motivo que la inquietud de sus hijos por la suerte de Ole Kamp. Creyó, pues, que debía hablar de ello a Joel. Éste no supo que responderle. Entonces quiso sondear a la señora Hansen al respecto, pero ella se mostró tan impenetrable, que tuvo que renunciar a conocer sus secretos. El tiempo se los haría conocer, sin duda.
Tal como había prevista Sylvius Hog, la respuesta de Help junior llegó a Dal por la mañana del día 13. Joel había partido a la madrugada a buscar el correo, y fue él mismo quien trajo la carta al salón, en donde se hallaba el profesor, con la señora Hansen y su hija.
Hubo un momento de silencio. Hulda, palidísima, no podía ni hablar de la emoción, que le aceleraba los latidos de su corazón. Cogió solamente la mano de su hermano, que estaba tan emocionado como ella.
Sylvius Hog abrió el sobre y leyó la carta en voz alta.
Muy a pesar suyo, aquella contestación de Help junior sólo contenía indicaciones vagas y el profesor no pudo disimular su contrariedad a los jóvenes que le escuchaban con lágrimas en los ojos.
El Viken había salido efectivamente de Saint-Pierre Miquelon en la fecha indicada en la última carta de Ole Kamp. Lo sabían formalmente por otros buques que habían llegado a Bergen viniendo de Terranova. Estos buques no lo habían visto durante su ruta. Pero todos habían experimentado muy mal tiempo durante su navegación por aguas de Islandia. Pero, no obstante habían podido salir sanos y salvos. Entonces, ¿por qué el Viken no habría podido hacer otro tanto? Quizá se hallaba haciendo escala en otra parte. Por lo demás, se trataba de un buque excelente, muy sólido, bien dirigido por el capitán Frikel, de Hammersfest, y montado por una vigorosa y veterana tripulación. Pero este retraso no dejaba de ser inquietante, y, si se prolongaba, era posible temer que el Viken se hubiese perdido con tripulación y cargamento.
Help junior sentía no poder dar mejores noticias del joven pariente de los Hansen. En lo que se refería a Ole Kamp, lo consideraba un muchacho excelente, digno de todas las simpatías que inspiraba a su amigo Sylvius.
Help junior acababa su carta testimoniando su afecto al profesor y añadiendo afectuosos saludos para toda la familia. En fin, le prometía que le haría saber inmediatamente cualquier noticia que pudiera recibir sobre el Viken en cualquier puerto de Noruega.
La pobre Hulda, desfallecida, se había desplomado en una silla, mientras Sylvius Hog leía la carta; y al acabar su lectura, rompió en sollozos.
Joel, con los brazos cruzados, había escuchado sin decir palabra, y sin atreverse a mirar a su hermana.
La señora Hansen, cuando Sylvius Hog hubo terminado su lectura, se retiró a su habitación. Parecía que esperaba aquella desgracia, como esperaba muchas más.
El profesor entonces hizo un gesto para atraer hacia él a los dos hermanos. Quería hablarles otra vez de Ole Kamp, decirles todo lo que su imaginación le sugería de más o menos plausible, y se expresó con una seguridad maravillosa, sobre todo después de la carta de Help junior. ¡No! Tenía un presentimiento, no había que desesperar aún. ¿No había multitud de ejemplos de retrasos más prolongados en una navegación por aquellos mares que se extienden desde Noruega a Terranova? ¡Sí, sin duda alguna! ¿No era el Viken una sólida embarcación, bien gobernada, con una buena tripulación, y, por consiguiente, en mejores condiciones que las demás embarcaciones que habían regresado a puerto? Indudablemente.
-Esperemos, pues, hijos míos -añadió-, esperemos. Si el Viken hubiera naufragado entre Islandia y Terranova, los innumerables buques que siguen constantemente esta ruta para regresar a Europa hubieran encontrado restos del naufragio. ¡Y no ha sido así! Ni un despojo ha sido descubierto por aquellos parajes tan frecuentados. Pero, no obstante, tenemos que actuar, tenemos que obtener detalles más exactos. Si durante toda la semana no tenemos noticia del Viken, o no recibimos ninguna carta de Ole, volveré a Cristianía, me dirigiré a la Marina, que hará las búsquedas necesarias, y estoy convencido de que darán un buen resultado para entera satisfacción de todos.
Joel y Hulda se daban perfecta cuenta que, a pesar de la confianza que quería mostrar el profesor, sus palabras no eran las mismas que antes de haber recibido la carta de Bergen, carta cuyos términos no dejaban mucha esperanza. Sylvius Hog no se atrevería ya a hacer alusión alguna a la próxima boda de Hulda con Ole Kamp. Y, no obstante, repitió con una fuerza que imponía:
-¡No! ¡No es posible! ¡Que Ole no regrese a casa de la señora Hansen! ¡Que Ole no se case con Hulda! ¡Nunca creeré que sea posible tanta desgracia!
Esta convicción era puramente personal. La sacaba de la energía de su carácter, de su naturaleza, que nada ni nadie podía doblegar. Pero, ¿Cómo podía hacerla compartir a los demás, y sobre todo a aquellos a quien la suerte del Viken les tocaba de tan cerca?
Pasaron algunos días. Sylvius Hog, completamente restablecido, realizaba largos paseos por los alrededores. Obligaba a Hulda y a su hermano a acompañarlo, con el fin de no dejarlos solos con sus pensamientos. Un día, subían los tres por el valle del Rjukan. A la mañana siguiente, descendían hacia el Moel y el lago Tinn. Una vez estuvieron veinticuatro horas ausentes. Fue el día en que prolongaron su excursión hasta Bamble, en donde el profesor trabó conocimiento con el granjero Hembloe y su hija Siegfrid. ¡Qué afectuosa acogida hizo Siegfrid a la pobre Hulda, y qué palabras de ternura halló para consolarla!
Allí, aún, Sylvius Hog comunicó un poco de esperanza a aquellas buenas gentes. Había escrito a la Marina de Cristianía. El gobierno se ocupaba del Viken. Lo hallarían. Ole volvería. Incluso era posible que regresara de un día a otro. ¡No!, la boda no sufriría seis semanas de retraso. El excelente profesor parecía tan convencido que todos se rendían más a su convicción que a sus argumentos.
Esta visita a la familia Helmboe hizo una gran bien a los hijos de la señora Hansen. Y, al regresar a su casa, estaban más tranquilizados que cuando salieron de ella.
Estaban entonces a 15 de junio. El Viken llevaba ya un mes de retraso. Y, como se trataba de esta travesía relativamente corta de Terranova a la costa de Noruega, era verdaderamente un retraso fuera de la medida, incluso para un barco velero.
Hulda no vivía. Su hermano no llegaba a encontrar palabras que la consolasen. Ante aquellos pobres seres, el profesor sucumbía a la tarea que se había señalado de conservar un poco de esperanza en sus corazones. Hulda y Joel no se movían de la puerta de la casa si no era para otear hacia Moel, o para vigilar la carretera del Rjukanfos.
Ole Kamp tenía que venir por Bergen; pero no podía suceder también que regresara por Cristianía, si la ruta del Viken había sido modificada. El ruido de un kariol, que pasaba bajo los árboles, un grito lanzado al aire, la sombra de un hombre dibujándose por el recodo del camino, todo esto les sobresaltaba, pero inútilmente. La gente de Dal también vigilaba por su parte. Iban al encuentro del cartero, arriba y abajo del Maan. Todos se interesaban por aquella familia tan querida en todo el país, por aquel pobre Ole, que casi era un hijo del Telemark. Y no llegaba ni una sola carta de Bergen o de Cristianía que les trajera alguna noticia del ausente.
El día 16 tampoco hubo noticia alguna. Sylvius Hog no podía contenerse ya. Comprendió que tenía que hacer algo personalmente. Por esto les anunció que, a la mañana siguiente, si tampoco se recibía nada, marcharía a Cristianía y se aseguraría directamente que se había practicado la búsqueda. ¡Cierto que le costaría separarse de Hulda y de Joel; pero era necesario, y volvería tan pronto hubiera terminado sus gestiones!
El día 17 apareció más triste que nunca. La lluvia no había cesado de caer desde el amanecer. El viento azotaba los árboles. Las ráfagas de viento hacían retumbar los cristales de las ventanas que daban al lado del Maan.
El día transcurrió triste y penoso. Hacia las siete de la tarde terminaron de comer en silencio como si se hallaron presencia de un muerto. Sylvius Hog no habían pedido tampoco iniciar ningún tema de conversación. Le faltaban las palabras y las ideas. ¿Qué podía decir que no hubiera dicho cien veces? ¿No sentía él también que esta ausencia prolongada hacía inaceptables sus argumentos de antes?
-Mañana marcharé a Cristianía -dijo-. Joel, ocúpate de hallarme un kariol. Podrás conducirme hasta Moel, para volver en seguida a Dal.
-Sí, señor Sylvius -contestó Joel-. ¿No quiere usted que le acompañe hasta más lejos?
El profesor hizo un signo negativo indicando a Hulda, a la que no quería deja privada de su hermano.
En aquel momento, un ruido, sensible apenas, se percibió por el lado de la carretera, viniendo de Moel. Todos escucharon. Pronto no hubo lugar a dudas, era el ruido de un kariol.
Y, al parecer, se dirigía rápidamente hacia Dal. ¿Sería algún viajero que venía a pasar la noche en la hostería? No era probable, y raramente los turistas llegan a una hora tan avanzada.
Hulda, se levantó temblorosa. Joel fue hacia la puerta, la abrió y miró en la oscuridad. El ruido se acercaba. Eran ciertamente los pasos de un caballo y el chirrido de las ruedas de un kariol. Pero era tal la violencia de la tempestad, que tuvieron que cerrar la puerta. Sylvius Hog iba y venía por la sala. Joel y su hermana permanecían apretados uno al lado del otro.
El kariol sólo debía hallarse a unos veinte pasos de la casa. ¿Se detendría o pasaría de largo? El corazón les latía a todos horriblemente.
El kariol se detuvo. Una voz llamó desde fuera…¡No era la voz de Ole Kamp! Casi inmediatamente llamaron a la puerta. Joel abrió. Un hombre se hallaba en el umbral.
-¿El señor Sylvius Hog? -preguntó.
-Soy yo -contestó el profesor, adelantándose-. ¿Quién es usted amigo mío?
-Un correo que viene enviado de Cristianía por el Director de la Marina.
-¿Trae una carta para mí?
-¡Aquí está! Y el recadero le tendió un gran sobre en el cual estaba impreso el membrete oficial. Hulda no tenía fuerzas suficientes para tenerse en pie. Su hermano acababa de hacerla sentar en un taburete. Ni el uno ni la otra se atrevían a pedir a Sylvius Hog que se apresurase en abrir la carta.
Al fin, éste leyó lo que sigue:
“Señor profesor: En contestación a su última carta, le envío adjunto un documento que ha sido recogido en alta mar por un buque danés, en fecha 3 de junio último. Desgraciadamente este documento no deja lugar a dudas sobre la suerte corrida por el Viken…”
Sylvius Hog sin perder tiempo en acabar de leer la carta, sacó el documento del sobre…Lo miraba…Le daba vueltas…
Era un billete de la lotería que llevaba el número 9672. Al dorso del billete, podían leerse estas líneas:
3 de mayo -¡Querida Hulda, el Viken está naufragando…! ¡Sólo tengo este billete por toda fortuna…! ¡Lo confío a Dios para que te lo haga llegar, y, ya que no estaré presente, te ruego que estés tú cuando se realice el sorteo…! ¡Recíbelo con mi último pensamiento por ti…! ¡Hulda, no me olvides en tus oraciones…! ¡Adiós, mi querida prometida, adiós…!
Ole Kamp